viernes, 17 de diciembre de 2010

De Vuelta

Una de las cosas que amo de la fotografía es de las más obvias. Ver una cosa desde distintos puntos de vista. Nunca sabes realmente cuál es el que más te acerca a la verdad. A veces pareciera que acercándote a las cosas las ves mejor, pero basta con que te llegues al cine y te quede como única opción sentarte en la primera fila para que entiendas que a veces cuando tienes las cosas encima no ves nada.

A veces hay que alejarse, perderse en otros mundos, darse espacios. Yo creo que sobre todo si uno necesita algo en la vida, es espacio. A veces cuando te alejas ves todo más claro, incorporas más elementos al cuadro y pones las cosas en su contexto.

Eso fue lo que hice estos días. Han pasado varias cosas en mi vida que iré contando poco a poco y que quizás hicieron que en un momento dado me sintiera un tanto agobiada, cansada, presionada, hasta el punto que sentarme frente a esta pantalla me generaba la misma taquicardia que me generan más de tres cafés en un solo día.

Así que me alejé, tomé mi cola de libros, taché el número 20, Daniel Pennac, Mal de Escuela, bellísimo sobre todo para los que no fuimos excelentes estudiantes, luego tomé algunos libros que no estaban allí, unos por el club de lectura, como el de Álvaro Mutis, Las Nieves del Almirante y el de Stefan Sweig Los Ojos del Hermano Eterno, y otro más de Sweig que me prestó un amigo La Novela del Ajedrez, bellísimos los tres y muy emocionante el último.

Empecé con el número 14, Suite Francesa de Irène Nemirosvsky, y tomé los libros de mis amigos Toto Aguerrevere y Eva Ekvall. Sabrosísimo uno, divertido y fresco, y el otro un libro que considero contundente, y que quisiera comentar en un post aparte, cuando encuentre las palabras adecuadas.

Me fui de librerías, recibí un regalo y añadí unos cuantos libros más a la cola literaria:

73. Traiciones a la Memoria de Héctor Abad Faciolince

74. Cuadernos de un Viejo Indecente de Charles Bukowski

75. Trilogía Sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez

Y encontré la copia que creía haber perdido de La Maravillosa Vida Breve de Oscar Wao de Junot Díaz, para retomar y terminar un libro que me estaba envolviendo.

Recordé que tenía tiempo sin dejarme envolver por libros, tan concentrada estaba en mi propia escritura, eso me recuerda que no se puede escribir si no se lee. Bueno, es como todo, de poder se puede, pero realmente el que escribe del alma y del corazón lo entiende, al final no se puede, no se llega a dónde uno tiene que llegar, sería como fotografiar un cuarto totalmente oscuro.

Volví a la fotografía con par de proyectos hermosos, que me tienen muy entusiasmada. En fin, sigo andando en este camino. Un camino al que cada día le tengo más apego y el que disfruto más, un camino que se ha vuelto no sólo una razón, sino un refugio. La verdad es que me siento una persona afortunada pues vivo y la llama, el motor de mi vida es una gran pasión por escribir y fotografia, aventuras a las que me entrego con gran dedicación.

La verdad no hay nada en esta vida como hacer lo que uno ama.

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