jueves, 20 de agosto de 2015

De vuelta a la cocina


Creo que me interesé por la cocina la primera vez que sentí el olor de una torta salir de la cocina. Finalmente empecé a hacer tortas y siempre dejaba la cocina en un estado de implosión que daba dolor de cabeza en mi casa. Ya más grande me dio por vender galletas durante navidad, con ello compraba regalos especiales, aunque nunca fui demasiado vendedora. Muchas veces era más lo que comía que lo que vendía, otras veces lo hice por caridad y no sé si los compradores me hacían la caridad más a mí que a la misma gente que estaba esperando ayudar. El caso es que siempre me gustó, y a lo largo de los años fue aumentando la complejidad de los platos que preparaba. 

Cuando me mudé a Estados Unidos con apenas veintiún años comencé a descubrir que las cosas más sencillas de cocinar eran las que más me costaban. Todavía me cuesta un imperio hacer arroz blanco, pero en aquel entonces, luego de quemarme la cara con aceite caliente, logré dominarlo. Llegué a preparar todo menos hallacas, un plato tradicional venezolano que lleva mucho tiempo y que necesita de la ayuda de varias personas por lo que generalmente se hace en familia. 

A los veinticinco años me divorcié y así como empecé, dejé de cocinar. No quise saber más nada de sartenes, ni de ollas. Dejé de meterme en Epicurious, y de visitar Williams Sonoma. Claro que comencé a trabajar con gastronomía y vino, pero si me acercaba a una cocina se me quemaba todo. Cuando conocí a mi actual esposo un día me dijo que le gustaba mucho la salsa Amatriciana. Busqué una receta y se la hice, y quedó mundial. Fue muy extraño, pero me no la pude repetir, mucho menos que me quedara igual de buena. Ni pude, ni quise hacerlo. 

Mi proceso culinario fue como una tormenta. Me acercaba a la cocina un poco como me estuve acercando a la vida durante mucho tiempo. Con miedo. Con duda. Como si estuviera convencida de mi incapacidad y consciente  de todas las dificultades. Un poco con esa mentalidad tan estúpida de para qué lo voy a hacer yo si hay otros que lo hacen tan bien. 

No sé cuál es el motor de esta forma de pensar. Si es trauma o comodidad, personalidad, si es un poco de todo. Me gustaría preguntárselo a mi psiconalista, pero me da un poco de flojera. ¿Qué me puede decir que yo no sepa? Todo en esta vida son etapas, todo depende del cristal con qué lo mires, y mira cómo te miras. 

Tengo varias semanas en Nueva York y este ha sido el verano en que redescubrí la cocina. No sé si fue la picadura de amor por esta ciudad, la belleza de los supermercados, o la complejidad de cuidar el presupuesto y los niños, si es compartir con mi prima y cómo nos reímos entre desastres y aciertos, pero el caso es que me he acercado de nuevo con esa misma pasión y esas ganas. Más allá del cansancio me levanto pensando, ¿qué voy a cocinar hoy?  Incluso llegué a hacer mi propia receta de Tartare de salmón, y mi hija de ha picado con las ganas de cocinar, tanto que quiere vender ponquicitos en la calle. Lo que se hereda definitivamente no se hurta. 

Amo la cocina. No sólo porque me fascina comer, y me encanta compartir lo que como y que la gente disfrute conmigo, sino me fascina todo el proceso. Me gusta pensar la receta, soñar el plato, comprar los ingredientes, luego jugar con ellos. Me siento un poco bruja, un poco alquimista, me siento como una mamá, como una amiga, me siento muchas cosas. Me gusta ver como las cosas se transforman y darme un placer tan grande. 

Me relaja. 

Me destapa la creatividad. Pero sobre todo me gusta disfrutar de algo que me ha generado trabajo. Un poco como escribir. Lo que estoy buscando en este proceso de crecimiento literario, no es sólo publicar un libro, ni terminar una historia apurada, sino escribir el libro que yo misma quiero ver en un estante y no resistir las ganas de leerlo. Ser la autora sobre la que comparto artículos. 

