miércoles, 3 de septiembre de 2008

Ni Tan Secreto


Hace como tres meses vi la famosa película de “El Secreto.” Todo el mundo me hablaba de ella, que si “tienes que verla”, “no sabes lo que es”, “es que es verdad, te cambia la vida.” La traje a la casa y a los cinco minutos me recordé de un personaje muy interesante: El Padre Arruza. La razón fundamental es que el Padre, que en paz descanse, tenía una manera muy peculiar de decir con su acento español venezolanizado: “ pero qué estupidez!!!!”. La película era cinco gringos chimbos repitiendo como visualizaron ser millonarios y por el sólo hecho de pensar positivo lograron sus objetivos. Ósea Chris Angel Mind Freak se quedó soquete. El punto es que lo de la mente positiva lo hemos sabido desde hace años, y no sólo eso, si no que hay cosas que cuando tienen que suceder: suceden. Y no es nada más sentarse a pensar:
- Ojalá mañana me gradúe de médico.
No tío. La cosas están también en las ganas de hacerlas, en el empuje, la convicción y el poder que tenemos cada uno en forjarnos nuestros sueños. La mente positiva lo que hace es empujar la suerte.
Algo más o menos así fue lo que le sucedió a Juan y a Isabel (*Nombres ficticios), en una de las historias más impactantes que he escuchado en los últimos tiempos. Resulta ser que Juan, un chamo como de 19, 20 años, juega baseball. Está en un equipo que tenía como meta representar a Venezuela en un torneo internacional que se iba a llevar a cabo en la ciudad de Mérida, México. Todo estaba listo. El equipo estaba entusiasmado, tenían sus uniformes, sus gritos de guerra, sus planes, entre ellos los que tenía de Juan de quedarse unos días en México con su mamá, Isabel, quien de hecho lo esperaba un día domingo para recibirlo en el aeropuerto cual futuro campeón.
Ese domingo Isabel, quien estaba acompañada por la madre de otro baseballista, decidió llamar a Caracas temprano para asegurarse de que taxi, viaducto y avión estaban en perfectas condiciones para que Juan llegara a la hora estimada a su destino.
- Hay amiga, no sabes nada? – le dicen del otro lado del teléfono.
- Noooo!!- ¿Qué passóoooo?????- Dice Isabel en pánico, mil cosas pasándole por la cabeza en medio segundo, desde el golpe de estado, estamos entrenados para pensar en eso siempre como opción, hasta la vaguada, hasta lo imposible.
-El Ministerio no dio los pasajes. El equipo no va.
Bueno mejor que el golpe de estado. Tal vez, quién sabe, quizás no. Pero lo peor entre muchísimas cosas. A Isabel se le derrumbó el mundo. Se quedó helada. Son de esas cosas que no pasan. Son de esas razones que no son razones y lo que único que podía hacer era visualizar a “su chamo”, muerto de tristeza, con todas esas expectativas por el suelo, pensando en qué hubiera sido y sin su mamá al lado para darle cualquier razón para verle el lado bueno a la cosa.
Isabel, no sabe mucho por qué, a lo mejor es su naturaleza que ve lo bueno en todo, decidió llamar a Juan y decirle que agarrara sus cosas y se viniera de todas todas. Compró un pasaje a través de una hermana y Juan casi como estaba previsto agarró su avión. La otra señora no pudo soportar la decepción y se regresó a Caracas - ¿Qué vamos a hace aquí?- Le dijo a Isabel.
Lo cierto es que al día siguiente llegaba Juan. Venía vestido casi como si hubiera viajado con el equipo, con batera y todo. Isabel al verlo suspiró pensando que el pobre se estaba atormentando. –¿Qué va a hacer ese muchacho con eso aquí?- Pensó.
- Me provocó traerla- Fue todo lo que él dijo.
Lo cierto es que antes de irse a turistear por la ciudad decidieron pasar por el estadio para conocerlo. Cuando llegaron no había nada. Era como una ciudad desierta. Isabel le veía la cara al chamo y le provocaba morirse.
- Ponte allá.- Ponte así- Le decía y le tomaba fotos. El pobre salía con pose de desgano, con una melancolía extraña, con rabia, con impotencia, sin entender, porque de verdad las razones para no haber podido competir eran demasiado injustas, demasiado no razones.
Mientras daban la vuelta por el campo imaginándose cosas Isabel se dio cuenta de que en un palco de esos que están cerrados había una persona. Se acercaron a preguntar sobre el torneo y el señor con su acento mexicanísimo les dijo:
- Aaaayyy Venezuela. ¿Qué pasó Venezuela? Pues bueno. Ya que están aquí, vengan esta tarde a las 6, ya veremos cómo le hacemos.
- Cómo no entiendo. – Dice Isabel.
- Sí. Vengan a las 6 y allí vemos como le hacemos. Por lo menos que desfile el muchacho.
Rápidamente Isabel dice. – Ya va. Hay otro muchacho. Yo sé que aquí también se quedó una familia con un muchacho.
-Pues sí. Dígale que venga y ahí vemos como le hacemos.
A las 6 de la tarde en punto estaban los dos muchachos en el estadio. Se acercaron a una persona que les informó que sólo había un uniforme disponible. Nada, le tocaría al que mejor le quedara. Oh sorpresa. Juan que es gigante, enorme y le cuesta mucho conseguir los uniformes de su taya, entró perfecto en el traje de basebollista. Al otro muchacho le improvisaron un atuendo y así los dos marcharon como parte del equipo Mexicano en la inauguración del torneo.
Eso no fue todo. Los dos muchachos jugaron con el equipo y cada vez que salían al campo los altoparlantes gritaban:
- Demos la bienvenida a dos invitados especiales de Venezuela que nos acompañan hoy en el campo.
De renegados olvidados de un siniestro ministerio, como diría Fito Páez, a estrellas invitadas del baseball Mexicano. Lo cierto es que aún cuando el torneo se acabó con hits, home runs, tube As y dobles, no se acabó todo. El mismo señor que les ofreció participar se les acercó a Juan e Isabel y les dijo:
-Oigan. No sé si están interesados, pero hay una posibilidad de que Juan califique para una beca en la universidad de aquí jugando para el equipo. Tendría que quedarse y hacer varias pruebas. Es decisión de ustedes, pero si lo desean estamos para servirles.
Se quedaron como en neutro de nuevo. ¿Quedarse en México? ¿Universidad en Mérida? ¿Beca? Y Juan, ¿Dónde se iba a quedar?
- Pues conmigo – Dijo una de las mexicanas madres de un miembro del equipo.- Ese muchacho es mi otro hijo nacido en Venezuela-
Así que Isabel se vino a Caracas, con fotos, con sueños, con un montón de cosas y Juan se quedó haciendo sus pruebas. Todavía no sabemos si le dan la beca, pero lo que sí sabemos es que al menos le dieron la oportunidad. Quizás lo más triste es que no se la dio su propia gente, su propio gobierno, pero al fin, lo importante es empezar a creer en que uno sí puede, aunque muchos otros nos traten de convencer de lo contrario.
El secreto de ellos, no fue nada más sentarse a esperar que pasaran las cosas, al contrario, fue hacer lo imposible porque sucedieran. Y sucedió mucho más de lo esperado.

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