martes, 6 de abril de 2010

La Venganza de Miss Guárico


Pues les cuento que sigo de viaje. Y en este viaje he pasado mucho tiempo con mi sobrinita de 18 años, a quien fastidio todo el tiempo diciéndole Miss Guárico. La pobre. Es que a los 18 años uno se la pasa en una Miss Guaricada para salir de otra. Y cuando se llega a mayorcito, a veces no recuerdas bien que dejar de hacer aquello fue todo un proceso. Hasta que se sufren uno de esos retrocesos, que en la adultez se excusan con "eso le puede pasar a cualquiera" o "uno es humano," etc.

Pues resulta ser que hace dos días me tocó agarrar un tren. Suena a algo muy sencillo, divertido, algo intrínseco a la aventura de un viaje. Pero cuando viajas con un bebé que no camina la cosa cambia. El tema del tren era más bien la hora infernal, el horror. No sólo porque Clarissa oficialmente gatea, y ahora que se desplaza por sí sola ha decidido que su tiempo libre lo quiere ocupar viajando por cualquier piso accesible, descubriendo el mundo. Sino, porque para viajar con un niño la cantidad de equipaje que hace falta deja al Tour Elevation de U2 soquete. Con el detalle que uno no tiene ni camiones, ni caleteros.

En tren no hay quien te ayude. En estas latitudes el que te ayuda a cargar las maletas es el que va a salir corriendo con ella para robártela. Yo iba con dos bolsos, un carry on, el coche, la cuna, la pañalera, mi cartera y el estuche de la cámara, porque una vez que entras a Roberto Mata primero te dejas sacar los ojos antes de volver a viajar sin tu cámara.

Como buena madre precavida llego una hora antes de la salida del tren. En la estación de tren no hay donde sentarse, y hace un frío que te hace descubrir que tienes pelitos en partes beligerantes que no conocías. Me empiezo a poner en panic mode buscando qué hacer. Me empiezo a cansar. Clarissa se empieza a cansar. La movilidad que tengo es restringida pues logré conseguir un carrito, pero más bien parecía una torre de bultos que se podría caer ante cualquier movimiento. Mi esposo estaba conmigo, pero los hombres se ponen nerviosos con los viajes y hay que ocuparlos en algo, o uno termina peleando. Por eso es que uno ve tantas parejas con cara de amargue en los aeropuertos.

Como estábamos desocupados mi esposo sugiere ir a comprar un sándwich. Vamos. Mientras estamos haciendo la cola anuncian un tren que va para la misma ciudad a la que yo voy, sólo que veinte minutos antes. Pero no es el mío. Yo el pasaje lo compré por internet hacía bastante tiempo para ahorrarme unos churupos. Me fijé bien en la hora al comprarlo para cuadrar con la comida de Clarissa, que suena a nimiedad, pero es caos potencial. Mi tren era el ideal. El de las 1:38, no el de la 1:20 que estaba un poco atravesado. Pero algo me molesta, me incomoda. Esa cosita que a uno le dejó la mamá que te decía al salir al colegio, "¿segura que llevas el cuaderno de matemática?" Y tú torciendo los ojos decías "¡síiiiii!" Y ella seguía, "pero revisa hija." Y tú, "¡ay, yaaa, mamaaaá!" Y cuando llegabas al colegio ¡fuck! No cuaderno there.

Así que pagamos la comida y justo antes de sacar el coroto de la bolsa yo meto la mano en la cartera, saco y el pasaje, se oye una voz por el altoparlante que dice exactamente lo que estoy leyendo, que va llegando el tren número: 6422. Y mi esposo grita "¡Coño, ese el tuyo!" Por un momento parecíamos gallinas vueltas locas porque alguien pateó la reja del gallinero. Yo daba pasitos, no sabía si ir a gritarles a los del tren que me esperaran, si correr con las maletas, si tirar la toalla. Es más no sabía dónde coño iba a llegar este tren. Hay como seis andenes, y yo sabía a cuál llegaba el de las 1:38, no este. Así que agarro la bolsa de comida, mi cartera, la cuna de la bebé y el carry on, y echo a correr hacia donde veo más gente parada. Ese debe ser. Por lógica.

Nótese que echar a correr no implicaba en plano, sino bajar unas escaleras, atravesar un pasillo y volver a subir unas escaleras. No. No eran mecánicas. Así que arranco con furia a correr, y cuando bajo y subo, y voy sintiendo que tengo un pulmón perforado por el esfuerzo, un viejo que estaba parado esperando su tren ve mi cara y me dice: creo que usted espera ese tren que llega del otro lado. Y veo como el aparato se está parando frente a otro andén. Así que tengo que echar a correr de nuevo escaleras abajo, sólo que esta vez cuando empiezo a bajar la cuna de mierda se abre completa, como si alguien le hubiera dicho "el niño va a dormir ahora, pero ya." Y yo casi voy a llorar porque si me pongo a cerrarla sí que pierdo el tren.

