viernes, 19 de diciembre de 2014

Resoluciones de año nuevo



No soy mucho de las típicas resoluciones de año nuevo. Ya me he dado cuenta que ese “voy a comer mejor a partir de enero” no me funciona, y todavía tengo por ahí la factura del gimnasio al que nunca fui. Y sí, yo traté, pero la verdad a estas alturas de la vida, aunque sé que puedo organizar mejor ciertas cosas no creo que yo vaya a ser una persona más ordenada.

En general mis resoluciones de año nuevo y la forma como planifico el año tienen que ver más bien con revisar mi filosofía de vida. Hace no mucho fui a una de estas clases de no sé qué disciplina que mezcla pilates, con tai-chi, con yoga, con meditación, con reiki, y el profesor lo primero que hizo fue pedirnos que nos paráramos con los pies juntos, manos a los lados, cabeza erguida y ojos cerrados y tratáramos de sentir como estaba el balance de nuestro cuerpo. Era un ejercicio de equilibrio, la idea era repetirlo al final de la clase para que vieras que ese balance estaba mucho mejor. Yo cerré los ojos. Comencé a ver todo negro. A sentir como si arañas nadaran por mi sangre. Empezaron a dormirse mis dedos. Y me desmayé.

No seguí haciendo las clases, entre otras cosas porque era un poco muy costosa para mi presupuesto. Aunque no sé si el balance dependa de una clase como esa, sí creo que viene de algo del fuero interno.  Así que una de mis metas de ese entonces es fortalecerme por dentro. Ese espacio interno yo trato de cultivarlo a través de la lectura.

No leo solamente por placer y por curiosidad, tampoco leo para poder pararme delante de alguien y decirle, mira, “¿tú sabes quién es Michel Frugenis, un escritor español, de familia escandinava, que vivió en Togo, se mudó a argentina, ahora vive en Memphis y es el próximo Borges?”, Leo porque busco poblar un espacio dentro de mí y darle forma y color a mi mundo interno. Y si promuevo lectura es porque he visto cómo ella hace que tu calidad de vida mejore. No quiere decir que hagas más dinero, o que se salve tu relación o que la pegues del techo en tu trabajo, pero al menos la forma como ves la vida, como disfrutas de las cosas cambia.

Quisiera fortalecerme espiritualmente también. Meditar más. Tener más tiempo para pensar, y para dejar que las cosas pasen con calma. No caer en pánico, y tener un poco más de confianza en mí misma y en las cosas. Quisiera este año rencontrarme conmigo. Vivir una vida más balanceada. No dejarme influenciar tanto por el ruido externo. Lo que dice la gente, lo que piensa la gente, lo que quiero decirles. No dejarme tocar por los comentarios sobre cómo me veo, o cómo críos mis hijos, o cómo funciono en mi día a día, ni cómo manejo mi vida laboral. ¿Qué hago? ¿Por qué?

Recordar que no tengo que justificarme ante nadie. Que hay cosas que hago, digo, escribo porque así me lo dicta mi corazón. Que tengo que salir adelante con mis sueños, y que no será fácil, sobre todo a la hora de enfrentar en el mundo y lo que espera de alguien como yo. Menos compromisos sociales, y más compromiso conmigo misma.

Me gustaría repensar a lo largo de los próximos meses mi forma de aproximarme al amor, a la amistad, a la familia, sobre todo a los hijos, qué les estoy dando, más allá de las respuestas básicas. Recordar que la mejor educación que puedo es más que un colegio, es un ejemplo, es mi propia vida y sobre todo mi expresión y mi sonrisa. Paz y calma. Quisiera además repensar cómo me aproximo a mi país, qué espero de él y qué le estoy dando. Me gustaría pensar en Venezuela más allá de los problemas y la coyuntura. Y sí me gustaría ser parte de un movimiento, así sea pequeño, de rescate de identidad, de mirada positiva, de ganas de amar el país, de entendimiento entre venezolanos, que no tiene nada que ver con chavismo u oposicionismo, sino con ciudadanía. Me gustaría ayudar a formar generaciones de venezolanos orgullosos de su país, más allá de la retórica y de la comodidad. Me gustaría capitalizar esa desesperación que nos entra cuando vemos un Ávila bello y usarla para contestar la pregunta: ¿Por qué amas a tu país?  

