jueves, 30 de septiembre de 2010

Limpieza General de Mi Cerebro

La luz era como de medio día. Yo subía las escaleras mecánicas de un centro comercial. Tenía que comprar algo pero no recuerdo qué. Estaba con esa urgencia que uno tiene en los centros comerciales, uno siempre está buscando algo, es raro ir solamente a pasear.

La escalera terminó y empecé a caminar, girando hacia mi derecha por un pasillo. El piso era gris, brillante, podía ver mi reflejo en las lozas de un material que no puedo nombrar. Y de repente allí estaba. Como en una especie de café. Las mesas eran redondas y grandes, los asientos eran de cuero rojo y estaban como empotrados a la pared.

Sus manos estaban sobre los hombros desnudos de una mujer de pelo rubio, y los frotaban como si fueran una especie de genio maravilloso. La mujer tenía puesta una especie de toalla blanca, como si acabara de salir del baño. ¿Qué hace así vestida aquí? Pensé yo. Esa mujer está loca. Y él está todavía peor.

Y claro que estaba peor. No me saludó. Me ignoró. Como si yo no fuera nadie. Como si fuera transparente, un espectro, un fantasma, un holograma del aire, partículas de luz, como si no tuviese ni sombra, ni materia, ni huesos, como si no lo estuviese viendo ahí en pleno centro comercial sobando a una tetona, parada como una estúpida con mi cartera guindada al hombro.

Como no me habló yo me senté en una mesa y pedí una limonada. Y allí termina el cuento.

Segunda parte.

Él tiene un sweater púrpura, gris y azul de esos que tienen una capucha y un cierre. Tiene el pelo largo y liso. No es la primera vez que estoy en esa casa, estuve una vez pero no estaba él, estaba con uno de sus amigos, un gordito que se puso a revisar sus discos y a ponerlos mientras lo esperábamos. Nos pusimos a bailar sobre el piso de granito negro. Él nunca llegó. Empezó a llover muy duro y nunca paró de llover.

Pero la vez del sweater púrpura él si estaba. Tenía el pelo largo pero más liso que nunca, como planchado, como mojado. Mi hermana había ido conmigo. Ella se sentó con mi bebé en una mecedora de madera, el bebé tenía sueño iba a dormir, estaba vestido con un faldellín como de bautizo.

Yo aproveché para ir a la cocina. Una cocina de esas de cemento, muy rústica pero con ollas de cobre por todos lados, trastos, cachivaches, peroles, como si cocinara todos los días y no ordenara nada.

Él estaba parado frente a la cocina porque tenía montada una greca con capacidad para más tazas de café de las que cualquier estómago sano podría soportar. La miraba intensamente, como si conversara con el fuego que calentaba el café. Yo me acerqué despacio, sonriendo y pensando que esa cocina no me pegaba nada con él.

- Gracias por tenerme aquí. – Le dije.

Él sonrió. Entonces lo abracé con cariño. No fue un abrazo de segundas intenciones, sino más bien sincero. Pero a él no le gustó. Me puso mala cara y se apartó. No me dijo nada.

Llegó la hora de dormir, me fui a acostar a y cuando vine a ver él estaba ahí en la misma cama. No es que fuésemos a hacer nada. De hecho él ya se había dormido y me daba la espalda. Me acosté boca arriba y no podía dejar de pensar en lo de la cocina. Entonces me senté en la cama y dije:

- Quiero pedirte que no malinterpretes lo de la cocina. No fue lo que tú piensas. No fue un abrazo de otra cosa, simplemente de amistad. ¿Por qué te pusiste así?

No llegó a responder. Allí termina el cuento.

Estos sueños que han estado en mi mente estos últimos meses. Unos sueños que no puedo olvidar. ¿Significaran algo más que mi cerebro haciendo limpieza general?

1 comentario:

DINOBAT dijo...

Los recuerdos son mentiras, seguir es empezar a vivir...