domingo, 23 de noviembre de 2014

Caraqueando Manet



Tengo años con un par de proyectos fotográficos en la mente relacionados con pintura y literatura. Pero debo decir, que entre otras cosas, alguien a quien no puedo nombrar pues he prometido anonimato, me ha insistido en que no aleje mi enfoque del trabajo de escribir que exige tanta dedicación y es mi meta principal. Sin embargo, a mediados de semana recibí un mensaje de Toto Aguerrevere, “vamos a recrear Le dejuner sur l´herbre” para Caraqueando. Debo reconocer que no conocía y todavía no conozco bien el proyecto Caraqueando. Es parte del problema, de vivir en una ciudad que cada vez se hace más inhóspita, en que conviven realidad y mito como si fueran lo mismo, en la que uno siente que tiene que hacerse de una cueva para sobrevivir, una especie de prehistoria urbanizada. Uno vive con su garrote, en su árbol, y sobre todo como madre todo el esfuerzo de va en hacer una burbuja y tratar de que no se reviente. Aguantas la respiración cuando la realidad te obliga a salir de ella, porque te sientes extra terrestre. Y sin darte cuenta te pierdes la vida a veces. Pierdes el enfoque y lo bueno te pasa por al lado. En la crisis también se construye, se nace, se renace, se sueña, se vuela. Es verdad que hemos visto el desfile de lo peor del ser humano en estos años, que hemos visto el error, la crueldad y la indolencia. Sí. Yo todavía me levanto y me digo que lo más inteligente es escapar. Pero también miro por la ventana y el cielo de Caracas me convence que aquí es donde tengo que estar. Es verdad que hay solidaridad, ganas, deseos, trabajo, empuje, que todavía hay gente que ama y cree en este país, hasta la locura. La locura de quedarse o al contrario, la gran cantidad de razones. 

De Toto, de Charles, de Nina, de Emiliana recibí esa sensación de camaradería. De vuelta a la Tierra. Una especie de llamado. Sal de la burbuja que todavía hay aire, un poco contaminado, cierto, pero hay aire. Debo decir que la experiencia de ayer fue una de las más maravillosas que he tenido en mucho tiempo. Mientras subíamos a la Quebrada Quintero, yo en un vestido de noche, con  medias tobilleras y zapatos de goma, los demás también vestidos con sus disfraces lo más parecidos a parisinos despreocupados del siglo XIX, pensaba que así se hace la vida. Que por años por venir recordaremos como en algún momento cantamos la canción de la Novicia Rebelde al subir la parte más empinada, nos burlamos de nosotros mismos, simulamos la emisión del noticiero en que se avisaría nuestra pérdida en la montaña. Sudábamos, pero seguíamos subiendo, con una convicción que no hacía falta pronunciar. Para muchos se verá como una locura o como un juego. Para nosotros no. Nosotros cuando hacemos estas cosas sentimos que cambiamos el mundo. 

Fue mucho más que tirarnos al borde de una quebrada a rellenar el espacio de una figuras que aparecen en un cuadro. Fue una afirmación relacionada con lo que representa para nosotros esta ciudad, el contraste entre el pasado y el futuro, pero sobre esta especie de presente atemporal, que no sabe a dónde lo lleva a uno, si vamos navegando para estar mañana o pasado siglos atrás, o si el tiempo corre, y nosotros también, sólo que algún día estaremos muertos y no nos habremos dado cuenta de que vivíamos.

Ayer Emiliana y Carlos Julio subían además con el dolor del mes de aniversario de la muerte de su papá. Mi primo. No puedo negar que pensé en él. No lo dijimos. Creo que todos pensamos en él en cierta forma. En su mamá seguro, que estaba esperando para matarnos por habernos tardado tanto. Fue en cierta forma un homenaje también a él. Desde el silencio, desde la continuidad de la vida. Desde rescatar la belleza de una ciudad que tanto amó, que tanto amamos, que tanto nos ha maltratado, pero que difamamos sin ponernos a ver a veces lo bueno que tiene.


