jueves, 8 de abril de 2010

A la Caza del Perro

Viajar es una merienda para los sentidos. Las cosas que uno ve, que uno huele, que uno prueba. Me gusta ir a los lugares y comer cosas que no hubiese imaginado comer. Siempre que llego a un lugar me quedo viendo a los locales, pero no por curiosidad malsana o pensando que son seres que yo jamás podré entender. Odio las críticas estilo, es que los franceses son antipáticos o los italianos son ruidosos. Más bien me gusta abrazar la cultura, machucar el idioma. Imaginarme por un momento que yo soy parte de esa vida. Por eso me le quedo viendo a los locales, porque me gusta observarlos y ver cómo se mueven. Como las mujeres llevan la cartera y qué tipo de zapatos usan, si la moda es elegante o más bien relajada, o totalmente despreocupada y más bien tirando hacia las fachas de estar en la casa.

A penas uno llega a un lugar nuevo todo es extraño. Todo es una novedad. Yo me siento como mi hija. Quiero ver todo. Quiero tocar todo. Cada cosa que veo me parece extraordinaria, y por momentos siento que he descubierto algo que nadie más ha visto. Y me sorprende que la gente pase de largo ante que aquello a mí me parece una maravilla.

Las ciudades grandes cómo esta, están llenas de gente que no se ve a la cara. Uno se da cuenta rápido que aquí todo el mundo va como escondido. Las ciudades grandes obligan a los que viven en ellas a esconderse tras una fachada de dureza para sobrevivir. Es como si al salir a enfrentarnos unos con otros, tuviésemos que llevar la armadura por delante. Y te das cuenta que el ser humano tiene más tecnología pero no ha cambiado su esencia. Está preparado para el ataque. La desconfianza es la regla, pues cualquiera puedes ser una amenaza.

Yo ahora uso otra arma. La cámara que llevo en mano. Al principio estaba decidida a tomar fotos de todo. A aprovechar que en cada esquina había algo que quería dejar guardado en mi memoria, y como la cámara también tiene una memoria,entonces sería más fácil utilizarla a ella. Pero rápidamente eso falló. Porque no tenía intención. Tenía fotos que registraban cosas, pero que no decían nada. Totoal, al final del día si lo que quiero es una foto de un edificio famoso la busco en google o me compro una postal. Entonces me metí en una exposición de un fotógrafo muy famoso que se llama Eliott Erwitt y del cual quedé fascinada en el acto. Y allí se me vino la idea de hacer colecciones.

Empecé por coleccionar bicicletas, pero me aburrí rápidamente. No sé por qué. Quizás porque si has visto una bicicleta las has visto todas. Lo cierto es que pronto empecé a darme cuenta que aquí los perros tienen demasiada personalidad. Son cada uno más bello que el otro. Más arreglado que el otro. Algunos se parecen a sus dueños, otros no tanto, más bien son completamente diferentes. Como dice Erwitt, quien también tomó muchas fotografías de perros, los perros son como la gente, sólo que con más pelo. Así que me puse a coleccionar perros.

Y me lancé a tomar las fotos de perros. Pronto me veo cruzando la calle tras alguien que lleva un can amarrado a una cadena. Persiguiéndolo como si fuera 007 tras el hombre que tiene la clave del crimen a resolver. El hombre que M no quiere que atrape, pero que él sabe que es necesario para conseguir lo que quiere. No tardan en llegar los personajes memorables.

Encuentro en la esquina de la catedral a un mendigo, que abraza dos grandes perros salchicha y que cobra para que le tomes una foto. Entonces le doy una moneda y me agacho. Justo cuando voy a hacer el encuadre me doy cuenta que el señor se baja la gorra y esconde la cara. El asume, o sabe, que el interés de la foto son los perros. No es él. Yo me le quedo viendo. Sin decir nada. Como no escucha el click, levanta la cachucha y me dice:

- Es para que puedas tomar la foto sin que yo salga.
Yo le contesto. –No. Yo quiero que usted salga. Mire a la cámara, como si me estuviera viendo a los ojos, porque el lente son mis ojos.

Y así le tomo dos fotos en las que me mira fijamente. Me voy y se me queda viendo, y se despide. Riéndose. Casi sin entender mucho qué le ha pasado, y con ganas de entender por qué yo quería incorporarlo a él en mi foto.

Y así sigo. Y me voy dando cuenta que a la gente le fascina que una desconocida tome fotos de su perro. Debe ser porque el perro es algo tan personal, pero a la vez no somos nosotros directamente. Entonces es como que te tomen una foto sin que tengas que exponerte. Y los perros, definitivamente son como la gente. Algunos posan regios. Otros con cara de simpatía. Otros se impacientan mirando a su dueño como preguntándole, por qué nos hemos detenido ante esta mujer. Incluso algún ladrido desconcertante me han ofrecido, y cómo no, ya tengo un par de lengüetazos de cariño a cuestas.

Es más conseguí una perra que resultó ser mi tocaya y un perrito simpático que le pusieron el nombre de un gran amigo. Y está aquel a quien fotografié y al día siguiente me lo encontré caminando por la calle. Mi primer conocido oficial de la ciudad. Mi primer olor a cotidianidad. Y de repente siento que no quiero que ese sentimiento cese. Algo me roba esta ciudad. Porque he venido otras veces, y siempre que he venido me ha pasado lo mismo. Como si algo dentro de mí supiera que aquí está guardado algo para mí. Sólo que no sé todavía qué es. Eso mismo me pasó la primera vez que fui a Buenos Aires. Y efectivamente volví. Y volví. Y todavía sé que he de volver. Que no se ha acabado.

En todo caso el viaje sigue. Hoy sigue la caza de los perros. ¿Qué canes no estarán esperando el día de hoy? Curioso como el viaje no está nada más en el monumento o en el museo, sino en aquello que aparenta ser baladí y cotidiano.

2 comentarios:

rgv333 dijo...

hiciste que me trasladara, casi que vi al mendigo con sus perros, ¡qué frito! y que agradable a la vez...

Manuela Zárate dijo...

Al llegar a Caracas bajo las fotos. Hoy la vi desde la cámara y mi sobrinita al verla dijo:
- Ay. Ese señor está bravo.