viernes, 30 de julio de 2010

Me Llamo Manuela y Soy Tacomainómana


Este post viene por un comentario de Ora al post anterior. El tema: los tacones.


Hay momentos en la vida, en que una como mujer, no concibe su imagen si no es en punta de pie, casi como si fuera una de las bailarinas del Bolshoi. Hay etapas de la vida, quizás hasta la vida entera en que nos volvemos: Tacomainómanas.


Como tacomainómana no te ves, si no es empinándote sobre sendos zapatos, que aunque no parezcan gran cosa, para ti lo cambian todo. Te los pones como sea, puntiagudos, sandalias, plataformas. Los hay elegantes, forrados en tela, de cuero, animal print, con lazos, con flores. Una amante del tacón a juro tiene unos negros, unos marrones y después unos para divertirse. Están los plateados y dorados, para la Paris Hilton que toda llevamos dentro. Los hay que te hacen ver como una caminadora barata, porque esa también todas la llevamos dentro, y porque como dice Ora, para algunos hombres el fetiche es...el fetiche.


En fin, se puede decir que las mujeres aprendemos a caminar dos veces. La primera sobre nuestros propios pies. La segunda, sobre tacones. Y es que una vez que te agarra el tacón, dejarlo es casi imposible. Y si de paso, necesitas ayuda con la estatura, pues menos todavía. Y peor aún, si la imagen de la mujer perfecta, la mujer de 10, tiene piernas de antílope del desierto de Namibia.


Es mi caso. Yo mido 163 centímetros. No le llego a la marca del Miss Venezuela, y de vez en cuando compro pantalones y vestidos a los que tengo que hacerles el ruedo. Mi solución durante mucho tiempo fue encaramarme en zapatos altos. Más de una vez fui a una zapatería pidiendo tacones de seis dedos o de 10 centímetros de alto. Los veía, los media. Me los ponía. Los caminaba. Me fui enamorando de ellos, hasta el punto que al terminar la universidad iba a todos lados entaconada. Era una tacomainómana tan adicta, que lo único que no hacía en tacones era trotar y caminar por la playa.


Cuando el tacón es nuevo, estrenarlo es como perder la virginidad. Un vértigo y un placer que dura poquito, marcado por un dolor y unas huellas físicas que dan lástima. Los tacones y el pie van creando su relación. Es como si cada centímetro de piel tuviese que caer en el lugar perfecto. Y así llega un punto, en que igual que en la relación sexual todo marcha sobre ruedas. Los ves. Funcionan. Te los pones, y puedes andar con ellos durante horas. Todo el día si es necesario.


Ese es el zapato de día. El más informal. El tacón que se vuelve un fiel compañero. Muy distinto es el de la noche. El de fiesta. Ese es parte de la rutina del horror. Peluqueada. Maquillada. Vestida. Y para ponerle fin a las todas las horas que te tomó la puesta en escena, subir al segundo piso. Amarrar aquella hebilla mínima, y que nadie te espere, porque a lo mejor todo dura hasta el día siguiente.


Cabe destacar, en cuanto al tacón de fiesta, que bailar con diez centímetros con los que uno no nació, no es algo innato, es algo que se aprende. Ni hablar de bajar escaleras. Dos veces he dejado parte de mis petacas después de rodar escaleras abajo al salir de una fiesta, teniendo que pararme y sacudirme el sucio y la humillación frente a las miradas de "qué vaina con las mujeres que beben demasiado." Eso además de que seguramente la falda me llegó hasta la pituitaria.


Una tacomainómana en una fiesta, no sólo tiene el riesgo de que arruinarse la planta del pie mientras escucha un bodrio de cuento de cómo no sé quién dejó las llaves dentro del carro y todo lo que tuvo que hacer para sacarlas. Mientras va pasando el peso de una pierna a la otra. Bello el zapato. Sí. Perfecta tu altura. Sí. Pero si la persona no se calla en poco tiempo el dolor se vuelve casi insoportable. Y si para más colmo está en la grama y los tacones son finitos será lo mismo que estar sobre arena movediza. Cada veinte segundos intentarás con disimulo sacar los talones del fango y recuperar la altura. Al final de la fiesta, cuando todo el mundo se va, en el destrozo de las grama quedan las huellas del sufrimiento de todas las pobres tacomainómanas que pasaron la noche ascendiendo de esos infiernos, sin poder llegar a salir de ellos.


Para más añadidura, el tema tacones no es nada más la estabilidad. Una tiene que conocer trucos, truquitos y secretos para cada uno de los dedos del pie, que dependiendo del tipo de tacón se puede ver apretado, estrujado, estripado, escondido, pisado, dislocado, o terminar morado, con ampollas y sangrante.


Desde agua con sal, hasta baños con parafina, pasando por toda clase de curitas, citas con Dr Scholl y masajes especiales, el cuidado del pie es una ciencia. Y no es nada más en los dedos. Sufre mucho la zona de la planta propiamente dicha. Esa que soporta todo el peso del cuerpo cuando uno tiene el zapato puesto. Esa es la que arde cuando uno pasa mucho tiempo sobre unos tacones, y que cuando te los quitas, si cierras los ojos podrías jurar que estás caminando sobre fuego.


Después de ser una tacomainómana casi sin remedio, hace como año y pico eso me vi forzada a tratar mi adicción. Estaba en el obstetra, durante la consulta de mi séptimo mes de embarazo, y este, al ver mis megaplataformas me dijo: "te vas a quitar esos zapatos, no al llegar a tu casa, sino aquí. Le dirás a tu esposo que te cargue al carro, y no los uses más. Con siete meses de embarazo, es lo único que te voy a quitar."


No era una cuestión de histerias, aparentemente otra paciente que no le hizo caso, justamente saliendo de su consultorio se cayó en el estacionamiento y se fracturó el codo. Durante el embarazo las articulaciones se ven afectadas, y resulta que para andar en tacones necesitas toda la fuerza que tienen los tendones de tus pies, tobillos y rodillas. Eso sin hablar de la presión en la columna.


No me quedó más remedio que llegar a mi casa descalza. Guardar aquellas hermosas sandalias y sacar el par de bichos chatos que tenía guardados y que miraba con cierto asco. No sólo eso. El verme más bajita en el espejo me pareció raro. Hasta que dije fuck it. Yo voy a amar los 163 centímetros que me componen. Esto de vivir negándose y detestándose no se puede, y menos si uno está esperando una niña.


Así que decidí desde entonces iba abrazar mi estatura. Eso no quiere decir que no use más tacones, sino que simplemente los uso cuando me provoca, porque me gusta, porque me digo a mi misma, hoy me pongo un zapato alto. Porque me siento coqueta y pispireta. Porque algún día me provocará ser como una tipa que vi en la calle, montada en su bici con una falda y unos tacones, con el pelo suelto ondulando al viento. Esa debería ser la presidente de la asociación de Tacomainómanas. Mujeres que usan tacones y los aman, pero no porque por alguna razón alguien decidió que más alto es mejor. ¿A cuenta de qué?


Así que ahora uso mis zapatos de bailarina. Unas sandalias locas de círculos. Otras de las que separan el dedo gordo, aunque esas a veces matan también. Y uso zapatos de goma chatos. Cosa que amo. Y de vez en cuando, hasta me los quito y camino descalza, y la verdad es que la sensación de caminar con el pie desnudo es lo máximo. Y debo reconocer que pies, pantorrillas y columna me lo han agradecido enormemente. De hecho me estaba saliendo una especie de Octavo Pasajero en el dedo gordo que ahora está mucho mejor. Así que si usas muchos tacones cualquier deformación del pie no es coincidencia.