Hay quien dice que no hay nada que hacer en Caracas. Yo he sido ese alguien muchas veces. La verdad hay mucho que hacer. Tal vez demasiado. Hay mucho que querer y que rescatar. Hay espacios que no sólo están  llenos de belleza, sino que hay espacios en los que la belleza puede aparecer. Así como si hubieras sacado una maleta vieja del closet, un sombrero y hubieras alquilado una cámara, para subir con cuatro amigos a decirle algo a Caracas: que todavía hay belleza. Que todavía hay esperanza. Que nadie te puede quitar algo que has amado, que amas, que amarás siempre, pues por la sangre y la mente de uno corre. La ciudad es tan tuya como tú dejas que lo sea.  

Todavía hay mucho por hacer, y aunque esto se acaba hoy, yo quisiera hacer otras cosas y buscar otros espacios. Otras obras de arte. Hay mucho por decir, pero sobre todo mucho por mostrar. 

El link de El Estímulo para concer más de Caraqueando: http://elestimulo.com/climax/caraqueando/

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Pantoprazol (teta) y el patrón de las causas inútiles

¿Cuál es el patrón de las causas inútiles? Ya sé que San Judas Tadeo es de las imposibles. Si acudo hoy al patrón de las causes inútiles es porque necesito Pantoprazol. Mi última caja se acabó la semana pasada. Sufro de una acidez extrema. No es esa que se siente en la boca del esófago y te hace dormir sentado. Eso me da a veces, cuando como demasiado de lo que me gusta. Esto es ácido del estómago que hace que me arda la lengua y se me llene de llagas. Bonito. ¿No?

He pasado por todos los diagnósticos. Desde el quirúrgico, hasta estrés. Finalmente un médico, al que le puedo declarar todo mi amor en cualquier momento, me miró un rato. Me hizo varias preguntas. Me preparó una pequeña trampa. Me dijo, mire, a usted le está bajando la tensión y creo que sabe por qué. No tiene nada en la sangre, ni el corazón, o bueno tal vez en el corazón sí. Ese es el problema, usted está escribiendo un libro. Su problema es laboral, tiene el libro atravesado (ese médico es un gran lector, no le pregunté, pero ni falta hizo).  Y lo del estómago, por lo que yo le oigo decir, usted lo que quiere es irse de su país. Me le quedo viendo. Trato de ignorar a mí mamá que está sentada a mi lado porque sé que eso para ella es un peñonazo en la cara. Entonces le digo, sí, tal vez tenga razón, yo en el fondo me quiero ir, pero en la superficie, en la realidad, no es posible. No voy a seguir preñando un pajarito que jamás va a poner huevos –eso no se lo dije, lo pensé-. Entonces me dijo, tome Pantropazol hasta que las cosas cambien, y si cuando cambie todo en su país sigue con llagas en la lengua, entonces piense en operarse. Además de eso, para cumplir a cabalidad con su trabajo me recomendó especialistas y exámenes.

No me mandó a hacer dieta. Ni a dejar el café, ni el vino, ni el chocolate, ni el tomate. Yo le dije que eso yo no lo iba a hacer.  Yo sé. Yo sé que si hago una de esas dietas locas libres de gluten me voy a liberar del exceso de glúteo y del ácido. Pero no me interesa privarme de las cosas que me gustan. Así como no me interesa privarme de echarme en el piso y mirar los árboles desde abajo, pensando que cuando sea época de mango no podré hacerlo porque seguro me cae uno en la cara y pierdo un ojo.

Así que llevo casi un año esclava del Pantoprazol. Yo me olvido de todo, pero no de esa pastillita. Me sale caro no hacerlo. Es más, ahora me tomo otra en la noche, porque a veces la cosa es grave. Pero cuando se me acabó la cajita yo sabía que iba a ir a la farmacia y no iba a encontrar nada. Igual fui, pensando en quién sería el patrón de las causas inútiles. Me dije esto es una idiotez. Y no sólo fue una idiotez, sino fue un episodio sacado de algo así como el Chavo del 8. 

