lunes, 23 de octubre de 2017

BookTubing: 5 libros sobre política





En este post recomiendo 5 libros (y uno de ñapa) que nos ayudan a aproximarnos a la política. Son libros en su mayoría fáciles de leer, que no requieren conocimientos previos, que nos abren la puerta a diversas interrogantes y que no estimulan a seguir aprendiendo. Lo importante es que tener en cuenta que siempre necesitamos aprender de diversos temas, incluida la política y que muchas veces a través de lo que aprendemos nuestra percepción cambia y con ella nuestras opiniones. En todo caso así nos formamos una mejor visión del contexto en el que vivimos.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Son solo pantalones




Ah la moda. Ese cuchillo para nuestras gargantas femeninas. Yo no es que sea fashion victim, pero de vez en cuando sí me gusta tener una que otra cosa de esas que te dicen “esto está súper de moda”. Aunque debo reconocer que dicha frasecita hace que por dentro la cabeza me de vueltas a lo Linda Blair. No soy mucho de comprarme ropa y siempre termino padeciéndolo de alguna manera. Porque me encanta tener cosas pero no gastar y soy de esas personas que se espantosa en un cambiador. Detesto tener un espejo tan cerca de mí y tener que confrontar mis defectos magnificados. Me mudé a México con pocas cosas y he estado tratando de mantener el propósito de no acumular demasiado. Aunque veo mi closet y me parece que es una grosería de acumulación de mierda y sólo tengo un año aquí.

El caso es que a raíz de la fractura de tobillo tuve que comprarme algo de ropa porque resulta que las férulas, botas, y pies hinchados tienen requerimientos especiales. Así que tuve que optar por pantalones anchos, leggins y tal y qué se yo. El caso que me metí en una tienda virtual, porque eso de ir al centro comercial en muletas olvídenlo y lo que encontré me dejó sinceramente espantada.

En primer lugar se ha puesto de moda las caras de tragedia en las modelos. No todas. Algunas están contentas con los que les tocó y al parecer han estado escuchando audiolibros de Deepak Chopra, pero otras te ven con una tristeza, que me pregunto si vendrán a representar el pesimismo de nuestra era. Yo suelo ser apocalíptica con mi visión del mundo, pero luego de ciertos análisis te das cuenta que en general la humanidad no está tan mal y que a pasos más grandes de lo que pensamos, a pesar de que aún vemos cosas terribles en el mundo, hemos avanzado. Yo solía deprimirme con los noticieros, ahora ees viendo anuncios de ropa y no solo porque fallo una y otra vez en mi intento de bajar de peso ¿Qué pasa con las caras largas de la moda?

Me pregunto ¿qué le dicen a las modelos? ¿Por qué nos quieren presentar una gente que está tan apagada y tan descontenta con la vida? No digo que todo tenga que ser sonrisas forzadas, pero la verdad prefiero la mirada exagerada de me voy a comer el mundo tipo Joan Collins y Lupita Ferrer, o sonrisas tipo Lucerito, hasta malandra elegante tipo Angelina Jolie, que esa cara de tragedia que pareciera que en la campaña a la modelo le hubieran dicho “piensa que cuando llegues a tu casa lo único que te espera es un pote de somníferos y agua de chorro”.

A lo mejor la tristeza de algunas de estas mujeres no es un tema existencial. Quizás todo se deba a un rollo con la ropa que tienen que llevar puesta. Es deprimente entrar a las tiendas y pensar ¿dónde? ¿cómo se están vistiendo las mujeres normales? La verdad es que si eres flaca, pero flaca tipo que comes una vez al mes lechuga orgánica espolvoreada con cardamomo, perfecto. Cualquier cosa se te puede ver bien. Mentira, no quiero ser eco de esa imagen corporal, en realidad hablo de niveles de flacura Photoshop. A las modelos, a pesar de sus caras trágicas se les ve bien, pero a uno.

Y no nada más es un tema de flacura. Es que tampoco provoca parecer un fashion victim, un engendro de Sarah Jessica Parker. ¿Qué pasó con la ropa normal? ¿Creativa pero normal?

