miércoles, 25 de febrero de 2015

A los catorce años

Nos enseñan a no tener la mala costumbre de preguntar ¿por qué? No necesariamente desde el punto de vista periodístico, sino más bien desde una visión general de las cosas. El por qué nadie lo sabe en el fondo. Cada quien tiene su teoría y su verdad. ¿Por qué se suicida un ser querido? ¿Por qué un amigo entrañable muere de pronto y violentamente en un accidente automovilístico? ¿Por qué a alguien que queremos tanto le da cáncer y se nos va demasiado pronto? Un día cualquiera amanece, te pones los zapatos, te miras al espejo, estás seguro de ser alguien definido, de tener tus cosas resueltas, no todo pero sí mucho. Tomas tu café y unas horas más tarde todo se viene abajo en unas cuantas palabras y una foto. En un principio era la vida de los otros, pero aquí ya nos hemos empezado a confundir unos con otros. Nos hemos dado cuenta de lo unidos que están nuestros destinos, la carne de uno nos duele a los demás. A casi todos al menos, porque la indolencia también está viva. Viva y colea.

Nos aconsejan los expertos en espiritualidad que no preguntemos por qué, pero hay casos en los que hay que hacerlo. Por qué en todas sus dimensiones y formas. Por qué en gran cantidad de formatos. Por qué más que cómo, porque el cómo lo tenemos tan digerido, tan expuesto, es un guión aprendido y ensayado en este país que ya parece la cuna de la violencia. El ser humano ha sido un bárbaro desde el inicio, lo primero que hizo cuando evolucionó y bajó del árbol fue atacar no sólo al que vio diferente, sino sobre todo al que vio similar. Ahora, lo que se siente es como si hubiéramos inventado la barbarie y la atrocidad. Crueldad autóctona como un patacón o una arepa. O como si en las entrañas de Venezuela no hubiese petróleo, sino una verdadera bestia negra que se despierta y nos ataca. 

¿Qué es tener catorce años? ¿Qué era al menos? Antes de ser alguien que se arropa en una bandera, que muerde la desesperanza, que se voltea y se da cuenta que un slogan que termina en o muerte es en serio. Que se da cuenta que ni sus manos ni su cerebro sirven de nada. Que lo quieren amoldar para la complacencia, para el silencio, para la mediocridad, que desde el fondo de su ser algo se lo impide, que ignora su sentido común y arriesga su vida, por la alternativa también es vivir muerto.

Los catorce años eran el momento de las hormonas, de los bultos llenos. La tragedia a esa edad estaba plagada de números y de fórmulas químicas. El mundo se le venía encima a quién un día entraba a la casa y sencillamente aprendía de una patada en el pecho que sus padres eran humanos, que mentía, que fumaban, que traicionaban, a sus hijos a veces, a ellos mismos otras. Dolor era descubrir que el mundo haría lo imposible para impedirles que vivieran al galope, convencerlos que no podían. Minar el terreno de imposibles.

A los catorce años se puede ser cualquier cosa. El chico de tímido, el intelectual solitario, el que todas las niñas equiparan al último grito en galanes de cine o de telenovelas. A esa edad se esconde el acné y jamás se devuelven los libros. Se hacen promesas imposibles de cumplir, se pierde la segunda  o la tercera mascota, se jura amistad eterna, se vomitan las entrañas llenas de alcohol, se sube una falda, se descubre un sostén, un pezón. Se abre el abismo entre unas piernas y se cierra ante la indiferencia de alguien que jamás amó. Se aprende el silencio, se derrocha opinión, mal humor, deseo. Se sueña tan salvajemente que al despertar todo es pesadilla hasta hacer el juramente de nunca más abrir los ojos o renunciar a soñar. Todo es tan drástico. La vida es tan corta, tan inmediata y el futuro algo tan distante que es algo casi alienígena.

A los catorce años no sé es un héroe. No se debe serlo. No se debe ser el cadáver al que corresponde un charco de sangre. No se debe ser el rostro del miedo, ni la imagen de lo imposible que queda tras el eco de un tiro. No se debe ser la inspiración del llanto, ni un grito silente, un hueco en la tierra, un abismo que se abre dentro de tanta gente que mira, que no se reconoce en nada, ni en el Ávila, ni en la bandera, ni en la cédula, ni en el espejo. A los catorce años no se puede ser el suceso que hace que tanta gente se pregunte: ¿Es que yo soy el último ser humano?