Por último tengo un par de resoluciones concretas, una no la puedo comentar porque todavía es un proyecto en fase de planificación, pero si eso se da – y se va a dar, lo sé. - podría ser algo que cambie mi vida por completo. El otro, también puede cambiar mi vida, implica un salto menos obvio y tal vez uno que no mucha gente va a entender, implica dar a conocer finalmente mi trabajo:  esta semana armé un poemario. Tengo años escribiendo poesía, o textos que no sé que género tienen. No me siento en plan “aquí viene un poema”, simplemente necesito decir algo, o recrear algunas imágenes y lo digo. Como si allí hubiese un mundo que quiere nacer. Finalmente los recopilé y los armé. Arranco el 2015 con la meta de publicarlo. Nunca imaginé que haría eso antes de mi novela, pero a veces las cosas se dan así. Ah bueno y el detalle: es poesía erótica.


El año que viene será difícil. No dejo de pensar en lo extraño que resulta que tal vez la única resolución que pensamos plausible sea sobrevivir cuerdos. No enloquecer. Creo que es un año que vendrá para enseñarnos a valorar el país, la gente que amamos, lo que nos rodea, lo que tenemos, lo material, pero sobre todo los valores, para rescatar los que hemos perdido y armar una nueva identidad. O al menos comenzar a hacerlo. Sin embargo, creo que hay que seguir soñando. Pase lo que pase no podemos dejar de soñar, y no podemos dejar de intentar ser mejores. Quizás la resolución más importante sea evolucionar, porque así es que se cambia el mundo, y no es el mundo quien nos cambia a nosotros.

jueves, 18 de diciembre de 2014

La Historia Comienza:La Marcha Radetzky, Joseph Roth.



La Historia Comienza: "Los Trotta no eran de antiguo linaje. El fundador de la dinastía había obtenido el título de noble después de la batalla de Solferino. Era esloveno. Fue nombrado señor de Sipolje, que así se llamaba el lugar de donde era oriundo. El destino le había escogido para una hazaña especial. Pero él procuró que los tiempos venideros se olvidaran de su persona".

La Marcha Radetzky, Joseph Roth.

Navidad época de autómatas



La navidad para mí tiene olor y sabor a galletas. Debe ser porque cuando era chiquita mi mamá compraba  las latas rojas para regalar y siempre quedaban algunas por las casa. Recuerdo las polvorosas y las de canela. Me encantaba la navidad por eso. Me sigue gustando, en realidad. Me gustan las cursilerías y en un mundo donde hay tantas cosas tristes y difíciles, creo que cualquier cosa que te lleve a reunirte y a pensar en cosas bellas como compartir y dar, resultan un alivio las fechas. Sin embargo, con el paso del tiempo, he comenzado a disfrutarlo menos. El problema no es la navidad en sí. En general me siguen gustando las latas de galletas y polvorosas, la cruz del Ávila y el arbolito en la sala de mi casa, pero me produce un enorme fastidio el tema de la regaladera, entre adultos sobre todo, como si fuéramos niños. Niños malcriados además.

No se puede generalizar, pero ya el tema de los regalos pasó de ser un acto de generosidad ha ser un deber impuesto, que si no lo haces quedas mal, si el monto no le gusta a todo el mundo entonces eres un pichirre de mierda, si no descifras a la persona entonces quedan con una mirada de desilusión. Me he encontrado en la última semana en tiendas, pensando, gastando dinero que preferiría ahorrar en regalos que al final del día no sé si se van a apreciar por lo que me costaron además del dinero. Soy de esas personas que guarda las cosas regaladas así no me gusten, porque siempre me recuerdan el gesto, pero esto se ha vuelto tan materialista que ha perdido el sentido.