Me toca usar pantalones bota ancha, por el tobillo sí, pero también por un tema de oferta de artículos de ropa. El problema es que yo me pongo estos pantalones y siento que lo único que me falta es un carrito de supermercado y unas bolsas amarillas para ir por la vida como el relevo generacional del Pataruco y la Botella. En serio. Ni hablar de las camisas. Todos los tops o están recortados a nivel de las mangas, lo que me hace pensar en un divorcio de esos horribles en los que después de que ella le rayara el carro a él con una llave él procediera a cortarle toda la ropa (¿Habrá sido esta la inspiración de este diseño? A lo mejor es la lucha de una mujer que hizo de su tragedia su arte) o unos flecos estilo Piratas del Caribe que a mí no se me dan. Los estampados son de flores. Flores, como las que tenía mi abuela en un papel tapiz que ya en el ochenta se veía feo.

Después está la ropa rota. La verdad ya me acostumbré a los jeans rotos, pero hace unas semanas me puse uno delante de mi papá que no podía aceptar, sencillamente no podía procesar el hecho de que yo hubiera pagado y sacado de una tienda ropa rota. Si supiera que ya no sólo son jeans, son sweaters también. Y si no están rotos algunos tienen apliques que parecen inspirados en las cajitas de pega y pasta que hacíamos en un kínder para el día de la madre.

Otro tema es las tallas. Esta moda de la ropa veinte tallas tu tamaño es tan poco afortunada para gente de estatura y peso mediano como yo, como lo eran los famosos bodies de los noventa. Y lo peor es que a esta edad el look rapero se ve mucho peor. ¿Entonces cuál es la alternativa? Ir a la sección en que hay ropa más, ¿elegante? ¿adulto contemporáneo? ¿vieja chic? ¿clásica? O como la llaman ahora para no hacerte sentir tan mal – porque si estás deprimida por la ropa no compras, ¡genios! – timeless. El caso es que la ropa timeless es exactamente eso, no tiene época por lo que me hace recordar a las directoras y subdirectoras de mi colegio, a las maestras de religión, es decir a todo el parque de personajes que desde chiquita yo asociaba con el mundo extinto de los dinosaurios, con todo respeto, por su edad. No. Tampoco estoy lista para eso.


Yo lo que quiero es encontrar de nuevo moda normal. Aunque tampoco sé qué es eso. Quizás estoy en un limbo de edad, de cuerpo, de todo. De que a lo mejor cuando todavía te estás buscando hasta en la ropa te pierdes. Aunque por otro lado, al final del día, son solo pantalones. Y ya. 

lunes, 21 de agosto de 2017

El Último Metro - Francois Truffaut

Uno de los planos más bellos de la película en el que vemos a Marion viendo a Bernard a través del espejo, como se han visto desde el comienzo, es decir desde el espejo de la vida que es el teatro y el cine en general. Quien mira al espectador y está fuera de la escena es Lucas, el esposo, pero no deja de estar presente. Es curioso además que en la realidad quién está más cerca del espectador es Bernard, pero por el efecto del espejo está más lejos en el plano, mientras que Marion da la espalda al público y Lucas lo confronta. Estos son los dealles que hacen grande a Truffaut. Nótese la segunda mano de Marion en el doblez del espejo, que hace resonancia con lo que Bernard le dice siempre a las mujeres cuando para seducirlas hace como si leyera la palma de su mano: veo que en ti hay dos mujeres. Lo mismo sucede con Marion, una es la que lucha contra por su teatro, esconde a su marido y no se doblega ante los Nazis. Otra la que está tratando de sobrevivir y volver a amar en libertad. 

El Último Metro es una película de Francois Truffaut protagonizada por Catherine Deneuve y Gerard Depardieu. 1944 en París, durante la ocupación Nazi Marion Steiner (Catherine Deneuve) se prepara para estrenar una obra de teatro, que protagonizará junto a Bernard Granger (Gerard Depardieu). En medio de las enormes dificultades de vivir en una ciudad ocupada en plena Guerra Mundial, tienen que sortear obstáculos como conseguir una visa de censura a través del beneplácito de un crítico que se ha unido a los nazis y que no hace sino exclamar su antisemitismo. 

Su marido, Lucas Steiner (Heinz Bennent), es un hombre de gran reconocimiento en el mundo teatral y todos lo creen ya a salvo fuera de Francia, pero en realidad está escondido en el sótano del teatro esperando el momento oportuno para huir. Pero cuando los alemanes invaden la Zona de Liberación sus esperanzan se desmoronan y no le queda más remedio que esperar un milagro, es decir, que termine la guerra, mientras su compañía de teatro se prepara para el estreno de la obra de la cual depende no sólo su teatro sino su vida.

