jueves, 16 de octubre de 2014

La parte esencial del todo

Gustave Klimt
El momento en que Apolo besa a Dafne por última vez antes de que esta se converta en laurel, según la Metamorfosis de Ovidio. Dicen que tanto él como su pareja, Emile Floge posaron para el cuadro, pero no hay confirmación sobre ello. Es  una de las obras más conocidas del pintor austríaco, el apogeo de su "período dorado", entre 1908 y 1909. Es una mezcla de óleo con láminas de oro. 

¿Por qué el amor? No sé si se han hecho la pregunta o si –como yo- llevan años buscando la respuesta. A veces creo que tiene que ver con la crianza, con la sobreexposición aDisney o las telenovelas latinoamericanas. Somos una sociedad dramáticas. Otras veces, generalmente cuando llueve de madrugada y no puedo evitar la tentación de pararme de la cama, luego de un largo período viendo el techo y pensando, “¿qué estoy haciendo aquí?”, termino por darme cuenta que el amor es un motor cuyo engranaje no terminamos de descubrir, de entender.  Qué complejo es su mecanismo. Qué necesario. Es la parte esencial del todo que pretende ser el hombre.

Pienso en sus contraposiciones. El odio, pero sobre todo el miedo. Me convenzo que lo he experimentado todo. El dolor infinito. El pánico que te hace desear esa grieta abriendo el pavimento y el deseo de que las entrañas de la Tierra te traguen, entera, vestida, de forma inmediata y poco importa si dolorosa, porque después de todo cuando el corazón se rompe todo se entumece. Cuerpo, huesos, vísceras, la visión queda borrosa, el gusto alterado. Todo sabe salado y uno anda por la vida con un aliento apestoso a lágrima. Incluso hay quien queda con secuelas de por vida. Esa gente a la que califican de melancólica. Creo que también he experimentado la gloria. Esa gloria tan profunda. Ese terreno vasto, ese premio que se abre, cuando aprietas la cabeza contra un pecho y sientes que puedes decirle al mundo con toda la propiedad y la seriedad, que aunque no sepas nada de física cuántica, tú sabes perfectamente sobre el origen del universo, su expansión y la forma como nacen las estrellas. Pasa también en ese momento del sexo. Ese momento maravilloso, nada casual, tal vez nada planificado, intempestivo, ese momento en el que no hay palabras ni intenciones, ni mucho menos un deseo de interpretar, ni analizar, ni mucho menos lógica, ni razón. No se trata de discernir nada, ni de poner en contexto. Es el cuerpo. La materia. Es tan animal y a la vez tan poderoso. Uno ha volado, y entiende que en aquello del vuelo las alas, la capa, las turbinas General Electric, son objetos secundarios.

El amor triste. Este también me lo he llevado. Como dice la canción de Sabina y Fito Páez, “ya que me preguntas te diré que sé lo que es tener catorce años y estar muerto”. También te diré que sé lo que es tener veinticinco y ser un zombie. Tener que revisar la temperatura del agua de la ducha porque crees que la piel no está sintiendo. Quemarte en serio, para saber si todavía los nervios de tu piel corresponden con los de tu cerebro. ¿Cómo fue que se alteró tanto tu máquina? El amor imposible. Ese que te hace un experto en la práctica del adiós. Ese del beso infinito de despedida. Un continuo. Sigue existiendo, pero ya no es, ni fue, ni será, ni es porque no se puede, ni existe, ni es viable, ni tiene sentido, ni hay un orden, ni una lógica. Y no es sólo el amor romántico. Hay otros tipos de amor que queman. Que te hacen volar y reventar. 

Mientras uno sangra por dentro y se le corre de vez en cuando el maquillaje, cuando entre el cambio de la luz del semáforo y el peatón que cruza corriendo lejos de la rayado comienza a sonar aquella canción que nos deja petrificado, porque no son solo la melodía y las palabras, es el olor lo que lo llena de pronto. Y el fantasma se instala un rato en nuestras vidas. A pasear. A desordenarnos la psique a darnos algunas órdenes extrañas. Culpamos un planeta, una constelación o a las hormonas, porque todo tiene que explicación, incluso aquello que es abiertamente inexplicable.

