viernes, 5 de noviembre de 2010

Matrimonios a la Venezolana Parte II


La novia te acaba de cachar caminando hasta tu mesa con un plato que más bien parece una bandeja. Te pone cara de “coño yo invité a mi pana, no a un Puma.” Entonces, le dirás lo que se le tiene que decir a toda novia: “Estás bellísima. Creo que eres la novia más bella que he visto.”

Se lo vas a decir, porque tú código caraqueño sabe lo que pasó la novia. Así no esté despampanante, hay que premiarle el esfuerzo. Esa mujer tiene nueve meses que se alimenta de agua, lechugas y frutas. Corre en el gimnasio como galgo en canódromo. Se ha inyectado botox, se ha hecho limpiezas de cutis, se ha hecho peelings, liftings y una serie de dolorosos tratamientos corporales para impresionar a su flamante esposo con unas petacas cero celulitis.

A lo mejor hasta se operó y por eso parece que el vestido fuera XL de las costillas para arriba y XS de ahí para abajo. Incluso, con la emoción de esa repotenciada quirúrgica tal vez la novia le dijo al modisto: me arrancas este cuello de tortuga y me pones un escote Dee Dee Jean, y si el cura no me casa le pongo una sotana a mi tío Moncho que fue seminarista.

Además ese día la mujer se levantó a las 5 de la mañana, se bañó y desde entonces se está vistiendo. Está apretada debajo de fajas, fondos, corsés y por fin el vestido, pero ella dice que está muy cómoda. Tiene la cabeza prensada por el tocado, hasta el punto que quién la ve se pregunta qué parte de la familia será de ascendencia asiática. Y además está el maquillaje. De cejas postizas para abajo, y esa boca, esos cachetes de comiquita japonesa, esos ojos que tienen más colores que la caja del perfume Patchoulí.

Cómo sea uno le dice que está bella. No queda de otra. Además se alaba la misa, a la que uno no fue, pero que ya corre el rumor que fue “eterna” porque el cura “seguía y seguía y seguía, y además cantaron más que en un musical del Aula Magna.”

De pronto uno escucha unas notas muy familiares. Paso doble. Que viva España y salsa de la vieja, Yo Quiero Ser Como Ariel. No hay matrimonio sin esas dos canciones. Se paran todos los viejos a bailar, para que acto seguido empiecen sets intercalados de merengue, regeatton y changa.

Hoy en día es de mal gusto que no tengas un grupo grande estilo Tártara, un grupo pequeño, un DJ y además una “sorpresa.”

Eso sí. Tengas lo que tengas como música, te lo van a criticar. Si no están todos esos grupos la gente dice, “pana qué aburrida esta gente, se casan y ponen unas cornetas con I-pod. No joda. Si me sacan de mi casa con esta inseguridad que sea para una fiesta decente.” Claro que si están todos los grupos entonces dicen, “Oye vale, la gente se pasa, no es necesario tener este show aquí que parece un concierto, con unas cornetas y un I-pod una la pasa igual de bien. Venezuela no está para este despilfarro, esto parece de boliburgués.”

Además estarán los jóvenes que dicen “qué ladilla este DJ es pura changa, o qué ladilla odio este moderfacking reguetton” y los viejos “Dios mío, pero es que esta gente a mi edad va estar completamente sorda, yo me voy no puedo ni pensar.”

La cosa empeora porque alguna novia empezó con el tema de la sorpresa y sacó unos tambores. Después todas se copiaron y llegó una original y dijo “yo voy a llamar a unas garotas.” Y más de una ha sacado todo, porque en esté país, menos es salir perdiendo, ¿y más? coño, ¡más es más! PUNTO.

En un momento dado Ricardo Montaner saldrá con Vamos a la Conga y empieza el segundo show de la noche. El cotillón. Antes eran unos simples sombreros de cartón, pronto nos estarán poniendo una pitón viva en los hombros o te entregarán un kit en la puerta con kerosene y un yesquero para que escupas fuego. Ya el matrimonio no parece un matrimonio sino una fiesta de Halloween. Yo aquí reconozco que me encanta, es mi parte favorita, y mi matrimonio era como la reunión de todas las comiquitas de antes. Todavía tengo el piolín con que bailé guardado para cuando Clarissa me diga que se quiere disfrazar de Pio-pio. Al final soy venezolana.

Lo que sí no hice, al menos la segunda vez, fue el tema de lanzar el bouquet. Menos como son los bouquets de hoy en día. A veces que si una cala blanca, o un ramo de flores pegado a un mango de metal que si se lo llegas a pegar a alguien por la cabeza tiene que salir el director de la orquesta: “Señores, por favor, si hay un médico entre los asistentes, se agradece venga a la tarima.”

Claro si la novia tiene diecinueve años es cómico. Todas las amiguitas ahí paradas, esperando que les caiga su bouquet. Los novios de las chamas sudando porque la geva se va a montar en el carro toda “Pedro Luis, algún día nos vamos a casar, ¿verdad?”

