lunes, 21 de julio de 2014

Fragmentos de pensamiento en una caminata


Estoy agotada. Este post no está editado. Ni vuelto a leer. Ha sido esto así. Nadie edita mi cabeza. Mejor así. Más puro. Más honesto. Los errores de tipeo se deben a las horas sin dormir. A la velocidad con que tecleo. Los asumo y de entrada pido disculpas. 

Suena The National como siempre. Conversation 16. La puse de primero porque ya es como una especie de ritual. Voy caminando por la ciudad y me encuentro un grupo de música en la calle, rodeado de gente que filma y sonríe. Me parece tan rato escucharlos mientras en mi cabeza lo que suena es totalmente distinto y lo que sueño forma parte de sucesos de un universo paralelo.

Soy esclava de lo que imagino. No paro de hacerlo. De vivir cosas que no se pudieron de vivir. En mi mente la atmósfera. Las palabras. La ropa. Cada detalle servido hasta lo más exacto. Y lo vuelvo a repetir mientras me pregunto, ¿de dónde la tendencia a soñar despierta?

Sigo caminando. Perdiéndome. Una mujer se abraza frente a una heladería, mira los sabores mientras yo me acerco a toda velocidad. Se limpia los labios con la lengua. Pienso que es una maravilla que todavía exista gente que no ha perdido ciertos instintos de la infancia, como saborear una golosina. Así saboreo yo estos días. Como un regalo. Una bendición. Una oportunidad. Una ventana.

Sigo caminando. Hoy no llegué al río. Me fui a otro lado. A vagar.  A atravesar extraños como si yo fuera una sombra. Suena Anyone´s Ghost y pienso en mi obsesión con los fantasmas. Los que viven conmigo. Los que susurran mi nombre de vez en cuando y algunas palabras. No son malos. Son fastidiosos. Eso es todo. Hay que aprenderlos a tratar. No se trata de esoterismo o algo así, es más bien erotismo y algo de no saber lidiar con el pasado.


Voy caminando y pienso en Rayuela. “¿Encontraría a la Maga?” Y qué si la encontraba. Al final eso no iba a hacer la menor diferencia. El amor amado está o no está amado. Perdido. Desperdiciado. Pienso en las cosas que quiero escribir. En los libros que me están buscando. Camino. Doy la vuelta. Cruzo una calle. Pasa un autobús tan cerca de la acera que por un instante cambia violentamente lo que imagino. Es una tragedia. Los extraños. El cuerpo descuartizado. El conductor desesperado. Alguna vieja con un ataque de nervios. Los turistas incómodos.


Llego al lugar que quería visitar y mientras hago unas fotos unos viejos empiezan a pelear. No bajan de los 70 años. Eventualmente agarran unas sillas de metal y las usan como espadas. Finalmente se sientan uno al lado del otro, como si pegarse no hubiese sido jamás algo que contemplaron. Pienso que esto si es civilización.

Pienso en qué somos y mi vida. No sé qué clase de vida tengo. Una marea constante. Pienso de nuevo en Rayuela. En las caídas del sol. En las palabras no dichas. En los silencios. En las numerosas interpretaciones que le he dado a una mirada, en lo improbable del amor, en lo falso que es todo. En lo que queremos comprar como auténtico. Veo los turistas entregados a su paseo y me imagino cómo será ser uno de ellos. Al final lo somos todos. Si queremos. Hacemos turismo por la vida. Paseamos a toda velocidad por las experiencias. Agarrándolas. Consumiéndolas. Registrándolas en algún lugar, hoy en día demasiado público, para que quede constancia que vivimos. Hoy en día cada quien es responsable de inmortalizarse. Si nadie se acuerda de ti es porque no actualizaste lo suficiente las cuentas que tenías a la mano.

No siento miedo. Siento una gran determinación. La misma que me llevó a cortarme radicalmente el pelo hace una semana. Simplemente me levanté y me senté en la silla de una peluquera que incluso estuvo renuente a hacerlo. Finalmente usó sus tijeras y cuando me levanté había una montaña de pelo en el piso. Te quitaste un peso de encima. Ni te imaginas.

