martes, 30 de septiembre de 2014

A mis queridos jugadores de Goobye Caracas

Conmovida frente a todos los mensajes que por distintas vías me han hecho llegar de quienes se han animado a jugar Goobye Caracas conmigo. Y a quienes han compartido un pequeño escrito. Gracias por la muestra de amistad, de apoyo, de cariño. Me han sacado lágrimas -ok, yo sé que no es difícil, pero igual- y me han hecho reír, imaginando almuerzos y planes que algún día vamos a materializar.  Porque claro que sí lo haremos. La semana que viene. ¡Seguro! 

Tengo el corazón revuelto de tanto cariño. De ver cuánto nos pega el exilio, y la fractura de la vida cuando se nos va alguien que amamos, pero sobre todo de las ganas que tenemos de que alguien nos acompañe. De las formas para aligerar una carga tan pesada. De la manera en que los sueños de unos se retroalimentan con los de otros. 

Parece mentira cómo este pequeño juego a la negación, que dudé en publicar, nos ha mantenido cerca, y me ha traído a gente que no conozco en persona, pero que vamos tejiendo una ficción de planes.

Es muy reconfortante saber que no estamos solos, y que la frase no se limita a pensar si hay vida en otro planeta. 

En este todavía hay. 
En este país, también. 
En este país que se extiende y se desdobla, y que vamos creando en distintas partes del mundo. 
Estas amistades y ejemplos de solidaridad. 
La forma cómo damos la mano a otro, es allí donde se encuentra parte de la esencia que nos hace humanos. 


Nos seguimos viendo y leyendo por la Blogosfera.  
¿La semana que viene alguien se anima a ir al cine? 

Medicinas que vuelan


Esto no es una solución. Las medicinas que llegan de Brasil son prueba de nuestra tragedia. 

Hemos debido ir a recibir las medicinas al aeropuerto. Como cuando llegaba una miss y se hacía una caravana de papelillo. Hemos debido ir con mariachis, cartelones, globos, y una gran sonrisa. Profeta casi infalible. El hombre que va a salvar este país: Atamel Fernandez. Dicho sea de paso, me imagino que con todo esto dentro de unos diez años sacan una cédula con ese nombre. ¿Quién va a culpar a los padres? Si te da un virus cuyos dolores te encorvan y consigues algo que te alivie yo también haría lo mismo. 

Ayer en Caracas:

Señora de unos cincuenta años me mira. Me sonríe. Entre otras cosas porque la farmacia estaba cerrada con una reja y por alguna razón la abrieron para que pasáramos. Se ríe. Es una de estas señoras que fácilmente podría ser mi tía. Pide una Centella Asiática. Yo pienso que eso me suena a algo que tomaría Buzz Lightyear. Me vuelve a mirar y finalmente le digo: 

- Yo tampoco en entendí lo de la reja. 
- Mira mi reina- Dice la señora. Definitivamente puede ser una de mis tías. - ¿Por qué la reja? ¿Va a pasar algo? - 
Pienso: Señora aquí nunca pasa nada. 
- No, es que ya vamos a cerrar.  
- Ah. Ok. - Me mira, como tranquila que el equipo gana. - Mira una preguntica, ¿tendrás Atamel? 

La señora no cambia la expresión. No responde. No dice nada. Le busca los medicamentos y le saca la cuenta en una computadora que está un poco más allá. 

- ¿Y algo que sea igual? 

Sigue el silencio. 

Me mira y pregunta: -¿Tú tienes Atamel? - Alce los hombros e hice un gesto de qué vamos a hacer, porque no me gusta hablar de esas cosas. Me ponen a decir más de la cuenta. 

- ¿Y de verdad no tienes nada que se le parezca?
- No señora. 
- ¿Y no te va a llegar? 
- No. - Esto se lo dijo otro muchacho que atendía en la farmacia. 

A cada rato alguien se asomaba por la reja cerrada y preguntaba por algo. A nadie le vendieron nada. Uno de los medicamentos que recuerdo: Eutirox.


