lunes, 2 de marzo de 2015

No es lo miopes, es lo sordos

¿En qué consiste la destrucción de un país? Me hago la pregunta no necesariamente pensando en la falta de inversión en infraestructura o en la forma como se ha venido a menos el parque industrial de un país que importa hasta aquello que constituye su mayor riqueza: petróleo. Me obligo o me obligan las circunstancias a caer en el cliché de repetir aquello de que un país es su gente. Hoy fui a almorzar con un amigo en un local de Caracas. Llegué al lugar, como era temprano había poquísimos carros en la entrada y aún no llegaba el señor que normalmente los acomoda. Me quedé parada un momento, tanteando la situación. Me lo tomaba con calma por varias razones, no sabía si los puestos disponibles eran para los clientes del restorán o si de los otros negocios o es indiferente, no sabía si el parquero estaba adentro y prefería dar las llaves a fin de que él pudiese cumplir con su trabajo. Al menos preguntarle, después de todo es el responsable de la zona, y yo creo que ese respeto es algo que debemos como ciudadanos. No. No me gusta ser la viva que lo hace antes que él y que luego le dice gracias que no hace falta.

En eso un carro pasó detrás de mí y rápido, apurado para  agarrar uno de los puestos libres. Quedó un poco mal acomodado, pegado a hacia el extremo izquierdo del estacionamiento por la premura con que agarró el puesto y por tener que esquivarme a mí que estaba en la mitad, obviamente a punto de acomodarme. Además en el espacio en el que caben tres carros cómodamente ya había uno mal estacionado dejando poco espacio para los otros dos. Una vez más me tomé mi tiempo, calculé el espacio que quedaba entre los dos carros y vi que cabía. Apretado, pero cabía, así que con sumo cuidado me estacioné.

Al terminar de acomodarme bajé el vidrio. El otro carro seguía con el vidrio arriba, hasta que finalmente bajan la  ventanilla y yo con amabilidad e incluso un sonrisa pregunté, ¿te parece que está muy apretado? La respuesta es, mira me vas a chocar. Respondí, no amiga, ya estoy estacionada y estoy viendo hay que hay poco pero suficiente espacio entre los dos carros, pero si quieres me voy a pegar más del otro para que tengas un poco más. Así lo hice y finalmente me bajé. No fue una odisea, ni tuve que doblarme sobre mi misma, ni pegar mi puerta a la suya, tampoco pude hacer un Split como estuviera en plena audición para el Boloshoi. Lo normal en una ciudad donde hoy muchos carros y poco espacio.  Doy una vuelta y reviso que ella tiene espacio, estrecho pero suficiente para bajarse del carro.

Entré al local y el gerente ya se había movido para buscar al conductor del carro mal estacionado, que casualmente era la persona con quien yo me iba a ver. Los dos salimos a acomodar nuestros carros para que todos tengamos el espacio suficiente. Los dos tranquilos, sin ningún problema, sin dilatarnos para resolver algo cotidiano rápido. Le hice señales a la persona del carro, que permanece vidrios abajo para intentar explicar que nos vamos a acomodar a fin de no incomodar a nadie y que pronto todos estaremos más a nuestras anchas en nuestros puestos,  y todo resuelto. No bajó el vidrio, no hizo señas, y a estas alturas si las hizo puedo imaginar que no serían nada amistosas.. Mientras me estoy acomodando retrocedió y desde la calle, no solo lanzó otro cornetazo, sino que bajó la ventana y se puso a gritar cosas que afortunadamente no logré escuchar. Luego arrancó picando caucho, asumo que la conclusión es que un punto no queda bien marcado si uno no pica caucho.

Es una idiotez de proporciones gargantuescas. Es algo que por un momento pensé ni valía la pena relatar. Que si yo estacioné mi carro, que si te coleaste, que si está muy pegado, que si no me quiero bajar muy pegado. Es ridículo que una persona no pueda bajar un vidrio y resolver una situación tan tonta. Expresar una idea, pedir algo en buenos términos. Esperar. Que no se pueda dialogar sobre algo tan banal y cotidiano como dónde estacionas tú o si estamos muy pegados nos demuestra la destrucción de un país. Que haya gente que sólo sabe expresarse a través de cornetazos nos demuestra lo golpeado que está nuestro pobre país, lo destruido en lo moral, en lo cívico, en la costumbre de no saber llegar a un compromiso, ni una solución, de no tomar en cuenta a los demás, no reconocer nada en el otro sino los supuestos derechos que tenemos de abarcar lo que sea que agarramos primero a la fuerza y como sea. Es la puja por tener la razón sin razonar absolutamente nada.

