miércoles, 27 de agosto de 2014

Lean los muros y los artículos. Qué nos pasó? Qué somos? Estoy harta del falso pacifismo. De los golpes de pecho de la gente que se declara buena. Las manos arriba, porque esto que nos pasó es culpa de otro. Y cada cosa que pasa, cada horror va en la cabeza de otro. Y mientras todo se va a la mierda, nos invitan a llorar algo que nunca tuvimos. Algo que nunca fuimos. Y más que a reaccionar nos invitan a adjudicarle la culpa a alguien. Chávez consumió todo. Enseñó la envidia y el resentimiento, la desconfianza. Quedan pocos capaces de hablar o redactar algo con mediana objetividad. Ya no compro más la paja del llanto por la paz de quien habla de renconciliación pero insulta a otros con ironía por pensar distinto. Aquí no hay un cambio porque la gente no quiere cambiar. Es mucho más cómodo mandar a los demás a que cambien y a final ds cuentas lavarse las manos con un simple "es que yo no soy político". Siento que ya no quepo aquí. La desilusión es demasiado grande.

lunes, 25 de agosto de 2014

Es un libro

Estoy enamorada de un mamá. Alta. Catira. El pelo le baja por la espalda. Tiene unos pantalones de rayas azules, y una camisa también de rayas azules, pero el fondo es blanco. Tiene la mano llena de pulseras de colores. Una cartera de colores y de patrones extraños. Medio hippie. Los lentes en la corona de la cabeza. Un anillo. Poco maquillaje. La piel suave. Se mueve como estuviéramos bajo el agua. Por un momento este lugar se llama Atlantis. Ella se sienta a tomar un café en las mesas que están en la acera. Desde un coche marrón claro la mira un bebé con un chupón y sombrero. De vez en cuando ella le habla. Tal vez ha leído en algún libro que los bebés se angustian si la madre los ignora.  Lola se acerca. La madre pregunta si es un perro dulce y él dueño dice que sí. Lola le quiere brincar encima. Lola siempre se va a las piernas de las personas de quienes busca caricias. El dueño no la deja. Lola ladra. La mamá se sobresalta. El niño dice “miau” y la mamá con toda la dulzura del mundo le dice “c´est pas miau c´est wuf wuf”. Puedo morir con esas onomatopeyas de la voz dulce de una madre que le muestra el mundo a sus hijos. Estoy enamorada de esa madre y de su vida. De su paso tranquilo y delicado por el aire de esta mañana fría. Ella se va y yo escribo una carta de amor. Un cuento largo sobre un mundo que no existe o que tal vez existe demasiado.  Me gustaría saber más de aquella historia. ¿Quién será? ¿Será feliz? O estará empujando el coche y buscando un sentido o una salida. Como tantos de nosotros. Quizás no estamos tan solos después de todos. A lo mejor no somos los únicos. Un día de estos me gustaría invitar a un extraño a conversar, sólo para saber.


