martes, 26 de octubre de 2010

Confesiones de Los 7 Enanos By Pera Williams

Pera Williams. Es con ese nombre que estoy firmando algunos ejercicios de ficción. En este caso Pera Williams decidió publicar la versión de la historia de los 7 Enanos de Blanca Nieves. Es un ejercicio nada más. De esos que ayudan a estimular la creatividad. Obviamente no es la invención del agua tibia. Pero que no la hayas inventado no quiere decir que de vez en cuando no vale la pena probarla.

Pera Williams recopila las confesiones de los 7 Enanos y su versión sobre lo ocurrido en ese lugar tan lejano.

TONTÍN.

Me llaman Tontín porque la gente me toma por un tonto. Ya a estas alturas nada puedo hacer. Es como dicen por ahí, cría fama y acuéstate a dormir. Una vez que te etiquetan con algo es tarea casi imposible salir de allí. Como si llevaras encima un tatuaje.

He hecho lo imposible por lograr que los demás enanos me tomen en cuenta de otra forma. Pero es complicado. Soy el más pequeño y por ende fui siempre consentido, sobreprotegido y hasta sobre regañado por los mayores. Me volví penoso. Callado. Construí mi mundo interior, aunque el exterior lo entiendo mucho mejor que los grandes.

A penas vi a Blanca Nieves algo me dijo que habría problemas. Los grandes se acomodaron a su presencia al instante. ¡Claro! ¿De dónde más iban a sacar a una mujercita que les hiciera la faena de la casa? Pero yo estaba claro que todo en esta vida tiene su precio. Era demasiado buena para ser verdad. Y como dice el dicho cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad, generalmente lo es.

Aún asÍ lo reconozco. Me encariñé con ella. Tenía una voz dulce, cantaba a toda hora, era dada con los animales y yo creo que a las almas puras se les reconoce por su relación con los animales.

Ella nos atendió con aparente desprendimiento, pero después de todo lo que pasó estoy seguro que era una forma de desahogar una profunda soledad. Ella estaba herida, desamparada. Ahora entiendo que esa falta de brillo en la mirada era el dolor del vació, de la traición y el desengaño.

¿Quién nos iba a decir que tarde o temprano su pasado vendría a cobrarle la cuenta pendiente y nos llevaría a nosotros por delante?

Efectivamente. Un día se presentó una vieja bruja y envenenó a Blanca Nieves. Intentamos salvarla. No pudimos. Pero si pudo el beso de un príncipe. Es que la sabiduría popular no se equivoca, chequera mata galán, o en este caso galanes, porque aunque seamos un grupo de enanos, somos unos tipazos.

Ella cumplió su promesa de llevarnos con ella. Y lo intentamos, pero extrañábamos nuestro hogar. Nuestro trabajo. El brillo las piedras que extraíamos, el canto de “¡Aiiihooooooo!” cada tarde al finalizar la jornada. Eso era lo que nos daba vida. Además, sobrábamos en ese castillo. El príncipe no estaba nada cómodo con nuestras costumbres y con su embarazo ella se volvió impredecible. Un día lloraba por el más mínimo comentario, al día siguiente reía por un chiste sin gracia.

Al poco tiempo regresamos a la cabaña. Blanca Nieves cada vez nos visitó menos. Algo en ella cambió. Como si al morir la vieja bruja se hubiera llevado a la tumba una parte de ella. Su inocencia, o quizás esa rivalidad necesaria en todo cuento.

Así Blanca Nieves se volvió superficial. Venía siempre ataviada a la última moda. Pendiente de nuestras piedras prometiéndonos villas y castillas sobre viajes que haríamos juntos y una casa enorme que junto a su palacio nos iba a construir. Nada de eso sucedió y pronto me di cuenta que los siete estábamos tan tristes como aquel día en que pensamos que la habíamos perdido. Era porque en efecto la habíamos perdido.

Un día caminando por el bosque me encontré a un viejo leñador. Se veía cansado y sucio, como abatido por la vida. Le ofrecí algo de comida y como me vio cara de tonto se puso a hablar conmigo, como si mi supuesta estupidez fuese una garantía de que no iba a repetir las confidencias que me estaba haciendo.

- Yo estuve a punto de matarla- Me dijo. – Me encargaron arrancarle el corazón, pero no pude. No tuve fuerzas. Ella era inocente. En vez, maté a un cochino y le entregué ese a la Reina como prueba del asesinato que buscaba. Le perdoné la vida. La salvé. Y aún así. Aún así, me ha desterrado. Ha hecho de mí nadie, cuando si te pones a ver me lo debe todo. Esa blancura que antes era reflejo de una pureza que me cautivó, ahora es la palidez del resentimiento.

Moví las orejas estupefacto. No quedaba duda que se refería a Blanca Nieves. Me sonrojé de ira y de dolor, cosa que el leñador tomó como señal clara de mi incompetencia para entender sus palabras. Pero yo entendí todo muy bien.

Blanca Nieves nos usó para esconderse y al final consiguió su príncipe, su castillo y su felicidad para siempre.

Pero la vida da muchas vueltas y de una forma u otra no se salvó de que le arrancaran el corazón. Da igual que el leñador haya entregado en la caja el órgano muerto de un cerdo salvaje, el alma que había allí dentro, era la de Blanca Nieves.

Lo que pasa al final es que no puedes escapar a tu destino. El de Blanca Nieves era morir, el nuestro estar solos.

2 comentarios:

Ira Vergani dijo...

My dear Pera: fackkkkk! still thinking about it...hay gente que pierde el alma y no se da cuenta

Fedora dijo...

Qué bueno!!!!!!!!!!!!!