El Último Metro es un drama que muestra la realidad histórica de vivir en París durante la ocupación, en que los ciudadanos tenían que recurrir a medios desesperados para sobrevivir. El título de la película alude al hecho de que en París se vivía bajo la presión de no perder el último metro del día para llegar a casa a tiempo para evadir el toque de queda impuesto por los alemanes. El teatro, además era el refugio en el que los parisinos encontraban calor, ya que durante la ocupación el carbón, como tantos otros bienes, era escaso y casi imposible de costear para una persona común y corriente. Así la gente iba al teatro y pasaba el rato, mientras que las funciones terminaban justo a tiempo para que los ciudadanos corrieran a alcanzar el último metro.

Pero el teatro no era nada más un lugar seguro y cómodo para pasar el rato, sino que como medio cultural era también un refugio y medio de resistencia pasiva.  Lo vemos sobre todo en el personaje de Marion Steiner que a pesar de no confrontar directamente a los nazis se rehúsa a doblegarse ante ellos. A diferencia de Bernard Granger quien sí trabaja directamente con los resistentes exponiendo su vida e incluso a veces la de sus compañeros de trabajo. Así Truffaut inteligentemente utiliza en su guión el mismo medio del teatro, el oficio del actor, las dobles personalidades, las historias escondidas, lo oculto, las máscaras, los disfraces, el maquillaje, que conforman un discurso mediante el cual  nos muestra cómo un país entero logró mostrar una cara ante los ocupantes pero manteniendo intacta su identidad, y su esencia en lo más profundo de su ser.

Es un film lento, pero construido de manera extraordinaria, pues Truffaut,  se toma el tiempo de irnos mostrando los personajes, la relación entre ellos y el triángulo amoroso que inevitablemente habrá de surgir entre Bernard Granger y Marion Steiner, sin hacerlo obvio, sino usando más bien elementos cinematográficos.

Lo bello de este film es que en el fondo es una historia sencilla pero que muestra la gran complejidad de la vida  en guerra e incorpora aspectos de la cotidianidad y la forma cómo estos eventos tan complejos sacan lo mejor y lo peor del ser humano desde la solidaridad y la incondicionalidad hasta la cobardía y la traición.


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Otra cosa excepcional de este film es que casi todo ocurre dentro del teatro, lo que genera una sensación de claustrofobia, pero también nos muestra la cantidad de vida que puede haber dentro de un espacio cultural, cuyo objetivo es recrear otros mundos, desarrollar la imaginación y expandir el alma humana en momentos en que esta se ve acorralada. No es un film de gran tensión, ni es un film de guerra de esos que se centran en grandes escenas de violencia, es grande precisamente porque logra mostrar que incluso en los momentos más duros la vida sencillamente sigue y por más duras que sean las circunstancias lo único que no podemos perder jamás es la esperanza.

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿Y tú qué propones?

Esta es la típica pregunta con la que mucha gente te responde a las críticas de la MUD. Son días de máxima confusión y de desaliento, y nada más frustrante que sentir que la luz al final del túnel está tan cerca y no poder alcanzar la salida. Es curioso lo que generas cuando emites una opinión política y en estos días la mayoría de la gente quisiera más que nada sentir que somos todos una sola voz y un solo camino. Yo no sé si es efecto de los años de polarización, sin es la misma angustia, si es que perdimos la costumbre del desacuerdo, si es miedo, incertidumbre, o si es miedo no tanto al régimen chavista, ni siquiera a perder el futuro, sino a algo mucho más terrible que la propia muerte: la resignación.

La verdad es que yo como persona, como ciudadano no poseo en estos momentos una idea política clara. No soy estratega de estas cosas. Así que mi propuesta no tiene que ver con hacer esto o aquello. Soy un ciudadano que lee y aunque cuando formo mi opiniones soy contundente y hablo fuerte también soy alguien que escucha.

Yo propongo en primer lugar asumir que esto es un totalitarismo que ejerce terrorismo de estado. Y suena como una propuesta algo estéril, nula, un no hacer nada. Algo a lo que se le puede responder “como si no lo supiéramos”, pero la verdad es que a mí todavía me cuesta creer que esto es lo que estamos viviendo y todavía me cuesta asimilarlo, mucho más comprenderlo. Pero creo que hasta que no lo aceptemos, hasta que no lo interioricemos de verdad, no vamos a poder entender realmente cuál va a ser el camino que nos guste o no tendremos que tomar para recuperar nuestro país.

