martes, 5 de enero de 2010

¡Me Mentiste!


Hay una canción viejísima de Paulina Rubio que dice: Él. Él Me engañó. Es perfecta para uno de esos despechos causados por un majarete que se termina yendo con otra. Para un novio que un día confiesa que no nos quiere más. Que después de toda la paja de los hijos que iba a tener con una. De los viajes en los que nos iba a llevar. Los amigos que nos iba a presentar. Un día simplemente. Se va. Y adiós luz que te apagaste.

No hay nada como esas decepciones. La pérdida de las ilusiones es algo que se paga muy caro. Eso me decía un profesor en el colegio. Una cosa son los sueños y otras las ilusiones. Porque las ilusiones siempre por una razón y otra terminan desvaneciéndose. La realidad no se ajusta. Y uno se siente vacío.

Es por eso que la niñez es tan linda y que la adolescencia es tan complicada. Es ese momento de la vida en el que uno abre los ojos y se da cuenta de que la gran mayoría de las cosas en la que creía eran disfraces. Imposibles. Y bueno. Mentiras.

Al menos así lo está tomando el sobrino de una amiga. Resulta ser que este chamo tendrá unos siete u ocho años, hace un par de meses, cuando comenzaba el tema navidad por todos lados, llegó del colegio y le dijo a su mamá eso que todos le dijimos en algún momento de nuestras vidas:

- Mamá. Me dijeron en el colegio que Santa Clos no existe.

El chamo no se lo estaba cuestionando. Lo decía más bien como qué idiotas son los niños de mi colegio. Es decir, el chamo creía realmente. Creía en la mamá y el papá. Pero la mamá decide que es inútil luchar contra la naturaleza humana. Contra el primer gordinflón que se entera, al día siguiente en el colegio va y se lo dice a los demás. Arrecho con la vida. Así es el hombre. Si yo me jodo, que se jodan todos. Además no importa la edad que tengas, el tener la primicia te hace poderoso. La información es poder. Además si el chamo se aferra a la creencia lo van a joder más todavía. Se van a burlar. No va a traer nada bueno. Ya es hora.

De modo que la hermana de mi amiga decide decirle la verdad:

- Sí hijo. No es que no existe. Si no que bueno esos regalos cada año, te los ponemos tu papá y yo. En realidad no hay Santa, sino que somos nosotros.

A esto el chamo se queda en silencio y luego le dice:

- ¡¿Quéeee?! ¿Tú me estás diciendo que me mentiste?

- Bueno no tanto así hijo. No fue que te mentimos. – Le dice nerviosa la mamá sin saber qué decir.

- ¿No? Y todas las cartas que escribí. Todos los vasos de leche. Todas las galletas. ¿Tú sabías que él no las iba a recibir?

- Bueno hijo. Es que como te estoy diciendo éramos tu papá y yo. Porque es que Santa como tal, de verdad no existe.

- ¿Eras tú? No lo puedo creer. Entonces me mentiste. ¿Y cuándo íbamos al centro comercial a tomarnos la foto?

- Bueno hijo. Ese era un señor disfrazado.

- ¡Nooo puede seerrr! ¡Me mentiste! ¡Me mentiste!

A todas estas la chama no sabe qué hacer. Cómo se sale de esa. Cómo se le explica al hijo. El niño estaba indignado, la pobre pensando "mierda. Seguro el Unabomber empezó así. ¿Será que tengo que llamar a un psicólogo? Para los dos. He jodido a mi hijo de por vida."

Al final después de un rato el chamo le dice:

- ¿Igual voy a recibir cosas este año?

- Claro hijo. Como todos los años- Le dice la mamá.

- Está bien. A mí siempre me ha gustado todo lo que me trae. – Y el chamo se fue a jugar. No tocó más el tema.

El cuento es extraño. La conclusión es que al final uno acepta. Y más cuando se es niño. Como que ellos aceptan las cosas más fácilmente. O será que el materialismo es tal que ya no importan los sentimientos. Lo que queremos es que estén allí los regalos. No sé. Yo no lo veo tan así. Yo creo que al final, uno aunque pierda la ilusión. Sigue creyendo. Al menos yo soy así.

Esta semana que el supermercado estaba pelado que parecía Kosovo, hice una compra para apertrecharme para estos días y no tener que estar después queriendo hacer limonada sin limón. Así que me voy al super, no tenía nada de efectivo y pienso: allí hay un cajero, aprovecho y saco. Después de hacer la compra voy a sacar, para darle al chamo de las bolsas. Y cero. Le faltó poner en el pantalla un mensaje que dijera: no te vistas, que no vas. Así que le digo al chamo, "mira si quieres llévame hasta el carro, pero no tengo nada de efectivo. De repente un cesta ticket. Disculpa." El chamo de lo más buena nota encoge los hombros y me dice: no le pares.

Me está metiendo las bolsas y yo estoy poniendo mis cosas en el asiento de adelante y salen, de un libro que había metido por casualidad en la cartera, 20BsF. Los tengo a veces escondidos para emergencias. Pero jamás en un libro. Casi siempre dentro del mismo carro o en el estuche de maquillaje.
Así que le digo al chamo:

- Mira. Apareció Santa Claus. – Y así le doy su buena propina y aguinaldo. Por haber sido pana. Por haber creído.

Así que uniendo los dos incidentes pienso. Que quizás efectivamente Santa Claus no exista. Pero a veces. Cuando menos te lo esperas. Aparece.

2 comentarios:

maria antonieta dijo...

Wuao! Me encantó! Como te dije hace unos días, aunque con cada desilusión uno siente que lo pisó un tren, yo sigo esperando que el niño Jesús me traiga este año lo que tanto le he pedido.
Besos

Manuela Zárate dijo...

Ya verás que cuando menos esperas va aparecer el Niño Jesús. Seguro que sí. Te mando un súper beso!