viernes, 10 de octubre de 2008

Cera en la Oreja

Esta tarde fui a una de las mejores peluquerías que he ido en mi vida. Por fiiinnnn, encontré a alguien que entiende mis rulos y no me quiere dejar la cabeza como si Jennifer López se hubiese estrellado contra una secadora en máxima potencia. Por fin no me quieren dejar como La Tigresa de Tijuana.
Lo cierto es que estaba en la mitad de mi cuestión y entra en la peluquería un viejo de 93 años. Empezando porque el hombre está mejor que yo. Derechito, sin lentes, lúcido, yo me acuesto después de las 10:30 cualquier noche de la semana y amanezco como si tuviese 12 años atendiendo la barra de un burdel.
El señor se va a cortar el pelo, cosa que le preocupa porque está en una peluquería rodeado de mujeres. Eso lo estresa, porque para la mayoría de los hombres y más de esa generación, la peluquería es territorio femenino. Es lugar donde se destruye a los hombres, se habla de períodos y reglas:
- Aaaayyy, no niña, a mí cuando me viene me da un dolor de cabeza, y no puedo ver la propaganda de los perritos, esa que el tipo le regala unos cachorritos con un lazo a la mujer porque me guindo a llorar.
Además se pasan recetas de cocina, se cuentan unos chismes con detalles que a los hombres no les interesan y además toda mujer que esté buena en el mundo del espectáculo es destruida:
- Viste a Nicole Kidman lo acabada que está con el embarazo???? Y la Penélope Cruz, por Dios que mujer tan ordinaria, tan bonita que se podría ver si se vistiera mejor, ay nooo.
Y por último, el terror de los hombres: se habla mal del género masculino.
Rara vez se cuentan los cuentos de los esposos modelo y los novios cariñosos. No. La peluquería es lugar de cachos, golpes, dejadas inexplicables, borrachos incurables, amargados, sucios, desordenados, egoístas que no ayudan y pare usted de contar.
Aunque lo cierto es que hoy en día cada vez más se ven hombres en peluquerías, cosa que es tema para otro post, nuestro querido MegaAbuelo se sobrepuso a su pena y se dejó cortar el pelo en lo que para él debe haber sido algo así como una Barbería Lounge.
Con sus 93 años a cuestas le dijo al peluquero que no le gustaba lo que le habían hecho en la barbería que iba siempre. Que estaba harto, que se lo dejaban muy largo por aquí, muy corto por acá, que quería algo distinto. Después se quedó tranquilito. El corte duró un tanto más de lo común y cuando ya estaba terminando le dijo al peluquero que no le gustaban los pelos de las orejas. Viejito, pero coqueto. A lo mejor estamos realmente frente al primer metrosexual de Venezuela.
Lo cierto es que yo estoy jugando con el celular cuando escucho al peluquero decir:
- Ya sé. Le voy a echar cerca caliente para que saquemos el pelo mejor, además así no le vuelve a crecer en mucho más tiempo.
Yo me quedé en cero. Me vino a la mente la tortura que es sentarse en la camilla, sentir la cera, ni hablar cuando es en la entrepierna o sobre el labio. Es tortura china. El concepto de echarse cera caliente en el cuerpo y después jalarla violentamente para quitar todo el pelo es una aberración. Y las mujeres ok, a lo mejor por eso somos tan complicadas, pero un viejo de 93 años, yo pensé que lo mínimo salíamos en las noticias esta noche con el viejo muerto.
Así que el peluquero trajo la cera, se la puso. Y yo aguanté el aire. Juro que tenía el teléfono de la ambulancia ya en el celular listo para darle a send.
El viejo no dijo nada. Es más sí dijo, dijo: “no sentí nada.”
Pues no se vale Abuelo. No se vale. Me provocó decirle: "bájese el pantalón" y echarle desde el tobillo a la rodilla la cera hirviendo, luego arrancársela para ver si iba a contestar lo mismo.
Lo cierto es que cuando le dejaron listo y pepito le dice al peluquero: "A mi en el otro lugar donde yo iba no me hacían todas estas cosas, claro que allá me daban cafecito."
Acto seguido el peluquero le trae cafecito. El viejito se ríe y le dice, "no vale, lo del café era echando broma."
Lo cierto es que se fue, peinadito, cafecito en mano, feliz y contento, bailandito como si tuviera 39 y no 93.
Yo me quedé pensando que esta fue una de las experiencias de peluquería más bizarras que he tenido. No sólo fue la cera caliente en la oreja, sino además fue algo que pasó pero como si no estuviera pasando.
Y ahora ¿Qué coño voy a decir yo cuando me vaya a depilar la semana que viene?
No sé, pero estoy tentada a echarme cera en la oreja a ver si de verdad no duele.

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