lunes, 7 de junio de 2010

Mi Primer Sermón


El otro día mientras regañé a mi sobrino. Me encontré diciéndole cosas como.
- Es que ustedes no piensan las cosas.
- ¿Cómo se te ocurre a ti que nadie se iba a dar cuenta?
- Tienes que tomar responsabilidad por tus acciones.
- No puedo creer el descaro.

Además la cosa se extendió. No era la primera vez que lo regañaba. Pero si era mi primer sermón. Y por supuesto fue largo.

La verdad es que regañar es un fastidio. Porque aunque tu conciencia de adulto te dice que tienes razón, la verdad es que te sientes culpable. Y peor. Te sientes una “persona grande.”

Entonces empecé a recordar esos sermones interminables que me daba mi mamá. Duraban horas. O lo que yo sentía que eran horas. Ella repetía lo mismo y yo, después de que pasaba el susto de haber sido cachada, y bajaba la adrenalina que avisaba “aquí viene el regaño” me desconectaba. Torcía los ojos al mejor estilo adolescente.

La verdad es que el sermón adolescente es de esas cosas que uno desprecia totalmente en su momento. Juras que es algo que sólo te está pasando a ti. Que más nadie sobre la Tierra tiene el infortunio de contar con unos padres que se extienden interminablemente sobre un tema.

Lo irónico es que llega un momento en la vida en que empiezas a repetir el sermón. En que aquello que te decían tus padres, se convierte casi en un mantra. Cosas como, “mi mamá siempre decía que lo cortés no quita lo valiente.” Eso lo escuchaste el día que fuiste grosera por algo. El día que la llamaron del colegio porque tuviste un pleito y te defendiste de mala manera. Y te tocó tu sermón. Y ese día aprendiste a ser alguien decente. Aunque en ese momento no tenías la menor idea.

Recuerdo una vez, cuando tenía catorce años, tuve un novio del que me enamoré perdidamente. Era uno de esos amores adolescentes. Grave. Y como suele pasar, caímos en crisis y terminamos.

En medio de aquel tormento, escuché a la que entonces era mi mejor amiga, hablando de mí y de mi exnovio con otra niña. Por supuesto que lo que hice fue descargar mi rabia contra ella. No le podía perdonar el hecho de que no me hubiera dicho esas cosas en mi cara.

El lío fue de pronóstico. De esos líos totalmente adolescentes, y para más colmo femeninos. Escribimos sendas cartas en páginas arrancadas de cuadernos. Cartas que eran totalmente incoherentes. Sin comas. Ni puntos. Sin un principio. Ni un fin claro. Casi en código. Con cosas totalmente contundentes. Como las que uno se dice a esa edad. Cosas como:

“Yo jamás había tenido una amiga como tú y destruiste esa amistad con tu mentira y no sé si jamás te lo podré perdonar. Eras la persona en la que más confiaba en el mundo y eso ahora jamás volverá a ser así. Yo pensaba que tú entendías lo que estaba sintiendo y estabas de mi lado, y sin embargo fuiste capaz de herirme de esa manera…”

Si Lupita Ferrer lo hubiese leído en voz alta, le hubiese venido como anillo al dedo. Todo aquello sucedió en un internado. Mi mamá me llamaba prácticamente todos los días. Cuando me llamó esa noche y me preguntó qué me pasaba nada más escuchar mi voz. Le eché el cuento.

- Es que Cecilia habló mal de mí.
- ¿Sí? – Me dijo. – Y ¿Cómo sabes?
- Bueno. Porque la escuché detrás de la puerta.
- Ah. Muy bonito. Eso te pasa por andarte parando detrás de las puertas a escuchar las conversaciones ajenas.

Por supuesto que eventualmente llegamos al tema de: “Te dije que esa niñita no me gustaba. Donde yo pongo el ojo pongo la bala. Cuando tu mamá te dice que alguien no le gusta más vale que le pares.” Pero antes de eso vino todo un sermón.

El sermón fue de cómo uno no debe andar por ahí escuchando conversas a las que no ha sido invitado. Que realmente ojos que no ven, corazón que no siente. Que uno no tiene que estar por ahí espiando la verdad, pues muchas veces pasan las cosas que no quieres que pasen. Que en el fondo, no te tienes que pararte detrás de una puerta para darte cuenta quién es una buena, y quién es una mala persona. Que esas cosas se ven a simple vista.

Y la verdad es que no en ese mismo momento. Pero con el paso del tiempo esa amistad se acabó. Porque me fui dando cuenta que esa Cecilia no era ni buena amiga, ni buena persona. Y no me hizo falta esconderme detrás de una puerta. Mi mamá tenía razón.

Y tenía razón porque hoy en día si prendo la compu y se me abre el mail de mi esposo lo cierro. No tengo por qué estar hurgando en sus cosas. Ni en las de él. Ni en las de nadie. Si algún día creo que me esconde algo. O si necesito una respuesta de alguien que quiero, la busco de frente. Y de hecho, si siento que no puedo confiar en la palabra de una persona, entonces la saco de mi vida. Porque la verdad es que lo uno escucha detrás de las puertas, generalmente trae más amarguras que otra cosa.

Y como dice mi mamá, la vida es demasiado complicada por sí sola, para encima ir buscando los problemas por ahí.

Jamás me imaginé que un día realmente daría yo un sermón. Jamás me imaginé que esa táctica tan despreciada y tan aburrida daría resultado. Me ayudaría a convertirme en la persona que soy. Jamás me paré a pensar, que cuando mis papás me hablaban no eran solo palabras, sino que lo que me decían estaba basado en su forma de actuar. Jamás pensé que yo misma iba a sermonear a alguien. Definitivamente para todo hay una primera vez.

3 comentarios:

Ira Vergani dijo...

jajajaja y deja que empieces con Clarissa! Mi único consejo, que no siempre logro aplicar, es keep it short. Dicen los expertos que después del primer minuto los chamos lo que oyen es wawawawawawahhh.

Manuela Zárate dijo...

Jajaj. Total. Como la maestra de Charlie Brown. Qué te puedo decir. Pero uno se extiende. Dígame mi mamá que hasta le meteía metáforas y analogías.
Un horror.

Coraline dijo...

awww es una etapa de la vida! eso quiere decir q estás creciendo! porque no, nunca dejamos de crecer =) (que no es lo mismo que envejecer)