Al final del día no es lo que te pones. Es cómo te sientes. La altura no te la dan los centímetros, sino la actitud. La clave no está en lo alto del tacón, sino que al llevarlo de vez en cuando te digas a ti misma: "amo ver el mundo y caminarlo desde mis zapatos. Y si soy tacomainómana es por gusto."


martes, 27 de julio de 2010

Disfraces y Zapatos

Nuevo café. La silla más cómoda de todas las que he probado. Algo aquí me dice "te estaba esperando." Además está enfrente de una tienda de zapatos que...las mujeres me entenderán. Desde aquí puedo verlos. Y soñar que me los compro todos y que camino con ellos y no me sacan ampollas, ni hacen que me duela el pie.


Justo al lado está una papelería donde compro los cuadernos semikolon en los que adoro escribir. El papel es sedoso y las portadas son de colores vivos. Hay amarillos, grises, verde pastel, verde perico, azul petróleo, azul poceta, rosado. Además tienes cuadritos, cuadros negros y blancos estilo tabla de ajedrez. En esa papelería encuentras todas las plumas, desde las parker, hasta las pilot, y tienes pluma fuentes de esas que traen el tintero para que mojes la tinta como si fueses un personaje de una novela policíaca de la Edad Media. Yo a veces me pregunto, si me hubiese tocado escribir con una pluma de pájaro en vez de con una MacBook prestada ¿hubiese escrito igual?


No sé. Pero hay algo que sí sé, me encanta llenarme las manos de pintura o de tinta. No hace mucho, para una tarea del taller de Roberto Mata, agarré el pizarrón que tengo en la casa y escribí un párrafo del libro El Amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence. La idea era montarme encima del pizarrón y hacer un aturetrato. Al final la cosa no me salió por problemas técnicos. Me volví un culo y a la hora y media desistí. Pero cuando me paré tenía las palabras pegadas por todos los brazos y la espalda. Me encantó. Me podría disfrazar de párrafo en Halloween. Lo que me recuerda que quiero comprarle a mi pioja un disfraz de abeja que vi ayer. La cosa más bella y más cuchi que he visto en mi vida. Ahora entiendo que el sufirmiento de los hijos realmente es el placer de las madres.


Cuando éramos chamas y teníamos una fiesta de disfraces aquello era más horror que placer. En realidad no tenía que ver con el disfrazarse en sí. Yo amo, (ojo, lo digo en presente) amo disfrazarme. Es algo que me encanta. Hasta el sol de hoy. Mi mamá guarda todo y tiene unas pelucas que son una gozadera. De chiquita yo adoraba meterme en su closet y sacar sus vestidos. Decíamos que éramos Rocío Durcal. Jugábamos al Salón de la Justicia poniéndonos los paños de playa como capas. Pero eso era una cosa, y otra muy distinta que ella sacara aquel disfraz de japonesa, que además te decían sesenta mil veces "No lo vayas a ensuciar." Como si fuese plausible que una niña no ensuciara un disfraz en una piñata.


Después, como si fueses Miss Japón preparándose para el desfile en traje típico, procedía mi mamá a hacerme la cola más estirada del mundo, a fin de achinar mis ojos lo más posible. Laca. Gomina. Hasta Pega Elefante (la cual por cierto le eché a Charles en el pelo no hace mucho para disfrazarlo de rockero) para que bajo ningún concepto se fuese a mover un pelo durante la fiesta. Acto seguido venía la tortura. El pintarrajeo. Con el rimel y el delineador más negro posible mi mamá trazaba sendas lineas a fin de achinar aún más los ojos y dejar claro: "estamos disfrazadas de japonesa." Ni que Heidi se hubiese quedado en pantaletas enfrente de Pedro, hubiese tenido los cachetes así de rojo. Y después la mega pintura de labios.


Para terminar, te ponían unas medias que estaban guardadas desde las guerras púnicas, y encima de esas medias unas cholas de japonesa, que te sacaban tremenda ampolla en la pielcita que está entre el dedo gordo y el segundo del pie, y con las cuales tenías que caminar paso a paso, por que si te caías mínimo perdías un diente.


Y eso no era nada más el disfraz de japonesa. El de española. El de Blancanieves. El de Cenicienta (todavía mi mamá tiene una peluca de estambre, con el moño exacto de Cenicienta, con el mismo adorno negro con que la condenada sale en la película), ese era todo un show. Esos disfraces eran un fastidio.


Quizás, al menos para mí, el equivalente hoy en día es vestirme para un matrimonio. Nada me da más flojera que salir emperifollada de noche. Sobre todo si es obligado. Si es algo de "vamos a salir por ahí a echar broma." Más bien lo disfruto. Gozo. Como cuando me disfrazo porque me provoca, porque quiero hacer una puesta en escena para tomar una foto, ya sea una tarea o uno de mis locos inventos. Pero cuando es obligado. Ay qué flojera me da.


Además, cuando es así obligado, nunca encuentro qué ponerme. Siempre o me parece muy de vieja. O no se parece a mí. O me siento desnuda. O me siento la representante de la Asociación Nacional de Venezolanas Ultracatólicas. O me veo gorda. O me veo escurrida. O no es suficientemente elegante. O es demasiado exagerado. O no pega con los zapatos que me quiero poner. O ningún zapato me pega.


Yo sé. Es la frivolidad al máximo. Pero yo sería feliz, y mira que lo he pensado, viviendo a lo Albert Einstein. Una camisa blanca, de esas de tiritas, blue jeans, un cinturón, zapatos chatos. Todos los días de mi vida. Algo cómodo. Sencillo. Sin tener que pensar demasiado en eso. Era la maravilla del colegio con uniforme. Te podías vestir literalmente en dos minutos, treinta segundos.


A veces pareciera que para la mujer el tema de la apariencia es casi una esclavitud. No es nada más la ropa. Es el pelo. Es la depilación. La puta, perra, coño de su madre depilación. Ese debe ser su nombre científico. El supremo castigo, la cera caliente sobre la piel y....AAAAAA! Y no. No se pone menos doloroso. Simplemente uno se acostumbra.


Después están las cremas. Las arrugas. Las uñas. Las de las manos y las de los pies. Están las mechas y los reflejos, y taparse las canas o sacarse provecho con un color que vaya bien con el tono de tu piel y con tus ojos. Están las que se hacen con decolorante o sin decolorante, las que son puro tinte, y las que son gorrito. Dios te libre del gorrito, eso es jalar pelo por pelo, el diablo en persona cagándose de risa en tu cara.


No. No está fácil. Llega mi café con leche y el tiempo apremia. Sigo escribiendo.

lunes, 26 de julio de 2010

Kung Fu en el Mercado y el Asiento del Autobus

Hoy pasé una pena. Una tontería, pero pena es pena. Todo por culpa de Shakira. La verdad es que culpo a Shakira, y un poco a las caras de culo de la gente cuando te ven con un niño. Hay quienes prefieren una bomba bactereológica antes que a los niños. Te ven entrar con el coche y ya están torciendo los ojos y poniéndote cara de: ¿Qué haces tú con eso aquí?

