jueves, 12 de noviembre de 2009

Alta Peluquería


No se conoce mujer venezolana que no vaya para la peluquería. Dicen que es el mejor negocio para poner en este país. No hay centro comercial, no hay cuadra, que no tenga por lo menos tres peluquerías. En realidad cada una trata de diferenciarse de la otra, pero no lo logran. Todas las peluquerías son exactamente iguales. Nada más entrar en una y un olor extraño, mezcla entre acetona, pelo quemado y cera caliente pega un golpe que nubla todos los sentidos. La belleza se verá muy bonita, pero huele mal. El ruido es igualmente enervante en todas. Los secadores hacen como extrañas criaturas, como moscas furiosas que empujan el aire caliente con sus motores para alizar las chichas de las mujeres desesperadas.

Todas las peluquerías tienen sus viejas asiduas, sus damas de confianza. Esas que no pelan, mínimo una vez por semana, para irse a meter durante más de una hora en el establecimiento y hacerse los tratamientos básicos manos, pies, lavado y secado. Aquellos que una no mujer no puede dejar de hacerse, porque corre el riesgo de que la vean como una andrajosa. Los pelos tienen que estar siempre como lamidos de vaca, como si fuese hija de una pareja de chinos que la dieron en adopción. Uno ve entonces a peluqueros y peluqueras jalando esos pelos con los cepillos redondos, que parecen unas mini aplanadoras, y las cabezas deslizándose hacia atrás sobre sus cuello, a punto de dislocarse en cualquier momento.

Luego están esos días en que se hacen tratamientos especiales: El lavado especial con la crema de mango, jojoba, aguacate o hasta una espeluznante que es de placenta de ovejo. Están las largas sesiones de mechas y tintes, que se utilizan para tapar canas o para acercar a las pelo marrón al mundo de las catiras. Esta última es una operación tortuosa y delicada, uno ve a la "paciente" (porque no hay otra forma de llamarla), vestida con una bata quirúrgica negra, para que el tinte no le manche la ropa, mientras el peluquero en cuestión va eligiendo los pelos a ser pintados uno por uno. Jalándolos implacablemente, mientras aquella mujer trata con todas sus fuerzas de esconder sus espontáneos gestos de dolor. Hay otra operación de estas que es un con una capucha. Esa ya sí parece algún tipo de tortura utilizada por la Inquisición Española durante el siglo XV para obligar a los herejes a confesar sus fechorías.

Estas viejas que van comúnmente a la peluquería uno las identifica por la manera como la saludan y le ofrecen un café en un vasito de plástico diminuto, al que se le echa sólo splenda y que ella menea a 8mil vuelticas por segundo. Le pueden decir Sra. Fulana o incluso llamarla por su sobrenombre. Le preguntan de su vida, de su esposo o su novio, de sus hijos, de la mucha de servicio que la tiene harta y que está a punto de botar, del mecánico que la quiere joder cobrándole por un radiador lo que cuesta un chasis nuevo. Esta mujer lo divulga todo a la mujer que le arregla los pelos, o al hombre, porque cada peluquería tiene como mínimo un hombre. Que siempre es el que peina mejor, porque los mejores peluqueros son hombres, y no porque sean gay o nada tan cliché y pequeñoburgués como eso, sino porque como me dijo una vez un amigo "los hombres peinan y cortan mejor porque las mujeres son demasiado envidiosas."

Lo cierto es que esta vieja ha contado en su peluquería hasta el desagradable remedio casero que utilizó para curar su infección vaginal. Una vez que se le han agotado los temas sobre sí misma, pasa a leer una revista hola y descuartiza a la nobleza europea como si ella tuviese más porte, más dinero y más títulos nobiliarios. Uno escucha cosas como: esa duquesa de Alba si es fea, esa princesa de Orange es una argentina regordeta y sin gracia, y esa Letizia (porque a la princesa de Asturias no la llaman princesa, porque es plebeya) no me termina de convencer, está demasiado flaca. Pero la Hola también se acaba, y es entonces cuando comienza el cotilleo de verdad, los chismes sobre el prójimo, las otras viejas que las rodean, que a lo mejor van a esa misma peluquería, sólo que en días diferentes.

Aquí la vieja destruye, arregla, perdona y juzga los actos de todo el que puede. Quien se vio mal y quién peor, quién estaba medianamente bien en cual fiesta, pero nunca a la misma altura de ella: la dueña de la pura y total verdad. Además salen a relucir divorcios, matrimonios, cachos, pleitos, problemas de bebida, de drogas, muertes, nacimientos, bautismos, operaciones estéticas y cualquier clase de error que haya podido cometer alguno de sus conocidos. Desde el que escupió un chicle en la mitad de la Cota Mil, hasta el que el que molió a palos a su esposa y lo sacó del apartamento la policía de Chacao. Todo. Todo se comenta en una peluquería. Así que no te equivoques, porque alguien con las punticas de los dedos metidas sobre una poncherita y un paño a manera de turbante en la cabeza te a va sacar tu metida de pata, le va a meter picante y se lo va a comentar a un salón lleno de viejas.

Después está uno. Uno que no es asiduo a ningún Salón de Belleza o Alta Peluquería. Jamás entendí porque se llaman Alta Peluquería, ni qué ni quién es lo que define ese grado. Hasta el Salón de Belleza de una calle olvidada del Centro de Caracas tiene el rango de Alta Peluquería. En todo caso, a uno lo dejan esperando una hora para atenderlo y justo cuando va a pasar le quitan el puesto para dejar pasar a una vieja de esas. Esa fue la última vez que pisé una. Y salí de allí diciendo que jamás iba a volver. Claro, que el pelo me está creciendo y tengo que tomar medidas en el asunto y por qué no, me quiero hacer las mechas. Y eso que yo detesto fuertemente las peluquerías, y juzgo duramente a las viejas que se la pasan viéndose las uñas y peor, que me las ven a mí, como si no tenerlas perfectas me descalificara como personas. Igual quiero ir. Será que el menjurge de pintura de uñas y laca se vuelve adictivo.

2 comentarios:

Astrina dijo...

debo admitir que aunque mi carrera no me deja tiempo para ir semanalmente, seria feliz si pudiera, con ruido, mal olor, revistas de 1992 y viejas rucas, ese es un momento que tengo para mi y cada que salgo "arregladita" siento que el mundo cae a mis pies con cada paso...
Por otro lado, tengo un par de años cortandome el cabello con la misma persona en el mismo "salon de belleza", y me choca! que una vieja de esas siempre se colea. Yo llamo, hago mi cita, aparto tiempo del que no tengo para ir solo a que me corten el cabello (me da igual quien me lo seque), y zas, siempre se colea una vieja que llega a ultima hora, con un mono de esos que parecen terciopelo rosado, sus sandalias y una carterota. Ni hablar de mani&pedi, las propinas de las viejas en cuestion generalmente son no menos de 20 bs mas el juguito que le mandan a buscar para la manicurista, y cuando llega una con cara de estudiante y todo, y deja una propina de 5bs, la manicurista te ve con ojos de odio.
Esas viejas mafiosas, estan en todo, y por todas partes.

Manuela Zárate dijo...

Jajaja...Astrina, te entiendo! Quér rabia. Y haces un buen punto...las propinas, se me había olvidado ese detella, dejan un sueldo en propinas y uno queda como el más pichirre de la película!
Y el mono rosado y la carterota, jajajajaja..demasiado JLo.