Si bien una persona espera sus aguinaldos en relación con su trabajo y esto forma parte de una retribución laboral importante, por otro se ha vuelto diciembre una época en la que nos convertimos casi en caníbales.  Me pregunto a cuántas de las personas que trato a diario tengo que regalarles algo, buscarles algo, darles algo. Y entonces me pregunto si lo que realmente importa es el detalle o la intención, o si lo que la gente busca es la cosa, porque está esperando que tú hagas la diligencia de complacer un deseo que además no conoces, o tienes que intuir y además tienes que poder costear. Además el regalo lo tienes que dar, y no tiene que ver con que creas que lo merecen, que lo necesiten, que lo aprecien o porque por algún motivo personal quiera dárselo, como cuando le regalo un libro a algún amigo o un miembro del club de lectura porque me provocó y punto. Porque sentí que lo iba a apreciar, o porque lo tenía en mi biblioteca y no lo había leído, o porque es parte de mi forma de compartir las cosas que amo en la vida y en general me hace feliz. Se ha vuelto diciembre la carrera de cumplir a punta de peroles con todo el mundo, quedar bien, demostrar algo que no sé qué es, ¿qué te importa alguien?, ¿qué cuenta?

Con mis hijos veo con preocupación que para ellos la navidad es una época de materialismo insaciable. No se trata ni siquiera del tamaño del regalo, es recibir casi todos los días algo, y esperar, y esperar cosas nuevas todo el tiempo. Con la crisis no me quiero imaginar la presión y el sentimiento de culpa que tendrán muchos padres que no pueden ofrecerle a sus hijos todo lo que la sociedad impone como casi básico. A veces veo la actitud de algunos papás y me sorprende. No me gusta ponerme demasiado nostálgica, ni sobrevalorar el pasado. A mí el tema de que “en un mi época no se usaban cinturones de seguridad y aquí estamos”, me parece equivalente a decir que en el medioevo no había vacunas y aún así no se extinguió la humanidad. Pero lo cierto es que anteriormente no hacía falta tanto, ni tanto nuevo, ni todo el tiempo.

Estamos a mitad de diciembre y estoy agotada. No tengo muchas ganas de ponerme a repartir regalos, no porque no quiera darlos ni porque no me haga feliz de regalar, es porque no entiendo esto que se convirtió casi en un trabajo. Con mi familia este año pusimos un monto irrisorio que nos causó hasta risa y luego todos terminamos por excedernos un poco, pero el monto era tan bajo que al final el árbol estaba lleno de cosas sencillas y significativas, más que de esfuerzos que te dejan agotado y desfalcado porque “es navidad y qué triste que no tengas ese iAlgo nuevo o que te hayan dado una pinche taza para el café”.

Sé que a veces pienso demasiado las cosas, pero no me gusta ir por la vida haciendo aquello que no entiendo, o no me nace. No creo en esas obligaciones y compromisos sociales, aunque a veces tenga que cumplir con ellos porque al final uno siempre claudica en algunas cosas.

En realidad la navidad que amo es más sencilla. Si bien es cierto que de niño la ilusión es de los regalos, no entiendo qué le pasó a esta generación que se quedó pegado con este tema y que además empezó a esperarlos de todas partes. Yo en realidad espero de mis padres, de mi pareja, más delante de mis hijos, pero que entiendan que más que el regalo es la intención, el esfuerzo, las ganas de darte algo que por un momento te dibuje una sonrisa y te recuerde siempre a una persona.