Entonces esperan. Te dan un par de minutos a ver si tu hijo es de primer mundo, digno hijo de la canciller alemana, o si es una futura carga para la sociedad. Es decir, si llora. Fue mi caso una vez más esta mañana. Entramos al automercado y ya estaban un par de viejas viendo el coche con asco.

Estoy dando la vuelta por lo que yo llamo el Museo de Vegetales (aquí cada cosa es más bella que la otra, así provoca hacer dieta, ser vegetariano hasta el punto de volverse conejo y no probar carne más nunca. Lamentablemente yo no estoy haciendo eso y si sigo comiendo así, lo juro, no es que voy a engordar, es que me va salir una tercera nalga.) Y de repente la pioja empieza a llorar.

Mi pioja heredó de mí, el gañote. Los gritos que pega se escuchan cuatro cuadras a la redonda. Nuestros vecinos deben estar preguntándole al cielo qué han hecho para merecer el tenernos a su lado. Cuando una no habla como si se estuviera comunicando con el espacio exterior, la otra, entonces lo grita. De hecho ayer, tomando un café, la pioja pegó un grito tal que todo el local se quedó en silencio. Recibimos unas cuantas miradas cortopunzantes, y menos mal, las risas de una familia numerosa, que más tarde, casualidad de la vida, nos encontramos en la calle. Esta vez fueron ellos los que empezaron a gritar: "El pajarito del café!" y se acercaron a saludarnos.

Volviendo al automercado, estábamos allí entre la verdura que parece de mentira, cuando la pioja comineza con su concierto. Gritos y un llanto desesperante que se traduce en: bájame del coche que quiero romper algo. Empieza a sonar una canción de Shakira. Así que empecé a escoger mi verdura bailandito, cantando el samina mina mina. E. E. Waka, waka. Ee. Ee. Sin que me importase quién me estaba viendo. Después de todo me había levantado temprano y había escrito sabroso esa mañana.

Así que estoy ahí bailando en la mitad del super y pienso, parece que estuviera filmando la peor película de Salma Hayek. La propia latina desubicada que baila en un lugar que nada que ver. Pero a mi hija le gustaba. Se estaba riendo. Y yo estaba contenta. Además, levanta el ánimo bailar como si no importara nada más en el mundo. Como si los extraños no existieran.

De repente, haciendo una de mis piruetas, le doy una patada de Kung Fu a un tipo. El pobre de milagro no se fue de boca entre el pasillo que tiene los cambures, las fresas, y los kiwis y del otro lado tomates de todo tipo. En tomatazo casi termina mi acto público.

Hasta ahí el baile. Lado positivo. El pana que pesa las frutas se hizo mi amigo.

Luego en la tarde nos montamos por enésima vez en el autobus. Adoramos el autobus. Yo me siento como en un acuario. Por lo general nos montamos en horas en que no hay casi gente. Me pongo a la pioja en las piernas y vamos viendo todo. Varías personas nos han saludado desde la calle y se han reído. Es sabroso reírse de repente con alguien. Es una forma de alegar el día de los demás, y de alegrárselo uno también. Siempre he pensado que se subestima el valor de las sonrisas. Las sonrisas pueden cambiarlo todo, aunque no parezca.

El viaje de hoy fue divertido. De ida la pioja se emocionó tanto que empezó a gritar. Ella grita como si fuera hija de Mariah Carey. La palabra agudo no describe bien el tono. No es un pito. No es un piano desafinado. No es un pájaro de la selva amazónica. Es algo que mezcla todo lo anterior. Un viejo amargado nos vio con cara de "no te pego un bastonazo porque es ilegal." Hay gente que no tiene paciencia.

De regreso otro viejo me regañó porque habían dos sillas libres y yo me quedé parada esperando a que él escogiera la que quería. Lo hice porque era un señor muy viejito, con un severo problema de la columna. El problema es que a ningún viejo le gusta que lo traten como viejo. Pecado mortal. Me salió regaño, y en público.

- Bueno siéntese, hay puesto suficiente!

Risa nerviosa. Me senté en una silla. Después me pasé para la otra. Flashback a segundo grado.

Me dejó pensando en eso de darle la silla a alguien cuando vas en el transporte público. Me pasó muchas veces cuando estaba embarazada que siempre había alguien que se apiadaba. Pero también me pasó lo contrario. En eso me quedé pensando que no recuerdo la última vez que le di mi silla a alguien en el metro o en el autobus. Sí he visto gente que ha merecido que lo haga. Pero siempre lo ha hecho otro por mí.

Entonces, ¿Qué pasa? Es vergonzoso la verdad. Unos siempre está esperando a que salga otra persona a hacer lo que hay que hacer. Parece que siempre aparece alguien más a dar la talla. A cumplir con la obligación. Reconozco que me he vuelto cómoda. Que siempre espero a ver si no queda más remedio. Y eso me da remordimiento.

Tengo una tarea. Para la próxima me paro como un rayo veloz.

domingo, 25 de julio de 2010

El Post que Nunca Fue

No voy a postear todo lo que acabo de escribir para el post de hoy. Es que a raíz de ese post surgió una idea, y prefiero guardármela para más adelante. En todo caso tiene que ver con esta reflexión que hago mientras un perro ladra con rabia, con esa rabia que está en el ladrido de los perros que pelean. Una rabia tal que logró el silencio de todos los que estamos en este café, que no es para nada pequeño y que me hace pensar.


Todos tenemos una historia. Todos. Todos tenemos un cuento. Un cuento que sale de lo común. Un cuento extraordinario. Algo que le arrancaría lágrimas al más duro, o risas al más nube negra de nuestros amigos. Todos hemos pasado una verguenza. Cometido un error. Tomos hemos callado justamente aquello que teníamos que decir. Todos tenemos un día en nuestra vida que quisiéramos borrar. Todos tenemos una película que nos llega, un libro que no pudimos terminar de leer, un pintura, una canción, un compositor, que tiene algo que lo hace nuestro. Todos tenemos una oportunidad que perdimos. Todos hemos sido ciegos, y sordos. Hemos juzgado más duro que lo que debíamos, y hemos sido débiles cuando la vida nos exigía entereza.


Todos hemos sentido cada uno a su medida, tristeza y desesperanza. Ganas de tirar la toalla y decir "no sigo más, no creo en nada ni en nadie." Tomos hemos bebido esa copa de más, porque era el único remedio, aunque no arreglara las cosas. Todos hemos querido de más, o tal vez no lo suficiente. Todos hemos herido, con plena conciencia, o por ignorancia. Hemos estado solos y acompañados. Hemos hecho algo por primera vez, y tenemos en la memoria un momento que no volverá, pero que regresa con el sonido de alguna música, o con un cierto olor que a veces queda en el aire.


Todos hemos sentido miedo. Angustia. Felicidad. Amor. Algún tipo de amor. Así haya sido solamente el propio. En algún momento nos hemos perdido y nos hemos encontrado. En algún momento hemos pedido una segunda oportunidad, y hemos sido injustos. Hay algo que nos hace únicos. Y hay algo que nos une a todos.


Por allí está mi búsqueda. La noche de hoy ha sido excelente. Es muy posible que haya llegado a este café, para quedarme.

viernes, 23 de julio de 2010

Un Extraño en la Ventana

Miércoles 8:30 pm


¿Será que me volteo a ver quiénes tengo atrás? No tengo la menor idea. Puede estar atrás mío Barak O Fucking Bama. Yo ni cuenta me di. Esto son tres filas de mesitas, con sillitas, viendo hacia la calle. Es como si estuviéramos en un cine. Le película es, la gente que camina por la acera, una linea de taxis, que va avanzando. Y el tráfico que transita la calle.


