martes, 21 de octubre de 2008

Tormenta

Anoche llovió y relampagueó y fue como si hubiese esperado a que yo me acostara para que le diera la gana. Me estoy comenzando la Cartuja de Parma y no me podía concentrar, a pesar de que la historia te atrapa y la narrativa de Stendhal es del más allá, adoro los románticos, los villanos y la profunda ironía que va hilando cada una de las frases y comentarios del autor. Sin embargo me he dado cuenta de que a mi absurdo miedo por los aviones que “atraviesan una zona de turbulencia” se une un pánico astronómico por los truenos. Los rayos me gustan, me molestan los truenos. Nada más escuchar las uñitas de mi perro, tratando de ganarse algo de buena voluntad para que le abra la puerta y podamos vernos a la cara y confesarnos que los dos estamos absolutamente aterrados. El tipo tiembla como si viniese el apocalipsis. Entonces entiendo: no hay peor sensación en la vida que la del miedo. Me doy cuenta que no es lo mismo ser cobarde que tener miedo, cobarde es que quien no enfrenta sus miedos, sin embargo esa sensación de desprotección, de angustia, de tortura, eso que paraliza huesos, músculos y que deja al cerebro concentrado nada más en el objeto del terror es la peor sensación del universo.
Prefiero mil tragedias, dolor físico, emocional, del corazón, del alma a sentir miedo. Cada vez que cae un trueno el animalito deja temblar. Por unos segundo. Como esperando que al finalizar el ruido a lo mejor el ya no exista, pero una vez que el ruido pasa, allí seguimos y allí sigue también el miedo. Entonces mi cerebro me juega una mala pasada y me empieza a enviar imágenes asociadas con mi terror. Son fantasmas que se alimentan del miedo.
Veo tragedias. Pienso en la muerte. Pienso en que a lo mejor el techo sede y nos mojamos todos y se cubre de agua y nos ahogamos triste y silenciosamente entre las sábanas porque no tenemos tiempo de correr. A veces pienso que lo que nos invade es lodo, de ese pantanoso, helado, marrón, con ese olor a tierra derretida, lo siento tan encima que casi lo puedo tocar. Veo las paredes blancas manchadas de lodo y solo pienso en cómo sería esa ola infernal. Me recuerdo de las famosas profecías que decían las viejas cuando yo estaba chiquita, que se va abrir el Ávila, que se va a tragar Caracas y que mejor momento para hacerlo que en mitad de una tormenta, que mejor momento que con la furia del viento, con el rugir del cielo, con la luz tenebrosa de los rayos, con ese carácter de vengadora justiciera que tiene cada tormenta.
Odio el miedo. ¿Cómo se vence? ¿Cómo logra uno salirse de ese pantano? ¿Qué pasa cuando la tormenta no está sólo en el cielo, sino cuando empiezo a sentir que se me ha metido por dentro? ¿Qué hago con los truenos que llevo adentro? Qué apocalíptica es la lluvia. El perro me ve y yo lo veo y sabemos que ahora es que está comenzando, que ahora es que deberíamos estar temblando. Y aunque él no habla y yo no ladro nos vemos a los ojos y nos decimos: tengo miedo.

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