Y mientras afino ese proceso comparto dos platos bellísimos de estos últimos días, una sopa de tomate, muy sencilla pero deliciosa y un cordero con ajo y romero. Primera vez en mi vida que hago cordero, y lo acompañé con vainitas y zanahorias saltadas con piñones y hongos portabella en reducción de balsámico. 



martes, 18 de agosto de 2015

The Gentleman´s wager de Roberto Mata y Luis Yslas en Prodavinci

En el 2009, a punto de traer al mundo a mi hija mayor y terminando un taller de literatura infantil y juvenil que cambió mi visión de la literatura, y hasta podría decir que mi vida, sentí que me haría bien explorar otras maneras de ver el mundo. Se me ocurrió entonces hacer un curso de fotografía. Yo no quería aprender a hacer fotos, ni a usar la cámara, ni pensaba ser fotógrafo. Mucho menos me habiá planteado un reto artístico, al menos no conscientemente. De hecho uso esa palabra con muchísimo respeto y confieso aunque ello implique cierto prejuicio, que tiendo a desconfiar enormemente de quien usa la palabra “arte” a la ligera. El caso es que hice el curso porque quería usar la cámara para observar el mundo.

Lo que le debo al Taller de Roberto Mata, y a Roberto como profesor y amigo y a los demás profesores por cuyas clases pasé quizás no pueda expresarlo nunca, salvo con mi trabajo. De hecho,  poco más de un año de haber entrado en al taller terminé mi primera novela, la cual estuvo en una gaveta durante casi cinco años, y hace dos días finalmente me decidí a publicarla. En este momento escribo la tercera.

La relación entre la imagen y la palabra escrita se convirtió en una obsesión para mí. La idea de hacer fotos y de relacionarlas con lo que leo y con lo que escucho siempre implica un proceso de pensamiento que a veces se me hace agotador. Sin embargo creo que esa reflexión es necesaria, sobre todo con el advenimiento de las redes sociales, lo fácil que se ha vuelto hacer fotos, compartirlas, plasmar imágenes de tu vida, de lo que ves. Lo mucho que creemos en el absoluto de lo que aparece en una pantalla y el valor que le damos a lo que leemos o lo contrario, lo poco que pensamos en las palabras que a diario soltamos cuando nos comunicamos por chats o twitter. 

El caso es que Prodavinci planteó este ejercicio tan interesante en que Roberto Mata y Luis Yslas, fotógrafo y escritor respectivamente, se retan a usar el medio del otro para hacer una crónica de su vida durante una semana.

El resultado es fascinante, y más allá de lo que en un principio pueda paracer una cosa divertida, conlleva a una reflexión profunda. Los invito a ver el reto y los resultados del mismo aquí en Prodavinci.


Al final todo son historias.

martes, 11 de agosto de 2015

Camino a alguna parte

Desde hace un tiempo estoy alejada del blog. Digamos que es como cuando en una relación uno de los dos se pone distante. Este espacio me ha dado montones de cosas, algunas todavía no termino de creerlas, mucho menos de asumirlas. Otras las he recibido con brazos abiertos. En todo caso, aunque parezca mentira para mí Ayúdame Freud ha sido una oportunidad para crecer.

Estoy tratando de reorganizar mi vida y mis proyectos. El reto no está sólo en hacerlos, sino en cómo lo organizas todo en un país que no quiere que tengas proyectos, y que pareciera que tampoco quiere que tengas vida. En este momento me es difícil ubicarme. A veces me siento aislada. Otras nómada. Otras siento que tengo una psicopatía de pasaporte, no me conecto con el lugar al que debo llamar mío. Me siento extranjera. Ajena. Expulsada.

No creo que haya una verdad absoluta en todo esto, por más que queramos buscarla o que cada quien pretenda escribirla en su lado. Es más, para esto creo que funcionan mejor los diarios privados. Yo los tengo por cierto, y lo gracioso es que escribo de todo allí menos las cosas que he hecho. Aunque de vez en cuando hay datos sobre mis viajes. En todo caso, cada quien jalará la verdad para su lado. El que más le convenga. El que le permita dormir de noche.

Yo mientras tanto me cuestiono el amor. Me pregunto hasta dónde tiene que llegar la incondicionalidad, y qué significa realmente querer a Venezuela. Si no hará falta también un poco de rechazo y de hartazgo. Si no será necesario decir así no te quiero, así no funciona, porque a veces me resulta casi falso proclamar un amor por un lugar que maltrata tanto. Porque a veces pienso que de tanto declarar el sí con los ojos cerrados nos hemos dejado matar en vida y aceptar condiciones infrahumanas. A veces pienso que por más que nos duela y por más cómodo que sea ubicar la culpa del desastre en otro lado, todos hemos sido artífices del deterioro de una forma u otra. Por ceguera, por comodidad, por corrupción, por inutilidad, por circunstancias, por lo que sea.

