lunes, 1 de febrero de 2016

Carta de residencia en el mercado


El documento que antes era necesario para cualquier trámite burocrático de orden específico resulta que ahora es necesario para ir al mercado. Sí. La Alcaldía de Chacao está poniendo en marcha un proyecto piloto, que ya no sé si es piloto o aprobado, junto al Automercado Luz para organizar las colas que se hacen en sus establecimientos. Se harán dos colas, una para vecinos del municipio,  otra para los extranjeros. Todavía no estoy segura si la condición de extranjero se extiende a los habitantes de Baruta, si empieza en El Hatillo o en Guarenas. Pero se entiende. No es que haya algo en contra de quienes habitan más allá de la zona del automercado, de hecho, hay mucha empatía con la madre de familia que está zanqueando por la ciudad en busca de algún producto regulado. Es que en más de una ocasión se han armado trifulcas y peleas. De modo que la alcaldía, el supermercado, los vecinos, todos están nerviosos porque sabemos en qué puede terminar una pelea en un supermercado. Nadie quiere eso. No lo quiere el negocio,  ni la autoridad, ni lo queremos los vecinos. Lo que queremos realmente es poder comprar lo que necesitamos en paz.

Ahora entiéndase que  comprar en paz no significa hacer una cola tranquilamente. Comprar en paz no es que me digan cuánto puedo llevar de un producto. Tampoco es llevármelo sin necesitarlo, sólo por el hecho de que está allí y puede ser que al día siguiente no esté o peor, llevármelo es día porque si está allí al día siguiente no me van a dejar llevarlo porque ese día no le toca a mi número de cédula comprar. Comprar en paz no es poner la huella digital. Todo eso es humillante, discriminatorio y anticonstitucional. Eso es comprar bajo angustia y estrés. Es un atropello. Es un problema de fondo que trajo este gobierno.

Es lógico que ante toda esta situación tan extraña busquemos un culpable. Justamente lo que hacen estos regímenes es buscar mecanismos de división que nos enfrenten unos contra otros. Es mucho más fácil y cómodo echarle la culpa al bachaquero de la escasez. Es más, resulta mejor culpar al bachaquero que culpar al amigo enchufado que se llevó miles, hasta de millones de dólares en guisos, porque es que “bueno él es mi amigo de toda la vida” “yo tampoco es que voy a juzgar” “tampoco es que tengo pruebas yo no lo vi robar con mis propios ojos” “pero bueno sí, es verdad, pero ellos son chévere, ni modo, y así este país, el que no roba está buscando cómo y si no me voy a quedar sin amigos”. Olvidamos que esa persona saqueó el país de una forma mucho más descarada y grotesca que el bachaquero, que tiene los dólares que eran para comprar eso que nosotros necesitamos y no conseguimos. Dinero de todos nosotros. Patrimonio del país, que ahora forma parte de una cuenta personal. Mientras desde la amargura preferimos culpar al bachaquero. Que tiene responsabilidad, quizás, y que será también responsable en su medida, pero vamos a sincerarnos, no es el problema de fondo. El problema de fondo es el proyecto de este gobierno, que somete a los ciudadanos haciéndolos totalmente dependientes y que los desorganiza al volverlos a todos a la vez cómplices y sospechosos mientras los enfrenta unos con otros.

Lo que preocupa del tema de la carta de residencia es que es un paso más allá a todos los límites y controles que ha puesto el gobierno para comprar. Es además uno que lleva la discriminación a un nuevo nivel, si no vives por aquí no puedes comprar. Pero lo más grave no es el tema de si se aplica o no, de si la Alcaldía, que también debe estar desesperada viendo cómo resuelve un tema que le compete que es el orden público, lo aplica o no. Es que los vecinos mismos están aplaudiendo la medida. La aplauden sin pensar, sin detenerse un momento a reflexionar a comentar, lo grave de una medida que atenta contra la constitución, que nos divide aún más, que nos lleva a legitimar que en ciertos espacios hay ciudadanos que tienen más derechos que otros. Y es que, una cosa es penalizar al bachaquero, otra asumir que todos los que “no viven” en la zona lo son, y que todos los que viven en la zona son inocentes amas de casa. Se presume que unos son culpables y que los otros son inocentes. Se revientan principios fundamentales del derecho en dos colas bien formadas, una con y otra sin documentos. Mientras tanto los vecinos celebran.

