martes, 16 de septiembre de 2014

Estar triste en uno de los países más felices del mundo

Mis queridos lectores. Prometo que después de este vendrán otro tipo de posts. Más libros. Y otras cosas de la vida. Instrucciones para hacer arroz blanco, por ejemplo. 

La gente habla, dice comenta, todo el mundo tiene una frase de preocupación en los labios. Claro que viene seguida de una sonrisa, un comentario lleno de humor y otro lleno de esperanza o plagado de premoniciones que son mitad lo que uno más teme y la otra mitad lo que uno más desea. Somos profetas a nuestra propia conveniencia. Es sólo algo que se hace para poder sobrevivir. Después de todo, nadie se queda en un país que se derrumba por suicida, sino porque lo ama o porque su realidad es que no tiene otra opción.

Sin embargo la tristeza está devaluada. Entre comentarios de desahogo cae una lluvia de gritos de “¡Animo!” “¡Esa no es la actitud!”. Yo lo entiendo. Y pido disculpas. Sé que a veces canso y molesto, pero esta es mi realidad. Yo estoy triste.

Lo entiendo, mucha gente lo toma como un desprecio, una pérdida de tiempo y una demostración de debilidad. Es que los hombres no lloran. Los venezolanos menos todavía, si nosotros enfrentamos todo con alegría, con una forma muy “nuestra” de ver las cosas, en todo vemos un chiste, tenemos ese “humor”.  Y lo entiendo, en eso también hay una forma de supervivencia, de defensa. La negación, el estar absorto, aislarte, también lo he dicho, yo sé que para no hundirme en esta arena movediza hay que construir una cueva.

Es imposible, por más que uno quiera, armarse toda una realidad paralela. A menos que cambiemos la tristeza por la forma más abierta de demencia. Eventualmente el avestruz tiene que sacar la cebeza. Abres los ojos, el periódico, la computadora, el teléfono, los oídos la boca, es muy difícil mantenerse intacto.  Cada titular es una gota de ácido que desfigura el alma. Hay vidas rotas en todos lados. Para algunos una maleta, un pasaporte, una visa de larga estadía es una bendición, y sí que lo es, no es el fin del mundo y es un camino de lleno de oportunidades. Pero es también una ruptura. A veces definitiva. Y eso lo sabe quién se ha ido, quien ha visto la mirada del que se queda atrás. Emigrar es reventarse, por más que uno quiera llenar de sonrisas vía Skype el camino.

Ni hablar del resto. Qué decir ante la gente que llora en las farmacias. Qué decir ante los tiros que cayeron en estos días en los cuerpos de gente que no vivía buscando la muerte.  O tal vez todos vivimos haciéndolo, pero eso ya es un tema filosófico, el problema aquí se ha vuelto cotidiano. Casi fastidioso, no un cuento más por favor. Cierra eso. Nos vamos a enfermar todos y no vamos a revivir a nadie.

Es la moral que se nos quiebra. Es cómo nos derrumbamos. Los países no se acaban, las vidas sí. Las que ya no laten y las que quedan atrás, con el luto y el dolor a cuestas. Y las nuestras, las que intentan no ver, no pensar, se felices, sonreír a toda costas, adivinar el futuro, no aferrarse al pasado, aceptar, y punto. Sin preguntar demasiado y exigiendo cada vez menos. Aquí hay gente que se retuerce de lágrimas y dolor, que no sabe qué hacer con la injusticias, con la impotencia, con la vida rota y cada vez menos gente dispuesta a llorar con ellos. No digo a inmolarse, pero al menos acompañarlos, al menos a levantar la mano y decir, yo te ofrezco mi hombro, mi empatía. Al menos eso. Si acaso, aquí lo que nos estamos acostumbrando a ofrecer es un dedo para señalar culpables y una mano para callar la boca del que dice lo que nos molesta.

Algo dentro de mí quiere y necesita hacer un duelo. No significa que vamos a claudicar, pero en este país demasiada gente sufre, y aunque uno puede agarrar el sufrimiento ajeno y montarse todo el peso del mundo en los hombros, el oído no puede ser tan sordo. Cada quien hace lo que puede para sobrevivir. Cada quien hace su cueva, arma su espacio, se abraza a sus seres queridos. Pero en estos días miro a los míos y tiemblo. Porque a veces no sé que esperar de la vida, ni qué darle.

Ciertamente en la vida hace falta ánimo, optimismo, buenas energías, sonrisas. Pero también hay un momento para enfrentar la tristeza. Creo que muchos estamos desconsolados y perdidos. Creo que muchos sentimos que somos una generación estafada, que se quedó a la deriva entre la lucha por la libertad y la libertad para luchar. Creo que muchos sentimos que no encajamos ni adentro, ni afuera, que tenemos que buscar un espacio de realidad con su dosis de alucinación para encerrarnos ahí. Creo que además tenemos que aceptar que ni el país, ni el mundo va a ser lo que esperábamos y lo que es más, que el país y el mundo esperan mucho más de nosotros.