Pues el viejo me ha salvado. El tipo sale agarra las partes de la cuna y me dice "corra que yo voy detrás de usted." Mi instinto pensó, capaz se roba la cuna, pero, ni modo, a veces hay que ponerle Fe al ser humano. Así que corrí con el viejo atrás. Termino de bajar las escaleras, me encuentro con mi esposo que además venía vestido de rojo, y parecía Michael Jackson en el video de Thriller por la cara que tenía. Subimos las escaleras. Parecíamos aquel concurso de Telematch, sólo faltaba un alemán narrando la cosa. Al final de las escaleras veo que mi carro está al final del tren. Eso quiere decir que encima hay que correr 100 metros planos, y faltan por subir la bebé y otras dos maletas, más doblar el coche en el que está la bebé.

Voy corriendo con las maletas y le digo al oficial del tren "¿me da tiempo de ir a buscar a mi bebé?" No sé cómo no llamó a una unidad psiquiátrica, pues pensó que yo había dejado sola a la chama en la estación mientras llevaba las maletas. Pero sólo me miró medio riéndose y me dijo, "si la puedes traer en tres minutos, sí." Y entonces yo le digo lo que hubiese dicho el Unambomber, "¿me puede cuidar estas maletas?" Y el tipo incrédulo me dice, "me imagino que sí." Y salgo corriendo a buscar el resto. Tardamos literalmente minuto y medio en subir las escaleras. El resto del tiempo arrastrando todo hasta el último vagón y metiendo todo en el tren. Como fuimos los últimos en montarnos no había espacio donde ponerlo las cosas. Todo estaba tirado en la mitad del pasillo, en la entrada del vagón. Parecía un accidente.

En eso se escucha el pito y una voz que dice, la partida del tren es inminente. Y en eso mi esposo recuerda que él no se va en el tren, que tiene que ir por trabajo a otra ciudad. Y yo grito "¡perro sí! ¡Bájate chola!" Porque además, a todas estas mi esposo había dejado solas, sin supervisión su maleta y su carry on en la estación. Si se iba en el tren era doble rollo. Así que se baja corriendo, y ya el oficial se va a retirar de la puerta para que el conductor la cierre, cuando mi esposo grita, "¡Epa, mi sándwich!" Me pongo a buscar como loca. Consigo el sándwich. Se lo doy. Entro de nuevo al tren y se cierra la puerta. Es decir, el tren se retrasó cinco segundos, no por la bebé, no por mí, no por una maleta, ni para que mi esposo se bajara, sino por el sándwich.

Ni hablar de las caras de odio de los que estaban sentados a mí alrededor. No sólo les parecía un horror la corredera, con el maletero, con el sándwich, sino que encima uno es el enemigo potencial de todo viajero. Uno es el que viaja con un bebé. Por supuesto que en lo que medio logré acomodar todo las cosas a Clarissa le pegó el hambre. Empezó a llorar con el gañote que heredó de su madre, que se intensificaba mientras sacaba el agua, el tetero, el babero. Yo sudaba como cochino en caja china, y la verdad es que por un momento hubiese preferido ser uno de esos. Cuando por fin se calmó, ella que generalmente hace su negocio por la mañana, decidió hacerlo justo en ese momento.

De más está decir que en los baños de tren no se puede cambiar pañales. No caben dos personas, así una de ellas esté cargada. Así que la cambié ahí en el asiento, hecha la loca. Escondidita. Nadie se dio cuenta, me sentí como Tom Cruise en Misión Imposible, sólo que en la mano tenía un pañal hediondo. Pero se me fue un detalle, del cual me di cuenta como a la media hora cuando la tipa que estaba en el asiento de adelante se paró y me dijo, "yo tengo dos hijos y aquí huele a pañal sucio. A mí no me engañan." ¡Shit! Se me había olvidado botar el pañal.

Fui lo boté. Clarissa fastidió un rato, pero después se apiadó y se quedó dormida. Llegué a mi destino, casi con bronquitis. La bajada fue mucho más fácil, entre otras cosas porque me hice pana de una australiana que tenía pinta de millonaria, y que había contratado un señor que le cargara las maletas, y nos ofreció la colita. Miss Guárico se vengó, pero eso no impidió que al final saliera al rescate un angelito.

Miss Guárico, estamos a mano. Ya no me meto más contigo.

3 comentarios:

Or@ dijo...

jajajajajaja genial este cuento. Me divertí

Facility manager dijo...

Bravo Manuela, excelente cuento. Es realidad? Andas de viaje?
Un abrazo,
Alberto

Manuela Zárate dijo...

Facility! Eso es correcto! Pero como dice Nino Bravo, te juro que mañana volveré.