miércoles, 22 de octubre de 2014

Sin título

Esta mañana recibí la noticia de la muerte de un primo querido. No hay muchas palabras. No hay mucho que escribir. No sé si sea o si pueda narrar ciertas cosas, recuerdos, pensamientos. En general todo eso lo asumo en el terreno de la ficción. No estoy hecha para la crónica estricta de lo que he vivido. Me da tanto miedo fallarle a la verdad, a la vida, que me traicionen los recuerdos, porque uno recuerda como quiere recordar. 

En el caso de  Carlos Luis, no sólo es el papá de alguien a quien considero mi morocho, mi consejero de vida, mi confidente, mi socio en toda cantidad de empresas locas, somos cierto tipo de crimen organizado cuya actividad no está tipificada en la ley. El Pepe Grillo hecho a la medida de la vida, un hombro y un espacio. Un incondicional. Ese, que te lo dice, eso que nadie más te dice. Y ya. Palabras más, palabras menos, lo necesario. Y verlo triste, me desbarata. Es mi guerra nuclear. 

Inevitable  dar las gracias y putearle a la vida al mismo tiempo. ¿Qué es esto? ¿Por qué esto es así? ¿Por qué a los tablazos? ¿Por qué un día suena el teléfono y te das cuenta que el tiempo ha pasado y que la vida si tiene cuentas contigo, y que la cagaste monumentalmente al asumir que todo es eterno? Es lo primero que pienso, que dejé pasar muchas oportunidades como siempre, que mi mundo es demasiado estrecho.

No puedo evitar recordar a Carlos Luis. Sobre todo un día en que mi carro se volteó y no me pasó casi nada, pero igual fui a parar a una emergencia. Parecía una película de Ben Stiller en realidad. Un cirujano a quien yo le preguntaba cuántas tetas y caras de vieja había operado me cocía un brazo, y de pronto una de mis tres hermanas, que estaba afuera junto a mi papá y mi mamá, mi primo, mi cuñado, la esposa de mi primo, avisó que Carlos Luis y Emiliana también habían llegado. Un domingo a las diez de la noche. ¿Sabes? Porque si tú estás en la clínica, pues ellos iban. Y ahí han estado, en tantas cosas. En tanto que a Carlos Luis le debo el techo bajo el que escribo esta nota. Siempre incondicional. Amable. Desprendido. Siempre. 

Una persona que nos enseñó el humor ante todo. La forma de tomar la vida como lo que es, algo no tan serio, algo de qué reírse siempre. Carlos Luis era una de esas personas que sabía manejar la acidez. También era una de esas personas que decía lo que pensaba, que llevaba sus principios antes que cualquier cosa. Nada de hipocresías, de falsos apretones de mano, nada de estar pensando que la moral es relativa y que se vende, y que se puede ser flexible con la integridad porque los tiempos cambian. Y así educó a sus hijos. Y uno los ve y se da cuenta, que por dentro son de roble y de un material que no tiene nada que ver con la composición del cuerpo humano, sino del alma y del corazón.

 A Carlos Luis lo tengo en mis primeros recuerdos. Y no puedo evitar sentir como si me hubieran quitado un trozo del suelo por el que camino. También que se ha ido un pedazo de ese país que quedaba en el corazón y al que tanto nos aferramos. Un hombre trabajador, soñador, amante de su historia, de su familia, entregado esposo, papá. Una persona que tenía un don que tienen tan pocas personas, y es que siempre, donde estuviéramos, Carlos Luis nos hacía reír. Siempre. Yo cuando pienso en él pienso en la risa. Y creo que lo que más voy a extrañar es reírme junto a él.  

¿Qué dice uno ante la muerte? Todavía no sé. No se si haya algo que decir. Si valga la pena. Si sirva. Si la verdad es más bien ante la vida que uno tiene que decir. No dejo de pensar en la estupidez de vivir siempre convencidos de que hay un mañana, que quizás es mejor asumir que sólo es hoy. No dejar pasar lo importante. Me refiero a los abrazos, la presencia, el estar y no estorbar, el tacto, la mirada, la compañía. Al final el alma es una mezcla de recuerdo y deseo con un mínimo componente de presente. No es más nada. Creo que hay que colmarlos de presencia, de luz y de risa. Que la memoria pese con colores. Y ya. A Carlos Luis lo voy a recordar así. Aunque ahora no pueda evitar sentir este hundimiento y este vacío. Este tablazo. Esta sensación tan extraña de asumir que habrá que acudir a los sueños para volverlo a ver, que en estos momentos  uno también se hace y se define, y que sí, efectivamente somos mortales.