Así que hace un par de días tuve un problema de salud. Llamadas a urgencia y tal. Cuando estás a punto de perder la consciencia, el mundo da vueltas, el pánico no te deja respirar. Lloras pero tratas de no hacerlo. Piensas, ¿qué me pasa? Finalmente llegué a un médico. Un señor corpulento, de mirada dulce. De esos médicos que lo primero que hacen es un comentario que te haga sonreír. Esto va a ser amor antes de haber recetado cualquier cosa. Soy de esas personas que se enamoran de los profesores y de los médicos. Síndrome Abigail y de una historia que estoy escribiendo. El consultorio está lleno de juguetes porque también atiende niños. Hoy me siento como una más. Le describo mis síntomas. Le cuento. Me han dicho que necesito una operación. Pero mire, yo ni las tetas me quiero operar. Sí. Yo sé. Suena tan banal. Es patético. Pero es que…para las mujeres hoy en día a veces resulta difícil convencerse de que uno no es del tamaño de sus tetas. No se lo digo: yo quiero ser del tamaño de mi libro. Mi mamá, que ha estado escuchando lo interrumpe. Ella es escritora. Yo me quejo “¡Mamá!” Estoy a punto de decirle que esto no es terapia de grupo, es ver si realmente no me funciona una parte del estómago y necesito una operación. Y dónde. Y cómo. Y cuándo. Y cuánto. Y para qué. Y cuánto a va doler. Y mire no me venga con que en tres días estás bien, porque eso me dijeron el 97 cuando me volaron toda la mucosa detrás de las narices y terminé en otra operación de emergencia cinco años más tarde. ¿Cuánto? ¿Un mes? ¿Dos meses? ¿Cómo va a hacer la dieta? ¿No puedo tomar vino? ¿Café? Eso de entrada sería un tratamiento que no sirve, y no quiero lecciones tipo Dr. Alegría, la vida es mucho  más que una buena taza de café. ¿Cómo aguanto ciertos dolores del alma si no puedo anestesiarme de vez en cuando? En vez de Sopa de Pollo para el alma yo diría Ibuprofeno para lidiar con la idiotez del mundo, borrachera para lidiar con la intensidad propia. He ahí mis libros de autoayuda. Pero yo no soy muy buena escribiendo eso. Es que verá, y esto lo he hablado con una terapista. Que dice que lo que tengo no es operable, y que a veces me dice, con toda su honestidad, mira no te voy a mentir, a lo mejor si te arreglo no puedes escribir más. Sí. Usted también lo piensa. Me odia. ¿Usted cree que algún día va a escribir cosas horribles sobre mí? Mire, olvídese del secreto profesional. Si yo pego un libro del techo le voy a ver la peor cara a todo el mundo. La vida es así. El ser humano en su mayoría se conmisera de la miseria humana públicamente, en secreto le produce el alivio de saber que hay otros más desgraciados y cuando al vecino le va bien no perdonan el éxito.

No digo nada de eso. Después de torcer los ojos y regañar a mi mamá el Dr. me pregunta, ¿qué escribe? Bueno. Novelas. Historias de amor. Cartas de amor. Una historia sobre lo que pasa en mi país. Aquí viene. El cuento del horror que estamos viviendo. Le doy la versión corta. Es una mierda. Me preocupa. Tengo miedo y aunque amo Venezuela a veces pienso que quiero irme de allí. ¿Y sus síntomas empeoran allá? En parte. Pero aquí fue que me desmayé.

Se me quedó mirando. Su mirada. Su sensibilidad. Sus manos. Luego me mandó una medicina para la acidez. Coca cola si me vuelvo a desmayar. Y hablamos luego para que vaya a hacerse los exámenes porque bueno, hay que ver en serio si todo este rollo no  le reventó el estómago.

Me pregunta dónde aprendí a hablar francés. Le digo en el colegio, en un curso de tres meses que hice a los diecinueve años y luego, leyendo, encerrando en un círculo las palabras que no entendía y buscándolas en el diccionario. Un curso privado para obsesivos. Le digo, es que me frustraba venir aquí y no poder leer los libros. Tantos libros.” Me dice, hay muchos franceses que no hacen eso. Nos reímos todos.

Luego me dijo, como si fuera un abuelo, un maestro y no un doctor, mire esto le pasa a muchos escritores. Yo creo que su problema no es el estómago. Es el libro.


Y por supuesto mi mamá dijo que ella ya me lo había dicho.

martes, 12 de agosto de 2014

Pesadilla 1

Esto es lo que no quiero escribir el día de hoy.:

Vivo a las puertas del infierno.

Rayos de oscuridad que hacen temblar los cimientos de este submundo.

Lugar donde la tierra no es tierra. Ni el corazón es corazón. Ni las miradas son miradas.

El autómata. Ignorante de su mortalidad. Girando en su absurdo. Perdido en su idioma entre fantasía y terror. Una felicidad fabricada. Artificial. Exterior.

Muñecas de plástico corroídas por el calor del trópico. Maquillaje derretido. Payasos de llanto.

Sonrisas congeladas.
Corazones marcados.
Encerrados.
Las miradas en el suelo.
Las manos en los bolsillos.
Todo en los bolsillos. El corazón. La consciencia. El futuro.

Todo vacío. La bolsa. La despensa. La mente. El futuro. El alma.

El espíritu que tiembla por los escalofríos de su último intento. Una última búsqueda de calor. Una canción desesperada de empatía.

