miércoles, 30 de junio de 2010

¿Qué hace a un gran escritor?


¿Qué hace a un gran escritor? Pregunta hecha por S en el comentario a la entrada del Club de Lectura. Aquí, después de pensarlo un tiempo, un atisbo a la respuesta. No sé si en el fondo haya alguien que realmente la tenga.

La relación libro – lector es tan compleja. Tan difícil de definir, como cualquier relación íntima. Las hay malas, inservibles, como pasa cuando un libro sencillamente no nos llega y no queda más remedio que dejarlo. Pues si uno lo lleva hasta el final, simplemente queda con un sin sabor y la amarga sensación de pérdida de tiempo.

Pero las hay buenas. Hermosas. Bellas. Fructíferas. En las que seguro se saca algo negativo, como en todo, pero a la hora de sopesarlo todo, el balance es positivo.

Pasa con libros que te atrapan, como si el autor hubiese sido capaz de diseñar un mecanismo mediante al cual, al pasar las páginas una muy delgada red fuese envolviendo al lector. Una especie de tela de araña, que no te permite soltar el libro.

Hay algunos que incluso, son como una droga dura, te aceleran, te duermen el cuerpo, te sacan del mundo y te llevan a otro lugar. Y cuando los dejas, sudas, te falta el aire, te preguntas cómo hacer para regresar al estado de sopor en el que felizmente te habías sumido.

Hay libros que te hacen sentir que esa voz que habla palabra por palabra y párrafo por párrafo, no es de otro. No es un tal colombiano, o de un japonés del que si te piden que deletrees el nombre a lo mejor no serías capaz de hacerlo. No. Eres tú.

O a lo mejor, esa persona en principio lejana, desconocida, esa persona en un momento de su vida escribió algo, y aún sin saberlo lo escribió para ti. Sientes que te conoce, que por alguna razón sabe de tu vida. Te quiso decir algo. Como si a través de un mecanismo secreto y oscuro supiese tu nombre y tuviese tus coordenadas. Supiese exactamente lo que has vivido, y hasta supiese, de una forma misteriosa por qué. Y ha venido, con un libro, no a decírtelo sino a susurrártelo.

Otras veces sucede que tras las primeras páginas de un libro no puedes seguir. Porque son tan fuertes las emociones. Es tan peligroso el terreno, tan movediza la arena en la que tan plantado, que te da miedo continuar. Si sigues, pagas las consecuencias. La historia, las palabras, todo te persigue. Se te presenta como un fantasma. O te cambia. Conciente o inconcientemente te cambia. Ya no eres la misma persona.

Te encuentras también los que utilizan el sarcasmo. La ironía. Y quien no los entiende los odia. Son los que se burlan, a veces sin que nadie lo sepa. A veces sin que el burlado se llegue a enterar.

Esos que merecen que uno les de unas cuantas páginas, porque al final del día, los libros, como todo en esta vida, tienen sus altos y bajos. Siempre hay algo que hubiese sido mejor no vivir, no experimentar. Siempre hay algo para borrar. Tiene que haberlo. Un giro, una descripción. Es parte de la experiencia. Tiene que haber espacio para disentir. Para no estar de acuerdo.

Un buen escritor, puede hacer cualquiera de estas cosas. Y cuenta con un puesto en mi mesa de noche. Cuenta con mi recomendación. Cuenta con que voy a hablar de él o ella en lo que pueda. A lo mejor hasta voy a escribir sobre el libro. Voy a anotar frases en mi cuaderno, o las voy a twittear el final del día, como hago cada noche. Las voy a repetir, intentaré aprendérmelas de memoria, y a hasta quizás incluso saque una foto que sienta que interpreta su libro. Tal vez quizás trate de recordar su obra a la hora de adentrarme en mi propio trabajo. Después de todo, inspirarse en los que lo han hecho bien, tratar de imitarlos, o partir de su trabajo para ir más allá, es de las mejores formas de comenzar.

Y entonces ¿Qué hace a un gran escritor?

Para mí el gran escritor es que el logra todo lo mencionado arriba, y además logra hacerlo manteniendo la poesía. Comprobando una vez más que la literatura, como comentaba Israel Centeno en su taller el otro día, es una de las bellas artes. Es allí donde está lo grande.

Cuando no sólo has viajado, te has transportado, has ido, vuelto, te has visto a ti mismo y has soñado que has sido otro. Cuando descubierto una mentira o has aprendido una nueva forma de maquillar la realidad. Te has anestesiado. O has despertado. Has visto la cara de melancolía, o has chocado de frente contra la soledad. Cuando has abierto los ojos, sintiendo que ya más nunca volverás a ver la vida como la veías hacía dos páginas, hacía dos frases. Cuando hasta, (y me ha pasado) te das cuenta que tu forma de hablar se parece a la de ese autor, a la de ese personaje, que jurarías por tu propia vida que es más real que la tapa del libro que tienes en las manos.

Es el escritor en el que no encuentras desperdicio. Ese que te obliga a subrayar el libro casi completo. Que te das cuenta que se deja la piel en cada página, que se va desnudando poco a poco, sutilmente, con una sensualidad indescriptible. Ese escritor que habla sobre algo que tienes en la punta de la lengua, pero que no puedes llegar a nombrar. Simplemente no puedes. Pero está allí. Eso, para mí, es un gran escritor.

En resumen. Grandes escritores son esos que hacen los libros necesarios. Tal como decía Octavio Paz “los grandes libros, los libros necesarios, son aquellos que logran responder a las preguntas que, oscuramente y sin formularlas del todo, se hace el resto de los hombres.”

Sin duda ir a la caza de grandes escritores es una aventura llena de pasiones, emociones, hasta me atrevería a decir que llena de peligros. Pues la lista de los grandes escritores, no puede depender de lo que digan los eruditos, sino de lo que diga tu propia voz. No vaya a ser, que cuando tengas enfrente a un gran escritor, por estar pendiente de lo que dicen otros, no escuches y le pases de largo.

martes, 29 de junio de 2010

El Post Ideal


Somos la sociedad que busca el candidato ideal, para que haga la campaña ideal, y gane las elecciones ideales, en las que no vamos a tener que hacer mucho, ir a votar y ya, sin que nadie haga trampa. Sin que haya que poner Globovisión o esperar a que un amigo de un amigo, nos pase los datos que jura que son ciertos. Este candidato ideal, será el presidente ideal, que construirá la Venezuela que soñamos. La Venezuela ideal. Como esos países que cuando salimos de vacaciones y estamos tres o cuatro días entre capuchinos y museos nos decimos: “Verga, vivir aquí sería ideal.”

En lo personal lo hacemos también. Queremos el novio ideal. Que tenga potencial de ser el esposo ideal, y el papá ideal. Con el trabajo ideal. Que nos propuso planificar el matrimonio ideal. Y mientras tanto, esa pareja estará pendiente de que una tenga las tetas del tamaño idea. Tenga un trabajo ideal, que te permita se el ama de casa ideal, que no exagera con su propia vida, como toda mujer ideal. Que tiene amigas ideales, y no tiene amigos. Que piensa como la mujer ideal. No mucho, sino sólo cuando hace falta.

Las familias también tienen que ser ideales. Mamás ideales que nos entienden y consienten. Hermanas y hermanos que jamás se equivocan y no joden bajo ningún concepto. Hasta los exes son ideales. No joden. No llaman. No fastidian. No se quedan pegados. Y cuando les dices ¿vamos a tomarnos un café? Te dicen claro que sí, te alaban y no se enrollan. Porque son las parejas ideales. Todo el mundo hace y dice lo que esperamos que hagan y digan. ¡Tienen que hacerlo! Son seres ideales.

Existe a veces mucha presión de parte de la gente, y de nosotros mismos, para encontrar ese camino que es ideal. Se ha vuelto todo tan ideal, tan prefabricado, que ya muchas veces ni siquiera sabemos qué queremos. Y lo que es más, nos olvidamos de que este mundo está lleno de imperfecciones. Somos seres que no nos podemos configurar para darles a los demás las respuestas esperadas.

Y en medio de un mundo que puede perfeccionar cualquiera cosa. El mundo de la banda ancha y la inmediatez, en el que puedes conseguir lo que quieres con el mínimo esfuerzo, nos exponemos cada vez más a una frustración más grande. Porque mientras más grande sea el ideal, mientras más arriba esté en el pedestal aquello que esperamos de los demás, aquello que soñamos, pero que nos hemos acostumbrado a que ni siquiera tenemos que buscar, más grande el coñazo con la realidad.

Todo en esta vida es un trade off. Con sus cosas buenas y sus cosas malas. Los ideales existen, en el mundo de los ideales. Un mundo de dioses inmortales, donde no hay contaminación ni muerte, y todo es paz y amor. Pero en esta tierra, lo que está limpio a veces se ensucia, lo que se ordena tarde o temprano se vuelve a desordenar, y nada termina siendo cómo uno se lo imaginó. No queda otra que ir por ahí con el corazón abierto, y la mente enfocada en sueños, en metas, que no tiene nadie que adivinar por ti, ni que te van a llegar porque leíste el secreto y pegaste un post-it de la nevera que dice: un millón de dólares.

Tú mismo sales, luchas y buscas. Sueños, que claramente, cuando los alcances, tendrán también su lado malo. Y al día siguiente de celebrar el triunfo te darás cuenta que sin saberlo ya estabas comenzando, una nueva lucha.


sábado, 26 de junio de 2010

La Película de USA en el Mundial

- Esto no está editado. Fue escrito durante el partido USA-Ghana. En conversación con @livefrommind y @totoaguerrevere via twitter. El partido no se ha acabado.

No puedo con los partidos de los gringos. Ahora les da porque meten el gol a última hora. Estilo película Disney. Y conociendo a los gringos, que les encantan estas historias de amor y dolor, y triunfos de última hora. Seguro ya vendieron los derechos de la película a Disney.

El Casting:

Bradley Papá: Nicolas Cage.
Bradley Hijo: Robert Pattison
Landon Donovan: Matt Damon
Chicano Torres: Diego Luna
Diego Maradona: Antonio Banderas
Geva que se enamora de Bradley: Charlize Theron


La trama va a ser algo más o menos así:

Todo empezará en Estados Unidos. Nadie cree en el equipo. Si no llegan al menos a octavos de final, un senador malo, les va a quitar el dinero, por lo que habrá que botar al menos a la mitad de los jugadores. Es el último chance que tiene Bradley Papá de demostrar que su equipo sí es bueno. Si no su carrera y reputación estarán acabadas. Haciendo mella en la de su hijo. El equipo se une.


Al llegar a Sudáfrica todo está muy difícil. Los tratan mal por ser los gringos. El sentimiento anti-norteamericano se hace sentir, todos se burlan del equipo. Sobre todo Diego Maradona, que cada vez que puede, los humilla.

Para llegar a Ghana recorren un largo camino. Esto no lo van a pasar, sino que será una secuencia musical quizás con un tema musical, como Hot N´Cold de Katy Perry, por aquello de que “you in and your out.” Y mientras se ve a los carajos haciendo una maniobras imposibles, metiendo los goles a última hora. Cayéndose en el barro. Entrenando en la lluvia.

Por supuesto habrá un negro, que será Chris Rock, que hará los chistes al estilo burro de Shrek. Durante una visita a un safari en un día libre, Bradley Hijo conoce a una veterinaria, que vive ayudando a especies en peligro de extinción. Charlize Theron. No se pueden ver mucho, sólo una noche, en la que ella le muestra la belleza de la ciudad y le dejar darle el tetero a un elefante bebé. Se besan, el beso es interrumpido porque la mamá del elefante caga y le salpica la plasta al tipo, mientras la catira espectacular se ríe.

Se declaran amor eterno y a primera vista. Pero a los dos días van a pelear, porque Bradley, quien lo regaña el papá por no jugar tan bien uno de los partidos, no va a un rally de protesta contra la caza de elefantes.

Theron le hará una escena en la que le dirá: “You don´t care about me. You don´t care about South Africa. All you care about is your stupid cup. Well Animals are dying here Michael. But what do you care.”