Me faltó una ampolla así que fui a un Farmahorro. Nada del otro mundo, me tocó el 78 e iban por el 70. La gente agolpada sobre el mostrador de la farmacia como si fuese una barra de cerveza en el poliedro. A cada rato alguien venía y gritaba sobre nuestras cabezas si había Acetaminophen. Los vendedores no respondían. La palabra acetaminophen llueve. A cántaros. Es un diluvio. El santo grial. El elixir de la juventud, de la vida eterna. La fruta prohibida. O el antipirético prohibido. Casi tabú. Un sueño. Pronto nos convenceremos de que el Atamel en todas sus presentaciones fue un mito. Quizás las próximas generaciones se burlarán de nosotros "eso nunca existió". O tal vez terminen de avisarnos que los pollos que viene de Brasil han sido alimentados con dosis de 500 mg cada cuatro a seis horas y que si los comemos es una rara especie de dos pollos de un solo tiro. Porque las soluciones aquí ahora son así. 

En realidad, no puedo decir que vi nada extraordinario. No hubo escenas dramáticas, ni exageradas. Entré salí. Hasta me sonrió el señor cuando me dio mi pequeña bolsa, cosa que ya es decir bastante. Una tarde cualquiera en una farmacia. La cotidianidad y lo que se ha vuelto. Lo que es sentir que no hemos visto nada, cuando estamos presenciando algo tan grande. Un abismo. Una caída libre. No    pasó nada mientras está pasando de todo. Gente como desesperada. Angustiada. Apurada. Preguntando. Buscando. Pasando. Tensión en el ambiente. Miedo. Agotamiento generalizado. Somos una sociedad sin vitaminas. Pero tampoco resignada. La gente sigue yendo de un lugar a otro, porque en algún lugar hay. Tiene que haber. Esto es Venezuela. O era. O tendrá que volver a ser. O ya no sabemos. Ni cómo. Ni cuándo. Pero pareciera que el por qué se está viendo cada vez más claro. 

La gente que atiende casi no responde, porque no sabe qué va a responder. Hablan bajito. Como un novio regañado. Como si estuvieran haciendo algo malo. Me imagino que han tenido que servir de psiquiatra para muchas personas que llegan a descargar sus frustraciones. ¿Con quién más lo vas a hacer? Al final uno con su dolencia menor y qué importa. O sí importa. Pero a uno lo van convenciendo de que todo lo que no es grave importa menos. Porque la vida y sus condiciones se van calificando. Lo que quieres pasó a segundo plano frente a lo que necesitas, y ahora lo que necesitas no importa, cuando están frente a lo urgente. Y Dios te salve de lo urgente. 

Nos hemos ido olvidando de lo que merecemos,  hasta que la realidad se esparza como una de esas bombas lacrimógenas que lanzan afuera de los lugares repletos de gente, cuando hay leche o pañales y las madres, desesperadas se agolpan a las puertas.  


Ni Buzz Lightyear cura todo a punta de Centella Asiática. 

Tal vez sea Buzz Lightyear el que venga volando con las toneladas de medicamentos, gritando algo como "hasta su récipe médico y más allá". O en su mejor versión planeta tierra, Lufthansa. Al final da lo mismo. Les deseo a mis queridos lectores que lo que está en su récipe haya venido en ese avión.  Que no tenga que recurrir a las romanos, o solamente al grupo de oración, ni tenga que hacer un Vía Crucis de farmacias. Y mire cómo terminan siendo las cosas en este loco país, ahora también las medicinas aunque no son brujería, de que vuelan, vuelan. 

jueves, 25 de septiembre de 2014

Sobre la talla y la vida interior

En la adolescencia no  fui talla dos. Para mí nunca fue un problema. Yo fui una gorda feliz durante muchísimo tiempo. Tuve mis novios, y no me faltó atención por tener kilos de más. Eso de que la belleza es algo que se proyecta será un cliché pero es verdad. En mi casa intentaron ayudarme a adelgazar de distintas formas. Claro que nunca escuché una palabra despectiva, pero la presión si estaba allí. De vez en cuando uno escuchaba perlas como “las mujeres flacas no comen pan”. Hasta el sol de hoy yo no vivo sin pan, y no me interesa qué come o deja de comer Giselle Bundechen, o qué dice el último libro de la dieta Empire State, o Californication, o si no lo nuevo es regirse por la alimentación de las rémoras del tiburón ballena. A mí me gusta comer, y es parte de disfrutar la vida, en qué pantalones entro o no, es secundario. Claro que a veces me gana lo otro, y me ha ganado bastante. Yo llegué a pesar 45 kilos y a alimentarme con un carpaccio al día. Sí, el platico sencillo que te ponen de entrada en el restaurante. En el camino a entrar y salir de eso, por si quedan dudas, destruí mi estómago, aunque considerando todo lo que ha podido pasar y las consecuencias, no estoy tan mal. Hoy en día pienso que más vale que sea pecado, que San Pedro nos esté esperando y nos diga, “mira tú, sí, veinte cocosetes, ocho torontos, no-le-digo-no-a-un-tequeño, me encanta la Pepsi. Sí.Tú. Cuarenta años más de purgatorio”. Es que tiene que ser así, porque si no, de verdad ¿de qué valió tanto? ¿Es realmente una talla lo que vamos a dejar de recuerdo?