Luego nos sentamos a leer las noticas. El sin fin de crisis mundiales. Enfermedades, violencia, las brechas que se abren entre la gente, porque estamos convencidos que nuestra manera de ver la vida y el mundo son tan distintas. Porque sabes, no todo el mundo suda igual, ni llora igual, ni nace igual, lo único que tenemos en común como humanos es que cuando empieza a llover nadie puede hacer que pare, y si no te escondes bajo un techo o sacas un paraguas te mojas. ¿No es así? Pues se siente. A veces se siente. Me imagino a los líderes del mundo. Desayunos grandes. Café servido en tazas enormes, celulares, asistentes, agendas, sonrisas falsas, manos cansadas de estrecharse. Tal vez Mercek y yo tenemos en común que de vez en cuando nos duele el músculo del antebrazo, es un tema de cómo y por qué lo usamos. Cada quien en su intento. Al final el amor también los moverá a ellos. Al final, cada quien se sentará junto a una ventana y verá afuera algo que genere deseo o nostalgia, alivio o una punzada de dolor. Y quizás desde la mujer canciller, hasta el hombre de la pequeña tienda de víveres se dirá cuando no pueda dormir, que le cumplió en parte a la humanidad pero dejó en el camino una gran cadena de promesas rotas.

En algún momento se sintió como caminar sobre vidrios rotos. Como la Victoria de Samotracia, con el ímpetu del inmortal encarando la vida, el cielo. En algún momento se sintió un deslave y en otro, la calidez pegajosa de sentarse a la orilla del mar, como si no hubiéramos nacido. En algún momento fue correr, y revivir la infancia y en otras una conversación tan honesta con la muerte, revisando en el fondo de nuestro ser nuestras debilidades una por una, con la minuciosidad del obsesivo, declarando al terminar que lo que va por la vida es la ruina de uno mismo, desecho arqueológico, cuando un sueño se extingue. Se apaga. Se quiebra. Y uno muere un poco, se muda un poco, se cierra, se abre, se desdibuja, hasta que tal vez, con suerte, renace.

No sé qué sea todo aquello. No sé para qué sirva en realidad. No sé si soy yo o eso es realmente el motor del humanidad. Golpeado como está. Como uno de esos carros viejos que uno se encuentra accidentado en las autopistas. El conductor recostado de la puerta delantera, esperando, viendo a los demás pasar, pensando que su vida arde, pero nadie se detiene a sopesar siquiera si el dolor ajeno, si la historia prestada importa o no.

Todo son historias. 
Todo es amor.

La carta es su máxima expresión.
El beso. El tacto. La poesía. Todo es una carta de amor. 


Por eso escribo historias de amor.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Los besos más bellos de la historia del arte 2



El Beso - Henri Toulouse Lautrec 

Información tomada de: www.artehistoria.es 

Toulouse-Lautrec recibió a finales de 1892 el encargo de decorar el salón principal del prostíbulo situado en la rue d´Amboise. Para ello diseñó 16 paneles al estilo Luis XV, situando en el centro un óvalo con el retrato de las mujeres que trabajaban en el local. El lesbianismo de la mayor parte de las chicas del burdel le llevó a la elaboración de una serie de trabajos donde se mezclan prostitución y lesbianismo, dos de sus temas favoritos, tratados con infinito cariño y naturalidad. En la cama o esta imagen que contemplamos son dos buenos ejemplos de esta serie donde Henri vuelve a mostrarse como un cronista fotográfico de la noche parisina decimonónica. Las dos mujeres son contempladas por el pintor sin ninguna reserva, poniendo de manifiesto su cariño eliminando todo tipo de tapujos. Ambas figuras se ubican en posturas escorzadas, empleando Lautrec una línea dominadora de la composición para aplicar el color de manera rápida, en cortos y violentos trazos que parecen relacionados con el Puntillismo. El contacto con la pintura impresionista lo encontramos en la utilización de sombras coloreadas, preferentemente malvas, que se distribuyen por las dos mujeres. El contraste de tonalidades claras y oscuras es otro elemento a tener en cuenta en este cartón, uno de los más atractivos del artista.

