domingo, 16 de noviembre de 2008

Mis Ojos Dicen

De repente te ves al espejo y ves en tus ojos que ha pasado por ti algo de vida. Cosas que hiciste. Cosas que viviste, y no te reconoces en tu pasado. No encuentras tu nombre en tu propia historia. No fuiste lo que eres.
Entonces piensas en huir. Entonces piensas que es más sencillo vivir la vida a campo traviesa. Te das cuenta que has buscado refugio en un lugar donde estás a merced de las armas del enemigo. Que lo que pase de aquí en adelante dependerá de todo menos de ti.
A veces uno quiere escoger otras pieles. Porque cuando estás solo es más sencillo mirarte al espejo y mentirte. Decirte que podrías ser otro aliento. Uno menos cansando. Uno más ligero. Una arruga menos. Un camino más sencillo. Una tarde más tranquila. Un sol más benevolente. Una tarde gris menos fría. Un invierno más cálido. Una lluvia que refresque y no un aguacero que ahogue. No un trueno ensordecedor. Pero del pasado ya no puedes huir. El pasado es tu cadena. Tu cadena más pesada y por más que quieras ser libre, nunca lo serás. El pasado es tu condena. Una condena de la que no existe absolución.
¿A dónde se va el deseo? Cuando la noche es negra. Cuando todo calla. Cuando hay un silencio que te grita, que te atormenta, que te ruega que escuches. Que te grita qué quieres. Que lo tienes que querer. Que prometiste. Que juraste. Que es tu destino.
Pero tu vida te muestra un camino donde lo que quieres no cabe. Y entonces esas promesas irán a vagar al lugar de tu alma donde no eres nadie. Y entonces tus ojos te dirán que la única salida es darle paso a la más dulce tristeza.

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