Siempre que llegaba el arroz a la mesa me servía un monte como el Everest. Sólo una vez mi mamá intentó llevarme con un nutricionista. Yo tenía unos veinte kilos de más. El consultorio estaba atiborrado de gente. Mucha cara de angustia, mucho tiempo, mucho pecado, culpabilidad, malestar, desencuentro emocional. El médico me recibió, me midió, me pesó, me vio. Me hizo una lista de las cosas que podía comer. Un puñito de arroz, unos gramitos de pollo. Me sentí peor que un animal de subasta mientras me pellizcaba para medirme la grasa corporal y me decía eso se puede corregir. Y sé que no es culpa de él, sé que la grasa corporal se mide así, no es el tipo de examen, es la falta de respeto. Es la manipulación. La lástima. La condescendencia. La estafa.  El juramento hipocrático tendría que ver con el cuerpo, pero con el alma nada. Tuve que escuchar que los hombres no me iban a querer, que la competencia era dura, y no fue la única vez. Ha vuelto ha pasar en repetidas ocasiones. Siempre me ha provocado preguntar ¿competencia de qué? Ni siquiera hoy en día soy de las que pone fotos en bikini en Facebook.  A ese doctor no lo volví a ver, pero sé que muchas amigas sí. Hoy en día sólo confío en una nutricionista, la mujer más brillante y profesional que conozco, y que jamás le diría eso ni a una mujer ni mucho menos a un paciente.

Claro que el peso no ha sido el único tema. La celulitis, sobre la que realmente no puedo hacer nada. Realmente nada. También me ha traído comentarios. Me han recomendado desde electroshock, hasta inyecciones de alcachofa. De la cama de electroshock me bajé en menos de diez segundos, le di las gracias a la amiga que me la estaba ofreciendo y me fui. La vida es demasiado corta, demasiado complicada, hay demasiado sufrimiento, angustia y cosas por hacer para tirarme en una cama y apretar los dientes pensando que Satanás usa un procedimiento igual, si al final ni siquiera me quiero complacer a mí misma sino a otro. Tarde o temprano todo eso se va a perder. Entiendo que para algunas personas no hay otra opción y esa es la única vía. Entiendo también que la autoestima se lacera y que uno busca cualquier paliativo para aliviar dolores y vacíos tan grandes como ese sentimiento de no ser suficiente, de no estar a la altura de algo, de no ser la mujer ideal, la perfecta y le peor: ser menos mujer.

Sin embargo, a veces me da rabia con el mundo. Me pregunto ¿cómo pasó esto? Tuve dos hijos y recolecté una cantidad de comentarios absurdos sobre mi peso. Agradecí mil veces a mi obstetra por decirme “lo único que está prohibido durante el embarazo es hacerle caso a las tonterías de la gente”. Desde el culo hasta las tetas. Algunos fueron piropos, otros cargados de veneno, desde no has engorado suficiente, hasta todos los consejos para comenzar a hacer dieta el minuto que el niño gritara. Y ni hablar de la carrera por volver a la ropa de antes. En un caso tardé tres meses, en otro diez. ¿Y qué? ¿Cómo cambió eso mi vida? ¿Cómo me ayudó a ser mejor o peor mamá? No sé. A veces cuando trato de ver cómo mis hijos me ven, yo que todavía soy su amor más puro y más profundo, entiendo que el peso les importa un carajo. Que ven otras cosas. Ven mis manos y lo que hago por ellos, ven cuando sonrío y cuando les tengo paciencia y hasta dónde pueden llegar conmigo. Quieren estar conmigo por mí, por la protección y la paz que les doy, no por mi circunferencia abdominal y el ángulo de mis nalgas. 

