miércoles, 5 de mayo de 2010

Del Olor

Yo creo que la mayoría de nosotros piensa que el sentido más potente es la vista. Pero no. El sentido más potente, si es que realmente existe tal competencia, podría ser el olor. El olor es tan potente, que ni lo sabemos. Tiene un camino oscuro y casi macabro hasta un lugar recóndito del cerebro. Maneja el cuerpo y maneja las emociones por igual.

Yo adoraba el comienzo de las clases porque me fascinaba el olor de los lápices. Agarraba los lápices amarillos y los apretaba y los olía, como si estuviese a punto de hacer una confesión grave.

Los libros son de las cosas cuyo olor particular es casi una fuente de poder. De energía. Es por eso que le tengo tanto recelo al libro electrónico. Oler el libro es más de la mitad de la experiencia. Es lo que completa la lectura. Es lo que te conecta. Es como una relación amorosa sin sexo. No sirve.

El olor es tan grave, que si uno está débil por algo, una simple inspiración te puede mandar por el camino de la perdición. Yo recuerdo que como a los catorce me enamoré perdidamente de un mexicano. Pero mal. Yo sentía que aquello no tenía cura. Que no habría jamás fuerza en el planeta que pudiera hacer que yo dejara de sentir lo que sentía. La intensidad era grave. Gravísima. En mi casa todo el mundo estaba histérico. Y lo mejor de todo era que a mí no me importaba.

Pero el mexicano vivía en México. Y yo vivía en Caracas. Aquello estaba sellado. Al menos en lo que a mi historia se refiere. Y la verdad es que hoy en día acepto que si esa relación hubiese llegado al término que yo quería. Es decir, que me hubiese casado con él para convertirme en la madre de los seis hijos que quería tener, hoy fuese "La Chole" más infeliz del mundo. Por eso es que Dios protege al insensato. Pero estando en una diligencia con mi mamá, alguien me pasó por al lado luego de haberse bañado completo en la colonia que usaba el mexicano. No comí como por tres días, y gasté una fortuna en llamadas a México. Todo por un olor. Un olor que me hizo sentir triste como se sólo se siente alguien que está con el corazón en las manos y ni reconoce los pedazos de lo roto que está.

Los perfumes son poderosos, porque no sólo se asocian con una persona. Prácticamente se convierten en ella. La encarnan. Como el perfume que me recuerda a mi abuela. Me pone triste. Me hace sentir chiquita otra vez. Está el perfume del que en su día fue mi esposo. Me fastidia enormemente encontrármelo por ahí. Me recuerda una vida que afortunadamente no viví y alguien que nunca quise ser. Está el perfume de aquel a quien herí. Y si me llega ese olor, inevitablemente me siento culpable. Está el perfume del que me dejó herida.

El perfume y el amor están tan ligados que una vez, en vista de un rechazo, me fui a una farmacia a buscar el olor de aquel que ya no me quería. Y lo conseguí. Era un desodorante. Y fue lo peor que me pudo haber pasado. Porque entonces lo tenía en mi casa, para olerlo como una especie de droga, en una especie de ritual masoquista que sólo entienden lo que están enamorados. Hasta que un día dije, basta. Y parece mentira, pero alejarme de ese olor fue lo que me ayudó a sanar, hasta que un día me desperté y era libre. Como cuando se te pasa un virus y logras pararte de la cama sin dolor.

Luego están los olores corporales. Aquellos que en lugares primitivos todavía se aprecian, porque para la civilización el olor corporal es sucio y asqueroso. Hay que taparlo como sea. Da pena. Da vergüenza. Como nos da pena y vergüenza cada cosa que viene de nosotros mismos, que revela quienes somos, que desnuda nuestra humanidad y hace que el resto de las personas note que también somos personas. Todo eso se tapa. Se esconde. Y da pánico que alguien más lo vea. Tan es así que cada vez más uno ve parejas que tienen baños y hasta casas separadas. Porque hay mucho que no queremos que nadie más vea. Ni siquiera esa persona con quien tenemos una relación íntima. Porque la intimidad ahora tiene que ser de buenos olores.

Y la intimidad tiene sus olores. Y son fuertes. Y duros. Y no se pueden enmascarar con nada. Con absolutamente nada. Y es quizás parte de lo que hace toda la experiencia más viva. El hecho de que te llega por todos los sentidos. Y te das cuenta de que la máquina humana es perfecta. De que la naturaleza lo tiene todo medido y calculado. Que no hay nada al azar, que a nada la falta la respuesta. Simplemente es cuestión de hacer la pregunta correcta, de la forma más abierta posible.

Los olores están en todas partes. A toda hora. No piden permiso. A veces no se pueden escoger, ni se puede controlar lo que generan.

Está el olor a almuerzo. Ese que pega en cualquier lugar a partir de las 11:00 de la mañana. Y no sé por qué, pero a mí el olor de esa hora, sea lo que sea a mí me hace pensar en plátanos. Casi siempre horneados. Está el olor a torta, que me recuerda el piso de mi casa en medias cuando tenía siete años. Está el olor a trapo húmedo, que me da asco, y me siento terriblemente sifrina. Está el olor del pupú del perro que me da ganas de vomitar. El olor de basura que me hace huir, y que me genera una lástima enorme hacia los que trabajan en los camiones y que veces ni guantes tienen, mucho menos un tapabocas.