Por último recuerdo una película que vi hace poco, en la que un muchacho ateo tiene mucho trabajo perdonando a su padre. El caso es que al final, para convencerlo de que acudiera al encuentro del señor, que estaba por morir le dicen una frase que me marcó: "tal vez no creas en Dios, pero tienes que creer en la familia". Pues sí, yo sí creo en Dios, pero sobre todo creo en en la familia. Creo en su manifestación. Y no tengo pruebas, pero lo sé, lo sé en el fondo de mi corazón, Carlos Luis fue a un lugar mejor. A un lugar al que hemos de ir quienes vivamos así, con principios, con risa. Haciendo el mundo un lugar mejor, sin demasiado esfuerzo, sólo dando lo mejor y ya. 

lunes, 20 de octubre de 2014

La felicidad en pote de jabón



A veces me pregunto si seremos demasiado exigentes, si es cuestión de perspectiva, si es verdad que en toda crisis hay un aprendizaje y un camino para evolucionar. Todo esto gracias a un pote de jabón de lavaplatos líquido que conseguí ayer en el mercado. Me pregunto entonces si no será hora ya de que Las Llaves le de un tinte más filosófico a su campaña de mercadeo. Vamos a estar claros, los venezolanos no compramos el jabón que quita más grasa. No importa si huele a limón, o si tiene extracto de compota de arándano del Japón cultivado por frailes sordos. Es más, no importa si es un producto de Guinea Ecuatorial que huele a diesel de avión y que si te cae en un ojo ni llames al médico, usa el sacacorchos y ve a hacer la cola porque seguramente parches para ojo tampoco hay (Preguntémosle a Dossier en todo caso).  El caso es que compramos el que  hay. Y si hay el que nos gusta, el que en algún momento quisimos, el que ya nos habíamos resignado a no conseguir, (no me toquen el tema Mazeite), eso ya es lo de menos. Ya ni lo decimos, ni lo preguntamos. ¿Cuándo fue la última vez que dijiste yo uso tal marca? Con la convicción de que la usas porque la quieres, no porque la consigues. 

Ayer cuando tenía el jabón en mis manos me sentí feliz. Luego sentí una especie de asco por esta felicidad.  Por un lado es un puto jabón. Por otro, no dejo de maravillarme ante la realidad de que algo pequeño me haga feliz. No dejo pasar la lección, tipo Dalai Lama, sabiduría oriental, Zen, las cosas pequeñas pueden hacer la diferencia. El tema está en que esta felicidad no viene de un proceso interno. No es ese plan come-flor de alegrarme con la calidez de una mañana, de no necesitar algo costoso o grande para sentirme feliz. De decirme oye sabes qué, saca a las Kardashian de tu cuerpo, un pequeño gesto de la vida a veces basta.

Después me doy cuenta que esta felicidad es una trampa construida por este sistema perverso. Esto es no producto de mi inteligencia emocional, ni de mi capacidad para poner las cosas en perspectiva. Es que de pronto aparece algo que yo pensaba que estaba fuera de mi alcance y la vida, la circunstancia me lo presenta y yo creo que con eso basta. No es un pote de jabón que yo quise, no es que si dejo de tenerlo porque no lo quiero o no lo necesito. Es algo que no depende de mí, es la circunstancia, la realidad tan lejos de mi alcance, alguien más decide por mí. Es ese jabón, el bueno, el malo o ninguno y no hay opción. La felicidad de ese jabón es momentánea, falsa, fabricada, está ligada a un nerviosismo que arranca con más fuerza, porque tarde o temprano se va a acabar y no sé si podré pasar por el mismo proceso. O si más bien terciará en el vacío de no conseguirlo, y el zen se irá por la borda, porque entonces sentiré que ya no hay maravillas por las cosas pequeñas, sin uno un apego feroz a lo material y una rabia latente por no poder determinar ni siquiera algo tan pequeño en la vida como con qué jabón lavo un plato (no me toquen el tema de si hay agua). 

Tal vez, en otra oportunidad me toque ser la señora que se multiplicó como si cristo la hubiese confundido con un pez, ¿hay jabón en polvo? Ante la negativa la mirada el suelo. El murmullo. La queja en voz baja. Remolino de negatividad. No hay Dalai Lama para usted, ni pequeña victoria, ni reflexión filosófica. Hay dosis de rabia y de negatividad. ¿Cómo es que ahora hay que invertirle tanto esfuerzo a las cosas tan pequeñas? Hemos aprendido que en realidad no importa tanto el jabón que uses, porque ahora las de pelo rulo usamos shampoo para pelo liso y caemos en la trampa de agradecer el shampoo y punto. Sin embargo, la lección pasa por encima. Es una lucha. Se siente casi como un botín. Ya pareciera algo robado. Compras más de dos porque te dejan y sientes que estás haciendo algo mal. Y de pronto reconcoes algo peligroso en tu cerebro, una forma de pensar que va cambiando. Lo ves, ahí con tus propios ojos, lo sientes en la piel, en la mente, en el corazón. Así se cambia una ideología. Así se afecta un pueblo. Así se mezcla la historia con la podredumbre de manipular a la gente con un sentimiento de culpabilidad que creíamos exclusivo de las religiones. 

