domingo, 13 de abril de 2014

Rayuela




Rayuela. Ese juego entre voluntad y destino que llamamos cielo. Ese juego cuyo premio es una casilla, tal vez inalcanzable llamada cielo. Una casilla inagotable que es también la más temida. Lo único que importa en la vida es seguir jugando. 


Capítulo 7



    Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

     Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

martes, 8 de abril de 2014

Heavenfaced - The National


Sé que escucho mucho The National, y de lejos puedo decir que este es mi grupo favorito. No es sólo la voz, los arreglos musicales, es la poesía. Esta canción es sobre la muerte. Es todo lo que puedo decir en este momento. De pronto, en estos días tan duros me encuentro agarrándome más que nunca de la música de The National, y de estas canciones en general.


I could walk out, but I won’t
In my mind I am in your arms
I wish someone would take my place
Can’t face heaven all heavenfaced
No one’s careful all the time
If you lose me, I’m gonna die

How completely high was I
I was off by a thousand miles
Hit the ceiling, then you fall
Things are tougher than we are
I could walk out, but I won’t
In my mind I am in your arms
I wish someone would take my place
Can’t face heaven all heavenfaced

Let’s go wait out in the fields with the ones we love
Let’s go wait out in the fields with the ones we love
Let’s go wait out in the fields with the ones we love
Let’s go wait out in the fields with the ones we love

She’s a griever, my believer
It’s not a fever, it’s a freezer
I believe her, I`m a griever now
She’s a griever, my believer
It’s not a fever, it’s a freezer
I believe her, I`m a griever now

Because we’ll all arrive in heaven alive
We’ll all arrive
Because we’ll all arrive in heaven alive
We’ll all arrive

lunes, 7 de abril de 2014

.50


Por dentro metal pesado. 
El corazón se precipita. 
Se queda flotando. 
Los pies siguen el camino,
Penando, tras las huellas de las lágrimas. 
El mundo sordo, silente, rota sin miramientos. 
Los ojos vacíos. 
Lo vorágine de lo irreversible nos desgarra. 
No hay vuelta atrás. 

¿Qué irá a pasar?

Paso rato por la mañana mirando el techo y me cuesta decidir levantarme de la cama. No sé hacia dónde encaminar mis pasos, ni qué debo hacer. No sigo un orden de ideas y siento que mis metas no tienen sentido. Las cosas que normalmente hago me parecen frívolas, otras inútiles, algunas a destiempo, y pronto siento que me estoy borrando.

Miro y escucho, espero en la distancia el rumor de alguna detonación. Según dicen se nos puede volver algo normal. Ciertamente ya no causa el mismo estupor de los primeros días, pero normal tampoco se puede decir que es. Es una costumbre extraña que no se puede definir. Entonces alargo la mano y busco el teléfono y desesperadamente hurgo en la pantalla táctil a ver si consigo alguna respuesta. No sé si intuyo que está pasando algo, si estoy esperando que pase algo, si tengo miedo que pase algo. Es una combinación de todo.

¿Qué irá a pasar? En lo político. En lo económico. En lo familiar. Mientras tanto la vida sigue. Vuelve a amanecer. Un día más comienza. Es un día más de vida que pasa. Es un día más que perdemos. Se nos va todo lo que uno acumula en un día, la capacidad de producir, de crear, de construir. Cada uno en su espacio. Porque el ama de casa de pronto no le interesa su hogar, o no puede atenderlo. Porque el ingeniero no tiene con qué construir, no lo consigue, no puede llegar a los materiales, no tiene los recursos, no puede planificar. El comerciante está cercado por leyes y se ha visto convertido en el chivo expiatorio de turno. Y uno el escritor, con todas las historias acumuladas. Con todo el sentido atravesado detrás del pecho, sin saber bien por dónde comenzar.

