viernes, 3 de octubre de 2008

Justos de Genios

EL TIO OSWALDO

Hace ya unos añitos tuve la oportunidad de conocer un sr. peruano que se llamaba el Sr. Wu. El señor Wu me enseñó, en sus últimas horas, que no hace falta pasar mucho tiempo con una persona para dejar una huella en su vida, para marcarla de forma tal que esos momentos se recuerdan siempre y afectan, cambian de alguna forma quien eres.

Tal es el caso del Tío Oswaldo. Yo en realidad no pasé mucho tiempo con el Tío Oswaldo y de hecho lo vi pocas veces, pero esos encuentros dejaron una huella profunda en mí, y si tuviera que definir al Tío Oswaldo de alguna manera diría que es mágico.

En realidad no lo frecuentaba mucho porque el Tío Oswaldo no es mi tío. Es tío de una de las personas que más cariño le tengo en el mundo, mi gran amigo del alma Sandoval. Desde que conocí a Sandoval no hacía si no hablarme del Tío Oswaldo.

Recuerdo que conocí al Tío Oswaldo un día miércoles que jamás voy a olvidar. Nos reímos demasiado, hablábamos de literatura, de arte, de vida, y era como si el mundo entero lo manejáramos a nuestra disposición, entre conversaciones profundas, de esas que van a lugares que uno ni se imagina que existen.

Hablamos de la soledad. El Tío Oswaldo me ayudó a aceptar que está bien ser solitario, que es a veces una forma de vida, una necesidad y que si el alma la llama hay que escucharla, hay que dejarla venir. La soledad no hay que padecerla, al contrario, hay que gozarla y regocijarse en ella. Jamás me voy a olvidar de una pregunta que me hiciera:

- ¿Qué haces cuándo te sientes sola?

Y mi respuesta. Sin pensarlo.

- Escribo.

El Tío Oswaldo me regaló frases. Varias frases, que moran en mis cuentos, porque yo osé tomarlas como un regalo en el intento de hilar historias sobre este juego irónico, fugaz y a veces macabro que se llama vida. Sin embargo, aquellas que más me recuerdan a él son las que tienen que ver con esos amores prohibidos, imposibles, que fueron sin serlo y que a la vez siempre serán. Esos amores que se van a un rincón del alma donde el corazón le tiene prohibida la entrada al recuerdo, pues desnudan al dolor y queman el alma.

El Tío Oswaldo sacó un libro que publicó entre sus amigos, como los grandes poetas. Efectivamente, era como escucharlo hablar, todo, absolutamente todo venía del corazón. Sus poemas siempre me recordaron a un lugar lleno de árboles inmensos, de grama fresca en la que te acuestas y te hacen cariño los rayos del sol, una melancolía lenta y divina. Licencia para escuchar a los sentimientos. Pero una vez el Tío Oswaldo me regañó por dramatizar. Uno de mis defectos favoritos y cosa que practico con un nivel casi profesional. Su regaño lo recuerdo aún cuando me estoy ahogando a mis anchas en alguno de mis dramas.

El Tío Oswaldo me marcó tanto porque en este mundo lleno de gente que lo que quiere es llevarte por delante, sacarte todo lo que puede, aprovecharse, burlarse, donde lo que cuenta es ser abyecto, donde nada se hace desde el alma, donde el corazón es deshecho tóxico, conocer a alguien puro tiene que dejar una huella. El Tío Oswaldo no tenía intenciones ulteriores, jugarretas escondidas. El Tío Oswaldo era nada más El Tío Oswaldo.

Ya se fue, hoy hace dos años. La última vez que lo vi mi intuición me dijo que efectivamente no nos volveríamos a encontrar, aún cuando faltaba tiempo para que se fuera. El alma del mundo no se equivoca. Quizás por eso, ese día domingo, ya caída la noche, me monté en el carro, me fui la Cota Mil y comencé a llorar como pocas veces en la vida. Di cuarenta minutos de vueltas entre Terrazas del Ávila y La Florida. Llorando. Simplemente llorando.

Sé que está en buen lugar. Que algún día volveremos a vernos allí y seguiremos hablando de personajes, de libros, de cuentos, de frases, de ese silencio que no sabemos cómo interpretar.

Mientras tanto lo que me gustaría decirle y para eso tomaré una frase prestada es que como dice la canción de Dalí: si te reencarnas en carne, vuelve a reencarnarte en ti y si no, ayúdanos a reencarnarte en prosa y en verso, pues andamos justos de genios.

Por lo que fuiste simplemente una palabra: Chapeau.

1 comentario:

Facility manager dijo...

A veces, solo a veces, (lamentablemente), me recuerdo cuando era niño y vivía por el maravilloso mundo de los sueños mágicos. Recuerdo con nostalgia las veces que un escaparate se convertía en una máquina del tiempo y una sábana en una casa, y un espejo, un mundo de imágenes. Cuando uno crece, de alguna manera comienza a decir adios. Adios a la imaginación, a la aventura. Siempre me acuerdo de un poema de Borges, que dice que debió haber caminado descalzo, comer más helados, jugar con niños.
¿Será que es posible rescatar al niño, que perdemos cuando crecemos?
FM