jueves, 20 de noviembre de 2008

Llora Venezuela


Puede que sea una expresión totalmente cursi. Y sí, lo es. Pero hay veces es que no hay otra cosa que hacer sino recurrir a la cursilería para expresar las cosas que pasan. La verdad es que hubo un tiempo en que la intensidad de la lluvia era puro frescor, era algo sabroso. Ahora el sonido de gotas a granel, ronroneando sobre el techo, es más bien amenazador.
Cada gota que cae esconde un secreto. Posiblemente un secreto terrible. Así como ella caerán millones y millones más, que se unirán todas en ríos y cascadas desordenadas. Locas. Que irán formando masas que se abrirán paso por las calles. Que mojarán todo. Que dañarán, tumabarán, oxidarán la vida de una capital que ya no aguanta mucho más. Que ya está al borde. Al borde de la locura o quizás, quién sabe, si al borde de la clarividencia.
Cada vez que hay elecciones el país llora. A veces es un llanto tenue y silencioso como ese llanto tranquilo de quien busca resignarse, de quien sabe que la causa de su dolor no es el fin del mundo. Otras veces, como en el 99, como hoy, es un llanto profundo. Que viene de la médula del alma. Un llanto de gritos. De rabia. De miedo. El llanto de alguien que está perdido. El llanto de la desesperación. El llanto del desasosiego.
Estas noches de lluvia amarga me revuelven el alma. Me obligan a acordarme de que hay una parte de la tristeza que es oscura y maligna, que está llena de perturbación y angustia. No hay un lugar de mi extensa imaginación donde quepa una descripción de la tierra colándose por las rendijas de un hogar construido con la toda la fuerza de bloques de nada. Que se sostiene por el suspiro de quienes moran en él. Que para unos se llama casa. Otros lo llamarán rancho. Pero, para mañana quizás sea simplemente lo que el agua se llevó.
Lo sórdido de este asunto, es que mientras aquí el cielo se desangra, hay una gran masa que no se entera. Que no hace absolutamente nada. Seguimos nuestras vidas, como si la tragedia que nos envuelve fuese sólo una incomodidad. Como si aquí la vida valiera lo suficiente como para vivir en base a minucias. Las del trabajo. Las de casa. Las de la televisión. El presidente habla. Seco, con su corbata delante de un cuadro. Como si afuera de ese salón no existiera más nada. Y uno lo apaga o cambia el canal. Se aturde con mucha indiferencia, como si al callarlo dejara de existir. Dejara de importar. Así como si al abrir el paraguas dejara de llover.
Yo no tomaría la lluvia como un simple capricho del clima. Quizás estaré interpretando los acontecimientos mucho más de lo que cabe. Lo cierto es que creo que la lluvia busca decirnos algo, busca empapar nuestra sensibilidad y recordarnos, que así como el sol sale para todos por igual, la lluvia, el deslave, la desesperación no excluyen, ni discriminan, ni eligen antes de arrasar.
Entonces, para salvarse habrá que construir en terreno sólido. Tendremos que hacer un muro de contención y dar la mano a quien no tiene los recursos para hacerlo. Eso mismo habrá que hacer por el país el domingo. Ayudar a crear un muro de contención, a decir algo por quien no tiene voz. A buscar un lugar donde podamos estár firmes y resguardados de las rabias torrenciales del cielo. Así quizás volvamos a ser, poco a poco un país donde cuando llueve, simplemente llueve.

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