Este café no es para nada romántico. En el estilo, "aquí alguien escribe historias fabulosas." No. Para nada. Las sillas son moradas. Las mesitas son de madera oscura. La gente es joven. De hecho yo no había pensado en sentarme en este lugar, porque aunque me llama la atención y queda a dos cuadras de mi casa, después de cierta hora parece una discoteca.


Nota: Acabo de tomar un trago del Cosmopolitan más asqueroso de la historia. Qué cosa más horrible. Sabe a granadina pura. Parece que lo hubieran hecho con el juego de coctelería de la Barbie.


Así que aquí estoy. Viendo pasar a la gente. Viendo (o medio viendo porque no tengo mis lentes puestos) a los que vienen a hacer su cola en la heladería al otro lado de la calle. Un indio está montado en el taxi que tengo enfrente. Grita por teléfono. Tiene las ventanas cerradas, pero yo escucho el escándalo. Me está dando frío y este trago en serio es intomable. No voy a durar mucho aquí. Me pone nerviosa el mesonero. Muy chic vestido todo de negro, parado enfrente de las mesitas. Esperando para brincar si alguien mueve un dedo.


Uno sí es inconforme. Cuando no aparecen por ningún lado, dices que el servicio es una mierda. Cuando están parados ahí, te preguntas por qué te espían como buscando lo que no les ha perdido. Al lado mío había unas chinas tomándose un café. Se paran y se van. Dejan una bolsa. Yo no me di cuenta, pero el mesonero sí. Tan flaquito y tan pilas él. Sale corriendo, agarra la bolsa y les grita a las chinas que van por el medio del rallado, frente a una fila de carros. Parece una propaganda de zapatos o algo así. Las chinas se paran. Como ya se está haciendo de noche las alumbran las luces de los carros.


El mesonero corre. En una mano su bandeja, que va de un lado al otro, como haciendo eses en el aire. Aunque tiene un par de cosas encima nada se mueve. De verdad parece utilería. Se encuentra con ellas a mitad de la calle. Les da la bolsa. Se ríen. Se dan la media vuelta, y cada uno se va por su lado.


Yo pido un chocolate caliente. Me lo trae y es glorioso. Escribo un rato largo. Y cuando ya se está poniendo realmente de noche, suben la música y me piden que pague. Debe ser una raya tener a alguien con una computadora y un chocolate caliente en un local que aspira a tener ambiente de discoteca.


Viernes. Temprano en la mañana.


Estoy en un Starbucks. Sí. Aquí hay Starbucks. Yo amo Starbucks. Lo confieso. Soy una de esas personas que sede ante ciertos fenómenos de la globalización. Los entendidos del café estarán insultándome. Porque ha ganado el enemigo. Así es el ser humano. Si el café es malo que por favor me lo vendan lo más caro posible. Eso sí, que el envoltorio sea bonito. Starbucks no es sobre la calidad del café, sino lo que sientes cuando te lo tomas. Las mesitas. Los delantales de quienes te atienden. El que te pregunten tu nombre. La música que suena. Y los jóvenes con pinta de universitarios que toman sus tazas al lado tuyo. Si en Caracas hubiese habido un Starbucks yo hubiese sido estudiante de honor todo el bachillerato, y me hubiese graduado magna cum laude de la universidad. No me queda la menor duda.


Estoy tentada a comprarme una de las mil porquerías que te venden al lado de las mesitas. Tazas de todos colores, tamaños, formatos, dibujos, patrones. Termitos que te invitan a ser verde. Hasta cafeteras. Están tan convencidos de que a uno le gusta irse hasta sus tiendas a sentir, lo que ellos te hacen sentir en ellas, que hasta son capaces de venderte una cafetera. Y además te venden el café. Pero no voy a comprar nada. Lo único que voy a hacer es echarle azúcar morena y canela a mi café Tall Latte. Una gloria.


Me siento en uno de los sofacitos con la compu en las piernas. No aguanto el dolor de espalda. Necesito un shot de voltaren y un masaje urgente. Pero eso no va suceder. No en un futuro próximo. Mientras veo como un señor de unos cincuenta a sesenta años limpia el bar de enfrente, vaciando un tobo azul de agua jabonosa en plena acera cada treinta segundos, avanzo en la novela.


Dicho sea de paso. La novela tiene una lectora por estos lados. Ayer fui a la farmacia como por tercera vez desde que llegué. Cuando uno no tiene familiares médicos es esencial hacerse amigo del farmaceuta. Nos ponemos a hablar y me pregunta por qué estoy aquí. Le cuento y se emociona. ¿En serio? ¿De qué va la novela? Le digo que está empezando, pero que es sobre las relaciones amorosas. Y abre los ojos. Grande, grande. Y me dice: Eso me interesa. Me interesa mucho. No te pido que me la enseñes, pero por favor, cuando tengas el título me lo cuentas, ¿ok? Yo se lo prometo. Amiga, cuando esto tenga título, usted será la primera en saber.


Es increíble como nos llega el tema a las mujeres. Sin importar edades, ni nacionalidades. El peo es el mismo.


Ok. Terminando este lindo post me acaba de pasar algo que no debería pasar a las 9:27 am. Estoy pegada a la ventana y un chamo que no llega a los 25 se baja el pantalón y lo pega al vidrio. Ojo estoy halando del fundillo, no del tururú. Ahí si voy y le pego. Típica vaina que me pasa a mí. ¿Por qué coño no pude ser una esposa gimnasio y ya? Mi vida hubiese sido mucho más fácil.

miércoles, 21 de julio de 2010

En Busca de ese Café

- Debo la foto. Para la próxima me llevo la cámara chiquita-


Escoger el café en que sentarme a escribir es algo que vengo pensando desde hace días. Y creo, o mejor dicho, presiento que no habrá solamente uno. Más bien serán varios. Iré buscando, así como uno va buscando pareja, hasta que encuentre uno en el que diga, "aquí me quiero quedar. Al menos por un tiempo. Mínimo uno en el que sienta: Aquí podría escribir algo decente."


Salí a caminar. Todavía es de día, pero ya hay aire de noche. Increíble. Es martes. El martes en Caracas es el día en que te encuentras solteronas en los cines y mujeres casadas en restoranes. Aquí no. Aquí todo el mundo sale. Siempre. Ya lo dije ¿no? Pareciera que quedarse en la casa es pecado. Es un insulto con la ciudad. Una falta de respeto. De modo que hago lo mismo. Meto la computadora. Que de paso no es mía. En un forro. Y salgo.


Paréntesis: estoy usando una mac, y quisiera aprovechar el momento, aquí con mi cerveza en frente para decir: coño de tu madre Steve Jobs, porque esta cosa a veces es lenta y no es la mejor herramienta para escribir. No me acostumbro. Esto de usar text edit. Se ve que no redactas ni un SMS.


Sigo.


Encontré un café que me parecía ideal. Totalmente moderno. Raro, porque las decoraciones ultra modernas no son lo mío. Me llamaba la atención el hecho de poder sentarme de cara a la calle. Con los pies guindando como una niñita. Pero me voy a sentar y un mesonero me dice que ahí no me puedo sentar si no voy a comer. Y no voy a comer. El presupuesto ya va por las nubes.