A veces pensamos que estamos exentos. Que no nos llega la maquinaria del sistema porque somos tan educados, pero la verdad es que vivimos aquí y que esto no deja de afectarnos. Que la crisis existencial también lo agota a uno, que la lucha no es sólo de peregrinar entre farmacias, es que de vez en cuando la vida te sorprende con maravillas que no son tales. Que si bien hay que saber disfrutar de la suerte, no podemos caer en la trampa de que nuestra felicidad dependa de algo que no hemos construido, ni armado, ni mucho menos pensado. Que nos roban la voluntad y se nos meten por los poros. Sin que nos demos cuenta. Que la fiebre del Chicungunya dobla las articulaciones, pero esto nos dobla las neuronas, las atrofia, nos hace pensar que somos dueños de algo que nos es totalmente ajenos: nuestras emociones y nuestro destino.




¿Eres del tamaño de tus tetas?



La tarea de Domingo de RMTF ayer me dejó pensando. Entre otras cosas: Importantísimo hacerse la mamografía anual a partir de los 35. Tocarse es importante, pero la mamografía lo es más. Si tienes 35 y no te las has hecho, has la cita, sobre todo si tienes antecedentes familiares. Consulta con tu médico y has la cita ¡Ya!

Vamos a empezar por decir que para una mujer las tetas son parte de su historia. No es nada más una talla, una prenda un detalle. Es tanto el material que un post de blog no da. Es un libro. Una novela. Una autobiografía. Un poemario. Un libro de ilustraciones sin palabras. Las tetas forman parte de nuestra historia desde el momento que fueron la puerta al mundo de la mujer, la definición de la sexualidad, hasta lo que hemos invertido en ellas para la maternidad, para el amor, para definir nuestra feminidad, incluso para tantas amigas y familiares una batalla contra la muerte. No siempre ganada.

Cuando nacieron mis hijos alguien me dijo: te TIENES que operar las tetas. Acto seguido el discurso de por qué me lo tenía que hacer. El vaticinio del horror, los hombres no me iban a ver, mi autoestima se iba por el caño, mi feminidad perdida, mi sexualidad en el olvido, la tragedia, el fin del mundo, el caballo del Apocalipsis parecido a la mesa de planchar en la que mi pecho se había convertido. No voy a negar que no me entró la duda. Que no busqué el teléfono de un cirujano, que no le pregunté a varias a migas, ¿quién? ¿cuándo? ¿cómo? ¿dónde? El credi-Lola, ¿a plazo fijo? y ¿el seguro? Ah, no ese te manda a la mierda de una.

Eso fue hace dos años. Era noviembre y dije: 2013 es el año. Yuyito = yo = Tetas apoteósicas. Olvídate, nada de recato, esto es la cultura del acaparamiento. Si voy, voy a por todo. Mentira, al final soy una conservadora cobarde insoportable. Me da dos medianas y un marrón, ni claro ni oscuro. Llegó enero y tiré la resolución del quirófano a la basura. O la pospuse. No sólo por miedo a las agujas, ni por la paranoia de los implantes franceses, sino porque la verdad es que yo no odio mis tetas, no me hacen sentir mal, al contrario, estoy orgullosa de ellas.

Me he examinado mil veces ante el espejo. He hecho el test del lápiz. Lo paso a duras penas y es en ese momento en que he querido llamar al Dr. Lola. Después se pasa. Me veo con otros ojos, redefino mis batallas, escucho mi corazón. No me nace operarme, por más que a veces lo quiera. No quiero asumir el riesgo. La balanza aún no se inclina. Aunque no tengo un prejuicio estilo, las tetas tienen que ser como el pollo: orgánico, sí admito que cuando he viajado a Europa me he dado cuenta que allá la incidencia de la teta operada es –o parece- más baja. Incluso en el cine. Se desnuda una actriz de belleza de labios gruesos y ojos almendrados enormes, y veo que las tetas están a varios centímetros del cuello. Sí, se ve que Osmel no ha pasado por estos pasillos. Me siento mejor, pero al final, la decisión no debería depender de ella, ni del zar de la belleza, ni del fantasma del de Rusia. Debe depender de mí. Me pregunto si el tamaño importa, y si realmente me voy a sentir mejor si me lo hago. Si eso es la esencia de todo para mí. ¿Dónde está mi duda? ¿Mi falla? Mi tema conmigo misma. ¿Lo corrige una operación?