Nadie se imagina el peso que me he quitado de encima. Unas cuantas letras mientras he subido unos cuantos kilos. Este camino no es fácil. Aunque hice trampa porque desde hace seis meses estoy en terapia. Desde hace varios meses he tenido que reconocer que no todo es como yo quiero que sea. Desde hace unas cuantas semanas me di cuenta que es cierto, que algunos quieren usarte, algunos abusarte, como dice la canción. Y duele. No me gusta que me usen. Soy demasiado comeflor para este mundo.

Las noticias me asquean y cuando miro lo que pasa siento que no debo ser humana. A veces me parece que el mundo es asqueroso y me avergüenza pertenecer. Me dan ganas de rendirme. Sigo caminando. La noche cayó. La ciudad esta casi desierta y somos como fantasmas. Me gusta la humedad del verano. Me gusta el calor. Me gusta que me sorprenda de pronto una ráfaga de un vieno que me recuerda el frío.


Prendo la computadora. Pienso en cómo diablos voy a hacer para abrir mi cena que consta de una cerveza, y en bañarme porque ahora el calor es demasiado. Y pienso en escribir ese libro que tiene tanto de mí camuflado en ficciones. Pienso en soltar de una puta vez lo que quiero soltar y que las obsesiones se muden. Ese universo nuevo, imaginado, en el que habitan un millón de seres que existen justamente porque no existen y que se han convertido en mis compañeros permanentes. Mañana abriré los ojos. Leeré un rato. Tomaré café. Seré madre. Iré al cine y trataré de no pensar demasiado.

miércoles, 16 de julio de 2014

Un país frente a la cara de Messi

No sigo el fútbol. Me importa un comino el Barca, el Real Madrid y el Boca Juniors. No sé quiénes están en segunda división, ni en tercera, ni que carajos va a hacer Blatter a partir de hoy. De la biografía de Messi sé lo poco que queda explayado por los medios de comunicación, desde Cancha Llena de La Nación hasta la revista Hola! Sé que luchó contra la adversidad, que su tamaño fue su gran obstáculo y más adelante su arma secreta. Que muchas veces tuvo que escuchar que jamás lograría ser un futbolista profesional, y que luego Argentina y España se lo pelearon para sus selecciones y él decidió quedarse con Argentina, dejando pasar la cantidad de ventajas que le ofrecía el país Europeo, incluso sabiendo que en aquella oportunidad tenía más chance de ganar con esa selección y que el ambiente para él era más amigable. Él hizo lo que creyó correcto, no lo que le convenía. 

Yo me imagino que la vida del deportista debe ser tremendamente compleja. Claro, que a veces me parece que la gran cantidad de dinero que ganan y mueven y es algo que tiene que cambiar en un mundo que tiene un continente como África, pero eso es otro post. El caso es que la presión de esa gente es algo que uno desde su computador no entiende. Son personas que han librado luchas titánicas, y que salen allí a llevar la bandera de sus países, pero también la responsabilidad que sienten desde todo punto de vista, desde el económico, hasta el histórico. 

En el caso particular de Messi creo que es aún más fuerte, y aunque lo admiro, no me gustaría estar en sus zapatos. Perdió. Y no debe ser fácil. No es sólo un tema de perder un partido, mirar adelante y darle las gracias a la vida. No todo en este mundo es Zen y Paulo Coelho. En esos momentos esperamos respeto al ganador, pero al perdedor nadie lo respeta, ni mucho menos el derecho que tiene a sentirse frustrado. Creo que también hay formas honrosas de expresar la frustración, y no creo que la sonrisa falsa sea una de ellas. 

En el caso particular del domingo, la Fifa y el Balón de Oro, creo que el mismo Messi sabía que ese trofeo no era para él. Lo poco que lo he escuchado hablar y sé de su vida, la cual es relativamente tranquila y bajo perfil para un jugador que ha tenido tanta exposición y éxito, es un tipo que no anda buscando ese tipo de reconocimientos y menos inmerecidos. Para él lo perdido, perdido estaba, y lo que es más, sabía que de una forma u otra lo iban a señalar. Claro que, ese es el riesgo que se corre cuando uno se lanza a la luz pública. Y él lo asumió. Es más, era parte de su sueño. 

