miércoles, 30 de septiembre de 2009

El Sueño de la Felicidad


Esta mañana escuché en la televisión que según un estudio realizado en los Estados Unidos, las personas que duermen entre 6 y 8 horas diarias son más felices que las que duermen 4 y 5. En mi caso, pareciera que voy largo a la porra. No puedo negar que de vez en cuando mi preciosa niña de casi dos meses de edad me regala una noche de 7 horas y hasta 9. Pero los días en los que uno dormía de 6 horas en adelante se han acabado.

Yo jamás he sido una persona dormilona. Francamente no entiendo a la gente que le gusta dormir hasta las 11 de la mañana. De hecho tengo un maquiavélico reloj biológico que me levanta a las 6:30 todos los días y si me trasnoché por algún motivo a las 8. Más allá me siento enferma si me quedo en la cama. Siento que está pasando algo afuera que yo tengo que ir a ver, así salga y haya un silencio sepulcral en la casa y la mañana esté tranquila como si fuese un domingo que encima es día feriado. Yo tengo que salir de mi cama, sino me parece que estoy dejando la vida pasar miserablemente.

Debe ser porque de chiquita mi mamá jamás me dejó dormir más allá de las 8. Era de las que entraba al cuarto, abría las cortinas, prendía todas las luces y con tono de pocos amigos decía "a despertarse que no se puede estar flojeando así." Si era época de vacaciones había algo que hacer, siempre. Si no era un campamento, entonces era un trabajo en algún lugar como un kínder o una librería. Si no te tenía ni trabajo ni actividad didáctica, entonces me ponía a hacer ejercicios de mecanografía (razón por la cual hoy en día soy una de esas personas que escribe utilizando todos los dedos y sin ver el teclado). Al final, todo siempre termina siendo culpa de la mamá de un (eso es tema para otro post, por cierto).

A mí el sueño siempre me ha servido para escaparme de aquello que no quiero experimentar, como la enfermedad, el malestar, la tristeza y a diario la noche. Insisto que no me gusta la noche. En la Ciudad de la Furia la noche no se puede disfrutar. Antes porque estaba llena de los fantasmas de los golpes de estado, los que uno quería y los que uno temía. Ahora porque está llena de la cruda realidad de lo desnudos que estamos frente a la inseguridad en la que vivimos. Un ruido puede ser cualquier cosa, desde un espectro, hasta un intruso, hasta un disparo mortal en la lejanía. En la noche me siento sumamente desamparada y pequeña. Además, no sé por qué, pero siempre siento cerca una catástrofe natural cuando es de noche, siento cerca el fin del mundo, algo terrible que haría alguien estilo Osama Bin Laden. Y si la noche es de tormenta entonces es peor. Las noches son para bailarlas o para dormirlas, pero jamás para pasarlas despierto.

En todo caso una vez sale sol soy como una gallina. Necesito salir, despertar. Hoy por hoy reconozco que he tenido que cambiar un poco mi horario y encontrarme en la cama a horas que jamás pensé que utilizaría para eso, después de todo uno es humano, pero lejos estoy de utilizar más de 6 horas para estar con los párpados pegados y si eso es la clave de la felicidad tengo que irme buscando un psiquiatra.

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