Llego a la taquilla externa de la farmacia y luego del inteligible “buenas tardes en qué puedo ayudarle” respondo, “buenas tardes, ¿me podría dar un Tecta por favor?” Nunca me puse a pensar que si uno lo pronuncia rápido parece otra cosa. El señor de la farmacia sí. Es decir, que en medio de todos los problemas que tiene, en su turno de la tarde llegó una señora a pedir TETA por la autofarmacia. Se queda en silencio. Yo reclamo, “¿Aló?” “No señora, es que, no sé. ¿Qué es lo que quiere?” “Tecta. Que sí tiene Tecta.” Otra vez el silencio. “Es que aquí no vendemos eso” “Pero yo lo compré aquí hace unos meses.” Silencio de nuevo. Y yo sin entender, sin pensar, no me daba la cuenta, estaba más bien puteando contra la situación en mi cabeza, el gobierno, los dólares, el ardor en la boca. “Ya va, ¿me lo puede repetir?” “Tecta” Entonces me dice, y no sé si ya esto fue buscando lo que no se le había perdido, “¿Y eso para qué sirve?” “Es un remedio para la acidez. Es Pantoprazol”. “Aaaaaaaaaaaaaaaaa Tecta” “Exacto”.

En menos de treinta segundos se asoma por la ventanilla, con su microfonito en la boca, sonriendo, como a quien le han hecho el día en la oficina: “amiga, aquí no hay eso, ni nada que se le parezca”.  Toma el jueguito de doble sentido a mi costa. Yo sigo sin pensar en tetas, ni nada que se le parezca. Sólo pienso en mi pastillita rosada de todas las mañanas quince minutos antes del desayuno. “En serio. ¿Nada? ¿Ninguno de la familia de los Prazoles? Ome por ejemplo”. “Nada. Yo fui a ver ese estante y está completamente vacío”.

Me voy. Y dos horas más tarde caigo en que en medio de todo el rollo de no hay, no se consigue, no aparece, me estaban bacilando. Menos mal que sé reírme de mí misma. Que dentro de todo hay algo cómico en haber ido a pedir teta en la farmacia, sobre todo en país de tanta lola operada, pronto tal vez las compraremos así. “Dame una Diosa Canales de 650cc por favor”.

Claro que en teoría no puedo quejarme. No es que dependa de eso para ser buena madre, o para escribir, o para leer. En realidad mi vida no se alteraría tanto, sólo que de vez en cuando pasaré del vino blanco, o del whisky en las rocas. ¿Qué importa? Eso tampoco se consigue, o está absurdamente caro y con gente que no consigue sus pastillas para el cáncer, ¿me voy a quejar por Pantoprazol y whisky? Soberanas bolas y problemas de mapas tendría que tener. Mi problema no es de vida o muerte, es de vida mejor, y a veces pareciera que la vida mejor es casi tabú, espejismo, universo paralelo, ficción u odisea intergaláctica.


Y bueno, entre pedir Pantoprazol o teta en la farmacia es más o menos lo mismo. La misma locura. Una tarea para el patrón de las causas inútiles.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Feria de la lectura



Me gusta ir a la feria de la lectura y he ido a casi todas las ediciones. Siempre compro un libro aunque ese no sea el objetivo. Simplemente me gusta respirar ese ambiente, leer una contraportada y escuchar a alguien pedirle un consejo a un vendedor que no tiene idea y meterme donde nadie me ha llamado, ganándome a veces una mirada de complicidad y otras una mirada de desprecio y una invitación silente a salir del stand.  A veces me siento en un banco en la plaza a ver pasar gente, a comer helado, a ojear lo que acabo de comprar o pensar qué vale más la pena comprar porque todo realmente no se puede. A medida que ha ido pasando el tiempo el esfuerzo que hacen libreros y editores para estar allí es cada vez más grande y la oferta es cada vez más pequeña. No puedo sino admirar la entereza de quienes siguen allí, esperando a la gente, recomendando libros, intentando vender no necesariamente lo que quieren, sino lo que pueden. Es la cultura lo que fomenta nuestra vida interior, y es la vida interior lo que mantiene a los hombres en pie en momentos turbulentos, y la lectura es su principal alimento. Sin cultura estamos perdidos, así que el esfuerzo de acercar a la gente a los libros es loable y necesario. Yo lo agradezco y lo admiro. 

