miércoles, 11 de agosto de 2010

Desde el Puente

Esta ciudad tiene un río y por ende varios puentes. Algunos que son dignos de enamorarse de ellos, aunque una vez un taxista me dijo que uno no se enamora de un puente. El que a mí me gusta es muy sencillo, no tiene nada del otro mundo salvo un significado y una historia que hay que googlear, y una estructura que te hace sentir el viento por todos lados cuando sopla. Te despeina. Te vuelve a peinar. Y cuando llegas a tu casa y te ves en el espejo, te ríes y te recuerdas de aquellas muñecas desgreñadas cuya melena era una lástima.


Este puente es una cosa de día y otra de noche. Yo voy generalmente de día, suelto a mi hija que empieza a practicar el hermoso arte de caminar y va dando tumbos sobre los listones de madera que dejan ver el río abajo, cosa que a veces da algo de susto. Me pongo a tomar fotos de algunos de los personajes que están allí. Me doy cuenta que aquí la gente es más abierta de lo que parece. Muy pocos me han dicho que no.


De hecho algunos me han preguntado qué voy a hacer con la foto. Les digo que nada. Que es para mi trabajo artístico personal. Entonces me dicen que claro que quieren dejarse tomar la foto, y eso me emociona, porque se siente sabroso cuando alguien quiere participar en tu sueño. Así como todo el que lee esta página y deja su comentario participa en mi sueño de ser escritora. Es algo que no olvido. Que siempre llevo presente.


El otro día decidí irme de noche al puente. De noche el puente es como otro mundo, está lleno de gente, pero tan lleno de gente que casi no puedes caminar. Están sentados en el piso, con mantas y sábanas haciendo pic-nic. Se supone, o al menos yo tenía entendido que aquí no se podía tomar alcohol en la calle. Pareciera no importar porque ves cerveza, vino, champaña, mucho líquido rosado.


Tienen papitas, y cositas de picar, pepinos y jamones. La otra noche había incluso un grupo como de ocho personas en el que dos tocaban guitarra, tuve ganas de quedarme escuchando pero seguí. Más allá en uno un poco más grande un hombre tocaba el saxofón. En eso llegó una pareja, de esa bellas, el hombre guapísimo y la mujer delgadita con un coche y un bebé, El saxo paró para recibirlos como uno recibe a los amigos que acaban de ser padres y se aventuran a salir por primera vez. Con "Eeeeeeeesss" y "Aaaaasss" y "Paaapáaaa!" por la cara de ella se notaba que estaba nerviosa y que eran los amigos de él.


La verdad es que el ser humano es igual en todas partes, sólo que con distintas facciones, y distintas costumbres. Unos toman café en ponchera de plástico, otros en tacita de vidrio, algunos con leche en polvo porque no hay de otra. Unos se sientan a ver la gente pasar, otros se sientan a ver a la gente de forma disimulada y hablar de ellos. Catires. Negritos. Bajitos. Gordos. Ruidosos. Callados. Apretujados. Pero al final todos somos iguales, y habla muy mal del ser humano que haya tenido que haber una declaración universal que nos lo recordara, si nuestro comportamiento lo dice todo.


Otra cosa que me encanta hacer y que Clarissa también disfruta como una enana es ir al parque. A veces pareciera que estoy haciendo un trabajo sobre parques y jardines de esta ciudad. Esta ciudad tiene un parque y un jardín en cada esquina. Algunos se ven desde lejos, sobre todo por lo alto de los árboles, otros te los encuentras caminando por una calle y de repente allí está. Boom. Un parque. Un jardín. Como un cuadro. Con flores, con grama perfecta y con parejas que se hablan sobre mantas, con todo el recato y con todo el respeto hacia el romanticismo, no hacen nada más allá de lo netamente rosado.


Pero los parques para muchos son un espacio para ir a descansar la amargura. Como para los mendigos que duermen sobre los bancos. Los desesperados que no tienen a dónde ir. Los solitarios. Los confundidos. Los que buscan un pedazo de naturaleza en medio de el bosque de lluvia ácida que es la ciudad. Como si en lo verde aún hubiera una prueba de que Dios existe, porque la vida urbana es tan dura que a veces parece que si Dios existe está enfermo o algo así. Me imagino que también se arropan en la esperanza que da la risa de los niños que gritan a todo pulmón.