Me pregunto a veces qué es un país. Qué es la libertad. Qué es un el futuro. Qué es la vida. Y no es una lección que quiero que comience con una clase magistral de Platón decía que…ni tampoco que me regalen una versión actualizada del Mundo de Sofía. Aunque quizás ahí radica el problema.

Tengo oportunidad de salir de Venezuela y la tomo cada vez que puedo. Y cuando salgo, es cursi y patético, pero me dan ganas de llorar en el aire más allá del miedo al avión. Es como un estrés, como una culpa, como unas ganas de preguntar a dónde vamos y qué vamos a lograr allá. ¿Qué vamos a encontrar? Y cuando me bajo bien puedo haber llegado a un lugar que está años por delante en el tiempo. Me he sentido desubicada. Aturdida. Extemporánea y vieja. He tenido ganas de registrarlo todo y de contarlo todo. Y me invaden tantas emociones que termino por quedarme en silencio. A veces quiero agarrar a los transeúntes de los hombros y decirles, “No sabes lo que tienes. No sabes la suerte que tienes. Sabes a donde vas. Estás aquí parado y tu mayor amenaza en este momento es la suerte que está de baja, y la lluvia, que no está pautada para hoy”. Y salen los trenes. Pasan los autobuses. Alguien te sonríe. Otro te tropieza. Cruzas una calle y cuando levantas la mirada te das cuenta que te has perdido, pero qué importa. Y la vida es una mierda, como en cualquier lado. Hay corazones rotos, promesas incumplidas, imposibles, manipulaciones, maldad, corrupción, mentiras, pero hay vida. Al menos hay vida.

Yo vivo en un hoyo. Uno que tiene tanto que ver con mi país, como con lo perdida que he llegado a sentirme. No creo que las cosas estén tan separadas una de la otra. En todo caso. Estoy repensando este espacio. Y el apuro por lograrlo me ha llevado a diseñar algunas ideas que no son para mí. Mientras tanto sigo escribiendo. En otros espacios. Otras cosas. Y reviso textos que sueño con publicar.


Es nada más. Este pequeño blog que está deseando llegar a alguna parte.  

martes, 7 de julio de 2015

¿Qué quieres?

¿Cuánto tarda un huevo un cocerse? Es una pregunta de esas que uno pensaría que debe tener una respuesta absoluta. Pero no. Todo depende. Porque el nivel de cocción depende la mirada, de las papilas gustativas, hasta de los traumas de quien cocina o quien come. Hay quien concediera el huevo cocido cuando aún la yema sale sangrando al pinchar el centro, para otros el nivel de cocción justo es aquel que lo deja todo como una gran esponja amarilla y chiclosa.

¿Quién eres? Debería tener una respuesta concreta. Soy esta que está aquí. Soy la que es capaz de quitarse los zapatos, pero sólo después de la media noche. Soy la que siempre dice que sí. Soy la que siempre sonríe, antes que nada y al final de todo. Soy la que siempre responde y siempre aparece y falla casi tantas veces. Y puede de repente no estar. Soy falible. Arma blanca y secreta de mí misma. Mi peor enemigo. Mi propio desencuentro. Soy la que busca una salida de emergencia a su vida, a su cuerpo.

Me miro muy profundo y es mucho lo que veo. No sé si alguna vez has tenido esta sensación. Soy capaz de hablarle a distintas versiones de mí misma. Soy capaz de verme en tercera persona, y hablar de mí en segunda persona del plural. Debajo de mi cama vive mucha, mucha gente. Varias pieles. Incluso he pensado que la próxima vez que solicite una historia médica debería preguntar a cuál de todas las versiones de mí pertenece. No, es que esta realmente, no tiene ese tipo de problemas. Puede ser que lo tenga. Que lo padezca físicamente, pero sentirlo, disculpe enfermera, no lo siente.

 ¿Y qué quieres? Dice ella, porque yo creo que no sabes quién eres, dudo que puedas tener claro todavía qué quieres. Es hora de irse. Entonces me paro frente a le espejo. Debajo de mi ojo izquierdo hay una mancha, otra más pequeña, un lunar. Es el tiempo. Es el sol. Es lo que ha pasado. Es una advertencia, en esta vida lo que te marca es irreversible. Pero puedes probar otras versiones de ti, a lo mejor esas otras versiones no están marcadas.