Creo que todo este asunto de Messi abre la puerta a una gran cantidad de temas, y no es precisamente por la cara de culo que le haya puesto o no a Dilma. Creo que tiene que ver con cómo se adjudican los premios, y por qué. Qué significan. Para qué sirven. Y cómo asumimos las derrotas. Pero sobre todo, creo que ahora que pasan los días y la gente sigue destruyendo a un gran deportista, creo que también tenemos que pensar qué vemos en la derrota ajena que nos causa tanta rabia. ¿Por qué la saña? ¿Por qué la poca piedad? 

Cada quien es libre de opinar lo que quiera. El que le molestó, le indignó, le pareció bajo y poco profesional está en su derecho. Pero seguir dándole vueltas al tema y rebajar al jugador, achacarle la derrota y encima llevarlo al terreno político, es ridículo y muestra de una miopía que sirve de prueba para demostrarnos lo mal que está el mundo y lo rampante de la ignorancia que nos carcome. 

En el fondo, me importa poco la cara de Messi. Creo que la lección de vida no está en su cara, sino en cómo el mundo la asume. No creo que ganemos nada de una sonrisa falsa de su parte, pero sí perdemos mucho con la impiedad con que la gente comenta una actitud de frustración. Somos muy tolerantes con todo, menos con la derrota. Allí somos implacables. Qué fácil es ganar. Qué fácil es pisotear al que pierde. Y lo que más me impresiona es que estamos dispuestos a tragarnos sonrisas falsas, porque preferimos las formas y no el fondo. La frustración no se tolera. Pero lo que es más, sirve de plataforma para juzgar a todo un país. 

La gente que se dedicó a hablar pestes de Brasil por las bombas lacrimógenas no se ha puesto pensar cuántos productos brasileños compra. Es decir, que vitupera por Facebook pero sigue contribuyendo para que se hagan negocios millonarios. Me pregunto, ¿de qué sirven los comentarios dañinos en contra de Brasil? Para dañar más el mundo, pero para que Dilma Ruseff entienda algo, o cambie de posición, no.

Y así ha pasado con Argentina. Generalizando. Juzgando. Desviando el foco de lo realmente importante. Y lo que es más, hablando del ejemplo que deben dar los jugadores, sin pensar en el ejemplo que debemos dar nosotros. Me da dolor cómo somos capaces los venezolanos de criticar a mansalva un país, sin pararnos a pensar en cómo está el nuestro. Cayéndose a pedazos. Y no, no sirve lavarse las manos y culpar la plaga de Chávez. Un país es su gente y todos somos responsables, todos tenemos algo que responderle a la historia, aunque en los libros no quede registrado nuestro nombre. 

Lio Messi se levantará mañana y seguirá jugando. Y quién sabe si en cuatro años logra lo que se le escapó el domingo. Estoy segura de algo, lo va a intentar. Mientras lo destruimos, aquí nos derrotan todos los días y no hacemos nada. Y me pregunto ¿es que el fútbol se pueda comparar a las batallas en las que uno se juega la vida? Tal vez en el deporte como tal no, pero en cómo se asume a través de los valores, sí. 




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Ardieron los cuerpos. Imaginándose. Soñándose. En la penumbra de un amanecer que los hacía presentirse. Con el nervio de quien sabe que ya ha sucedido la escena que está por vivir.  Que lo aún no vivido ya es pasado. Tan inexpugnable. Tan inamovible. Innegable. Certero. 
Hombre cuya piel se hace frágil ante el recuerdo del futuro. 


Dirigiéndose a paso firme hacia ese universo paralelo en el que desde hace años los unía la carne. Imaginando las palabras. Soñando el recorrido de las manos. Intuyendo latidos. El ritmo  de los cuerpos henchidos de lujuria. De placer. Las alas abriéndose en pleno vuelo. Sentidos indómitos. Piernas abrazadas. Lenguas quemando. Pechos en marea constante. Llenando los vientres de mariposas, justo en el lugar más sensible de la profundidad de la piel. Donde convergen carne y sentimiento. 

Ardieron. Él tomaba el volante. Ella sorbía café. Sus ojos en plena calle. Su cintura ajustándose a una falda ceñida. Ambos tocaron la realidad con el sueño puesto en la cama, en la pared, en el suelo, en el sillón, de espaldas, de frente. Ambos vivos y casi muertos de tanta sed. Saboreándose en silencio.  Buscando alivio con la mano propia bajo la prisión de los fluidos. En pleno descenso hacia el desenfreno, en pleno ascenso hacia el orgasmo lejanamente compartido. 
Ave triste. 

