martes, 13 de julio de 2010

Me Estoy Riendo



ME ESTOY RIENDO. Es el cartel que una amiga de mi mamá se va a poner en la cabeza, cuando quiera hacerle a alguien la gracia de reírse por su chiste. No es ningún problema fisiológico, menos mal. Es una visita de más, o mejor dicho unas cuantas visitas de más, a un cirujano plástico, que con todo corazón, ha debido decirle, amiga, a veces menos es más.

Pero no. El hombre operó a mansalva. Estiró. Levantó. Succionó. Sacó grasa de lugares que se pueden esconder para inyectarlos lo más cerca posible entre Angelina Jolie y Linda Evangelista. Cortó. Hizo peeling. Inyectó. Drenó. En varias, y estoy segura, que muy dolorosas sesiones en las que se vieron involucradas importantes cantidades de anestesia.

El resultado fue. Y lamento decirlo. Una mezcla entre una caricatura de Rayma y el Pulpo Paul. De verdad que a penas la vi, lo primero que me pasó por la mente fue: ¿Esa cosa habla? Acto seguido intenté actuar lo más disimulado posible, sin escrutar la cara, intentando ver algún rasgo de lo que había sido esta persona anteriormente, o algún tatuaje de experimentos de V Invasión Extra-terrestre.

Nos pusimos a hablar y confieso que la cosa era todavía peor. Aquella boca de pez sapo se movía hacia arriba y hacia abajo, y entonces yo recordaba el sketch de la televisión ochentosa, en los que ponían la cara de un político y sólo se movía la boca.

Me fui y me quedé desconcertada. Todo el camino a mi casa me la pasé pensando en cirugía, en envejecer, en si llegará un momento en el que avergonzada por las arrugas y la carrera contra el tiempo, queriendo verme siempre más joven, agarraré yo también y me convertiré en la Tía Maigualida de Terminator.

¿Qué pasa con las mujeres que nos deformamos así? No es que esté en contra de las cirugías estéticas. Para nada. Yo creo que en eso también aplica el dicho de Joan Rivers: “Si lo tienes y funciona. Úsalo.” Es más, confieso que algún día voy a decir “Basta de parecer la protagonista de La Teta Espichada.” Y me voy a repotenciar.

Una de mis mejores amigas se arregló su nariz y quedó bellísima. Por supuesto que le ofrecieron levantarle el culo, liposuccionarla, subirle los pómulos, arquearle las cejas, ponerle extensiones de pelo, inyectarle los labios, y me imagino que algo que tuviese que ver con el ombligo y las orejas. Pero ella dijo, no gracias amigo, entre otras cosas, pagar esta operación me costó unos cuantos meses de trabajo.

El único que realmente le pudieron poner la cara de otra persona fue a John Travolta cuando se convirtió en Nicolas Cage en aquella película que se llamaba Face Off. De resto, ni que venga Rodin te van a poder esculpir como las otras mujeres.

Sin embargo me impresiona. Me impresiona cómo nos pega el canon de belleza que nos imponen revistas y modelos. Me impresiona ver que las amiguitas de mi sobrina son todas, en general, mucho más flacas de lo que fuimos nosotras. Me impresiona ver cómo nos hemos convertido en una sociedad en la que si no estás que das pena y en los huesos, no te sientes bien, porque no te pareces a la revista, que dicho sea de paso, fue photoshopeada, porque se los dice la voz de la experiencia, es imposible tener culo grande, sin comer. Me impresiona, que las amigas de mi mamá que eran unas mujeres bellísimas ahora no tienen expresión.


Por alguna razón no se nos permite querer nuestros cuerpos. Es como si lo natural fuese hacerles la guerra. Lo natural es irte a un gimnasio a levantar pesas hasta que se te lesione la espalda a fin de acabar con el pellejito que te guinda cuando dices adiós. Y ni hablar de lo que pasa cuando uno tiene celulitis.

Recuerdo que no hace mucho fui a un spa y me hicieron uno de estos “estudios” en los que te dicen todo lo feo que tienes. Entre las cosas que “me encontraron” estaba por supuesto la celulitis. Acto seguido me recomendaron unos masajes. Yo feliz. No hay nada más sabroso que un masaje. Por un momento pensé, Dios decidió adelantarnos el paraíso con un masaje que cura la celulitis.

Me monté en la camilla y acto seguido lo que siguió fue la tortura por alguien que en otra vida seguramente formó parte del ejército de Genghis Khan. Eso fue literalmente una golpiza, con un aparato negro además. A los pocos segundos le dije: Amiga, apaga eso. Si hay que sufrir así para no tener celulitis, pues yo me quedó con mis piernas como están. He vivido así casi treinta y un años, lo puedo hacer unos tantos más. Acto seguido me ofrecieron terapia de electroshock a la grasa. Cosa que después de dos corrientazos también decliné pensando, que eso era lo que le hacían a los locos en los manicomios de antes, y que mi locura por la grasa, al menos por ahora, está superada.