¿Por qué? Por qué se ha asesinado a un niño de catorce años. Sin reportes criminalísticos, sin demasiadas referencias históricas, sin teorías sobre el futuro, sin juicios abstractos, ni condenas repentinas, sin asumir culpa, ni mucho menos inocencia. ¿Por qué? ¡¿Por qué carajos la violencia y la cobardía?! ¿Por qué? Por unos dólares, por un puesto en un palacio presidencial, por el papel protagónico en una cadena, por toneladas de droga, por prestigio, por envidia, por querer pertenecer a algo que se odia, irónicamente siempre detrás de todo esto hay alguien que sufre, que daña, que mata porque no aceptó que quería ser como alguien que odia. ¿Por qué? Por ser el más fuerte, el que ríe de último, porque hay seres que son menos humanos, o no son ni seres. ¿Por qué? ¿Por qué así?


Dice Mecano, “yo no sé ni quiero, de las razones que dan derecho a matar”. Pero yo sí quiero saber. Yo creo que la justicia no implica nada más encarcelar a ejecutores y responsables, yo creo que obliga a que todos nos hagamos las preguntas que más duelen y al menos intentemos desde la vida elaborar una respuesta.

La envidia de Pablo

¿A quién envidia de verdad Pablo Iglesias?  

No creo que Pablo envide al que tiene que hacer cola para comprar papel toilet, leche, aceite, azúcar o medicinas, no creo que Pablo envidie al que se le daña la nevera por los apagones y luego no puede repararla porque no hay repuestos. No creo que Pablo envidie a alguien a quien le diagnostican un cáncer y no consigue lo necesario para empezar su tratamiento. No creo que Pablo envidie a la madre que tiene levantarse todos los días a las tres y media de la mañana para bajar de su cerro y llegar a un trabajo que no le permitirá crecer, ni aspirar a nada en la vida. No creo que Pablo envide a las esposas de los policías que tienen años presos por un crimen que no cometieron y que no han visto un juicio justo porque la razón de la condena es que Chávez lo mandó. No creo que Chávez envidie al que le expropiaron el fruto de su trabajo, como a tantos españoles que viven aquí y a los que supuestamente él envidia, (o lo hacía en el 2013). Estoy segura que Pablo utiliza un teléfono inteligente, tal vez una tableta, seguro como mínimo tiene un televisor, dudo que envidie al que le violentan su residencia para despojarlo de sus cosas. Dudo que envidie al que han secuestrado, sea express o más largo, como tantos españoles en Venezuela que han pasado por eso. 

No creo que Pablo envidie a los españoles trabajadores que ayudaron a construir este país, más bien a los españoles que viven en Venezuela pero los que vinieron a hacer negocios turbios, a pagar comisiones a saquear un país. Tal vez a eso sí, porque como gusta la platica que llega de la nada. Qué bien cae. Qué útil es. Qué rabia da, qué envidia, cuando le llega a otro y no a uno. Al menos, por lo que contó en aquella entrevista, él piensa así. 


Pablo envidia a un dictador. Pablo extraña al tipo que vestido de militar llamó majunches y escuálidos a los ciudadanos que pensaban distinto a él. Un caudillo, un dictador, que metió apresó sin debido proceso a funcionarios públicos y a ciudadanos comunes. Un machista y falta de respeto, grosero,  que afirmó que una persona puede robar si así lo cree conveniente y que jamás administró justicia, sino revancha. Que dilapidó los recursos de un país y permitió que la pobreza que había jurado redistribuir se generalizara. Dejó un país pobre, no sólo en lo económico, sino en lo material. Violento y mentiroso. Su legado ha llenado de sangre y miseria a Venezuela. Ese es el señor que Pablo envidia.  Es decir que la invasión de América Latina a Europa implica sobre todo demagogia y violación sistemática de derechos humanos. Como si Europa no hubiera vivido eso en el siglo XX. Como si esto fuera nuevo. 

