
Este post viene por un comentario de Ora al post anterior. El tema: los tacones.
Hay momentos en la vida, en que una como mujer, no concibe su imagen si no es en punta de pie, casi como si fuera una de las bailarinas del Bolshoi. Hay etapas de la vida, quizás hasta la vida entera en que nos volvemos: Tacomainómanas.
Como tacomainómana no te ves, si no es empinándote sobre sendos zapatos, que aunque no parezcan gran cosa, para ti lo cambian todo. Te los pones como sea, puntiagudos, sandalias, plataformas. Los hay elegantes, forrados en tela, de cuero, animal print, con lazos, con flores. Una amante del tacón a juro tiene unos negros, unos marrones y después unos para divertirse. Están los plateados y dorados, para la Paris Hilton que toda llevamos dentro. Los hay que te hacen ver como una caminadora barata, porque esa también todas la llevamos dentro, y porque como dice Ora, para algunos hombres el fetiche es...el fetiche.
En fin, se puede decir que las mujeres aprendemos a caminar dos veces. La primera sobre nuestros propios pies. La segunda, sobre tacones. Y es que una vez que te agarra el tacón, dejarlo es casi imposible. Y si de paso, necesitas ayuda con la estatura, pues menos todavía. Y peor aún, si la imagen de la mujer perfecta, la mujer de 10, tiene piernas de antílope del desierto de Namibia.
Es mi caso. Yo mido 163 centímetros. No le llego a la marca del Miss Venezuela, y de vez en cuando compro pantalones y vestidos a los que tengo que hacerles el ruedo. Mi solución durante mucho tiempo fue encaramarme en zapatos altos. Más de una vez fui a una zapatería pidiendo tacones de seis dedos o de 10 centímetros de alto. Los veía, los media. Me los ponía. Los caminaba. Me fui enamorando de ellos, hasta el punto que al terminar la universidad iba a todos lados entaconada. Era una tacomainómana tan adicta, que lo único que no hacía en tacones era trotar y caminar por la playa.
Cuando el tacón es nuevo, estrenarlo es como perder la virginidad. Un vértigo y un placer que dura poquito, marcado por un dolor y unas huellas físicas que dan lástima. Los tacones y el pie van creando su relación. Es como si cada centímetro de piel tuviese que caer en el lugar perfecto. Y así llega un punto, en que igual que en la relación sexual todo marcha sobre ruedas. Los ves. Funcionan. Te los pones, y puedes andar con ellos durante horas. Todo el día si es necesario.
Ese es el zapato de día. El más informal. El tacón que se vuelve un fiel compañero. Muy distinto es el de la noche. El de fiesta. Ese es parte de la rutina del horror. Peluqueada. Maquillada. Vestida. Y para ponerle fin a las todas las horas que te tomó la puesta en escena, subir al segundo piso. Amarrar aquella hebilla mínima, y que nadie te espere, porque a lo mejor todo dura hasta el día siguiente.
Cabe destacar, en cuanto al tacón de fiesta, que bailar con diez centímetros con los que uno no nació, no es algo innato, es algo que se aprende. Ni hablar de bajar escaleras. Dos veces he dejado parte de mis petacas después de rodar escaleras abajo al salir de una fiesta, teniendo que pararme y sacudirme el sucio y la humillación frente a las miradas de "qué vaina con las mujeres que beben demasiado." Eso además de que seguramente la falda me llegó hasta la pituitaria.
Una tacomainómana en una fiesta, no sólo tiene el riesgo de que arruinarse la planta del pie mientras escucha un bodrio de cuento de cómo no sé quién dejó las llaves dentro del carro y todo lo que tuvo que hacer para sacarlas. Mientras va pasando el peso de una pierna a la otra. Bello el zapato. Sí. Perfecta tu altura. Sí. Pero si la persona no se calla en poco tiempo el dolor se vuelve casi insoportable. Y si para más colmo está en la grama y los tacones son finitos será lo mismo que estar sobre arena movediza. Cada veinte segundos intentarás con disimulo sacar los talones del fango y recuperar la altura. Al final de la fiesta, cuando todo el mundo se va, en el destrozo de las grama quedan las huellas del sufrimiento de todas las pobres tacomainómanas que pasaron la noche ascendiendo de esos infiernos, sin poder llegar a salir de ellos.
