jueves, 2 de septiembre de 2010

FICCIONES II - Ojos de Boxer Triste

Imagino que llego al lugar convenido y te pregunto aunque sé la respuesta, ¿tú eres el dueño del boxer? Y tú me dices, sí, pero no es "el" boxer, es "la" boxer tiene tres años y se llama Sasha. Sasha está sentada con esa mirada triste de boxer, esperando a que le digan qué tiene que hacer. Hace ese juego de miradas que hacen los perros. Me mira. Te mira. Mira para otro lado. Como queriendo disimular pero sin poder lograrlo. Sasha está preocupada, se huele que me la voy a llevar. Su pregunta es clave ¿Y esta quién es?

Sasha tiene la piel atigrada, como si su tatarabuelo hubiese sido uno de esos grandes gatos del África. Su boca es de mono, como si tuviese primos que viven en algún árbol quién sabe dónde. Tiene las uñas largas, ha de tener a la pereza por ahí metida en uno de sus genes, no recuerdo otras uñas tan largas como esas, salvo en una pereza que una vez encontré en el jardín de mi casa. Ambos la vemos en silencio, sintiendo algo de lástima por ella.

¿Y por qué es que ya no la quieres? Te pregunto.

Empiezas por una mueca, como si estuvieras algo renuente a echar el cuento. Te imagino medio raro. Barbudo. Con una mirada entre perdida y lúcida. Tienes camisa azul y pantalones claros, tienes pinta de fotógrafo, de comunicador. Me vas contando que en tu casa son no sé cuántos hermanos, que tu papá trabaja todo el día, que la muchacha amenazó, si esa bestia sigue cagando como elefante yo me voy, que tú estás fajado en la universidad, que no tienes tiempo, que en realidad Sasha es como si no tuviera dueño, que le entran ataques de celos, que destrozó unos cojines que tu mamá había comprado y tu papá casi se muere, mientras omites el paradero de tu mamá que yo adivino que yo sé que es trágico, yo sigo tratando de adivinar qué eres. Qué haces.

¿Y qué estudias tú? Tercer año de Comunicación Social. Lo sabía. Pelito negro, barbita, pantalón con cuatrocientos bolsillos, por ahí van los tiros. ¿Y escalas también carajito? Te ríes como nervioso. ¿Lo dices por las botas, carajita-tú? Me imagino que eres un resabido y un revirado. Sí, lo digo por las botas Columbia, y me les quedo viendo, te ríes de tus botas conmigo, esas botas que nada pegan a pleno sol, en pleno San Ignacio, en plena Caracas, en pleno miércoles que seguro te estará reclamando el no estar en clase o estudiando. Dejamos de hablar de Sasha. Sasha se echa al lado de nosotros y suspira, cómo que este par de idiotas se van a tardar.

¿Te has puesto a pensar alguna vez porque la gente en esta ciudad no usa más shores y cholas? Te quedas pensando un rato y después sueltas, porque la chola la tenemos en la cabeza. Ah, es verdad, a veces se me olvida y me la trato de poner en el pie. ¿Y tú cuántos años tienes?

No seas impertinente carajito, ¿a ti nadie te ha dicho que eso no se le pregunta a una dama? Tú no tienes cara de dama. Imagino que finjo indignación, pero sé por dónde crees que vienes, ¿Perdón?! Como que te vas a regresar a tu casa con tu perra y con un coñazo. Sigues azuzando y dices, me estás dando la razón. Pongo los brazos en jarra, mira mijo...

No me mijeés, tú también tienes cara de carajita, mayor que yo tal vez, y ciertamente actúas como si quisieras dártela de amiga de mi tía, pero vieja, lo que se dice una vieja no eres. Saca la cédula para verla.

Me imagino que te saco mi cédula. Yo estoy bien orgullosa de mi cédula. Me la saqué tres veces hasta que me gustó como quedó. Le saqué tres fotocopias, las plastifiqué y no uso la original, una cuestión de sentido común. Siempre he pensado que la razón por la que empezaron a hacer cédulas de tan mala calidad fue para facilitarle a uno la sacada de las copias. El pelo me cae en cascadas, los cachetes rosaditos, una sonrisota pepsodent. Tú no ves la foto. ¿Qué coño te pasa? Andas pendiente de la fecha. Lo dices como el médico que diagnostica a su paciente, eres tres años mayor que yo. Bueno, respeta a tus mayores, qué frase tan de primaria, ahora soy yo la que está nerviosa.

