lunes, 17 de noviembre de 2008

Premio Mundial a la Paranoia 2008: Venezuela



Creo que los Venezolanos nos vamos a ganar el Premio Mundial a la Paranoia. No sin sobradas razones. El otro día venía bajando del Cota Mil y veo un taxi estacionado a un lado de la calle. Mil cosas pasaron por mi mente. Cosas como:
Es un choro que me va a sacar una navaja para robarme el Ipod. Es un matón, secuestrador, que pertenece al crimen organizado. Es un violador que no me va a hacer nada por el perro. Es un "secuestrador express". Es un burundanguero. Es un vivo estafador que me va a venir con un cuento chino para sacarme algo de plata, y pienso "buena suerte amigo" ojalá en el proceso me enseñe como.
Le pasé por al lado y no pasó nada. La verdad es que era un taxista que estaba haciéndole algo a su carro. No sé qué sería, porque ni si quiera me volteé para mirarlo. Mi estrategia fue hacer como si no existiera.
Al pasar me di cuenta de que en eso nos hemos convertido. Una gran masa de seres aterrados. Paranoicos. Creemos que ya nada nos sorprende, pero no es verdad. Cada historia que nos cuentan sobre los horrores del hampa, sobre la viveza descarada de personas que buscan dinero por vías inmorales y muchas veces violentas, nos crispa los pelos. Habremos visto muchas cosas, quizás lo hemos visto todo, pero no hemos perdido la capacidad de asombro.
El otro día me contaron que ahora hay una banda que se mete en las universidades y en los restoranes. Hace que todo el mundo se desnude (dejan la ropa interior al menos) y roban absolutamente todo. Desde la caja del lugar, hasta el reloj más pedorro. Lo contaron con horror. Lo escuché con asombro.
Aunque intentamos reponernos y seguir la vida como siempre. Como siempre no significa que no tenemos miedo, simplemente que aprendemos a vivir con él. Para no paralizarnos recurrimos a la paranoia. Ya no hablamos con extraños. Desconfiamos de todo el mundo. Medimos lo que hacemos a dónde vamos, las cosas que llevamos, lo que decimos.
Dar un teléfono, responder la llamada a la puerta, ya no son cosas cotidianas. La mirada que cruzamos con un extraño está llena de incógnitas, de pregunta peligrosas, de interpretaciones. Ya ni si quiera dejamos que el instinto nos hable. Ya preferimos dudar de una vez, irnos por lo seguro y asumir que el ladrón, el malo, son todos.
Es que en el fondo es verdad. Están en todos lados. Cada moto que pasa. Cada carro por más viejo o por más último modelo que sea pude ser el de un choro. Cada persona que se nos acerca en la calle. Que nos mira. Que nos determina. Que a lo mejor identifica algún objeto que quisiera tener por ambición, por necesidad o por rabia. Están en las esquinas, en los taxis. Son los cajeros de banco. Son los de las tiendas. Cualquier persona que te ve puede ser. Y como no queremos enfrentarnos a ellos, entonces es mejor recurrir a la desconfianza. A la duda. Entonces mejor no salir. Evitar lo oscuro, la calle. Evitar la mirada, el contacto. Mejor no ayudar a alguien que lo necesita. Mejor no bajar el vidrio. No respirar el aire. Mejor aislarse, tener cuidado. Mejor arroparse hasta el cuello en un lugar seguro. Cerrar la puerta y vivir tras las rejas.
Una vez escuché una de las frases más estúpidas que pueden emitido: “Sólo los paranoicos sobreviven.” La paranoia no es una forma de supervivencia. Es una manera de sufrir. Es una duda. Es una enfermedad. Es una tragedia. La gran tragedia de este país. De la masa que somos y que sin darnos cuenta nos puede llevar a ser hombres y mujeres sombríos y cerrados. Y dudaremos un día hasta de nuestra sombra. Empezaremos a convivir solo con fantasmas y aún de ellos dudaremos.

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