domingo, 4 de abril de 2010

¿Quién dice que los elefantes no pueden bailar?



En estos días me sentí como un jugador de la selección perdedora del mundial. Digo perdedora porque el que llega a la final y no gana, es el que pierde. Los demás ya ni cuentan. Nadie, salvo alguno que otro freak, sabe qué equipo jugó en octavos de final en España 82 y no pasó. Nadie recuerda con emoción el equipo que ni siquiera llegó a segunda ronda. Salvo uno que otro, estilo Camerún, cuyo esfuerzo casi sobre humano vale la pena recordar.

Lo cierto es que a mí siempre me han llamado la atención los jugadores cabizbajos en el campo de juego. Esos que se abrazan y lloran, a veces viendo al cielo como preguntando algo. Algunos sentados sobre el césped con las rodillas hacia el pecho, abrazándose a sí mismos. Quizás intentando evitar el encuentro con las palabras típicas que escucharán de quienes los rodean, como: competir es lo que importa, dieron la lucha, fue un buen partido.

Hasta hace unos días yo los veía y pensaba, gran cosa perder. Al final es sólo un juego. Es sólo un deporte. Nadie ha muerto. La vida sigue. Hay cosas peores. Está bien sentirse mal, pero tampoco es para tanto. En otras palabras, menospreciaba un poco esa sensación de desasosiego que invade al perdedor. Hasta que yo perdí en mi propio deporte. Es que me presenté en el Concurso de Cartas de Amor y no quedé.

Había escrito una carta a Dani mi amiga que murió hace un año. El problema está en que creo que la carta la escribí más para el concurso que para Dani. Y eso tengo que reconocerlo por más que me de pena. Fue un ejercicio que hice más hacia afuera, que hacia adentro, y creo que al final eso se notó en el resultado. No es que no sintiera lo que escribí, incluso lloré al leerlo, porque si eran cosas que sentía, pero en el fondo no era lo que yo le hubiese escrito si tuviera la oportunidad de mandarle una especie de correo celestial. De hecho, el día que ella murió yo lo primero que hice fue sentarme a escribirle lo que no le había podido decir. Es que yo no me pude despedir porque ella vivía en Houston y yo en Caracas. Así que puse en un archivo que está en mi cumpu y que se llama Dani todo lo que quería decir. Esa carta no la mandé al concurso.

No la mandé porque me pareció demasiado personal. Demasiado dolorosa. Me dejé llevar por otros sentimientos. No sé cómo explicarlo. Escribí algo lindo pero que le faltó verdad, le faltó guáramo, le faltó credibilidad, porque no es lo que tú le dices a tu gran amiga que ya no vas a ver más. Aunque de todas maneras, defiendo lo que hice, porque mi carta, si bien no fue la que yo le hubiese escrito de no ser para “un concurso” sí fue sentida.

En medio de mi confusión anoche a eso de las dos de la mañana, no podía dormir y me senté a escribir en mi cuaderno. Me senté a escribir sobre por qué escribo. Porque la verdad es que lo primero que sentí cuando me di cuenta que no había quedado fue lo que ya me ha pasado antes. Esa sensación de duda horrorosa y macabra. Una sensación de que no sirvo para escribir. De que me estoy autoengañando y engañando al mundo si pienso que este tiempo que dedico a las letras va a rendir fruto. Que debería más bien enterrarme en algún trabajo común y olvidarme de quien soy. No llegar a ser quien soy.

Pero mientras corría la tinta verde sobre mi cuaderno recordé aquello que escuché alguna vez de un hombre de éxito, en la vida he perdido tantas veces como he ganado, pero sin esas derrotas, jamás hubiese podido construir la victoria. Sí. Suena a consuelo de perdedores. Y la verdad es que al principio eso fue lo que pensé. Típica cosa que diría mi mamá. Típica cosa que le dice la maestra el niño que no se lleva la estrellita en la mano para la casa. Pero la verdad es que no. No lo veo así. Ese viejo tiene razón.

