lunes, 27 de abril de 2015

Un país




Creímos creyendo en un país que ya no existe, que tal vez nunca existió. Quizás crecimos en una burbuja. En negación. Creyendo que podíamos darnos el lujo de no enterarnos de nada. De que Venezuela siempre sería un lugar en el que se viviría en un eterno día feriado. Nadie nos preparó para el fracaso. Así como tampoco nos prepararon para trabajar duro. El país nos tenía que dar todo, y tenía que darlo porque nos lo debía. El ser venezolano te convertía en un acreedor de la tierra, más que en un ciudadano.

Pensábamos que éramos inmunes a una tragedia. Nos creímos más inteligentes, más cultos de lo que éramos y  nos enamoramos de nuestra propia imagen de gran potencia entre los pequeños.  Mientras fuimos uno de los Big  7 de Latinoamerica nos veíamos al espejo como Narciso, hasta que de tanto admirar nuestro reflejo nos lanzamos al agua, creyendo como sociedad que nadaríamos en agua bendita, pero terminó siendo un pantano, que ahora se va secando y se convierte en arena movediza.

No es cuestión de darnos golpes de pecho. Tampoco de tumbarnos el ánimo, así como tampoco vale la pena levantarlo sobre falsedades. Lo que tenemos ahora es nuestra ruina. Caminamos sobre ella. En general estamos tristes y como sociedad tenemos la autoestima muy baja.  Nos cuesta más que nunca creer en nuestro país y nos expresamos de él en los peores términos. Mucha gente desprecia todo lo que venga de Venezuela y a los venezolanos, como si ahora fuésemos los creadores de todos los males posibles, como si las peores expresiones del ser humano fuesen autóctonas de aquí.  O por el contrario, la actitud es positiva hasta el absurdo. Alabamos la mediocridad, no hacemos crítica constructiva de nada y nos ofende que alguien lo haga, no nos detenemos a reflexionar sobre cómo serían las cosas en una situación óptima porque creemos que eso simplemente ya no es para nosotros. Entonces aceptamos las migajas de lo que sea, desde una pésima película hasta un producto básico de consumo masivo. Cualquier cosa nos parece un regalo del cielo.

Confundidos. Desorientados. Vivimos caminando entre la neblina, y nos cuesta mucho ver la realidad. Los días pasan entre milagro y milagro, y cada vez pareciera menos posible que nuestra voluntad tuviera algún rol en nuestra vida. Terminamos siendo los siervos de nuestros peores miedos, y cómo no, así cualquiera saca lo peor de sí mismo. Así cualquiera se siente expatriado y expulsado. Huérfano de Patria. En el peor de los abandonos. Yo me he sentido así. Como si ya no estuviera en la Tierra, sino como si me hubieran dejado al borde de una de las aceras de la Vía Láctea. Flotando en el espacio.

No dudo que a veces haya motivos para sentir que el país, que la patria es una estafa. En cierta forma lo es. Porque durante años jugamos a que ser venezolanos era un pasaporte. También pensamos que ser venezolanos sería una eterna fiesta, que el país se hacía solo, que era solamente un gran jardín con salida a Mar y Océano. Que lo bueno que tenía Venezuela era que se vivía feliz porque la felicidad era un eterno día feriado. Nadie nos preparó para el fracaso, y en no valorar lo que teníamos no construimos una verdadera identidad con el país. Sin un sentido de pertenencia y de deber moral hacia este lugar ahora nos miramos confundidos y nos preguntamos ¿Qué es la patria?

¿Un lugar en el que puedes intentar realizar tus metas? ¿Un espacio de oportunidades? ¿Una casa? ¿Una montaña? ¿Un grupo de amigos?¿Una caja de recuerdos? ¿Unos olores? ¿Platos típicos? ¿Un tipo de árbol? ¿Un acento? ¿Una expresión que para un extranjero resultaría incomprensible? ¿Tierra? ¿Mar? ¿Colores de la naturaleza? ¿Lo primero que has mirado durante años cuando abres los ojos?

Quizás es una mezcla de todo eso. Definir la patria quizás sea tan sencillo, pero a la vez tan complejo como explicar ¿Qué es una madre? Es tan inabarcable.