Para más añadidura, el tema tacones no es nada más la estabilidad. Una tiene que conocer trucos, truquitos y secretos para cada uno de los dedos del pie, que dependiendo del tipo de tacón se puede ver apretado, estrujado, estripado, escondido, pisado, dislocado, o terminar morado, con ampollas y sangrante.
Desde agua con sal, hasta baños con parafina, pasando por toda clase de curitas, citas con Dr Scholl y masajes especiales, el cuidado del pie es una ciencia. Y no es nada más en los dedos. Sufre mucho la zona de la planta propiamente dicha. Esa que soporta todo el peso del cuerpo cuando uno tiene el zapato puesto. Esa es la que arde cuando uno pasa mucho tiempo sobre unos tacones, y que cuando te los quitas, si cierras los ojos podrías jurar que estás caminando sobre fuego.
Después de ser una tacomainómana casi sin remedio, hace como año y pico eso me vi forzada a tratar mi adicción. Estaba en el obstetra, durante la consulta de mi séptimo mes de embarazo, y este, al ver mis megaplataformas me dijo: "te vas a quitar esos zapatos, no al llegar a tu casa, sino aquí. Le dirás a tu esposo que te cargue al carro, y no los uses más. Con siete meses de embarazo, es lo único que te voy a quitar."
No era una cuestión de histerias, aparentemente otra paciente que no le hizo caso, justamente saliendo de su consultorio se cayó en el estacionamiento y se fracturó el codo. Durante el embarazo las articulaciones se ven afectadas, y resulta que para andar en tacones necesitas toda la fuerza que tienen los tendones de tus pies, tobillos y rodillas. Eso sin hablar de la presión en la columna.
No me quedó más remedio que llegar a mi casa descalza. Guardar aquellas hermosas sandalias y sacar el par de bichos chatos que tenía guardados y que miraba con cierto asco. No sólo eso. El verme más bajita en el espejo me pareció raro. Hasta que dije fuck it. Yo voy a amar los 163 centímetros que me componen. Esto de vivir negándose y detestándose no se puede, y menos si uno está esperando una niña.
Así que decidí desde entonces iba abrazar mi estatura. Eso no quiere decir que no use más tacones, sino que simplemente los uso cuando me provoca, porque me gusta, porque me digo a mi misma, hoy me pongo un zapato alto. Porque me siento coqueta y pispireta. Porque algún día me provocará ser como una tipa que vi en la calle, montada en su bici con una falda y unos tacones, con el pelo suelto ondulando al viento. Esa debería ser la presidente de la asociación de Tacomainómanas. Mujeres que usan tacones y los aman, pero no porque por alguna razón alguien decidió que más alto es mejor. ¿A cuenta de qué?
Así que ahora uso mis zapatos de bailarina. Unas sandalias locas de círculos. Otras de las que separan el dedo gordo, aunque esas a veces matan también. Y uso zapatos de goma chatos. Cosa que amo. Y de vez en cuando, hasta me los quito y camino descalza, y la verdad es que la sensación de caminar con el pie desnudo es lo máximo. Y debo reconocer que pies, pantorrillas y columna me lo han agradecido enormemente. De hecho me estaba saliendo una especie de Octavo Pasajero en el dedo gordo que ahora está mucho mejor. Así que si usas muchos tacones cualquier deformación del pie no es coincidencia.
Al final del día no es lo que te pones. Es cómo te sientes. La altura no te la dan los centímetros, sino la actitud. La clave no está en lo alto del tacón, sino que al llevarlo de vez en cuando te digas a ti misma: "amo ver el mundo y caminarlo desde mis zapatos. Y si soy tacomainómana es por gusto."