Mariposa solitaria.

Voladores de sombra. De oscuridad. Amores rastreros. Kamikazes que se lanzan al fuego sin ver. Sin esperar. Sin el menor cuidado. Sin medida. Ni atención. Sin ideas. Ni razones. Ni principios. Esclavos de instintos primitivos y salvajes. Subyugados a las exigencias de la piel. 


Ardieron en sueños, hasta sucumbir a la combustión espontánea del deseo frente a frente. 

lunes, 14 de julio de 2014

En un juego la vida



Mi afición por el equipo de fútbol argentino empezó en la cocina de mi casa en el final del Mundial de México 86. Yo tenía apenas siete años, mis papás habían salido, mis hermanas también, me había quedado sola con una niñera. Veía el partido en un televisor que estaba encima de la nevera en la cocina. No me interesaba el fútbol. Argentina ganó y no puedo decir que fue la emoción más grande de mi vida, simplemente me cautivó aquella selección. Vi calladamente esa celebración que se terminó cuando la transmisión culminó y volví a las muñecas, a la soledad de mi casa en un domingo sin adultos, a otra cosa. Hasta cuatro años luego, cuando desde el comienzo mi equipo fue Argentina. Y así desde entonces. Siempre sentí que la selección llevaba algo de mí. Tal vez no tiene nada que ver con un deporte sólo sigo en mundiales, sino con una especie de camaradería. Una compañía en una tarde solitaria de domingo.

Cuando finaliza el partido, como ya es costumbre enfocan a ganadores y perdedores. No deja de afectarme ese contraste entre la victoria y la derrota y las formas de asumirlo, tanto de los fanáticos como de los jugadores. Del ganador esperamos la algarabía, nada especial, con el perdedor, somos implacables. No nos gusta. No nos gusta ver la frustración, ni los sentimientos negativos, hay que reflejar humildad, en tal caso tristeza, de resto nos parece de mal gusto e injusto. Un jugador, para ser un héroe, tiene que tener destreza para ganar y coraje para perder.

Entonces pienso en el partido, en el mundial, en el fútbol, lo que significa, lo que mueve. ¿Qué pasa hoy? ¿Cómo amanece el mundo? ¿Qué cambia un mundial?

Para un país, ¿qué cambia de ganar un juego? Sobre todo cuando se ha tratado de ligar tanto el deporte a la política. Tal vez los expertos me contradigan, no sé si un deporte afianza un presidente o cambia el destino de una nación. Seguramente contribuye en algo, une a la gente y la hace más benevolente. Le permite poner la rabia contra los problemas cotidianos de lado. En general, las vidas de quienes ayer lloraron y hoy seguramente critican el partido con agudeza no cambiarán de una forma u otra. O eso parece.

Entonces, ¿qué significa el deporte? Eso de ver a los equipos luchar por una pelota, combatirse, agredirse, acercarse un gol, lanzar la pelota y rezar. Estoy segura que si Dios tuviera estadísticas a la mano podría decirnos que se registran más oraciones por segundo durante uno de estos partidos que durante cualquier crisis internacional. Allí está invertido tanto. Patrocinantes, la FIFA, las selecciones, scouts de talento que están viendo y sacando cuentas. Para muchos el mundial no es un deporte, ni una fiesta, ni un bálsamo que viene a sacarlos de la vorágine de la cotidianeidad, sino todo lo contrario. Para muchos ahí está la vida, la oportunidad o el paso en falso.

En un juego. Algo que sigue siendo misterioso. Que a veces parece voluntario, pero otras no. Que depende de la voluntad, del discernimiento y la consciencia de algunos hombres, de la fortaleza física y mental de otros y de las ganas, los deseos y las energías de millones. ¿Y al final? ¿Cómo sigue la humanidad? En el caso de los involucrados directamente no sé. Creo que algún día me gustaría conocer los intríngulis de esos organismos, que en muchas ocasiones habrán jugado con el corazón de tanta fanaticada. Tanta gente haciendo dinero a costa de una especie de religión, de las emociones que se tejen en evento en el que deposita esperanza, sin saber mucho qué espera además del resultado a favor. ¿Y el resto?