Se monta en su jeep, con sus lentes rayban aviador y se va. El carajo patea el piso, pero regresa con su equipo. No le puede fallar.

A todas estas, tomando una cerveza el chicano Torres escucha a un Ghanes diciendo que Hugo Chávez le pagó para joder a Donovan. Correrá a advertir a su entrenador, Bradley papá, que no le va a parar. Y le va a gritar, que está viendo fantasmas, que si pierden es por culpa de que el equipo no cree en ellos mismos. No de esas historias locas.

El día del Partido, se podrán ver frente a frente en los vestidores, los dos equipos. No se escucharán mucho las vuvuzelas, porque aturden, más bien tambores y gritos, que son más familiares para el target de la película. Se verá en el público mucho negrito con pinta de jamaiquino bailando algo estilo reggea y por supuesto pondrán a una pareja de grintos en primera fila que mira con asco la cultura africana. Pero que al final de la peli intercambia una peluca africana (o lo que sea) por una Buddweiser con la pareja negrita de al lado.

Saldrán a la cancha los dos equipos. Estados Unidos empieza perdiendo. El estado se viene abajo. Donovan le da patadas al piso y mira al cielo. Desesperado. Tiene miedo. Durante el medio tiempo, justo antes de entrar a los vestidores Maradona le dirá:

- Your team sucks. You will never win de the cup (todo con pésimo acento en ingles, y pésimo acento Argentino, será con el clásico acento Español de Antonio Banderas. ¿A quién le importa? Es Disney y es Banderas.)

Mientras le dice esto se le queda viendo y lo empuja. Bradley le va a pegar, pero Donovan y Bradley hijo lo paran.

- He is not worth it coach.
- Yeah dad. Don´t listen to him.

Maradona se rien y los gringos se van a los vestuarios.

Por la ventana del locker de hombres entra la luz del estadio. Todo se queda en silencio. Bradley papá entra con su chaqueta azul y roja. Y empieza a dar un speech:

- This is the moment. America counts on you. I count on you. But most of all, you count on yourselves. This is the moment. This is our dream. Our dreams come true today.

Y de repente todos van a gritar: ¡VIIIICCTOOORYYYYYYY!

Justo antes de salir Bradley ve a Charlize Theron en el público. Ella le grita I love you. Él le sonríe y sale a la cancha. Ahora sí van a ganar.

Y saldrán a la cancha. Empezarán buenísimo el segundo tiempo. Hasta que de repente, le pegan una patada a Donovan. Es el tipo que el Chicano Torres escuchó la noche antes. El Chicano Torres grita “chingada su madre.” Donovan se retuerce de dolor en el piso. El árbitro para el juego. La cosa está grave, a pesar de las protestas de los americanos, no botan al jugador. Sólo le dan tarjeta amarilla.

El médico de la selección le dice al Bradley Papá:

- Coach. I am almos sure it´s broken. If he does not stop now, he may never play again.
- Coach, please let me play. I can make it. If not, you are killing me. Right now. Its over for me anyway. – Dice Donovan.

El coach lo piensa. Donovan tiene todo que perder. Su esposa lo había dejado por su carácter agresivo. No tiene nada. Decide darle el chance pero le dice:

- Any sign you can make it. You are out. I can be kicked out of FIFA for this.

Y salen a la cancha. El sudor cae de todos los jugadores. Empieza a llover. La cancha está mojada. Los jugadore se ven a los ojos. Ghana presiona, los americanos toman el contragolpe y corren hacia la arquería. Bradley se lleva, primero un jugador, después otro, y otro, como Maradona en aquella famosa jugada del 86. Justo al entrar al área lo tumban. El árbitro no puede evitarlo. Es penal.

Lo tomará Donovan.

Donovan mete el gol. Están empatados.

Durante todo este tiempo el jefe de la delegación venezolana le hace ojitos al negrito comprado, para que termine de rematar a Donovan. Pero el tipo está conmovido por la entereza de su contrincante. Muerto de remordimiento no se atreve a hacer más nada.

Justo en el minuto 92, el jefe de la delegación venezolana, le hace una seña de que si no remata a Donovan está muerto. El tipo se le acerca a Donovan, que está cargando vía al gol, y se lanza a atacarlo, pero se deja driblar. Donovan mete el gol. En pleno descuento.

Ganan los americanos.

Salen todos. Cargan a los jugadores. Aunque Donovan cae al piso. La esposa, la tipa de Grey´s Anatomy, aparece con los hijos en el estadio. Y sale corriendo. Y lo abraza y lo besa. Le dice que no hable. Que lo va a perdonar. Que en este tiempo se dio cuenta de lo que vale.

El resto del equipo celebra, cargan en hombros a Bradley hijo y papá y Charlize Theron. Sobre los hombros de los jugadores se dan una lata, con una musiquita inspiradora.

Ya al final de la celebración están saliendo del campo, cuando Maradona se le está acercando a al Chicano Torres cuando Bradley va y le dice:

- Leave my players alone!
- These are not players. – dice Maradona.
Bradley le da un coñazo y lo tumba. Y él se queda gritando:
- You will pay for this! You will see! I am Diego Armando Maradona.
Y los gringos salen del campo riéndose.

La peli se acaba ahí. Después de THE END sale en la pantalla:

“Estados Unidos llegó a Semi-finales del Mundial Sudáfrica 2010, donde perdió contra Alemania. Fue su mejor participación en la historia.”

Pasa otra pantalla.

“En el mundial siguiente. Ganaron la copa.”

Pasa otra pantalla.

“Bradley papá continuó siendo el Director Técnico del equipo hasta que se retiró en 2017. Su hijo Michael heredó la posición.”

“Michael se casó con la veterinaria Sudafricana, y ahora viven en Washington donde tienen una fundación para el rescate de los animales.”

“Donovan volvió con su esposa.”

“El Chicano Torres se casó con la actriz Alicia Machado.”

“El Ghanes malo, pidió asilo en texas y ahora tiene una tienda de deportes en Miami…su socio es Donova.”

THE END AHORA SÍ.

Canción de Taylor Swift.

viernes, 25 de junio de 2010

Club de Lectura Bloggero.


Hace más de un año comencé un club de lectura. Entre mis hermanas, Charles y unos cuantos amigos nos reunimos un día y montamos una especie de cofradía de intensos, obsesivos con los libros.

Hicimos un decálogo, entre los que está como regla principal tomar vino durante las sesiones, quizás porque ya todo el tema del decálogo hacía que las cosas fueran demasiado serias. O porque como dice mi papá, somos un grupo de gente que utiliza la literatura como excusa para beber. Yo soy de las que piensa que literatura y vino deben ir juntas. Se complementen terriblemente bien.

El decálogo, parecía importante para darle cuerpo al grupo. Lograr que fuera algo que se tomaba no demasiado en serio, por el vino, pero si lo suficiente como para que no llegara gente diciendo: No me leí el libro, pero sírveme una copa. Claro, que uno de los puntos del decálogo establece que no es obligatorio terminar el libro. Dejar un libro por la mitad es una opinión. Hay que fundamentarla pero es. Y sí ha pasado que hay miembros que no terminan un libro propuesto, porque creen que no lo merece, y la discusión ha sido excelente.

Estos encuentros son una maravilla. Cada quien trae su visión de las cosas. Su punto de vista particular, y aunque al principio nos daba un poco de pena expresar nuestros verdaderos sentimientos hacia las cosas, a estas alturas ya todos decimos lo que pensamos sin tapujo. Al final, después de los vinos, las conversaciones a veces se ponen profundas y nos hemos quedado filosofando hasta bien entrada la madrugada.

Quizás se podría decir que estar en club de lectura es algo que está de moda. Yo no soy muy amante de las cosas que se ponen de moda, y sí pienso que la última manera como uno debe afrontar la vida es dejando que los demás tomen decisiones por uno. Si te gustan tus uñas negras píntatelas. Si te gustan tus leggins y alguien te dice que es que están pasados de moda, es probablemente porque tiene un culo del tamaño de Estados Unidos, o una personalidad nula. Uno tiene que hacer lo que a uno le nazca, lo que uno quiera, y aunque a veces sea difícil, tratar de separar los consejos bien intencionados, de la dominancia, de las personas que lo que buscan es imponer su opinión o afirmar sus dudas con otras personas.

En todo caso, sí hay una moda que me gusta, es la del Club de Lectura. Siempre he pensado que una de nuestras desgracias es que somos una sociedad que no lee lo suficiente. Pero pareciera que eso está cambiando. Y espero que eso también nos ayude a forjar mejores escritores. Pues no hay buenos escritores sino hay grandes lectores. O corrijo, puede haber buenos escritores que no sean grandes lectores, pero no hay grandes escritores, que no hayan sido grandes lectores. Como decía Borges, escribir bien es mucho más fácil que leer bien.

Leer a veces es muy difícil. No sólo desde el punto de vista del análisis. Sino que uno a veces pasa por épocas en las que cuesta mucho por diversas razones. Tiempo. Obligaciones. Mil cuestiones prácticas. O hasta porque te enfiebraste con algo en la tele y eso te roba los minutos, las horas que tendrías para zambullirte en ese libro de Cortázar que siempre habías querido leer.

Mi cola de libros es bastante grande. Algunos esperan más que otros. Hay incluso los que se van quedando rezagados porque voy metiendo otros recién llegados, que por alguna razón le quitaron el turno a uno que tenía varios meses en el estante.

Es el caso de lo que estoy leyendo ahorita: Blue Label y Sobre la Fotografía de Susan Sontag. Una mezcla un poco rara. Pero Blue Label se coleó porque la necesito ya que uno de mis grandes intereses es la literatura juvenil, y este trata sobre unos adolescentes. Sontag se coleó porque creo que tiene todos los méritos y todas las razones para hacerlo. Es una gran escritora y en lo que pueda voy a buscar más de su pluma porque creo que es fascinante. Es una de esas personas que me encantaría más que conocer, ser su asistente personal. Me la imagino como Meryl Streep en The Devil Wears Prada versión literatura.

Deberíamos armar un club de lectura bloggero. Yo voy compartiendo mis lecturas con ustedes, sí se animan o las han leído, las discutimos vía la entrada. No voy a hacer de crítica literaria. Eso sí. Porque para ser alguien así se necesitan unas cualidades que yo no tengo. Esto sería como el Club de Lectura con mis amigos. Una opinión, sin ínfulas, sin esto ni aquello, sino simplemente con toda sinceridad, hablar de la experiencia de haber leído el libro. Cualidades, defectos. Describir la experiencia. Si fue buena. Si fue mala. Si recomendarían el libro, o si más bien lo mandarían al olvido. Dudas. Miedos. Sentimientos. Afirmaciones. Si por casualidad es libro de esos que golpean y cambian la vida.

Me encantaría empezar con Blue Label. Me falta poco para terminar. Se consigue en todas las librerías. Se lee rápido. El que se anote. Bueno. Plomo al hampa. Y como yo creo en la libertad de todo tipo, el que no quiera mandar su opinión públicamente, mande un mail. Aquí no se juzga, ese trabajo es de Dios y cuando yo apliqué para la posición, ya estaba tomada.

jueves, 24 de junio de 2010

Tomás: El Schnauzer Miniatura

Schnauzer miniatura. Supuestamente sal y pimienta. Así lo anunciaban los clasificados en los que leí que su camada estaba en venta. No. Tomás es un perro gris, y cuando está recién afeitado y bañado, es plateado.

Su cola es como una antena pequeña, que está esperando cualquier señal para moverse, meterse o quedar totalmente paralizada. Sus orejas puntiagudas, son las de un Dr. Spock del mundo canino. Y su barba, es una barba de intelectual. Bigotes de pensador. De sabio que tiene la verdad en la mano.

Y esa es la actitud de Tomás. No es el perro común. Y a veces, si uno se le queda viendo a los ojos, puedes distinguir en el fondo de su peculiar y penetrante mirada, un gato.

Tomás se acerca sólo a quien quiere. Sólo si lo tratas bien y si pasas, las diferentes pruebas que él tiene para catalogar a los humanos en su complicada mente. Vive aquí porque yo me quedé con la custodia después de mi divorcio. Es un perro totalmente traumatizado por haber absorbido la rabia y frustración de una relación fracasada.

