lunes, 15 de noviembre de 2010

Las Piñatas o el Origen de la Barbarie

Manu a punto de zamparle un palazo a Fresita.

Hace unos doce años más o menos a mi hermana y a su esposo les salió la oportunidad de irse a estudiar un año afuera del país. Su hijo mayor acababa de cumplir los dos años y como cualquier niño de su edad, a través de cuentos y películas desarrolló esa típica relación infantil con personajes ficticios. Desde Batman hasta el Pato Donald eran verdaderos amigos para él.

Cuando por fin regresaron a Caracas, mi hermana estaba emocionadísima porque los habían invitado a una piñata en la que le habían prometido que abundarían los muñecos de Disney, entre ellos Donald. Invitado principal que estaría colgado en todo su esplendor para llenar de juguetes la alfombra de niños que como es tradición esperaría con impaciencia a que se rompiese la piñata.

Ciertamente para los niños en nuestra cultura la piñata es algo emocionante. De chiquita, las esperaba con la ansiedad del gordito que está a dieta y pasa cerca de un McDonalds que emana ese olor a placer cochino, asqueroso y nocivo. Así me ponía uno cuando me decían: “Chami, hoy haces tu siesta temprano porque tenemos piñata.”

Claro que en el caso de las niñas a uno le servía para preparase para la tortura que vendría al crecer, porque ir a una piñata no era nada más agarrar el regalito y montarte en el carro de tu mamá. Eran medias panti de esas que te picaban hasta el tururú, zapatos que siempre por alguna razón te apretaban, unos lazos desproporcionadamente grandes para el tamaño de tu cabeza, los cuales por supuesto amarraban dos colitas que te prensaban el pelo y la cara, como si la fiesta fuera más bien de disfraces y lo tuyo fuese: “Jean Carlos Simancas después de la quinta operación.”

No creo que mi sobrino haya sufrido más de la cuenta por su atuendo, habiendo pasado esa edad en que visten a los varones con escarpines gallegos azul poceta. Cuando mi hermana lo llevó a su primera piñata recién llegado a Caracas el tipo estaba todo “chillax”, comiendo tequeños, y llenando un pequeño tanque de Frescolita que lo tendría alborotado y despierto hasta bien pasada su hora de dormir.

Ciertamente que los niños aquí eran un poco más bárbaros que los de la guardería a la que iba en el primer mundo. Digamos que allá las jaladas de pelo y los mordiscos eran motivo de expulsión, mientras que en este nuevo hogar eran herramientas de supervivencia.

En todo caso el hombre, que desde ya era una mole, no tenía mayor problema hasta que los papás del cumpleañero llamaron a los amiguitos, los pusieron alrededor del Pato Donald y empezaron a caerle a palazos.

Mi sobrino estaba fuera de sí. Corría a casa de mi hermana y gritaba, “¡Nooooooooooooo! ¡Mi aaamiiiiiiiiiiiigoooo! ¡No le hagan eso a mi amigo! ¡Mamáaaaa! ¡Mi amigooooooo!”

El tipo estaba inconsolable, estupefacto, sin creer lo que veían sus ojos. Su amigo había estado colgado ahí todo el día y de repente, de la nada y porque sí, los niños habían agarrado un palo y habían procedido a pegarle con todas sus fuerzas hasta desbaratarlo, mientras la fiesta entera cual Coliseo Romano gritaba “¡Daaale! ¡Daaale! ¡Daaaale!”

Mi hermana lo trató de calmar y eventualmente lo logró, pero el chamo tardó varias piñatas en acostumbrarse, y volverse un troglodita más de los que pelea por el palo y mira con dientes pelados al pobre animal o superhéroe que pasa de entrañable amigo a peor enemigo.

Si te pones a ver el tema con las piñatas no es sólo la pegada de los palazos, sino la agarrada de los juguetes que viene después, en la que muchos adultos participan y en la que más que chucherías y animalitos de plástico, se reparten pellizcos y empujones como si uno hubiese firmado un contrato en la entrada de la fiesta, que dijese algo como: entrar al recinto lo pone a usted y los menores que le acompañan a participar en un torneo, el que obtenga menos cantidad de porquería en la pequeña bolsita podrá ser llamado desde paturro imbécil, currutaco idiota, hasta guevón, pendejo y demás calificativos peyorativos en su especie.

Además de esto siempre hay un pobre niño que no agarra nada, y encima se le humilla, porque la mamá del cumpleañero le saca la “bolsita de emergencia” que tiene un lacito como para que todo el mundo la identifique “ay mira, ese pobre carajito que va allá, el de la braguita azul, tiene la bolsita del lacito amarillo, se ve que no agarró nada…el pobre.” Pobre. Pobre es lo que en niño significa, guevón.