Nosotros seguimos con nuestras vidas. Para muchos habrá nacido un héroe, o tal vez alguien que admirábamos nos desilusionó. Quizás la mayoría no saque nada  de esto y sea una experiencia más. Una tarde más en la que pasó algo distinto. Muchos se levantarán hoy a juzgar y a endiosar al que crean conveniente, y allí la presión y el peso de quienes salieron a darlo todo, ese el riesgo y ellos lo saben.

No sé cuántas fanaticadas nacieron ayer, cuántas personas creyeron alcanzar algo o tocaron la gloria. No sé qué sentirán los argentinos y los alemanes, mi país  no ha estado en un mundial.  Sólo sé que dentro de todo esto hay una gran lección para el ser humano, sobre creer y esperar, pero sobre todo sobre la relación entre la voluntad y el azar, sobre la humildad al ganar y la inteligencia al perder.


Hay algo más profundo en el fútbol, algo bajo el campo que muchas veces la adrenalina no nos deja ver, y es línea tan delgada en la que parece que todo es sólo un juego, pero a la vez no. Algo que apariencia no es nada, pero en lo que llevamos la vida. Nos recuerda que es en una tarde, de pronto, cuando sucede la vida, con acontecimientos que pensábamos que no tenían que ver con nosotros, pero que nos hacen quienes somos. Nos inspiran o nos quiebran. Se hace un fanático o se forja una convicción, un ejemplo, o una desilusión que crea un abyecto. Así es el fútbol. Así es la vida. Alguien alza la copa luego de un un partido que se llevó y que trajo todo, incluso para el que le pasó por encima y pensó: esto es sólo un juego.

viernes, 11 de julio de 2014

Soñando con Itaca

Estos días han sido para reflexionar. Así que hoy voy a dejar en este post un poema. Itaca de Kavafis. He estado tan preocupada por llegar a Itaca, que me he olvidado del viaje, y la importancia que tiene. Hay mil Itacas. Yo tengo mil Itacas, pero por alguna razón, no termino de embarcarme en el viaje. Es como que quedo viendo de lejos ese lugar soñado, pensando que nunca podré entrar.

Eso va a cambiar. A eso me dedico estos días. Estos procesos no son fáciles, lo que no quiere decir que no sean imposibles. Lo que hace falta es convicción, paciencia y trabajo. Y con eso en mente manos a la obra.

Eso sin dejar de lado, que hoy en día además de escritora soy mamá y que ese es un trabajo que si no lo hago bien no sale todo lo demás. Lo que quiere decir, que la paciencia, la convicción y el trabajo vienen con el doble de la carga.

Y si lo unes a todo la frustración de vivir en un país roto, ni hablar.

Pero basta de quejarse por la circunstancias. Creo que el hecho de estar aquí presenta un deber y una oportunidad. Y en eso ando pensando en lo que voy a hacer, y cómo voy a dar mis próximos pasos.

Además estoy haciendo algo que rara vez hago. Pedir ayuda y deslustrarme de las sombras.

Todos los días un esfuerzo por vivir acorde al consejo de Píndaro: "Llega a ser ser quien eres".

Con ÍTACA en los sueños, en las metas, me embarcaré en mi viaje.

ITACA

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

martes, 8 de julio de 2014

Estamos aislados

Soñaba con cambiar el mundo. Ahora sueño con ser parte de él. Cualquier lugar fuera de la frontera de este país es demasiado lejos. Es inalcanzable. Para llegarle se necesita algo como un programa espacial. No sólo hay que tener la voluntad del astronauta, hay que tener los recursos también. Salir de aquí ya no es cosa de soñadores, ni de aventureros, es casi una batalla de determinación  mezclada con suerte. ¿Cómo se sale de aquí? No se sabe. Son demasiados factores y aunque no queramos verlo, ya muy pocos dependen de uno mismo.

Quizás no queramos quejarnos, o nos de pena, porque pensamos que no viajar es el problema más frívolo del mundo. Pero hay que sentarse a pensarlo un rato:

¿Cuántos viajeros abordarán hoy aviones? ¿En cuántos aeropuertos del planeta? ¿Cuántas personas arrastrarán sus maletines de mano, entregarán un boarding pass, mirarán con impaciencia el reloj mientras el piloto dice que tienen que esperar quince minutos para dejar la puerta? ¿Cuántas personas tomarán una conexión, reclamarán una maleta perdida, habrán perdido un vuelo y podrán descansar en un hotel de aeropuerto con un voucher de comida pensando que al día siguiente saldrá otro vuelo igual? Los mismos colores de la aerolínea, los mismos asientos gastados y estrechos, el mismo olor a encierro, diesel y aspiradora quemada, el mismo sabor sintético de la comida de avión. El café barato. La turbulencia inesperada. Las ventanillas abajo por favor, las películas, el duty free, la impaciencia por salir y el alivio al llegar.