Me toca seguir caminando. Pero la verdad es que no quiero caminar más. Me hierven las palabras y las descripciones. No aguanto. Estoy a punto de mandar el café a la mierda y sentarme en la acera y escribir. Punto. Así que miro y al otro lado de la calle hay unas mesitas, altas también, en un café de aire antiguo, que aunque se ve menos cómodo es el que está allí. Esta vez no pregunto nada. Me siento. Pido. No pido café. Pido una cerveza. Si alguien me llama en este momento diré, me estoy tomando una cerveza con los amigos del blog, antes de ponerme a escribir un rato. Así que si quieren es el momento de ir a la nevera y sacar una catira.


Pedí cerveza porque era lo que me provocaba. Dicen que saca ceulitis. No me importa. Esa barajita ya la tengo. Por más que deje de tomarme todas las cervezas del mundo, no se me va a quitar, pero, por tomarme esta no me va a pasar nada. Lo certifico.


Prendo la computadora. Le hablo. Amiga, este no es el momento para no prender. Típica cosa que me pasa a mí. Pero prende. Abro este programa macabro que llaman text edit y empiezo. Y cuando voy por la oración "el martes en Caracas es el día en que te encuentras..." se me acerca un viejo y me dice, cual vampiro.


- ¿Escribe usted una novela?


Más o menos le explico. Es simpático. Pero le pongo cara de "no quiero que me molestes." No tengo ganas de perder el tiempo hablando con un viejo que tiene pinta de algo raro. Viene con un amigo que fácilmente puede ser su hijo y que me ofrece chicle. Yo estoy entrenada desde los 7 años. Quizás menos. Cualquier caramelo que te de un extraño puede ser droga. Bajo ningún concepto voy a aceptar ese chicle.


Hablamos unos treinta segundos. Me dice que es un escritor que lo dejó el tren. Que escribió una novela, pero no vendió un solo libro. Yo pienso que esta especie de fantasma podría ser la encarnación del miedo de todo el que escribe. No vender un solo libro. Pero a la vez, yo no escribo para vender libros. Yo escribo porque tengo que escribir. Porque no encontré otra salida. Porque amo hacerlo. Pero no le voy a explicar. Hay algo raro en su delgadez, en su blazer azul marino, en su pelo plateado, sus lineas de expresión marcadas a la perfección.


Así que muevo el mouse de la computadora. Señal devastadora de que quiero seguir mi trabajo. Antes de irse me dice, yo no pude seguir escribiendo después de leer a Victor Hugo. A Platón. Yo pienso, este hombre ya delató que lo que está hablando es paja. Al menos así me lo parece. Odio el name dropping. Y mucho más el literario. "Hola soy culto." Por Dios. Me pregunta ¿cómo se escribe después de eso? Y me quedo pensando y le digo: amigo, esto no es una competencia.


A lo que me dice. Sí. Esa es la forma de verlo. No es una competencia. Buena esa. Sigue en tu trabajo. Siento haberte molestado. Sólo quiero decirte que te encontraste esta noche con los dos locos más grandes que hay en ?. Y miro al amigo apoyado sobre un carro, con el casco de la moto en la mano y pienso. Esto ya es demasiado. Incluso para Manuela Zárate. Y vamos a penas en el día cinco. Acto seguido el hombre, que además se veía medio zarataco le empieza a decir a la pareja que tengo al lado que viene saliendo de un manicomio. Sí. Este pana está loco.


Es curioso. El poder que tiene un laptop abierto sobre la mesa de un bar, un martes en la noche. Todo el que pasa se queda viendo la pantalla. Me imagino sus preguntas. ¿Esta quién es? ¿Qué escribe? Novela seguramente es la primera palabra que salta a la mente de todos. No creo que nadie se imagine que estoy sentada con una Meteor Light escribiendo una reseña sobre los últimos acontecimientos de la Franja de Gaza.


Aquí al lado hay un hombre que si habla español, se está leyendo esto completo. Aunque tendría que tener muy buena vista, porque tanto como al lado no está.

En todo caso, ya voy a terminar. Escribiré un rato lo otro. Pagaré mi cuenta. Caminaré de regreso. Qué sabroso es salir de tu casa e ir a lugares caminando. Dónde había estado eso toda mi vida. Creo que me enamoré. Me enamoré de mis pies. Un tanto narcisista y fetichista, pero así soy yo. A veces. Así somos todas las mujeres creo.


A lo mejor no son mis pies. A lo mejor es esta ciudad. Y su aire antiguo y moderno a la vez. A lo mejor es su sordidez y su belleza. Su cara dura, y su cara seductora, suave. Casi maternal. Su manera de hacerte sentir en el éxtasis puro, y de repente la soledad y la tristeza más grandes. Camino acá vi un balcón lleno de flores. Las flores más bellas, en medio de un follaje que yo jamás podría cultivar. Y allí viendo aquel adorno floral descendiendo de ese balcón pensé. A lo mejor algún día hago como las ballenas, que van a morirse a una playa. A lo mejor algún día encallo aquí para siempre. A lo mejor algún día, vengo aquí a morirme.


Y antes de terminar el post pienso: sólo podré hacerlo si me lo gano con mi novela. Sólo así podé ganarme ese derecho. Me asusta lo que me estoy jugando aquí.

lunes, 19 de julio de 2010

La Asistente

El cielo de hoy era casi imposible de describir. Profundo, como cuando estás en un avión y abajo ves las nubes y al mirar hacia arriba lo que queda es puro azul. No hizo calor. Hizo sol. Que parece igual pero no es lo mismo. Sol del que quema. Del que te obliga a pararte a comprar protector, porque si no, lo puedes terminar pagando demasiado caro.


Salí temprano resuelta a terminar con algunas diligencias de esas que uno hace cuando se está acomodando. Esta mañana se me ocurrió la maravillosa idea de salir vestida con ropa de hacer ejercicio. Fatal. Aquí no existen las amas de casa desesperadas. Y gracias a Dios. Me sentí rara. Demasiado rara. Sobretodo porque yo jamás salgo por ahí en ropa de ejercicio, es algo que sencillamente no me gusta hacer. No puedo con la pinta de "al gimnasio lo llamo oficina, porque yo vivo de mi cuerpo." No.


Sin embargo debo decir que la incomodidad vino más de mí misma que de otras personas. Nadie me miró raro. Aquí nada se ve raro. Aquí los únicos freaks son los que no son freaks. Aquí lo anormal es lo monótono. Aquí lo que no se perdona es la falta de personalidad. Es no ser tú mismo. No buscar en medio de una marea de factores que buscan anestesiar el individualismo y uniformar a todo el mundo, una razón que te haga único. Esa esencia. Esa huella digital del alma que te separa de todos los demás.


Una vez que entiendes eso, le vas agarrando el golpe a la ciudad. Si yo pudiera me quedara a vivir aquí sin hacer preguntas. Claro, llevo dos días y es fácil decirlo. Hablaremos ni siquiera a fin de mes, sino a fin de semana. Pero la verdad es que me siento contenta.


Escribí sabroso. Leí un poco y caminé mucho. Fui al cine. Y regresé a dormir. Vamos empezando. Lento, pero seguro. Vamos empezando.


Tengo como meta agarra compu o cuaderno e irme a escribir a alguna parte. Si no mañana, pasado. A ver qué pasa. Y por ahí me pidieron unas fotos. Quizás así sin querer aparece algo qué buscar. Estoy explorando.