Pablo envidia la forma como el chavismo capitalizó el descontento de la gente y lo convirtió en rabia y oportunismo, en algunos casos, y miedo y apaciguamiento en el resto. Pablo envidia un grupo logrando perpetuarse en el poder. Mandando sin apego a las leyes, cuando ya la constitución no es  ni una sugerencia. Pablo envidia este disfraz de democracia, el proyecto personalista, la destrucción de las empresas y los partidos que le molestan, lejos de la ejecución de la ley y la administración de verdadera justicia a quienes la quebrantan.  



Pablo y su envidia. La envidia es pura destrucción. Eso es Pablo. Eso fue Chávez. Eso es Maduro. Más de lo mismo, y levanta las manos y usa la política para llegar al poder y ponerse a abusar, como si fuera algo nuevo. Como si nadie lo hubiera visto. 

viernes, 20 de febrero de 2015

En horas duras

Frente a la detención de Ledezma y la continua persecución de aquellos que han alzado la voz con firmeza frente a las acciones de este régimen, quizás muchos de nosotros aún nos sintamos resguardados en la distancia. A lo mejor todavía pensamos que estamos lejos de un destino similar porque no ejercemos una función política, porque no estamos expuestos a los medios y porque no expresamos nuestras opiniones desde una tribuna suficientemente grande. 

Sin embargo, en una coyuntura como esta todos somos vulnerables.  Desde el líder más popular, hasta quien ejerce su libertad de una forma en apariencia de perfil más bajo. No es un tema de condición económica, ni de profesión, ni de ejercicio de la libertad de expresión. Cuando se vulnera y se atropella a un ciudadano en sus derechos fundamentales todos pasamos a ser vulnerables. No es una teoría abstracta, es de las primeras cosas que uno aprende en primer año de derecho, y lo digo con conocimiento de causa, pues yo pasé por esa escuela. Las garantías o son para todos, o no las tiene ninguno. 

Justamente lo que busca un régimen como este al atacar a los líderes de un movimiento de resistencia y disidencia de esta forma, es desmoralizar a quienes llevan su lucha de una forma más privada. Los convierten en el espejo en que el régimen quiere que nos miremos los ciudadanos, para que muertos de miedo bajemos la mirada y finalmente la cabeza, y aceptemos que tenemos un único destino, someternos a lo que sea que nos imponga. Desde el aumento de la gasolina, hasta el tipo de cambio, hasta los días que podremos tener acceso a la compra de los alimentos. Así se termina de tumbar no sólo la acción organizada de la gente, sino la moral del individuo y sobre eso se sostienen los regímenes dictatoriales.

Es por ello que han pegado tan fuerte las palabras de Leopoldo desde la cárcel. Esto es un nuevo golpe para convencernos de que no hay esperanza, que no hay vida, que no hay salida. Este es el momento de la solidaridad, pero no sólo a través de las redes sociales, sino de forma mucho más activa. Lo que implica una presencia física, pero también ánimo en los espacios de lucha particulares, desde el maestro, hasta el médico. Ahora es que tenemos que prepararnos para construir el país, para seguir trabajando. 

Quizás nos ayude a llevar la circunstancia el pensar que esto es una estrategia puntual frente a elecciones o cualquier otro evento, pero ya es hora de asumir que este tipo de violaciones son sistemáticas, y si bien las elecciones son un factor más, no lo son todos. Ya en quince años hemos debido aprender que cuando el régimen no le conviene una elección, la altera de cualquier forma para lograr su objetivo pues controla todas las instituciones. Los presos políticos van un poco más allá. 

Ninguno de nosotros está a salvo. Ninguno es libre mientras haya presos en las cárceles por su forma de pensar o de expresar ese pensamiento. Mientras haya gente que es perseguida por cómo se expresa, desde soñar y proponer una organización de país distinta, hasta asumir las riendas de su empresa como lo crea necesario. Mientras haya alguien privado de libertad sin el debido proceso, en violación flagrante de todos sus derechos, no somos libres, ni nada nos exime. Cualquier acto nos puede costar la libertad, la integridad física e incluso la vida. 