Es un perro totalmente egocéntrico. Lo que más le importa en la vida es comer. Ahí sí no importa quién seas, ni qué estés haciendo en esta casa. El se acerca para implorarte con la mirada que compartas, un pedacito de tu comida con él.

Come comida de perro. Sin duda. Galletas, orejas de cochino, que engulle como si fuese un Mastín Napolitano de 70 kg. Se las come más rápido que Astro, que tiene cinco veces su tamaño.

Come toda clase de frutas y verduras. Es raro ver a un perro desesperarse por un pedazo melón, o montarse en una silla para tomarse al agua de la lata de palmitos que quedó sobre la mesa la de cocina. Lo único que Tomás desprecia, porque todos tenemos algo que no soportamos, es la lechuga y las galletas de soda.

Como toda “persona” está llena de contradicciones. Es un tipo casi soberbio en algunas cosas, pero a la vez muy sumiso. Le tiras una pelota y cualquiera de los otros perros, conocido o no, viene y se la quita. Él se le queda viendo como el más tonto de la clase.

Lo mismo pasa con la comida. Con el agua. Si él está comiendo y alguien se antoja, lo empuja y él se hace a un lado. Se queda viendo con las orejitas hacia atrás y el rabito metido como se quedan con lo que es suyo.

Tomás no puede dormir en piso. Lo más que acepta es dormir en sillón o sofá. Si no al día siguiente no vale medio. Él no se considera perro como los otros. Él siente que es algo más. Y tampoco es de levantarse temprano, si le prendes de la luz antes de las 6:30 se le caen los párpados, te mira con desprecio y bosteza cada tres minutos. Eso sí, no te puedes pasar de las 7 porque se hace pipí enfrente a la puerta, y te pone cara de “Explícame el esfínter que aguanta más de 8 horas, la culpa es tuya my homo sapien friend.”


Siempre he dicho que la antena que tiene en la cola sirve para predecir el tiempo. Porque Tomás es mejor que cualquier servicio meteorológico para pronosticar las condicionas climáticas.

Todo sucedió un día, cuando todavía vivíamos en Texas. Estábamos él y yo sentados frente a la tele. Afuera, la tormenta daba miedo. Los rayos eran como de esos que puedes ver a lo lejos dibujando un camino zigzagueante, como si fueran el rayo láser de Dios.

En una de esas uno cayó justo afuera de nuestra casa. Fue más bien un pequeño terremoto. Todo tembló, y Tomás, que estaba acurrucado a mi lado, pegó un brinco y se hizo pipí del susto. De allí en adelante, nada más la lluvia lo pone a temblar.

Hay que darle más calmantes que los que mataron a Elvis Priestley. Y con todo y eso, el tipo sigue temblando y parece no tranquilizarse. Aunque cuando el miedo pasa le hacen efecto y duerme como diez horas seguidas.

Uno sabe si va a llover porque él se sienta al lado de tus pies y pone cara de consternado. Orejas hacia atrás. Mirada perdida. Respiración agitada. Si además empieza a llorar, quiere decir que lo que se viene es una lata de agua. Y si se esconde, o empieza a caminar de un lado a otro, entrando y saliendo de los cuartos, sin hallarse en ningún lado. Entonces lo que vienes una tormenta padre. Lo que más lo calma es que te arropes con él y le tapes la cabeza, y lo abraces fuerte.

Tomás no se puede llevar mucho a pasear, porque tiene cero autocontrol. Les ladra a todos los perros. Y ladra como una foca. Pegado, continuo, como si le hubiese quedado el disco pegado. Te rompe los tímpanos y desespera a todo el mundo.
De repente ve un perro y sale corriendo sin que le importe nada. No te escucha, no se para. Le ladra a Chihuahuas y a Dobermans, a mastines, a Poodles, a Beagles, a Pitbulls. El cree que podría fácilmente con cualquiera. El es Schnauzer, miniatura, pero se ve en el espejo y ve un Gran Danés. Debe ser algo de las orejas.

Y su otra obsesión son las motos. No puede escuchar el sonido de una moto, porque se vuelve loco. Quiere correrles al lado, como si fueran el toro y él el torero, pero su meta es que el conductor lo monte y lo paseé. Si alguien viene a esta casa y viene en moto, él lo sabe y no se le despega a esa persona. Y no se olvida.

Tengo amigos que tienen moto y cuando vienen, así sea en carro, o a pie, el igual se pega como diciendo “yo sé que tú tienes una moto, y yo también soy un patotero.”

Es un perro extraño Tomás. Pero noble. Muy noble. El minino canino. El perro egocéntrico. El perro gris, que si me ve llorando se esconde debajo de mi cama. Celópata que no se lleva con mi esposo. Los dos no se hablan, no se determinan, cuando uno llega el otro se va. Y cuando nos montamos toda la familia en el carro uno siente la tensión de ambos.

Tomás. Un perro de gran personalidad, que no le importa el resto del mundo. Pase lo que pase, el sigue siendo él mismo, y el mundo que se joda. Creo que si pudiese nos diría que su lema en la vida es “Cada quien que haga de su culo un florero.” Como me dijo un amigo el día que lo vio por primera vez “ya entiendo por qué, lo quieres tanto.”

martes, 22 de junio de 2010

Martha te espera



Como decía Elliot Erwitt. “Los Perros son como la gente, sólo que con más pelo” Perros hay de todas clases. Chiquitos. Grandes. Medianos. Peludos. Con escaso pelo. Con peinados complicados. Que botan pelo. De patas largas. Cortas. De rabo. Sin rabo. De oreja. Sin oreja. Hasta los hay de hocico chato. De mucho ladrar. Silenciosos.

Y no es nada más la parte física lo que hace que la especie canina sea tan amplia como la humana. Es también lo emocional. Perros los hay complicados. Desenrollados. Histéricos. Exigentes. Reservados. Regalados. Malhumorados. Selectivos.

A veces depende de la raza. A veces depende de la vida que han vivido. Tal cual como los humanos.

Lo que realmente diferencia al perro del hombre, es su capacidad para ser incondicional. Es ese estar allí como dice Carrey Bradshaw “no matter what.” No importa si te caes de culo o de cara. Si robas un banco. Si dices mentiras. Al perro no le importa si dices groserías. O si te engordaste tres kilos en navidad.

Aunque puedes tener por seguro de que si estás en plena crisis de anorexia, y te adelgazaste cinco kilos que te dejaron en el hueso, tu perro se va a deprimir contigo.

Si tienes miedo tu perro se va a asustar. Lo va a sentir. Si tienes sueño él duerme contigo. Si te provoca salir a trotar, no habrá nadie más feliz. No existe que el perro se amargue porque te ve amarrándote los zapatos de goma. Así sea un Carlino que se empieza a ahogar cuando da dos pasos.

Claro, que existe un perro que agradece y ama más que ningún otro. El rescatado. El que ha sufrido. Tal es el caso de Astro. Ese “labrador con algo” que vive conmigo y a quien todas las semanas le pregunto enamorada, si quiere ser mi novio. Mi esposo lo rescató hace ya más de diez años. Y la verdad es Astro es algo del más allá. Tiene una sensibilidad que no tienen los otros enanos.

Y no es que sea más fiel que los otros, es simplemente que él sabe lo que es no tener a nadie. Y te valora. Te valora más por el simple hecho de saber lo difícil que es vivir sin ti.

Es por eso que al mestizo, lo que le falta en pedigrí le sobra en corazón. Y además lo compensan con inteligencia. Es como si supieran que no te pueden comprar siempre con su aspecto físico. Porque muchas veces tiene lunares en la lengua, o unas patas que no van con su cuerpo. Orejas demasiado largas. O una cola de arco que apunta hacia su extraña cabeza.

Estos perros son más obedientes. Hacen más trucos. Se pegan más.
No sé cómo explicarlo, pero el mestizo. El rescatado. El que salvas. El que le dan un chance de demostrar que el mandamiento de todo perro es “Amarás a tu amo más que a ti mismo.” Lo cumplen, una, dos y tres veces más que cualquier otro perro.

ESTE POST ESTÁ DEDICADO A MARTHA. ESPEREMOS QUE PRONTO ENCUENTRE UN HOGAR QUE LA MEREZCA DE VERDAD.

lunes, 21 de junio de 2010

Crónicas de Mascotas Psicóticas.


Ayer en plena celebración del día del padre nos encontramos diciéndole a mi hermana mayor "no le hables así a Astro que está sensible y va a entrar en crisis existencial otra vez." Acto seguido discusión sobre animales, psicología, sentimientos. Uno no debe pasar por la vida sin tener una relación con un animal. Es como morirte virgen, sin probar el chocolate, sin pintar una paloma que te salga del alma. Son cosas que hay que experimentar. Entre otras cosas porque te sensibilizan.

Mi primera mascota fue un loro. El loro, Roberto, era una belleza. Nos queríamos. Aunque no era lo que yo había soñado por tener como loro. No tenía las alas cortadas, cosa que me parecía una crueldad. Sólo dejaba que le tocara la patica, porque era muy arisco, y cada vez que podía se escapaba. Eso sí, yo me paraba delante de la jaula y cantaba, y el loro bailaba, y abría las alas. Feliz.

Sin embargo, yo estaba frustrada porque quería un perro. Mis hermanas habían comprado un salchicha cuando yo tenía como siete años, al que le pusimos Mágnum, La Salchicha Agresiva. Mágnum era uno de los perros con más personalidad que he conocido. Su profesión mental era: cazador de ratas. No sé cómo no le dio botulismo o algo así. Cazaba unas ratas que eran casi un tercio de su tamaño.

Mágnum y yo desarrollamos una relación profunda, que no me di cuenta de su alcance hasta que una tarde, mi prima y yo empezamos una pelea de cojines mientras veíamos televisión. No era una pelea hostil, más bien cariñosa, aún así uno de los cojines me dio directo en la cara y yo me asusté. El perro, no la perdonó. Le brincó encima, y desde ese día cada vez que la veía le gruñía y trataba de morderla.

El problema entre Mágnum y mi prima se balanceó cuando a una de mis hermanas el novio le regaló un Pomerania. Una de esas escenas que sabes que jamás vas a olvidar. El tipo paradito en la entrada de la casa, tratando de verse cool y seductor, y tú, la hermanita fastidiosa, que lo que ves es un pendejo con una caja que tiene un perro que parece de marico, que no deja de moverse y que en cualquier momento hace un desastre.

Y en mitad de aquello anticipas la arrechera de tu mamá cuando vea el animal, y que sabes que se va a tragar el “me sacan ese perro de aquí,” a fin de no hacer una escena delante del pobre diablo que se quiere levantar a tu hermana. Al final el perro se quedó. Mi hermana por supuesto no le paraba mucho. Aunque yo jugaba con él todo el tiempo.

Aprendí a esa edad que los Pomeranias tienen los colmillos más antipáticos de todos los perros chiquitos y se irritan de nada. Debe ser el pelo blanco parado, que los hace sentirse superiores. El perro, Nevado, desarrollo un placer enorme por mojarse en la lluvia. Le dio moquillo y se murió. A mi hermana no le quedó más remedio que empatarse y casarse con el chamo.

Volvimos mi prima y yo a jugar sólo con Mágnum, que seguía odiándola. Pero macho al fin, un diciembre nos fuimos de viaje y el perro se quedó casa de mi tía. Por supuesto la encargada de darle la comida a los perros era mi prima. Ella tenía miedo al principio, pero Mágnum fue cariñoso con ella. Al regresar ella me dijo “chama, el salchicha del coño me perdonó.”

Nada que ver. Apenas llegué yo, el tipo volvió a odiarla. Ese fue el día que comprendimos que el sexo masculino es una mierda. Teníamos 11 años.

Ese año nos mudamos, y con nosotros se vino el otro perro que teníamos, un Pastor Alemán que era “el perro de cuidar la casa,” pero que había pasado tanto tiempo encerrado, (clásico error de las familia que tienen mascotas) que había perdido toda noción de la realidad, y era imposible jugar con él. Cabe destacar, que ese perro Don Quijote (Su dulcinea una poodle blanca, que le regalaron a mi hermana cuando yo nací ya había muerto.) tuvo un compañero, que yo creo que fue su mala junta y perdición.