martes, 14 de octubre de 2014

Los Besos Más Bellos de la Historia del Arte


El siguiente texto fue tomado de la página web del Museo Rodin en París.
Click aquí para ver la página

AUGUSTE RODIN (1840 -1917)

EL BESO

En torno a 1882
Mármol
Alt. 181,5 cm ; Anch. 112,5 cm ; P. 117 cm
S.1002 /Lux.132
Mármol, encargado por el Estado en 1888, tallado entre 1888 y 1898. Integrado en el museo del Luxembourg en 1901; atribuido al museo Rodin, en 1919..
El Beso representaba en su origen a Paolo y Francesca, personajes procedentes de La Divina Comedia, poema de Dante Alighieri (1265-1321). Matados por el marido de Francesca que les sorprendió besándose, ambos enamorados fueron condenados a errar en los Infiernos. Este grupo, diseñado de forma temprana por Rodin, en el proceso creativo de La Porte de L'Enfer [La Puerta del Infierno], se encuentra bien situado en la parte inferior de la hoja izquierda, frente a Ugolino, hasta 1886, fecha en la que el escultor tomó conciencia de que esta representación de la felicidad y de la sensualidad estaba en contradicción con el tema de su gran proyecto.

Fue entonces que hizo de éste una obra autónoma y que la mostró a partir de 1887. El modelado flexible y liso, la composición muy dinámica y el tema encantador, hicieron que este grupo tuviera un éxito inmediato. Como ningún detalle anecdótico hacía recordar la identidad de ambos amantes, el público lo bautizó Le Baiser [El Beso], título abstracto que traduce bien su carácter universal. El Estado francés encargó una versión ampliada en mármol que Rodin puso cerca de diez años en entregar. Fue solo en 1898 que aceptó mostrar lo que llamaba su "gran bibelot" para contrarrestar al atrevido Balzac, como para que aceptase mejor a éste último.

Soñadores que corren


Hace unos ocho años me entró la fiebre de correr. Estaba en París sola y paseando llegué al lugar por donde pasaba el maratón. Ver a la gente corriendo me emocionó y al día siguiente, como Forrest Gump empecé a correr. Corría casi todos los días y pronto ya era más que unas ganas de hacer ejercicio. Corría escuchando música de gimnasio, música movida y en mi mente hacía unas películas tan elaboradas que no sé si lo que me gustaba era correr o estar un rato sola con mis fantasías.

Cuando regresé a Caracas corría por las mañanas en el Parque del Este. Tenía la voluntad de pararme a las cinco y media de la mañana –un poco antes- para ponerme los zapatos y salir a hacer ejercicio, con una energía de animal sobrenatural, que hoy en día que he perdido el hábito y el empuje a veces dudo haber tenido, de no ser porque el recuerdo es tan vívido. Los corredores más fanáticos me pasaban por al lado. En grupo. Con sendos relojes y zapatos y atuendos. Yo iba a mi ritmo, con mi música, a veces pasando trabajo para llegar a cuarenta o a cincuenta minutos. Se me había metido en la cabeza correr un maratón, pero no para ganar, ni para mejorar el tiempo y correr contra mi propio fantasma. Yo quería volver a París y pasar por delante del Louvre con una camisa que dijera algo genial que se me iba a ocurrir pronto.

Todo aquello iba a ser además una forma de cambiar mi vida. Durante toda mi adolescencia fui la floja de la familia. Era bastante gorda para mi tamaño y el peso fue todo un tema. Aunque la verdad, yo en ese entonces no tenía rollos con mi autoestima y me aceptaba como era. Siempre me ha gustado más la gastronomía que la moda, así que nunca sufrí por ser talla dos. Hasta más adelante en un período que es otro post. El caso es que esta nueva versión deportista de mí misma me hacía sentir bien, y me permitía comer bastante chocolate. ¿Qué más se puede pedir?