Así comienzan los conflictos civiles. Así se termina de fracturar a más nunca una sociedad, cuando pensamos que con los ojos podemos hacer un perfil que revela los valores de una persona. Hay que leer algo de historia, sobre todo de la Alemania Nazi para entender los peligros de acciones como esta. Parecen inocentes y acertadas. Parecen aliviar un mal. Quizás nos convencen de que “ahora habrá más para todos” porque después de todo se está regulando y se está ordenando el desorden que causan otras personas. Dejamos de ver quién es el verdadero responsable y una vez más no le exigimos nada.

Hace un par de meses escuché a Laureano Márquez reflexionar que cuando Chávez se juramentó como presidente en 1998 llamó a la Constitución moribunda, y que eso estaba mal. Era incorrecto hacerlo. Eso era suficiente para anular su juramentación. La juramentación forma parte de la ley, del estado de derecho y el presidente electo está obligado a respetarla. Allí estaba entre tanta gente la presidenta de la Corte Suprema de Justicia, el Presidente saliente, el Presidente del Congreso. Dijeron nada. Lo correcto era haber dicho, un momento, ese juramento es ilegal, o lo hace de nuevo o lamentándolo mucho. El caso no era que luego cambiara la constitución. Se juramentó por la actual y tenía que respetarla. Y lo que sucedió lo sabemos, es que así como respetó la primera, tampoco respetó la que mandó a hacer. Un abuso no puede servir como promesa de actuar correctamente. Claro que seguramente habrían dicho que eran “las cúpulas podridas tratando de…” y por miedo se quedaron callados. Porque ya habíamos olvidado la importancia del respeto a la ley, y la política estaba por encima del ordenamiento jurídico.

Como dice Laureano, así vamos aprendiendo la importancia de señalar lo correcto. Hemos pagado caro el pensar que hay hombres y circunstancias que están por encima de la ley y de los principios de la democracia. Como ciudadanos no todo son derechos. El estado nos debe, pero nosotros también le debemos al país. Toca señalar también lo que no es correcto. Que te exijan  una carta de residencia para comprar no es correcto. No va a resolver nada, sino que va a fomentar más corrupción y más división entre los ciudadanos. Hay que empezar a exigir las condiciones necesarias para que se desarrolle el país en que queremos vivir. Y si el gobierno de turno no quiere o no puede entender los valores y las prioridades de sus ciudadanos, o su proyecto es diametralmente opuesto: se tiene que ir.



jueves, 28 de enero de 2016

Sobre Patria o Muerte

Prometí que iba a escribir mi opinión sobre el libro Patria o Muerte de Alberto Barrera Tyszka apenas terminara su lectura. No suelo comentar los libros que no me gustan, prefiero en general hacer uso de aquello de, si no tienes nada bueno que decir no lo digas. Pero confieso que yo soy así. Sí soy un poco hater. Cuando algo no me gusta, no me gusta y punto. Y lo digo. Sólo que no lo subo a las redes. Quizás es también por aquello de, no le hagas los demás lo que no te gusta que te hagan ti. La verdad es que siento que en este país se ha puesto de moda el rechazo a la opinión que va en contra de lo que piensa o dice la mayoría. Por eso en general me callo muchas cosas con las que estoy en desacuerdo, pero la verdad no dejo de pensar en el flaco favor que le hago a mis lectores cuando me quedo callada y no expreso lo que siento.