Sea lo que sea que nos pase creo que lo que nos queda es empezar por amar este país con la misma fuerza con la que amamos aquello que llevamos en los huesos. Reconocer que el amor no es perfecto, ni es siempre un sentimiento definido, claro, alegre, sino que tiene sus momentos oscuros. Pero que aún así, nos lleva a reconocer que el objeto de ese afecto tan grande es irremplazable. El país es un reflejo de uno mismo, pero es también como una página en blanco en la que uno se escribe, es un camino, es consuelo y es un reto, es algo que llevamos a cuestas nos guste o no. Expulsados, excluidos, desilusionados, optimistas, entregados, convencidos, como decidamos ser o como nos toque, todo forma parte de nosotros. No es sólo que el país nos pertenece, es que le pertenecemos a él.

lunes, 20 de abril de 2015

Sobre las palabras de Lorenzo Mendoza

Es triste que las palabras de Lorenzo Mendoza en vez de llevarnos a una discusión sobre un fenómeno tan grave como es el de la emigración y el vacío que va dejando en el país, terminen abriendo un espacio para descalificar a una persona. Queda claro que hemos quedado incapacitados para analizar ideas, para escuchar y debatir contenido, para pensar de forma crítica entendiendo que eso no es lo mismo que descalificar.

Algo tan doloroso y difícil como la emigración por supuesto tiene que abrir heridas. Es lógico que mucha gente se sienta abandonada, así como mucha gente se siente casi en orfandad cuando deja su país. Son más de un millón de personas las que se han ido. El vacío que ha quedado en Venezuela se siente en las universidades, en los hospitales, en las escuelas, pero sobre todo en las familias. ¿Cuánta gente tiene todos sus hijos fuera? ¿Quién no conoce a alguien que no llegó a enterrar a un familiar? Graduaciones. Aniversarios. Cumpleaños. Enfermedades. Rupturas. Hasta los domingos familiares, las tradiciones de diciembre y de Semana Santa, y así la gente que se está perdiendo a su familia, y que no lo hace egoístamente, como es tan cómodo pensar, sino que más bien hacen el sacrificio porque consideran que es lo mejor para ellos. Una decisión de vida. Incluso quien se va con todos los lujos y posibilidades hace sacrificios. La vida es así.  

Emigrar una decisión tan compleja como un divorcio. Es una ruptura. Es una separación. Tiene sus pros y sus contras. Tiene sus etapas. Es un duelo. Y sí. Cuando uno emigra uno causa un daño. Uno daña a la gente que deja a atrás, uno daña al país al que le quita su talento, uno se daña a sí mismo porque termina privándose de algo que era tan querido, tan importante, uno se arranca una raíz que al final no termina de cortar del todo. Cuando mucho logra anestesiar ese dolor, mientras se construye una nueva identidad y un nuevo sentido de pertenencia. Y este país está tan mal, estamos tan quebrados, hay tan pocas oportunidades, tanta incertidumbre y es tan difícil vivir aquí que mucha gente prefiere pasar por esa experiencia que seguir aquí.

Creo que asumir que Lorenzo Mendoza estaba de alguna manera acusando a quienes se han ido  de cómodos, flojos o indolentes o cualquier cosa por el estilo es la muestra de que aprendimos el resentimiento, que aprendimos a tomarnos cualquier cosa como un ataque. Además es querer tapar el sol con un dedo, porque Lorenzo Mendoza tiene razón en un punto: No todos pueden emigrar. Hay gente que no se puede ir por múltiples razones, desde económicas hasta emocionales. Cada quien con su circunstancia y su poder de actuar. Hay gente que simplemente no se va porque le da pánico irse a un lugar desconocido. Hay gente que no se va porque no tiene papeles o recursos para conseguirlos. Lo que para unos es un obstáculo para otros es el empujón. Para algunos es cosa de voluntad, para otros es de oportunidad. Así es la vida.

Me duele comprobar, una vez más -porque no es la primera-, cómo el chavismo y su discurso de arremetida constante ha calado en nuestra forma de actuar y de reaccionar. Nos volvimos expertos del resentimiento, de la crítica destructiva, no podemos ya separar las ideas de ataques personales vacíos de contenido.