Luego vino la carrera, en la que me metí porque mi cuñado me dijo. Y me dio nota. Y había que practicar, porque tú sabes, si vas a correr un maratón, lo lógico es que corras 10K primero. Yo entrenaba bastante. No tenía hijos, así que cuando no estaba trabajando estaba haciendo ejercicio. No es como ahora, que uno siente que cada segundo para uno, para el cuerpo sobre todo, es un  minuto que te robas de la preciosa pila de tiempo que tienes para educar a tus hijos, cuidar tu familia o cambiar el mundo y forjarte un futuro. –Ahora el blog también es ejercicio. El cucú de la sala acaba de cantar las cuatro de la mañana. Escribir esto se come algunos minutos de mi próximo trabajo literario. ¡Maldición! Debo correr y mejorar mi tiempo. Un post maravilloso en dieciocho minutos o menos-.

En esa carrera sentí que moría. Fue el evento más espantoso de mi vida. Mi cuñado me convenció de que nos paráramos adelante, con los corredores fanáticos. Los shorts pegados. Los músculos saliendo de las camisas. Las caras de tranquilidad. Los estiramientos. La gente que había comido esto y aquello, y no desayunado lo otro para mejorar el tiempo. Yo con mi Playlist de correr que más adelante, cuando el iPod se me quedó en el carro de Roberto Mata después de un viaje fotográfico me ganara el comentario, “es una vergüenza”. Sí, cuando corro escucho mi música vergonzosa y eso que creo que no le había metido el reguettón todavía. Es que tú no sabes lo que te pasa por la cabeza cuando escuchas Ozzy Osbourne corriendo.

Arrancamos a correr y los corredores me empujaron. Uno de mis zarcillos salió volando y yo pensé en pararme, pero simplemente dejé que la marabunta me pasara por encima, haciendo lo posible para que no me tumbaran. Antes de la mitad de la carrera me estaba echando encima una especie de chupi-chupies infectos, que luego creo me dieron diarrea. Pensaba en cómo sería llegar a la línea de llegada en taxi y decirle a mi novio lo que estaba pensando, que con tanta gente pegada a esa onda la humanidad realmente se había ido a la gran mierda. Igual seguía pensando en el taxi, en la pepa de sol, en algo de sombra. Más adelante me paré. Cuando dábamos la vuelta por la avenida libertador.   Gente desconocida me gritaba que siguiera con una emoción tan grande, como si el hecho de que yo terminara una carrera les fuese a cambiar la vida. Entonces pensé que no estamos tan jodidos y que hay gente que busca esperanza en todos lados. Y que es mentira que uno depende de uno mismo, a veces uno depende de los triunfos de otros. Pensé, y eso que en ese momento escribía muy poco porque había tirado la toalla con mi carrera literaria, que la inspiración es eso. Que allí está la musa. En el deseo de brillo que tiene gran parte de la humanidad.

Cuando llegué a la meta estaban mi novio y mi hermana. Me tiré un poco más adelante. Me comí el cambur que me dieron a la llegada y me después de que pasaron unas ganas terribles de vomitar, tuve que decirle que me llevara casi cargada a algún lugar en el que no fuera a ocurrir una desgracia, ¡pero rápido bróder!. Me inscribí en otra carrera, pero no fui. Regalé la franela porque no me pareció honesto andar con la franela de una camisa de una carrera que no corrí y me olvidé del maratón. Es demasiado complicado ser alguien que uno no es. Para mí el maratón es otro. 

Seguí corriendo. Como Phoebe Buffet. Soñando con cada zancada. Era un momento de libertad y de pleno gozo. Corrí hasta que nació mi primera hija, y con el embarazo me caí del tren. Después volverme a montar ha sido casi imposible. El tiempo se le va a uno entre en las manos, de una forma tan rápida y extraña. La vida se vuelve algo que ves pasar sin darte cuenta. Se acumula la mierda que te impide hacer lo verdaderamente importante, entre cumplir con la familia, las amigas y el país quemo te deja producir, o te convence que eres impotente. La gente se va, tú te sientas a verificar tus decisiones. Sientes que estás como en una playa, las olas vienen y te empujar, no sabes si es mejor lanzarte a nadar o enterrare en la arena. Y de vez en cuando te preguntas ti tu corazón no estará traicionando y cuándo fue la última vez que realmente lo escuchaste. ¿Qué hacías y quién eras en ese entonces? Y entre tantas responsabilidades a veces me pregunto, ¿para qué vas a correr si puedes escribir?