Y yo. Yo siempre en silencio. Yo mirando el suelo. Como si fuese abrirse, como si de allí fuese a surgir una respuesta contundente. O una respuesta al menos. Incorrecta, quizás, pero respuesta al fin. Como si alguien o algo pudiese soplarte las vueltas correctas de la vida.

¿Sabes qué quiero? Construir cosas. Pero es demasiado tarde. Cosas ya no puedo construir. Digo puentes y edificios. Casas. Techos con gente que viva dentro. Con paredes y puertas y camas con sábanas y a almohadas. Demasiado tarde.


¿Qué quiero? Digo ahora. ¿Has escuchado Queen? I want it all. And I want it now. Lo quiero todo. Todo. El diluvio y el desierto. El aterrizaje sereno y la caída estrepitosa. La ternura y la flagelación. La espera lenta, torturadora, agonizante, viendo como se evapora el calor y la vida. Quiero madrugadas de gritos y tardes mudas. Quiero ver amanecer y la total oscuridad. Quiero ser todo. Como un ave. Quiero usurpar la pluma desde la piel. Quiero beberme la ficción, créemela hasta el final del cuento. Quiero desafiar y convencer, pelear hasta el último movimiento de la espada, hasta que no quede aire que cortar. Quiero colmillos, nudillos y plantas de pies. Quiero lenguas y leguas de camino. Quiero recorrido y reposo. Quiero la cabecera del río y el delta. Quiero la voracidad y la saciedad y el agotamiento, quiero la pujanza. Quiero vacío, ausencia, quiero invasión y bandera marcada. Quiero desenterrar el hasta con las uñas, quemarla y luego volver a perder el territorio. Quiero añorar. Quiero abrir los ojos y decir, lo tengo todo, pero este espacio está totalmente vacío. Quiero la puerta cerrada y la violación del candado y la huida como ladrones y la puerta grande. Quiero reírme hasta llorar y decirte, ¿ves?, ¿ves?, como los extremos se tocan. Quiero todas las voces y ningún juicio. Quiero todos los papeles y los instrumentos. Quiero las voces. Quiero la absolución y la condena. Quiero todo, menos lo que esperas.  

martes, 23 de junio de 2015

Luchar. Resistir. Comenzar de nuevo.

Hay que tener una fortaleza psicológica muy grande para estar hoy en día en este país. A veces me siento como uno de esos animales de circo que entrenan corriendo en círculos. Otras me siento como un espécimen de hormiga, atrapada en un laberinto. Laberinto con su Minotauro y todo. Esto es Jumanji y la Ouija y Monopolio y una novela de amor barata mezclado todo en uno. Esto es una vorágine y un tifón. Esto es indescriptible a veces e incomprensible casi todo el tiempo.

¿Cómo luchar? ¿Por dónde empezar? ¿Quién tiene la razón? ¿Quién debería ganar? ¿Qué es la justicia? ¿Qué es la libertad? ¿Qué hacer?

Irse. Quedarse. Aislarse. Tirar la toalla. ¿Cómo se hace un Manual para sobrevivir? ¿Cómo se hace un Manual para resistir? O peor, ¿Cómo haces un Manual para Comenzar de nuevo? Ese último tiene una pregunta que es una trampa, ¿dónde?

Uno puede irse del país sin moverse de su casa. Uno puede aislarse y perderse y no estar aquí. Uno puede dejar de ser de aquí y olvidarse del entorno, que te carcoma el desapego, generalizar, ni siquiera odiar. Ignorar. No saber. No preocuparse. Uno puede irse lejos y seguir siendo. Ser más que nunca. Sentir como jamás lo imaginó. Sangrar sin heridas aparentes. Uno puede sufrir y acompañar, y ser solidario y estar tan presente como si tuvieras los pies anclados al suelo. La memoria y todos los gestos con que hacemos de ella algo vivo. Uno puede construir país siempre.

El exilio no es cuestión de tierra solamente, no es un tema únicamente de ubicación y distancia. 

Uno puede exilarse de lo que fue y de la persona que iba a llegar a ser. Uno puede olvidar la pertenencia.

