miércoles, 21 de octubre de 2009

Tengo Hambre. Mucha Hambre.


Creo que existen muy pocas personas que no viven en esa histeria que se ha vuelto la comida. Pareciera que todos los días tuviéramos que cumplir con al menos dos o tres cosas que entren dentro de la categoría: "Autocastigo." Si no, simplemente no podemos ser felices, y aparentemente la comida es lo perfecto para martirizarse.

Yo a estas alturas no sé a quién echarle la culpa. ¿Las supermodelos de los 80 tienen algo que ver? Sí, es posible. Aunque quizás tengan más culpa que ellas el que las contrató, el que decidió decirle al mundo que así nos teníamos que ver todos cuando en realidad es muy difícil, por no decir que imposible, que todos nos veamos como una mujer blanca de 1,85 de estatura que pesa 40 kilos, no tiene celulitis, no tiene pepas en la cara, tiene un corte de pelo de 500 dólares y se hace todos los días masajes de 200. ¿Quién es el tonto allí? ¿El que lo dijo o quienes se lo creyeron?

En ese orden de ideas uno puede ir y echarse la culpa a uno mismo. Yo lo hago todo el tiempo. Me levanto y me digo a mí misma que no voy a caer en la tentación de odiar mi cuerpo, sólo porque no puedo entrar en la ropa talla 0. Me digo una y otra vez que la guerra tonta de los números de las etiquetas no es para gente, que como yo, se jacta de que lee mucho y desarrolla ideas interesantes. En fin, me repito, me consuelo con la idea de que no soy una desperate housewife, dejemos que sean ellas, las "esposas gimnasio" las que pasen todo el día preocupándose por tener un abdomen plano. Pero todo ese discurso, que se lleva a cabo en mi cabeza no me deja ni más flaca, ni más feliz, al contrario, sigo autoflagelándome. ¿Entonces? ¿Qué significa todo esto? Estoy más confundida que nunca.

A otra persona que le podría echar la culpa por mi estado de confusión en cuanto a imagen corporal podría ser a los hombres. Ciertamente.¿Qué hombre no se le queda viendo a la portada de la revista que tiene a la mujer esquelética, raquítica y dicho sea de paso toda photoshopeada, en la portada? Se les sale la baba. Basta estar en una sobremesa y que salga el tema de alguna actriz, (de esas que pierden peso durante el embarazo y a los 7 días de dar a luz están posando en bikini y salen también en una portada, sin celulitis, con cintura, con las caderas no como si no fueran mamás, sino como si fuesen vírgenes) y los tipos se les vuelve a salir la baba. Allí se queda uno sintiéndose como un vulgar camión de carne. De nuevo, la autoflagelación.

A las mujeres nos encanta. Nos encanta sentarnos y decir, "es que yo odio mis rodillas" "es que yo soy demasiado caderona" "es que tengo el fundillo inmenso." Pocas mujeres dicen "adoro mi cuerpo y me siento feliz, tal cual soy, además no hay nada mejor que desayunar croissant de chocolate." ¿Será que es nuestro gremio el que tiene la culpa? A lo mejor somos responsables por comprarles la ropa a esos diseñadores que hacen ropa en tallas que no le quedan ni a una Barbie. Quizás también tengamos responsabilidad por ser capaces de levantarnos a las 4 de la mañana a meternos en un gimnasio, haciendo la tarea, porque supuestamente nos "hace sentir bien," cuando lo que realmente nos complace es ver que en el gimnasio hay alguien que tiene el culo más caído que uno, o que tenemos una compañera en el trabajo que ni con grúa se levanta para ir a hacer 25 de series de 140 repeticiones durante una hora.

No lo sé. Yo sólo sé que ser mujer es complicado. Que cada cierto tiempo tengo que ponerme cera caliente en el cuerpo y halar duro para que salgan los pelos, y eso ya me parece castigo suficiente. Sé que me tengo que levantar por la madrugada mientras mi esposo duerme porque soy yo la que tiene las tetas. Además tengo que trabajar, porque esta liberación femenina del coño nos ha dejado con todas las responsabilidades de ser madre, esposa más las otras que vienen con la carrera, los sueños, más el seguro que tienes que tener porque hay que estar claros que los cuentos de hadas se quedaron en el Betamax, es decir, ya no existen, y una tiene que tener su independencia. Encima de todo eso uno tiene que tener uñas perfectas, mechas sin raíz, chocolaticos en los abdominales, ropa de última moda, cero estrías, espalda recta y una sonrisa blanca.

Entre tango martirio, lo que me quedaba, que era mi chocolate, mi galleta, mi risotto, esa sensación cuando la comida entra a la boca y las papilas se despiertan y van percibiendo los sabores. Esa sensación del chocolate derritiéndose en la boca, generando endorfinas que producen felicidad. Lo cremoso de una buena sala. Lo vivaz de un roll de sushi tempurizado, que hace "crack" cuando lo muerdes y despliega sus ingredientes arropados por el suculento arroz y elaborado de forma tal que hay que abrir la boca está que se tranca la mandíbula para poderlo tragar. Ese complacer al espíritu que dice "quiero más" aún cuando el estómago está full. Todo eso ¿Debe irse por la cañería porque hay que castigarse a uno mismo? ¿Por qué hay que parecerse a la raquítica biónica? ¿Todo por que un idiota decidió que las medidas perfectas eran 90-60-90? Ningún ser humano mide eso, ni que esté en huelga de hambre frente a la OEA. ¿Y entonces? ¿Qué me estoy haciendo?

Yo no sé. No tengo la respuesta. No sé por qué nos castigamos. Sólo sé que no me quedan los pantalones y tengo hambre. Mucha hambre. Como diría mi gran amiga argentina "che, dejáte de joder."