En todo el medio de la plaza hay varias manifestaciones en contra del gobierno. En una están las fotos de los heridos en las protestas. Hay citas de hombres como Martin Luther King. Algunas fotos son tan fuertes que no las puedo mirar. Una señora mayor con la cabeza llena de sangre, un muchacho con la mejilla desfigurada. Luego están los fallecidos, sus nombres, sus fotos, en una especie de cementerio improvisado. No dejo pensar que hay algo cruelmente poético en todo esto. En la relación que tiene la literatura con todas esas manifestaciones. En que el arte lo grita de una forma y el imaginario colectivo de otra. Pienso en las necesidades que tiene la gente. El calor me aprieta, pienso en febrero, pienso en cómo corrimos la última vez que estuvimos allí, lo que dijimos, lo que pensamos, lo que sabíamos que iba a pasar y lo lejos que estaba lo que esperábamos. 

Mis hijos me piden un helado y yo miro la foto de Génesis Carmona y pienso que ella no va a ir a ningún festival como ese nunca más, que no puede comer helado, que jamás imaginó que iba a dar la vida. Me invade una impotencia, una tristeza, un dolor inmenso. Me siento sola y mínima. Me pregunto ¿por qué no se ha parado el mundo después de esto? ¿Quiénes somos? Y la verdad, no sé de las herramientas políticas, pero cómo seres humanos, ¿cómo vamos a manejar esto? ¿Quiénes vamos a ser? 

Me imagino algún día contándole a mis hijos lo extraño de estar en una feria de lectura a punto de comprar un helado en el país más violento de Latinoamérica. Y cómo pensé que era el momento de escribir un poema, una virgen al pie del obelisco, un rosario amarillo, azul y rojo de enormes proporciones. Los símbolos conviviendo con la muerte, la desesperanza, la imperante necesidad de memoria, la dosis de olvido, la búsqueda de Fe. País que se declara sediento de héroes y no termina de darse cuenta que hay por montones. A pocos metros hay copias de La Odisea, de la Iliada, viajes y héroes, nuestro dilema explicado en historias recogidas de un cuento y el no comprenderlo, lo confundidos que estamos la verdadera razón de lo que falló. Lo que no cultivamos: nosotros mismos. 
Sin embargo es demasiado complejo intentar buscarle una razón y sentido a todo lo que nos pasa. Tal vez por eso tantos queremos escapar. No es tanto un tema de irse del país, es escapar a una zona del alma en la que aparezca algo de belleza, algo que admirar, algo que nos inspire y nos motive. 

Pienso en ese dicho de Séneca, ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya. Antes de irme consigo un libro que he estado buscando desde hace tiempo, se llama Cómo ser un explorador del mundo, museo de vida portátil de Keri Smith. A veces siento que estoy en un campo hostil e inaccesible. La libertad parece una moneda devaluada, algo que se fue al suelo, un espejismo. Somos libres, pero no vamos a ir a ningún lado. No podemos. O sí podemos, pero el precio es demasiado alto, y no me refiero al costo de los pasajes aéreos, es el costo de los principios. Y la triste realidad de que nuestras almas están tan abatidas que el diablo no está interesado en comprarlas. Vuelvo a ver el título, navego el cuento que acabo de terminar de leer, la redención de Shawshank, esa parte del alma que nadie puede tocar. La esperanza. La libertad. Es mentira que se nace libre. Se nace en blanco y todo se hace después.  

Tal vez esta no sea la feria que más libros tiene. Tal vez si la comparas con Buenos Aires, Madrid, Bogotá, Guadalajara…tal vez, quieras sentarte en la fuente a llorar. Y eso puede servir un rato, pero el llanto como la tormenta se pasa. Tal vez al ver las fotos del horror, nos invada la rabia y nos quedemos paralizados o más bien contribuyamos un poco a la destrucción, o al silencio, o a evadir la realidad, aunque tengamos las mejores intenciones. Tal vez consigamos un tesoro en algún stand. Tal vez no pensemos demasiado y mirando la gente pasar encontremos a un amigo que teníamos tiempo sin ver. Tal vez no quede otro remedio sino probar un poco de todo y asumir que en la vida hay que saber manejarlo todo, que hay que saber mirar al frente, a los lados, pero sobre todo hay que mirar atrás para mantener vivo algo que no se puede definir muy bien. Tal vez las verdad está en algún lugar que no se hace accesible hasta que no has vivido lo suficiente, y quizás, sencillamente, en medio de todo esto sobrevive no quien termina de pie y con el corazón latiendo, sino quien aprende a ser libre.   