Pienso en irme. Pienso mucho en irme, pero no sé a dónde, ni cómo, ni a hacer qué. Tampoco tengo ganas. Quiero irme, pero quedándome. Quiero que mude la patria, quiero que cambie el ambiente, lo que respiramos. No sólo por el gas lacrimógeno. Sino por lo que vemos, lo que oímos. Quiero voler a planificar, a soñar, quiero volver a desvariar entre proyectos casi imposibles, tan sólo porque siempre se me ocurren tantas cosas que yo misma no me doy abasto. Quiero que se acabe este miedo. Miedo a todo. Miedo al discurso, miedo a la propaganda, miedo a la relación con el dinero, miedo a las armas, miedo al delito, miedo a la noche, miedo al día siguiente, miedo al llamar por teléfono y al contestarlo. Quiero que se acabe esta destrucción, esta mediocridad por todos lados. Quiero que se acabe esta rabia, estas ganas de pegar con la mano abierta a todo el que está pasivo, a todo el que critica por deporte, a todo el que es incapaz de algo de solidaridad y empatía y no ve el dolor de un pueblo entero que grita. Quiero que se acabe esta sed de valores. Porque estamos sedientos de valores.

Necesito un gesto humano. Necesito ver valentía, solidaridad, empatía. Necesito ver indignación, verdadera indignación. Necesito una mano y una mirada llena de coraje. Porque la verdad se me va a agotando el espíritu entre tanta maldad y lo que siento es que se me están acumulando muchas preguntas a Dios. Y de verdad, les pido a los religiosos respeto ante mi duda. No voy a leer biblias, ni a repetir oraciones sistemáticamente. Yo necesito más respuestas. No que alguien me diga, por qué pasó o esto o aquello, por qué nos tocó, sino un análisis más racional de toda una coyuntura política y por qué ciertos factores aún no terminan de ceder y de alzar la bandera contra la injusticia, si al final estamos todos en la lucha por la vida. No me importa el lado de la historia, yo quiero estar es un lado de la vida.

Confieso que no sé qué pensar. No sé qué hacer. No sé qué estoy mirando. No sé qué pasa a mi alrededor. No sé canalizar los sucesos, ni clasificarlos. No sé qué es una tragedia, ni qué es el destino, no sé qué debo hacer, ni qué debo decir. Me siento a escribir porque es mi naturaleza y no me queda otra salida. Me siento a llorar me desbordo, no aguanto, sencillamente no me contengo. El llanto no es ni siquiera la respuesta a una emoción, es casi como un reflejo, o el producto colateral de una cantidad de emociones encontradas, todas negativas.

Confluyen la rabia, la angustia, el miedo, la impotencia, el dolor, la desesperanza, la ansiedad. Siento que se nos va la vida, la humanidad, todo se nos va. Que nos queda poca alma ya, porque frente a tanta maldad e irracionalidad, frente a tanta mezquindad que se asoma de pronto uno se siente infinitamente pequeño.


¿Qué irá a pasar? No quiero leer más artículos proféticos. No quiero agarrarme de analistas, ni de profetas, tampoco de oraciones, ni de pasajes bíblicos. Yo quiero volver a agarrarme de mí. De mi visión. De mi proyecto. De mi convicción. De mis principios. Me he perdido en todo esto. Perdí el país, perdí el suelo y estoy volando sin instrumentos y totalmente desorientada.

domingo, 6 de abril de 2014

No hay tiempo


¿En qué momento se nos rompió el país así? ¿En qué momento Venezuela se nos convirtió en este inmenso ataúd? ¿Cómo es que la muerte sale así a acechar de esta forma? Con esta voracidad. Con esta  saña. Es un dolor en la bandera y en la historia. Un dolor en las preguntas.

No queríamos ser este país. No queríamos, ni queremos ser, esta cuna de violencia. Este discurso que nos fue carcomiendo por todos lados. Este proyecto que nos llenó de armas, de  balas, que se van llevando vidas, familias, futuros. Este país dividido por un odio que ya ni se entiende. Estamos los ciudadanos en una guerra que nunca asumimos, que no tiene ni siquiera un objetivo claro.

Esto que ha pasado no es una casualidad, ni un infortunio, es el resultado de años y años de convencer a la gente de que algunos son menos personas que otros. Que vivir no es un derecho que tiene todo el mundo. Que la vida de algunos y lo que tienen es una afrenta y que hay un odio original adquirido. Desde el gobierno crearon una guerra y día a día se ha venido librando. A medida que la economía se deteriora, las promesas que se hicieron hace años no se cumplen,  la impunidad se confirma, el odio se apodera de las personas y les da licencia.