El frío nos recorre. Las olas han ido rompiendo sobre nosotros. Nos ha ido consumiendo el salitre. Nos hemos oxidado. Nos hemos ido secando, pudriendo, partiendo, desmembrando. Blancos y secos el mundo nos hace girar. Es sólo la Tierra bailando sobre su eje. Nosotros ya no tenemos puntos cardinales. No tenemos verdades. Sólo recuerdos y temores. Sólo angustia y vergüenza. 

De lo que fuimos. 
De lo que                   no somos. 
De lo que,                                         tal vez nunca,                        sabremos ser.

Estamos rotos. Deshilachados. Aquí una voz que grita. Allá una que llora. Y cada quien piensa que su grito o su llanto es lo que debe sonar más fuerte. Porque nadie sabe qué viene antes o que debe prevalecer, si la rabia o la tristeza. Y ante la incertidumbre la ausencia. Física o espiritual.

Ya no hay dioses. Ni hay historia. Todos han ido mutando. No hay sabiduría, ni perdón. No hay héroes. Ni hay banderas.

Y cada vez que llueve es una metáfora gastada.

Estamos muertos. Nadie nos llora. Ni el cielo. La lluvia no depende de nosotros.

Dios se ha ido y el diablo ha claudicado y hasta el infierno está prohibido.


Esta tierra es de nadie.

lunes, 11 de agosto de 2014

El mundo. El país. Nosotros.


Una crónica. Un réquiem. Un lamento. Un género no inventado. Una serie de palabras repetidas mil veces. El despliegue de lo que se ha dicho tantas veces. La humanidad y sus sistemas. Lo poco que hemos avanzado. La fantasía de la libertad. La ilusión de que hemos evolucionado. Las trampas. La intolerancia. La avaricia. La falta de compresión. La comodidad. La terquedad. El miedo. Finalmente el miedo.

En estos días me siento con el espíritu por el suelo. Antes pensaba que era sólo mi país. A pesar de que la situación es casi extrema, lo cierto es que el mundo está mal. El antisemitismo crece. El islamismo radical amenaza. Las religiones en general tienen poco que ver con Dios, o con amor, sino con juzgar a los demás y convertirlos, empujarlos, chantajearlos y hasta matarlos por no adoptar una misma creencia.

No hay amor en ningún lado. Sólo miedo. Miedo del infierno, miedo del que piensa distinto. Miedo a la libertad y sobre todo miedo a que somos dueños de nuestro destino. Miedo. Miedo. Miedo.

Pienso en lo que quiero decir. Las palabras se me quedan trabadas justo donde comienza mi garganta. Temo por el mundo. Un mundo que no quiero. No quedan héroes, ni grandes hombres, y no es sólo un problema de los líderes mundiales. No es nada más que pareciera que quienes llevan la ONU, la OTAN y las grandes corporaciones son gente podrida por el dinero, el poder y no tienen visión, ni interés por una humanidad mejor. Han venido a saquear el mundo. Nadie educa a las futuras generaciones. Quienes nos preocupamos por eso somos los ingenuos, los equivocados, los idealistas, los locos, y sí, los tontos. Me han dado más de una mirada de condescendencia y a veces, desde esta esquina siento una soledad que me cubre de oscuridad.

A veces me gustaría gritar. No se trata de esperar un líder, sino de darnos cuenta que el futuro está en uno. Que cada cosa que uno hace afecta radicalmente el destino del mundo. Es muy fácil creer que no se pude luchar contra la guerra si uno no es ministro o presidente. Es muy cómodo sentarse a contar lamentos en un muro de Facebook, a compartir un aríticulo de periódico que no analiza  nada, sólo adjudica alguna culpas y llora un tiempo pasado que no pudo haber sido mejor porque nos trajo esto. Más bien hay que pensar qué pudimos haber sido y cómo lo logramos en el futuro. ¿Y de quién depende?

Los grandes hombres no son sólo los que aparecen frente al  micrófono y dicen lo correcto en el momento justo. La unidad no es nada más que los partidos se sienten y negocien, lleguen a un acuerdo y nos salven. Como si esto fuese una película de Bruce Willis, aquí esperamos que el equipo liderado por un salvador nos libere. No es nuestra culpa, después de todo ¿cómo llamamos al padre de nuestra patria? El Libertador. Nunca nos sentamos a pensar que los pueblos se liberan a sí mismo, que ningún hombre puede solo.