Ahora que estoy tratando de ordenar mi vida. Ordenarla en serio, que quiere decir sacar de mi agenda toda mierda que no sea imprescindible para mi escritura y darle un rumbo firme. Conviviendo de otra forma con los fantasmas y los sueños me pregunto si correr no es también una forma de escribir. Lo que sea con tal de tener un espacio de tiempo para pensar, para reflexionar, para hacerse una película que lo aleje a uno de la realidad. Imaginar cosas que uno se cree imposible. Cuarenta minutos para ti. Sudor, sueños y música vergonzosa. No tanto correr por moda, ni por talla, ni por intentar –clásico absurdo- rivalizar con Giselle Bundechen y sus nuevas propagandas de Chanel Nº5 en traje de baño. Correr para recordarle al cuerpo: sigues siendo libre. Sueña coño. ¡Sueña! 

jueves, 9 de octubre de 2014

Sobre lo que era el Miss Venezuela



Bárbara Palacios cuando ganó en 1986. Y sigue siendo una de las mujeres más bellas del mundo. No sólo por su físico, sino por su inteligencia y su ética de trabajo.

Cuando estaba chiquita una de las cosas que más me gustaba hacer en familia era ver certámenes de belleza. Vengo de una familia de muchas mujeres, por lo que era uno de esos momentos de despliegue total de hormonas.  En esa época los concursos eran larguísimos, y los veíamos completos, cada quien con sus favoritas, sus pronósticos, era de esos momentos de aquejare femenino que uno valora para siempre. Por supuesto yo jugué a ser Miss Universo, poniéndome los zarcillos de mi mamá en la cabeza y un cinturón como banda, hasta los nueve años más o menos. En un momento pensé que “y la paz mundial” era algo que en serio se iban a lanzar a buscar estas mujeres. Para mí era un tema de elección de amazonas, no de muñecas. Fue después que entendí que  el anuncio de shampoo y de carteras quitaba demasiado tiempo, más las tres horas diarias de gimnasio. Y como crecí en los ochenta, cuando nadie te veía con desconfianza si tenías tetas naturales y comías carbohidratos, pensé que realmente el tiempo se invertía en otra cosa. Claro, que con el tiempo me he dado cuenta que muchas de estas mujeres también tenían grandes planes. Digan lo que digan Irene Sáez hizo un trabajo excelente. Ha podido quedarse vendiendo pinturas de uña, y demostró una cosa que muchos pasaron con alto. No hacía falta demasiado para que se notaran un gran diferencia, algo de voluntad y de trabajo, de empeño en hacer las cosas bien. Yo se lo agradezco, y la admiro. Y las demás de esa generación no se han quedado atrás. 

Una de las cosas que me hacía amar los certámenes de belleza era el hecho de que nos destacábamos. Siempre me han gustado las olimpíadas y el mundial. Es emocionante tener un competidor al que aúpas, sintiendo que aunque no te conoce comparte un poco de tu historia. Tal vez en algún momento de la vida, cuando pensabas que todo iba a salir mal, cuando te levantaste y no reconociste tus sueños, o pensaste que no lo ibas a lograr te dijiste, “Roger Federer no hubiese pensado de esta forma”, y seguiste adelante.  Era una emoción grande. Un orgullo. ¡Ganamos! Lo importante no sólo es competir, ganar también tiene su encanto y su dosis de importancia. Aspirar. Surgir. Y ver a una compatriota con una sonrisa, y la emoción de los presentadores, de mis hermanas, de mi mamá. Sé que era tonto y frívolo, pero de frivolidades también vive el hombre.

Yo admiraba la belleza de las misses de entonces. Su forma de caminar. De maquillarse. De pararse. De llevar aquellos vestidos que uno decía “eso es un vestido de Miss”. Recuerdo aquel vestido azul de Guy Meliet con el que ganó Bárbara Palacios. Caracas era una referencia de moda y ese era el red carpet de entonces. El glamour salía también de aquí.  Los certámenes eran mucho más que belleza exterior y fantasía cara. Lo femenino es algo etéreo, profundo, complejo,  y el Miss Venezuela entendió eso durante mucho tiempo, y por eso ganábamos los concursos internacionales. Había algo en la mujer venezolana que las misses proyectaban, un equilibrio entre  humildad y seguridad en sí mismas. De serenidad en su porte y su belleza que nos hizo destacar a nivel mundial.