Y todo en esa plaza es tan simbólico, las banderas que conviven con el horror, con la esperanza, con la fe, con el esfuerzo por seguir luchando y salir adelante.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Miss Nelson Mandela who?


Hace unos años se me ocurrió uno de los locos proyectos que de vez en cuando cruzan mi cabeza: Voy a ofrecerle a Osmel Sousa enseñarle cultura general a las misses. Por supuesto tal proyecto fue recibido con la mezcla de risa y comentarios estilo qué vainas las que se te ocurren a ti. Yo lo decía bien en serio, preocupada y molesta. Según la gente Osmel probablemente –no sabemos, yo le doy el beneficio de la duda a todo el mundo- no iba a querer pagarme por eso, porque no le importa, porque no le hace falta, porque la miss no necesita cultura general para ser lo que quiere hacer, ser animadora, modelo, actriz de telenovelas mediocres, locutora de radio o en el mejor de los casos fabricante de una marca de bisutería o trajes de baño. Porque aunque Irene Sáez y Bárbara Palacios hayan hecho lo que sea eso es otra generación y no volverá. Ahora el mundo es Kardashian y es lo que importa y punto. Acéptalo.

No lo acepto.

En estos día una aspirante a Miss Colombia respondió que Nelson Mandela era el creador de ese certamen de belleza. Luego la organización salió diciendo que el error fue por falta de información. No puedo entender que se use la palabra información. Eso ir a medio camino entre: es bruta, pero además está muy ocupada en el gimnasio.  A estas alturas de la vida falta de información puede ser que no sepa dónde es la próxima reunión del G20 y a qué se debe la protesta de las cabezas en la arena en playas australianas, pero no saber quién es Nelson Mandela es una falla de su educación. Es la muestra de que gobiernos y sociedades no le dan a la educación y la preparación de su gente el valor debido.

Educación no es sólo recitar tablas de multiplicar y saber qué día se independizó tu país, dejando de lado cómo y mucho menos analizando y preguntándose por qué, más allá del concepto etéreo de libertad un pueblo querría liberarse. Educación y cultura es comprensión histórica, sentido de pertenencia a la raza humana, a la situación global, al impacto del hombre en su mundo, desde cualquier punto de vista.

No digo que una miss tenga que hacer un análisis del Producto Interno Bruto de su país, pero estaría bien que asumiendo que como muchos de nosotros al haber escuchado sobre el gato de Schrödinger en Big Bang Theory sintió curiosidad, aprendió qué es y lo entendió como algo más que un chiste que hace Sheldon Cooper.

El que la gente o un concurso de belleza salga a defender a las misses con argumentos cuyo subtexto es: no las jodan, son brutas y están para que las vean, siempre me ha parecido el colmo de la falta de respeto con la mujer. No condeno los concursos de belleza, es más, me gustan. Los veo sin complejos porque haya en el mundo una mujer más bella que yo dispuesta a enseñar atributos que yo, objetivamente, no tengo. Me molesta el canon que se les impone y que se cuelta hasta nosotras, y más me molesta que tenga que asumirse que por ser bella es bruta, que no da más, que si contesta idioteces es por que está nerviosa o porque no nació para decir cosas inteligentes. Me fastidia el estigma, así como me preocupa el hecho de que las industrias de la belleza hagan hincapié sobre ello, de modo que es una gran cantidad gente que piensa que lo único que importa es una belleza plástica, que cuesta mucho tiempo y dinero obtener, incluso a veces es imposible para el resto, y que para más colmo está divorciada de la profundidad intelectual.