Rodillo. Un Cacri (callejero criollo) que rescató mi hermana mayor en una fábrica. Un tipo blanco, con una mancha negra en el lomo, con unas patas demasiado cortas para su robusto cuerpo, y que aunque era suave y provocaba tocarlo, era imposible hacerlo. El pana estaba totalmente quemado. No sabía si correr. Si morderte. Si destruir un muble. Hasta que mi mamá lo regaló.

Donqui, el pastor, era un racista empedernido. No le gustaba la gente de color, y no soportaba a un amigo francés de mi papá que tenía un olor particular a gente que “vive en un país tropical pero se rehúsa a usar desodorante.” El perro decía con ladridos todo lo que la gente no se atrevía a decir por educación y pena. Eso es lo que amo con los perros, no saben lo que es la hipocresía. No la manejan. Sólo duró un par de meses en la casa nueva. Y se murió. Viejito.

Pasamos unos buenos años sin perro. Mi mamá decía que ya era libre. A ella no le gustaban los perros. Le daban alergia. La fastidiaban. Más la fastidiaba yo que, no me conformaba con el loro y todos los días le pedía un perro.

Una de mis hermanas tenía un novio que adoraba los perros y de vez en cuando íbamos a ver camadas de las publicaban en los clasificados. Sabíamos que no íbamos a comprar ningún cachorro, pero al menos nos hacíamos la ilusión.

Un día, quizás por distracción, cuando tenía catorce años casi quince y atravesaba una crisis profunda de adolescencia, le volví a decir a mi mamá “Quiero un perro” y ella dijo que “sí.” Acto seguido le dije a mi hermana que llamara a su novio. Teníamos permiso. Íbamos a comprar un Golden Retriever.

Nala. Por esa época estaba de moda El Rey León. Apenas mi mamá la vio se iba muriendo. Me regañó. Dijo que había dicho que sí al perro, pero que eso no significaba que podía ir a comprarlo. Me juró que iba a botar “a ese animal” de la casa. Pero Nala es prueba de que nadie se puede resistir a los encantos de un Golden. Nala vivió casi catorce años en mi casa. Parió 12 cachorros de su segundo novio. El primero no le gustó, se sentó y no dejó que la montara.

Fue una compañera de lo más fiel. Perra luchadora que pusieron a dormir sin decirme nada, porque según mi cuñado, aquel novio ahora casado con mi hermana, ella ya estaba muy vieja y no tenía calidad de vida. Nala era de esas perras que sabía cuándo estabas triste o feliz. Y que tenía severos problemas psicológicos. Que cuando quería llamar la atención cavaba huecos en el jardín o padecía de embarazos psicológicos. Si la ignorabas por algo, su mirada triste era insostenible.

Una de las hijas de Nala, Helga. Vivió también toda su vida en mi casa. Helga fue uno de esos cachorros que nadie quiso comprar, y que no encontramos a quién regalárselo. Cada vez que abría la lengua se le veían unos lunares muy extraños y tenía los dientes torcidos. Mi mamá decía que es que el papá era raro.

Mi mamá también decía que Helga tenía baja autoestima, porque escuchaba mucho la palabra ¡Fuera!. La pobre. Su error era mojarse muy seguido, y por eso olía horrible. Y se acercaba y la gente le decía ¡Fuera!

Es que le pasabas la mano y quedabas tú más hedionda que ella. Pero aún así, como me dijo el veterinario cuando murió “le diste comida, techo, cariño y no la pusiste a ver las cadenas de Chávez durante diez años. Un perro no puede pedir más.”

Y así. Cuando Helga se fue, en mi casa quedaron tres perros de cinco. Dos Schnauzer y un cacri. Tomás. Catalina. Astro. Cada uno un personaje. Cada uno con una historia digna de un libreto de Leonardo Padrón.

sábado, 19 de junio de 2010

Cómo Estoy Viviendo


Resumen de algunas cosas de mi vida últimamente:

- No estoy comiendo muy bien. No es que estoy comiendo mucho, pero no estoy comiendo bien. ¿Cuándo se ha visto que yogurt y maní hacen una cena balanceada? Anoche.

- Atrapada mal por la fotografía.

- Sigo sin madurar. Gracias a Dios.

- Estoy tomando bastante café. Lo había dejado con el embarazo. El problema es que no puedo resistir el olor del café recién colado tempranito por la mañana. Y me tomo una taza inmensa. Muchas veces otro a media mañana, y no vivo sin el que me toca después del almuerzo. Hay gente que seguro toma mucho más, pero considerando el tamaño de la taza de la madrugada es mucho. Mi estómago me lo está tratando de decir.

- No estoy comiendo frutas. Me da como flojera. No sé por qué. Las veo y es así como “ay, ustedes otra vez. Las damas salesianas de la comida. Qué fastidio.” No sé, es como que comer frutas es portarse bien y yo me quiero portar mal.

- Estoy durmiendo poco. Me levanto temprano. No siempre me acuesto tarde. Pero tampoco es que a las ocho de las noche. Ando en plan de “descansar es empezar a morir.”

- Estoy viendo muy poca televisión. De chama yo veía demasiadas horas. Mucho más de lo que debería estar permitido. He tenido momentos en mi vida en que puedo decir de memoria la programación de los canales de series y cosas así. La verdad es que hoy en día veo The Office, aunque esté repetido, porque me encanta. Cuando es la época de American Idol, confieso que lo veo. Y eso sí, almuerzo viendo Friends, con mi papá y m mamá. Es como el break diario del trabajo y la rutina. De resto, la verdad, me cansé un poco. Prefiero leer.

- No estoy leyendo todo lo que quisiera. Tengo muchos libros en cola. Me imagino que esta será una sensación que estará allí toda la vida.

- Soy extra, súper, full, desordenada. He tratado numerosas veces de corregirlo, pero confieso que cada vez que voy a ordenar digo: en vez de estar haciendo esta mariquera tan poco trascendental debería estar leyendo o escribiendo, o jugando con mi chama. Entonces dejo las cosas cómo están. No tengo el hábito aquel de “un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar.” Creo que esa no es forma de vivir. No puedo. No soy yo. Yo improviso o no existo.

- Música. Amo escuchar música. Amo bailar. Y quiero a final de año meterme en clases de guitarra.

- Sigo amando el chocolate. Lo como todos los días. No existe no comerlo.

- Mi número actual de mascotas: 3 perros y un gato. No está nada mal. El gato vive afuera de la casa, llegó aquí porque le dio la gana. Nos hicimos amigas porque a ella le dio la gana. No queda más remedio, hay que contarla.

- Me visto cómo me gusta y cómo me siento. Cada vez menos le paro a lo que dicen los demás. Y parece una tontería, pero es una liberación. Porque la manera de vestirse es algo tan personal, que cuando uno ve a un fashion victim, estilo la gente que se pone lentes de sol enorme porque Angelina Jolie se los puso, uno ve falta de personalidad. Así como la gente que se enfunda de marcas para impresionar a los demás. Me liberé de eso. Me importa un pepino, y con el paso del tiempo he descubierto que eso me da un gran libertad. Creo quienes hemos estado en relaciones en las que la pareja exigía a la hora de vestirse, entendemos.

- Cada vez siento menos apego por lo material. No es que ando a punto de hacer votos de pobreza. Para nada. Me encanta un cachivache, una chuchería de mujer. Pero tampoco es que tengo como meta de vida comprarme joyas. Es más, no tengo. Y no me importa. No soy de las que se muere por unos diamantes, porque como no voy a vivir para siempre, no me trago el cuento de que son para siempre. Prefiero libros. No tengo como meta comprarme un carro gigante. Estoy tratando de escribir. No gano como para comprarme un carro gigante, y eso no me frustra. No es lo que busco. Adoro mi carro carranclo al que hay que hablarle para que no se recaliente. Es fiel. Se parece a mí. Chiquito, menudo, con demasiado motor para la carrocería tan pequeña que tiene. No tengo como meta comprarme una casa gigante. Nada de eso. Yo quiero escribir. Fotografiar. Hallar o al menos acercarme a encontrar aquello que busco internamente. Quiero acostarme por las noches y sentirme tranquila. Quiero conocer lugares nuevos, hacer amigos, rumbear, bailar, amor, pasión, tener buenos cuentos para echar, de esos que cuando cuentas te vuelves a reír. Quiero ser una persona tranquila. Contenta. Quiero que el día que me llegue el turno, poder decir, le saqué todo lo que pude a mi estadía en esta dimensión.

- Me gustaría ser más tolerante con los demás. Es decir hablar menos de la gente. Creo que veces uno cae en el juego ese de estar criticando a los demás. Es terrible. Dos máximas que no quiero olvidar, “cuando apuntas un dedo a los demás estás apuntando tres a ti mismo” y la otra “criticar es muy fácil, cualquier idiota puede hacerlo.”

- No soy tan tecnológica como debería serlo. Mi receta para arreglar la computadora es ctrl + alt + delete o en su defecto dejar el botón de power pegado. Pero en mi favor, he comenzado a hacer respaldos de información.

- No estoy haciendo tanto ejercicio como debería. Me da una flojera.

- Abrazo y beso a mi hija cada vez que puedo. No quiero que le falte eso. A veces me da cosa que paso muchas horas en la computadora. Que no voy a ser la típica mamá que la lleva al mercado en ropa de gimnasio. Que a veces mientras ella juega yo estoy al lado escribiendo o leyendo. Que mi papá juega con ella más que yo. Pero a la vez recuerdo, que ese es el ejemplo que le quiero dar. La maternidad es difícil. Son muchos sentimientos a la vez. Eso sí, predomina un amor inmenso, indescriptible e insuperable, que me siento afortunada de haber conocido.

- Sigo siendo atorada y con poca paciencia.

- Voy muy poco a la peluquería.

- Amo desayunar fuera de mi casa.

- Tengo tiempo sin ir a la playa. Eso sí, tengo que decirlo. Odio los clubes y odio los clubes de playa. No me gustan. Esos lugares de socialización forzada me sacan la piedra. Me deprimen. Me deprimen mal. No me gustan. Siempre que voy, veo lo peor del ser humano. Si yo fuera superman esa fuera la criptonita. Es horrible. Se me sale la energía y me convierto en una especie de no sé qué. Mal. No me gustan. A mí me gustan las playas más salvajes. Y sí, no me gusta que me hablen cuando estoy leyendo frente al mar. Es como romper una relación sagrada entre arena, sol, sal, literatura y yo.

- Me encanta mi vinito. Me fascina una copa de más. No lo voy a negar. No es que todos los días, qué pasó, qué pasó vamos ahí, decía Don Ramón del Chavo. Pero es parte de vivir. Además, yo me tomo dos copas y ya estoy hablando el triple de lo que debería. Que ya es decir muchísimo.

- Pierdo todo.

- Sigo soñando con tener un programa de radio. Y por qué no con animar American Idol.

- Me sigue gustando ver el Miss Universo.

- Tengo el mismo miedo a la oscuridad que tenía a los ocho años.

- No me gusta el dentista.

- No me gusta decir adios.

- Me dan caga los aviones.

- No voy mucho a matrimonios. Me fastidia emperifollarme. Sólo voy a eventos sociales cuando es estrictamente necesario.

- No hablo con gente que me da flojera.

- Mi respeto se lo gana la integridad y la inteligencia. Cada vez le tengo menos paciencia a la banalidad. Y no lo digo como algo bueno. Esto es un gran prejuicio, no soy quién para decirle a nadie cómo vivir.

- No veo películas que me ponen triste. No más cosas del Holocausto, ni nada de eso. No veo ciencia ficción. Y aunque me gusta el buen cine disfruto con películas malas que me hacen reír. La vida es suficientemente complicada en versión 3D.

- Me gusta salir a chismear con mis amigas y terminar hablando duro. Casi gritando.

- Me gusta ir a exposiciones.