Luego el Miss Venezuela se convirtió en una industria. En principio no tiene nada malo, el problema estuvo en los principios de la industria, que más que aportar algo real a la vida de las misses y proyectar una imagen positiva a la mujer venezolana se convirtió en el juego  de un ególatra. Hace un par de años comencé a ver el certamen y tuve que apagarlo a la mitad. Quienes recordamos el Miss Chocozuela podemos afirmar que el certamen oficial ahora parece lo que antaño era su burla. Y las pobres misses, la forma de hablar, de expresarse, el lenguaje corporal, los bailes, los trajes, el maquillaje y los animadores, uno se pregunta ¿esta gente ha visto revistas internacionales? Es entonces una muestra del aislamiento, de como todo se va volviendo mediocre, de bajo nivel, de mala calidad. 

El problema no es el bajo presupuesto. Es más bien cosa de que ahora proyecta las bajas aspiraciones que tiene el venezolano. En cuanto a la miss, ya no se trata de proyectar belleza, sino de que se le vean las tetas y el culo lo más posible. Ya no pareciera que quisieran ser modelos internacionales, ni superarse en la vida, sino más bien ser la musa de algún cantante de regeattón y animadoras de un programa de televisión para el cual no hace falta saber hablar, mucho menos pensar. Y si dicen alguna barbaridad, la gente se molesta con quienes nos preguntamos si será que se puede ayudar a crear una imagen de la mujer en que la belleza no tenga que estar divorciada de la inteligencia. Y te lo dicen, "es que tú no entiendes que es un concurso de belleza, no es Saber y Ganar, ni Quién quiere ser millonario". La culpa es de uno, que quiere ver a una mujer que sepa responder, al menos coherentemente una pregunta como "¿qué música te gusta?" –Lo juro, eso fue una pregunta hace dos años. La respuesta fue: “ante que todo buenas noches…bueno yo escucho de todo.” Y claro luego “y yo soy yo donde sea que me pongan.” 

Siempre que toco este tema alguien sale a decir que uno se toma las cosas demasiado a pecho. Tal vez lo hago por nostalgia y por ganas de ver a la mujer en un rol distinto. No soy de las que piensa que unas piernas bonitas tienen que significar un cerebro de chorlito. Creo que hay infinidad de mujeres bellísimas que tienen toda la capacidad del mundo. Es más, yo creo que si se les da la oportunidad muchas de estas misses podrían demostrar un gran potencial. Seguramente algunas son emprendedoras y han tenido que sortear gran cantidad de obstáculos para desfilar trapos descritos de la manera más cursi, trillada y ridícula. Para bailar como si fueran Pía Zadora en un viaje de LSD.  Para ponerlas a contestar preguntas que de entrada las toman por brutas. Si de entrada insultas el valor y la inteligencia de alguien, ¿cómo vas a pedirle que se supere?


No se trata de un simple concurso de belleza. No es nada más un evento que debería ser secundario frente a tantos problemas. La verdad es que una muestra de la sociedad en que nos hemos convertido. De la flojera, la apatía, la mediocridad, el poco estímulo y la baja autoestima que se ha apoderado de todo. En las cosas pequeñas y frívolas hay mucho para reflexionar, y no olvidemos que esto es una fuente empleo, que mucha gente hace su vida de ello, y que en los barrios hay muchachas que ponen sus sueños en ser Miss Venezuela. Yo no creo que subestimar a la gente, al contrario, yo creo que si el sueño se hace lo mejor posible y a la gente se le enseña a soñar en grande eso se traslada a otros aspectos de la vida. Así se hace un mundo mejor, y así, aunque no parezca se va construyendo el famoso "y la paz mundial". Es triste ver que un concurso que abrió tantas puertas sea cómplice de este embargo de la cultura y el desarrollo venezolano. La cultura no sólo está en la lectura y el folklore, esto era parte de nuestra cultura y en ese certamen, como en todo hay oportunidades para el que las quiere crear. Basta ver concursos en otras partes del mundo. No es que sean el caldo de cultivo para la física nuclear, ni que no importe el tamaño del busto y el largo de las piernas, pero sí toman a la mujer de otra forma, sobre todo en cuanto al calibre intelectual. Al final no importa se si trabaja en la cura contra el cáncer, en nanotecnología o en diseño de sortijas, el caso es que el ser humano aspire a ser mejor, a dar lo máximo sí mismo, a aprender y a trascender. Es un tema de ética de trabajo, cosa que se perdió en Venezuela. Es algo que hemos olvidado los venezolanos,  que no es si te ganas la corona o no, es cómo te la ganas lo que hace la diferencia.