Luchar. Resistir no es nada más una expresión de martirio. No son ojos lluviosos todos los días. En la construcción del país se aplica mucho más que lo evidente, más que una grúa y que un ingeniero plano en mano. Es arquitecto del futuro el que sueña y no se rinde. El que se levanta y sigue. El que sabe sonreír y apoyar. El que de vez en cuando mira hacia a los lados para no quebrarse. El que está. De alguna forma u otra pero está. Ahí de pie. Esperando. Trabajando. Acompañando.

Un país necesita de todo. Necesita del que imagina, del que sueña, del que hace. Necesita el que enseña, el que construye, el que cuida, el que ríe, el que es constantemente serio. Un país necesita que la gente se escuche y se valore. Se tolere, pero no en las mismas ideas, sino en las diferentes. La fuerza de la unión se nutre de ideas distintas. De escucharse. Del verdadero respeto, desde que nace del esfuerzo de entender que somos iguales en el fondo, pero totalmente distintos en la superficie.

Una crisis, una pelea, un cambio de paradigmas necesita rebeldía. Pero no de la quejarse y señalar. Más bien necesita constancia y energía. La rebeldía está en no apaciguarse, ni en la rabia, ni en la tristeza, ni en la alegría. Está en saber escuchar, en darse una oportunidad. En no tirar la toalla con un proyecto, con una idea, desde el amor hasta la carrera. En no dejar de mirarse en el futuro, con logros, con aciertos, con errores.

El país lo construimos todos. Cada quien viviendo en su camino y a su manera. Cada quién forjando su destino sin detenerse ante nada. Cada quien viviendo, cómo pueda, dónde pueda.

Sí. A veces provoca tirar la toalla. A veces el pánico nos deja en seco y queremos que todo se resuelva al salir por una puerta mágica. A veces queremos tantas cosas que ya ni sabemos que queremos. A veces quisiéramos que el mundo se detuviera, nos sentimos solos porque pensamos que nadie escucha. Pero así son los procesos y así es el cambio. Y lo que vivimos requiere el coraje de la imaginación. Lo que vivimos requiere de todos los valores juntos, desde la resiliencia hasta el perdón. Lo que vivimos exige una fuerza sobrehumana. Requiere pausa y poca prisa. Requiere imaginación y paciencia. Sabiduría. Ganas. Y sí, costará aún sacrificio a todo nivel. Del duro. Del que jamás imaginamos. En este país luchamos, resistimos, comenzamos de nuevo todos los días. Empezamos un nuevo camino y sentimos que dejamos un mundo atrás. Dejar de soñar y renunciar a la vida es un lujo que no podemos darnos.


jueves, 11 de junio de 2015

El chat grupal

Esta iría para el chat, con la leyenda "miren con quien estuve"

¿El chat grupal es un fenómeno mundial? A veces me pregunto si es la clave del el futuro o si será el catalizador para la tercera guerra mundial. Hay chats grupales que son un bálsamo, hay otros que son una fuente de estrés. Estás sentado frente a la tele, o comiendo, o peor, te acabas de ir a dormir temprano porque has tenido un día de mierda, porque el día siguiente no perfila mucho mejor, porque tendrías que mudarte a un planeta con una órbita más larga, con un año que dure más y con un movimiento de rotación más lento porque un día de 24 horas sencillamente no te sirve. Porque has intentado todo, desde Evernote, hasta un app de mierda que te dejó el teléfono colapsado y pasabas más tiempo en gerenciar el tiempo que tenías, que en hacer lo que tenías que hacer.

Y ahí están los chats grupales. Y cuando vienes a ver ignoras la conversación que ibas a tener con una persona de carne y hueso, o la tienes a medias, o te pierdes una película o te atragantas un café, porque ya va, mira la foto que pasó fulano, o es que mengano acaba de decir…¡Pero qué santas bolas tiene!, o hay que ponerse de acuerdo o fijar ese encuentro al que todos quieren ir pero para el que nadie puede hacer hueco en su agenda, y mucho menos ceder en cuanto al lugar. Eso sí, siempre hay tiempo para alguna foto linda con un mensaje de autoayuda o un ok que uno no sabe si es un acto de resignación, una afirmación casual o lo que uno siempre piensa que es: un acto frontal de agresión.