Habrá que levantarse y mirar las cosas con fuerza, dar la cara y demostrar de qué estamos hechos. Habrá tiempo para construir el país más feliz del mundo, no el de la casilla veinte, el de la casilla uno. El que supere toda las expectativas. El que soñamos y el que sí merecemos ¡Carajo!, pero mientras tanto yo estoy triste.


Y lo acepto no sólo porque no tengo otra opción para liberar mi alma, sino porque incluso desde la tristeza se construyen cosas grandes.

Booktubing 1

Me preguntan mucho por mis Círculos de Lectura. Algunos están full. Otros se dan en espacios y horarios a los que no todo el mundo puede llegar. Queda la web. Y por aquí podemos discutir y compartir libros. Así que les lanzo esto: Mi primer intento de hacer lo que llaman "Booktubing". Comencé con Divorcio en Buda de Sándor Márai, es el libro que se va a discutir este mes en La Sopa de Letras. 

En realidad pensé que se me iba a hacer más fácil hablar sobre libros que escribir sobre ellos. Aquí me pegó la brecha generacional porque, tengo problemas para grabar -creo que el equipo no es el más adecuado- y una vez que vi la luz roja me puse nerviosa y me salió todo al revés. Empecé a pensar "¿qué carrizo estás diciendo?" Me enredé. Tuve que grabar varias veces. Y al final repito "altamente recomendado" porque no sabía cómo cerrar. No quiero usar guión porque la idea no es narrar sobre libros como si fuera El Observador. La idea es ir abriendo espacios para discutir libros. 

Sin embargo, grabé este último y dije, este queda. Tiene que haber una primera vez. Iremos mejorando. 







lunes, 8 de septiembre de 2014

Goodbye Caracas



En estos momentos alguno de ustedes está haciendo un inventario mental de sus posesiones, talentos y posibilidades. Alguno está llamando a una embajada, un primo o un conocido que tiene varios años con una arepera, un restaurante, una bomba de gasolina, una distribuidora o algo que se le parezca. Alguno está en plena entrevista, en plena negociación, en plena búsqueda. Alguno está con trámites, documentos. Alguno organiza una venta, busca a un señor que vende carros y habla con un corredor inmobiliario. Alguno se sienta y vuelve a revisar la tabla de Excel y saca cuentas, tantos meses, tantos gastos, lujos menos, tantas limitaciones, otras libertades. Alguno saca también la cuenta emocional, pero esa pesa menos frente a lo que vivimos. O tal vez eso se dice, para no sufrir tanto. Alguno escucha una historia, o vive algo, mira una cara, siente una explosión de adrenalina, y se convence, si es que ya no lo estaba. 

En este momento alguno de ustedes planea o ejecuta la emigración.

En estos momentos alguien los escucha o los lee. Cuelga el teléfono o apaga una pantalla. Mira su cuarto, su oficina, ¿qué harías con esos arbolitos de madera? No te cabría todo en las cajas. Recibe una llamada de su mamá y piensa, menos mal que mis viejos no se han ido. Igual uno se siente solo. Porque del colegio sólo quedan dos, de la universidad no queda ninguno, al menos no de los más cercanos, porque el vigilante del edificio sacó a su familia a Colombia, porque alguien en el trabajo renunció, porque en salón de los niños este año no regresan todos, porque aquella maestra que soñábamos con que le diera clases a nuestros hijos también ahora escribe desde Canadá. 

En estos momentos alguien recuerda que olvidó el cumpleaños de alguien querido que está lejos. En estos momentos alguien recuerda que no ha llamado a fulano que está a siete mil kilómetros, quedamos en hablar por Skype, pero cuando yo puedo él no está, cuando él puede yo estoy con todo ardiendo. Lo que me pasa no lo puedo contar por Whats App. Y siento la distancia. Me muerde. Me pesa. Y no quiero hablar. ¿Para qué? Es demasiado vasto lo que la voz tiene que recorrer. Es mentira que se siente como si estuvieras aquí mismo. Es mentira. Ahora al menos, no. Ahora lo quiero todo. La presencia y el contacto y mira que yo no soy de estarme pegando a la gente que quiero. 

No hay cómo describirlo. Uno siente que perdió una parte de sí mismo. La vida que se queda atorada en algún momento como esa vez que te apareciste en el velorio del papá de ese amigo con quien no hablabas tanto, pero visto el obituario y en nombre eso que fuiste te  presentaste, y no sabes qué te pasó, ni que habrán pensado los tíos lejanos que te creías, pero se te aguaron los ojos y tuviese que enjuagártelos cuando lo abrazaste. Porque nos ponemos viejos, y te diste cuenta de que los más cercanos estaban en Panamá, o en República Dominicana y él te contó lo surreal de un grupo que se llama Papá de X, sabes para saber cómo estoy, acompañarme, es raro, pero es una forma. 

