lunes, 21 de junio de 2010

Crónicas de Mascotas Psicóticas.


Ayer en plena celebración del día del padre nos encontramos diciéndole a mi hermana mayor "no le hables así a Astro que está sensible y va a entrar en crisis existencial otra vez." Acto seguido discusión sobre animales, psicología, sentimientos. Uno no debe pasar por la vida sin tener una relación con un animal. Es como morirte virgen, sin probar el chocolate, sin pintar una paloma que te salga del alma. Son cosas que hay que experimentar. Entre otras cosas porque te sensibilizan.

Mi primera mascota fue un loro. El loro, Roberto, era una belleza. Nos queríamos. Aunque no era lo que yo había soñado por tener como loro. No tenía las alas cortadas, cosa que me parecía una crueldad. Sólo dejaba que le tocara la patica, porque era muy arisco, y cada vez que podía se escapaba. Eso sí, yo me paraba delante de la jaula y cantaba, y el loro bailaba, y abría las alas. Feliz.

Sin embargo, yo estaba frustrada porque quería un perro. Mis hermanas habían comprado un salchicha cuando yo tenía como siete años, al que le pusimos Mágnum, La Salchicha Agresiva. Mágnum era uno de los perros con más personalidad que he conocido. Su profesión mental era: cazador de ratas. No sé cómo no le dio botulismo o algo así. Cazaba unas ratas que eran casi un tercio de su tamaño.

Mágnum y yo desarrollamos una relación profunda, que no me di cuenta de su alcance hasta que una tarde, mi prima y yo empezamos una pelea de cojines mientras veíamos televisión. No era una pelea hostil, más bien cariñosa, aún así uno de los cojines me dio directo en la cara y yo me asusté. El perro, no la perdonó. Le brincó encima, y desde ese día cada vez que la veía le gruñía y trataba de morderla.

El problema entre Mágnum y mi prima se balanceó cuando a una de mis hermanas el novio le regaló un Pomerania. Una de esas escenas que sabes que jamás vas a olvidar. El tipo paradito en la entrada de la casa, tratando de verse cool y seductor, y tú, la hermanita fastidiosa, que lo que ves es un pendejo con una caja que tiene un perro que parece de marico, que no deja de moverse y que en cualquier momento hace un desastre.

Y en mitad de aquello anticipas la arrechera de tu mamá cuando vea el animal, y que sabes que se va a tragar el “me sacan ese perro de aquí,” a fin de no hacer una escena delante del pobre diablo que se quiere levantar a tu hermana. Al final el perro se quedó. Mi hermana por supuesto no le paraba mucho. Aunque yo jugaba con él todo el tiempo.

Aprendí a esa edad que los Pomeranias tienen los colmillos más antipáticos de todos los perros chiquitos y se irritan de nada. Debe ser el pelo blanco parado, que los hace sentirse superiores. El perro, Nevado, desarrollo un placer enorme por mojarse en la lluvia. Le dio moquillo y se murió. A mi hermana no le quedó más remedio que empatarse y casarse con el chamo.

Volvimos mi prima y yo a jugar sólo con Mágnum, que seguía odiándola. Pero macho al fin, un diciembre nos fuimos de viaje y el perro se quedó casa de mi tía. Por supuesto la encargada de darle la comida a los perros era mi prima. Ella tenía miedo al principio, pero Mágnum fue cariñoso con ella. Al regresar ella me dijo “chama, el salchicha del coño me perdonó.”

Nada que ver. Apenas llegué yo, el tipo volvió a odiarla. Ese fue el día que comprendimos que el sexo masculino es una mierda. Teníamos 11 años.

Ese año nos mudamos, y con nosotros se vino el otro perro que teníamos, un Pastor Alemán que era “el perro de cuidar la casa,” pero que había pasado tanto tiempo encerrado, (clásico error de las familia que tienen mascotas) que había perdido toda noción de la realidad, y era imposible jugar con él. Cabe destacar, que ese perro Don Quijote (Su dulcinea una poodle blanca, que le regalaron a mi hermana cuando yo nací ya había muerto.) tuvo un compañero, que yo creo que fue su mala junta y perdición.

Rodillo. Un Cacri (callejero criollo) que rescató mi hermana mayor en una fábrica. Un tipo blanco, con una mancha negra en el lomo, con unas patas demasiado cortas para su robusto cuerpo, y que aunque era suave y provocaba tocarlo, era imposible hacerlo. El pana estaba totalmente quemado. No sabía si correr. Si morderte. Si destruir un muble. Hasta que mi mamá lo regaló.

Donqui, el pastor, era un racista empedernido. No le gustaba la gente de color, y no soportaba a un amigo francés de mi papá que tenía un olor particular a gente que “vive en un país tropical pero se rehúsa a usar desodorante.” El perro decía con ladridos todo lo que la gente no se atrevía a decir por educación y pena. Eso es lo que amo con los perros, no saben lo que es la hipocresía. No la manejan. Sólo duró un par de meses en la casa nueva. Y se murió. Viejito.