Así que empiezo por decir que esto es sólo una opinión. Además, es la opinión de alguien parcializado, porque al ser venezolana la visión de todo esto está parcializada, y lejos de tenerle miedo a eso prefiero reconocerlo. Nunca fui chavista, ni voté por Chávez, ni dudé en hacerlo. Lo que no quiere decir que no entienda o al menos trate de entender por qué, de dónde y cómo surgió un movimiento como este. No soy de las personas que condena a todo el que es chavista, creo que hay que entender por qué tanta gente creyó y quiso el modelo planteado, o al menos la promesa que le hicieron. El problema es en lo que se convirtió y quienes se aprovecharon, que no son todos del PSUV, por eso condeno y me deslindo del deshonesto, el que se ha aprovechado de su condición de poder para saquear el país. Enchufados de todo tipo, algunos en cargos públicos, otros en guisos que uno ni imagina. Que con tanta muerte alrededor ya uno piensa que caben en la palabra asesinos. A mí modo de ver el problema se manifiesta en Chávez, pero va mucho más allá. Y si me preguntan no creo que saliendo de un presidente todo vaya a estar bien, porque nuestro problema no es sólo económico, sino moral, y lo que tenemos que refundar también es la relación con nuestro país, y los valores que nos dan sentido de pertenencia a él.

Ahora, en cuanto al libro, sinceramente pensé que iba a hurgar justamente en esos conceptos. La Patria y la Muerte. Pero no los vi casi por ningún lado. Si bien Alberto Barrera es un talentoso escritor y he disfrutado de sus artículos, incluso cuando he estado en desacuerdo con lo que plantea, como novela esta historia no me llegó. Creo que no funcionó narrado en tercera persona, que la omnisciencia lo puso por encima del lector, y sí, no dudo que él sabe muchísimo más de Chávez que yo. Yo no sé casi nada, pero justamente lo que busco en la literatura, tanto en la ficción como en la no ficción, es un camino de reflexión. No una clase. Me sentí un poco subestimada como lectora con el libro. Mi problema es con el tono. Cuando la novela se pone reflexiva pasa a una cátedra, no un vehículo de pensamiento crítico.

Ciertamente las imágenes son excelentes. Los ambientes están bien creados. Se nota que el autor sabe lo que hace cuando escribe y cómo se imagina la escena que está montando, pero luego no muestra, sino que dice. Y yo necesito que me muestren, porque a partir de que se muestra lo que sucede es que uno se forma una opinión propia. Al final del día la lectura es un ejercicio de libertad. Apreció la idea de mostrar distintos puntos de vista, y en algunos casos, lo logró muy bien. La historia de las mujeres que invaden el apartamento fue la mejor lograda. Con esa me enganché, ya que esos personajes se desarrollan con un poco más de profundidad, con mejores descripciones, y en los momentos en que el autor sí reflexiona lo hace en un tono más llano, sin “saber” tanto y asumir que el lector lo ignora todo. Si la novela se hubiera agarrado de allí el libro hubiese sido otro. Porque después de todo hay tantas novelas como lectores haya, hay tantas verdades como venezolanos hay. Y yo lo que quisiera es una novela que nos ayude a verlas. Algunas son desgarradoras, porque este país es una tragedia crónica. Esto es un espanto que no hemos podido ni asumir, y lo que nos va a ayudar no sólo a intentar a entenderlo, sino a aproximarnos a sanarnos y a reconciliarnos es escuchar nuestras historias.

Por último creo que la novela no es verosímil. Prometo que quise que lo fuera. Que me detuve, de hecho se lee muy rápido pero me di unos días, y dije, a ver …piensa, esto podría ser. Hay un par de historias y algunos detalles que me alejaron, me confundieron y me desconectaron. Quizás porque ya uno tiene demasiado tiempo aquí y sabe cómo son ciertas cosas. Está el argumento de que “la novela es para que los extranjeros entiendan Venezuela”. Bueno pero, yo esperaba otro retrato de Venezuela.