Nos paramos hoy sobre un país dividido, roto, sumido en el luto, en el dolor, en la impotencia. Este país sin justicia, en que la muerte y sus emisarios recorren libremente llevándose a quien se le atraviese sin miramientos, es la herencia que nos dejó quien prometió muchas cosas, pero sobre todo violencia. Este es el resultado de años y años de insultos y vejaciones. He aquí la gravedad de escuchar a diario como a cierto grupo de ciudadanos se les decía majunches, escuálidos, fascistas, burgueses, y lo que viniese de forma despectiva. Ningún insulto, ni humillación viene sin su precio. Tarde o temprano alguien termina por creer que tiene derecho, que tiene poder, que tal vez está en lo justo. De tanto repetirnos que hay un enemigo al cual hay que aniquilar se termina por creerlo. Si se repartieron armas era para usarlas. Eso sin dejar de lado la brutalidad en los ataques que se ha visto en las últimas semanas tiene consecuencias.  

Mientras tanto no dejo de pensar en los jóvenes que no  regresaron a sus casas. En la cena que se quedó fría. En los planes que no se van a concretar. En el trabajo que ya nadie va a hacer. En todo lo que queda en el aire y a medias. En las vidas que ya no son.  Las preguntas de los hijos. Las mil y un formas de darle un motivo, un orden, una razón a todo esto para tratar de entender y no desesperar de dolor.

Nos va quedando una sociedad de corazones agotados. De vidas reventadas. Espíritus que se van quebrando. Hoy más que nunca queda claro que no somos eternos, ni inmortales, que no podemos seguir esperando a que nos tiñan más familias de luto. No hay tiempo. En esto nos estamos jugando la vida y quienes la han perdido merecen que al menos a los que quedan les depare otro destino. Hay que buscar los caminos para sanar. Hay que buscar una forma de parar toda esta maquinaria de violencia. No terminamos de creer que esto es una guerra, que hay una maquinaria de aniquilación, que detrás de todo esto hay una política y hubo un planteamiento, que desconocer la humanidad de otros trae estas consecuencias. Hay que reconciliar y rescatar a nuestro país de esta vorágine de muerte. Hay que hacerlo cada día que pasa se pierden más vidas. 

jueves, 3 de abril de 2014

Se busca un futuro

Desde hace varias semanas no puedo dormir bien. Doy vueltas en la cama. Despierto de madrugada. No puedo dejar de ver las redes sociales. Esperando. Buscando. El suceso. La peor noticia. Ya de mañana me cuesta mucho abrir los ojos y no puedo evitar sentir una opresión en el pecho. Me pongo a repasar mi día y a veces siento que estoy frente a un cuarto muy desordenado, que tengo que arreglarlo y no sé por dónde empezar. Vivir en Venezuela estos días es algo muy revuelto, requiere de una entereza mental muy grande. 

Reviso lo que soy, lo que quiero hacer, mis metas y me siento un ser inútil. La mayoría de mis actividades han sido canceladas. Trato de organizarlas de nuevo, la gente no está de ánimos, o el paso está trancado por una guarimba, o te dicen que ir para esos lados es demasiado peligroso. A eso hay que sumarle que de por sí lo que yo puedo ganar como promotora de lectura es bastante poco. En estos momentos de mi vida no necesito el dinero para vivir. Sin embargo no puedo evitar sentirme como un parásito de mi esposo, quien a su vez se preocupa porque los gastos cada vez son más altos. De todas formas, frente a las penurias que uno ve pasar a tanta gente en un país como este, uno no puede evitar sentir que no tiene ni permiso para quejarse.