Es el momento de la firmeza, de la valentía que no implica no tener miedo, sino enfrentarlo. Nos enfrentamos a un régimen que no acepta el pensamiento libre, que no tolera nada y que sólo espera del ciudadano una cosa: sumisión. Aún así, el silencio, no sólo nos hace cómplices, sino que también nos expone y nos hace culpables. No sabemos cuándo una opinión por estos medios nos costará más caro de lo que habríamos pensado. 

En este momento Ledezma somos todos de una forma que tal vez no llegamos a comprender. 

Es una hora muy dura, y como alguien me dijo una vez, ahora es que nos toca demostrar de qué estamos hechos. Esperamos siempre la entereza de los líderes, pero los ciudadanos también tenemos que dar la talla. El país es nuestro. La libertad es nuestra. Depende de nosotros también. A mis compatriotas les deseo la fuerza necesaria para asumir estas horas tan duras. 




viernes, 13 de febrero de 2015

A veces hay que llorar

Esta mañana eché una buena llorada en el carro. Es verdad que en toda crisis hay espacio para una lección. Todo en la vida tiene su aprendizaje. Vivir en Venezuela en los últimos años nos ha enseñado tantas cosas. Se habla de la Universidad de la Vida, pero esto es más bien como un doctorado que te conceden con una causa que uno no sabe si es honoris, o qué. Si es una mezcla de resignación o esperanza. Esto es como una ciencia. Una tesis. Unos experimentos. El detalle es que nosotros mismos somos las ratas de laboratorio. Y no es una rueda dentro de una pecera, es la vida. Me siento un poco loca, un poco irresponsable, romántica perdida, pero tal vez una cínica, ciega, como cuando estás convencida de amar apasionadamente, cuando le digo a la gente: es que yo no me quiero ir. 

Yo no me quiero ir. Pero a veces no me quiero quedar. Yo no quiero ser quien soy, pero tampoco quiero ser otra persona. No quiero esta Venezuela, pero quiero a Venezuela. Yo amo este país, pero es que este desastre…no sé cómo terminar la frase. Porque si digo algo positivo tal vez estoy apostando a un optimismo absurdo, pero si pongo algo negativo, ¿hasta cuando?, ¿en serio? Yo me levanto por las mañanas y el Avila suelta algo que es como alimento para mi vida. Como polvillo de hadas o algo así de cursi, de ridículo, de fantástico. Yo no puedo estar mucho tiempo lejos de este país. Por más magullado que esté.  Tal vez es que todavía no entiendo bien la tragedia del sistema cambiario, tal vez es que no sé de otras cosas. Quizás es que si Freud me ayuda abro los ojos y comprendo. 


Hoy eché una buena llorada. Por mi país. Por este destino extraño. Por este limbo. Por otros llantos. Por la cola del mercado y de las embajadas, por la distancia de la gente que quiero. Porque sé que se ha ido gente que no quería irse, que quiere regresarse, porque sé que hay gente que no puede, ni debe volver. Por que sé que tal vez llega en un día en que yo también me vaya. Lloré por el que no puede irse por la razón que sea. Porque no nos escuchamos, ni el intelectual que juega a intelectual, ni el tipo que juega a artista, ni el artista que no sabe a qué jugar. Por las opiniones difusas, por las equivocaciones, por el miedo. Lloré por la mentira y la corrupción. Por el país que me atormenta en la cabeza. Lloré, como un luto, por el país fantasma que vive en mi imaginación, en el que no se roban toda la plata, sino  en el que se invertía y  pasabas por Sábana Grande y era las Noches Blancas, arte, teatro, todo lleno de vida, abrías la mano y salía una oportunidad, y teníamos las escuelas públicas más exitosas del mundo, y yo daba clases de literatura francesa en el Liceo Andrés Bello. Lloré por esa que no fui. Lloré porque esto nos llama a ser héroes, a ti y a mí, en la cola, en la calle, en la tolerancia, en la mirada al que no piensa igual. Y yo no soy héroe, no soy Yoanni Sanchez, ni Oscar Arias, ni soy Malala, ni nadie remotamente parecido. Pero a veces leo sus historias y me inspiran y lloro porque me inspiran. Y me siento mínima. Impotente. Y quisiera ser una de esas personas que no piensan, ni se miran tanto. Quisiera no tener que pensar en qué cambia las cosas lo que escribo. A quién refleja y por qué. Quisiera irme para la playa y cerrar los ojos bajo el sol. Y que no importe. 