El spa estaba lleno de mujeres apretando labios y dientes mientras las torturadoras le deban a la máquina. No las juzgo. Si eso te hace sentir más segura a la hora de quitarte el pareo en la playa. Pichón. Pero mi pregunta es ¿Por qué? ¿Por qué nos hacemos eso? Los gringos dicen que “pain is a sign to stop” (el dolor es señal que debes parar.) Pero pareciera, que en el caso de las mujeres y nuestra relación con el físico es todo lo contrario. El dolor es la señal de que hay que seguirle dando. Incluso hay quien dice que si te duele es porque está funcionado. Excluyendo el dolor de cuando haces ejercicio, yo creo que debería ser todo lo contrario.

Y en general, vivimos en una sociedad en la que se nos enseña a resaltar lo malo que tenemos. Si es negativo lo puedes decir sin tapujo. Es que yo soy muy bajita. Es que yo soy despistada. Es que yo no entiendo nada porque soy medio bruta. Nada de decir, es que yo soy buenísima haciendo esto, es que yo creo que tengo talento para los deportes, es que yo soy inteligente, es que yo amo mi diente un poquito torcido, porque es como mi firma. Algo que sólo tengo yo.

Mientras más paso las páginas de revistas me doy cuenta que hay una sola imagen ahí, aceptada como belleza. Y no es por hippie, de verdad que no. Pero yo no pienso aceptar que solamente 90-60-90, pelo liso perfecto, piel de durazo (photoshopeada además), labios gruesos, cejas delineadas a la perfección, piernas de 1,10m y un color de piel estilo la franela del equipo de Holanda, son lo único que puede ser considerado bello. Bello hasta el punto de que las mujeres de hoy se agarran la cara y se meten en una especie de procesador de alimentos en que las cuchillas lo deforman todo.

Al final del día, no hay cuchilla que detenga el paso del tiempo. No hay cirujano que te pueda arrancar los años. Más bien puede hacer que se te noten de otra forma. Ni siquiera las actrices de Hollywood, incluía Sarah Jessica Parker que me encanta, les queda bien. En las promociones de la última película de Sex and the City parece un hombre que se quiso parecer a Carrie Bradshaw. Hasta rabia me dio. Dígame Jennifer Aniston. Otra que se deformó. Y todas estas mujeres son bellísimas o eran bellísimas. Lo más irónico del caso, es que toda la cirugía no borra el paso del tiempo, más bien lo afirma, como cuando borras mal y ensucias el papel dejando un manchón negro.

El paso del tiempo es inevitable. Me recuerda cuando me divorcié a los veinticinco y me di cuenta de todo el tiempo que había perdido. De todo lo que no hice. Pero ya esas etapas habían pasado. No tenía sentido empezar a vivir como de diez y ocho, pues ya no los tenía.

En todo caso, de vez en cuando me miro al espejo y me da cosa. Si bien no me puedo quejar, no puedo borrar las huellas de la maternidad. Y no quiero hacerlo. Sí. Tengo algunas estrías en la barriga, pero estoy lejos de sentirme fea por eso, o de dejar de usar bikini. Al contrario, soy una mamá orgullosa. Y si algún día me provoca quitarlas, las quitaré. Sólo espero que no me entre la crisis de acuchillarme por todos lados. Odiaría tener que andar por la vida con el letrero de ME ESTOY RIENDO. Y menos con la bocota que tengo yo.


PD.: Y eso que no hablamos de Michael Jackson.

2 comentarios:

Ora dijo...

Te apoyo en esto Manu. Ahorita ando en una de deportista. Regrese al gimnasio y estoy durmiendo, otra vez, de maravilla y sin valeriana. Le estoy pagando a un entrenador, más que todo porque tengo hernia discal y el muchacho es fisioterapeuta (más vale prevenir). Su trabajo es dirigir en los ejercicios y chequear que los haga correctamente. Otra parte de su trabajo es dar ánimos con cosas como: "en un mes te pongo buena", "en un mes eres una miss". Yo lo dejo que sea feliz, pero miro a mi alrededor las otras mujeres que entrenan con él y que llevan muchísimo más tiempo que yo y ninguna es una miss. A mi no me engañan, quiero sentirme mejor y que los 30 me agarren en forma pero no sueño con que en un mes voy a ser el clon de Angelina. Yo soy realista y afortunadamente mi autoestima está donde debe, quiero ser yo, en forma. Punto.

Manuela Zárate dijo...

Oraaa! Jajaj. Qué bueno. Sí, la verdad que cuando uno lo hace porque quiere, porque te sientes bien, es lo máximo. El ejercicio es necesario,pero como dices tú, sin caerte a mojones. Totalmente, si pones toda tu autoestima en eso eventualmente te das un golpe duro.