lunes, 11 de enero de 2010

Abre Grande


Hay cosas en la vida que a uno se le van volviendo difíciles. En mi caso hay tres que particularmente me atormentan. Una por el dolor que causa al alma, la otra por el dolor físico, la tercera por el hecho de no tener ningún control sobre ella. Son, en ese orden: Los adioses. El dentista. Los aviones. Pensar en esas cosas me pone mal. Evado constantemente pensar en ellas. Cuando las enfrento no sé cómo voy a reaccionar. He llorado. Me reído. He ignorado la situación. A veces he quedado muy mal y me he comportado en forma tal que el que me vio seguramente juzgó: qué inmadurez tan grade. Cómo una persona de esa edad se comporta de esa forma. Pues que armen su libelo y me demanden. Lo cierto es que esas tres cosas me causan miedo. Miedo incontrolable. Y bajo la batuta del miedo uno no sabe cómo va a reaccionar.
Mañana me toca enfrentarme a una de ellas. La segunda. Sí, ya llamé y tengo cita con el dentista. Debido al miedo que me causa tengo como regla ir una vez al año. Tal como lo recomiendan, aunque ahora están diciendo que es cada 6 meses. Pero cuando salí en estado decidí que no iba a ir. ¿Por qué? No sé. A lo mejor es mi condición de rebelde con demasiadas causas. El libro, o mejor dicho la biblioteca que me tragué sobre embarazo y parto, decía que es importante ir al dentista cuando uno está esperando un bebé. Resulta que no sólo te pones como una versión bípeda de Moby Dick, sino que todo el organismo se jode. Ahora las vitaminas van para el chamo y a ti que te resuelvan el rollo en atención al cliente, pero lo que es el organismo, no puede hacer nada. Pero yo no hice caso. No fui. Me dije a mí misma: soy guerrera. No tengo que ir.
Pero ya a mediados de octubre habían pasado unos buenos meses sin acudir al odontólogo y la verdad, sabía que mientras más alargaba la visita, peor sería al acudir. Así que llamé e hice mi cita. Dos días antes la cancelé. O mejor dicho, no la cancelé. La pospuse. Dije: mira, no tengo quien me cuide a la chama (mojón, mi mamá me la podía cuidar), ¿podría ser en un par de semanas? Me la dieron. A las dos semanas me llamaron. Se me había olvidado. Esa vez de verdad no podía. Entonces, quedó para finales de noviembre. Ese mismo día me entro la cagurria y no fui. Llamé. No embarqué así sin anestesia. Pero no fui.
Resulta que hace un par de semanas estaba comiéndome algo que ahora no recuerdo, pero sentí que algo extraño, en nada parecido a la sensación que debía producir lo que me estaba engullendo, nadaba por mi boca. Lo escupí en mi mano de la forma más delicada que pude. Lo primero que me vino a la mente fue “mierda, esto estaba viejo. Me intoxiqué.” No sentí ningún dolor. Pensé ¿y si es un pedazo de diente? Eso ya me había pasado una vez hace varios años. Estaba comiendo Yuca Fita Gui-Gui y de pronto ahí estaba sobre la palma de mi mano la mitad de una mis muelas. Sí seguramente estás pensando “ssssssssssssssss, aaauuuccchhh” pero no. No sentí nada de dolor, la fractura fue perfecta, justo antes de privarme y ponerme a pegar gritos cual mono araguato. Esta vez tampoco dolió. En el momento.
Conforme fueron pasando los días comencé a sentir sensibilidad con el frío. Al principio ni pensé en el incidente. Me dije, aquí vas otra vez huesos de pollo, una caries más para el libro. Esa soy yo, un cuerpo adorado por piojos, caries y mosquitos. Si la vina pica, a mí se monta. Punto. Me deberían usar como señuelo para insectos en la facultad de ciencias biológicas de la Universidad Central. Así que empiezo a llamar a mi dentista. Ni contestadora. Ni out-of-office reply. Nada. Niente. Rien. Nothing. Nada más un “tuuuuuu-silencio-tuuuuuu-silencio” como si el tono sin respuesta me quisiera decir: “aaa, túuuuuu, no viniste a la cita. Embarcaste. Jodiste. Ahora te calas tu dolor de muela. Quién te manda.” Y de repente me vino el incidente. Me recordé de la masa blancuzca que días antes había estado en mi mano. Ya era seguro: me había jodido un diente. O era un pedazo de muela lo que tenía en la mano, o la cosita esa que te ponen para las caries o para proteger el diente. Pero algo se salió de su lugar y me lo estaba haciendo saber. Al día de hoy no puedo dormir de noche. Si tomo algo que está a otra temperatura que no sea ambiente me toca reinventar todas las groserías que se han dicho. Y lo más bello de todo es que estoy dando pecho y me tengo que consolar con Atamel. Bello pues.
Hoy es lunes 11. La realidad volvió de vacaciones. O está intentando. Por fin me atendieron. Me suspendieron la ley del hielo. Me van a ver mañana en la mañana a primera hora. Si es que el doctor llega. Un amigo me dijo una vez que no confiara en nadie que hubiese escogido como profesión meterle las manos a otra persona en la boca. Me lo tomé en serio. No es que no confío. Es que tengo pavor. Y este dentista es el único al que dejo acercarse a mi boca. Los demás serán muy buenos, pero no son el mío. Este para mí es como un superhéroe. El efecto que a los 8 años produce en nosotros una capa y un antifaz, lo logra una bata y un tapabocas a los 30. Yo a este lo espero a que regrese el tiempo que sea. Así tenga que pedir dientes prestados para comer.
Pero aún así me da miedo. Y más porque antes iba sanita. Ahora me puyan seguro. Me taladran porque sí y mosca y tengo que escuchar esas tres asquerosas palabras: Tratamiento de conducto. Las mismas que escuché cuando la Yuca Gui-Gui las que me llevaron a entender, viendo el techo de un consultorio con mientras mi boca parecía un alcantarilla en plena reparación llena de tubos y taladros que las coronas son para las misses, no para los dientes.
La vida si es perra. Te permite rechazar tus miedos. Evadirlos. Para luego hacer que de un día para otro los llames a gritos.
Mañana a las 8 de la mañana piensen en mí, estaré en la camilla esa y no lo duden que cual niña de dos años se me saldrá una lágrima silenciosa cuando escuche las palabras: “Abre grande.”

3 comentarios:

Iralyn Valera dijo...

Jajajajaja, debo admitir que me causó mucha risa. No te sientas mal, creo que el miedo al odontólogo es uno de esos temores que no maduran. Creo que a los cincuenta años, seguiré odiando ir al odontólogo y lo sé, porque veo a mi mamá buscando excusas tontas para tampoco ir. Siempre digo que la edad nos hace más cobardes. Tranquila, quizá es más el susto que lo que realmente te harán. No importa, cuando termine como mínimo, pide tu chupeta. Besos!

Esencialmente dijo...

No te sientas mal a mi me da tanto miedo que tengo dos años sin ir (no le cuentes a nadie!!!!)

Manuela Zárate dijo...

Jajaja. Me alegra ver que no soy la única. Gracias por darme ánimos. Ya les contaré.