- No me gustan las aglomeraciones de gente, como los conciertos. Soy como mi papá, siempre pienso que lo vería mejor desde mi casa. Aunque confieso que hay cierto placer en decir, yo estuve ahí.

- Canto en la ducha como si fuera una artista famosa.

- No me puedo depilar sola. Me da miedo.

- Uso lentes desde hace un poco más de un año. Debería manejar con ellos. No lo hago.

- Odio cocinar. No tengo ningún interés en hacerlo.

- Amo un masaje.

- Trato de no hacer a los demás lo que no me gusta que me hagan a mí.

- No soy tan sincera como debería.

- Voy al psiquiatra y no lo escondo. ¿Por qué tendría que hacerlo?

- Me baño todos los días.

- De vez en cuando tomo refresco de uvita.

- No digo que no a un tequeño. Nunca.

- Me encanta ir al parque de perros.

- Sonrío a los extraños.

- Jamás le reclamo a un mesonero. No devuelvo la sopa.

- Tengo casi seis años sin comer en McDonalds.

- Amo los cuadernos Semikolon.

- Hago anotaciones en los libros.

- Sigo siendo friolenta.

- Mi blog tiene dos años cumplidos, y no lo he dejado.




Me Voy a Escribir

Me voy a ir a escribir. Por A o por B de le vida se me dio la oportunidad, así que como dirían por ahí voy a “agarrar a mi muchacha” y voy a trabajar en mi proyecto literario.

Tengo que confesar que me siento como si tuviera once años y me estuviera yendo para un campamento. Da susto. Estoy nerviosa. Como diría Grace mi amiga Argentina Re-nerviosa.

Pero es algo que me debo a mí misma y que tengo que hacer. Necesito la tranquilidad y el espacio. Además, aunque yo no soy persona de estar creyendo en astros y cosas por el estilo, sí creo que el mundo y el destino te mandan señales. Y esas señalas son oportunidades. Uno muchas veces las deja pasar, porque no se da cuenta. Pero cuando tienes una oportunidad enfrente, cuando el mundo te toca la puerta, puedes perder tu destino si no lo escuchas bien.

A mí me ha pasado muchas veces. Hubo muchas oportunidades que dejé pasar, por estar distraída con el amor. O con amigas. O simplemente por miedo. Porque vivir da miedo, y muchas veces uno de la espalda a las oportunidades para quedarse en la tranquilidad de su hogar.

Así que esta vez no. Esta vez Manu hace la excepción y le va a “echar plomo al hampa” para decirlo coloquialmente. Me voy dentro de algunas semanas. No voy a decir a dónde. Quizás así podemos jugar a dónde estoy. Les puedo ir describiendo lo que veo, lo que siento.

Ya por experiencia sé que estas cosas con como el amor y la guerra. Se sabe cómo empiezan, pero no cómo terminan. Y así debe ser la literatura. Aunque, la literatura uno muchas veces no sabe tampoco cómo empieza, ni mucho menos dónde empieza. Veremos. Espero que sea en un lugar en el yo, al menos me acerco, a ser quién soy.

jueves, 17 de junio de 2010

Una Excusa. Auxilio. Socorro.


Una de las cosas que viene con el ADN Venezolano, además de la capacidad de hacer chistes aún ante la situación más negra, es el arte de inventar excusas. Uno lo aprende chiquitico en el colegio, de la maestra que falta, y no sólo le mete el cuento a la directora y a la suplente, sino que pasa un buen rato explicándole a su salón de kinder, el rollo que tuvo con la operación de la mamá, que para más colmo se quedó sin carro, por su casa no pasan camionetas, se quedó sin efectivo para el taxi y como encima le llovió, tuvo que faltar dos días al colegio.

Los venezolanos no es que utilizamos las excusas. Las contamos. Las actuamos. Las adornamos. Las vivimos. Al punto que deberíamos pedir un premio de la Academia a la Mejor Excusa Extranjera porque nos llevaríamos el galardón todos los años sin lugar a dudas.

Dígame plomeros, electricistas y obreros. Son unos expertos en prometer: Sí, yo paso mañana seguro. Y a la semana cuando por fin aparecen, aquello es un monólogo que ni las Cartas de la Monja Portuguesa.

“No amiga, es que lo que pasa es que estaba con un cliente, que tuvo un problemón. Tenía tres meses tratando de arreglarle una tubería y por fin encontré la pieza que le faltaba. Además que encima no sabes, la hija mía no tiene pasaporte y tuve que ir a sacar unos timbres fiscales que ahora hacen falta para sacar el pasaporte. Y no bueno…aquello fue…”

Y uno también es así. Uno tiene sus excusas trabajadas y contadas. Lo nuestro llegó al punto que Juan yo creamos un personaje ficticio. La tía Raquel Mosquera.

La tía Raquel Mosquera vio la luz del día por aquello de que no es justo con la abuela de uno estarla matando todo el tiempo. Además, que nunca está de más el ocioso que es amigo de una tía tuya y sabe que tu abuela se murió hace doce años. Entonces, quedas mal, muy mal, porque encima de mentirosa, le pegas, no a tu familia, sino a la matriarca por excelencia. La madre de tu madre.

En cambio, con la tía Raquel Mosquera es perfecto. La palabra tía da para todo. Si es alguien que conoce a tus papás y te sale con que “ay yo no sabía que tu mami tenía una hermana que se llamaba Raquel.” Entonces tú puedes decir, “lo que pasa es que Raquel era amiga de mi abuela de toda la vida y siempre le dijimos tía.” O en su defecto dices que era amiga de tus papás. Hasta da para decir que fue tu maestra de recorte y pega, a la que te pegaste tanto, que le empezaste a decir tía.

Además de que Raquel Mosquera es un nombre un tanto intimidante. Suena a vieja vestida de camisas estampadas, pelo negro en moño, que se molesta enormemente si uno dice groserías, y si uno llega tarde. Es la propia vieja que así esté viuda pone la mesa completa para comer. Siempre come fruta después de la comida. Ve Alo Ciudadano y habla sola con Leopoldo Castillo; y llueve, truene o relampagueé está los jueves en la peluquería en donde la saludan con un “buenas tardes señora Mosquera. ¿Cómo me le va?”

La Tía Raquel es la excusa perfecta. Cumple años varias veces al año. Hace cenas, despedidas de soltera, baby showers. Se ha muerto. Ha enviudado. Ha tenido nietos. Accidentes. Aniversarios. Hasta creo que una vez publicó un poemario: “oye no voy a llegar, es que esta noche van a publicar el poemario de mi tía Raquel Mosquera y no puedo faltar. Me mata.”

Además, las celebraciones y demás actos de la tía Raquel son siempre chiquiticos. Muy íntimos. Se le dice nada más a unos cuantos miembros de la familia, y hay algunos que no se enteraron porque ella no quiso y tú añades, “no, y cuando se sepa, seguro se prende un rollo. Pero es que la tía Raquel es así.”

Pero, como todo en esta vida hay momentos en los que Raquel Mosquera no te puede ayudar. Son pocos, porque hasta para terminar con un novio ha servido, pero existen al fin, momentos como este.

Resulta que mi mamá llega hoy y me dice:

- ¿Cuándo es que te vas?
- El 15 de Julio – Contesto yo.
- Perfecto – Contesta, mientras que yo pienso “oh fuck, algo oscuro se avecina y no es protector negro.”
- Entonces te da chance para el taller de Los Astros y el Aspaviento Universal. Es Meditación Shalalá. – No era eso, pero algo así.

Yo de milagro hago yoga. Es decir, la hago porque no tengo que hablar con nadie y me gustan los movimientos. Pero jamás he podido meditar, a menos que me estén haciendo un masaje. No creo mucho en eso de los astros, me río de los horóscopos. Un taller, y encima de meditación, no va conmigo.

Mi instinto es contestarle: “Ni de vaina frootie loopies.” Pero mi mamá se me queda viendo como quien le dice a un parquero “porfa déjame estacionar aquí cinco minutos, ande señor, le juro que no me voy a tardar y le regalo un cafecito.” No pude decir nada. Entonces ella me dijo, “piénsalo.”

Pero ya sabemos lo que son los piénsalos de las mamás. Son clave para “si me dices que no, voy a poner ojitos de vaca cagona y a declarar que ya no me quieres.” No hay nada más manipulador que una madre.

Así que tengo que inventar una excusa. Pero una excusa a lo Raquel Mosquera. Sólo que no puede ser Raquel Mosquera, porque mi mamá sabe de ella. No puede ser nada que ella pueda comprobar. Porque las mamás, lo sé, tienen un radar especial. Sé que lo tienen porque aunque mi hija tiene diez meses yo lo tengo.

Hasta ahora no se me ocurre nada. Claro que en una emergencia podría aplicar una de los ocho años, y el primer día del taller, haciendo un puchero, poniendo los ojos chinitos y encorvando la espalda decirle: “mami, me siento mal.” Pero mi mamá es de las que te dice qué sientes y todo lo trata de resolver. Si no hay sangre, o cantidades importantes de vómito, la consigna es pepa y aguantoformo.

Sí. Esa no me va a servir. Podría echarle la culpa al taller de Roberto Mata. Decir que me pusieron una tarea. Podría decirle que me quiero quedar con Clarissa. Podría decirle que estoy estresada. Podría inventar otro taller. Podría Dios…¿qué más podría? Tanto escribir inventando vainas para que a la hora de la verdad no se me ocurra nada. Auxilio. Ayúdeme. Ahora si es verdad que necesito un plomero.

lunes, 14 de junio de 2010

Problemas de Parecido con la Ficción


Puedes levantarte por la mañana, sintiéndote medio mal. Sospechas que lo que tienes es más que gripe, pero no le haces caso. Llueve a cántaros y quieres celebrar porque eso quiere decir que a lo mejor. Que quizás. Se arregla el tema de los cortes de luz. Pero no lo sabes. A lo mejor quitan el racionamiento eléctrico. Pero no lo sabes. Tienes la cabeza en tantas cosas, que ya no sabes ni qué puede pasar, ni que no. A veces no tienes ni idea de qué está pasando.

Encuentras una gotera en tu closet. La impermeabilización del techo siempre ha estado pendiente. Pero cuando el hombre puede no hay materiales. Cuando hay materiales el hombre no se da abasto. Podrías llamar a otra persona. Pero ¿de verdad te arriesgarías a llamar a alguien que no es de tu entera confianza? Te sale más barata la ponchera azul que se va llenando con el agua que cae de la gotera.

No hay agua. No te bañas. Ya verás si vuelve a la noche o si te bañas casa de tu hermano. Te vas para el trabajo, así con tu baño de pollo. De toallitas humectantes Nívea. Y las cosas han llegado a un estado tal, que le das gracias al cielo porque en la farmacia más cercana se consiguen toallitas Nívea.

Te montas en tu carro. No es ni ostentoso. Ni grande. Ni caro. Es más bien viejo. Pequeño. Está golpeado porque suena como si fuera una Harley Davidson de las repotenciadas. De las que los patoteros hacen sonar espantando a todos los vecinos de la cuadra.

Sales de tu casa y retrocediendo, sin darte cuenta le das a la acera. Rompes el tubo de escape. A duras penas llegas al taller de siempre. Está colapsado de carros. Pareciera que el negocio está mejor que nunca. Pero el mecánico se queja. Tiene muchos carros. Sí. Pero no tiene repuestos. Entre esos el que tú necesitas. Te anotas en una lista. Insistes. Te dan el dato de alguien, que a lo mejor te consigue la pieza por debajo de cuerda. Pagando un poco más. Como si estuvieras traficando con una sustancia prohibida.

Y en unos pocos minutos tendrás la misma sensación en la farmacia a la que llegaste caminando. No hay lo que te mandó el médico. Lo hay en genérico. En otra presentación. Otros miligramos. Otra marca. Parecido. No es lo mismo pero es igual. Al final es medicina y ayudará a curarte. Y el que está detrás de ti está igual. Y el que acaba de pagar, justo antes que tú, está igual.