Uno ve la preocupación y la angustia en la cara de la gente, que no sólo tiene que hacer horas interminables de cola, sino que además tiene que preocuparse por cómo va a pagar las cosas una vez que las consiga. No sólo alimentos, son medicinas, útiles escolares, el transporte. Cada vez el cerco que nos imponen se hace más cerrado y se hace muy difícil soñar. Yo quiero ciertas cosas para mi familia y para mí, sueños que tengo, que quiero conseguir yo, que no quiero que me de un hombre, ni un papá, ni un primo, quiero conseguirlas yo. Por mí misma. La realidad me dice que es imposible. 

Aquella línea de juguetes educativos que quería importar. Imposible. Aquel concurso de deletreo. Imposible. Aquella editorial. Imposible. La librería. Imposible. El centro cultural. Imposible. Hasta el círculo de lectura que iba a comenzar del otro lado de la ciudad se ha vuelto una especie de tarea titánica. Sé que son horas de otra lucha, pero si no seguimos adelante nuestras vidas, ¿cómo nos levantamos por la mañana? Tiene que haber algo más allá de estar en la calle protestando. Porque también nos vamos gastando. Se nos va la vida. Se nos diluyen las aspiraciones y los sueños. Yo no tengo 25 y no voy a tener 35 para siempre. Estos son los años más productivos de mi vida, o yo vivo y trabajo y lucho también por mí, o no voy a ser nadie.

Me siento inútil. Paso horas frente a esta computadora intentando darle un orden y un propósito a mi vida. Me pregunto, ¿qué va a quedar de esta situación?¿cómo va a ser la vida con un régimen que ya nos está mostrando muy claro cómo quiere a sus ciudadanos? Nos quiere sometidos a leyes incumplibles, a la censura de los medios, a horas de cola para comprar comida, a la corrupción, a la violencia. Nos quiere callados, sumisos, tristes. Nos quiere sin aspiraciones, sin cultura, nos quiere escuchando una única verdad y una sola línea de pensamiento. Es un gobierno que no quiere funcionar en servicio de nuestra calidad de vida, sino en aras a permanecer en el poder, a cómo de lugar.

Me siento mínima. ¿Qué puede significar mi vida en un país así? ¿Qué puede significar la de mis hijos? ¿Cómo puedo construir país? ¿Hacer una diferencia? ¿Qué hay de todas las cosas que sueño? Promover lectura, escribir libros, hacer actividades relacionadas con la educación. ¿Cómo las voy a lograr? Digo para que sean productivas, no sólo para pasearme por ahí como si fuera una especie de alma en pena llena de hojas. ¿Qué empresas me van a patrocinar? ¿Qué sistema va a acoger a algún maestro que quiera mejorar y expandir la biblioteca de su escuela? ¿Con qué recursos lo van a lograr? ¿Qué padre podrá comprar los libros que yo recomiendo? ¿Qué lector va a comprar mis libros? ¿Le va a importar una historia de amor cuando no hay ni leche, ni aceite, ni aspirina, ni suero, ni quimioterapia? ¿Cómo voy a difundir mi proyecto? ¿Dónde? ¿Siendo tonta útil y material de relleno para los canales supuestamente neutrales? ¿De qué sirve mi voz? 

Sé que en estos entornos lo más importante es la fuerza. Sé que nuestro lema es el que se cansa pierde. Sin embargo hay días que no puedo evitar estar cansada. No puedo evitar arrastrar la capa,  mirar dentro de mí y sentir que algo me ha sobrepasado. Me siento sola, aislada del mundo, como si esto fuera un lugar demasiado complejo para mí. No caben mis valores, ni mis principios, ni los de las personas que me rodean. Porque mucho de lo que tengo alrededor sigue siendo un culto al dinero, a la imagen, a la comodidad, mientras el país se nos cae a pedazos. Porque mientras muchos nos preguntamos cómo hacer el país mejor, una gran parte sigue metida en un mundo egoísta, en el que sólo existen ellos. Porque uno sabe que hay partes de este movimiento que son turbias, intereses ocultos que quedan expuestos, porque ya nos hemos acostumbrado tanto a la falta de ética y principios que algunos ya ni lo esconden.


Me siento sola e impotente y que lo único que avanza es la maldad. No sé cómo hacer, ni cómo salir de este atolladero, y siento que en algún lugar está mi futuro pero no sé ni cómo comenzar a buscarlo.