Al día de hoy más que proponer un camino, una vía, me gustaría proponer una pausa. Una pausa de reflexión. De lectura. De tiempo para una mirada interior, a lo más profundo que de nosotros. Qué queremos, que soñamos, qué esperamos. No sólo de los políticos, de los dirigentes, sino del país, de nosotros mismos. Cuál es el país que queremos, pero cuál es la vida qué queremos. Eso que soñábamos con alcanzar, con hacer, el lugar en el que queremos pasar nuestra vejez, la forma como pretendemos esperar el ocaso de nuestra vida.

Adicionalmente a ello tenemos que atender a las voces del pasado, las que ya han pasado por esto, porque desde las Guerras Púnicas, desde la mítica Troya, hasta la II Guerra Mundial, no somos los primeros en haber pasado dificultades, en haber sentido que el mundo se acababa y en haberse aferrado a cualquier esperanza que negara esa posibilidad. En la música, la poesía, en el cine, en los libros hay ejemplos, hay compañía, hay rincones de sosiego. En el piano, la ciencia ficción, las biografías de grandes hombres, en sus discursos, en las crónicas de sus viajes, de sus campañas militares, de sus fracasos amorosos hay también algo esperando para sanarnos, para orientarnos, para ayudarnos a renacer, no tanto como país, sino como seres humanos.   


Yo propongo una pausa de lectura, de desarrollo del pensamiento crítico, de reevaluación, de aprender algo de historia. Tal vez no encontremos todas las respuestas o ninguna, pero sin duda alguna que la decisión que vayamos a tomar como seres humanos venga también desde el pensamiento y desde el sosiego. Al menos así no es más fácil aferrarnos a lo único que nos queda en estos momentos: nuestros principios.

jueves, 6 de julio de 2017

Los destructores de oficio


En la última semana he tenido conversaciones y he leído comentarios francamente deprimentes de varias personas hacia dirigentes políticos en Venezuela. Es la típica conversación en la que tu interlocutor destruye a todos los dirigentes por brutos, por corruptos, por ineptos. A los que más o menos califica por tener algo de cerebro los estima inviables quizás precisamente por eso, luego hace una comparación histórica para intentar rebatir tus argumentos (como si tú fueras acabaras de salir de tu lobotomía, entonces para que aprendas y te nutras, ¿no?) y finalmente te dice que bueno que hasta los historiadores en Venezuela son una basura, porque ya en ese país no se hace nada, nada sirve, nadie entiende. En fin, que los venezolanos de hoy en todo somos todos una vergüenza, una porquería, no servimos.

En primer lugar yo me harté de las generalizaciones en contra de los venezolanos. Después de partir de allí, si hay algo que me enfurece casi a la par de Maduro es justamente esta posición del destructor de oficio que no hace nada, que no plantea nada, que además no aporta, no se involucra y no participa salvo en conversaciones de sobremesa, whatsApp y redes sociales en las que destruye , posicionándose en una especie de Parnaso donde está él con "LA VERDAD". Se supone que tú (pobre idiota, débil, lumpen intelectual) sencillamente no quieres aceptar lo que te están diciendo porque o te duele, o eres una foca obediente que no piensas por ti misma o sencillamente eres inculto y tonto. Este es el nivel de discusión y descalificación al que he llegado con algunas personas.

Debo decir como venezolana, como mujer, como escritora y bloggera que si bien es inexpugnable el deterioro de nuestro país desde su infraestructura hasta su fibra social, que claro que hay dirigentes cuestionables, de trayectoria terrible, ladrones, vendidos, mentirosos, corruptos, y pare usted de contar, también es verdad que Venezuela ha dado un ejemplo de convicción democrática, de resistencia, de principios, de solidaridad y de calidad humana que están relevante para la historia de la región como lo ha sido su destrucción. Estoy orgullosa de mi país. Cada día y más que nunca en mi vida.