Luego pasarás por el mercado. Y no encontrarás la mitad de las cosas que fuiste a comprar. Encontrarás unas marcas raras. Algunas las comprarás otras no. Irás a otro mercado, donde tienen lo que no tenían en el mercado que fuiste antes, y donde no tienen lo que tenían en el primer mercado. Esta ciudad está cada vez más bizarra. Les avisas a tus amigos que conseguiste las cosas que estabas buscando. Es casi un logro. Vas a regresar a tu casa con leche. Y no con cualquier leche. Leche descremada.

Te vas a montar en un taxi. Vas ojear al taxista con ojos de superagente secreto europeo. Eres casi James Bond. Cada vez que te pase un motorizado por al lado se te van crispar todos los nervios de tu cuerpo. Hasta tus vasos capilares se dilatarán y contraerán. Extraño.

Vas a ver como uno de ellos le roba el blackberry al carro que tienes al lado. No llegas a ver la pistola. Sólo ves a la muchacha asustada entregar su teléfono. No haces nada. No dices nada. Pero te provoca. Sobre todo cuando ves la mirada de impotencia de la muchacha que se queda en su carro. Sin poder hacer nada, pero con ganas de gritar. De darle vueltas al mundo y echarlo atrás como hizo Superman cuando salvó a Luisa Lane. Ciudad de mierda. Tú tampoco puedes hacer nada.

Seguirás. Y en tú trabajo todo el mundo tendrá un cuento espantoso. Habrá gente enferma. De los nervios. Gastritis. Ataques de pánico. Ataques de rabia y de impotencia. Todo el mundo quiere hacer algo, pero a la vez nadie quiere hacer nada. Esto no podría ser más bizarro. No se puede seguir viviendo así, pero a la vez no hay otra forma de vivir.

De regreso a tu casa te va a mojar un carro que pasa por un charco inmenso que dejó la lluvia de esta mañana. Nadie ni te voltea a ver. Nadie ni se queja por el desprecio del otro.

Llegarás a tu casa. Con tu leche. Sin tu carro. Mojado y sintiéndote mal. Y ya te sientes tan mal que lo sabes. Tienes dengue. No tienes ya ni que hacerte el examen. Hasta podrías ubicar el mosquito que te picó. En eso te llama una amiga. La robaron. Y te comenta que en menos de seis meses ha tenido dos veces una pistola en la cabeza.

Y tu historia, podría ser una historia del celuloide. Pero no es. Es un día común. Un día cualquiera en la ciudad de la furia.

Cualquier parecido con la ficción, es una exageración del escritor.

domingo, 13 de junio de 2010

¿Qué coño es la baja?


Estoy en Farmatado haciendo unas compras y de repente ya no se escucha el desesperante hilo musical de Paulina Rubio, sino la voz de una de esas personas que habla por celular como si el cuernófono de los Picapiedra. Es decir, gritado. Era un tipo joven, se notaba por el tono de voz y por el vocabulario. La verdad es que tenía tal tensión en su voz que empecé a ponerme nerviosa. Esta ciudad es un estrés. Todos lo vivimos. Y de repente pensé. Este tipo pareciera que no vino a comprar nada, sino a desahogarse aquí en medio del Farmatodo,. Su monólogo era algo así:

- Es que son unos choros, guebón. Unos delincuentes. Así no se puede. No pana, no. Qué mierda. Esperar tanto para que te vengan con esta mierda…De bolas. Ahí tiene que haber algo raro….Sí…y sabes por qué son unos choros de mierda…exactamente guebón, por eso mismo. Qué arrechera me da esta vaina.

Me empieza como a entrar un ataque. Es como escuchar a Martha Colomina con treinta años menos, una manzana de adán y una gorra. Me asomo y lo veo caminando sin ver los artículos que estaban a la venta. Levantando un pie y después el otro, casi como si estuviera marchando, pero de lo más relajado, no como un militar.

El tipo tenía una gorrita azul y una camisita amarilla. Se queda viendo mi carrito lleno de cosas de bebé y me lanza una mirada casi como de asco. Si supiera que veinte minutos más tarde yo lo estaría describiendo en un blog. A lo mejor me hubiera dado más detalles sobre el por qué de su rabia.

Me paro frente a la caja. Ya me quiero ir. Entre lo caro que está todo y la amargura de este ser ya no aguanto. Pienso “al llegar a la casa me voy a poner a ver una película estúpida mientras empieza el partido, no quiero pensar en nada.” Y siento que el tipo sigue con su fluir de de una conciencia atormentada, cuando se ve que contesta algo que le dijo su interlocutor diciendo:

- De bolas. Es que no hay fútbol. El partido de hoy también fue un fiasco. Si no hubiera sido por ese penal de mierda. Mal cantado. Coño. No hay goles. Esto es una mierda. El peo es la baja…de bolas…¿Tú sabes lo que tiene esa balón?...De bolas guebón. Y si Alemania hace esta misma vaina, de pana que no se sigo viendo esta mierda…Sí, no joda…

Se los dije. Por un mes nuestros peos existenciales son de fútbol.

Y de paso, aunque usted no lo crea, mi mamá, que piensa que posición adelantada es una vaina del Kamastura (mi familia es la familia Focker y mi mamá es Barbara Streisand pero mal). Esa mujer a sus 70 años va ganando en la primera quiniela de toda su vida, después de que la caímos encima porque puso a Inglaterra y Estados Unidos a ganar.

No me canso de decirlo. Amo el mundial. A todas estas, me arrepiento de no haberle preguntado ¿qué coño es la baja? Porque el chisme que tenían, cierto o no, se veía bueno.

sábado, 12 de junio de 2010

¿Qué quieres ser cuándo seas grande?


Hace ya unos años, estando en una ciudad extraña me hice amiga de una muchacha. A medida que nos fuimos conociendo me contó que su papá era pediatra, y también bombero. Aquella mezcla me pareció un tanto extraña. No es lo común que alguien después de estudiar una carrera tan sacrificada como medicina, y trabajar en su consultorio, decida unirse al cuerpo de bomberos. Menos aún, que sea una persona tan dedicada con su labor bomberil, que llegue a ser el Jefe del Cuerpo de Bomberos Metropolitanos.

Entonces ella me dijo: “Es que el de chiquito soñaba con dos cosas, ser médico y ser bombero.”

Ese cuento me recordó la escena de Cinema Paradiso en la que Toto está con Alfredo en la cabina del cine. Alfredo le toma las manos a Toto y le dice, que sea lo que sea que decida hacer con su vida, “ámalo, como amas la cabina de este viejo cine.” Sin duda, esa es mi parte favorita de la película. Es la más contundente, a menos en lo emocional, pues al final Toto termina siendo cineasta, a pesar de que por su humilde proceder, de haber sido alguien con menos inspiración y sin contar el apoyo de Alfredo, hubiese terminado como quincallero de su pueblo.

Para mí, ese es el gran mensaje de esta historia. Porque es desgarrador todo el proceso de Toto, de enamorarse del cine, superar el miedo a Alfredo, entablar la relación con Alfredo, amar aún más el cine, para luego dejarlo a todo a fin de poder cumplir su sueño. Su sueño de infancia.

Y quizás una de las cosas que más me pega de esa película y el por qué lloro a moco tendido cada vez que la veo. (Más allá de lo bien realizada que está, incluyendo la música que por sí sola es suficiente para moverlo a uno.) Es que me recuerda a mi papá. Porque mi papá dice exactamente eso que dice Alfredo, eso que vivió el papá de mi amiga. Que hagas lo que hagas con tu vida, tienes que amar lo que haces.

Tienes que tener algo que haga sentir vivo cuando los días son buenos. Que te haga respirar la emoción de estar aquí, sentirte más humano y a veces casi sobrehumano. Y tienes también que tener una razón de peso para levantarte por la mañana y enfrentar los días duros. Esos en lo que quisieras que la lluvia te arrastrara cuando se desbordan las alcantarillas de esta sucia ciudad.

Yo creo que de vez en cuando es importante recordar qué contestabas cuando alguien te preguntaba “¿Qué quieres ser cuando seas grande?” Y ver si realmente era un sueño. Si era una idea loca. Si respondías porque lo habías escuchado de un amiguito, o porque querías ser exactamente igual que tu papá. Y analizar qué hiciste con esas respuestas y dónde estás ahora.

A lo largo de la vida uno va perdiendo el camino, porque sin darte cuenta te van quebrando la voluntad. Te van convenciendo de que no se puede. Te confunden los sueños con las ilusiones. Y tarde o temprano dejas de lado esa persona que querías llegar a ser, convencido de es sencillamente imposible.

Ciertamente, uno en la vida tiene que tener una dosis de realismo. Pero a la vez uno tiene que confiar en su instinto. En la voz del alma y del corazón. Para mí el camino ha sido muy duro, porque la duda asecha constantemente.

Mentiría si dijese que no pienso todos los días en parar. Me encantaría ser cualquier cosa. Panadero. Abogado. Ingeniero.

Pero a la vez. No hay nada que disfrute más que estar sentada frente a esta computadora. No hay días mejores que aquellos en los que me duele el antebrazo de tanto escribir. En los que veo que las páginas se van acumulando. En lo que tengo tantas historias que dudo por cuál voy a comenzar. Porque las quiero escribir todas.

Y las quiero escribir para mí. Porque la verdad es que no sé si algún día venderé muchos libros. O poquitos. O ninguno. Porque no sé si después de tanto ven y tráenos tu trabajo, algún día las editoriales se burlarán de mí. Al final yo no escribo porque quiero decir algo, yo escribo porque tengo algo que decir. Y yo soy así. Cuando siento algo voy y lo digo.

Y guardado en una caja hay por ahí un cuento. Mi primer cuento. Lo escribí cuando tenía nueve años. Era sobre una niña llamada Laura que convencía a un grupo de niños de ir al “lugar donde eran las guerras” y con un truco distraían a los soldados, y llenaban de flores y papelillo los tanques y las pistolas. Cuando la guerra comenzaba no salían los disparos. Todo el mundo se reía de la broma y la humanidad reflexionaba.

Sí. Era una cosa cursi y horrenda. Lo escribí sobre papel morado con marcadores. Y tiene unos dibujos horribles, que son exactamente iguales a lo que haría en este mismo momento. Pues yo sigo pintando seres humanos haciendo un círculo y cinco líneas rectas. Diferenciando a las niñas con un lacito de dos triángulos y un círculo.

Y sobre ese papel morado, como dice Steve Jobs, con el corazón sabiendo exactamente lo que quiere, sabía sin saberlo que ese era mi camino. Y a lo largo del camino, uno que a medida que crece y madura menos sabe de la vida, muchas veces me desvié. Y a medida que voy recorriendo, a veces la sensatez quiere apoderarse de mí por completo y convencerme de que los sueños no existen. Olvídate Manu de plumas y cámaras.

Pero, cuando veo a mi hija agarrándose de cuanta cosa puede para no caerse, en la proeza que significa aprender a caminar, me siento totalmente identificada. Porque así estoy. Agarrándome de lo que puedo. Dándome golpes y hundiendo la cabeza en la almohada cada vez que me caigo y me doy un golpe. Pero un día de estos. El día menos pensado. Doy mi primer paso.

Y ese día, me voy a recordar del pediatra/bombero. De Alfredo. Y de mi papá. A los tres por haber inspirado la lucha de no renunciar a los sueños. Y de ustedes. Porque sin saberlo, han sido el antídoto contra el veneno de la duda. Y este post es para darles las gracias.





viernes, 11 de junio de 2010

¡Llego el Mundial!


El mundial está aquí. Me moría porque este día llegara. Yo reconozco que mí estos eventos deportivos me desbordan. Sobre todo este. Porque aunque las Olimpíadas me gustan, no es lo mismo. Será porque ahora, hasta el lanzamiento de moco y gargajo son deportes olímpicos, y uno ha perdido un poco la fiebre.

Yo tengo fiebre mundialista. Sí. Llegó la hora de la crisis existencial mundialista. Me lo estoy tomando a pecho.

Y eso a pesar de que mi llenada del Panini fue un fiasco, y no terminé por meterme en ninguna quiniela. Es que eso de tener que adivinar cuanto le sacará Ghana a Japón, si es 3-1 o 0-0. De verdad que no va conmigo.