Nada de eso es ya común para nosotros. En Venezuela es una odisea. Es ciencia-ficción. Un aparato que vuela. Una tripulación de salida. Una elección. Hoy me voy. Mañana regreso. El ancho mundo se abre y mientras uno planea las noches que va a pasar y la ropa que va a usar, va imaginando los sabores y las texturas, los colores, las caras. Sueños de ver el mundo. Aquellas cosas que uno se imaginó o se prometió de pequeño: antes de los cuarenta voy a conocer el Niágara, o voy a ver las Pirámides de Egipto.

Tal vez los viajes estén cargados de otra cosa. Un reencuentro tan soñado. Aquella amistad que el Facebook rescató, que las redes sociales no dejaron enfriar, esas dos, tres o diez personas que planificaron un par de noches que vivieron tantas veces antes de las canas y el agobio de la vida, y se volverían a ver para recordarse que el tiempo pasa pero que los afectos quedan. El novio. La novia. La familia que está lejos. Los hijos que van creciendo y que están con una madre que se cansó y decidió irse a enseñarles que el mundo es otra cosa. Que este hueco ya no es un país, es una circunstancia, una apuesta, casi un accidente del destino que hay que tener la voluntad de cambiar.  

Aquellos aviones que ya no salen de Venezuela se llevaban maletines cargados de proyectos. De planes. De crecimiento. De futuro. El médico que quería superarse y aprender a operar con una técnica que iba a salvar vidas, a ahorrar dinero, a mejorar la calidad de todo. Gente que iría a aprender otro idioma para ascender en su compañía, o para garantizarse un futuro o un traslado en una multinacional. O para aprender. Sólo para aprender. Por el gozo. Por la superación. Porque a los veinte años la tarea más importante es experimentar, irte con un presupuesto irrisorio a forjar la motivación para ser alguien en la vida y decirte más adelante que nunca olvidarás cuando no eras nadie y que regresaste a tu país porque lo extrañabas, no porque no salieron más vuelos.

El niño que nace afuera o la abuela que regresó a la tierra que dejó de niña quedarán sin abrazarse en el tiempo planificado. Ellos también iban a volar entre Caracas o Valencia y alguna ciudad que ahora bien puede estar en Júpiter, poco importa, porque los dos están igual de lejos y son igual de imposibles para la gran mayoría. Ya no importa. Ya ni caso tiene.

En la barriga de esos aviones  estacionados o en ruta hacia otro lugar, venían cantidad de cosas que aquí se esperaban. Materia prima para distintas empresas. Comida. Libros. El sustento de tantas compañías que hacían lo que podían, cómo podían esperando un tiempo mejor. Aguantándose de una esperanza.  Un político. Un profeta. Dios. Quién fuere. Alguien. Cualquier persona con un dato, con un análisis o con un comentario irracional que les ayudara a abrir los ojos por la mañana y no rendirse. Esos aviones ya no salen. Esas cosas ya no llegan. Y si salen es muy poco, y si llegan parece un milagro. Y uno ya no sabe si esto es como la magia, o como las piernas largas o la habilidad para las matemáticas, te toca por suerte, por ser el elegido o es un truco que logran quienes tienen destreza para ello. Para el engaño, para moverse debajo de cuerda y que parezca tan fácil aquello que para el común es casi imposible.

Y si uno pensaba que con los aviones que no salen no hay tragedias  hay que pensarlo de nuevo. Porque en tierra se quedarán personas que no verán nacer a sus hijos, ni enterrarán a sus padres. No viajarán quienes tenían un procedimiento quirúrgico planificado, ni quienes tenían una entrevista de trabajo que tiene las mismas características de una balsa para huir de este mar de miseria. En tierra se quedará el personal que vivía justamente de no volar. Las empresas que surtían los aviones, que limpiaban los aviones, el personal de seguridad, de atención al pasajero, incluso quienes vendían comida y productos en el aeropuerto, quienes transportaban la carga a la ciudad, todos ellos hoy se quedan en tierra y llenos de incertidumbre.