En estos días una persona sin razón me compró un libro en España. Y fue la cosa más bella del mundo. Me sentí tan conmovida. Esos son gestos de generosidad, de diciembre, casi de amor al prójimo, y esas son las cosas que hemos perdido en la vorágine de cumplir, de hacer, de entregar y de no valorar lo esencial de casi nada. Sé que suena a navidad Plumrose, pero la verdad creo que vale la pena sentarse a pensar en el significado de las cosas que uno hace, porque si no un día te despiertas y eres un autómata, y en la vida no hay nada más importante que ser uno mismo.  

martes, 16 de diciembre de 2014

Listas de lectura del 2014



Estas son las listas de lectura de los distintos grupos a los que pertenezco. Falta el de The Book Club, pero no pude conseguir algunos meses, y me creerán si les digo que tengo algunos baches y no los recuerdo de inmediato. En ese leímos a Rohimmton Mistry, a Virginia Woolf, a Thomas Hardy, a William Burroughs, entre otros. 

El 2014 a través del círculo de lectura Ama-Gi: 
Enero -   El último encuentro de Sándor Márai
Febrero- Siddhartha de Herman Hesse 
Marzo -  1984 de George Orwell 
Abril -     La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela
Mayo -   Madame Bovary de Gustave Flaubert
Junio -   La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde
Julio/Agosto/Septiembre - Cien años de soledad de Gabriel García Márquez
Octubre - Drácula de Bram Stroker
Noviembre - Verano de corrupción de Stephen King
Diciembre - En el café de la juventud perdida de Patrick Modiano

Medio 2014 a través de lo que leímos en La Libreria Sopa de Letras
Junio -           Blue Label de Eduardo Sánchez Rugeles
Septiembre - Divorcio en Buda de Sándor Márai
Octubre -       Días de novenario de Inés Muñóz
Noviembre -   Anatomía de un instante de Javier Cercas
Diciembre-     Amor y verano de William Trevor

jueves, 11 de diciembre de 2014

Patrick Modiano, En el café de la juventud perdida.

La historia comienza: 

"Des deux entrées de café, el empruntait toujours la plus étroite, calle qu´on apeláis la porte de l´ombre. Elle choisissait la même table au fond de la petite salle. Les premiers temps, elle ne parláis a persone, puis elle a fiar connaissance ave les habitués du Condé dont la plupart avaient notre âge, je dirais entre dix-neuf et vingt-cinq ans. Elle s´asseyait garfios à leurs tables, mais, le plus souvent, elle était fidèle a sa place, tout au fond."

Dan le café de la jeunesse perdú, Patrick Modiano

Libros del mes de diciembre

Esta ha sido la semana de la lectura, tengo los tres círculos de lectura montados encima. Ayer tuve dos.



El primero para discutir una novela de William Trevor, Verano y Amor. Es sobre Ellie Dillahan, una mujer huérfana casada con un granjero, que a pesar de su pasado trágico a logrado encontrar cierta paz al lado de un hombre también marcado por la desgracia, pero que no se ha dejado hundir. Florian Kilderry, es un joven fotógrafo que quiere dejar Irlanda para huir del peso de su pasado. Florian y Ellie se encuentran y viven una historia de amor, extraña, nostálgica, cargada tanto de esperanza como de arrepentimiento, de paz y de melancolía.

Todo buen libro es una historia. Hoy en día, sobre todo con los avances de la tecnología en el cine y las tendencias literarias es raro que una historia nos soprenda. Ciertamente el valor de esta novela no está en la historia en sí, la cual puede ser hasta predecible en cierto modo. Su valor es la forma como está contada. Trevor va tejiendo la trama de una forma tan sutil, enganchando al lector no por los sucesos, sino por la forma en que los personajes los viven. Sus sentimientos tan humanos, sus razones, sus motivos.

Es una novela no sólo sobre el amor, sobre cómo y por qué nos entregamos a otro ser humano, sobre lo que significa dar la vida entera o dar tan solo unos momentos. Es una novela sobre el pasado, el peso que tiene sobre nosotros, y quizás lo más que indaga Trevor es qué nacimos para ser en la vida, y si lo hacemos influye. ¿Qué tiene más peso la voluntad o el destino? También es una novela sobre las marcas. ¿Qué constituye una tragedia? ¿Qué hacemos una vez que nos llega?