¿Y qué pasa con lo demás? Las partidas de poker. Los almuerzos de los viernes, ese que llaman el almuerzo adeco porque dura horas e incluye alcohol.  Esa primera comunión a la que fuiste a cumplir, pero donde al menos sabías que habría una cara conocida. Alguien a quien decirle, yo no conozco a nadie aquí. Las tardes en casa de esa amiga. Los niños jugando, aquel chiste. Por enésima vez el mismo chiste. Una risa fácil, sin importancia, una duda sobre la vida, sobre la maternidad, sobre la pareja, sobre uno mismo. Un empuje a hacer dieta o esa amiga que siempre trae una tentación para hacernos engordar. Los clubes de lectura, las recetas improvisadas, los datos sobre dónde comprar ese quesito, las molestias ocasionales, los desencuentros temporales, las torcidas de ojo, las reuniones improvisadas, las borracheras, lo bailado, lo reído, la forma tan fácil como los amigos se ríen de nosotros y nos invitan a reírnos de nosotros mismos. Esa caricatura que hacen de uno, que te sirve como espejo para no tomarte tan en serio.

Ese saber que  no estás sólo.  


De pronto eso ya no está. Ha cambiado y ha mutado. Porque quienes le daban vida se han ido. El teléfono no suena para lo mismo. La agenda está como la calle, vacía a partir de cierta hora.   Ves el directorio de teléfono sin saber  qué nombre apoyar, ni qué decir. ¿Es que fulano sabrá que si yo no llamo no es que no lo quiero, es que yo soy así? Porque sabes que varias fronteras más allá hay alguien que entiende perfecto que tu distancia no es tu desdén.

Lo que más me duele es sentirme en este lugar cada vez más desierto.


Así que les pido, a todos ustedes, a mis amigos, a mi familia, si se van, vamos a jugar a GoodBye Lenin: Goodbye Caracas. Me van a decir que lo están pensando pero que no se han decidido. Me van a decir que celebre mi cumpleaños, cuando llegue me dirán que no fueron porque les dio dolor de barriga. Me escribirán para decirme que en tal mercado hay leche, no importa, cuando yo llegué tal vez no haya, pero le echaremos la culpa al gobierno. Me dirán que hace calor o que qué bello el Ávila hoy, porque en Caracas todo eso es verdad en algún momento del día. 

Me dirán que el periódico no dice nada. Que no pudieron irme a visitar por el tráfico. Que almorzamos la semana que viene. Que en estos días salimos a cenar. Me dirán que están viendo a dónde se van de vacaciones, pero que está duro conseguir pasajes. Me dirán que les encantaría estar en mi club de lecturas, pero que les queda lejos, pero que se leyeron el libro. Me contarán del libro. Hablaremos vía Twitter, vía Facebook, vía Instagram como si estuviéramos aquí. Yo les pido monten toda la parafernalia de que no se han ido. Pídanle a alguien que prenda las luces de su casa, al menos de vez en cuando, y si yo paso por ahí les voy a escribir. Aquí estoy, no subas tengo un gripón. Con eso yo me alejo. Cuéntenme un chisme, como si estuvieran aquí, y díganme sí, que lo vieron con sus propios ojos. La gente dice mentiras todos los días, esas no salen tan caras. En serio que no. Díganme que planean una fiesta, que luego se cayó por cualquier cosa y de nuevo le echaremos la culpa al gobierno. 


Vamos a jugar a Goodbye Caracas. Tarde o temprano tocará ver la estatua del pasado caído volando por la ventana. Pero por ahora necesito que sea más tarde, este tsunami de adioses me está ahogando. 

sábado, 6 de septiembre de 2014

Está permitido volar

-imaginando una ciudad que no es-

Sueño que dejo el carro estacionado en una de las avenidas de Los Palos Grandes. Pueden ser las once de la mañana, o las cuatro de la tarde. No me fijo. Creo que lo dejé abierto, pero qué importa, las probabilidades de que lo abran son pocas. Se pueden robar una pelota, una caja de analgésicos, unos recortes de periódico, una revista, ¡Ah! Y el último libro de Murakami. Eso sí me duele. No hace demasiado calor. De pronto una brisa. Me volteo. Un pedazo de Ávila. Carros que van. No se escuchan demasiadas cornetas. No hay tanto olor a monóxido de carbono, salvo cuando pasa un camión. A lo lejos una sirena. Un par de personas me pasan caminando. Dos mujeres. Van lento. Hablando despreocupadamente. Ese deje del acento venezolano en mi oreja, el tono de voz y la mirada de la interlocutora. No reparan en mí. Ni en nada de lo que sucede. La otra tiene una gesticulación tan teatral. Es un chisme seguro. Pienso en seguirlas, porque creo escuchar algo como "entonces él...". Sí. Es un chisme seguro. Me encanta enterarme de las cosas de los más. No de todos los detalles, pero sí lo suficiente para inventarme toda la historia en mi cabeza. Se enamoraron. Se prometieron. Uno mintió. El otro lo supo siempre. Uno quiere dejar. El otro también, pero no sin salir tumbando la puerta. Alimento para mis amigos imaginarios. ¿Y tú de dónde sacas tantas cosas? No sé. Mi psiquiatra está tratando de abordar el tema. Hablamos mucho de eso. ¿De política? Jamás. 