Pasamos unos buenos años sin perro. Mi mamá decía que ya era libre. A ella no le gustaban los perros. Le daban alergia. La fastidiaban. Más la fastidiaba yo que, no me conformaba con el loro y todos los días le pedía un perro.

Una de mis hermanas tenía un novio que adoraba los perros y de vez en cuando íbamos a ver camadas de las publicaban en los clasificados. Sabíamos que no íbamos a comprar ningún cachorro, pero al menos nos hacíamos la ilusión.

Un día, quizás por distracción, cuando tenía catorce años casi quince y atravesaba una crisis profunda de adolescencia, le volví a decir a mi mamá “Quiero un perro” y ella dijo que “sí.” Acto seguido le dije a mi hermana que llamara a su novio. Teníamos permiso. Íbamos a comprar un Golden Retriever.

Nala. Por esa época estaba de moda El Rey León. Apenas mi mamá la vio se iba muriendo. Me regañó. Dijo que había dicho que sí al perro, pero que eso no significaba que podía ir a comprarlo. Me juró que iba a botar “a ese animal” de la casa. Pero Nala es prueba de que nadie se puede resistir a los encantos de un Golden. Nala vivió casi catorce años en mi casa. Parió 12 cachorros de su segundo novio. El primero no le gustó, se sentó y no dejó que la montara.

Fue una compañera de lo más fiel. Perra luchadora que pusieron a dormir sin decirme nada, porque según mi cuñado, aquel novio ahora casado con mi hermana, ella ya estaba muy vieja y no tenía calidad de vida. Nala era de esas perras que sabía cuándo estabas triste o feliz. Y que tenía severos problemas psicológicos. Que cuando quería llamar la atención cavaba huecos en el jardín o padecía de embarazos psicológicos. Si la ignorabas por algo, su mirada triste era insostenible.

Una de las hijas de Nala, Helga. Vivió también toda su vida en mi casa. Helga fue uno de esos cachorros que nadie quiso comprar, y que no encontramos a quién regalárselo. Cada vez que abría la lengua se le veían unos lunares muy extraños y tenía los dientes torcidos. Mi mamá decía que es que el papá era raro.

Mi mamá también decía que Helga tenía baja autoestima, porque escuchaba mucho la palabra ¡Fuera!. La pobre. Su error era mojarse muy seguido, y por eso olía horrible. Y se acercaba y la gente le decía ¡Fuera!

Es que le pasabas la mano y quedabas tú más hedionda que ella. Pero aún así, como me dijo el veterinario cuando murió “le diste comida, techo, cariño y no la pusiste a ver las cadenas de Chávez durante diez años. Un perro no puede pedir más.”

Y así. Cuando Helga se fue, en mi casa quedaron tres perros de cinco. Dos Schnauzer y un cacri. Tomás. Catalina. Astro. Cada uno un personaje. Cada uno con una historia digna de un libreto de Leonardo Padrón.

2 comentarios:

Or@ dijo...

Mi casa siempre ha estado habitada por animales. No cualquier animal, especímenes con personalidad. Destacan una periquita que adoraba a mi mamá, le daba piquitos y cuando la sacaban de la jaula se instalaba en su hombro y a dormir la siesta con ella. Un día amaneció inflada y sin vida. Un acure de mi hermano que se volvía loco cuando este llegaba de clases y le hablaba, chillaba de emoción y paseaba dentro de una bola de hámster en la que apenas cabía. Pichincha también amaneció sin vida, mi hermano la lloró y enterró como era debido. Coqueta, una chiguagua que parecía una vaquita, por sus manchas y su gordura, que fue la consentida y dueña de la casa durante 16 años. Era inteligente y puedo jurar que decía mamá cuando estaba emocionada. Tuvo un embarazo psicológico, período por el cual fue la ilusión de mi casa hasta que el tiempo pasó y su barriga seguía más grande de lo normal y no terminaban de salir perritos. Todos tristes y ella con su lechita sin tener a quien amamantar. El rey de la casa en estos momentos es Baster, una cosita peluda y con un mal humor perpetuo. Ha tenido la osadía de morder a cuanto visitante pise la casa y a todos los miembros de mi familia, pero es imposible pegarle porque se disculpa con una sinceridad, ese perro es actor. Cornelio es un morrocoy que lleva un año con nosotros y que se cree un perro, pasa el día persiguiendo a Baster, comiéndose su perrarina y rasgando la caja para que lo saquen apenas despierta. Totalmente de acuerdo contigo. Todos deberían tener una relación con un animal, entenderlos y respetarlos. Crea tolerancia que tanto hace falta y desarrollo instintos maternales, que a mi me vienen a la perfección, por ahora, que no tengo retoños. Los animales son lo máximo, con uno en casa, jamás se siente la soledad.

Manuela Zárate dijo...

Ora. Qué bellos. El Acure es lo máximo, casi me provocó tener uno, jajaja. Y no puedo con Cornelio. Jajaja. Es demasiado. La verdad que me encanta. Nadie te quiere tanto con tus animales. Creo que realmente es de los pocos amores incondicionales que existen. :D