Es que cuando uno volaba, no subía al cielo solo, sino que arrastraba a cientos de personas con uno. Desde el que diseñaba la campaña de publicidad de la aerolínea, hasta el escritor free lance de la revista que encontrábamos a bordo.


Nos vamos quedando aislados. Y no es nada más el asilamiento físico. No es que ahora para ver la Torre Eiffel habrá que buscarla en Google Earth -y escuchar el eterno comentario: dale gracias a Dios que tienes internet. Sin dejar de pensar, y estar seguros, que eso es algo que damos por eterno pero tarde o temprano dejaremos de tener. – Es que nos vamos quedando aislados intelectualmente. Es que los médicos no pueden viajar, ni expertos en ninguna materia pueden venir, es que quienes venían a dar una charla, o revisar una construcción, o a entrenar un equipo de maestros, a montar un sistema o una exposición, no viajarán, por miedo a quedarse atrapados como nosotros, porque de pronto los barrotes de esta jaula van reduciendo el espacio entre uno y otro. No vendrán espectáculos musicales, ni equipos deportivos, salvo que el gobierno los traiga con el poder económico de sus charters, pero aquel equipo local que con tanto esfuerzo luchó para participar en una competencia internacional, esos tampoco podrán salir.

Poco importa la plataforma continental. Esto es una isla. Entrar a una biblioteca o a una librería es terminar de entenderlo. No sólo se han reducido los vuelos de las aerolíneas, también se reduce el vuelo de la mente. No quedan casi museos, ni hay proyectos de unos nuevos que no vengan con la coletilla de la ideologización y el compromiso con el pensamiento sumiso, único, tergiversado de quien sólo utiliza los medios de expresión para convencer a la gente de que el modelo a seguir es el actual y no vale la pena pensar más nada.

Podemos seguir creyendo que esto es temporal y que es accidental. Podemos seguir prendiendo velas, esperando a que mañana todo se resuelva solo. Esto no es un error de cálculo, ni el traspié de un miope. Esto está fríamente calculado. Aislarnos es parte del proceso de someternos. Así no tendrán que callarnos, porque en la medida que veamos esta única realidad, en la medida que no llegue de nada afuera, ni regresen incluso las historias casi tan fantásticas como de quien vio un ogro, un troll y un dragón escupiendo fuego cuando alguien cuente de la Estatua de la Libertad, la Muralla China o el oleaje del Cantábrico,  no tendemos ideas que expresar.

Porque a la gente se le somete quitándole la razón para luchar. ¿Quién va a querer trabajar y sacrificar nada si ya ningún sueño es viable? Ni la casa que soñabas, ni la empresa que visualizabas, ni el carro que siempre quisiste, ni ese viaje.  


Nos quieren aislados, tristes, nos quieren incomunicados, no sólo de las grandes urbes en las que la vida fluye y se gesta la voluntad de los hombres, los sueños y las ideas. Nos quieren aislados de nuestros propios sueños. Una vez que renuncias a lo que siempre quisiste, una vez que renuncias a volar, no sólo en la butaca 34 B soñando con aterrizar en otro mundo aunque estés en el mismo planeta, también renuncias a escuchar tus otros sueños. Una vez que te resignas a que algo que querías tanto es posible, todo lo demás cae como cuando haces un camino de piezas de dominó.

Mientras hoy alguien monta en Instagram el ala de un avión, se quedan en tierra miles de abrazos, de proyectos, de posibilidades. Mientras alguien le pide a una aeromoza un coca-cola y un piloto anuncia la aproximación a un aeropuerto alguien entrega su carnet de idetificación y pierde su empleo. Una familia se queda sin sustento. La del ejecutivo que perdió las oportunidades y la del obrero que ya no sabe que hacer. Y así un país se cae a pedazos como cuando se revienta un ala en pleno vuelo. Ojalá supiéramos a qué altura viajamos y cuánto falta para terminar de caer.


lunes, 7 de julio de 2014

Pueblo Fantasma

En día como hoy me pregunto ¿cuánto tiempo más podrá sostenerme El Ávila como motivo para quedarme? Tal vez haya muchos más, pero a medida que pasa el tiempo uno siente que cada vez son menos las razones para estar aquí. Las casas se venden, los muebles se guardan, los libros se donan y mucho de lo que sobra, no se usa o no cabe se bota. Y mientras tanto uno en la acera de enfrente viendo como tanta gente cierra las maletas y se va. Las puertas se cierran, los aviones despegan y nos vamos quedando solos.