Un heladero. Un taxi. Una gente que come en unas mesas puestas en una acera. Un grupo de gente ve un partido de algo en una pantalla enorme en una plaza. Anuncian una feria de no sé qué. Pero igual voy a ver porque me encantan las ferias. Vitrinas. Ofertas. Diligencias pendientes. La alteración de un pantalón. Reparar un teléfono. Recargar el cartucho de una impresora cansada, "mira yo no soy la que debería estar imprimiendo lo que escribes." Librerías. Papelerías. Un anuncio de un local en alquiler. Una llamada. Las cuentas. Ni voy a pensar en eso. Pero lo tienes que hacer. No. Sólo imagínatelo. Es aquí. Aquí se camina mucho, y lo veo perfectamente, una barra, estanterías, y yo detrás. Una gran máquina de café. Productos artesanales. Deliciosos. Libros de todo tipo. Clientes asiduos. Sus vidas extendidas en mi barra. Convertida en psiquiatra de hecho. Consultora sentimental. Eventualmente voy a poner el letrero, Se escriben cartas de amor y abajo: Se reserva el derecho de exigirle que compre una cerveza. Abrimos para desayuno, yo le digo a mis socio, sí ese amigo que prepara unos huevos benedictinos que le van a costar el cielo porque Dios no admite competencia. Ese, va a atender mientras yo voy a comprar el periódico el domingo en la mañana. 

Lo abrimos con el tercera café en la mano. Café venezolano. Producto de exportación, dice el paquete. ¿Qué si lo vendemos? ¡Claro! Empresas que abren. Fábricas. Los titulares son puro color. Las tragedias del mundo están a un océano de por medio. Vamos a recoger útiles escolares en septiembre y regalitos de navidad a fin de año para ayudar a los que no tienen tanto en nuestro propio país. El petróleo ayudó. Aunque como siempre hay políticos demagogos y de mierda. El viejo de la Corte Suprema de Justicia es un señor. Si esta fuera la época de los caballeros andantes él sería uno de esos viejos con armadura que saca la espada y todos se inclinan. He debido terminar la carrera de derecho. 

Vamos a Quinta Crespo el jueves. Es un plan. Vamos a ir a ver ese mercado. No es tanto un mercado, ahora parece un museo. Remodelado. Juan mi amigo, montó una importadora de alimentos y ahí tiene un puesto. Vende como quince tipos de tomate. De todos colores. Vamos a hacer un plato que sea sólo tomate. Vamos a comer. Vamos a beber. Vamos a hacer una fiesta por la sencilla razón de que no la hay. Estamos vivos. Eso es todo. No cumplimos con nadie. La tristeza siempre está ahí claro. La vida no es perfecta. A veces no alcanza. A veces hay trabas. Un burócrata imbécil. Una mala decisión. Un golpe que se escucha. Un grito que no salió a tiempo. Un falta de respeto. Pero en las redes sociales se habla de otra cosa, no de quién es el bueno y el malo, si quien es el bonito y el feo. O algo así. O igual nos juzgamos, pero no como si la infamia dependiera de ello. No es que somos felices, simplemente no tenemos tantas razones para quejarnos. 

Vamos al mar. Dormimos en la playa. Vamos al parque. Dormimos en lo que ahora es una especie de bosque espeso. Hay un lago artificial y puedes alquilar barquitos. Puedes comer en un restaurante al borde del agua. En lo que alguna vez una base área. De vez en cuando hay cosas que vuelan. Mira, Clara, ¿por qué no montas un tarantín de lectura aquí? ¿Tú dices? Sí. Y le decimos a Vargas Llosa que venga. ¿Te imaginas? ¿Y por qué Vargas Llosa? No sé. Creo que es el tipo que le gustaría algo así. No nos va a parar ni medio. Pero se puede soñar, ¿o no? Acompáñame al banco. Y vamos a hablando. Vamos a pie. El problema con caminar en algunas partes de Caracas es que no es una ciudad plana, pero el cielo es infinito. A veces pareciera que el universo no existiera del otro lado. Que este planeta fuera todo. Este cielo lo abarca todo. 

Amamos. Somos. Vivimos. La vida es algo. Pasa y no pasa. La tranquilidad es absurda. Y nos llenamos de poesía e inventamos la locura para que no nos atropelle el aburrimiento. Fabricamos la oscuridad. Guitarras eléctricas, vidrios rotos y palabras que no regresan. 