Adormecidos. Atontados. Cansados. Entumecidos de tanto habernos creído que nuestras vidas importan poco y que no tenemos poder, nos hemos convencido de que lo poco que importamos. Los héroes sólo existen cuando sobreviven en nosotros. El acto heroico de la vida no tiene que ver con desafiar un gran peligro, o aventurarse en una empresa que muchos consideren perdida o arriesgada. El riesgo que se corre con la muerte lo corremos todos, para morir sólo falta estar vivo. Para luchar también.

Irse del país o quedarse. Sonreír o maldecir. Entender o querer seguir por la vida con los ojos cerrados. Echarle la culpa a alguien o preguntarse ¿qué he hecho yo en todo esto? Realmente. Sin excusas. Sin argumentos sin base.

El cambio en el mundo empieza por uno. Empieza cuando abre los ojos y dice hoy voy a vivir acorde a mis valores, pero no sólo eso, sino que haré lo posible por difundirlo. Por aprender.

Esto es problema de todos. El héroe que estamos buscando nunca va a llegar. Somos todos. Y las dictaduras convencen a la gente de que eso no es así.


Cuando cesemos de creer en nuestra insignificancia y creamos que merecemos un país mejor, ese será el día.

sábado, 9 de agosto de 2014

Carta de amor 7

En la memoria te construyo como quiero. El momento exacto en que con el índice partiste mis labios. Hacia donde mirabas cuando dijiste aquellas palabras. Mi silencio. Mi respuesta. La forma en que articulé, declaré y tomé de tus manos las caricias que desde siempre me han pertenecido.

En la fantasía te creo, a mi imagen y semejanza. Me obecedes. Me sigues. Y yo me entrego. El ala rota y el ala sin freno. Te las obsequio. Como quien da la vida sin pensar en guardarse un último suspiro en soledad. Estás sujeto a los caprichos de mi imaginación desbordada. 

No tienes historia. Eres mi cuento. 

Las vueltas de mi corazón y sus repentinos cambios constantemente se baten a pulso con la realidad. 

No estás. Pero estás. Me perteneces aunque no quieras, porque cada vez que sueño, tu fantasma intenta intervenir y no puede. Porque cada vez que armo las escenas cargadas de deseo, de roces, de miradas, de la forma como trascendemos hacia el cielo que nos pertence, un espasmo retuerce tu corazón. Te agitas ante el dolor. Maldices la cadena. Sueltas bestias y monstruos y cubres de noche la claridad que despliega tus ojos. Niegas la atadura, mientras te entregas a un placer común pensando que allí está el antídoto contra mí. Crees que vuelas, pero vas a ras del suelo. Y yo arriba. Viéndote. Abierta al infinito. Poblándome de estrellas. Esperando. 

Piensas que algún día lograrás poseerme. 

Imposible. Yo soy tu creadora y el día que la fantasía se agote mi único mandamiento será tu destrucción. 

Para amar el cielo es preciso la distancia.

Para amar el cielo no puedes entrar en él.

Para poseer el cielo hay que estar dispuesto a dar la vida. 

miércoles, 6 de agosto de 2014

Hasta nunca

Tu lugar en mi memoria es un desierto. Árido. Inhóspito. Seco.

Bebo arena en el oasis con que me engañas. Vuelvo a morir ahogada. Seca. Tapiada por dentro por una tormenta de fantasías. 

Las dunas de ilusión no calman la sed. No hay agua. 
No hay lluvia. 
No llanto tampoco. 
La tristeza se ha cristalizado. 

El sol ha secado la húmeda dulzura de aquellos besos. 

En tu desierto mis huesos secos. Mi clavera, la que alguna vez soño tu poesía desde unos ojos que se marchitaron. El torax que alguna vez albergó un amor desgarrado. Desbordado. Luego prostituido.

Tú. Desierto. Donde florece y repta el olvido. Se pobla de espinas y de silencio. 

El amor se secó. Nos hicimos piedra y nos fundimos en las olas doradas de arena.

No hubo nada. 
Sólo el viento, que secos, inertes y diminutos nos llevó. 

Hasta nunca. 

jueves, 31 de julio de 2014

Soñadores

Una postal para decirte que no estamos solos. Hay más locos. Soñadores. Luchadores. Sueltos. Los hay por ahí que no han perdido la fe.