La verdad creo que estamos grave en cuanto a la percepción de la mujer y lo que quienes nos declaramos feministas realmente queremos recalcar. No se trata solamente de reivindicar derechos, es mucho más complejo, se trata de cambiar como el mundo percibe al género, pero lo que es más, como las mismas mujeres se perciben a sí mismas. Ejemplos de mujeres bellísimas y brillantes hay demasiados en el mundo como para que sigamos en este patrón de que tiene que ser bruta si es bella. Incluso me atrevería a decir que esta casi Miss Colombia seguro sabía quién es Nelson Mandela, pero dijo esta estupidez buscando un fenómeno viral. Como también en su momento Jessica Sumpson preguntó si Chicken of the sea era pollo o atún. Demasiado inteligente para saber que pasar por imbécil vende más discos malos y te lleva a crear tu propia línea de zapatos, porque al final, la opresión de la mujer por más pantalones que se ponga y sostenes que se quite está en el hecho de que si eres exitosa y encima bonita, no te lo perdonan. Pero si encima eres culta e inteligente y piensas por ti misma, olvídate, te va a crucificar en cuanto puedan, en cuanto vean un error de tipeo o una vocal mal pronunciada, o cuando confieses que no, no te sabes el orden cronológico exacto de las dinastías que han gobernado Inglaterra desde la Carta de Juan Sin Tierra.  

Yo sigo creyendo en que al menos merece la oportunidad agarrar a estas misses y darles clases de historia universal, de literatura y música. Creo que sería interesante que en vez de preguntarle en el concurso ¿qué número de tu cédula te gusta más? Y sentir que fue un éxito porque contestó que todos son igual de importantes, pero lo pronunció bien y se paró lindo, se le hagan preguntas como ¿consideras que Van Gogh fue un genio? Sí, tal vez se caiga y por supuesto el mundo y You Tube saldrán a burlarse, pero al menos la pregunta valdrá la pena. Al menos ella podrá sentir, esto es duro, hay que pensar. Y eso forja la autoestima cosa que no hacen los múltiples comentarios de bella en un perfil de Facebook.

Este tema de la mujer bella y bruta no afecta sólo a las misses, en realidad es parte de la consciencia social. Las mujeres se odian por algo siempre, o porque sus rodillas son feas o porque no fueron madres como lo esperaba la sociedad. Y ahí lo tienes, casi la mitad de la población del mundo se odia porque tiene baja autoestima.


En fin, que la cultura general no tiene que ver con cuánto sabes del mundo, sino en aprender a buscar herramientas para conocerte a ti mismo. Eso es lo que yo quiero hacer, voluntad me sobra, falta que alguien entienda que belleza es más que tetas, culo y abdominales, y tenga la voluntad y la visión de dar esas herramientas. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Sobre Anatomía de un instante de Javier Cercas: "La concordia fue posible"


A veces sentimos que la comprensión histórica es algo intrínseco a nuestra ciudadanía. Pertenecemos a un país turbulento, a un tiempo de cambios a través de la violencia, de discordia e incertidumbre y tal vez pensamos que sólo por el hecho de estar, ser testigos y hasta partícipes la comprensión histórica es automática. Pero la comprensión histórica se ejerce. Debe nutrirse a través de la formación y de la reflexión. Esa capacidad de comprensión es la que separa los grandes hombres del resto, y es pertinente tanto a una ciudadanía entera como a sus líderes políticos. Eso es algo que saqué de mi lectura de Anatomía de un Instante de Javier Cercas.

En este libro, el cual el autor cataloga de novela, hace una disección del momento en que el Teniente Coronel Tejero irrumpe el 23 de febrero de 1981 en el congreso español, a fin de dar un golpe de estado al gobierno de Adolfo Suarez, que estaba por dimitir a favor de Calvo Sotelo. Luego va retratando a los personajes, comenzando por Adolfo Suárez, el general Gutierrez Mellado, su vice presidente al momento del golpe, otro artífice de la democracia que renunció a un prestigio cultivado durante el franquismo a favor de la transición y Santiago Carrillo, el que terminó de perderlo todo por salvar algo como líder del Partido Comunista Español. Narra cercas los golpes de la política en comparación con los golpes de la historia y los golpes humanos, aunque esos últimos nos queda escribirlos a nosotros como lectores. 