A mí lo que me gusta es el desgarre del fútbol. Y por eso cuando lo veo grito cosas como:

- ¡Defiendan pendejos del coño!
- ¡Qué haces tú ahí parado! ¿Qué te pasa? Vale Corre mijo, que para eso te pagan.
- ¿Porque el director técnico no saca a este estúpido que lo que está es paseando?
- Guuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuullllllllllaaaazo Maaaltín Polar.
- Qué bello Leo Messi. Lo quiero poner en mi cuarto junto a una muñeca.
- Guardiola. Jamás se vio torta para semejante muñeco. (aunque no esté en el mundial se lo merece.)

Yo me pongo nerviosa. Generalmente los nervios me entran cuando cantan el himno. Jugadores con la mano en el corazón y el capitán agarrándole la mano a un niñito. El que se le ocurrió la idea del niñito debe estar mentando madre si no ha cobrado derechos de autor. Porque le han dado duro. Pero es lo máximo. A mí siempre me entran ganas de pararme firme también. Aunque no sea mi himno el que están cantando. De repente, no importa mucho el pasaporte, me siento un español más, un argentino cualquiera y hasta se me ha desbordado la emoción por un país sobre el que sé muy poco. Camerún.

Y veo los jugadores moviendo las piernas y los brazos. Sacudiéndolos. Como calentando el cuerpo. Botando el estrés y me provoca hacer lo mismo.

Y en eso suena el pitazo, y el locutor lo dice. Y ya no aguanto más. Empieza todo. Cruzo los dedos. Los descruzo. Veo la pantalla como si algo se fuese a salir de ahí. Como si en cualquier momento a quien le pasan la pelota es a mí.

Me paro. Me siento. Hablo por teléfono, y en plena conversación empiezo:

- Pásala. Pásala. Ay va. Lleva uno. Lleva dos.- Voy subiendo la voz hasta que grito. –¡Chuta coño! ¡Chuuuuuta!

Y me disculpo. - Perdón es que está jugando Holanda y tiene que ganar. Me conviene para que después le gane a Alemania y así Alemania no le gane a España. Porque me angustia el Alemania, España.

Lo que no digo es que para más remate saqué la camisita anaranjada que tenía guardada. Porque durante estos 31 días, la ropa que me ponga estará relacionada con los equipos que quiero que ganen.

Siempre me pasa que en algún partido importante me pierdo un gol.

Generalmente cuando la cosa está estancada porque ambas defensas andan muy cerradas y no entra nada. Ningún delantero ve por dónde y digo: “Ya vengo voy a buscar una coca-cola que aquí ya no queda light” Y justo cuando tengo la lata en la mano me llega el grito de la sala, y la angustia. Porque como no vi, no determino bien entre los gritos, si son de rabia o de felicidad. Y corro gritando “¿De quién? ¿De quién?” Con la angustia de que si el gol no es de mi equipo voy a tener que darle explicaciones a alguien. No sé a quién, pero a alguien.

El mundial despierta emociones. Porque siempre hay un jugador que odio o un equipo que detesto, y tarde o temprano voy a toparme con alguien que ama a ese jugador, o que tiene un tatuaje en una nalga con la bandera de ese equipo. Y entonces nos miramos con sonrisita hipócrita y cierta desconfianza. Así es el fútbol.

Durante el mundial tengo nuevos amigos. Y quienes siempre me han quieredo a veces no me soportan. No puedo hablar de otra cosa y en muy poco tiempo tengo en mi vocabulario Concacaf, Bundesliga, y frases como “es que el juega para el Arsenal.” O “él estaba lesionado.” y me memorizo reglas como “si le dan tres tarjetas amarillas tiene una multa de 15,000 dólares. Pero a partir de cuartos de final la cuenta arranca desde cero.”

Es más hasta discuto las reglas. Analizo arbitrajes. Y me parece un dilema ético el hecho de que haya gente que rueda por la ciudad con cuatro banderas diferentes en el carro.

Y me baño y canto la canción del mundial. (La de Waving Flags, porque la de Shakira sin comentarios, eso bodrio no lo reconozco). Me monto al carro y suena la canción, y la canto. Como si estuviera cantando con el resto del mundo. Muevo el cuerpo, los brazos. Que importa si me ven desde la calle. Canto mentalmente con los equipos. Me sientes parte del mundo. Parte de algo grande. Global. Me sientes mínima y gigante a la vez. Y llego a mi casa y canto la canción. Y no me la puedo sacar de la cabeza.

Y sólo quiero hablar de fútbol. Cuadrar dónde ver los partidos. Y cuando el partido se acaba lo que quiero es discutirlo y empezar las predicciones de los que vienen.

Y gozo. Porque sé que me voy a reír. Que me voy a arrechar. Que me voy a desconcentrar. Que me voy a amagar. Que me voy a mentar madre. Que voy a hacer nuevos amigos. Que me voy a desvelar. Que voy a pelear. Que voy a beber. Que voy a echar carro en el trabajo. Que no voy a leer. No voy a hacer ejercicio. Voy a engordar y a perder plata entre apuestas y comida para llevar. Y hasta voy a bailar.

Y no paro de pensar, por más coloquial y trillado que suene, “el mundial sí es de pinga. Por fin llegó.”

Nota: mi equipo era Argentina, pero no soporto a Maradona así que voy por España. Pero sé que cuando juegue la albiceleste no me voy a aguantar. Y voy a terminar toda barra brava. Me conozco.

jueves, 10 de junio de 2010

El Peligro de una Sola Historia



No suelo ver videos largos por Internet. Confieso que si me meto en youtube y algo dura más de tres minutos, no lo veo. Pero para toda regla hay una excepción, que muchas veces se presenta sin que uno la busque. En estos días alguien que considero muy inteligente me mandó un video. Al pulsar el botón de play me di cuenta que la duración era diez y ocho minutos y cuarenta y seis segundos. Sin embargo, decidí darle una oportunidad, después de todo, no parecía una pérdida de tiempo. Me quedé pegada a la pantalla. Lo que escuché, me impactó.

En el video la escritora Chimamanda Adichie habla sobre el peligro de una sola historia. Con ello se refiere a esa visión unilateral, creada por una sola fuente, que tenemos sobre las personas, sobre grupos sociales, sobre países y hasta continentes enteros. A través de de las experiencias que ha vivido tanto en su Nigeria natal, como en Estados Unidos donde hizo sus estudios universitarios, Adichie explica como poco a poco fue rompiendo los paradigmas que se había formado, tanto de sus vecinos, como de la gente que conoció. Y cómo vivió en carne propia el tener que demostrar a los demás, que la imagen que se habían formado de ella, por el simple hecho de ser una “mujer africana” no tenía nada que ver con ella como individuo.

Su punto es como una sola visión que nos puede dar una película, un libro, un canal de televisión, o hasta el relato de un amigo o un familiar, nos forma un concepto y nos convence de que tenemos la verdad en la mano.

Como cuando decimos que los argentinos son pesados, que los franceses son antipáticos. Cuando asumimos que el hombre que cuida su apariencia es homosexual, que la mujer que ha sufrido de violencia doméstica es una débil mental, o hasta cosas tan tontas como que los hijos de los psicólogos son más locos que el resto. O como lo menciona Adichie, que los escritores somos gente que tuvo infancias horribles.

El tema parece muy obvio. Tanto así que los que nos sentimos educados y elevados, por nuestros estudios, lecturas, viajes o experiencias de vida, creemos que entendemos y dominamos. Pero, yo creo que al contrario. Ahora es que nos falta para entender. Y no sólo como género humano. Sino que en Venezuela en particular, tenemos este gran problema. Porque nuestro gran peligro no es precisamente Chávez, ni su corrupción y su odio. Es el factor de “una sola historia.”

Lo digo porque luego de escuchar a Adichie, empecé a sentir vergüenza de mí misma. No puedo creerme una mujer abierta y democrática si de entrada desconfío de cualquier ser vestido de rojo. Lo determino primero, a ver si es por gusto, o es porque chavista.

Sí es chavista. Entonces hago lo imposible por lanzarle una mirada de asco. Porque no lo entiendo. Siento que es demasiado ajeno a mí. De entrada lo juzgo y le quito su calidad de ser humano.

Por eso, siempre que veo gente vestida de rojo pienso que son ladrones y oportunistas. Cobardes, que no se atreven a alzar la voz. Cómplices de todo lo que estamos viviendo. Grandes culpables que algún día verán hacia atrás y se arrepentirán asqueados de sí mismos, por no haber tenido el valor de oponerse al Chavismo. De haberse dejado llevar por el resentimiento que nutre cada una de las decisiones destructivas de este gobierno. Porque eso es lo único que hay detrás de este régimen. El resentimiento y la envidia de un líder.

Pero a raíz de la charla hice algo que tenía mucho tiempo que no hacía. Imaginar a todos estos chavistas como seres humanos. Imagino que tienen novias y novios a quienes les dicen gordo o gorda. Imagino que llegan a sus casas, y sus madres se preocupan por ellos acariciándoles el pelo y preguntándoles ¿comiste? Los imagino con gripe, sintiendo lo mismo que siento yo cuando tengo esa sensación en el cuerpo de que me voy a enfermar.

Imagino que llaman a sus hijos y les preguntan qué van a hacer esa noche. Por qué están de mal humor. Los imagino cantando cumpleaños. Viendo el mundial. Llorando porque él está harto y se quiere divorciar. Bravos, porque ella está siempre de mal humor cuando él llega a la casa.

Seguramente la gran mayoría de esos empleados públicos que aplauden como focas tienen una mamá que llama insistentemente. Como la mía. Tienen hijos que están aprendiendo a caminar. Como la mía. Tienen una familia grande y metiche. Como la mía.

Y también me imagino que esa gente ha deshumanizado a todo aquel que como yo, no ve su visión de país. Sé que ven en mí una sifrina. Que los odia. Que sólo quiere que se vaya Chávez para pisotearlos. Que lo único que le interesa en el mundo es el dinero. Indolente ante la pobreza y la miseria de la gran mayoría de los venezolanos. Que tiene una idea de surgir en la vida, pero es a base de explotar a los demás. Que no le duele la inseguridad, pues en realidad en dónde matan gente es en los barrios.

En sus mentes, seguramente estoy a muy poco de tener cachos y pinchos. Seguramente soy una persona que se ríe cuando lee que en los hospitales públicos la gente se muere porque no hay insumos para atenderlos. Que no le importa que una madre encadena a sus hijos en el rancho porque no tiene con quién dejarlos cuando va a trabajar. Que se burla y dice “bien hecho” cuando llueve y sus precarias casas se deslizan sobre el lodo.

Y lo piensan, porque esa es la historia. La única historia que les han contado. Y la verdad, es que yo ni siquiera he hecho el esfuerzo de contar otra.

Por lo tanto no se imaginan que una vez lloré delante de un niño descalzo en la plaza Altamira que me decía “catira ¿qué te pasa?” Que si me pega saber que las escuelas se caen a pedazos. Que aprieto los ojos al recordar mi parto y pensar que aquí hay mujeres que paren en la calle. Como animales. Que soy de las que piensa que lo que sucede en este país, es más que criminal. Es casi genocida.

Que la Venzuela que quiero, no es la que quiere Chávez, pero sí es la que quieren ellos. Al menos la gran mayoría. Porque yo estoy convencida que nosotros somos víctimas de un gran malentendido. Un malentendido que viene dado porque no escuchamos, sino una sola historia. Los chavistas escuchan la historia de Chávez. Y los no chavistas escuchan la que deshumaniza al chavista.

Parte del punto que hace Adichie es que múltiples historias pueden ayudar a “repara la dignidad rota.” Esa frase me impactó. Porque entre otras cosas, si contáramos nuestras distintas versiones. Si explicáramos el por qué de nuestro modo de ver las cosas, lo más seguro es que terminásemos por comprobar que es mucho más lo que nos une, que lo que nos separa.