El tamaño importa si vas pasando por una construcción, o si estás con tu pareja comiendo y de pronto vez que el bolo alimenticio se le queda en la glotis y que deja de masticar, fija la mirada, te dice algo incoherente porque trata de ver a la mujer y de que no lo regañes al mismo tiempo. Si nos sentimos inseguras es cosa nuestra, la verdad es que si estamos bien nos importa un pepino a quien vean. Es más, a mi me gusta verlas también, la mujer me parece bella, la anatomía femenina la aprecio, la observo, si yo escribo necesito hacerlo. El problema es cuando las vemos y nos sentimos mal con nosotras mismas, nos trabamos, en  el pantano de mierda en que caemos, a veces con la ayuda de unas industrias que han hecho millones a punta de convencernos de que no somos suficiente. Pocas marcas le han visto el queso a la tostada impulsando el carro en sentido contrario y debo decir, que mal no les ha ido.

El tamaño, la forma, la caída, el movimiento, es algo con lo que nos tenemos que relacionar hasta el punto de amarlo. El tema de las tetas es tan obvio que duele. No es el tamaño, ni hasta donde lleguen, es cómo las lleves, es que entiendas que no eres del tamaño de tus tetas. Eres del tamaño de tus sueños, del empuje que le pongas a la vida, la expresión que llevas en la cara, tu capacidad de amar, la construcción de tu pensamiento, la amplitud de tu mente, el ancho de tu corazón –suena cursi, sí, pero es así-, tu relación con la almohada y la forma como pisas con tus zapatos, la capacidad para ignorar el ruido de las opiniones de los demás y la humildad con la que afrontas una crítica constructiva.

Las tetas son tantas cosas, feminidad, belleza, expresión, lenguaje corporal, natural, brillo de maternidad, vehículo de sexualidad, una forma poética, inspiración, y gran parte de nuestra esencia. Sólo nosotras sabemos lo que es estar en nuestras tetas. Seas como sea que las tengas: ámalas. 


jueves, 16 de octubre de 2014

La parte esencial del todo

Gustave Klimt
El momento en que Apolo besa a Dafne por última vez antes de que esta se converta en laurel, según la Metamorfosis de Ovidio. Dicen que tanto él como su pareja, Emile Floge posaron para el cuadro, pero no hay confirmación sobre ello. Es  una de las obras más conocidas del pintor austríaco, el apogeo de su "período dorado", entre 1908 y 1909. Es una mezcla de óleo con láminas de oro. 

¿Por qué el amor? No sé si se han hecho la pregunta o si –como yo- llevan años buscando la respuesta. A veces creo que tiene que ver con la crianza, con la sobreexposición aDisney o las telenovelas latinoamericanas. Somos una sociedad dramáticas. Otras veces, generalmente cuando llueve de madrugada y no puedo evitar la tentación de pararme de la cama, luego de un largo período viendo el techo y pensando, “¿qué estoy haciendo aquí?”, termino por darme cuenta que el amor es un motor cuyo engranaje no terminamos de descubrir, de entender.  Qué complejo es su mecanismo. Qué necesario. Es la parte esencial del todo que pretende ser el hombre.

Pienso en sus contraposiciones. El odio, pero sobre todo el miedo. Me convenzo que lo he experimentado todo. El dolor infinito. El pánico que te hace desear esa grieta abriendo el pavimento y el deseo de que las entrañas de la Tierra te traguen, entera, vestida, de forma inmediata y poco importa si dolorosa, porque después de todo cuando el corazón se rompe todo se entumece. Cuerpo, huesos, vísceras, la visión queda borrosa, el gusto alterado. Todo sabe salado y uno anda por la vida con un aliento apestoso a lágrima. Incluso hay quien queda con secuelas de por vida. Esa gente a la que califican de melancólica. Creo que también he experimentado la gloria. Esa gloria tan profunda. Ese terreno vasto, ese premio que se abre, cuando aprietas la cabeza contra un pecho y sientes que puedes decirle al mundo con toda la propiedad y la seriedad, que aunque no sepas nada de física cuántica, tú sabes perfectamente sobre el origen del universo, su expansión y la forma como nacen las estrellas. Pasa también en ese momento del sexo. Ese momento maravilloso, nada casual, tal vez nada planificado, intempestivo, ese momento en el que no hay palabras ni intenciones, ni mucho menos un deseo de interpretar, ni analizar, ni mucho menos lógica, ni razón. No se trata de discernir nada, ni de poner en contexto. Es el cuerpo. La materia. Es tan animal y a la vez tan poderoso. Uno ha volado, y entiende que en aquello del vuelo las alas, la capa, las turbinas General Electric, son objetos secundarios.