martes, 30 de septiembre de 2014

A mis queridos jugadores de Goobye Caracas

Conmovida frente a todos los mensajes que por distintas vías me han hecho llegar de quienes se han animado a jugar Goobye Caracas conmigo. Y a quienes han compartido un pequeño escrito. Gracias por la muestra de amistad, de apoyo, de cariño. Me han sacado lágrimas -ok, yo sé que no es difícil, pero igual- y me han hecho reír, imaginando almuerzos y planes que algún día vamos a materializar.  Porque claro que sí lo haremos. La semana que viene. ¡Seguro! 

Tengo el corazón revuelto de tanto cariño. De ver cuánto nos pega el exilio, y la fractura de la vida cuando se nos va alguien que amamos, pero sobre todo de las ganas que tenemos de que alguien nos acompañe. De las formas para aligerar una carga tan pesada. De la manera en que los sueños de unos se retroalimentan con los de otros. 

Parece mentira cómo este pequeño juego a la negación, que dudé en publicar, nos ha mantenido cerca, y me ha traído a gente que no conozco en persona, pero que vamos tejiendo una ficción de planes.

Es muy reconfortante saber que no estamos solos, y que la frase no se limita a pensar si hay vida en otro planeta. 

En este todavía hay. 
En este país, también. 
En este país que se extiende y se desdobla, y que vamos creando en distintas partes del mundo. 
Estas amistades y ejemplos de solidaridad. 
La forma cómo damos la mano a otro, es allí donde se encuentra parte de la esencia que nos hace humanos. 


Nos seguimos viendo y leyendo por la Blogosfera.  
¿La semana que viene alguien se anima a ir al cine? 

Medicinas que vuelan


Esto no es una solución. Las medicinas que llegan de Brasil son prueba de nuestra tragedia. 

Hemos debido ir a recibir las medicinas al aeropuerto. Como cuando llegaba una miss y se hacía una caravana de papelillo. Hemos debido ir con mariachis, cartelones, globos, y una gran sonrisa. Profeta casi infalible. El hombre que va a salvar este país: Atamel Fernandez. Dicho sea de paso, me imagino que con todo esto dentro de unos diez años sacan una cédula con ese nombre. ¿Quién va a culpar a los padres? Si te da un virus cuyos dolores te encorvan y consigues algo que te alivie yo también haría lo mismo. 

Ayer en Caracas:

Señora de unos cincuenta años me mira. Me sonríe. Entre otras cosas porque la farmacia estaba cerrada con una reja y por alguna razón la abrieron para que pasáramos. Se ríe. Es una de estas señoras que fácilmente podría ser mi tía. Pide una Centella Asiática. Yo pienso que eso me suena a algo que tomaría Buzz Lightyear. Me vuelve a mirar y finalmente le digo: 

- Yo tampoco en entendí lo de la reja. 
- Mira mi reina- Dice la señora. Definitivamente puede ser una de mis tías. - ¿Por qué la reja? ¿Va a pasar algo? - 
Pienso: Señora aquí nunca pasa nada. 
- No, es que ya vamos a cerrar.  
- Ah. Ok. - Me mira, como tranquila que el equipo gana. - Mira una preguntica, ¿tendrás Atamel? 

La señora no cambia la expresión. No responde. No dice nada. Le busca los medicamentos y le saca la cuenta en una computadora que está un poco más allá. 

- ¿Y algo que sea igual? 