Los votos por el presidente de gobierno se cambian por las balas de los agentes de la Guardia Civil, que junto a dos altos miembros de un ejército aún franquista, que se negaban a ver el deterioro del poder de una monarquía ejercida por Juan Carlos I que se suponía debía ser la continuación de Franco con una corona. Se negaban ante la inminencia de una apertura del estado y el gobierno del país a un sistema democrático en el que el peso del poder sería repartido entre diversos poderes en algunos casos a través de las elecciones directas, y el debilitamiento de un ejército que había pasado 40 años fortaleciéndose, y sobre todo la legalización de un partido que tanta gente había muerto por hacer desaparecer: El Partido Comunista Español. Entonces deciden poner en marcha un golpe (uno de tantos que no llegaron a ejecutarse, o al menos no llegaron tan lejos, o no llegaron a las balas) para frenar la transición democrática y restaurar el franquismo.

Buscaban los golpistas probarle al mundo que Adolfo Suárez se había equivocado al legalizar el partido comunista. Que la amenaza seguía viva. Que izquierda y derecha no podían convivir, que era o una o la otra, pero que España no estaba hecha para diálogos, ni compromisos, ni puntos medios y que nadie podía olvidar el pasado sangriento en el que se había impuesto una visón sobre la otra, porque con su carga de muerte a cuestas, ambos lados habían acordado luchar hasta la muerte para que al final tanto la victoria como la derrota fueran eternas. ¿Olvidó la gente la guerra? ¿Por qué no se impartió justicia a secas al llegar la democracia? ¿Qué es justicia? ¿Qué significa? ¿Cómo se ejerce más allá de las magistraturas y la interpretación estricta de las leyes? ¿Qué es justicia social? Pero sobre todo, ¿De qué le sirve la justicia a la historia sino le puede servir a los pueblos? Como verán es un montón de preguntas las que deja esta libro, lo que le da su importancia como texto. Preguntas que no caben sólo dentro de España.

No sé por qué Cercas lo cataloga como novela. Tal vez, como comentábamos en el círculo de lectura, es para deslastrarse de las quejas de los historiadores por la inexactitud que en sus más de cuatrocientas páginas pueda tener sobre un hecho que seguramente demandaría muchas más. También sea quizás para darse más libertad a la hora de rellenar las lagunas históricas e intentar responder las preguntas que tal vez no tengan respuesta. O quizás, sea para verse a sí mismo como un personaje más, un narrador que quisiera por algunos momentos ser omnisciente y meterse en la piel de algunas de las personas que querían reventar ese proceso tan doloroso y necesario de libertad, y con los que a pesar de las diferencias ideológicas que pudieran separarlo de él, Javier Cercas, como español y periodista, fueron los grandes hombres que entramaron la democracia. En todo caso, si algún día logro conocer a Javier Cercas mi primera pregunta será: Dime ¿por qué llamarlo una novela? Eso sí, no me des la respuesta que le darías al corresponsal de cultura de El País.


A través de sus páginas Javier Cercas, quien no esconde su antipatía inicial con Adolfo Suarez termina por reconocer su valor como hombre que no sólo fue un político brillante, sino que supo comprender la historia, lo que esta demandaba de ella y cuál era su rol en el momento tan delicado que vivía España, lo que no estaba divorciado de sus ambiciones personales. Quizás aquí Cercas rescata algo que a veces nos fastidia creer, que el político que tiene aspiraciones y ambiciones es malo y que sólo el mártir es bueno. Tal vez por estar creyendo en esas figuras de redentores desinteresados es que se termina eligiendo al menos preparado, porque es un actor, pero un actor sin estrategia. En cambio Adolfo Suárez, si bien tenía un carisma que pocos hombres han compartido en la historia, lo usó para alcanzar un objetivo que tenía tanto de personal como de histórico. Una democracia no la teje alguien que se quiere inmolar, sino alguien que busca también un poco de gloria junto al resto de la gente que trata de ayudar.