No es el tipo de novela que guste a alguien que está buscando acción o una trama movida, más bien es para los amantes de la poesía. Es breve, de forma que su estilo no se torna pesado. Como lector uno disfruta la forma tan cuidadosa como están construidas las escenas y la atención al detalle.


En el otro club de lectura leímos Lejos del Mundanal Ruido de Thomas Hardy. Me fascina el trabajo de Hardy. En general la literatura inglesa del siglo XIX me atrapa. Hace un año más o menos leí Tess of the D´Urvervilles y me fascinó. Claro que antes de leer un libro como este hay que tomar en cuenta su época y la forma de escribir. La forma como avanza y el tipo de lenguaje hace como lector uno tenga que darle unas cuantas páginas de adaptación. Luego es que viene realmente el momento en que uno se mete dentro de la historia.

Adicionalmente a ello estos autores siempre se apoyaban en tramas complejas, con sub tramas cargadas de eventos para incorporar subtextos relacionados con la época en la que vivían. Hardy era mucho más osado y hacía suyo el feminismo en una época en la que las desventajas de la mujer eran considerables. Una de las cosas que me intriga es que la protagonista Bathsheeva Everdeen hubiese podido heredar una granja de su tío cuando en Inglaterra las mujeres no podían heredar, pero ignoro si es que esa ley es posterior o si simplemente Hardy hizo el ejercicio así porque quiso.

En principio esta es una historia de amor. Amor en dos frentes. Es el amor de un hombre por una mujer. Un amor incondicional, inquebrantable, inamovible. Y el amor de una mujer no por un hombre, sino a sí misma. En general la mujer siempre está condicionada para entregarse al hombre y supeditar su vida a él. Bathsheevaa Everdeen no es una mujer de este tipo de entregas, y de hecho cuando lo hace las consecuencias son catastróficas. Su búsqueda es la de la construcción de un mundo en el que ella pueda desarrollarse, hacer lo que ama, valerse por sí misma. Es un personaje redondo porque evoluciona dentro de sus defectos para encontrar la forma de potenciarlos. No es necesariamente un proceso educativo, no es un aprendizaje, es más bien un descubrimiento. Mientras que Gabriel Oak, que es el hombre que la ama es un personaje que se mantiene constante durante todo el libro.

Hardy usa mucho el recurso del simbolismo. Utiliza todos los elementos de la naturaleza para demostrar no sólo la influencia que tienen sobre los hombres, sus vidas y su destino, su fortuna, sino además la evolución de sus sentimientos. Hay pocos autores que puedan pintar escenas rurales como Thomas Hardy. Ciertamente para el lector contemporáneo pueden ser un poco pesadas, pero no dejan de ser bellas.


Próximamente verá su adaptación al cine, veremos qué sucede con la historia en ese proceso.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

El Terminal

Tom Hanks protagoniza una película llamada Terminal en la que da vida a un ciudadano de un país que mientras está de tránsito en Nueva York pierde su nacionalidad a cusa de un golpe de estado que deja en el limbo su ciudadanía. Dado que su país “ya no existe” y que internacionalmente no saben qué hacer con él las autoridades migratorias no pueden ni dejarlo entrar a Estados Unidos ni deportarlo a un país que ya no es. Mientras se resuelve el conflicto pasan meses y Tom Hanks pasa las semanas haciendosu hogar de un gran terminal de aeropuerto. Hace lo que le toca a cualquier ser humano que apela a su resiliencia, seguir adelante con la vida. Hace una rutina, conoce gente, toma un espacio y así crea una identidad.  Incluso protagoniza una historia de amor, cuando se convierte en esa especie de caballero sensible que ve desde lejos a la inalcanzable aeromoza que encarna Catherine Zeta Jones y la va cautivando con su sensibilidad. Con ese gusto por la vida y lo sencillo que pone perspectiva en la mirada de quien no se ha perdido en su tragedia.