Hablando de fotos esta tarde estaba en uno de esos lugares turísticos, viendo como todo el que pasaba se hacía una foto. Es increíble ver a decenas de personas pasar y hacer exactamente lo mismo. Ven párate aquí. Ponte ahí "Cheeeesseee" y listo. Cámaras grandes. Pequeñas. Desechables. Filmadoras. Lo único que cambia son idiomas y edades. De resto todos hacen más o menos lo mismo.


En eso en el mero centro de la cuestión se para una pareja que no llega a los treinta. Ella estaba con un vestido púrpura apretado. Unos zapatos dorados, de esos que están de moda, que dejan ver los deditos. Unos tacones que había decidido acompañar con medias negras. Era flaca, pelo negro con pollina de la que adorna la frente, no la tapa. De lejos parecía una modelo. Él tenía un sweater azul con una camisa blanca de cuello. Pantalones negros y zapatos de goma estilo converse. Se paró y montó una Canon grande sobre uno de esos trípodes que se ve que no compró así porque sí.


Desde lejos el fotógrafo puso a la niña a posar con una especie de tul rojo. Se veía que la idea era que el tul volara en el aire mientras ella hacía poses. Hay que tener personalidad para hacer eso. No parecía que fuesen unos profesionales del todo. Ni que estuviesen haciendo un trabajo para Publicis. Los pobres estaban vueltos un ocho entre la tela, la luz, la pose, la gente que se atravesaba por todos lados. En general viéndolo de lejos, aquello parecía demasiado perfume barato o propaganda de aerolinea. Pero a la vez pensé, quién es uno para opinar sobre las decisiones creativas de nadie.


Después de un rato de ver a los niños sufrir, dije qué carrizo y me le acerqué. Le dije: se ve que quieres hacer algo, pero sin un asistente no vas a poder. Yo sé lo que estás sufriendo. Si quieres te ayudo. Se hablaron en un idioma que asumí era ruso. Uno de esos idiomas que parecen palabras que se cortan como si la lengua fuese un cuchillo. Él estaba todo tímido. Nervioso, como se pone uno cuando hace fotos en público. (been there donde that) Ella, también. Más todavía, después de todo la que estaba posando como pendeja era ella. Al final terminó por decirme thank you con una sonrisa de dientes un tanto feos, cosa que humanizó un poco a la modelo.


Terminé agarrando un rato el tul rojo. Tratando de entender qué carrizo quería hacer el rusito, sin atreverme a decirle que no me gustaba mucho la idea.


Me fui sin siquiera intercambiar nombres con mis nuevos compañeros fotográficos. Después de todo estas ciudades dan para ese tipo de encuentros, pero rara vez dan para mucho más. En todo caso, si algún día el tipo se hace famoso, o si en realidad esa foto sí era para un trabajo publicitario importante. Lo veré y diré. "Bicho yo fui la asistente de ese fotógrafo." Quién sabe. O a lo mejor sea al revés. A lo mejor algún día él vea mi foto por ahí y diga, estoy seguro que ella me asistió una vez cuando estaba haciendo unas fotos. O tal vez, nunca más se crucen nuestros caminos. Ni física, ni virtualmente. Pero lo que sí es que la vida da muchas vueltas, y de vez en cuando, si no nos cuesta nada, no está mal asistir a un fotógrafo en apuros.


domingo, 18 de julio de 2010

Llegando


Nada como tener un bebé en las piernas y sentir un líquido caliente que te rosa las piernas. El pañal que cede y uno que se jode. Y cuando esto pasa en un avión, la aventura es mejor todavía. Menos mal que ya estábamos por aterrizar. Mi pantalón olía tan mal que por un momento empecé a dudar si no habría sido yo realmente la que se hizo. Pero no. Aunque así me sentía. Chorreada. Frente a una experiencia que me exige tanto. Mucho más de lo que parece. Cosa que me lleva a pensar al final las cosas nunca son tan graves como parecen, pero a la vez son mucho más graves de lo que se ve por encima.


Llegué a esta ciudad. Un poco cansada. El tráfico es infernal. Nos tomó un buen rato llegar al centro, donde nos vamos a quedar. Viernes, pero parecía como domingo. O yo me sentía como domingo. No sé por qué. A lo mejor era el cansancio. Un tanto extraño.


Se siente como que los días están cuajando. Todavía no sé reconocerlos. Me doy cuenta que cuando uno tiene una rutina no necesita verificar casi nunca si es martes, o jueves. Uno reconoce los días. Cada uno tiene su aire su sensación, su forma particular de identificarse. Es uno el que a veces tiene la brújula mal puesta y no sabe reconocerlos. Así me siento yo.


Estoy lejos. Aquí el horario es completamente distinto. Y tanto bebé como mamá estamos todavía un poco desorientadas. Aunque duermo de noche, me la paso con sueño. Es posible que sea el calor, aunque no me quejo la temperatura es divina. Anoche dormí con la ventana abierta y en la mitad tuve que arroparme.


La gente está abarrotada en las calles. Aquí el plan es salir. Salir a toda hora. A cualquier parte. Estar afuera. Aquí el aire es libre. Entonces es cuando me doy cuenta de que hemos vivido mucho tiempo en nuestras propias prisiones. Porque siento que es un privilegio poder caminar por la calle. Y me provoca decírselo a la gente. Qué maravilla es poder moverte a dónde quieras con tus propios pies. Son un vehículo.


Un vehículo que yo tenía tiempo sin usar en la Ciudad de la Furia. Ciudad de las aceras malditas, en las que si no joden de abajo, te joden de frente, y hasta de arriba. He caminado entre y ayer hoy más de una decena de kilómetros. Entre cuatro y seis horas. Mis pies lo han sentido.


Me metí en el cine a ver Toy Story 3. Los lentes 3D olían a pajarera. Los limpié con una toalla que olía al alcohol. Aún así no pudieron con la pajarera. Eran los lentes o era la muchacha que tenía al lado. Toy Story 3. Me gustó. Pero de verdad, Disney le encanta jugar con uno y hacer como que las comiquitas son la cosa más inofensiva del mundo cuando de verdad te están volviendo mierda. Porque sólo a ellos se les ocurre hacerte reír con una película en la que el Oso de Peluche que huele a Fresa es un hijo de puta que quiere joder a todo el mundo porque no puede con su resentimiento. Y el Ken. Bueno, el Ken es un metrosexual que está al borde de convertirse no en marico, sino en una loca perdida. No que eso tenga nada malo. Pero coño. ¿Disney? ¿En serio?


Hoy es domingo. El silencio es del más allá. Es algo que no se puede explicar. No hay carros. Solo gente. Y todo esto me recuerda que mañana es lunes. Y mañana tengo que arrancar. Aunque ya escribí algo, a partir de mañana tengo que ir armando una rutina para no perder el tiempo. Tengo también que hacer arreglos de casa. Estoy empezando por cambiar bombillos.


Por ahora me voy. Sigo con mi paseo. Vueltas de reconocimiento y observación. Tal vez algo de lectura. Y quizás cine. O a lo mejor me acueste temprano. No me vendría mal. Aunque el sueño no se recupera, el que tengo atrasado me está pasando factura.


Seguiremos informando.

jueves, 15 de julio de 2010

La Vuelta a Mí Misma en Poco Menos de 80 Días



Es hoy. Un día que tenía meses esperando. El día en que me voy a tomar un tiempo afuera. Un tiempo para mí y para mi escritura, aprovechando las oportunidades que me da la vida.