El amor triste. Este también me lo he llevado. Como dice la canción de Sabina y Fito Páez, “ya que me preguntas te diré que sé lo que es tener catorce años y estar muerto”. También te diré que sé lo que es tener veinticinco y ser un zombie. Tener que revisar la temperatura del agua de la ducha porque crees que la piel no está sintiendo. Quemarte en serio, para saber si todavía los nervios de tu piel corresponden con los de tu cerebro. ¿Cómo fue que se alteró tanto tu máquina? El amor imposible. Ese que te hace un experto en la práctica del adiós. Ese del beso infinito de despedida. Un continuo. Sigue existiendo, pero ya no es, ni fue, ni será, ni es porque no se puede, ni existe, ni es viable, ni tiene sentido, ni hay un orden, ni una lógica. Y no es sólo el amor romántico. Hay otros tipos de amor que queman. Que te hacen volar y reventar. 

Mientras uno sangra por dentro y se le corre de vez en cuando el maquillaje, cuando entre el cambio de la luz del semáforo y el peatón que cruza corriendo lejos de la rayado comienza a sonar aquella canción que nos deja petrificado, porque no son solo la melodía y las palabras, es el olor lo que lo llena de pronto. Y el fantasma se instala un rato en nuestras vidas. A pasear. A desordenarnos la psique a darnos algunas órdenes extrañas. Culpamos un planeta, una constelación o a las hormonas, porque todo tiene que explicación, incluso aquello que es abiertamente inexplicable.

Luego nos sentamos a leer las noticas. El sin fin de crisis mundiales. Enfermedades, violencia, las brechas que se abren entre la gente, porque estamos convencidos que nuestra manera de ver la vida y el mundo son tan distintas. Porque sabes, no todo el mundo suda igual, ni llora igual, ni nace igual, lo único que tenemos en común como humanos es que cuando empieza a llover nadie puede hacer que pare, y si no te escondes bajo un techo o sacas un paraguas te mojas. ¿No es así? Pues se siente. A veces se siente. Me imagino a los líderes del mundo. Desayunos grandes. Café servido en tazas enormes, celulares, asistentes, agendas, sonrisas falsas, manos cansadas de estrecharse. Tal vez Mercek y yo tenemos en común que de vez en cuando nos duele el músculo del antebrazo, es un tema de cómo y por qué lo usamos. Cada quien en su intento. Al final el amor también los moverá a ellos. Al final, cada quien se sentará junto a una ventana y verá afuera algo que genere deseo o nostalgia, alivio o una punzada de dolor. Y quizás desde la mujer canciller, hasta el hombre de la pequeña tienda de víveres se dirá cuando no pueda dormir, que le cumplió en parte a la humanidad pero dejó en el camino una gran cadena de promesas rotas.

En algún momento se sintió como caminar sobre vidrios rotos. Como la Victoria de Samotracia, con el ímpetu del inmortal encarando la vida, el cielo. En algún momento se sintió un deslave y en otro, la calidez pegajosa de sentarse a la orilla del mar, como si no hubiéramos nacido. En algún momento fue correr, y revivir la infancia y en otras una conversación tan honesta con la muerte, revisando en el fondo de nuestro ser nuestras debilidades una por una, con la minuciosidad del obsesivo, declarando al terminar que lo que va por la vida es la ruina de uno mismo, desecho arqueológico, cuando un sueño se extingue. Se apaga. Se quiebra. Y uno muere un poco, se muda un poco, se cierra, se abre, se desdibuja, hasta que tal vez, con suerte, renace.

No sé qué sea todo aquello. No sé para qué sirva en realidad. No sé si soy yo o eso es realmente el motor del humanidad. Golpeado como está. Como uno de esos carros viejos que uno se encuentra accidentado en las autopistas. El conductor recostado de la puerta delantera, esperando, viendo a los demás pasar, pensando que su vida arde, pero nadie se detiene a sopesar siquiera si el dolor ajeno, si la historia prestada importa o no.

Todo son historias. 
Todo es amor.

La carta es su máxima expresión.
El beso. El tacto. La poesía. Todo es una carta de amor. 


Por eso escribo historias de amor.