viernes, 11 de junio de 2010

¡Llego el Mundial!


El mundial está aquí. Me moría porque este día llegara. Yo reconozco que mí estos eventos deportivos me desbordan. Sobre todo este. Porque aunque las Olimpíadas me gustan, no es lo mismo. Será porque ahora, hasta el lanzamiento de moco y gargajo son deportes olímpicos, y uno ha perdido un poco la fiebre.

Yo tengo fiebre mundialista. Sí. Llegó la hora de la crisis existencial mundialista. Me lo estoy tomando a pecho.

Y eso a pesar de que mi llenada del Panini fue un fiasco, y no terminé por meterme en ninguna quiniela. Es que eso de tener que adivinar cuanto le sacará Ghana a Japón, si es 3-1 o 0-0. De verdad que no va conmigo.

A mí lo que me gusta es el desgarre del fútbol. Y por eso cuando lo veo grito cosas como:

- ¡Defiendan pendejos del coño!
- ¡Qué haces tú ahí parado! ¿Qué te pasa? Vale Corre mijo, que para eso te pagan.
- ¿Porque el director técnico no saca a este estúpido que lo que está es paseando?
- Guuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuullllllllllaaaazo Maaaltín Polar.
- Qué bello Leo Messi. Lo quiero poner en mi cuarto junto a una muñeca.
- Guardiola. Jamás se vio torta para semejante muñeco. (aunque no esté en el mundial se lo merece.)

Yo me pongo nerviosa. Generalmente los nervios me entran cuando cantan el himno. Jugadores con la mano en el corazón y el capitán agarrándole la mano a un niñito. El que se le ocurrió la idea del niñito debe estar mentando madre si no ha cobrado derechos de autor. Porque le han dado duro. Pero es lo máximo. A mí siempre me entran ganas de pararme firme también. Aunque no sea mi himno el que están cantando. De repente, no importa mucho el pasaporte, me siento un español más, un argentino cualquiera y hasta se me ha desbordado la emoción por un país sobre el que sé muy poco. Camerún.

Y veo los jugadores moviendo las piernas y los brazos. Sacudiéndolos. Como calentando el cuerpo. Botando el estrés y me provoca hacer lo mismo.

Y en eso suena el pitazo, y el locutor lo dice. Y ya no aguanto más. Empieza todo. Cruzo los dedos. Los descruzo. Veo la pantalla como si algo se fuese a salir de ahí. Como si en cualquier momento a quien le pasan la pelota es a mí.

Me paro. Me siento. Hablo por teléfono, y en plena conversación empiezo:

- Pásala. Pásala. Ay va. Lleva uno. Lleva dos.- Voy subiendo la voz hasta que grito. –¡Chuta coño! ¡Chuuuuuta!

Y me disculpo. - Perdón es que está jugando Holanda y tiene que ganar. Me conviene para que después le gane a Alemania y así Alemania no le gane a España. Porque me angustia el Alemania, España.

Lo que no digo es que para más remate saqué la camisita anaranjada que tenía guardada. Porque durante estos 31 días, la ropa que me ponga estará relacionada con los equipos que quiero que ganen.

Siempre me pasa que en algún partido importante me pierdo un gol.

Generalmente cuando la cosa está estancada porque ambas defensas andan muy cerradas y no entra nada. Ningún delantero ve por dónde y digo: “Ya vengo voy a buscar una coca-cola que aquí ya no queda light” Y justo cuando tengo la lata en la mano me llega el grito de la sala, y la angustia. Porque como no vi, no determino bien entre los gritos, si son de rabia o de felicidad. Y corro gritando “¿De quién? ¿De quién?” Con la angustia de que si el gol no es de mi equipo voy a tener que darle explicaciones a alguien. No sé a quién, pero a alguien.

El mundial despierta emociones. Porque siempre hay un jugador que odio o un equipo que detesto, y tarde o temprano voy a toparme con alguien que ama a ese jugador, o que tiene un tatuaje en una nalga con la bandera de ese equipo. Y entonces nos miramos con sonrisita hipócrita y cierta desconfianza. Así es el fútbol.

Durante el mundial tengo nuevos amigos. Y quienes siempre me han quieredo a veces no me soportan. No puedo hablar de otra cosa y en muy poco tiempo tengo en mi vocabulario Concacaf, Bundesliga, y frases como “es que el juega para el Arsenal.” O “él estaba lesionado.” y me memorizo reglas como “si le dan tres tarjetas amarillas tiene una multa de 15,000 dólares. Pero a partir de cuartos de final la cuenta arranca desde cero.”

Es más hasta discuto las reglas. Analizo arbitrajes. Y me parece un dilema ético el hecho de que haya gente que rueda por la ciudad con cuatro banderas diferentes en el carro.

Y me baño y canto la canción del mundial. (La de Waving Flags, porque la de Shakira sin comentarios, eso bodrio no lo reconozco). Me monto al carro y suena la canción, y la canto. Como si estuviera cantando con el resto del mundo. Muevo el cuerpo, los brazos. Que importa si me ven desde la calle. Canto mentalmente con los equipos. Me sientes parte del mundo. Parte de algo grande. Global. Me sientes mínima y gigante a la vez. Y llego a mi casa y canto la canción. Y no me la puedo sacar de la cabeza.

Y sólo quiero hablar de fútbol. Cuadrar dónde ver los partidos. Y cuando el partido se acaba lo que quiero es discutirlo y empezar las predicciones de los que vienen.

Y gozo. Porque sé que me voy a reír. Que me voy a arrechar. Que me voy a desconcentrar. Que me voy a amagar. Que me voy a mentar madre. Que voy a hacer nuevos amigos. Que me voy a desvelar. Que voy a pelear. Que voy a beber. Que voy a echar carro en el trabajo. Que no voy a leer. No voy a hacer ejercicio. Voy a engordar y a perder plata entre apuestas y comida para llevar. Y hasta voy a bailar.

Y no paro de pensar, por más coloquial y trillado que suene, “el mundial sí es de pinga. Por fin llegó.”

Nota: mi equipo era Argentina, pero no soporto a Maradona así que voy por España. Pero sé que cuando juegue la albiceleste no me voy a aguantar. Y voy a terminar toda barra brava. Me conozco.