Bajo nuestros pies hay un suelo. 

Llego al local y escribo otro cartel debajo del de las cartas de amor, dice: Está permitido volar. 

Sueño 45.

Sueña con un puente.
Escenario y eslabón.
Techo improvisado, para dormir al abrigo de los recuerdos.
Sueña con la arbitrariedad de los rayos
y la impulsividad de las manos.
Sueña con los saltos. El vuelo.
Tus pies traspasando la muerte.
Un bestiario nuevo en cada cuadro.
La incertidumbre y los fantasmas.
¿Ahora dónde vas a caer?
Sueña con la última casilla.
El infinito en la punta de la lengua,
la voluntad de ser libre y el penúltimo abrazo.
Sueña en la espera con el retorno.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Los últimos días

Mi papá decía en el 2005 "aprovechen que estos son los últimos días buenos". Lo peor es que ya sentíamos que el país era algo que se ponía cada vez más extraño. Sin embargo, en ese entonces ser alarmista y pesimista no era bien visto. Teníamos mucho petróleo y Chávez todavía era cómico para una gran parte del mundo. La oposición podía jugar a esperar "las próximas elecciones", que no eran cada seis años, sino cada seis meses. O así se sentía. Cada vez que al caudillo le provocaba. Y empezaba esa rutina macabra de ver la ciudad cubierta de papeles, los medios de propaganda, las cadenas eternas, las amenazas y luego un domingo en el que uno caía agotado de madrugada esperando un milagro de Dios, porque ya habíamos aprendido que -salvo en una ocasión- de los venezolanos era poco lo que podíamos esperar. El mundo se acababa el lunes siguiente, y luego el martes seguíamos adelante, porque "no hay depresión en política". 

Hoy en día no sabemos si son los últimos días buenos, malos o si simplemente son los últimos días. Durante estos quince años cada derrota ha estado llena de frases estilo autoayuda como la que acabo de mencionar. La verdad, no sé qué quiere decir que no hay depresión en política, así como no entiendo la filosofía de "lo países no se acaban". Sí, es verdad, tal vez hay que esperar millones de años para ver como un continente se separa y cómo cambia la topografía de una zona del planeta, pero no hay que esperar mucho para ver como se desintegra una sociedad. 

Quienes nos quedamos lo hacemos por distintas razones. Necesidad, convicción, porque el resto del mundo tampoco esta fácil, porque tampoco podemos idealizar el extranjero pensando que afuera todo es bueno, ordenado, consciente, y esto lo digo porque es la nueva moda: en Venezuela todo es una mierda y en el extranjero todo funciona la gente es ordenada y no roba. Esto tampoco es así. La diferencia es la calidad de vida y la forma cómo están engranadas las instituciones en las democracias del primer mundo. Seres humanos de mierda hay en todos lados. Y gente valiosa también, aquí  pareciera que somos muy pocos, pero la verdad quedamos muchos. Así que no quiero que mi visión se interprete como un desdén hacia un país que amo, es más bien el doloroso esfuerzo de aceptar la realidad. 

Nos toca sentarnos y tratar de hacer un orden de lo que nos pasa. Nos toca mirar a nuestro al rededor y sacar conclusiones y aceptar. No es sólo cómo va a salir Venezuela de todo esto, es cómo vamos a salir cada uno de nosotros. El país se está acabando y la verdad no sabemos si lo que viene es el limbo o la resurrección. Me gustaría pensar que lo segundo, pero no descarto desde hace unos meses que no pase lo primero.

Dejemos por un momento de lado las grandes tragedias que nos califican para decir que estamos en guerra. Pensemos en un país donde la mayoría de la gente tiene que levantarse a las tres y cuatro de la mañana para llegar a su trabajo a las nueve. Que tiene que pasar la mayoría del día pensando de dónde y cómo va a sacar las cosas básicas que necesita para el desarrollo de su vida. Que no sueña, no planifica, no se plantea metas de superación. No aspira. Y además esto es ya casi mal visto. Si yo afirmo que quiero ser una escritora conocida en el exterior, que pueda vivir bien de mi trabajo, que sueño con tener una casa de playa y poder viajar a Asia y construirme la biblioteca de mis sueños, les aseguro que alguien saldrá a acusarme de frívola. Porque ahora somos así. Da pena y miedo compartir las cosas que uno logra y a las que uno aspira. Porque el resto del tiempo estamos resentidos. A veces con razón, porque tampoco puede uno evitar la rabia que da ver a tanta gente que saqueó el país darse la gran vida mientras aquí una persona que le dio treinta años de servicio a su país y a su empresa ahora pasa las tardes buscando pastillas para la tensión. Y ese dinero lo tienen gente a quien uno no quiere dejar de tratar porque "es que es mi amigo de toda la vida". Chévere, pero nosotros estamos haciendo cola y él tiene ese dinero que era para traer los insumos que no conseguimos y para pagarle a los maestros que iban a construir este país. 