Sobre los cornetazos además debo decir que no los considero un medio de comunicación. Para mí la corneta es una herramienta de seguridad que se usa en caso de tener que avisar a alguien de forma urgente que el carro esta ahí. Siempre me ha molestado el uso excesivo de la corneta en esta ciudad. Me agrede, no sólo hoy cuando me llamaban a cornetazos como si yo fuera un animal y no una persona. El cornetazo es una falta de civismo y de respeto. No señor, nada avanza más rápido, ni nadie actúa mejor ni cambia nada porque usted clave su corneta en la oreja de otro conductor o de un peatón. Al contrario, nos tratamos como animales y nos convertimos en animales.

A esta señora realmente lamento que no te hayas dado el tiempo para hablar, para explicarte, incluso para expresar tu molestia o tu desagrado de una forma civil. Mucho menos que te hayas robado a ti misma de ver cómo dos personas amable y tranquilamente se acomodaban y se arreglaba todo. Algo trivial, amable, que requería sólo un poco de paciencia, sentido común y disposición de diálogo. No hicimos nada del otro mundo, lo que hace uno en cualquier lado, ser amable, pensar en el otro. Lamentablemente tu acto se vuelve hoy una metáfora de lo que es el país. Nadie escucha, ni quiere escuchar, ni le importa, todo el mundo espera lo peor del que no actúa inmediatamente como le da la gana que se actúe. Se piensa que se tienen derecho a todo y deber de nada. No hay gentileza, ni respeto, ni siquiera el mínimo esfuerzo de intentar entablar una comunicación civil y educada.


El país está destruido. Lo hemos destruido. Estos años han desbaratado más lo interno de la gente que lo material. Reconstruir este país no es tanto algo económico como social. Aquí no sólo habrá que reconstruir desde lo económico, sino desde la reeducación de la gente. Solía pensar que era un tema de regresarnos todos a bachillerato para revisar historia y geografía económica de Venezuela, hoy me di cuenta que tenemos volver a preescolar, a las normas del buen oyente y del buen hablante. Sobre todo las del oyente, porque con la voluntad de escuchar avanzaríamos décadas. Tanto tiempo pensando que el problema es lo miopes que hemos sido, hoy me di cuenta que lo más grave es que estamos totalmente sordos.

miércoles, 25 de febrero de 2015

A los catorce años

Nos enseñan a no tener la mala costumbre de preguntar ¿por qué? No necesariamente desde el punto de vista periodístico, sino más bien desde una visión general de las cosas. El por qué nadie lo sabe en el fondo. Cada quien tiene su teoría y su verdad. ¿Por qué se suicida un ser querido? ¿Por qué un amigo entrañable muere de pronto y violentamente en un accidente automovilístico? ¿Por qué a alguien que queremos tanto le da cáncer y se nos va demasiado pronto? Un día cualquiera amanece, te pones los zapatos, te miras al espejo, estás seguro de ser alguien definido, de tener tus cosas resueltas, no todo pero sí mucho. Tomas tu café y unas horas más tarde todo se viene abajo en unas cuantas palabras y una foto. En un principio era la vida de los otros, pero aquí ya nos hemos empezado a confundir unos con otros. Nos hemos dado cuenta de lo unidos que están nuestros destinos, la carne de uno nos duele a los demás. A casi todos al menos, porque la indolencia también está viva. Viva y colea.

