sábado, 22 de mayo de 2010

El Estante Detrás del Espejo


Abro el espejo que está detrás de mi baño. Y por primera vez me pregunto. ¿Qué hago yo con todo esto? Tres frascos de perfume, de los cuales uno está casi vacío. Uno por la mitad, no lo uso mucho porque no me mata el olor, pero me niego a botarlo. Medicinas. Provicar que tomé durante el embarazo. Nasonex, como cuatro cajas, para la alergia y la sinusitis que me mata. Promedina, que no sé de dónde salió. Tavanic. Andantol. Fedyclar. Buscapina. Aerius. Y una caja de una cosa que se llama Solutricine que se venció hace como seis o siete años. No sé porque no están con las demás medicinas. Están simplemente ahí. Porsia. Junto a ellas una jabonera de plástico. Dos cepillos de diente nuevos, en su caja. Esperando a que el que uso ahora se gaste. Y un scrub para los pies que no uso jamás y no sé si llegué a usar.

Abajo tengo un estuchito de kit de cuidado de los pies. Tampoco lo usé nunca. Al lado hay unas muestras de Lancome, tres potecitos mínimos de tónico, baño espumante y desmaquillador de ojos. Al lado un pote de desinfectante de manos de la Belladona, compré miles cuando el pánico de la gripe porcina. Para no tocar nada sin eso. Un pote centrum. Una Dove verde pequeña que me llevo cuando salgo de Caracas los fines de semana. Espuma para rizos de Pantene. Una crema anti sol de Eucerin. Un frasco de centrum pequeño. Un brillo y una pintura para las uñas. Un pote casi vacío de Listerine. Una muestra de desodorante de hombre. Otra muestra de Lancome, una crema. Otra pintura de uñas. Mi crema hidratante para el día. Otra Eucerin para sol, pequeña para la cara. Una H de ponds que usé hace trillones de años. Un jabón para los pies. Una pintura de uñas.

Abajo Gentalyn para los ojos. Pinvex para el dolor de garganta. Una plumita para corregir el manicure. Un jaboncito cuadrado que no sé qué es. Una caja de curitas. Una caja de Norflosan. Una esponja. Una crema Loreal que tiene meses allí. Hilo dental. Mi crema hidratante antiarrugas de noche. Un corta cutículas. Cuatro láminas de pastillas de hierro sin la caja. Una caja de Omeprazol. Dos pinzas de ceja. Una caja de Pankreon. (Un montón de remedios regados y yo que juraba que estaban todos en un estuchito.)

Abajo las instrucciones del peso electrónico. (Nunca entendí la vaina, lo prendes, te montas y ya. Qué instrucciones son esas. ¿Las que te dicen qué hacer contra la depresión cuando tienes un mes comiendo melón, piña y patilla y no bajas ni 300 gramos?) Una caja de Lafarcaína. Ok. Esa la puse ahí ayer. No cabe en el pescado rosado. Unas toallas Nivea desmaquillantes. Las compró mi mamá cuando di a luz. Dice que cuando uno está hospitalizado te provoca lavarte la cara, pero te da fastidio mojártela. Un pote casi vació de cutex. Un pote casi vacío de alcohol absoluto (con eso fue que me pude quitar las garrapatas). Un gel para lavar la cara. El desodorante. Un serum anticaspa que debe tener más caspa de lo viejo que está. El desmaquillador de ojos de Lancome. Santo Lancome. Un pote de crema que va con uno de los perfumes, que no uso jamás para que no se gaste. Una crema para peinar rizos de Pantene. Otro desodorante. Un tónico Lancome. Una gel Lancome. Una crema que se llama Bare Vitamins que me regalaron en una perfumería.

Abajo, cerca del lavamanos, el estuche que uso para viajar con algunas cositas adentro, más que todo colitas, una crema para la irritación de la cara y unas limas de uña. Un estuche vacío que me regalaron el día de la madre. Un pote de Listerine morado, el gigante. Un pote de listerine azul, mediado, casi vacío. Un pote de spray de agua Evian que mi mamá dice que es la cosa más cursi que ha visto en su vida. Jabon de pastilla que ya no se le ve la marca. Una jabonera de plástico. Jabón de manos Palmolive Nutri-Milk. Lo amo. Y dos pinturas de uña. Y por supuesto un estuchito de maquillaje, que tiene lo que yo uso. Un polvo, unas pinturas de labio. Brillo. Colorete. El pincel del colorete.

No me atrevo a botar nada. Casi nada de esto. Los medicamentos viejos. Eso sí los tendría que botar. Pero siempre me entra la duda. Si lo necesito, mejor es vencido que nada. Total dicen que vencido sólo pasa que no te hace efecto.

¿Todas las mujeres somos así? Me asomo en el baño de mi mamá. Y es más o menos la misma cosa. Abro algún frasco. Hay algunos que huelen a "me deberías haber botado hace como tres años." Pero sigue ahí. Me imagino que lo guarda por las mismas razones que yo guardo los míos. Porque aunque no lo use, piensa que siempre puede aparecer una ocasión para usarlo. O porque le recuerda al lugar donde lo compró. O porque es especial por alguna razón. Lo descontinuaron. No se consigue. O como me pasa con algunos olores, lo relaciono con la suerte o la mala suerte. Con la felicidad o la tristeza. Hasta algunos que siento que me hacen ver mejor. O peor. Hay veces que pongo algo y digo: Cada vez que uso esto parezco un enano siniestro. Hay otros que se guardan para un día especial, que puede ser desde un matrimonio, una fiesta, hasta un día cualquiera que por alguna razón para nosotros es mucho más.

Quizás el espacio que está detrás del espejo dice mucho de mí. De lo que llevo conmigo. De lo que no soy capaz de botar. Me imagino cada pote de esos como una experiencia. Como una vivencia. En cada caja de medicinas está algo que tiene su por qué. El dolor de cabeza que te dejó aquella pea que terminó en catástrofe. La que culpas por haber hecho aquello que jamás debiste hacer. O la que te salvó. La que te hizo rumbear como tenías años que no rumbeabas, la que te hizo sentir joven una vez más.

La crema de sol que fue contigo a la playa. Para nada porque el día estuvo feo y nublado y hasta con sweater estuviste. Está la crema que usas para taparte ese barrito fastidioso, que te hace decirle a tu cuerpo Coño, ¿para esta vaina si te pones como de 15? Está la pintura de uñas que te hace sentir que tienes garras de fiera. Está la que te hacer ver como buena niña de colegio católico. Está la crema sin la cual sería un suplicio peinarte, te acuerdas de aquella subida al Ávila en la que el viento te dejó una maraña de pelos. Está ese desmaquillador que sabe perfectamente a qué hora llegas todas las noches. A qué hora te acuestas a dormir y que pregunta por ti cuando no lo usas.

Sí. La gente dirá lo que quiera. Pero en las cremas de una mujer está su vida entera.

 

2 comentarios:

Esencialmente dijo...

ese gabinete es gigante!!!!!

me hiciste reir mucho, el mio es algo similarrrrr, con un poco de vainas que no uso!

ah y las medicinas vencidas te pueden hacer mucho daño, botalas ya!!!!

Manuela Zárate dijo...

No es tan grande. En realidad todo está súper apiñado y amontonado. Jaja. Los voy a botar. Me da risa. De lo más desastroza con las medicinas vencidas. Jajaj. Como para no aceptarme ni un té.