A veces me pregunto si después de tanto sufrir pondrán mi peso y mi talla en mi lápida. 56 Kg, talla 4 y en paréntesis (depende de la marca de la ropa). Hoy en día esa información es casi sagrada y privada. Puede ser objeto del mayor orgullo –en algunos casos se amerita, aquí no se generaliza- y puede ser una vergüenza, -es un peligro que el peso nos avergüence. Pero a eso nos están acostumbrando. A veces siento que nos hemos acostumbrado a que el flaco gana. Y eso es una gran mentira, la delgadez por delgadez no trae nada. Piel y huesos. Recuerdo que cuando estuve flaca, tan flaca, lo más flaca que he estado en mi vida no era feliz. No tenía tantos levantes, ni sonreía tanto, ni disfrutaba tanto. Muchas cosas eran un infierno, sentarme a la mesa, medirme ropa, verme al espejo, montarme en el peso.

El mundo nos grita constantemente que no somos suficiente. Las pestañas no son suficientemente largas, aquí tienes para alargarlas. Las arrugas son devastadoras, aquí tienes para prevenirlas. Tus labios no son suficientemente gruesos, aquí tienes para que parezcas alérgica a las abejas. Tus piernas no están bronceadas pero el sol mancha, aquí tienes para que parezca que vives en una playa en Costa Rica. Tu pelo no brilla lo sufiente, y está seco, y el color no le da vida a tus ojos, y además te convendría tenerlo más largo, ¡ya! ¡Mañana! Aquí tienes aceites, brillo de seda, coloración, extensiones. Postizo o no, muchas cosas uno las disfruta y ciertamente hay algo delicioso en el proceso de embellecerse. Y sí, de vez en cuando uno sale de la peluquería y se siente nuevo y renovado. Pero la línea es delgada, porque también uno puede llegar a sentirse extenuado, agotado e insuficiente. Y ni hablar del costo económico. 


Yo creo que las mujeres tenemos que hacer un esfuerzo por recuperar mucho de lo que hemos perdido. Por retomar el control y encontrarnos con ese punto interno en el que está nuestra verdadera belleza. Es más que tetas, que culo, que una bocas así o un vientre plano lo que podemos aportarle al mundo. Es mucho más lo que necesita la humanidad. Al final no hay dieta que cambie lo que somos, ni lo que podemos dar, no hay dieta que valga el talento que tenemos, ni la forma como nos relacionamos con la gente que amamos. Eso es lo que realmente importa. Es allí donde hay que concentrarse. Esa es la vida que hay que trabajar: la interior. 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

¿A qué le tienes miedo?

¿A qué le tienes miedo? Es una pregunta tan profunda y que requiere en realidad un gran esfuerzo de reflexión para contestarla. Tener miedo es algo tan cotidiano que a veces cuesta ubicar el sentimiento en una escala mayor, y su efecto en nuestras vidas, decisiones y relaciones. El miedo lo empezamos a experimentar de pequeños. Generalmente el miedo de los niños suele minimizarse, casi despreciarse, porque después de todo, quienes ya sobrevivimos la infancia sabemos que de muchas cosas que nos mataban de miedo de niños, realmente no nos íbamos a morir. No hay monstruos debajo de la cama, no nos iban a dejar en el colegio para toda la vida, no hay un coco que viene si no te duermes a tiempo, ni la vecina come niños, aunque todavía, después de tantos años casi pudieras asegurar que su mirada dice lo contrario.

Claro que, de grandes los miedos son otros. Sobre todo el miedo a la pequeñez a la que nos someten los sistemas de la sociedad. Desde cosas grandes como el éxito y el fracaso en cualquier empresa. Desde el trabajo hasta el amor.  Hasta todo lo relacionado con la vida cotidiana, las deudas, las relaciones familiares, las decisiones que impliquen un cambio de vida, una renuncia. Nos vamos dando cuenta, a veces un poco tarde, que muchos sueños se van quedando por el camino. Porque tal vez soñábamos por cambiar el mundo, pero por el camino el mundo más  bien nos cambió a nosotros y nos convenció de que éramos más pequeños de lo que pensábamos. En conclusión, que la respuesta para muchas cosas es: no se puede y no conviene intentar.