Nos aconsejan los expertos en espiritualidad que no preguntemos por qué, pero hay casos en los que hay que hacerlo. Por qué en todas sus dimensiones y formas. Por qué en gran cantidad de formatos. Por qué más que cómo, porque el cómo lo tenemos tan digerido, tan expuesto, es un guión aprendido y ensayado en este país que ya parece la cuna de la violencia. El ser humano ha sido un bárbaro desde el inicio, lo primero que hizo cuando evolucionó y bajó del árbol fue atacar no sólo al que vio diferente, sino sobre todo al que vio similar. Ahora, lo que se siente es como si hubiéramos inventado la barbarie y la atrocidad. Crueldad autóctona como un patacón o una arepa. O como si en las entrañas de Venezuela no hubiese petróleo, sino una verdadera bestia negra que se despierta y nos ataca. 

¿Qué es tener catorce años? ¿Qué era al menos? Antes de ser alguien que se arropa en una bandera, que muerde la desesperanza, que se voltea y se da cuenta que un slogan que termina en o muerte es en serio. Que se da cuenta que ni sus manos ni su cerebro sirven de nada. Que lo quieren amoldar para la complacencia, para el silencio, para la mediocridad, que desde el fondo de su ser algo se lo impide, que ignora su sentido común y arriesga su vida, por la alternativa también es vivir muerto.

Los catorce años eran el momento de las hormonas, de los bultos llenos. La tragedia a esa edad estaba plagada de números y de fórmulas químicas. El mundo se le venía encima a quién un día entraba a la casa y sencillamente aprendía de una patada en el pecho que sus padres eran humanos, que mentía, que fumaban, que traicionaban, a sus hijos a veces, a ellos mismos otras. Dolor era descubrir que el mundo haría lo imposible para impedirles que vivieran al galope, convencerlos que no podían. Minar el terreno de imposibles.

A los catorce años se puede ser cualquier cosa. El chico de tímido, el intelectual solitario, el que todas las niñas equiparan al último grito en galanes de cine o de telenovelas. A esa edad se esconde el acné y jamás se devuelven los libros. Se hacen promesas imposibles de cumplir, se pierde la segunda  o la tercera mascota, se jura amistad eterna, se vomitan las entrañas llenas de alcohol, se sube una falda, se descubre un sostén, un pezón. Se abre el abismo entre unas piernas y se cierra ante la indiferencia de alguien que jamás amó. Se aprende el silencio, se derrocha opinión, mal humor, deseo. Se sueña tan salvajemente que al despertar todo es pesadilla hasta hacer el juramente de nunca más abrir los ojos o renunciar a soñar. Todo es tan drástico. La vida es tan corta, tan inmediata y el futuro algo tan distante que es algo casi alienígena.

A los catorce años no sé es un héroe. No se debe serlo. No se debe ser el cadáver al que corresponde un charco de sangre. No se debe ser el rostro del miedo, ni la imagen de lo imposible que queda tras el eco de un tiro. No se debe ser la inspiración del llanto, ni un grito silente, un hueco en la tierra, un abismo que se abre dentro de tanta gente que mira, que no se reconoce en nada, ni en el Ávila, ni en la bandera, ni en la cédula, ni en el espejo. A los catorce años no se puede ser el suceso que hace que tanta gente se pregunte: ¿Es que yo soy el último ser humano?

¿Por qué? Por qué se ha asesinado a un niño de catorce años. Sin reportes criminalísticos, sin demasiadas referencias históricas, sin teorías sobre el futuro, sin juicios abstractos, ni condenas repentinas, sin asumir culpa, ni mucho menos inocencia. ¿Por qué? ¡¿Por qué carajos la violencia y la cobardía?! ¿Por qué? Por unos dólares, por un puesto en un palacio presidencial, por el papel protagónico en una cadena, por toneladas de droga, por prestigio, por envidia, por querer pertenecer a algo que se odia, irónicamente siempre detrás de todo esto hay alguien que sufre, que daña, que mata porque no aceptó que quería ser como alguien que odia. ¿Por qué? Por ser el más fuerte, el que ríe de último, porque hay seres que son menos humanos, o no son ni seres. ¿Por qué? ¿Por qué así?


Dice Mecano, “yo no sé ni quiero, de las razones que dan derecho a matar”. Pero yo sí quiero saber. Yo creo que la justicia no implica nada más encarcelar a ejecutores y responsables, yo creo que obliga a que todos nos hagamos las preguntas que más duelen y al menos intentemos desde la vida elaborar una respuesta.