Estaba en uno de esos parques, comíamos un chawarma con papitas fritas que habíamos comprando en una calle que lleva un nombre que no puedo decir, pero bien se podría llamar Calle del Chawarma con Papitas Fritas. A veces me provoca preguntarle a alguno de los dueños "¿Por qué pusiste tu negocio de chawarma con papitas fritas, al lado de este otro negocio de chawarma con papitas fritas, frente a otro negocio de chawarma con papitas fritas, que también está al lado de un negocio de chawarma con papitas fritas?". Cualquiera de los MBA´s que a diario visitan esta ciudad te hubieran dicho que no lo hicieras. Pero la verdad es que todos están full.


Le estábamos dando papitas a las palomas, cosa que vuelve loca a Clarissa (les dice Cata por cierto, Cata es la perra, se resiste a llamarlas pío pío y reconocer que paloma y perro son distintos, algo sabe de la vida desde ya, le digo a mi esposo, que me dice, sí coñoelamadre, pensando en el futuro cuando le tengamos que ver el corazón roto en los ojos, porque del mal de amores no escapa nadie.) Aquí las palomas son muy osadas. Yo juraba que en cualquier momento me picoteaban un pie. No le tienen miedo a uno. Tan hartas están de ver gente en sus plazas.


Mi esposo dice que son ratas con plumas, y eso estábamos discutiendo cuando nos llega desde lejos un sonido de voz alterado diciendo: "estoy harta...no...no vale la pena...no te veo nunca. No! Que no! No vale la pena...nunca estás, nunca te veo. Estoy harta de tu teléfono... no vale la pena...no, déjalo de ese tamaño...no, y a tu edad da vergüenza...no, de verdad, no vale la pena..." Era una mujer, con un acento raro y algunas palabras no logré entender bien, pero no era el típico acento con que habla la gente de aquí, a veces parecía que soltaba palabras en uno de esos idiomas que uno jamás podría reconocer. Era muy alta y había escogido el banco más retirado del parque para gritarse vía celular con el novio, o ex a estas alturas.


Las quejas eran esas y ya. Lo típico, un novio, de cierta edad que nunca estaba, que seguro le decía mentiras, que la mantenía en vilo, que le decía que iba a aparecer y después no aparecía, que pasaba días sin llamar. Cualquier parecido con algo que uno haya vivido es lo más normal. Otra muestras más de que aquí y en china con distintas costumbres somos iguales. A uno le cuesta y el otro se queda pegado. No sé si la justicia es ciega, pero el amor no tiene la más puta idea de lo que son las razas ni las nacionalidades, ni falta que le hace, ni le importa. Jode igualito.


Mi teoría era que iban a terminar, la de mi esposo era que no, que la mujer estaba haciendo eso para que el hombre se le apareciera ahí, que lo estaba haciendo jalar, pero que ya lo había perdonado. Él dice que cuando una mujer termina, simplemente lo dice y cuelga, que cuando habla y habla es porque no se ha decidido a dejarlo. Tiene razón, cuando una mujer toma una decisión es tajante y no da marcha atrás.


Después nos pusimos a caminar al borde del río, y le pregunté a mi esposo, ¿qué crees que te pase si te lanzas de aquel puente para abajo? Barajamos varias posibilidades, arresto, chancro blanco, pegoste, arrastre de la corriente. ¿Muerte? Poco probable. Él dice que los puentes de esa ciudad no tienen ni diez metros. Yo resistí mi impulso, porque el río es sucio, pero me encantaría decir que alguna vez nadé en él, o mejor aún responder que sí a la pregunta ¿alguna vez te tiraste de un puente?

4 comentarios:

Ro dijo...

Estas en París, creo que por la descripción del río y los puentes hablas del río Sena.

Ro dijo...

se me olvido por un segundo yo también creo que las palomas son ratas con alas, aquí en Melbourne no le tienen miedo a nada, tanto que sino estas pendiente te roban la comida así, la tengas en la mano y adicionalmente nunca las había visto tan confianzudas ellas te sacan la basuras de los pipotes para ver si hay algo de comida para ellas, por eso en los lugares como parques o plazas hay letreros bien grandes donde te advierten que por darle de comer a las palomas te podrían dar una multa hasta de 200$ y así evitar que se queden a vivir en estos sitios

Art Vandelay dijo...

lQue buenos posts y que buena ciudad sea cual sea, estas escribiendo una novela? No se lo que estas haciendo y llevaba mucho tiempo sin leerte pero me alegra re encontrarte en un momento tan bueno del blog.

Ora dijo...

Me encantó este post.