Ciertamente todos tenemos derecho a nuestra opinión y a expresarla a través del medio y en el momento que creamos o sintamos conveniente. En mí siempre encontrarán a una férrea defensora de ese derecho y no mandaré a callar a nadie jamás. Cuestionar, criticar y expresar nuestra opinión no es sólo un derecho, a veces es incluso un deber. Ciertamente luchar contra un narco estado, mafioso, terrorista, en una sociedad colmada de enchufados y vendidos, y de gente que no termina de asimilar lo que sucede porque no se encuentra en el liderazgo o está atrapada en el día a día requiere de gente valiente que exprese su opinión. Al final necesitamos tanto al pragmático, como al soñador, al crítico, como al que suele ser más moderado y prudente. De la pluralidad del pensamiento saldrá una república sana, pero de un pensamiento monolítico no y por eso siempre me reservaré el derecho de cuestionar a cualquier líder y cualquier propuesta cuando así lo crea conveniente.

Las diferencias siempre van a existir y de hecho es sano que existan, sobre todo de pensamiento. Diferencias que pueden ser superficiales, hasta de simpatía pero más importante aún ideológicas, morales y de principios, algunas de las cuales nos pondrán en planos irreconciliables con estas personas. Y con eso quiero decir, no que vamos a vivir insultándonos, sino que no seremos amigos, que no iremos juntos a la playa, que no nos dedicaremos risitas, que llegado el momento y el lugar cuestionaremos duramente pero al día de hoy, ahora en plena crisis humanitaria, con el país que no se va de la manos, a pesar de todas nuestras diferencias tenemos una causa común que es Venezuela.

He visto gente inteligente dedicar los más despiadados comentarios hacia dirigentes presos, o en pleno meollo de la lucha y la resistencia, buscando en mí, porque he sido crítica ante muchas posiciones, una especie de beneplácito de la falta de empatía. Una conchupancia para destruir de gratis y hacer que llegar a un nivel de descalificación que escapa la crítica cotidiana y hasta el chisme para caer casi en la deshumanización. Esto de parte de destructores de oficio, de quienes no he visto el primer movimiento, el primer aporte de ningún tipo, ni a nivel político ni social, gente que incluso lleva varios años fuera del país y que no tiene ni idea lo que es salir de su casa y encontrarse con un Guardia Nacional que te puede destrozar la vida o simplemente pasar de largo. Que no sabe lo que es el miedo, ni perderlo todo, ni tener que salir con pocas opciones de tu país porque sencillamente un día te diste cuenta que no tenías futuro, ni tus hijos ni tú. Estos destructores que les parece que los muertos son una deuda con la historia y que es lo que tocó, que los dirigentes presos se lo buscaron porque son cobardes y son basura. A ustedes les digo que lamentablemente su superioridad moral y su falta de empatía los acerca más al Hugo Chávez del 98 que al movimiento republicano que hoy quiere recuperar la democracia en Venezuela.

Tzvetan Teodorov en La experiencia totalitaria habla de cómo todos los seres humanos tenemos potencial para hacer el mal. No somos superiores, ni inocentes, ni mejores, cada quien tiene una circunstancia distinta y para nuestra suerte y fortuna, dentro de tanto daño, hemos sido muchos más los venezolanos que no hemos sucumbido ante tantas posibilidades de entregarnos a la barbarie, sea porque nos unimos a la maquinaria asesina o porque sencillamente tiramos la toalla y nos dejamos llevar.

En lo personal, debo decir, que si algo he logrado mantener intacto estas casi dos décadas de régimen chavista es una parte de mi corazón inmune al resentimiento. No he dejado ni que entre en mí el odio, ni las ganas de destruir a nadie, sino que mi energía va en reconstruir mi país y mi vida. Mi idea de justicia no es dañar, es subsanar. Me sigo alegrando por los demás y sé, que aunque tenga diferencias emocionales, personales y de ideas con dirigentes y ciudadanos, hasta con mis amigos, soy capaz de trascender esto cuando alguno de ellos está amenazado y brindarle mi solidaridad. No es fácil, y no siempre me he sentido así. No siempre han sido mis sentimientos tan limpios. He dicho cosas que no podría recoger, he dañado, he insultado y probablemente lo vuelva a hacer, pero si soy capaz de recoger mis palabras es porque no me creo superior a nadie, sé que en cualquier momento puedo y volveré a fallar.

No estoy de acuerdo con la retribución, ni el escarnio público. Estoy harta de la superioridad moral y la destrucción constante. Harta. No me infunde respeto quien la aplica. No siento que es más ilustrado, ni preparado, ni mejor, el que usa su pasado intachable para destruir a quien más allá de sus errores hoy está luchando por el país. Me da de hecho tristeza ver que esa podría ser la piedra de base para la construcción de una república porque así lo que haremos será sembrar nuestro futuro sobre lo mismo que nos trajo aquí: el revanchismo, la falta de justicia, el chisme, la falta de honor, solidaridad y un verdadero concepto de justicia.

