jueves, 29 de abril de 2010

Mi Rincón de Mierda


Yo tengo junto a mi escritorio, pegado a la ventana, un rinconcito que denomino: Mi Rincón de Mierda. En ese rincón hay dos cajas de Santa Helena que tienen dentro bolsas llenas de chucherías. Hay de todo, desde Toddy Light, hasta pasta. Es como una especie de acaparamiento para el alma. En realidad yo soy al revés, no como por ansiedad, ni por tristeza, como por felicidad.

Cuando la vida va bien yo abro el pote de Nutella y meto la cuchara. Cuando la cosa está fea, no me provoca absolutamente nada. Mis dietas son todas patrocinadas por un alto nivel de estrés. Sin embargo, aún cuando esté tratando de rebajar o esté forzosamente con el pico cerrado porque estoy enguayabada, yo no puedo pasar ni un solo día sin dulce. Cuando yo me muera a mi no me comen los gusanos, sino las cucarachas. Amo el dulce y no entiendo como alguien puede vivir sin comerse una buena chuchería al día. Es más, no lo aconsejo.

Claro que una de las cosas que más amo de mis chucherías es comérmelas sola. No sé por qué, pero a veces me fastidia comer postre delante de otra gente. Creo que tiene que ver entre otras cosas con que como mujer siempre me siento juzgada por lo que como.

Si estás comiendo mucho te lo hacen saber. Te sueltan un comentario como "mija, estás desganada" o "te estás alimentando bien." Como para avisarte que estás gorda, o que vas a engordar. O por pura envidia porque esa persona o no se atreve, o no quiere, o a veces (y esto si da cosita) no puede comer lo que tú te estás mandando. Te lo comentan a veces con la mirada. Yo reconozco que me fastidia cantidades que se me queden viendo el plato como si hubieran visto a un loco desnudo en la autopista. No puede ser que no haya cosas más interesantes en la vida que el plato de comida de otra persona.

Y la moneda, por supuesto tiene otra cara. Cuando no te sirves. Por cualquier motivo. No te provocó. No te gustó. Te llegó una cadena que dice que lo que te vas a comer te puede sacar una tercera nalga, y a ti te dio la regalada gana de creértela. Entonces, siempre hay alguien que le fastidia que tú no comas. Y hace comentarios como si fuera su problema. Cosas como "ay no. Es que tú no comes nada."

Por eso. Hasta el sol de hoy mi Rinconcito de Mierda había sido un lugar secreto. El lugar al que me acerco todos los días y escojo una chuchería. Algo que yo considero mi postre. Y me doy tremendo gustazo. Todos los días. Generalmente lo hago sola. Sin que nadie me vea, leyendo algo sabroso. Es lo que Carrie Bradshaw llamaba en Sex and the City: Single Secret Beheavior. Esas cosas que uno guarda para hacerlas cuando nadie te está viendo.

Y lo hago sola porque así nadie me dice nada. Ni por qué te comes dos cuadritos en vez de tres. Ni mujer flaca no come postre. Ni ninguna pendejada que no viene al caso. Para mí escoger la chuchería del día es lo máximo. A veces es un Cri-Cri, otras es una Samba. A veces son cuatro Torontos. Y cómo me los gozo. A veces mento madre porque la que quiero se me acabó. Como me ha pasado varias veces con la Nutella. Y a veces tengo que decirme a mí misma, "ok, amiga ya es hora de parar, un empache no lo quiere nadie."

Tengo guardada una bolsa de Doritos para cuando tengo la rara oportunidad de ver una película de porquería sola. Eso me recuerda a las cerdeadas que echaba con Mary y María, mis dos mejores amigas, de chama. En esa época íbamos a Video Color Yamín y nos alquilábamos películas. Torres de películas estilo La Princesa que Quería Soñar y otros bodrios así, que tenían de protagonista a Julia Roberts y nos bajábamos cajas de oreos y porquerías viéndolas. Usualmente nos poníamos alguna mascarilla verde en la cara, convencidas de que eso sería la fuente de nuestra eterna juventud y belleza. Nos hacía sentir adultas, importantes, y el exceso de azúcar nos unía. Éramos libres.

El Rincón de Mierda es mío. Totalmente mío. Es como ese rincón del alma donde uno guarda recuerdos y secretos que jamás comenta. Temas que jamás toca. Anhelos. Sueños. Aquello que uno llama su verdad. Esa voz que nos anima a levantarnos. A emprender un proyecto que en algún momento alguien cercano calificó de descabellado. Absurdo. Aquello que uno no le cuenta a nadie. Ni a las paredes. Ni a la almohada. Ni siquiera al entrometido espejo. Aquello que a veces es tan surrealista como una sueño. Como un cuadro de Dalí.

Y allí, entre las cajas Samba y el Toblerone gigante que traje de mi último viaje, y que me voy comiendo como si fuera una pieza de museo, están además el estuche viejo de mi cámara de fotos, una caja de manzanilla y las cornetas del Ipod. No lo hice al propósito. Simplemente esa tres cosas terminaron allí. Será quizás porque del mismo lugar donde viene el azúcar viene el gusto por la música. Será porque tiene el mismo efecto en mí. Será porque para tomar fotos necesito total y plena libertad. Será porque a veces la vida te pide que por un día no te lo tomes con chocolate, sino con una manzanilla.

En todo caso, mi Rincón de Mierda es sin que quede duda mi lugar favorito. Mi cobijita de seguridad para después de los 30.