domingo, 18 de julio de 2010

Llegando


Nada como tener un bebé en las piernas y sentir un líquido caliente que te rosa las piernas. El pañal que cede y uno que se jode. Y cuando esto pasa en un avión, la aventura es mejor todavía. Menos mal que ya estábamos por aterrizar. Mi pantalón olía tan mal que por un momento empecé a dudar si no habría sido yo realmente la que se hizo. Pero no. Aunque así me sentía. Chorreada. Frente a una experiencia que me exige tanto. Mucho más de lo que parece. Cosa que me lleva a pensar al final las cosas nunca son tan graves como parecen, pero a la vez son mucho más graves de lo que se ve por encima.


Llegué a esta ciudad. Un poco cansada. El tráfico es infernal. Nos tomó un buen rato llegar al centro, donde nos vamos a quedar. Viernes, pero parecía como domingo. O yo me sentía como domingo. No sé por qué. A lo mejor era el cansancio. Un tanto extraño.


Se siente como que los días están cuajando. Todavía no sé reconocerlos. Me doy cuenta que cuando uno tiene una rutina no necesita verificar casi nunca si es martes, o jueves. Uno reconoce los días. Cada uno tiene su aire su sensación, su forma particular de identificarse. Es uno el que a veces tiene la brújula mal puesta y no sabe reconocerlos. Así me siento yo.


Estoy lejos. Aquí el horario es completamente distinto. Y tanto bebé como mamá estamos todavía un poco desorientadas. Aunque duermo de noche, me la paso con sueño. Es posible que sea el calor, aunque no me quejo la temperatura es divina. Anoche dormí con la ventana abierta y en la mitad tuve que arroparme.


La gente está abarrotada en las calles. Aquí el plan es salir. Salir a toda hora. A cualquier parte. Estar afuera. Aquí el aire es libre. Entonces es cuando me doy cuenta de que hemos vivido mucho tiempo en nuestras propias prisiones. Porque siento que es un privilegio poder caminar por la calle. Y me provoca decírselo a la gente. Qué maravilla es poder moverte a dónde quieras con tus propios pies. Son un vehículo.


Un vehículo que yo tenía tiempo sin usar en la Ciudad de la Furia. Ciudad de las aceras malditas, en las que si no joden de abajo, te joden de frente, y hasta de arriba. He caminado entre y ayer hoy más de una decena de kilómetros. Entre cuatro y seis horas. Mis pies lo han sentido.


Me metí en el cine a ver Toy Story 3. Los lentes 3D olían a pajarera. Los limpié con una toalla que olía al alcohol. Aún así no pudieron con la pajarera. Eran los lentes o era la muchacha que tenía al lado. Toy Story 3. Me gustó. Pero de verdad, Disney le encanta jugar con uno y hacer como que las comiquitas son la cosa más inofensiva del mundo cuando de verdad te están volviendo mierda. Porque sólo a ellos se les ocurre hacerte reír con una película en la que el Oso de Peluche que huele a Fresa es un hijo de puta que quiere joder a todo el mundo porque no puede con su resentimiento. Y el Ken. Bueno, el Ken es un metrosexual que está al borde de convertirse no en marico, sino en una loca perdida. No que eso tenga nada malo. Pero coño. ¿Disney? ¿En serio?


Hoy es domingo. El silencio es del más allá. Es algo que no se puede explicar. No hay carros. Solo gente. Y todo esto me recuerda que mañana es lunes. Y mañana tengo que arrancar. Aunque ya escribí algo, a partir de mañana tengo que ir armando una rutina para no perder el tiempo. Tengo también que hacer arreglos de casa. Estoy empezando por cambiar bombillos.


Por ahora me voy. Sigo con mi paseo. Vueltas de reconocimiento y observación. Tal vez algo de lectura. Y quizás cine. O a lo mejor me acueste temprano. No me vendría mal. Aunque el sueño no se recupera, el que tengo atrasado me está pasando factura.


Seguiremos informando.

2 comentarios:

Ira Vergani dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Coraline dijo...

sigo en ascuas pero te seguiré leyendo para enterarme en qué andas. por lo pronto no me queda más q desearte muchísimo éxito con este proyecto y en esta etapa de tu vida.