Yo confieso que me quiero ir todos los días. Que me pasa por la cabeza. Que le he dado mil vueltas. Que lo he pensado muchísimo. También me pasa por la cabeza quedarme, y es mi realidad y mi deseo todavía. Me gusta escuchar que hay gente que se queda en Venezuela, sea un empresario, un médico o un maestro de escuela pública. Sea porque así lo decidió o porque no le queda otro remedio. Así como me gusta ver las fotos de mis amigos que han buscado oportunidades en otros países, que han hecho de otras ciudades y costumbres las suyas para intentar escribir así nuevas páginas en su vida. Me enorgullece cuando un venezolano afuera demuestra toda la capacidad que tiene, y la verdad es que en cuanto a los jóvenes, por más esfuerzos que hagamos quienes estamos aquí en este momento quien se forma afuera tiene una ventaja muy grande, y eso por más que nos duela es una realidad que hay que aceptar. La gente que está afuera nos ayuda a mantener las ventanas abiertas que este régimen quiere cerrar. Quieren que nos olvidemos de lo que es posible en democracia, y gracias a mucha gente que ha emigrado eso no ha sido posible.

Y también, como ya lo he escrito, cuando alguien me dice que se va, yo siento que algo dentro de mí se hace polvo. No es malo, ni bueno, es lo que nos tocó vivir.

Hay que ser demasiado miope para pensar que Lorenzo Mendoza no entiende eso. Lo que él quiso decir es lo que nos diría –y nos dice- cualquier persona sensata a la que le expresamos nuestro deseo, que hay que pensarlo bien, que se cambian unos problemas por otros, esto también es una realidad. Es la oportunidad para reflexionar sobre ello. Y si uno está en desacuerdo lo lógico es responder con otro argumento, no asumiendo todo como un ataque personal. Yo podré tener algunas diferencias con su forma de pensar y de actuar, pero sinceramente en este momento cualquier mensaje que de esperanza es bienvenido.

Yo creo que más que procesar el discurso de Lorenzo Mendoza toca procesar la negatividad que no está caracterizando. La destrucción automática y sistemática de cualquier planteamiento que no sea el cien por ciento de neustro agrado. Destruyendo a las personas, así también se destruye un país. Esta ola malsana de descalificación lo que hace es destruirnos moralmente.

Si algo tienen que dejarnos esto quince podridos años es que no se puede hostigar al empresario y pretender que los trabajadores –y los consumidores- estén bien. Esa es la gran mentira del socialismo. Como también la gran herramienta es hacer que la gente se acuse y se divida entre sí. ¿Cómo es que no terminamos de entender que la unidad viene desde la base, y no sólo del liderazgo político? Por eso añado que es tan desagradable y erróneo criticar a Maduro por  haber sido chofer de autobús que descalificar a Lorenzo Mendoza por su fortuna personal. Eso lo que demuestra es una tremenda falta de capacidad de argumentación.


Por último, creo que vale la pena recordar que uno siempre puede y más bien debe disentir y decir lo que piensa. Pero una cosa es no estar de acuerdo y expresarlo y otra es descalificar a una persona en una cadena de insultos. Eso también daña mucho al país, esto también es destructivo.

¿Cómo estimular la lectura? EL DECÁLOGO DEL NIÑO LECTOR

Como les he comentado en entradas (múltiples entradas) anteriores, la promoción de lectura como herramienta de pensamiento crítico es algo que para mí es una misión de vida. Los proyectos que tengo en mente son para desarrollar a muy largo plazo. Cada año voy dando nuevos pasos. En esta etapa quisiera continuar con algo que vengo haciendo desde el año pasado, y es motivando a padres y maestros a convertirse en promotores de lectura en casa y en el aula. Esto no quiere decir "obligar" "coercionar" a los niños a leer, impulsar cierto tipo de textos, censurar otros. No. Esto se trata de intentar ayudar a nuestros hijos y alumnos a enriquecer su biografía lectora y a ir forjando el camino para que incorporen la lectura dentro de su forma de vida a fin de que esta sirva como herramienta de pensamiento crítico. 

Con esta pequeña herramienta, que más que un decálogo es una lista de sugerencias, podemos empezar a responder muchas de las preguntas que nos hacemos los padres, los maestros y algunos adultos que quisieran abordar la lectura. 