Me pregunto si el chat es un fenómeno que alcanza a las personas que están perdidas, distraídas, o si de verdad es una herramienta de ejercicio del tiempo para la gente que dirige el mundo. Me pregunto si todos los que tenemos teléfonos inteligentes hemos sido víctimas de esta forma de comunicación y no podemos escapar de ella. Me imagino por ejemplo un chat grupal entre líderes de naciones, en el que participen gente como Angela Merkel y Barak Obama, Mariano Rajoy y Francois Hollande, el primer ministro de Canadá y Cameron de Inglaterra. Me imagino a uno de estos diciendo, tenemos que reunirnos, y de pronto se lee en la pantalla, Vladimir Putin fue añadido a este chat. Luego chat paralelo entre Merkel y Obama, ¿quién coño añadió a ese carajo?, no sé qué ladilla, el chat es de la OTAN ahora habrá que abrir otro qué es lo que no entienden, seguro fue el italiano, o Mariano, ¿Mariano? Nada que ver, yo tengo mis dudas, ok.

Me los imagino cuadrando las reuniones en el mismo plan en que se pone uno. Esos giros eternos, yo ese día no puedo, yo puedo pero de 9 a 11 y luego a partir de las 4 pero no quisiera que se haga tan tarde, yo me adapto a lo que quieran. Y cuando vienes a ver fuiste al baño, te serviste un vaso de agua y tienes 56 mensajes en el chat que todos dicen lo mismo, yo quiero pero no puedo, podría y tal vez quisiera, hago lo que digan ustedes pero al final lo que priva es lo que me da la gana, y alguien siempre que quiere ser una voz como de paz, pero también arrastra su coletilla de estrés, no entiendo por qué tanto rollo si la reunión es prioridad. Me imagino a Ángela in typing un mensaje que finalmente lee: señores creo que esto es algo que podrían hacer nuestras secretarias, de acuerdo con Hollande, esto debe ser prioridad. Explotando los chats paralelos, ni hablar de los de los equipos de cada uno, a quien su jefe pasará una foto con leyenda, esto es de no creer. Y claro, ya está casi todo el mundo listo con una fecha y falta uno que es Italia y de pronto llega y dice, lamento llegar tarde, acabo de leer todos los mensajes, yo ese día tengo el aniversario de mi partido. Y así se jode el mundo, o nos jodemos nosotros, o se derrite otro de pedazo de hielo.

Seguro pasa lo que pasa en todo chat que arranca intentando ser serio y enfocado. Una herramienta de trabajo, pero que termina siempre por buscar un desahogo, puede ser que empiece el primer ministro de Portugal haciendo un comentario sobre el fútbol y entonces todos se emocionan y empiezan con el estrés y las opiniones y hasta un meme bastante light porque después de todo uno nunca sabe, hasta que David Cameron dice, por favor señores vamos a mantener este chat solo para cosas de trabajo, me consume la pila y es una calamidad. Y entonces de nuevo al chat paralelo Angela y Obama, mierda David se arrechó, no vale así no se puede no sea tan exagerado nadie lo obliga a leer, totalmente que ponga el aparato en mute y ya está, me vas a decir que él no sigue el fútbol, déjalo está estresado.

Por otro lado hay chats grupales que sirven de terapia. En los que pasan cosas buenas. En los que te desahogas. En los que cuentas cosas que tal vez cara a cara no te atreves a contar, en los que te sientes cerca de gente que tienes muy lejos y de pronto la distancia no importa tanto, alguien te sorprende llorando de la risa con la cara enterrada en el teléfono y cuando lo tratas de explicar es incomprensible para alguien que no esté añadido en ese chat en el que arreglas el mundo, lo desajustas, te miras, te confiesas y te consuelas, lo mismo compartes un logro que una frustración o te ríes de una cosa de la que jamás te reirías a viva voz. El chat que se vuelve una especie de gaveta en la guardas cosas muy privadas.


Me pregunto cómo la tecnología nos va cambiando y qué va a haciendo de nosotros. Cuáles son sus límites y qué efectos tiene. Ya tus amigos no llaman a la casa. Ya las cosas quizás no las reflexionas tanto porque van directo al chat. Como todo tiene su dosis de daño, pero también de algo bueno, y como todo el reto está en ese punto que está mucho más alto de lo que su propia definición supone: el punto medio. Y así como de pronto uno puede pensar que el mundo se pierde por un chat, yo sí puedo decir que más de una vez uno de esos me salvó la vida.