Yo estoy con el viejo y esto ahora yo lo uso como oportunidad. Oportunidad para reconocer que tengo que trabajar más duro. Porque si es el trabajo no es duro, entonces no es trabajo. Oportunidad para entender que si voy a escribir tiene que ser hacia adentro. Para mí y por mí. Tengo que olvidar el tema del concurso, el premio, el qué se yo qué. Al final, si caigo en eso mi literatura va a sufrir. Y mi trabajo jamás tendrá la calidad que yo espero de él. Jamás responderá a esa búsqueda sincera y profunda que yo intento. Como este blog, que jamás tuvo intenciones de otra cosa que expresar las ideas neuróticas y un tanto paranoicas que rondan en mi cabeza frente a las vueltas de la vida. No. La literatura tiene que ser mi búsqueda y tiene que ser con agallas y sin pudor.

En fin, mi amigo Unclepeka me dice que tengo que buscar sin buscar. Eso es lo que pasa. He estado buscando con demasiada intensidad, buscando además algo sin saber qué es lo que estoy buscando y lo que es peor, con una especie de complejo de superioridad, que no ayuda para nada. Porque sí, admito que yo en muchas cosas creo que lo sé todo y que soy mejor que los demás, y eso es lo peor que hay en el mundo. De hecho, la superioridad es algo que me molesta en otras personas, y ya saldrá más de un psicoanalista a decir que efectivamente lo que estaba haciendo era proyectar en otros lo que no me gusta de mí misma.

Sí tengo que decir que estoy feliz, de verdad, por mis panas que sí quedaron. Porque la verdad, que es como le digo yo a mi hermana cuando competimos en algo juntas, si no voy a quedar yo, lo mejor que me puede pasar es que quede alguien que quiero. Así que si hay quien cuide a la beba, esa noche los acompaño. De todas formas en estos días publico la carta de todas formas. Por aquello de perder el miedo y de compartir con ustedes. Es más, publico ambas. La del concurso y la de verdad. Creo que es algo que le debo a Dani, después de todo. Porque al final del día ella ha sido gran parte de mi inspiración. Fue un motor en mi vida y le debo mucho más de lo que jamás le pude retribuir. Y sé que si ella estuviese aquí me hubiese regañado por andarle parando demasiada bola al asunto del concurso. Así con esas palabras. Ella era una locomotora. Incansable. Luchadora. Y sé que me lo perdonaría todo, menos el abandono a la lucha y la inseguridad. Así que voy a honrar su memoria y a seguir adelante.

Mi mamá siempre repite el dicho aquel que lo único que no regresa es la flecha tirada, la palabra dicha y la oportunidad perdida. Ciertamente. Y de esta experiencia me quedo con las ganas. Ganas que van creciendo, como crecen las ganas de correr de la pantera enjaulada. No se preocupen que si me cierran la puerta, yo me escapo por la ventana. Y es lo que me dice mi esposo, si escribes la primera y nadie la lee, lo único que está claro es que llegó el momento de sentarte a escribir la segunda.

Además por algo tengo la etiqueta de ¿Quién dice que los elefantes no pueden bailar? yo digo, música maestro, que estos elefantes son Duda-Hot.

3 comentarios:

Facility manager dijo...

Hola Manuela:
En estos dias escuché a un escritor diciendo que la primera obra es para esconderla. Pero no hay segunda sin la primera. Al final, lo que importa es liberar esa fuerza interna que a veces oprime y que solo se alivia con la pluma o con el teclado. Por eso escribimos en un blog, que a la larga, es como si escribiéramos un libro día a día.

Yo pienso que tu tienes mejor pluma que yo, y sin embargo también me voy a lanzar a la tarea de escribir algo, "para que algo quede"
Y ser flecha, palabra y oportunidad al mismo tiempo.
Un abrazo,
Alberto
PD la carta de tu amiga, le va a llegar seguro, por cualquiera de las vias celestiales.

Esencialmente dijo...

Animooooooo porque (a) lo que dice el viejo es verdad (b) escribes divinamente (c) Dani sabe lo que necesitabas decirle y (d) los elefantes claro que bailan!

btw f>?< the hackers!

Or@ dijo...

No se si sirve de algo, pero yo acostumbro leerte y me gusta bastante lo que escribes y como lo haces. Por lo menos la mandaste, yo no me atreví, eso es peor.
Pública las cartas, seguro son buenas.