Quiero llevarla a colegios y a cualquier lugar en el que haya un grupo de personas que quiera aprender sobre libros, y tratar de contestar la pregunta: ¿por qué la lectura es tan importante? 

Aquí les dejo la herramienta para compartirla con quien gusten. 



¿Cómo estimular la lectura?
EL DECÁLOGO DEL NIÑO LECTOR

Duración: 1 hora y 30 (aprox.

“¿Cómo hacer que los niños se enamoren de la lectura? ¿Qué libros compro? ¿Cómo los ordeno? Es que mi hijo está muy pequeño para cierta clase de libros, es que siempre quiere leer el mismo libro. Es que yo lo obligo a leer pero no consigo que le guste.” Son muchas de las preguntas y exclamaciones que hemos escuchado de parte de padres y maestros. Qué leer. Cómo leer. Cuándo leer. Dónde leer, pero sobre todo Por qué leer a los hijos, son las preguntas que trata de responder el Decálogo del Niño Lector. Diez pasos para ayudar a fomentar el amor por la lectura, bajo el lema: Familia que lee unida, permanece unida. 

El taller del Decálogo del Niño Lector es un taller que se ofrece a padres, maestros y cualquier persona interesada en estimular la lectura en un ambiente familiar o educativo. El objetivo es darles herramientas para que estimulen la lectura en sus hijos y/o alumnos.

El taller  explica paso a paso el Decálogo del Niño Lector, elaborado por Clara Machado. Así mismo incluye una serie de recomendaciones como libros, autores y personajes para ciertos temas y edades, guías para discutir literatura infantil, actividades en torno a la lectura y tips para hacer el proceso lo más amigable al adulto, sobre todo para aquellos que se consideran no lectores y que quieren estimular a sus hijos a leer.


1.     El derecho a que un adulto le lea en voz alta o lea a su lado.
2.     El derecho a enamorarse de un personaje.
3.     El derecho a tocar los libros
4.     El derecho a rayar los libros
5.     El derecho a reescribir el cuento. A inventar personajes, cambiar el rumbo de la historia, inventar todos los finales que quiera.
6.     El derecho a cerrar el libro.
7.     El derecho a hacer preguntas y a recibir respuestas.
8.     El derecho a escoger lo que le leen.
9.     El derecho a que le lean el mismo cuento una, dos, tres…todas las veces que lo pida.

10. El derecho a un libro que no lo subestime.

jueves, 16 de abril de 2015

Hangout Literario


Hace seis años empecé con el primer grupo de lectura. No teníamos ni tres o cuatro meses cuando ya la diáspora comenzaba a afectarnos. Hoy en día son varios los miembros que se han ido del país, pero también son muchos los que han comenzado a seguir nuestra actividad literaria a través de las redes sociales.

Si me gustaría aclarar que cuando comparto libros, por más que quizás a algunos les de esa impresión, la idea no es hacer un desfile de lo  mucho –más bien lo poco- que leo. En realidad lo que quiero es compartir mi mundo. Cada vez que alguien me escribe pidiéndome una recomendación o siguiendo alguna que yo he dado con sus comentarios, buenos o malos, yo siento que he cambiado el mundo. Suena un poco idealista o loco, pero yo realmente lo siento así. En promover lectura y propagar el amor por los libros y por ende el desarrollo del pensamiento crítico yo encontré una misión.

En estos días Isabel mi prima y una de mis mejores amigas me terminó de empujar hacia una idea que ya tenía tiempo pensando. Es la de hacer un Hangout Literario. Ella escribió en un comentario un hashtag que me pareció maravilloso: #booclubsinfronteras. Así que me terminé de entusiasmar: 

Utilizando la aplicación de Google me voy a conectar a la red para hablar de libros que estamos leyendo. En este caso el libro será El Maestro y Margarita de Mikhail Boulgakov. La fecha prevista es el martes 28 de abril. También haremos una pequeña introducción sobre los grupos de lectura y por qué son tan importantes y qué beneficios tienen. Y de allí a donde la literatura nos lleve. 


Así que los espero para hablar de libros y de esta gran obra de la literatura.