La envidia de Pablo

¿A quién envidia de verdad Pablo Iglesias?  

No creo que Pablo envide al que tiene que hacer cola para comprar papel toilet, leche, aceite, azúcar o medicinas, no creo que Pablo envidie al que se le daña la nevera por los apagones y luego no puede repararla porque no hay repuestos. No creo que Pablo envidie a alguien a quien le diagnostican un cáncer y no consigue lo necesario para empezar su tratamiento. No creo que Pablo envidie a la madre que tiene levantarse todos los días a las tres y media de la mañana para bajar de su cerro y llegar a un trabajo que no le permitirá crecer, ni aspirar a nada en la vida. No creo que Pablo envide a las esposas de los policías que tienen años presos por un crimen que no cometieron y que no han visto un juicio justo porque la razón de la condena es que Chávez lo mandó. No creo que Chávez envidie al que le expropiaron el fruto de su trabajo, como a tantos españoles que viven aquí y a los que supuestamente él envidia, (o lo hacía en el 2013). Estoy segura que Pablo utiliza un teléfono inteligente, tal vez una tableta, seguro como mínimo tiene un televisor, dudo que envidie al que le violentan su residencia para despojarlo de sus cosas. Dudo que envidie al que han secuestrado, sea express o más largo, como tantos españoles en Venezuela que han pasado por eso. 

No creo que Pablo envidie a los españoles trabajadores que ayudaron a construir este país, más bien a los españoles que viven en Venezuela pero los que vinieron a hacer negocios turbios, a pagar comisiones a saquear un país. Tal vez a eso sí, porque como gusta la platica que llega de la nada. Qué bien cae. Qué útil es. Qué rabia da, qué envidia, cuando le llega a otro y no a uno. Al menos, por lo que contó en aquella entrevista, él piensa así. 


Pablo envidia a un dictador. Pablo extraña al tipo que vestido de militar llamó majunches y escuálidos a los ciudadanos que pensaban distinto a él. Un caudillo, un dictador, que metió apresó sin debido proceso a funcionarios públicos y a ciudadanos comunes. Un machista y falta de respeto, grosero,  que afirmó que una persona puede robar si así lo cree conveniente y que jamás administró justicia, sino revancha. Que dilapidó los recursos de un país y permitió que la pobreza que había jurado redistribuir se generalizara. Dejó un país pobre, no sólo en lo económico, sino en lo material. Violento y mentiroso. Su legado ha llenado de sangre y miseria a Venezuela. Ese es el señor que Pablo envidia.  Es decir que la invasión de América Latina a Europa implica sobre todo demagogia y violación sistemática de derechos humanos. Como si Europa no hubiera vivido eso en el siglo XX. Como si esto fuera nuevo. 

Pablo envidia la forma como el chavismo capitalizó el descontento de la gente y lo convirtió en rabia y oportunismo, en algunos casos, y miedo y apaciguamiento en el resto. Pablo envidia un grupo logrando perpetuarse en el poder. Mandando sin apego a las leyes, cuando ya la constitución no es  ni una sugerencia. Pablo envidia este disfraz de democracia, el proyecto personalista, la destrucción de las empresas y los partidos que le molestan, lejos de la ejecución de la ley y la administración de verdadera justicia a quienes la quebrantan.  



Pablo y su envidia. La envidia es pura destrucción. Eso es Pablo. Eso fue Chávez. Eso es Maduro. Más de lo mismo, y levanta las manos y usa la política para llegar al poder y ponerse a abusar, como si fuera algo nuevo. Como si nadie lo hubiera visto. 

viernes, 20 de febrero de 2015

En horas duras

Frente a la detención de Ledezma y la continua persecución de aquellos que han alzado la voz con firmeza frente a las acciones de este régimen, quizás muchos de nosotros aún nos sintamos resguardados en la distancia. A lo mejor todavía pensamos que estamos lejos de un destino similar porque no ejercemos una función política, porque no estamos expuestos a los medios y porque no expresamos nuestras opiniones desde una tribuna suficientemente grande. 