Lo que siento el día de hoy es algo que no había sentido nunca. O a lo mejor lo sentí cuando me fui a Argentina. No lo sé. Eso fue hace tanto tiempo que ya no lo recuerdo bien.

Es como si estuviera viviendo la vida de otra persona. Como si la que está metida dentro de esta piel es otra. No soy yo. Como si mis decisiones, mis actos. Desde algo tan trivial como lavarme los dientes, hasta lo más trascendental, como, qué voy a escribir, fuese pensado y ejecutado por alguien más. Como si mi yo interior, fuese el espectador de una vida ajena.

A veces pienso que la realidad es algo que está a medio camino entre la fantasía y esa cruda verdad que más tememos.

A eso voy. A verlas ambas de frente. A exprimirlas. A mezclarlas en una historia. Y en un futuro, no sé qué tan lejano, espero comentarles acerca de esa historia. Por lo pronto, lo que les voy a estar contando es la historia de cómo se está haciendo esa historia.

A ver si plasmo aquí el proceso de encontrarme a mí misma.

Dónde lo voy a hacer. Podría decirlo. Algunos de ustedes lo saben. Pero, por lo pronto, al menos aquí. No lo voy a hacer. Jugaremos a las descripciones. A las ciudades misteriosas. A ver si es que me fui muy lejos, o no tan cerca. A lo mejor nunca llego a irme. A lo mejor esto que se va hoy es alguien que no regresa nunca más. A lo mejor a lo largo de este viaje descubro, que uno está en todos lados. Que uno está en uno mismo y en ninguna parte a la vez.

A partir de hoy, esto se convierte en bitácora de la vuelta a mí misma en un poco menos de ochenta días.

No tengo mariposas en el estómago. Tengo dragones. Criaturas mitológicas. Tengo hasta hongos de esos que te hacen alucinar. Son las criaturas que habitan el alma. Una inmadurez que a veces lucha por marcharse, y un sentido de la razón que me recuerda, que sin fantasía la vida es demasiado monótona para que valga la pena. Tengo sueños y esperanzas. Y metas. Tengo expectativas. Miedos. Planes. Anhelos. Deseos.

Estoy tan asustada con todo esto, que ya no le tengo miedo al avión.

Llegaremos a 37,000 pies de altura. De allí en adelante, cualquier cosa puede pasar.

martes, 13 de julio de 2010

Me Estoy Riendo



ME ESTOY RIENDO. Es el cartel que una amiga de mi mamá se va a poner en la cabeza, cuando quiera hacerle a alguien la gracia de reírse por su chiste. No es ningún problema fisiológico, menos mal. Es una visita de más, o mejor dicho unas cuantas visitas de más, a un cirujano plástico, que con todo corazón, ha debido decirle, amiga, a veces menos es más.

Pero no. El hombre operó a mansalva. Estiró. Levantó. Succionó. Sacó grasa de lugares que se pueden esconder para inyectarlos lo más cerca posible entre Angelina Jolie y Linda Evangelista. Cortó. Hizo peeling. Inyectó. Drenó. En varias, y estoy segura, que muy dolorosas sesiones en las que se vieron involucradas importantes cantidades de anestesia.

El resultado fue. Y lamento decirlo. Una mezcla entre una caricatura de Rayma y el Pulpo Paul. De verdad que a penas la vi, lo primero que me pasó por la mente fue: ¿Esa cosa habla? Acto seguido intenté actuar lo más disimulado posible, sin escrutar la cara, intentando ver algún rasgo de lo que había sido esta persona anteriormente, o algún tatuaje de experimentos de V Invasión Extra-terrestre.

Nos pusimos a hablar y confieso que la cosa era todavía peor. Aquella boca de pez sapo se movía hacia arriba y hacia abajo, y entonces yo recordaba el sketch de la televisión ochentosa, en los que ponían la cara de un político y sólo se movía la boca.

Me fui y me quedé desconcertada. Todo el camino a mi casa me la pasé pensando en cirugía, en envejecer, en si llegará un momento en el que avergonzada por las arrugas y la carrera contra el tiempo, queriendo verme siempre más joven, agarraré yo también y me convertiré en la Tía Maigualida de Terminator.

¿Qué pasa con las mujeres que nos deformamos así? No es que esté en contra de las cirugías estéticas. Para nada. Yo creo que en eso también aplica el dicho de Joan Rivers: “Si lo tienes y funciona. Úsalo.” Es más, confieso que algún día voy a decir “Basta de parecer la protagonista de La Teta Espichada.” Y me voy a repotenciar.

Una de mis mejores amigas se arregló su nariz y quedó bellísima. Por supuesto que le ofrecieron levantarle el culo, liposuccionarla, subirle los pómulos, arquearle las cejas, ponerle extensiones de pelo, inyectarle los labios, y me imagino que algo que tuviese que ver con el ombligo y las orejas. Pero ella dijo, no gracias amigo, entre otras cosas, pagar esta operación me costó unos cuantos meses de trabajo.

El único que realmente le pudieron poner la cara de otra persona fue a John Travolta cuando se convirtió en Nicolas Cage en aquella película que se llamaba Face Off. De resto, ni que venga Rodin te van a poder esculpir como las otras mujeres.

Sin embargo me impresiona. Me impresiona cómo nos pega el canon de belleza que nos imponen revistas y modelos. Me impresiona ver que las amiguitas de mi sobrina son todas, en general, mucho más flacas de lo que fuimos nosotras. Me impresiona ver cómo nos hemos convertido en una sociedad en la que si no estás que das pena y en los huesos, no te sientes bien, porque no te pareces a la revista, que dicho sea de paso, fue photoshopeada, porque se los dice la voz de la experiencia, es imposible tener culo grande, sin comer. Me impresiona, que las amigas de mi mamá que eran unas mujeres bellísimas ahora no tienen expresión.


Por alguna razón no se nos permite querer nuestros cuerpos. Es como si lo natural fuese hacerles la guerra. Lo natural es irte a un gimnasio a levantar pesas hasta que se te lesione la espalda a fin de acabar con el pellejito que te guinda cuando dices adiós. Y ni hablar de lo que pasa cuando uno tiene celulitis.

Recuerdo que no hace mucho fui a un spa y me hicieron uno de estos “estudios” en los que te dicen todo lo feo que tienes. Entre las cosas que “me encontraron” estaba por supuesto la celulitis. Acto seguido me recomendaron unos masajes. Yo feliz. No hay nada más sabroso que un masaje. Por un momento pensé, Dios decidió adelantarnos el paraíso con un masaje que cura la celulitis.

Me monté en la camilla y acto seguido lo que siguió fue la tortura por alguien que en otra vida seguramente formó parte del ejército de Genghis Khan. Eso fue literalmente una golpiza, con un aparato negro además. A los pocos segundos le dije: Amiga, apaga eso. Si hay que sufrir así para no tener celulitis, pues yo me quedó con mis piernas como están. He vivido así casi treinta y un años, lo puedo hacer unos tantos más. Acto seguido me ofrecieron terapia de electroshock a la grasa. Cosa que después de dos corrientazos también decliné pensando, que eso era lo que le hacían a los locos en los manicomios de antes, y que mi locura por la grasa, al menos por ahora, está superada.