Aquí la mayoría de la gente no conoce realmente los avances tecnológicos del mundo, salvo los teléfonos inteligentes y una que otra herramienta de internet. El gobierno no planifica en un ningún área, salvo en la estrategia política y militar para mantenerse en el poder y buscar aliados internacionales que apoyen esa idea. Donde no se planifica en educación, ni en salud, ni en seguridad ciudadana. No hay planes de desarrollo de nada. Ni de un estadio, ni de un museo, ni un teatro, ni un parque, ni un movimiento ecológico, ni un desarrollo turístico. No se crean empleos, ni se estimula a las  empresas a crearlos. Los medianos empresarios no pueden planificar su desarrollo. No porque no tengan la capacidad, sino porque sus mentes y esfuerzos están ocupados en la idea de sobrevivir. Son muy pocos los emprendimientos que se llevan a cabo, requieren de una capacidad de riesgo muy grande por parte del emprendedor o tienen la filosofía de que cuando vives en Roma tienes que hacer como los romanos. Y saben a qué me refiero, para muchas personas el doblegarse ante una sociedad carente de valores ya no es algo de una elección de vida, sino de llegar a la conclusión de que aquí se sobrevive así. 

A qué puede aspirar un muchacho que estudia. ¿Cómo se compra alguien su primer carro? ¿Para qué? Si es que lo consigue y logra pagarlo, está el riesgo de perderlo. Incluso de perder la vida por él. Entonces lo que debería ser un sueño cotidiano, común, se vuelve una especie de lujo  macabro y medio suicida. Y da pena, da pena decir, yo sueño con comprarme un carro cuando hay quien sueña con el milagro de una medicina para una enfermedad crónica, para la que existe una cura, pero que aquí ya no hay. 

Entonces llegamos a una sociedad en la que o estás quebrado moralmente o estás triste y frustrado. Porque cada vez se hace más difícil vivir y ser fiel a tus principios. Y eso se ve en todas las áreas de la vida. En las asociaciones de padres de los colegios, en los condominios y asociaciones de vecinos, en las universidades, en los gremios. 

La tristeza se acumula. Aislamiento, soledad, frustración, angustia. Son muchas los sentimientos que se nos acumulan. Son muchos sentimientos malos, que componen el miedo. El venezolano se ha vuelto desconfiado y es cada vez más pesimista. O se aferra a un extraño sentido del humor, para tratar de afrontar el horror con risa, como si con la negación tropical pudiésemos borrar la realidad. Pero estamos llegando a un nivel tal que ya ni eso va a servir. Ya no sabemos qué vale la pena y qué no. Nos han quitado el poder de las manos. Son los últimos días de algo. Yo ruego porque sean los últimos días malos, pero ya ni sé. A veces amanece y yo me sorprendo, porque el día anterior creí ver el fin del país en los ojos de alguien que me contó una historia tan desgarradora que no sue como narrarla. 

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Soy esa mamá


Anoche no pude dormir. En parte por la tormenta y el miedo heredado de mi hijo a los truenos. Me quedé en la cama pensando en la alergia que tengo y en el montón de cosas que tengo que hacer y las ganas que tengo que quedarme arropada con un libro, apagar el celular, comer chocolate y dejar que pase el día sin tener que pararme de la cama para gran cosa. La realidad es muy distinta. No sólo está el trabajo y esa sensación que tengo cuando dejo pasar un día, de que he perdido el tiempo necesario para alcanzar mis metas.

Cuando son ya las cinco de la mañana y lucho contra mi propia recomendación de intentar no levantarme tan temprano, me levanto y me digo que tal vez valga la pena hacer el esfuerzo de dejar pasar unos días y repensar las estrategias de todo.

Este verano fue quizás el mejor de nuestras vidas como familia. A diferencia de otros veranos no me impuse una rutina de trabajo tan estricta. Quizás para muchas personas yo no trabajo, - me lo han dicho- porque no tengo una oficina, un jefe, una rutina y porque todavía no publico mis libros, de modo que mucha gente lo asume como que “no estás haciendo nada”. En realidad, yo me tomo muy en serio lo que hago. Soy muy exigente conmigo misma, y aunque  todavía tengo algo de desorganización y no tengo claro cómo impulsar mi proyecto, el pensar en ello también me quita muchísima energía. Estoy muy enfocada, pero cuando publique algo va a ser algo de calidad. Algo que me haga sentir orgullosa y que comparta con alegría y no me duelan las críticas.