Venezuela es el país que dejó morir a Franklin Brito. Y no hablo sólo del gobierno. Sino del país. Todos lo dejamos morir. Lo vimos ahí. Lo leímos en diarios. En la radio. En las noticias. Venezuela es la tragedia de los hermanos Fadoul. Venezuela es un país donde matan a cuchilladas a dos muchachos y la gente se consuela con, parece que fue ajuste de cuentas. Como si eso nos librara, nos salvara, nos eximiera de algo. Que ni sabemos bien qué es, pero no vemos que es el horror de echarle la culpa al muerto. Ya que el asesino legalmente no la va a tener, entonces la justicia tiene que ir a parar algún lado, y siempre termina en el del que no puede defenderse.  

Este es el país en que una muchacha que daba clases de yoga a una amiga se llevó una mañana de Jueves Santo a su papá con una hemorragia en un taxi, y el taxista los mandó a bajar porque le ensuciaban la unidad. La muchacha desesperada paró un carro, y el carro que paró estaba manejado nada más y nada menos que por un miembro de un colectivo. Cuando llegó a la emergencia del hospital, el médico de guardia, cansado, después de una noche espantosa, trágica, sangrienta, harto ya de operar a punta de pistola le dijo que lo lamentaba pero que él no lo iba a atender porque no atendía a más miembros de colectivos. A lo que la muchacha lloraba desesperaba e intentaba explicarle que sólo le habían dado la cola, que ella no tenía nada que ver con el conductor,  mientras el tipo del colectivo sacaba un arma y apuntaba al médico. Mientras discutían el señor murió en brazos de su hija, en el suelo. El médico no quería firmar el acta de defunción, pero cuando vio que en efecto le iban a disparar optó por hacerlo. Porque ya sabe que al final sí que disparan. Y que después de todo al final aquí todo es vida o muerte. Todo. Desde poner un pie en la calle, hasta hacer tu trabajo o negarte a hacerlo. Y lo peor es que leemos y vemos cosas como esta y nos dedicamos a juzgar. Porque además eso somos. Como quizás yo juzgo a Barrera. No lo sé. Pero yo siento que tenemos que conocer más historias y menos teoría. Porque la teoría no es nada sin el detalle. Sin estas vidas que se nos han vuelto no vidas.

Que vean Venezuela afuera…Y ¿Qué es Venezuela? No lo sé la verdad. Honestamente. Ya no sé si es un recuerdo o si es un espejismo. Si es un ideal o unas ganas. Un proyecto. No sé si es un sueño. O una ilusión. Sé que todos los días tengo que decidir con qué parte de la realidad me voy a quedar para no reventarme. Sé que la amo y me quiero quedar, pero también que me quiero ir corriendo. Que me pregunto ¿qué carajos hago aquí? ¿qué más tiene qué pasar? ¿qué hago? Para que trabajo, para que educo, qué harán mis hijos si crecen honestos en un país en el que pareciera que lo único que sirve es ser malandro y mediocre. Luego digo que no me puedo rendir. Y no sé por qué. Pero NO puedo. Entonces juego a La vida es bella con mis hijos, porque no quiero robarles su inocencia, porque me niego a contarles una Venezuela que teman, como yo la temo. Porque incluso me conecto con un amor profundo con mi país, porque lo cuento bonito, como yo lo quisiera y lo visualizo, y digo sí. Es posible. Tiene que ser posible. No quiero que teman de todo el mundo, ni que sospechen, ni mucho menos que juzguen. Hace nada leía a alguien que decía espantada, que ella sabía quienes iban a bachaquear a su automercado porque los veía por cómo estaban vestidos. Y comencé a redactar algo, a contestar, porque por más exagerado que suene pensé en la Alemania Nazi. Y me dio dolor. Pensé este país se acabó. Esto no tiene remedio. Porque el día que alguien piensa que sabe quién es otra persona, qué hace, qué la motiva, si roba o no roba, si tiene derecho o no, si la declaras tu agresora sólo por su apariencia, ese día la sociedad está quebrada. Ese día sabes que no hay patrimonio cultural, ni de pensamiento. Y yo, una gran culpable y cobarde, lo reconozco, cometí el pecado de quedarme callada. Porque no quiero discutir, ni pelear, ni crear polémica, porque vale chica, ¿qué resuelves peleando por Facebook? Nada, tiene razón, no sirve de nada. Y así se va callando un país. Así nos callamos cuando condenaron a Simonovis, a Forero y a Vivas, que por cierto ese día en Maracay la única que estaba era Maria Corina Machado. Y saben por qué lo sé. Tampoco hicimos mucho cuando se llevaron a Leopoldo. Y si digo Renzo Prieto, ¿saben quién es? Y ni hablemos de Cristián Holdak, que ya tanta gente le quería morder la yugular por haberse ido. Y yo lloré de emoción. Y pensé en la película Fargo. Debe haber sido así. Y la vida de él jamás será la misma, y yo le debo. Le demo demasiado a ese muchachito, que más güaramo que yo tuvo. En todo. Ni hablar de los que han muerto. Y de sus madres. Que ya no los tendrán. Nunca más. Porque la muerte es definitiva. No tiene reverso. Ni solución. Nada.