Está el olor a clínica. A flores muertas. A alcohol, ese que si tienes una herida, nada más con el olor ya te pica. Está el olor a remedio que te hace arrugar la cara. Está el olor a huevo. El clásico olor a huevo. Único y que genera confusión, porque nada más sabroso que un revoltillo, pero que mal huele. Y si te pega después de que comiste, te cae mal.

Me vuelve loca el olor de la nutella. El olor de la leña. El olor de la cebolla friéndose que me hace pensar en un estofado. El olor de algunas flores. Y la indiferencia de las que son bellas, pero no huelen a nada. El de la gasolina me da miedo, así como el de los marcadores. El olor a perro jamás me ha importado. El olor a talco me hace sentir limpia. El olor a jabón me hace sentir madura. El olor a ropa limpia me hace sentir segura. Una sábana que no huele a detergente me hace sentir empegostada. El aroma del café me despierta. El olor a cuero me hace sentir elegante, y a los pocos segundo pienso en un caballo.

El olor a quemado me estresa. El olor a chinche pisado me pone de mal humor. El olor a químico fuerte me pone histérica, sobre todo el olor a baigón, me hace sentir impotente. El olor a maquillaje me hace sentir coqueta.

Adoro el olor de la cabeza de mi hija. El olor de su pies, que ya empiezan a dejar de ser bebés. Y me doy cuenta que así huele el esfuerzo. Porque ella suda todos los días, en su lucha por pararse sobre sus dos piernas. Ella comienza a tener mal aliento por las mañanas. Y es gracioso como el mal aliento, algo tan grotesco, tan poco deseado, causa en mí casi admiración. No me importa. Para nada. Y cuando lo siento en vez de hacerme a un lado, me sonrío. Es así como me doy cuenta que la quiero más que nada en el mundo. No hay nada como atravesar un amor profundo gracias a un olor.

Por último está el olor a mí. El de mi perfume. Ese que me pongo delante del espejo. Que me hace sentir lista. Ese olor que cuando lo percibo digo, ahí estoy yo.

6 comentarios:

Or@ dijo...

Yo todavía no he vivido con un novio. Y te confieso que lo que me genera más angustia es el olor del aliento matutino. Porque en las películas siempre se despiertan y se besan felices y no arrugan las caras, eso me da pánico. Creo que me tendré que parar todos los días antes que él para cepillarme. Las pocas veces que he despertado con alguién lo he hecho, lo que significa que jamás me he dormido profundo, que triste. Me imagino que dirán que soy una falsa.

Matilde Amorell dijo...

Definitivamente el olor te lleva a lugares que tenías años sin visitar, personas que habías olvidado, recuerdos que estaban perdidos en tu memoria.
Esos son mis olores preferidos, los que te transportan a un lugar o persona.
Si me pusieras a escoger uno sólo, tendría que elegir el olor de la lluvia entre los más agradables y el olor a cigarrillo entre los más desagradables.

Or@ mi primera recomendación es que no le pares tanto, si te ama podrá soportar hasta cosas peores... la segunda es un truco, puedes tener un vaso de agua en la mesita de noche que tomarás al levantarte, claro no es lo mismo que cepillarse los diente pero aplaca, y no abuses puro piquito mañanero. Por supuesto debes tener una buena higiene bucal en líneas generales, porque si tienes una carie o no te cepillaste la noche anterior olvídalo que tendrás que tener una botella de listerine en vez de agua.

Manuela Zárate dijo...

Jaja. Ora, sí, al principio uno piensa esas cosas. Mira chama yo una vez estaba empezando a salir con un chamo y cuando me quedaba a dormir no hacía pipí porque me daba pena. No sé cómo no me descoñeté los riñones. Y al final no funcionó y no por eso, sino porque si uno no rompe esa barrera en que "no te importa" y no te sientes cómoda, entonces no hay intimidad.
Como dice Matilde hay truquitos. Pero cuando estás enamorada, chama todo te resbala. Claro que tampoco es como para no levantarte, pero con una cosita aquí y allá no se hace tan grave.
Y sí, tienes razón, yo los veo a veces en las pelis y digo...no me jodas...de lo que acabo de ver a la realidad hay tres universos de distancia, jajaja.

Or@ dijo...

JAJAJAJAJA gracias por sus consejos, los tomare en cuenta, y cuando me toque vivir con alguien voy y les cuento. Me encantan los Blogs por lo interactivo del asunto, Besos.

papah dijo...

guao que bien post...muy bien escrito. Te gusta la novela "El perfume" de patrick suskind, no??

el olor de uno, ese que esta en el brazo, en la cara, en las axilas es tambien mágico

todoloquemepasa dijo...

me gustó mucho este post y creo q es muy cierto. a mí me pasa mucho con canciones q me recuerdan a ciertas personas o ciertos momentos de mi vida!