En un país como este uno tiene que hacer de pronto un gran inventario de sus miedos. El miedo a la muerte, por ejemplo, ya no tiene tanto que ver con la trascendencia, ni el dolor, ni el sufrimiento, ni la parte práctica, o hasta moral. Tiene un sabor a inmediatez que hace un tanto amarga la existencia. Para quienes sufren como yo, de Sindrome de Imaginación Exacerbada, el problema es grave. La cantidad de imágenes que desbordan mi mente no ayuda, y de vez en cuando me llevan a estados de ánimo que hacen que otros me animen a "relajarme". Como si mis pesadillas fuesen imposibles. Ya no es monstruo debajo de la cama, es más bien un monstruo con el que juego ajedrez y tomo café. 

El miedo a la represión es otro que está siempre latente. No se trata nada más del miedo a ser reprimido con perdigones y bombas lacrimógenas. Eso sería muy sencillo, no vayas a más protestas. Pero la represión en estos sistemas tiene varias caras y va tejiendo sus telas para irnos amarrando a todos, casi sin que nos demos cuenta. Cada vez somos más discretos, más privados, más desconfiados. Cada sonrisa, cada apretón de mano, cada rostro desconocido tiene detrás de sí una maraña de posibilidades que puede asombrar incluso al más ingenuo de nosotros. Nos hacemos mil preguntas y nos dudamos demasiadas veces. Preferimos ir callados, cambiar de tema, sonreír por compromiso y sin ganas, no decir lo que pensamos, guardarlo para otro momento y tratar del calmar las pasiones. Y es un cansancio que se lleva por dentro. Un marasmo. Un desgano. Todo producto del miedo. Nos reprimimos. O nosotros mismos o unos a otros. Ponga por ejemplo algo polémico en Facebook, como que no está de acuerdo con tal o cual líder político. Verá lo que es la represión y la cantidad de gente que de maneras más o menos educadas y bonitas le piden que por favor, se calle. Eso es el miedo. 

Miedo al dolor. A la partida. A lo que sucederá mañana. Al aguacero. A las reacciones de la gente. A las decisiones que tomen otro por nosotros. Miedo del avión que va sobrevolando la ciudad, o a la moto que la recorre. Miedo de la falta de tantas cosas. De ir a un lugar y no conseguir lo que se necesita. Miedo a no tener elección. Miedo a perder lo poco que la vida nos deja en las manos. Miedo a ver desplomarse los sueños y los talentos consumirse en un pantano. Miedo a no poder decir lo que se piensa, ni la verdad, ni si quiera a mentir porque tampoco hay mucho espacio para la mentira a menos que sea cómplice. Miedo a no poder engañarse uno mismo. Miedo al resentimiento, porque de vez en cuando uno ve alguien que tal vez no se deja consumir por la oscuridad, o que sigue, por voluntad o por suerte, y ya uno se siente dolido. Porque de vez en cuando pareciera que el miedo es y debe ser generalizado, pero la verdad es que no a todos les ha tocado y nos preguntamos por qué. Miedo a perder tanto, cuando ya no queda mucho. Lo poco queda. Miedo a comenzar de nuevo y miedo a que todo termine. ¿Cómo será todo esto cuando termine? ¿Cómo es un país que se acaba? 

Uno siente que los miedos se enrollan entre las piernas.  No podemos movernos. Quizás parte del cambio tenga que ver más con nosotros mismos que con eventos externos. Incluso el cambio de país, de realidad, de modo de vida. Hay que hacerse la pregunta y reflexionar. Porque después de todo, vivir aterrorizados no previene las desgracias, en cambio actuar si enfrenta el miedo podría cambiarlo todo. Y no es sólo cuestión de un país en crisis es así en cualquier mundo.

martes, 16 de septiembre de 2014

Estar triste en uno de los países más felices del mundo

Mis queridos lectores. Prometo que después de este vendrán otro tipo de posts. Más libros. Y otras cosas de la vida. Instrucciones para hacer arroz blanco, por ejemplo. 

La gente habla, dice comenta, todo el mundo tiene una frase de preocupación en los labios. Claro que viene seguida de una sonrisa, un comentario lleno de humor y otro lleno de esperanza o plagado de premoniciones que son mitad lo que uno más teme y la otra mitad lo que uno más desea. Somos profetas a nuestra propia conveniencia. Es sólo algo que se hace para poder sobrevivir. Después de todo, nadie se queda en un país que se derrumba por suicida, sino porque lo ama o porque su realidad es que no tiene otra opción.