En fin. No pretendo absolverme de nada, porque la verdad no creo en la inocencia al cien por cien, creo que siempre pudimos hacer más. Creo que como testigos tenemos una responsabilidad. La responsabilidad de contar.

Por último si me gustaría decir que creo que al autor merece un libro mejor editado. Y eso ya no es cosa de él. Está plagado de errores, tantos como los que pueda tener este blog. Sinceramente, creo que al menos han podido corregirlo con más cariño, con más respeto hacia los lectores. Porque humanos somos todos y uno lo entiende, pero cuando ya parece que fue todo a las patadas uno siente, y lamento el victimismo actual, eso de que ya a los venezolanos no nos toman en serio. Me pregunto qué haría Vargas Llosa si le entregaran un libro así. Y sí. Yo creo que a Barrera deberían darle el mismo trato. ¿Por qué no? Yo quiero vivir en el país en el que se exige lo mejor.


Para cerrar. Respeto a quien el libro le haya gustado. Como menciono, libros hay tantos como lectores haya. Esta es mi opinión y es mi deseo. Y es cierto que a todos nos llegan cosas distintas. Lamentablemente este no era libro que yo creía. Y eso es todo.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

6D: Triunfo de los ciudadanos

“Si puede encontrarte con el triunfo y el desastre,
Y tratar a esos dos impostores de igual forma”.

Así dice uno de los versos de la poesía Si, de Rudyard Kipling. Una poesía que habla sobre aquello que necesita una persona para llegar a ser hombre (o una mujer). En Venezuela quienes nos oponemos a este régimen, y que hemos estado en desacuerdo con sus políticas desde el comienzo en 1998 sabemos bastante del desastre. Quizás finalmente aprendimos a encontrarnos con él, o quisiera creer que ha sido así y que ese aprendizaje es lo que nos llevó al triunfo.

En una coyuntura como esta, en un momento tan complejo, la verdad nadie la tiene en la mano, sino que está compuesta por fragmentos tan pequeños que a uno le cuesta hacerse una imagen sólida de la realidad. Son demasiadas preguntas, demasiados actores, y sobre todo demasiado en juego. Es casi imposible ser objetivo y pensar fríamente.

Si algo comprobamos el 6 de diciembre de 2015 es que los ciudadanos tenemos la última palabra. Y no quiere decir que el CNE aceptó por las buenas y que todo fue un proceso tranquilo y normal: una fiesta democrática. Creo que mucha gente no termina de entender que detrás del primer boletín hubo gente que dio todo por el todo, que no siempre las cosas estuvieron claras y que de no haber triunfado la presión ciudadana estarían hoy escribiendo un capítulo muy amargo en su historia, como ya ha pasado en otras elecciones.