Lloré por lo que somos. Lloré porque alguien me culpa sin saber.  Lloré por una soledad loca. Lloré porque a uno siempre le asignan algo que no refleja lo que uno es por dentro. Lloré porque lo que seremos dependerá también de lo que se nos deje ser. ¿O no? Lloré porque tienes que morir un poco para romper una cadena. Lloré porque los espacios de la voluntad se van haciendo cada vez más estrechos y la consciencia se va ensanchando. Porque ya no sé cuándo debo pensar en mí y cuando mirar a los lados. Porque ya no sé ni qué causa, ni qué medios, ni qué palabras.

Y después dejé de llorar y me fije en la imagen de una señora que cargaba a una mariposa de cinco años, vestida de rosado, con unas alitas casi transparentes. Me quedé en esa sonrisa. En esa esperanza, porque aunque lo lógico sea pedirle a la Tierra que deje de girar, la vida sigue. No hay otro remedio. Aquí estamos. Aquí seguimos.

Pero de vez en cuando vale la pena llorar. 

lunes, 2 de febrero de 2015

Yo soy Farmatodo

Una de las empresas más importantes que quedaba en el país amaneció prácticamente expropiada, o peor, no sabemos, lo que delata el estado de inseguridad jurídica que vive Venezuela. Nuestros derechos constitucionales ya no son ni sugerencias, mucho menos algo consagrado que debe regir cada acto tanto de instituciones como de funcionarios del estado. Directivos y empleados de Farmatodo están "retenidos". Lo que tomando en cuenta lo anterior supone un estado de incertidumbre y angustia inaceptable e incompatible en un sistema democrático de gobierno. 

Adicionalmente, el resto de los empleados vive momentos de incertidumbre ante lo que pueda ocurrirles frente a una coyuntura empresarial y económica sin precedentes y sin garantías. Peligran desde sus trabajos hasta su libertad. Y la gente se la sigue jugando, por su empleo, su familia, su país, su futuro. Quizás para muchos esto todavía sea un acontecimiento que no les afecta o que se puede ver desde la distancia. Farmatodo como tantas empresas que ya han pasado por un proceso similar era un ejemplo de la calidad el trabajo que se ha hecho en Venezuela durante años. Generación de empleos, de productos y su compromiso con la responsabilidad social la hicieron realmente un ejemplo de lo que es construir país. Farmatodo, como tantas otras que el aparato destructor del comunismo arrastró para servirse a su fin totalitario de asumir el control de la nación a través de la sumisión y la dependencia de sus ciudadanos. Vamos a estar claros una cosa, las empresas las expropian no sólo para amedrentar, la meta es que los ciudadanos dependamos totalmente del estado. No es un accidente, no es una equivocación, es una estrategia. 

En sus comienzos este gobierno culpó a la empresa privada por los males que resultaron del mal manejo de las políticas públicas. Sin embargo hemos visto como era  el sostén de la producción del país. Su destrucción terminó en un colapso total de cada uno de los ámbitos de nuestra vida como ciudadanos. Pensaron algunos que no les afectaba la pérdida de RCTV porque no veían el canal o la pérdida de Sidetur porque no construían, sin pensar que era un canal de tribuna para distintas ideas  y que vivían bajo un techo sostenido por cabillas. Pero que más allá esas empresas eran sostén de hogares, de construcción de proyectos y propuestas que alimentaban la cadena productiva del país y contribuían al desarrollo de nuestra economía y la formación de las personas. Que todos estamos atados porque es un ciclo, una cadena y que no estamos aislados, que es imposible estar bien al rededor de nosotros se deteriora la calidad de vida. Así como tal vez ahora muchos piensen que un preso político no tiene que ver con ellos porque no militan en partidos o Farmatodo no les afecta porque están sanos o no son clientes, lo cierto es que cuando se atropella a un ciudadano se atropella a todos. El día que violan los derechos de uno, se abre la puerta para violaciones sistemáticas, la destrucción de una empresa, y lo más grave la privación de libertad de sus directivos y empleados sin respeto a derechos ni procedimientos nos hace peligrar a todos. 

