jueves, 18 de diciembre de 2008

Almorzando con el Chavo del 8


Ayer prendí la televisión durante mi hora de almuerzo. Que la verdad que almorzar sola viendo tele es quizás uno de los placeres más grandes, no sé por qué, pero me encanta, además repetí gratén de berenjenas, sin que nadie me dijera nada. Lo cierto es que me quedé viéndolo un rato y antes de que me diera cuenta me estaba riendo de una estupidez tal como:

- Ni me llamo maestro, ni me apellido longaniza. Me llamo Longaniza y me apellido Maestro.

Risas.

- E, e. Digo me llamo profesor y me apellido Girafales.

Por supuesto que no pasaron ni cinco minutos antes de que saliera Doña Florinda con lo de:

- Ven, Quico, no te juntes con eeessta chuuusma.

- Chusma. Chuma. ¡Ppprrrrttt!

Empujón a Don Ramón.

La verdad es que por un lado uno ve el Chavo del 8 como la idiotez más grande del mundo. Unos chistes bobos hechos por unos tipos que parecen ser unos gafos. Pero algo tiene que tener ese programa, porque yo lo veía cuando estaba como en 6to grado y no le podía quitar la vista de encima, igual que mi hermana (que ya estaba en la universidad), nos moríamos de la risa y hoy, 16 años más tarde, ese programa que para ese entonces ya era viejo, lo siguen pasando como si fuera la última temporada de Héroes.

Entonces pienso en Roberto Gómez Bolaños, el creador e intérprete del Chavo del 8 y en que realmente es genial. Si hay algo que yo admiro es cuando en las cosas más sencillas se logra alcanzar una profundidad considerable, y se tocan temas que de otra forma, sobre todo para públicos tan básicos como el latinoamericano, serían demasiado áridos.

El Chavo del 8, un niño que vive en un barril y va al colegio e interactúa con sus amigos y con adultos que ante su situación se conmueven pero no hacen nada, pareciera algo sencillo y hasta trivial. Después de todo, situaciones como esas las vemos a diario en los países de México hasta Argentina. La pobreza, la indiferencia, los vecinos como Doña Florinda que tienen más que los demás y no sé preguntan por qué, ni cómo hacer para que sus vecinos mejoren, porque no se dan cuenta que el bien de uno está en el bien de todos. Allí está la genialidad de Gómez Bolaños, que además, logra algo que es muy difícil para quien trata de contar una historia, que es hacernos reír y no se trata de un humor tonto, de una risa superflua como puede ser la que produce un programa como Friends (que también adoro pero por otras razones) sino que la risa que produce el Chavo del 8 viene de la ternura, de la compasión y hasta de la pena. La pena que se siente cuando uno ve a un ser tan desvalido, tan inocente y que no se pregunta por qué sus condiciones no son como las de los demás, sino que simplemente se deja llevar por la vida, sin esperar mucho de ella, pero tampoco dispuesto a darle demasiado. Y lo que es más, el Chavo del 8 siempre encontró una ocasión para darles lecciones a los adultos, y ente caso recuerdo la mirada apesadumbrada del Sr. Barriga, que iba a cobrar la renta y siempre recibía un golpe del Chavo, y que en el fondo iban dirigidas al televidente. Lo que demuestra que el Chavo tiene potencial, como lo tienen todas esas personas que viven en condiciones de desventaja en nuestro continente y que simplemente nadie ni los tomó en serio, ni les dio una oportunidad. No debemos olvidar que creer en nosotros mismos y en la capacidad que tenemos para salir adelante no es algo innato, es algo que nos enseñaron.

Me llama la atención el personaje de Doña Florinda. A mi ella nunca me cayó tan mal, debe ser porque en el fondo todas las mujeres nos reconocemos en una cuaima que levanta sola a su hijo, que es responsable y que está enamorada de un hombre que aparenta ser bueno con ella. Sin embargo, es tan cuestionable la manera injusta y clasista como trata a Don Ramón, sin detenerse a pensar que ella vive en el mismo lugar y que a pesar de que vivan vidas distintas y vean las cosas de manera diametralmente opuestas, quizás es mucho más lo que tienen en común que lo que se los hace diferentes. La bruja del 71 era otro personaje peculiar, enamorada como estaba de Don Ramón, que lo perseguía hasta la desfachatez y con su antipatía por los niños, pero que en el fondo era buena. El clásico ejemplo de los resultados del machismo, las mujeres que se quedan solas, que luego de cierta edad no se les toma en serio y que deben seguir los patrones que dicta el estereotipo al que pertenecen. Ñoño, era lo máximo, el propio niño insoportable, que sabe que sus papás tienen una posición privilegiada sobre los demás, lo que además representaba de forma excelente con sus dimensiones de gargantúa.

Claro, que igualmente la interpretación que uno haga del programa dependerá del nivel educacional, pero igual, el calibre de reflexión está allí. Y el programa sin duda toca fibras que trascienden los países y las generaciones y eso habla de la naturaleza humana, de que en el fondo, pobres o ricos, felices o deprimidos, exitosos o fracasados, todos tenemos algo que nos une. Yo pienso que es la bondad, el gusto por el humor sincero, la capacidad de pensar y de enternecernos por los demás. Son cosas que me devuelven la fe en el ser humano.

1 comentario:

Toto dijo...

La Bruja del 77: so many people we know!!!