Esto ya es un pueblo fantasma. A veces me siento así, como un fantasma que ronda unas calles desoladas, llorando la muerte del país en que creí que iba a vivir. Fantasmas, zombies, como si fuera una película multigénero, drama, terror y algo de comedia porque insistimos en no parar de reírnos de lo que sea, mientras lo humano nos termina de abandonar.

No sé qué estamos viviendo, ni cómo calificarlo. No sé si es un sistema político, si es la guerra, no sé si es el fin del mundo, si es un proceso cíclico, un fenómeno sociológico, sólo sé que me busco y me busco y no me encuentro.

En este país cualquier sueño pasó a ser imposible. Cualquier meta es demasiado difícil, se ve en los ojos de la gente a quien le cuentas tus sueños. Ya no es cosa de luchadores hacer algo grande. Ya no se trata de tener algún tipo de visión. De negocios, de arte, de dejar una huella y cambiar el mundo. El mundo lo limitaron a unas fronteras, las del miedo y la baja autoestima, la de los obstáculos insalvables o casi imposibles de sortear y la del eterno agradecimiento porque es tanta la gente que está mal que quejarse es un lujo que no vale la pena darse.

La vida aquí se basa en tener la fuerza para sobrevivir, o tener la debilidad suficiente para ser uno más de los que saquean y se despojan de todo lo que creyeron para convertirse en parte de la corriente y que el caudal no los arrastre. Es decir, o te suicidas o te sientas a esperar que la muerte te alcance. 

Quienes esperamos lo hacemos con la mirada puesta en el cielo, con los brazos al aire, esperando el amparo de algo o de alguien. Abrazándonos a lo que fuimos, a nuestros afectos, a nuestros valores, mientras el ojo del huracán nos pasa por encima, pero sin que haya un parte meteorológico creíble que nos diga que esto va a pasar.

Hemos tenido que aprender a convivir con la muerte, con la injusticia, con la corrupción. Éramos un país rico, pero extremadamente pobre y lo seguimos siendo. Mientras el mundo ha avanzado, con todos su problemas, aquí nos reducimos a un grupo de seres que se lamentan o se vanaglorian de haber destruido un país para probar que en un pasado que ya podríamos calificar de remoto no se hizo suficiente.

Nos volvimos el país en que se hacen las cosas porque se puede y lo que se debe, es justamente eso, una deuda, no un compromiso. Los valores pasaron de moda, ahora son otros, son números en cuentas clandestinas o cuentas que sacan las mujeres cuando sacan sus accesorios del closet. El hombre más grande es el que tiene la casa más grande, el avión más grande y además se lo hace saber a su vecino, a los padres del colegio, a los demás hombres de negocio.

No se construye nada, ni hay espacio, ni esperanza de construir nada. Los puertos están vacíos, y las fábricas que no están abandonadas están tomadas por obreros que siguen convencidos que alguien los explota y que esa persona les debe, y les tiene pagar.

Me pregunto qué se sentirá respirar en un país en que la vida no impone una cuota de locura para salir a la calle. Me pregunto si afuera uno es dueño de su destino, o si esa es una cuestión filosófica y profunda que no se responde solamente con una estampa en el pasaporte.

A veces se hace pesada la vida en la que uno sólo barre el polvo que deja el abandono de quienes se fueron. Aquí con los fantasmas, tristes, esperando si aquellas almas que una vez creyeron en este país regresan a atormentarlos con los cuentos de tierras lejanas en la que el tiempo pasado tal vez no fue tan bueno, pero el presente es mucho mejor. A veces me niego a creer que esto fue todo. Que perdimos. Que nos destruyeron. Que no hay plan que valga, esto lo perdimos, que aquí lo que queda son árboles de mango, Ávila y playa y que los sueños ya son fantasías. Que la única forma de lograr ser alguien será a través de una alucinación.


A veces quisiera yo también cerrar la maleta e irme. Ser alguien distinto. Despedirme de todo y olvidar que esto también fue mío.