Sin embargo, a pesar de todo, si algo he aprendido en estos años es que lo peor del ser humano está siempre a simple vista. Que las desesperanza es una sombra que siembra sobre el corazón muy fácilmente, pero también que las horas más duras y las circunstancias más adversas muestran lo mejor de la gente. Que hay personas que son capaces de entregarlo todo con tal de no renunciar al compromiso que tienen con su país, con sus empleados, sus seguidores, pero sobre todo con sus principios. Que el venezolano es resiliente y no se deja apaciguar fácilmente, lo que no significa que esté dispuesto a atropellar de la misma forma como le atropellan. He aprendido lo que es la solidaridad, el respeto y el honor. Yo he aprendido en estos quince años que hay una diferencia entre la gente que lucha EN CONTRA de las personasy la gente que lucha POR las ideas. 

Aún podemos perderlo todo y está en nosotros reconocer el espacio de lucha, que no implica un enfrentamiento, sino todo lo contrario, un esfuerzo de construcción. Desde el cuestionamiento, la crítica, pero también desde la acción. Venezuela es de todos, no es nada más de los políticos, no es nada más de los empresarios. Ha sido muy dura la lección a aprender de que un país los construye el trabajo de su gente. Que la educación y la formación de las personas y la creación de valores ciudadanos son la piedra angular de cualquier sistema democrático y libre. No podemos cambiar el pasado, no podemos modificar esta coyuntura salvo resistiendo desde la convicción. 

A los que hoy están perseguidos, a los empleados de Farmatodo que hoy se levantan bajo el peso de la incertidumbre, a quienes tal vez los invada la desesperanza y el miedo toda la solidaridad: Yo soy Farmatodo. Yo soy Venezuela. No están solos. 

jueves, 29 de enero de 2015

Sobre el uso de armas mortales

En quince años, después de más de doscientas mil muertes, hemos aprendido todas clase de violencia. Hemos aprendido la verbal, la psicológica, la pasiva, sí esa que viene como el lobo en La caperucita roja, que cuando te le acercas y le tocas la cara te contesta ¡para comerte mejor! Nos han comido, nos han desagarrado miembro por miembro en un proceso que ha terminado por devastar un país que tenía no sólo todas las posibilidades, sino todas las ganas.

Llevamos quince años de carabina en la nuca. Todos. Desde el empresario, hasta el trabajador, el empleado público, el político, el luchador social, el abogado, el médico, el periodista, el ama de casa, el artista, el desempleado. Todos estamos a merced de este régimen, sea porque necesitamos un certificado para importar y vender lo que sustenta nuestro negocio y hogar, o porque necesitamos un documento tan vulgar como una cédula. Un juez aquí ya no es juez, es un burócrata más que sella y firma papeles según lo que le manden.

Para el ciudadano ahora incluso la comida pasó a hacer un trámite público. Casi como un pasaporte. Ya no es cuestión de que usted quiere y necesita espinacas, si usted las quiere comprar depende de cómo están regulados desde los precios hasta la cantidad que puede comprar. Cuándo. Cómo. Bajo qué condiciones. Todo es un trámite y todo depende de la circunstancia que decida el régimen. Ni el comerciante, ni usted. No es culpa de quien se la vende, el que se la vende está tan atado de manos como el consumidor. Tarde o temprano vendrá el estado a decirle que la forma como él vendió era un delito, porque sí, porque le conviene y la ley de que no hay ley lo ampara. Porque puede matar aunque no sea soldado y no haya protesta. Porque en una dictadura vivir es en sí una forma de protesta. Querer algo es una forma de protesta. Aspirar, desear, y ni se diga pensar son formas de protesta. Menos masivas y llamativas, pero que igual son castigadas, con este tipo de armas. Sí, usted tal vez no marche, pero cuando se le antoja Harina PAN y no se resigna a hacer cola, es más se molesta, usted protesta.