Sin embargo, en una coyuntura como esta todos somos vulnerables.  Desde el líder más popular, hasta quien ejerce su libertad de una forma en apariencia de perfil más bajo. No es un tema de condición económica, ni de profesión, ni de ejercicio de la libertad de expresión. Cuando se vulnera y se atropella a un ciudadano en sus derechos fundamentales todos pasamos a ser vulnerables. No es una teoría abstracta, es de las primeras cosas que uno aprende en primer año de derecho, y lo digo con conocimiento de causa, pues yo pasé por esa escuela. Las garantías o son para todos, o no las tiene ninguno. 

Justamente lo que busca un régimen como este al atacar a los líderes de un movimiento de resistencia y disidencia de esta forma, es desmoralizar a quienes llevan su lucha de una forma más privada. Los convierten en el espejo en que el régimen quiere que nos miremos los ciudadanos, para que muertos de miedo bajemos la mirada y finalmente la cabeza, y aceptemos que tenemos un único destino, someternos a lo que sea que nos imponga. Desde el aumento de la gasolina, hasta el tipo de cambio, hasta los días que podremos tener acceso a la compra de los alimentos. Así se termina de tumbar no sólo la acción organizada de la gente, sino la moral del individuo y sobre eso se sostienen los regímenes dictatoriales.

Es por ello que han pegado tan fuerte las palabras de Leopoldo desde la cárcel. Esto es un nuevo golpe para convencernos de que no hay esperanza, que no hay vida, que no hay salida. Este es el momento de la solidaridad, pero no sólo a través de las redes sociales, sino de forma mucho más activa. Lo que implica una presencia física, pero también ánimo en los espacios de lucha particulares, desde el maestro, hasta el médico. Ahora es que tenemos que prepararnos para construir el país, para seguir trabajando. 

Quizás nos ayude a llevar la circunstancia el pensar que esto es una estrategia puntual frente a elecciones o cualquier otro evento, pero ya es hora de asumir que este tipo de violaciones son sistemáticas, y si bien las elecciones son un factor más, no lo son todos. Ya en quince años hemos debido aprender que cuando el régimen no le conviene una elección, la altera de cualquier forma para lograr su objetivo pues controla todas las instituciones. Los presos políticos van un poco más allá. 

Ninguno de nosotros está a salvo. Ninguno es libre mientras haya presos en las cárceles por su forma de pensar o de expresar ese pensamiento. Mientras haya gente que es perseguida por cómo se expresa, desde soñar y proponer una organización de país distinta, hasta asumir las riendas de su empresa como lo crea necesario. Mientras haya alguien privado de libertad sin el debido proceso, en violación flagrante de todos sus derechos, no somos libres, ni nada nos exime. Cualquier acto nos puede costar la libertad, la integridad física e incluso la vida. 

Es el momento de la firmeza, de la valentía que no implica no tener miedo, sino enfrentarlo. Nos enfrentamos a un régimen que no acepta el pensamiento libre, que no tolera nada y que sólo espera del ciudadano una cosa: sumisión. Aún así, el silencio, no sólo nos hace cómplices, sino que también nos expone y nos hace culpables. No sabemos cuándo una opinión por estos medios nos costará más caro de lo que habríamos pensado. 

En este momento Ledezma somos todos de una forma que tal vez no llegamos a comprender. 

Es una hora muy dura, y como alguien me dijo una vez, ahora es que nos toca demostrar de qué estamos hechos. Esperamos siempre la entereza de los líderes, pero los ciudadanos también tenemos que dar la talla. El país es nuestro. La libertad es nuestra. Depende de nosotros también. A mis compatriotas les deseo la fuerza necesaria para asumir estas horas tan duras. 




viernes, 13 de febrero de 2015

A veces hay que llorar

Esta mañana eché una buena llorada en el carro. Es verdad que en toda crisis hay espacio para una lección. Todo en la vida tiene su aprendizaje. Vivir en Venezuela en los últimos años nos ha enseñado tantas cosas. Se habla de la Universidad de la Vida, pero esto es más bien como un doctorado que te conceden con una causa que uno no sabe si es honoris, o qué. Si es una mezcla de resignación o esperanza. Esto es como una ciencia. Una tesis. Unos experimentos. El detalle es que nosotros mismos somos las ratas de laboratorio. Y no es una rueda dentro de una pecera, es la vida. Me siento un poco loca, un poco irresponsable, romántica perdida, pero tal vez una cínica, ciega, como cuando estás convencida de amar apasionadamente, cuando le digo a la gente: es que yo no me quiero ir. 