Critiquemos, cuestionemos, pero estemos claros de una cosa, nosotros también nos equivocamos, así que cuando alcemos la voz en contra de alguien pensemos en cómo nos gustaría que nos critiquen a nosotros. Destruir como si fueras dueño de la verdad y de una moralidad intachable no te hace más inteligente, ni mejor, sólo te convierte en un destructor de oficio. Uno más de un montón. 

jueves, 22 de junio de 2017

Día 3 - De una nueva forma de compañía

Es el tercer día desde que me caí por las escaleras, me operaron y me pusieron un yeso. La vida de repente es un golpe. Si uno está acostumbrado a tener las cosas bajo control de pronto sentir que estás sujeto al dolor, dependiente de otros y que no te puedes valer por ti mismo es como una cadena. Me da rabia, porque justo ahora comenzaba a poner en orden muchas cosas. Una operación, una lesión, un frenazo de este tipo, una receta de reposo y de medicinas que dan sueño y causan fatiga sin duda que lo obligan a uno a cambiar el ritmo.

Hay quien dice que los accidentes son avisos del destino, que cuanto estas cosas pasan es porque hay una señal por ahí que te está avisando que debes bajar la marcha y mirar a tu alrededor. La calma nunca ha sido uno de mis fuertes. Cuando veo algo que quiero, generalmente soy como una locomotora. Por otro lado, hay cosas que quiero de las cuales a veces me siento alejada, como trancada, como si tuviera que llegar a un lugar y no pudiera salir de mi casa porque frente a la puerta hay un río enorme, crecido y que para atravesarlo necesito recursos, ingenio, paciencia, no nada más las ganas y la valentía.

Esa ha sido mi historia durante varios años. Las cosas me parecen más difíciles que lo son, pero por otro lado no son tan sencillas como parece. Es como una canción de Ricardo Arjona, lo siento. Pero son ganas de decirlo todo a la vez. El caso es que de pronto me encuentro con las piernas estiradas, la computadora entre las piernas, el tiempo vacío, pero lleno a la vez. Es demasiado extraño, de pronto una incapacidad es una oportunidad. Mientras haya electricidad en el tomacorriente, la computadora prenda, el teléfono funcione y queden algo de neuronas despiertas quedará algo por hacer.

Desde hace setenta y dos horas mi casa es mi mundo. La diferencia entre el piso de arriba y el de abajo es de un continente a otro. Subir o bajar es cruzar un océano. Lo he hecho a rastras y con las muletas, como quien dice que ha ido a Europa en barco y en avión. Me la pienso. También me la juego, porque desde que me caí y me rompí, y me quedé sin poder caminar como es debido me vi de frente con una suerte de fragilidad que no sabía que tenía por dentro. Ya no puedo ir tras de mi esposo si estamos discutiendo, tampoco me resulta tan fácil recoger algo que se ha caído al suelo. Salir es una batalla campal y siento que las horas pasan con una lentitud que sólo me habían reservado anteriormente para los trancones del tráfico.


Mis días se han ido entre algunas actividades y el nuevo aprendizaje de una cotidianeidad desconocida para mí. Usar muletas. Bañarme con una bolsa en el pie. Caminar brincando. Sentir terror de una escalera, ver una montaña, un precipicio, dormir con el ardor de una herida quirúrgica escondida tras férulas y vendajes. Mirar el reloj, tachar un día  y esperar. La gente me dice que escriba. Que escriba y de pronto ante la página en blanco me siento en parálisis total. No es sólo lo que me toca en la personal, sino que mientras miro las horas pasar y trato de darle a mi voz un camino mi país se cae a pedazos. Algún día tendré que contar como mientras la historia sucedía yo tenía un pie sobre almohadas y sacaba tríceps y abdominales para ponerme de pie entre sobresaltos y declaraba una pequeña victoria personal al sentir que dominaba un par de muletas. Pero es lo que me tocó. No hay nada que pueda hacer para cambiar esta circunstancia, me queda esperar y quizás lo más fuerte de todo esto es que me toca enfrentarme a mi propia compañía.