Bueno mija, ¿quieres la perra o no? Hago una mueca, no sé. Déjame ver. Me agacho y le hago cariño. Pienso, me gustaría decirle a este pana la verdad. ¿Se la digo? Sería algo como, yo vine a buscar esta perra porque estoy enamorada de tu hermano, pero tú no sabes que yo sé que tú eres hermano de él. Nunca me imaginé que me ibas a gustar tú. Uno es humano. ¿No? Además lo de tu hermano. Lo de tu hermano casi podríamos decir que no fue. Es más, cuando le digas a tu hermano quién se llevó la perra él te va a decir, ah sí, yo creo que la conozco.

Imagino que me empiezo a impacientar y se me nota. Los nervios son los peores consejeros. Imagino mi cerebro a millón diciéndome, yo sabía que lo de venir a buscar esta perra era una locura. Maldito Facebook. Yo me auto-contesto, no es mi culpa que tengamos 36 amigos en común que publicaron tu "Sasha busca hogar" con la foto de esos ojos tristes. No es mi culpa que yo viese que tenías el mismo apellido de él. No es mi culpa que el que está enamorado llame destino a meras casualidades.

Carajito. A lo mejor tú eres el destino.

Imagino que me dices mira viejita, dame tu teléfono pues. Me lo dijiste cuando estaba haciéndole cariño a Sasha. Tenía su cara entre mis manos, babea que jode esta perra adiós sofá retapizado, me digo. Cómo se ve que eres un carajito, ni seducir a una mujer sabes. Eso no te lo digo, más bien salgo con, no sé si te lo mereces, tirándomelas de la seductora.

¿Y si te enteras de lo de tu hermano? Sin darme cuenta me puse pensativa, tú te cortaste. Dices, me hueles a pena amorosa. Sonrío sin mostrar los dientes, no puedo ser más obvia.

Bueno, te digo, un clavo saca otro clavo. Quizás tú terminas siendo ese clavo nuevo.

Imagino que un día estamos comiendo, es domingo, van a ser las siete de la noche, y justo cuando el mesonero deja la mesa después de traerte la segunda coca-cola, tu lanzas, mis hermanos y mi papá te quieren conocer. Yo respiro hondo, la sangre se me sube a la cabeza y no puedo pensar claramente y ahí, sin anestesia y sin haber ordenado el discurso lo suelto todo.

Imagino que te ruego que sigamos juntos, imagino que me he enamorado de ti, pero no puedo imaginar qué me contestas, ni si me perdonas. Sólo imagino mis ojos. Ojos de boxer triste, como los de Sasha.

3 comentarios:

Ora dijo...

"Me imagino que te saco mi cédula. Yo estoy bien orgullosa de mi cédula. Me la saqué tres veces hasta que me gustó como quedó." Que bueno esto.

Que buenas tus ficciones Manu, me encantan.
Escribe más por favor. Yo, supuestamente, no soy romántica. Pero me la paso inventándome todo. Lo único es que, todavía, no lo escribo como tú.

Ira Vergani dijo...

"Me imagino que un 31 de diciembre entre las 4 y las 7 antes incluso de un primer beso me llevas a casa de tu papa y luego a la de tu abuela materna para conocerla a ella y a tu mama. Me lo imagino, completamente asombrada, sin poder entender lo que pasa, pero me dejo llevar.

Y hoy casi tres años despues, luego de muchos besos y amores seguimos juntos."

Parece ficcion Manu pero me paso y si me hubiese resistido a la ficcion por lo LOCO que paracia en su momento me hubiese perdido estos casi 3 años y los que estan por venir. Asi que a vivir nuestras ficcciones!

Manuela Zárate dijo...

Iraaa, sí hay ficciones que hay que vivirlas, otras que escribirlas, estas son las cosas locas de mi cabeza. jeje. Me alegro que te gusten. Y me parece demasiado bella esa historia!

Ora, los mismo para ti, gracias por leerme.

Se les quiere.