El libro a través de sus partes va analizando la transmisión que hiciera la cámara de TVE que registró la toma del hemiciclo. Las reacciones de los diputados, desde el incólume Adolfo Suarez y los hombres que permanecieron firmes junto a él durante la amenaza a su vida,  y los que se tiraron al suelo. Usa las imágenes para ir retratando a los personajes que influyeron en la placenta del golpe, hasta su fracaso. En sí, como narrador, es una estrategia de brillante utilizada para construir personajes históricos a través de un solo hecho, o mejor dicho de su gesto frente a un momento cumbre de la historia. Lo que lo deja a uno pensando en la importancia del carácter a la hora de enfrentarse a las exigencias de la historia, y algo que al igual que en su obra Soldados de Salamina Cercas logra que nos preguntemos ¿Quiénes son realmente los héroes de la historia? ¿Cómo se hacen? ¿Qué hace falta para ser un héroe?

El tema del heroísmo se siente presente al principio de la novela, ya al final, estamos viendo más bien los hombres y los recovecos de las motivaciones más humanas. Nos vamos dando cuenta de una verdad que quizás resulte muy chocante en esta era de democracia participativa y fuerza ciudadana, es que al final, el destino de las millones de personas que conforman un país depende de la lucidez, la ambición, la visión, de unas cuantas personas. Lo que es más, depende de casualidades, mal entendidos, una palabra mal dicha, una cita no concertada o el desencuentro de dos personas que por motivos ajenos a la historia se alejaron o más bien se dispusieron a mirar más allá de su resentimiento y se dispusieron a la concordia.

Este libro me dejó un sabor extraño. Por un lado volver a confirmar que a través de la historia de otros países uno entiende mejor la suya. Y no es un tema de tomar hechos históricos de otro tiempo y lugar como un espejo, sino de tratar de entender el alma de los hombres, de los políticos, de los militares, de los ciudadanos y la forma en que se manejan las dictaduras, las democracias, el patriotismo, el miedo. Quizás por otro la conclusión, mi triste conclusión, es lo inútil que es todo. Las vidas que se pierden, que se marcan, las oportunidades que no vuelven, lo que uno espera que la humanidad hubiese podido aprender de cada una de las situaciones violentas, convulsas, en las que una forma de pensamiento o una sola persona pasa por encima de millones, las aplasta, las doblega, las destruye y las marca por generaciones por razones que a veces son tan personales y nimias que la razón no da para comprender. Entiende uno junto a Cercas que las revoluciones y las guerras y los golpes de estado en los que se fuerza a quitar a unas personas para poner otras al final no resuelven nada y sólo marcan, dividen y terminan inevitablemente por convertirse en lo mismo que juraron combatir por el bien común y otra cantidad de conceptos vagos que no son más que espejismos, cuando la realidad es que el bien tiene que comenzar por ser individual y ese bien empieza porque una persona viva sin depender del grado de miedo con que se puede enfrentar a su destino.

Dependemos de unos pocos. En este mundo de democracias en crisis, donde el autoritarismo parece asomarse en occidente como una especie de zombie, donde el bipartidismo se desprecia y se culpa a las instituciones democráticas de todos los males,  este libro nos deja ver que el problema no son las instituciones, ni las leyes, son los hombres que las componen. Al final la respuesta es tan sencilla que da asco: todo es cuestión de los valores y los principios. Y no tiene tanto que ver con la ambición o no, eso es necesario, los valores como comprensión histórica, con la humildad de entender que en política nada es eterno y que precisamente para perdurar, al menos en el recuerdo del poder, hay que planificar la retirada pensando no tanto en cuánto tiempo usar la silla de mando, sino qué se va a dejar cómo legado, la permanencia que no puede ser eterna. Nada que dependa de un sucesor lo es. 


Una sola crítica a Javier Cercas, en algún momento abusa de la repetición en su estilo literario. En Soldados de Salamina esto me pareció más cuidado, y creo que pude apreciar más su calidad literaria. Hubiera preferido más apego a otros elementos de la crónica histórica. Pero es una crítica mínima, en realidad es un gran contador de cuentos, un hombre brillante, maduro, que fue capaz de reconocer como izquierdista que juzgó mal a un hombre de la derecha, y que en esos errores los países se pueden llevar por delante procesos de cambio positivo y hundirse. Me hizo entender eso que Adolfo Suárez puso en su tumba: La concordia fue posible.