jueves, 17 de junio de 2010

Una Excusa. Auxilio. Socorro.


Una de las cosas que viene con el ADN Venezolano, además de la capacidad de hacer chistes aún ante la situación más negra, es el arte de inventar excusas. Uno lo aprende chiquitico en el colegio, de la maestra que falta, y no sólo le mete el cuento a la directora y a la suplente, sino que pasa un buen rato explicándole a su salón de kinder, el rollo que tuvo con la operación de la mamá, que para más colmo se quedó sin carro, por su casa no pasan camionetas, se quedó sin efectivo para el taxi y como encima le llovió, tuvo que faltar dos días al colegio.

Los venezolanos no es que utilizamos las excusas. Las contamos. Las actuamos. Las adornamos. Las vivimos. Al punto que deberíamos pedir un premio de la Academia a la Mejor Excusa Extranjera porque nos llevaríamos el galardón todos los años sin lugar a dudas.

Dígame plomeros, electricistas y obreros. Son unos expertos en prometer: Sí, yo paso mañana seguro. Y a la semana cuando por fin aparecen, aquello es un monólogo que ni las Cartas de la Monja Portuguesa.

“No amiga, es que lo que pasa es que estaba con un cliente, que tuvo un problemón. Tenía tres meses tratando de arreglarle una tubería y por fin encontré la pieza que le faltaba. Además que encima no sabes, la hija mía no tiene pasaporte y tuve que ir a sacar unos timbres fiscales que ahora hacen falta para sacar el pasaporte. Y no bueno…aquello fue…”

Y uno también es así. Uno tiene sus excusas trabajadas y contadas. Lo nuestro llegó al punto que Juan yo creamos un personaje ficticio. La tía Raquel Mosquera.

La tía Raquel Mosquera vio la luz del día por aquello de que no es justo con la abuela de uno estarla matando todo el tiempo. Además, que nunca está de más el ocioso que es amigo de una tía tuya y sabe que tu abuela se murió hace doce años. Entonces, quedas mal, muy mal, porque encima de mentirosa, le pegas, no a tu familia, sino a la matriarca por excelencia. La madre de tu madre.

En cambio, con la tía Raquel Mosquera es perfecto. La palabra tía da para todo. Si es alguien que conoce a tus papás y te sale con que “ay yo no sabía que tu mami tenía una hermana que se llamaba Raquel.” Entonces tú puedes decir, “lo que pasa es que Raquel era amiga de mi abuela de toda la vida y siempre le dijimos tía.” O en su defecto dices que era amiga de tus papás. Hasta da para decir que fue tu maestra de recorte y pega, a la que te pegaste tanto, que le empezaste a decir tía.

Además de que Raquel Mosquera es un nombre un tanto intimidante. Suena a vieja vestida de camisas estampadas, pelo negro en moño, que se molesta enormemente si uno dice groserías, y si uno llega tarde. Es la propia vieja que así esté viuda pone la mesa completa para comer. Siempre come fruta después de la comida. Ve Alo Ciudadano y habla sola con Leopoldo Castillo; y llueve, truene o relampagueé está los jueves en la peluquería en donde la saludan con un “buenas tardes señora Mosquera. ¿Cómo me le va?”

La Tía Raquel es la excusa perfecta. Cumple años varias veces al año. Hace cenas, despedidas de soltera, baby showers. Se ha muerto. Ha enviudado. Ha tenido nietos. Accidentes. Aniversarios. Hasta creo que una vez publicó un poemario: “oye no voy a llegar, es que esta noche van a publicar el poemario de mi tía Raquel Mosquera y no puedo faltar. Me mata.”

Además, las celebraciones y demás actos de la tía Raquel son siempre chiquiticos. Muy íntimos. Se le dice nada más a unos cuantos miembros de la familia, y hay algunos que no se enteraron porque ella no quiso y tú añades, “no, y cuando se sepa, seguro se prende un rollo. Pero es que la tía Raquel es así.”

Pero, como todo en esta vida hay momentos en los que Raquel Mosquera no te puede ayudar. Son pocos, porque hasta para terminar con un novio ha servido, pero existen al fin, momentos como este.

Resulta que mi mamá llega hoy y me dice:

- ¿Cuándo es que te vas?
- El 15 de Julio – Contesto yo.
- Perfecto – Contesta, mientras que yo pienso “oh fuck, algo oscuro se avecina y no es protector negro.”
- Entonces te da chance para el taller de Los Astros y el Aspaviento Universal. Es Meditación Shalalá. – No era eso, pero algo así.

Yo de milagro hago yoga. Es decir, la hago porque no tengo que hablar con nadie y me gustan los movimientos. Pero jamás he podido meditar, a menos que me estén haciendo un masaje. No creo mucho en eso de los astros, me río de los horóscopos. Un taller, y encima de meditación, no va conmigo.

Mi instinto es contestarle: “Ni de vaina frootie loopies.” Pero mi mamá se me queda viendo como quien le dice a un parquero “porfa déjame estacionar aquí cinco minutos, ande señor, le juro que no me voy a tardar y le regalo un cafecito.” No pude decir nada. Entonces ella me dijo, “piénsalo.”

Pero ya sabemos lo que son los piénsalos de las mamás. Son clave para “si me dices que no, voy a poner ojitos de vaca cagona y a declarar que ya no me quieres.” No hay nada más manipulador que una madre.

Así que tengo que inventar una excusa. Pero una excusa a lo Raquel Mosquera. Sólo que no puede ser Raquel Mosquera, porque mi mamá sabe de ella. No puede ser nada que ella pueda comprobar. Porque las mamás, lo sé, tienen un radar especial. Sé que lo tienen porque aunque mi hija tiene diez meses yo lo tengo.

Hasta ahora no se me ocurre nada. Claro que en una emergencia podría aplicar una de los ocho años, y el primer día del taller, haciendo un puchero, poniendo los ojos chinitos y encorvando la espalda decirle: “mami, me siento mal.” Pero mi mamá es de las que te dice qué sientes y todo lo trata de resolver. Si no hay sangre, o cantidades importantes de vómito, la consigna es pepa y aguantoformo.

Sí. Esa no me va a servir. Podría echarle la culpa al taller de Roberto Mata. Decir que me pusieron una tarea. Podría decirle que me quiero quedar con Clarissa. Podría decirle que estoy estresada. Podría inventar otro taller. Podría Dios…¿qué más podría? Tanto escribir inventando vainas para que a la hora de la verdad no se me ocurra nada. Auxilio. Ayúdeme. Ahora si es verdad que necesito un plomero.