Dicen que la derrota es huérfana, y que la victoria tiene muchos padres. Cuando se pierde generalmente el mal perdedor, o el animal político, se levanta buscando señalar al que pueda para librarse de la culpa ante la mirada de la gente. En la victoria es distinto, todos quieren adjudicársela al completo. Es quizás humano. Lo que me preocupa es que en este caso no sean tanto los políticos, sino los mismos ciudadanos poniéndole cara a la victoria, y esa cara no es la nuestra. Es como si no quisiéramos asumir ni la cuota de gloria que nos toca, sino que estamos tan acostumbrados a seguir a un líder que tenemos que ponerle una cara, y darle las gracias. Para algunos es un militar, para otros un civil, para otros quién sabe. El caso es que las redes están inundadas de gracias a terceros, algunas muy válidas, pero con poca mención a los ciudadanos. A sí mismos. A pesar de los riesgos, de los nervios, del hecho de que en una elección si la gente no participa no sirve de nada.

No sé qué pase con la Asamblea Nacional. Es de una ingenuidad muy peligrosa, y que el gobierno puede aprovechar, pensar que aquí todo está resuelto. Venezuela ya cambió. Es decir la gente. Pero ahora faltan las instituciones, y con las instituciones la economía, y con la economía, la cultura, y con la cultura la sociedad. Y así.  Ese cambio también depende de nuestra mentalidad, de cómo vamos a comportarnos como ciudadanos. Debemos exigirles a funcionarios y políticos que hagan su trabajo, pues son servidores públicos. Que cumplan con la ley, y sobre todo con el compromiso que están contrayendo con el país, que no es por un partido, que no es por un nombre, que no es por una sola idea, que no es por un solo liderazgo, ni una sola cara, sino por un proyecto conjunto. Es una nación que lo se quiere refundar, y allí tienen que tener cabida todos los ciudadanos, algunos que son afines a nuestras ideas y sí, algunos con una manera muy distinta de ver las cosas. Al final nos une el gentilicio y la condición que establece la constitución de que todos somos iguales ante la ley y que nuestros derechos fundamentales deben ser respetados.

A veces pareciera que el caudillismo está demasiado arraigado en nuestro ADN. Que pase lo que pase queremos que sea alguien, una sola persona, la que se lleve el crédito. No sé si será una cuestión de seguridad o de comodidad. O más bien una mezcla de ambas. No es culpa mía, si es de otro. No tengo demasiado que pensar si sólo sigo las ideas de este, que es mí líder. Llámese como se llame. Esa constante necesidad de otorgarle la infalibilidad a alguien y de seguirle como sea, de no aceptar otros planteamientos. Mientras, el país se cae a pedazos y nos sumimos en el desencuentro, porque a pesar de que la voz del país fue clara el día de la elección: queremos libertad, al día siguiente queremos someternos de nuevo a una única idea. Y una única idea, del color que venga, será siempre una forma de sumisión.


Venezuela quiere libertad, pero me da miedo pensar que por ahora sólo se refiere a libertad económica. Aún queremos renunciar a la libertad de pensamiento, aún nos cuesta ver lo que tenemos delante de nosotros. La lectura principal del triunfo es que el esfuerzo, el aporte, la contribución de todos los factores es necesaria. Que aquí ganó una alianza, que la gente no votó por un nombre, ni por una mesa, ni por un color, sino por un movimiento, por un cambio, por un nuevo rumbo.  Así como lo ejercimos ese día debemos ejercerlo en nuestra actitud, asumir nuestra responsabilidad y reconocer el papel que cada quien ha jugado en la victoria parlamentaria. Si no, nos vamos a fracturar de nuevo, y el fracaso ya sabemos como es. La unidad no se limita a la batalla, se debe ejercer en la victoria. La unidad no es sólo una mesa, no son sólo políticos, es la sociedad civil la que debe permanecer unida, y la que debe unir a sus políticos. Exigirles que se unan, pero sobre todo, que se respeten.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Sobre los maestros





La educación académica es vista en general como medio de proporcionarles a los hijos herramientas de subsistencia. Te mando al colegio, a la universidad, para que seas "alguien en la vida", porque con nacer no es suficiente para ser persona. Sí. Debatible y filosóficamente peligroso, pero en todo caso,  el enfoque general hacia la educación hoy en día es materialista, cosa que no es culpa de los padres, sino de un sistema que va restándole importancia al aspecto humanista de la educación. 