La Guardia en los mercados no está para el orden, ni para la repartición. Tal vez para algo de corrupción para declarar el fin de la cadena productiva y el comienzo de la cadena represiva. Todos queremos pensar que esto es producto de la idiotez y la improvisación, pero no lo es. Esta debacle es el uso de un arma mortal que es tan exportada como un Kalashnikov y que tal vez no funcione con pólvora sino con algo mucho más sutil pero que al final genera los mismos sentimiento: miedo e impotencia. 

Una forma más clara de ver esta violencia está en los medicamentos. Porque al fin y al cabo, a punta de resiliencia si el azúcar es lo que falta entonces uno le pone dulzura mental a la amargura que siente en la lengua. Después de un tiempo uno desarrolla una fuerza psicológica bestial para adaptarse a toda la basura que le toca vivir. Por esto es que yo creo que después de esto los venezolanos nos convertiremos en gurús de la autoayuda, somos capaces de ver cómo bueno cosas que flotan en un océano de porquería, de putrefacción y muerte.

La tragedia con los medicamentos es que el poder mental y la mente positiva tienen sus límites. Si uno tiene una infección hay que combatirla con antibióticos. Uno se puede rezar un cadillo, una culebrilla y puede que funcione, pero lamento decirlo, – y no es por tumbarle el negocio a los brujos, ni el empuje a los grupos de oración- pero no se reza un cáncer, ni una alergia severa, quien necesita catéter, pues lo tiene que tener. Porque de vuelan vuelan, pero de que curan curan. Hay gente que ha muerto de mengua. Sí. En el cementerio ya hay una población que ha podido salvarse de haber tenido los recursos necesarios. Es una tragedia como una bomba.

El Ministerio de la Defensa puede decir lo que quiera. Puede dar todo el permiso del mundo a que soldados y fuerzas de un orden que funciona en pro del caos dispare contra nosotros. Aquí tenemos para escoger tragedia. Aquí la muerte ya no es algo que llega, ni que te sientas a esperar, sino que esquivas todos los días inconscientemente. En Venezuela hoy en día no hace falta desafiar a nadie para estar en peligro, hace falta poco menos que estar vivo para que te maten. Sin razones, como la canción de Mecano, y que te entierren y ya está.

Aquí se han llevado a gente en todo tipo de situaciones en secuestros, en fiestas, en altercados, en ajustes de cuenta, en tiroteos con policías, con bandas y también se mata sin razón. Casi por deporte. Niños que no llegan a la pubertad han levantado armas en nombre de algo que no entienden ni ellos, ni quienes se las dieron, o que tal vez si lo entienden bien porque buscan justamente matarlos por dentro para que no sientan nada a la hora de disparar. ¿A quién más van a matar?

Y no es sólo la muerte física. No es sólo un tema de balas y sangre. Nos han venido matando desde hace años las ganas, la identidad, la fuerza, la convicción. Nos han venido matando los sueños como si eso no importara, como si fuera un lujo o el producto de una desviación, una enfermedad. Como si querer un futuro fuese un defecto, que ni un privilegio ya. Nos han matado a punta de callarnos de distintas maneras.  A punta de plata, a punta de soborno, a punta de humillaciones, a punta de hacernos dependientes en todo sentido. Dependemos del gobierno para la comida, para las medicinas, para pasajes aéreos, para educación, para gasolina, para documentos, para ventas, para traspasos, para votar, para informarnos, para caminar por la calle. ¿Qué más armas ahora? 


A estas alturas una pistola más o una pistola menos no es el tema que hará la diferencia. ¿Cuál será la diferencia? Que si no hala el gatillo el hampa común lo harán soldados con permiso. ¿Acaso están presos los que mataron a Geraldine Moreno, a Génesis Carmona? ¿Acaso están presos los que golpearon a Marvinia? ¿Es que de verdad es necesario decir públicamente que tienen permiso? No señores, eso ya lo sabíamos. Que estaban usando las armas ya lo sabíamos. Que pueden disparar ya lo sabíamos. Que nos estamos muriendo, también lo sabíamos. Otro insulto más a nuestra inteligencia es hacer como si nosotros no nos diéramos cuenta que matar era desde siempre la estrategia.