Sin embargo la tristeza está devaluada. Entre comentarios de desahogo cae una lluvia de gritos de “¡Animo!” “¡Esa no es la actitud!”. Yo lo entiendo. Y pido disculpas. Sé que a veces canso y molesto, pero esta es mi realidad. Yo estoy triste.

Lo entiendo, mucha gente lo toma como un desprecio, una pérdida de tiempo y una demostración de debilidad. Es que los hombres no lloran. Los venezolanos menos todavía, si nosotros enfrentamos todo con alegría, con una forma muy “nuestra” de ver las cosas, en todo vemos un chiste, tenemos ese “humor”.  Y lo entiendo, en eso también hay una forma de supervivencia, de defensa. La negación, el estar absorto, aislarte, también lo he dicho, yo sé que para no hundirme en esta arena movediza hay que construir una cueva.

Es imposible, por más que uno quiera, armarse toda una realidad paralela. A menos que cambiemos la tristeza por la forma más abierta de demencia. Eventualmente el avestruz tiene que sacar la cebeza. Abres los ojos, el periódico, la computadora, el teléfono, los oídos la boca, es muy difícil mantenerse intacto.  Cada titular es una gota de ácido que desfigura el alma. Hay vidas rotas en todos lados. Para algunos una maleta, un pasaporte, una visa de larga estadía es una bendición, y sí que lo es, no es el fin del mundo y es un camino de lleno de oportunidades. Pero es también una ruptura. A veces definitiva. Y eso lo sabe quién se ha ido, quien ha visto la mirada del que se queda atrás. Emigrar es reventarse, por más que uno quiera llenar de sonrisas vía Skype el camino.

Ni hablar del resto. Qué decir ante la gente que llora en las farmacias. Qué decir ante los tiros que cayeron en estos días en los cuerpos de gente que no vivía buscando la muerte.  O tal vez todos vivimos haciéndolo, pero eso ya es un tema filosófico, el problema aquí se ha vuelto cotidiano. Casi fastidioso, no un cuento más por favor. Cierra eso. Nos vamos a enfermar todos y no vamos a revivir a nadie.

Es la moral que se nos quiebra. Es cómo nos derrumbamos. Los países no se acaban, las vidas sí. Las que ya no laten y las que quedan atrás, con el luto y el dolor a cuestas. Y las nuestras, las que intentan no ver, no pensar, se felices, sonreír a toda costas, adivinar el futuro, no aferrarse al pasado, aceptar, y punto. Sin preguntar demasiado y exigiendo cada vez menos. Aquí hay gente que se retuerce de lágrimas y dolor, que no sabe qué hacer con la injusticias, con la impotencia, con la vida rota y cada vez menos gente dispuesta a llorar con ellos. No digo a inmolarse, pero al menos acompañarlos, al menos a levantar la mano y decir, yo te ofrezco mi hombro, mi empatía. Al menos eso. Si acaso, aquí lo que nos estamos acostumbrando a ofrecer es un dedo para señalar culpables y una mano para callar la boca del que dice lo que nos molesta.

Algo dentro de mí quiere y necesita hacer un duelo. No significa que vamos a claudicar, pero en este país demasiada gente sufre, y aunque uno puede agarrar el sufrimiento ajeno y montarse todo el peso del mundo en los hombros, el oído no puede ser tan sordo. Cada quien hace lo que puede para sobrevivir. Cada quien hace su cueva, arma su espacio, se abraza a sus seres queridos. Pero en estos días miro a los míos y tiemblo. Porque a veces no sé que esperar de la vida, ni qué darle.

Ciertamente en la vida hace falta ánimo, optimismo, buenas energías, sonrisas. Pero también hay un momento para enfrentar la tristeza. Creo que muchos estamos desconsolados y perdidos. Creo que muchos sentimos que somos una generación estafada, que se quedó a la deriva entre la lucha por la libertad y la libertad para luchar. Creo que muchos sentimos que no encajamos ni adentro, ni afuera, que tenemos que buscar un espacio de realidad con su dosis de alucinación para encerrarnos ahí. Creo que además tenemos que aceptar que ni el país, ni el mundo va a ser lo que esperábamos y lo que es más, que el país y el mundo esperan mucho más de nosotros.