Siempre hay tres o cuatro niñitos, que están ya pasándose de la etapa de las piñatas. Esos agarran las piernas del animal y la llenan de juguetes y la pasean por toda la fiesta con las dos bolsas adicionales. A estos niños la mamá del cumpleañero les tiene que traer unas paquitas extra, mientras el chamo protege todo su botín con las piernas y ofrece puños al que se le acerque, sin importar que sea un bebé de esos que están por ahí gateando, con la baba que chorrea anunciando la salida de los dientes.

Esos se vuelven la admiración de la fiesta, los rudos.

No se puede generalizar, pero lo más seguro es que ese chamo sea el que un día te tire el carro cuando la luz se le acaba de poner roja, te haga frenar de golpe, vomitar el con-leche que te tomaste con el desayuno y de paso te pinte una paloma y te grite “vieja puta.”

Yo no abogo por el fin de la piñata ni mucho de menos. Después de todo, costumbre es costumbre, pero sí creo que hay mucho de lo que somos en cómo crecemos.

Si algo le debemos a la Ciudad de la Furia es analizar nuestra conducta, pues la sensibilidad y la forma de reaccionar la tenemos a flor de piel. A veces pareciera que no nos contentaremos hasta arrancarle la pierna a alguien que hasta ayer fue nuestro amigo y de la noche a la mañana se convirtió en enemigo. Lo que pasa es que en esa clase de piñatas hay mucho palo y nunca caen juguetes.

8 comentarios:

Toto dijo...

Hay un dicho en inglés que dice: "I truly believe that piñatas promote violence against flamboyant animals". De calcomanía.
Manola me haceis falta tía.

Manuela Zárate dijo...

Jajaja. Deberíamos hacer la calcomanía en serio.

Tu también me haces falta!

Venid a buscarme esta tarde! Joder!

llockalla dijo...

Un post, cuando menos, alarmista ¿los niños latinamericanos unos bárbaros?

Claro, en Europa no hay violencia porque no hay piñatas y la historia Europea es una historia de amor universal...

Manuela Zárate dijo...

Sí, un poco alarmista tal vez... de todas maneras la palabra está utilizada como hipérbole con todas las de la ley. Para reírnos un rato de nosotros mismos.

No creo que los niños sean bárbaros, ni que en Eurpa no haya violencia, al contrario, se están viviendo unas tensiones raciales terribles.

Simplemente creo que como en todo podemos sacar provecho de ciertas imágenes para pensar sobre conductas que hoy podríamos y deberíamos mejorar.

Jose Luis Orosa dijo...

De verdad que tonteria de comentario "ironico" y poco pensado el de la/el amigo(a) llockalla¡¡¡... Por Dios, no se porque ese tipo de razonamiento me suena conocido, pero mejor no lo digo para dejar a un lado la politica en esto.
No conozco a la chica que escribe en este Blog para nada, de hecho he topado con el por pura casualidad y la verdad es que lo sigo desde entonces porque me parece que tiene una manera de escribir fantastica y muy real.
Para mejorar hay que ser critico y aceptar las criticas hacia uno mismo individualmente o como ciudadano parte de una sociedad.
Que bien que la mayoria de los que leemos tus articulos sabemos entender a lo que te refieres Manuela. Gran Blog¡¡¡ salu2.

Ana. Sweet 180° dijo...

jajajajaja no sabes lo que me reido con "la bolsita de emergecia" y lo de arrancar las patas del animal. Preguntale a Anabella A. como era yo de chiquita, hay un video de su fiesta de duendes que lo certifica... una malandra! Totalmente ciertos tus argumentos.
besos

Ira Vergani dijo...

yo confieso que amo las pinatass Incluso de grande pero te olvidaste de contar de aquellas madres que creen que su hijo agarro mucho y les quit an para darle al que agar poco, asi era la Mia, que rabia!!!!

jg que es una fiera para todo en las pinatas a la hora de agarrar se apendejea y suplica que Uno lo ayude, ojala sea la sena de que no le lanzara el carro a nadie

pd perdon x Los errorres no se Usar este teclado del iPad!

Manuela Zárate dijo...

José Luis, mil gracias por tu comentario y me alegro mucho que te guste el blog. Es tu casa! Y espero poder continuar divirtiéndolos con mi lectura de las cotidianeidad. :D

Anaaa! Voy a buscar ese video. Jjajajaj. Yo era más penosa, si ves le foto verás que estoy agarrando el palo como si la piñata me fuera a pegar a mí.

Iraaa! Eso hubiera sido típico de mi mamá "de aquí no vamos a salir con esa bolsa, qué verguenza." Era como agarrar dos tequeños. Casi una afrenta! Es más, es que eso es un post! jejeje.

Ipaaddd...mmmm. Chama yo no quiero un E-reader, una computadora y una cámara...pero...tengo que empezar por la cámara. Seguiré escribiendo con esta pantalla, que me tiene pensando que LG significa QUEMAOJO. FACK!