Este verano, cuando intentaba retomar el horario rígido de todos los años: trabajar duro hasta las doce, luego niños, luego trabajo en la noche, encontré dos cosas. Una que al esperar un rato antes de sentarme a trabajar de pronto vi luces sobre dos proyectos literarios. Uno fue un camino para arreglar la novela que tengo en curso y otro fue una idea para un proyecto. Escribí todo el argumento en un cuaderno y me sentí la mujer más prolífica del mundo. Me di varios días para jugar con mis hijos, pasear con ellos, leerles cuentos y tomarme las cosas con más calma. Me dio tiempo para pensar sobre nuestra calidad de vida y lo que les estoy ofreciendo como país. Suena lindo, pero no fue fácil. Nunca lo es. Y menos cuando te enfrentas a tantas decisiones complejas.


Me di cuenta que empecé a ser mejor mamá. Y este es un tema en el que me tengo que detener, porque no sé si le pasa a todo el mundo, pero la verdad es que me encuentro muchos días diciéndome “hoy tengo que ser mejor mamá”.

Vi a un psicólogo infantil que me dio unos tips para manejar a mi Pitoquita y sus temas y me decía “cuando digas tal cosa no pongas cara de rabia”. Y yo lo anoté, como quien anota, tómese dos ibuprofenos si hay dolor y aplique hielo tres veces al día. Luego me quedé pensando, eso se dice muy fácil, pero la verdad, cuando se te desborda el agua de la pasta sobre la hornilla, suena el teléfono porque te están esperando en casa de tu mamá, hay un cumpleaños al que no vas a llegar, no tienes nada en la nevera para la lonchera del día siguiente, los niños pelean y el papá mientras los baña no encuentra las pijamas porque estabas organizando los uniformes y no las sacaste, encima te acuerdas que son las siete de la noche y no has leído y el círculo de lectura es en quince días, te preguntas qué habrá pasado con esa propuesta que mandaste y que si te vieran te dirían, amiga usted es muy talentosa pero es que se le va a pegar esa pasta, le vamos a da la oportunidad a una escritora que o no tenga hijos o haga mejor las cosas: ustedes me dirán, ¿es posible no poner cara de rabia?

Esta es la parte donde alguien dice organízate. Sí. Es verdad. Yo no podría ser la asistente de Bill Gates y si les mando el CV para que me contraten de secretaria, díganme que no. Claro que me pueden mandar para su departamento creativo, allí les haría los millones. Sin embargo, trato de ser lo más organizada que puedo. Dentro de lo que mi naturaleza me permite. Soy una tipa dispersa y soñadora y trato de usar eso como esfuerzo poético, para crear obras que les lleguen pronto, pero no por el atore de publicar algo para probarle nada al mundo. Cosa que me pasa con la maternidad. Aquí va: A VECES SIENTO QUE TENGO QUE PROBAR QUÉ TAN BUENA MAMÁ SOY.

Lo siente uno ante la familia cuando un niño grita, o no saluda, o no dice lo que los demás esperan, o se hace pipí encima y alguien te dice, “ay pero tiene tres años, el primo Pedrito, ¿sabes? A los ocho meses se limpiaba sólo y nunca dejó la poceta sin bajar”. Y tú ahí. Haciendo de interiores sucios corazón, pensando en el titular de periódico “Hombre de 30 años aún usa pañales por culpa de madre incapaz”. Vas a salir en Oprah finalmente, pero no cómo tú pensabas.

Empieza el colegio. Están los bultos perfectos, los peinados simétricos, la mamá que siempre tiene todo al pelo. Llega a la hora exacta y la tipa tiene delineador en los ojos, perfume y tacones y tú dices, “¡Coño! No me peiné!”. Esa mamá te pregunta en qué actividades vas a poner a tus hijos este año y cuando le vas a decir que te estás tomando un tiempo para buscarlas porque quieres ver cómo arranca y cuáles son sus intereses, ella ya te ha dicho ballet, gimnasia, violín, francés, arte, cocina, creatividad y soporte escolar para la escritura. Y tú allí. Con el bulto en la mano, pensando que tu hija no quiere hacer ballet, y que allí habrá otro titular: “Pudo ser CEO de Apple pero no lo logró porque madre no la llevó a ballet”. No me pregunten cómo una cosa tiene que ver con la otra, el tema es que cuando eres mamá así lo sientes, y así te lo hacen sentir.

No soy la mamá que peina perfecto. Soy la mamá que de milagro peina. No soy la mamá que pinta, o sí soy, pero soy la mamá que pinta por fuera de la raya, haciendo un desastre y riéndose porque la mesa de la terraza tiene una mano azul marcada. No soy la mamá que cocina saludable y exótico. Ok, no es que les doy papas fritas todos los días, es algo más como una vez a la semana o cada diez días. Doy dulces. Sí. No doy deditos de manzana horneada con sonrisitas de canela, ni tengo la receta del pollo salvaje a la quinua crujiente. Mis hijos comen pasta, comen mucho brócoli, zanahoria, pero comen chocolate – de hecho pan con chocolate es mi arma secreta para sacarlos de la cama los lunes-. Soy la mamá que necesita un papá que le recuerde el antibiótico. No. No soy la mamá a la que le sirve el recordatorio del teléfono. No soy la mamá toda sonrisas todo el tiempo. Sí tengo una sonrisota, pero también tengo dientes y muerden. Y mis hijos lo saben. Tal vez soy una mamá que es una onda expansiva y hago lo posible por no llevarme a mis hijos por delante. Es más quiero que ellos también sean expansivos y que se expandan mucho más que yo. Pero sé que todo tiene sus implicaciones.