Habrá que levantarse y mirar las cosas con fuerza, dar la cara y demostrar de qué estamos hechos. Habrá tiempo para construir el país más feliz del mundo, no el de la casilla veinte, el de la casilla uno. El que supere toda las expectativas. El que soñamos y el que sí merecemos ¡Carajo!, pero mientras tanto yo estoy triste.


Y lo acepto no sólo porque no tengo otra opción para liberar mi alma, sino porque incluso desde la tristeza se construyen cosas grandes.

Booktubing 1

Me preguntan mucho por mis Círculos de Lectura. Algunos están full. Otros se dan en espacios y horarios a los que no todo el mundo puede llegar. Queda la web. Y por aquí podemos discutir y compartir libros. Así que les lanzo esto: Mi primer intento de hacer lo que llaman "Booktubing". Comencé con Divorcio en Buda de Sándor Márai, es el libro que se va a discutir este mes en La Sopa de Letras. 

En realidad pensé que se me iba a hacer más fácil hablar sobre libros que escribir sobre ellos. Aquí me pegó la brecha generacional porque, tengo problemas para grabar -creo que el equipo no es el más adecuado- y una vez que vi la luz roja me puse nerviosa y me salió todo al revés. Empecé a pensar "¿qué carrizo estás diciendo?" Me enredé. Tuve que grabar varias veces. Y al final repito "altamente recomendado" porque no sabía cómo cerrar. No quiero usar guión porque la idea no es narrar sobre libros como si fuera El Observador. La idea es ir abriendo espacios para discutir libros. 

Sin embargo, grabé este último y dije, este queda. Tiene que haber una primera vez. Iremos mejorando. 







lunes, 8 de septiembre de 2014

Goodbye Caracas



En estos momentos alguno de ustedes está haciendo un inventario mental de sus posesiones, talentos y posibilidades. Alguno está llamando a una embajada, un primo o un conocido que tiene varios años con una arepera, un restaurante, una bomba de gasolina, una distribuidora o algo que se le parezca. Alguno está en plena entrevista, en plena negociación, en plena búsqueda. Alguno está con trámites, documentos. Alguno organiza una venta, busca a un señor que vende carros y habla con un corredor inmobiliario. Alguno se sienta y vuelve a revisar la tabla de Excel y saca cuentas, tantos meses, tantos gastos, lujos menos, tantas limitaciones, otras libertades. Alguno saca también la cuenta emocional, pero esa pesa menos frente a lo que vivimos. O tal vez eso se dice, para no sufrir tanto. Alguno escucha una historia, o vive algo, mira una cara, siente una explosión de adrenalina, y se convence, si es que ya no lo estaba. 

En este momento alguno de ustedes planea o ejecuta la emigración.

En estos momentos alguien los escucha o los lee. Cuelga el teléfono o apaga una pantalla. Mira su cuarto, su oficina, ¿qué harías con esos arbolitos de madera? No te cabría todo en las cajas. Recibe una llamada de su mamá y piensa, menos mal que mis viejos no se han ido. Igual uno se siente solo. Porque del colegio sólo quedan dos, de la universidad no queda ninguno, al menos no de los más cercanos, porque el vigilante del edificio sacó a su familia a Colombia, porque alguien en el trabajo renunció, porque en salón de los niños este año no regresan todos, porque aquella maestra que soñábamos con que le diera clases a nuestros hijos también ahora escribe desde Canadá. 

En estos momentos alguien recuerda que olvidó el cumpleaños de un ser querido que está lejos. En estos momentos alguien recuerda que no ha llamado a fulano que está a siete mil kilómetros, quedamos en hablar por Skype, pero cuando yo puedo él no está, cuando él puede yo estoy con todo ardiendo. Lo que me pasa no lo puedo contar por Whats App. Y siento la distancia. Me muerde. Me pesa. Y no quiero hablar. ¿Para qué? Es demasiado vasto lo que la voz tiene que recorrer. Es mentira que se siente como si estuvieras aquí mismo. Es mentira. Ahora al menos, no. Ahora lo quiero todo. La presencia y el contacto y mira que yo no soy de estarme pegando a la gente que quiero. 