Yo no me quiero ir. Pero a veces no me quiero quedar. Yo no quiero ser quien soy, pero tampoco quiero ser otra persona. No quiero esta Venezuela, pero quiero a Venezuela. Yo amo este país, pero es que este desastre…no sé cómo terminar la frase. Porque si digo algo positivo tal vez estoy apostando a un optimismo absurdo, pero si pongo algo negativo, ¿hasta cuando?, ¿en serio? Yo me levanto por las mañanas y el Avila suelta algo que es como alimento para mi vida. Como polvillo de hadas o algo así de cursi, de ridículo, de fantástico. Yo no puedo estar mucho tiempo lejos de este país. Por más magullado que esté.  Tal vez es que todavía no entiendo bien la tragedia del sistema cambiario, tal vez es que no sé de otras cosas. Quizás es que si Freud me ayuda abro los ojos y comprendo. 


Hoy eché una buena llorada. Por mi país. Por este destino extraño. Por este limbo. Por otros llantos. Por la cola del mercado y de las embajadas, por la distancia de la gente que quiero. Porque sé que se ha ido gente que no quería irse, que quiere regresarse, porque sé que hay gente que no puede, ni debe volver. Por que sé que tal vez llega en un día en que yo también me vaya. Lloré por el que no puede irse por la razón que sea. Porque no nos escuchamos, ni el intelectual que juega a intelectual, ni el tipo que juega a artista, ni el artista que no sabe a qué jugar. Por las opiniones difusas, por las equivocaciones, por el miedo. Lloré por la mentira y la corrupción. Por el país que me atormenta en la cabeza. Lloré, como un luto, por el país fantasma que vive en mi imaginación, en el que no se roban toda la plata, sino  en el que se invertía y  pasabas por Sábana Grande y era las Noches Blancas, arte, teatro, todo lleno de vida, abrías la mano y salía una oportunidad, y teníamos las escuelas públicas más exitosas del mundo, y yo daba clases de literatura francesa en el Liceo Andrés Bello. Lloré por esa que no fui. Lloré porque esto nos llama a ser héroes, a ti y a mí, en la cola, en la calle, en la tolerancia, en la mirada al que no piensa igual. Y yo no soy héroe, no soy Yoanni Sanchez, ni Oscar Arias, ni soy Malala, ni nadie remotamente parecido. Pero a veces leo sus historias y me inspiran y lloro porque me inspiran. Y me siento mínima. Impotente. Y quisiera ser una de esas personas que no piensan, ni se miran tanto. Quisiera no tener que pensar en qué cambia las cosas lo que escribo. A quién refleja y por qué. Quisiera irme para la playa y cerrar los ojos bajo el sol. Y que no importe. 

Lloré por lo que somos. Lloré porque alguien me culpa sin saber.  Lloré por una soledad loca. Lloré porque a uno siempre le asignan algo que no refleja lo que uno es por dentro. Lloré porque lo que seremos dependerá también de lo que se nos deje ser. ¿O no? Lloré porque tienes que morir un poco para romper una cadena. Lloré porque los espacios de la voluntad se van haciendo cada vez más estrechos y la consciencia se va ensanchando. Porque ya no sé cuándo debo pensar en mí y cuando mirar a los lados. Porque ya no sé ni qué causa, ni qué medios, ni qué palabras.

Y después dejé de llorar y me fije en la imagen de una señora que cargaba a una mariposa de cinco años, vestida de rosado, con unas alitas casi transparentes. Me quedé en esa sonrisa. En esa esperanza, porque aunque lo lógico sea pedirle a la Tierra que deje de girar, la vida sigue. No hay otro remedio. Aquí estamos. Aquí seguimos.

Pero de vez en cuando vale la pena llorar.