martes, 12 de enero de 2010

No me dejes nunca. Nunca. Nunca.


 

Cerré los ojos. Siempre cierro los ojos. No sé por qué. Me da la sensación de que si los abro voy a perder la cordura. Me va a doler más. Voy a pegar ese grito que tengo apagado en la garganta. Le pregunté ¿Alguna vez te han mordido? Sí. Me contesto. Después dijo, me imagino que no al propósito. Excelente, pensé. Una cosa más que tengo que pensar en no hacer. Porque me dolía y a pesar de que yo a ese dentista lo amo, las ganas no me faltaban.

Mis oídos pendientes, ansiosos de escuchar el zumbido de algún taladro para avisarle a los abdominales que era hora de pegar un brinco. ¿Duele? Me preguntaba a cada rato. No. No me dolía. Me dio cosa que me pasara como cuando el carro no prende y justo al llegar al taller mecánico el coroto arranca como si fuera una nave creada por George Lucas. Hasta que dio en el clavo. Un gemido. Y lo que siguió, la explicación de las posibilidades.

Puede ser que esté infiltrada la corona, me dijo tranquilamente. Es posible que se haya muerto el nervio. Si el nervio murió, y aquí vino lo peor: hay que hacer tratamiento de conducto. Lo dijo. Tratamiento de conducto. Te jodiste pajarito. El 2010 arrancó con todo. Eso te pasa por andar por ahí con una corona cuando no eres miss, ni princesa de Asturias. Pero primero había que hacer una radiografía y ver si de verdad el nervio estaba vivo o muerto.

Al cabo de unos cinco minutos llegó con las placas en la mano. ¿Se murió? Le pregunto. Seguramente esta había sido la escena más dramática de su carrera. La verdad es que lo entoné como si fuese la protagonista de una novela mexicana. Me faltó decirle: dígame la verdad doctor, dígame si Ana Paula Martínez del Olmo, se puede salvar.

El pronóstico es incierto. Pareciera que el nervio sigue con vida, pero una sombra en la parte baja de la placa indica que ha sufrido un daño y no sabemos si es demasiado tarde. Hay que quitar la corona. Poner una provisional. Y esperar. Los próximos 7 días son críticos.

Procedió a quitarme la corona vieja. La verdad no fue ni tan doloroso como esperaba, ni tan "nooo vaaaaaleeeeee" como me había dicho la enfermera. Irónicamente como siempre, el pinchazo de la anestesia fue digno de un buen "EL coño de la madre". La corona vieja estaba pegada como Chávez a la silla de Miraflores. Por un momento la imaginé diciendo: de aquí no me saca nadie. Hubo que romperla. En varios pedazos. Dándole golpes con un martillo. Mosca con los otros dientes le dije. Después del martillo vino un taladro que yo creo que sacó de la reventa de equipos de las petroleras expropiadas. Y después de lo que pareció una eternidad, la palabra que tanto esperaba: SALIO.

Y así salimos del consultorio. Con corona provisional. Con estampita en mano. Con escapulario al cuello. Prometiendo a cuanto santo hay en el calendario ayudar a los niños en Calcuta. A los huérfanos del tsunami. A las víctimas de las heladas de Noruega. No decir groserías más nunca. No hablar mal de la gente. No comer postre después de las 4 de la tarde. Carbohidratos después de las 6. Así hago penitencia y rebajo. Lo que se llama matar dos pájaros de un solo tiro. Ir a misa. Volver a misa. Hacer favores. Ordenar el cuarto. No gastar en cosas superfluas. Honrar padre y madre. Y bueno es posible, depende de cómo vaya la semana, que metamos algo sobre actos impuros.

Eso sí. Mi dentista es un duro. Y si antes lo amaba ahora lo venero. Y si alguien puede salvar la muela es él. Cada cinco minutos me preguntaba si me dolía. Me puso más anestesia cuando chillé. Me dijo que lo llamara cualquier cosa. Nada de "te vas a poner así por un diente." Me dio una clase cuando le pregunté por qué tenía que hacer lo que iba a hacer. Con toda la paciencia me explicó el tratamiento de conducto, sin esa arrogancia de algunos médicos que sienten que no tienen tiempo para perder con gente que no sabe de qué está hablando.

En fin, por ahora hay que ver, porque si Ana Paula Martínez del Olmo pierde su nervio. Habrá muerto. Y el lunes que viene no me quedará otro remedio que abrir la boca hacia ese viaje del que no hay retorno: tratamiento de conducto.

Mientras le canto aquella canción de Juan Gabriel: No me dejes nunca. Nunca. Nunca. Te lo pido por favor.

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