Pero ya de los veintisiete para arriba, más en esta sociedad en que treinta es la edad en la que pasas de soltera a solterona, no es nada gracioso estar ahí parada, para que después venga una vieja a decirte: “¿Y tú no tienes novio mi amor? Tranquila que ese llega.”

En mi caso, después de mi divorcio era una tortura el tema del bouquet. Mis amigas querían que las acompañara a soportar la humillación, pero otras me veían con cara de “ya tú te casaste, lo siento, ese bouquet es mío, la próxima soy yo.”

En todo matrimonio está la vieja sentada que no se mueve de la mesa que a ti parece perfecta. Están las chamas que se vistieron con el vestido o estampado que está de moda, si es lacitos es lacitos, si es de pepas es de pepas, si son sandalias negras de sandalias negras. Está la que no se quita el chal. Está la que fue de pantalón porque no se depiló las piernas. Está la que por fin salió de su casa después de haber dado a luz.

Está la que tiene cara de que se quiere ir. Está la que está moviendo el pie porque quiere bailar. Está el tipo que ya está ebrio y que saluda a todo el mundo. Está el gordito que ha repetido tres veces la comida y no perdona ninguna bandeja de pasapalos.

Esta el bicho que tiene cuarenta minutos hablándote de pesca submarina, que te pregunta por tu hermana, que hasta te dice que te mandó un mail y al que tú no le paras porque lo único que tienes en la cabeza es “¿Cómo es que se llama este carajo? Yo no lo conozco.” Hasta que viene una amiga tuya y te quedas toda, “mira te presento a…” y por supuesto el tipo no dice su nombre sino algo así como “Jodhuede.”

Está el tío que arrasó con la mesa de los dulces. Está el tío ebrio que acosa a las viejas. Está la mamá de la novia con cara de estresada y con un vestido que no la deja caminar. Están los novios que no aparecen ningún lado porque están tomándose fotos o gritando desde la tarima con cara de “todo esto está muy de pinga, pero yo no estoy para estos trotes, yo lo que quiero es irme para mi casa.”

Está la mesa de los músicos, que siempre es la que tiene pinta de estar más relajada y más divertida. Está la amiga de la novia que es la primera de las mujeres que se quita los zapatos, y el amigo del novio que se quita la corbata y se la amarra por la cabeza. Está el grupo de amigos que no hacen sino tomarse fotos entre ellos. Está la parejita cuya tercera salida fue ir a ese matrimonio y bailan merengue con pena y se paran solitos en el bar mientras se cuentan la vida, ella pensando, ojalá algún día me case con este tipo en un matrimonio como este, y el tipo pensando, esta geva se va a proyectar he debido sacarla mañana al cine en vez de traerla para acá.

Están los malhumorados. Los coleados. Está la pareja de esposos que tienen cara de que venían peleando el carro. Está la recién divorciada en su primera salida sola. Están los que se rascan, los que cargan a los rascados, los que cantan canciones de los ochenta a todo gañote. Los que ven todo sentados desde su silla y los viejos que no paran de hablar de política. Está la vieja que se puso un vestido que parece de su sobrina. Está la chama que se puso el peinado de vieja. Está la que se vino de traje largo. Está la que se encaramó una cosa que parece una cortina de baño. Está la amiga monja de la familia.

Y de vez en cuando, estoy yo, que la última vez que bailé en matrimonio fue con Juan, caímos al piso en una vuelta y cuando por fin alguien nos ayudó nos vimos con cara de "cuando en la pista te ven las pantaletas llegó la hora de irse."

Y así, con tus plumas de cotillón, tu vergüenza y un ratón asegurado te vas para tu casa. El evento fue Magno. No habrá banda, pero si hay novia hay corona. Y en este país, corona con o sin Osmel se oye en el fondo de la mente de todos aquello de "una noche, tan linda como eeestaaa."

4 comentarios:

Daniela Truzman dijo...

De pana, que casarse está de moda. Justo ayer me dio por escribir sobre eso y hoy me encuentro con estas dos joyas de la blogósfera.

El comentario de la mamá de la novia.. DEMASIADO CIERTO!

Como siempre, buen post!

Manuela Zárate dijo...

Jajaj Gracias Daniela. Me alegro que te guste.

Sí, casarse es una de cosas que ahora...y eso que no le di a las despedidas de soltera, con la abridera de regalos y el...

NOVIA: Aaaaaaaaaaaaaaaaaaa. El exprimidor, que bello!
INVITADAS: !Qué bello! Súper util. ¿De quién es?
INVITADA A: De María Cristina.
MC: Sí, espero que te guste. Como soy soltera ni idea, pero me dijeron que era lo máximo.
INVITADA B: Sí, yo lo tengo es una maravilla.
VIEJA: Ese aparato es una mierda, no botes la caja que si vino con recibo lo cambias.

---hay cosas que nunca cambian---

Anónimo dijo...

Eres Divorciada?

SOy una lectora usual, y no me esperasba eso, no se por que.

Manuela Zárate dijo...

Anónimo! Pues sí. Como diría Juan, divorcé, en segunda corrida. Yo siempre he dicho que mi sueño es montar un Consultorio Sentimental. Jajaja