Sigue el silencio. 

Me mira y pregunta: -¿Tú tienes Atamel? - Alce los hombros e hice un gesto de qué vamos a hacer, porque no me gusta hablar de esas cosas. Me ponen a decir más de la cuenta. 

- ¿Y de verdad no tienes nada que se le parezca?
- No señora. 
- ¿Y no te va a llegar? 
- No. - Esto se lo dijo otro muchacho que atendía en la farmacia. 

A cada rato alguien se asomaba por la reja cerrada y preguntaba por algo. A nadie le vendieron nada. Uno de los medicamentos que recuerdo: Eutirox.


Me faltó una ampolla así que fui a un Farmahorro. Nada del otro mundo, me tocó el 78 e iban por el 70. La gente agolpada sobre el mostrador de la farmacia como si fuese una barra de cerveza en el poliedro. A cada rato alguien venía y gritaba sobre nuestras cabezas si había Acetaminophen. Los vendedores no respondían. La palabra acetaminophen llueve. A cántaros. Es un diluvio. El santo grial. El elixir de la juventud, de la vida eterna. La fruta prohibida. O el antipirético prohibido. Casi tabú. Un sueño. Pronto nos convenceremos de que el Atamel en todas sus presentaciones fue un mito. Quizás las próximas generaciones se burlarán de nosotros "eso nunca existió". O tal vez terminen de avisarnos que los pollos que viene de Brasil han sido alimentados con dosis de 500 mg cada cuatro a seis horas y que si los comemos es una rara especie de dos pollos de un solo tiro. Porque las soluciones aquí ahora son así. 

En realidad, no puedo decir que vi nada extraordinario. No hubo escenas dramáticas, ni exageradas. Entré salí. Hasta me sonrió el señor cuando me dio mi pequeña bolsa, cosa que ya es decir bastante. Una tarde cualquiera en una farmacia. La cotidianidad y lo que se ha vuelto. Lo que es sentir que no hemos visto nada, cuando estamos presenciando algo tan grande. Un abismo. Una caída libre. No    pasó nada mientras está pasando de todo. Gente como desesperada. Angustiada. Apurada. Preguntando. Buscando. Pasando. Tensión en el ambiente. Miedo. Agotamiento generalizado. Somos una sociedad sin vitaminas. Pero tampoco resignada. La gente sigue yendo de un lugar a otro, porque en algún lugar hay. Tiene que haber. Esto es Venezuela. O era. O tendrá que volver a ser. O ya no sabemos. Ni cómo. Ni cuándo. Pero pareciera que el por qué se está viendo cada vez más claro. 

La gente que atiende casi no responde, porque no sabe qué va a responder. Hablan bajito. Como un novio regañado. Como si estuvieran haciendo algo malo. Me imagino que han tenido que servir de psiquiatra para muchas personas que llegan a descargar sus frustraciones. ¿Con quién más lo vas a hacer? Al final uno con su dolencia menor y qué importa. O sí importa. Pero a uno lo van convenciendo de que todo lo que no es grave importa menos. Porque la vida y sus condiciones se van calificando. Lo que quieres pasó a segundo plano frente a lo que necesitas, y ahora lo que necesitas no importa, cuando están frente a lo urgente. Y Dios te salve de lo urgente. 

Nos hemos ido olvidando de lo que merecemos,  hasta que la realidad se esparza como una de esas bombas lacrimógenas que lanzan afuera de los lugares repletos de gente, cuando hay leche o pañales y las madres, desesperadas se agolpan a las puertas.  


Ni Buzz Lightyear cura todo a punta de Centella Asiática. 

Tal vez sea Buzz Lightyear el que venga volando con las toneladas de medicamentos, gritando algo como "hasta su récipe médico y más allá". O en su mejor versión planeta tierra, Lufthansa. Al final da lo mismo. Les deseo a mis queridos lectores que lo que está en su récipe haya venido en ese avión.  Que no tenga que recurrir a las romanos, o solamente al grupo de oración, ni tenga que hacer un Vía Crucis de farmacias. Y mire cómo terminan siendo las cosas en este loco país, ahora también las medicinas aunque no son brujería, de que vuelan, vuelan.