No sé si fue porque ya lo leí y en ese caso pido disculpas al autor original, o si fue porque lo conversé con alguien, así que si esa persona recuerda la conversación le agradezco me ponga en evidencia, pero en estos días he comenzado a pensar y recordar esa película con otra perspectiva. Eso de sentir que no se tiene país porque el que teníamos se acabó. Como si el pasaporte no significara ya nada. Así me siento. Sin país. 



En estos días si subes una foto del Avila a Instagram vas a tener más likes y comentarios que si llegas a subir un video en el que te desnudas. Y sí, probablemente tenga que ver con el hecho de que ya las curvas no están como de quince, ni tienes las prótesis de Diosa Canales, pero también con la realidad de que los venezolanos vivimos buscando algo a que aferrarnos. Vivimos buscando reafirmar nuestra identidad, o más que reafirmarla: redefinirla. Hemos visto tantas cosas terribles, muchas de las cuales sobrepasan la imaginación, como si se desbordaran de una serie de televisión de esas en que cada guión es más escabroso que el otro y uno se imagina a los creadores inventando horrores desde lo peor del ser humano.

A diario hablamos, repetimos y vemos que resuenan en el mundo historias de  presidentes que dan risa, que inspiran movimientos populistas y vacíos de ideas que buscan remover las peores expresiones de la gente, cifras de corrupción y violencia, presos políticos, delincuentes internacionales, expropiaciones, estafas y deportistas que hacen del deporte un show a lo Kardashian, aunque se caigan de nariz o revienten el carro que se llevó los dólares de miles de personas que buscan medicamentos desesperadas, incluida por cierto una ex primera dama de este régimen.

¿Y cómo entramos en esto? Si no robamos. No matamos. Si nos causa horror todo ello, y además, nos toca sufrirlo, porque vivimos con miedo, porque las cosas que queremos y nacimos para hacer se van tornando imposibles. Porque entre la incertidumbre y la desconfianza nos va entrando una desilusión tan grande, y es como si de pronto no perteneciéramos a un país, sino un pedazo de tierra que va volando solo. Una especie de isla flotante, un país propio creado en nuestro espacio de supervivencia. Lo poco que consigo, lo que guardo, la forma como me voy preparando para un Tsunami que nos va a llevar qué sabe a dónde. A emigrar o a morir de mengua. Y uno se va poniendo triste y melancólico. 

Nos cuesta ver a Venezuela. Y es como si quisiéramos que nos la recuerden. En realidad en Venezuela hay mucho talento y muchas ganas de un mejor país, pero se pone en duda o mejor dicho se afirma lo contrario. Entonces te das cuenta que somos un país con baja autoestima colectiva, y peor somos un país que no se conoce a sí mismo. Recordando momentos clave de mi vida, sobre todo de mi educación me doy cuenta que durante mucho tiempo parte de lo falló fue el anclaje al país, a la identidad nacional. Pienso en los Mexicanos y esa forma que a veces a uno le cae pesado, pero que en realidad es envidiable, como ellos por cualquier cosa y en cualquier lugar gritan ¡Viva México cabrón! Me imagino a alguno de nosotros gritando ¡Viva Venezuela! en un matrimonio con una borrachera, lo más probable es que te miren como si te hubieras tomado algo adulterado.

Enumerar las viscicitudes de la vida del venezolano y concluír que el dolor tiene que ver con la pésima calidad de vida que tenemos casi todos tal vez tenga algo que ver. Hasta el que pensó que la crisis económica no le iba a tocar esta ahora tragrándose sus palabras, sin poder adobarlas con todo lo que le gusta porque muchas cosas no las consigue, pero no todo es por lo material aunque sea el foco y el detonante, hay un dolor más profundo. 