No hay cómo describirlo. Uno siente que perdió una parte de sí mismo. La vida que se queda atorada en algún momento, como esa vez que te apareciste en el velorio del papá de ese amigo con quien no hablabas tanto, pero visto el obituario y en nombre de eso que fuiste te  presentaste, y no sabes qué te pasó, ni que habrán pensado los tíos lejanos que te creías, pero se te aguaron los ojos y tuvieste que enjuagártelos cuando lo abrazaste. Porque nos ponemos viejos, y te diste cuenta de que los más cercanos estaban en Panamá, o en República Dominicana y él te contó lo surreal de un grupo que se llama Papá de X, sabes para saber cómo estoy, acompañarme, es raro, pero es una forma. 

¿Y qué pasa con lo demás? Las partidas de poker. Los almuerzos de los viernes, ese que llaman el almuerzo adeco porque dura horas e incluye alcohol.  Esa primera comunión a la que fuiste a cumplir, pero donde al menos sabías que habría una cara conocida. Alguien a quien decirle, yo no conozco a nadie aquí. Las tardes en casa de esa amiga. Los niños jugando, aquel chiste. Por enésima vez el mismo chiste. Una risa fácil, sin importancia, una duda sobre la vida, sobre la maternidad, sobre la pareja, sobre uno mismo. Un empuje a hacer dieta o esa amiga que siempre trae una tentación para hacernos engordar. Los clubes de lectura, las recetas improvisadas, los datos sobre dónde comprar ese quesito, las molestias ocasionales, los desencuentros temporales, las torcidas de ojo, las reuniones improvisadas, las borracheras, lo bailado, lo reído, la forma tan fácil como los amigos se ríen de nosotros y nos invitan a reírnos de nosotros mismos. Esa caricatura que hacen de uno, que te sirve como espejo para no tomarte tan en serio.

Ese saber que  no estás sólo.  


De pronto eso ya no está. Ha cambiado y ha mutado. Porque quienes le daban vida se han ido. El teléfono no suena para lo mismo. La agenda está como la calle, vacía a partir de cierta hora.   Ves el directorio de teléfono sin saber  qué nombre apoyar, ni qué decir. ¿Es que fulano sabrá que si yo no llamo no es que no lo quiero, es que yo soy así? Porque sabes que varias fronteras más allá hay alguien que entiende perfecto que tu distancia no es tu desdén.

Lo que más me duele es sentirme en este lugar cada vez más desierto.


Así que les pido, a todos ustedes, a mis amigos, a mi familia, si se van, vamos a jugar a GoodBye Lenin: Goodbye Caracas. Me van a decir que lo están pensando pero que no se han decidido. Me van a decir que celebre mi cumpleaños, cuando llegue me dirán que no fueron porque les dio dolor de barriga. Me escribirán para decirme que en tal mercado hay leche, no importa, cuando yo llegué tal vez no haya, pero le echaremos la culpa al gobierno. Me dirán que hace calor o que qué bello el Ávila hoy, porque en Caracas todo eso es verdad en algún momento del día. 

Me dirán que el periódico no dice nada. Que no pudieron irme a visitar por el tráfico. Que almorzamos la semana que viene. Que en estos días salimos a cenar. Me dirán que están viendo a dónde se van de vacaciones, pero que está duro conseguir pasajes. Me dirán que les encantaría estar en mi club de lecturas, pero que les queda lejos, igual me contarán del libro. Hablaremos vía Twitter, vía Facebook, vía Instagram como si estuviéramos aquí. Yo les pido monten toda la parafernalia de que no se han ido. Pídanle a alguien que prenda las luces de su casa, al menos de vez en cuando, y si yo paso por ahí les voy a escribir. Aquí estoy, no subas tengo un gripón. Con eso yo me alejo. Cuéntenme un chisme, como si estuvieran aquí, y díganme sí, que lo vieron con sus propios ojos. La gente dice mentiras todos los días, esas no salen tan caras. En serio que no. Díganme que planean una fiesta, que luego se cayó por cualquier cosa y de nuevo le echaremos la culpa al gobierno. 


Vamos a jugar a Goodbye Caracas. Tarde o temprano tocará ver la estatua del pasado caído volando por la ventana. Pero por ahora necesito que sea más tarde, este tsunami de adioses me está ahogando.