Comienzo a dudar  sobre el objetivo que tienen en mente muchos padres a la hora de aproximarse a la formación de sus hijos. No sólo son las reuniones y consejos de padres vacíos, sino un trato despectivo hacia los maestros, casi menospreciando su trabajo y la apreciación hacia la profesión. El maestro es el pilar de la educación de nuestros hijos. Es, debe ser y tiene que ser un profesional. Para llegar a ser un buen maestro se requiere lo mismo que para llegar a ser un buen ingeniero o médico, estudio, trabajo, constante investigación. Si muchas veces no vemos que este es el caso es porque se ha convertido en una profesión con poco retorno, que se hace poco atractiva, tanto económicamente -sí, la verdad es que sí, el maestro de sus hijos también trabaja porque quiere ganar dinero, como cualquiera, como usted.- como por el poco prestigio que tiene hoy en día. 

Me he dado cuenta que muchos padres asumen que el colegio de sus hijos es una especie de guardería más compleja. Si su médico se va a una convención y cancela las citas lo entienden, pero si el maestro tiene que hacer un curso para prepararse, entonces es el Apocalipsis, como si esa preparación no fuese a ser beneficiosa para sus hijos. Mientras mejor preparado el maestro, mejor educación recibe el alumno. Claro que, los padres quieren que el maestro sea Einstein en matemática y ciencia, Carrera Damas en historia, Vargas Llosa en literatura, Picasso en arte y Mozart en música, que le haga sombra a Dr. Phil ante el manejo de cualquier problema y que imparta la disciplina como la Maestra Ximena de Carrusel, que aguante nuestras quejas como una virgen polaca, sea porque el niño hizo la tarea o porque no le puso demasiada, que entienda incluso que a veces nosotros sabemos más de pedagogía que él, aunque él haya estudiado para eso y nosotros no.

Para que la educación sea exitosa desde todo punto de vista los maestros necesitan apoyo y respeto de los padres, y diálogo en el desacuerdo. Hace falta que los padres escuchen a los maestros y que sepan hacerse entender con respeto, nadie conoce a nuestros hijos como los padres, pero a veces el maestro pasa más tiempo con nuestros hijos que nosotros, y aunque nos asuste perder el control hay facetas que nuestros hijos muestran sólo cuando no estamos.  La visión del hogar no siempre será la misma que la del colegio y justamente el reto y la cooperación entre ambos está en lograr un equilibrio. Porque ni el colegio va a formar a los hijos por los padres, ni los padres van a suplir la labor académica del colegio. Desconfiar, usurpar, criticar de forma constante, negativa y desinformada al maestro daña a una sola persona: el alumno, nuestro hijo. Sí, cuando usted vitupera de su escuela o de la maestra del niño, la menosprecia abiertamente en un chat o en una conversación usted está haciendo un daño a la educación de sus hijos. Y no es que los padres no tengamos voz, es cómo la utilizamos.


Un sistema educativo es tan bueno como su recurso humano, y el futuro de un país depende de su sistema educativo. Lo que es más, el cómo el niño aprende a ver y a respetar a su maestro tendrá repercusiones en su formación universitaria. En nuestro país que las universidades están tan golpeadas, parte de la indiferencia ante el drama de los profesores es que la importancia de su labor no forma parte de las proridades del colectivo. Sí, es cierto, en un país donde no hay catéteres ni alimentos básicos cuesta ver la educación como una prioridad. Pero lo es. Es la prioridad, porque en la manera que logremos ser conscientes de lo que hemos sido, de lo que somos, a dónde vamos, en la manera que logremos utilizar las herramientas de pensamiento para recuperar nuestra identidad y nuetra autoestima tendemos chance a un mejor futuro. 

Pensemos sobre los maestros, redefinamos su rol en la sociedad, y sobre todo como padres nuestra actitud hacia ellos.