Y al final, eso es lo que utiliza el líder para mantenerse. No son las armas, ni siquiera el dinero. Es la división. Es la división y el habernos convencido que lo único que nos mantiene cohesionados como país es él, ya sea porque se ama o porque se odia. Pero al final, el factor común es él.

Yo sé lo que me van a decir, pero no hay que olvidar que uno tiene la verdad en la mano, hasta que la otra parte empieza a contar su versión. Nada en esta vida es absoluto. Y sí, yo preñé el pajarito hace mucho tiempo, yo soy come flor. Yo creo que la “gente mala” es muy escasa, sólo que por lo general habla más duro y por ende se escucha más fuerte.

En todo caso y dándole las gracias y el crédito a John Lennon, “you may say I am dreamer” pero yo escuchando a Chimamanda Adichie vuelvo a recordar que no soy la única. Y que ciertamente lo que estamos viviendo es la prueba fehaciente de lo peligrosa que puede ser una sola historia. Me pregunto qué pasaría, si por una vez escucháramos otra historia. Al menos, vale la pena intentar.

martes, 8 de junio de 2010

El Ipod de la Verguenza


Suena: Tu Pecado. Javier Calamaro.

El Ipod es como la huella digital. No existen dos iguales, ni que bajen la música de la misma biblioteca de I-tunes. El que tiene un Ipod lo hace personal. Personalísimo. Es por eso que yo digo que el Ipod de alguien no se revisa. Es como meter la mano en una cartera, te puede salir cualquier cosa. Es de esas cosas que “no se hacen.” Lo que pasa es que como es relativamente nuevo y un objeto aparentemente público, no existen esas reglas tácitas. Todavía.

Hace como dos meses se me quedó mi nano en la camioneta de un amigo. Cuando le escribí para decirle que estaba en mi casa, hiperventilando porque me acababa de dar cuenta de que no lo tenía, me dijo que no me preocupara, que lo podía buscar al día siguiente y que de paso era una vergüenza.

Lo primero que pensé es que realmente estamos adictos al pequeño aparato. Separarse de él es echar por tierra un pedazo de uno. Me di cuenta que de verdad lo uso más de lo que me había imaginado. El Ipod es mucho más que un aparato para escuchar música. Es un somnífero. Es un compañero. Es psiquiatra. Es un hijo. Es un entretenimiento. Es un maestro que trae lecciones de vida. Es un escape para el estrés. Es el que nos motiva a hacer ejercicio.

Es tan personal, que cuando me imaginé el aparato sólo sin mí en la camioneta de mi amigo, me dio pena. Creo que hasta me puse roja. Cosa que rara vez me pasa. Sentía que había un montón de canciones que tenía que explicar. Es que me imaginé que lo de “es una vergüenza” se refería a una que otra canción de Karina. A una de un grupo mexicano pavosísimo de los 80, a las movidas de Paulina Rubio, a la recopilación de Nino Bravo. Y a los dos o tres temas e rageatton. Por que sí. Lo admito. Si buscan Wisin y Yandel en mi Ipod lo van a encontrar.

Eso sí. Acto seguido me sentí como si hubiesen entrado a mi cuarto y hubiesen empezado a hurgar entre mis cosas. Entre aquellas cosas que definen mi vida y mi personalidad. El cepillo de dientes que rigurosamente cambio cada tres meses. La cámara de película vieja, que ya no sirve pero que todavía guardo porque algún día será de colección. El pizarrón donde anoto locuras. El álbum de fotos que todavía no termino. Las carpetas con los documentos importantes, el lado serio de mi existencia. La caja donde guardo las galletas del perro. Como si lo hubiesen revisado todo. Cosa por cosa.

Sabía que me iban a juzgar por el maldito disco de Abba. O porque todavía tengo All that she wants de Ace of Base. Y aunque los amantes de música buena estarían orgullosos de mis canciones de Radiohead, de Pearl Jam, y de The Smiths, lo cierto es que más de uno estaría furioso de pensar que toda esa gente tiene que compartir los 8 gigas de memoria con nada más y nada menos que Phil Collins.

Yo pienso en otros Ipods que he visto. Porque claro que he revisado uno que otro Ipod por ahí, y la verdad es que si hablan mucho de la persona. Hay Ipods que tiene solo rock, de milagro alguito más. Hay otros que tienen más canciones que cualquier estación de radio. Hay algunos que no tienen nada que realmente puedas querer escuchar. Que se nota que el dueño rara vez lo usa. Otros que tienen un montón de cosas raras. Después está el de mi papá que tiene pura música clásica, y el de mi mamá que tiene Ópera y algunos boleros que hasta para ella son pavosos. Y están los de los chamos, que tienen hasta lo último que acaba de salir, y algunas cosas de niñitos, que delatan que todavía están terminando de crecer.

Mi Ipod es como yo, tiene de todo. Tiene para el baile. Para la depre. Tiene el heavy metal. El brit pop. Tiene a Cerati. A Bono. Tiene a Michael. Tiene a Juanga. Tiene, aunque me duela reconocerlo a Luis Miguel. Tiene a Shakira, aunque cada día se me haga más difícil soportarla. Tiene a Montaner, así como tiene a Axel Rose y a Regina Spektor, a Candlebox, a The Fray, tiene a Eddie Vedder haciendo un cover de Radiohead, que es lamento decir es horrible.

Mi Ipod está equipado para el viernes de la canción pavosa. Está equipado para escuchar a Placebo. Y tiene una lista enorme de canciones para mi bebé. Para dormirla. Para relajarme. Hasta unas que están denominadas música para amamantar.

En cierta forma así me considero. Pienso en mis canciones y pienso en mis amigos. En que tengo todo tipo de amigos. En que he vivido cosas que van desde lo más pueril e inocente, hasta las cosas más crueles y oscuras. Desde momentos de inocencia y concentración profunda, hasta momentos de tristeza y desorden. De rabia. De felicidad. De angustia.

Al final del día, ¿quién puede hablar de buena o mala música? Música es música. No creo en desechar cosas porque sean más comerciales que otras. En un cantante porque tenga un peinado pavoso, o porque sus arreglos sean un lugar común musical, unas melodías que no te dicen nada. A veces, eso es justamente lo que necesitas.

Otras, sí necesitas conectarte con ese Thom Yorke que dice “I wish I was Special. So fucking special.”

Igual, sé más de uno me dirá que ¿Julio Iglesias? Me tienes que estar jodiendo. Pero, la verdad es que hay música que por más buena que sea no la vas a cantar en la ducha. Y que más de uno por más que lo niegue, muy machote y bien plantado tiene a Mika en un playlist. Y si le revisan el Ipod, seguramente, se muere.

lunes, 7 de junio de 2010

Mi Primer Sermón


El otro día mientras regañé a mi sobrino. Me encontré diciéndole cosas como.
- Es que ustedes no piensan las cosas.
- ¿Cómo se te ocurre a ti que nadie se iba a dar cuenta?
- Tienes que tomar responsabilidad por tus acciones.
- No puedo creer el descaro.

Además la cosa se extendió. No era la primera vez que lo regañaba. Pero si era mi primer sermón. Y por supuesto fue largo.

La verdad es que regañar es un fastidio. Porque aunque tu conciencia de adulto te dice que tienes razón, la verdad es que te sientes culpable. Y peor. Te sientes una “persona grande.”

Entonces empecé a recordar esos sermones interminables que me daba mi mamá. Duraban horas. O lo que yo sentía que eran horas. Ella repetía lo mismo y yo, después de que pasaba el susto de haber sido cachada, y bajaba la adrenalina que avisaba “aquí viene el regaño” me desconectaba. Torcía los ojos al mejor estilo adolescente.

La verdad es que el sermón adolescente es de esas cosas que uno desprecia totalmente en su momento. Juras que es algo que sólo te está pasando a ti. Que más nadie sobre la Tierra tiene el infortunio de contar con unos padres que se extienden interminablemente sobre un tema.

Lo irónico es que llega un momento en la vida en que empiezas a repetir el sermón. En que aquello que te decían tus padres, se convierte casi en un mantra. Cosas como, “mi mamá siempre decía que lo cortés no quita lo valiente.” Eso lo escuchaste el día que fuiste grosera por algo. El día que la llamaron del colegio porque tuviste un pleito y te defendiste de mala manera. Y te tocó tu sermón. Y ese día aprendiste a ser alguien decente. Aunque en ese momento no tenías la menor idea.

Recuerdo una vez, cuando tenía catorce años, tuve un novio del que me enamoré perdidamente. Era uno de esos amores adolescentes. Grave. Y como suele pasar, caímos en crisis y terminamos.

En medio de aquel tormento, escuché a la que entonces era mi mejor amiga, hablando de mí y de mi exnovio con otra niña. Por supuesto que lo que hice fue descargar mi rabia contra ella. No le podía perdonar el hecho de que no me hubiera dicho esas cosas en mi cara.

El lío fue de pronóstico. De esos líos totalmente adolescentes, y para más colmo femeninos. Escribimos sendas cartas en páginas arrancadas de cuadernos. Cartas que eran totalmente incoherentes. Sin comas. Ni puntos. Sin un principio. Ni un fin claro. Casi en código. Con cosas totalmente contundentes. Como las que uno se dice a esa edad. Cosas como:

“Yo jamás había tenido una amiga como tú y destruiste esa amistad con tu mentira y no sé si jamás te lo podré perdonar. Eras la persona en la que más confiaba en el mundo y eso ahora jamás volverá a ser así. Yo pensaba que tú entendías lo que estaba sintiendo y estabas de mi lado, y sin embargo fuiste capaz de herirme de esa manera…”

Si Lupita Ferrer lo hubiese leído en voz alta, le hubiese venido como anillo al dedo. Todo aquello sucedió en un internado. Mi mamá me llamaba prácticamente todos los días. Cuando me llamó esa noche y me preguntó qué me pasaba nada más escuchar mi voz. Le eché el cuento.

- Es que Cecilia habló mal de mí.
- ¿Sí? – Me dijo. – Y ¿Cómo sabes?
- Bueno. Porque la escuché detrás de la puerta.
- Ah. Muy bonito. Eso te pasa por andarte parando detrás de las puertas a escuchar las conversaciones ajenas.

Por supuesto que eventualmente llegamos al tema de: “Te dije que esa niñita no me gustaba. Donde yo pongo el ojo pongo la bala. Cuando tu mamá te dice que alguien no le gusta más vale que le pares.” Pero antes de eso vino todo un sermón.

El sermón fue de cómo uno no debe andar por ahí escuchando conversas a las que no ha sido invitado. Que realmente ojos que no ven, corazón que no siente. Que uno no tiene que estar por ahí espiando la verdad, pues muchas veces pasan las cosas que no quieres que pasen. Que en el fondo, no te tienes que pararte detrás de una puerta para darte cuenta quién es una buena, y quién es una mala persona. Que esas cosas se ven a simple vista.

Y la verdad es que no en ese mismo momento. Pero con el paso del tiempo esa amistad se acabó. Porque me fui dando cuenta que esa Cecilia no era ni buena amiga, ni buena persona. Y no me hizo falta esconderme detrás de una puerta. Mi mamá tenía razón.

Y tenía razón porque hoy en día si prendo la compu y se me abre el mail de mi esposo lo cierro. No tengo por qué estar hurgando en sus cosas. Ni en las de él. Ni en las de nadie. Si algún día creo que me esconde algo. O si necesito una respuesta de alguien que quiero, la busco de frente. Y de hecho, si siento que no puedo confiar en la palabra de una persona, entonces la saco de mi vida. Porque la verdad es que lo uno escucha detrás de las puertas, generalmente trae más amarguras que otra cosa.

Y como dice mi mamá, la vida es demasiado complicada por sí sola, para encima ir buscando los problemas por ahí.

Jamás me imaginé que un día realmente daría yo un sermón. Jamás me imaginé que esa táctica tan despreciada y tan aburrida daría resultado. Me ayudaría a convertirme en la persona que soy. Jamás me paré a pensar, que cuando mis papás me hablaban no eran solo palabras, sino que lo que me decían estaba basado en su forma de actuar. Jamás pensé que yo misma iba a sermonear a alguien. Definitivamente para todo hay una primera vez.