Muchos venezolanos nos sentimos dolidos con el país. Yo a veces quisiera hablar con ese ente etéreo y pedirle al menos unas cuantas cuentas. Uno siente como una estafa. Nos vendieron una bandera, un escudo, una identidad y de pronto no es. Porque cuando nombran a Venezuela afuera uno siente que el nombre del país no es suficiente, que uno tiene que aclarar, sí pero ya va, Es que yo soy una Venezuela, la que llevo dentro, la de esta ribera del Arauca vibrador, porque si te digo la verdad hay otra que no sé, no soy yo, ese país, esa imagen, ese discurso, deja te muestro esta foto, este cielo, el Salto Angel y un logo de una campaña del pasado, pero sin idealizar el pasado, sólo rogando volver a ese punto no para quedarnos con él sino para otra oportunidad al futuro. ¿Me explico?  No sabemos a cuál Venezuela pertenecemos ¿la de ahora? ¿la del pasado? ¿la que soñamos? ¿la que yo creo que estoy construyendo? ¿la de la realidad? Y si te paras en la última pregunta, ¿cuál es la realidad? ¿quién tiene la razón?

¿Cómo ponemos eso en una cédula, en un pasaporte? Cómo le dices un país, te amo, eres mi país, pero...¿Cómo ejerces tu ciudadanía con peros? 

Es muy complejo todo esto. Como ciudadana a veces siento que busco un espejo para verme y no lo encuentro. De vez en cuando escucho el himno cantado en cierto contexto y me desbordo en lágrimas, sé lo que significa, no con el intelecto, con la piel. ¡Abajo cadenas! Los significados que ha tomado esa frase, ¿por dónde empezamos a explicarlo? Otras lo escucho en boca de alguien que siento que lo profana, hasta en la entonación, hasta en la falsa ceremonia y quiero huir a otro planeta, porque el mundo entero se me hace cómplice de una traición.

Sé que este es momento más de cifras económicas de que sentimentalismos, pero a veces pienso que pensar en reconstrucción sin reflexionar sobre quiénes somos y qué país queremos, qué nos ata aquí, qué nos alimenta como sociedad, qué le ofrecemos al mundo, qué nos hace venezolanos más allá de la cédula y la hallaca de tu mamá es perder el tiempo o sencillamente tender un puente para que tarde o temprano esto vuelva a pasar.

Me siento como Tom Hanks, salir del terminal es la meta. Ver un mundo posible y luego regresar. A eso, eso que está allí adentro, medio perdido. No veo la hora de ser libre de nuevo, de entender mi país, que VENEZOLANA signifique algo indescriptible, inexplicable, algo que le pase a mis hijos sin tantas palabras, ni explicaciones, ni juegos para esconder la realidad. 

Aquí la residencia no se trata sólo de aguantar la tormenta y no perder la calma y la sonrisa, y sobrevivir dicho sea de paso, sino de recuperar la identidad y no desde la descalificación y la negación, sino desde el orgullo. Creo que en gran parte recuperar la identidad nos va a ayudar a reconciliarnos y a reconocernos, porque aunque duela y moleste, si vamos a contruir un país desde la retribución y la retaliación simplemente vamos a termianr de hundirnos pensando que estamos trabajando en algo nuevo. Lo que no quiere decir que la justicia no sea parte de la ecuación, de hecho, para recuperar la identidad y el respeto por nuestro país como ciudadanos tenemos que ser firmes en demostrarle a quienes humillaron esta patria que hay cosas que deben respetarse, que ser patriota es mucho más que un saludo militar y que tener patria no tiene que ver con conseguir o no shampoo, es con entender que tu país forma parte de quién eres, de las cosas que te definen, que si no sabes de dónde vienes y no tienes raíces, así estés lejos de ellas, es difícil orientarse en la vida y forjarse un camino en ella.