Soy una mamá que dice que no. Me ha pasado varias veces que le digo a mis hijos que ¡No! y alguien me dice, pero no le digas que no. Lo siento. Yo creo que uno tiene que aprender a escuchar la palabra NO. Hay cosas en la vida que son NO. Y punto. Sin demasiadas explicaciones. Es verdad a un niño de dos y medio o tres años le cuesta todavía, o no es tanto lo que le cuesta, es el tema de la oposición. Allí viene el tema más duro de la maternidad, es una lucha de resistencia. ¿Cuánto tiempo vas a decir que no y cuánto tiempo va a tratar él de llevarte la contraria?

Yo sólo quiero que aprenda a que cuando su mamá le dice NO, es algo que se acata y se acostumbre. A veces es NO. Porque el día que lo deje la novia, o no le den un trabajo, o no saque la nota que esperaba, o no le den el papel en el acto del colegio, estará más preparado para enfrentar la frustración. No. No soy de esas mamás que esperan que todo sea lindo, que siempre ganen, que en el colegio la maestra sólo tenga ojos para él, que el mundo se le abra, que si saca mala nota es porque el colegio es una basura, la maestra es bruta y es que es un genio no apreciado en su tiempo.

El mundo está muy duro, y sí soy la mamá que se preocupa por cómo van a competir, cómo van a surgir, de dónde voy a sacar las herramientas para darles los valores necesarios para que no se derrumben. De dónde voy a sacar la espiritualidad equilibrada que quiero para ellos. Nada de culpas, ni perdones excesivos. Más bien compasión, caridad, honestidad, tolerancia, respeto, fe, pero sin sentarse a esperar que Dios resuelva. No. A Dios rogando y con el mazo dando y eso va también en plan pensar en los demás, dar a los más necesitados, no sólo cosas materiales, sino tiempo. Sí. Soy esa mamá.

A veces grito. Trato de controlar los gritos, porque sé que no son buenos. Y pido disculpas a mis vecinos, soy una persona que habla duro, para lo bueno y lo malo.

Soy una mamá que le gusta tener sus actividades. Salir con mis amigas. Tomarme un vino. Ver una película. Soy la mamá que dice, a partir de esta hora es el tiempo de los adultos. Punto. Ustedes a dormir o a su cuarto. No creo que puedan ni deban estar encima de uno todo el día. Y al contrario, creo que la independencia es importante. Soy una mamá que le gusta prestar sus zapatos, pero no todos, soy una mamá que no le gusta que le agarren cierto maquillaje. Soy una mamá que no hace ejercicio. Soy una mamá que no tiene tanta paciencia para sentarse a hacer tareas, y me he dado cuenta, y bueno, llamen a todo un cuerpo de psicólogos, que no soy la más indicada para hacer las tareas con mi hija, porque la vuelvo loca, ella a mí y le va mejor con un tercero. 

Soy una mamá que conoce sus debilidades. Pero a veces siento que no voy a lograr mi meta de crianza porque el mundo te da tanto palo y te hace sentir que el amor no es suficiente, que el rol de mamá es uno solo, que tienes que ser de una manera, decir sólo ciertas cosas y actuar “como una mamá” y no como tú eres.

A veces me pregunto, si nuestros padres se alimentaron con toda esta paja, o simplemente fueron ellos mismos. Y allí está la respuesta. Mis padres no fueron perfectos y como todo el mundo tengo mi dosis de pesadilla Freudiana. Pero a mí jamás me faltó amor, ni me falta. Ni me falta apoyo. Ni comprensión. Es más, amo estar con mi familia. Y si algo hicieron bien mis papás, fue crear un ambiente en que nos divertimos juntos.

Así que yo misma me respondo mis inquietudes. Ya amanece, me tomo otra taza de café y  me dispongo a vestirme para comenzar a hacer el desayuno y preparar lo que vamos a llevar el colegio. Tal vez la mejor lección para los hijos es ser uno mismo. Con sus virtudes y defectos. Sin tratar de jugar al psicólogo improvisado. El amor por encima de todo.  Yo creo que quererse a uno mismo, sin caer en el egoísmo, es la mejor lección que les podemos dar.


Y para que vean que hay cosas que uno no cambia, voy a averiguar dónde y cuándo hay clases de ballet. Quien sabe, a lo mejor un día escribo un post desde el New York City Ballet. Sí. Soy esa mamá. La que tal vez no lo logra, pero intenta.