El spa estaba lleno de mujeres apretando labios y dientes mientras las torturadoras le deban a la máquina. No las juzgo. Si eso te hace sentir más segura a la hora de quitarte el pareo en la playa. Pichón. Pero mi pregunta es ¿Por qué? ¿Por qué nos hacemos eso? Los gringos dicen que “pain is a sign to stop” (el dolor es señal que debes parar.) Pero pareciera, que en el caso de las mujeres y nuestra relación con el físico es todo lo contrario. El dolor es la señal de que hay que seguirle dando. Incluso hay quien dice que si te duele es porque está funcionado. Excluyendo el dolor de cuando haces ejercicio, yo creo que debería ser todo lo contrario.

Y en general, vivimos en una sociedad en la que se nos enseña a resaltar lo malo que tenemos. Si es negativo lo puedes decir sin tapujo. Es que yo soy muy bajita. Es que yo soy despistada. Es que yo no entiendo nada porque soy medio bruta. Nada de decir, es que yo soy buenísima haciendo esto, es que yo creo que tengo talento para los deportes, es que yo soy inteligente, es que yo amo mi diente un poquito torcido, porque es como mi firma. Algo que sólo tengo yo.

Mientras más paso las páginas de revistas me doy cuenta que hay una sola imagen ahí, aceptada como belleza. Y no es por hippie, de verdad que no. Pero yo no pienso aceptar que solamente 90-60-90, pelo liso perfecto, piel de durazo (photoshopeada además), labios gruesos, cejas delineadas a la perfección, piernas de 1,10m y un color de piel estilo la franela del equipo de Holanda, son lo único que puede ser considerado bello. Bello hasta el punto de que las mujeres de hoy se agarran la cara y se meten en una especie de procesador de alimentos en que las cuchillas lo deforman todo.

Al final del día, no hay cuchilla que detenga el paso del tiempo. No hay cirujano que te pueda arrancar los años. Más bien puede hacer que se te noten de otra forma. Ni siquiera las actrices de Hollywood, incluía Sarah Jessica Parker que me encanta, les queda bien. En las promociones de la última película de Sex and the City parece un hombre que se quiso parecer a Carrie Bradshaw. Hasta rabia me dio. Dígame Jennifer Aniston. Otra que se deformó. Y todas estas mujeres son bellísimas o eran bellísimas. Lo más irónico del caso, es que toda la cirugía no borra el paso del tiempo, más bien lo afirma, como cuando borras mal y ensucias el papel dejando un manchón negro.

El paso del tiempo es inevitable. Me recuerda cuando me divorcié a los veinticinco y me di cuenta de todo el tiempo que había perdido. De todo lo que no hice. Pero ya esas etapas habían pasado. No tenía sentido empezar a vivir como de diez y ocho, pues ya no los tenía.

En todo caso, de vez en cuando me miro al espejo y me da cosa. Si bien no me puedo quejar, no puedo borrar las huellas de la maternidad. Y no quiero hacerlo. Sí. Tengo algunas estrías en la barriga, pero estoy lejos de sentirme fea por eso, o de dejar de usar bikini. Al contrario, soy una mamá orgullosa. Y si algún día me provoca quitarlas, las quitaré. Sólo espero que no me entre la crisis de acuchillarme por todos lados. Odiaría tener que andar por la vida con el letrero de ME ESTOY RIENDO. Y menos con la bocota que tengo yo.


PD.: Y eso que no hablamos de Michael Jackson.

viernes, 9 de julio de 2010

Yo



Hoy el tema es nada. Hoy es uno de esos días en los que no provoca nada. Ni café. Ni chocolate. Ni comer. Ni hablar. Ni escribir. Ni leer. Aunque más temprano que tarde me vuelven a dar ganas de leer.

Son días en que lo cuestiono todo. Lo pienso todo. No sé qué será lo correcto o lo incorrecto. Me provoca salir. Me provoca entrar. Me provoca irme. Me provoca quedarme dónde estoy. Y me pregunto, ¿qué coño hago yo aquí? ¿Quién soy yo en medio de todo esto?

Entonces creo que me tocará regresar a lo básico. Al punto de partida. Porque hay veces que lo toca es renacer y empezar de nuevo.

Estatura mediana. Piernas cortas. Más cortas de lo que me hubiera gustado. Ojos grandes. Canción: brown eyed girl. Boca grande, perfecta para una persona que no atina muy bien con lo que dice. Fito Paéz dice: el tiempo me ha enseñado a callar. Y yo todavía estoy en el nivel I, me falta mucho para obtener el certificado.

Siento miedo de la autoridad y considero que la ensalada y el ejercicio son mucho más que un placer. Un deber. Aunque por alguna razón como tomate. Me encanta el tomate. Y aunque no parezca podría vivir sin chocolate, pero no sin tomate. Le tengo miedo a los aviones. Miedo no. Terror. Hay algo de las alturas que no me gusta. Tiendo a pensar siempre en fatalidades. Y mientras más vieja me pongo peor. Es el mal de las imágenes y lo rápido que puedo construir escenas en mi cabeza.

A veces me gustaría ser parte de una comedia romántica. Es que creo que la vida es mucho más sencilla en una película mala, que en una película buena. Creo que a veces la gente me toma por alguien que se cree demasiado culta, cuando en realidad yo estoy segura que no sé nada. Me espantan las carteras caras y desconfío de la gente que se llena de cosas de marca. No soporto que otras personas vengan a definirme o criticarme. Mucho menos sin conocerme. Me considero rebelde. Pero en un modo muy extraño, porque me cuesta mucho decir que no. Yo siempre digo que sí.

Un amigo argentino una vez me describió como “una hippie con otro sentido de la moda.” No porque sea fashion. Para nada. Sino porque en términos de moda no soy hippie. Pero sí creo en la libertad. Creo que cada quien debe hacer y ser cómo mejor le plazca. Creo en el perdón. Creo en el karma. Creo en no hacer a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Creo que la felicidad son momentos. Creo en la soledad, pero también creo en la compañía. Creo en decir lo bueno. En repetirlo hasta el cansancio. Creo en el amor. En las agarradas de mano y en los besos sobre un puente.

Creo en la arena, en la playa. Creo en el mar. Creo en bailar solo, en leer solo, en caminar solo, en comer solo. En tomarte un café contigo y nadie más. Creo que si logras irte de viaje como Dios te trajo al mundo. Solo. Logras hacer cualquier cosa. Al final también te irás de este mundo solo.

Me gusta la amistad. Me gusta lo dulce. Me gusta comer porque me provoca, y no comer porque no me provoca. No me gusta que estén viendo qué tengo en mi plato. Mi plato, y sobre todo mi merienda es de las cosas más privadas que tengo.

Me encanta un masaje. Un spa. Me gusta ser mi propia hada madrina. Pero también soy mi peor crítica, y sé que no hay nadie más dura que la tipa que se me queda viendo con cara de reproche del otro lado del espejo.

Hay protectores solares que me sacan pepas en la cara. Se me ponen los cachetes rojos porque tengo la piel sensible, pero a la hora de esconder la pena tengo piel de cocodrilo. Soy muy extrovertida, pero cuando algo me da pena me pongo mínima. Soy como una cochinilla. Puedo imitar sesenta mil acentos distintos, y creo que mi personaje favorito para imitar es Martha Colomina.

No soy chavista. Ni comunista. Ni derechista. No me gustan los extremos. Ni los absolutos. No me gusta obligar a nadie a pensar como yo, porque no me gusta que me obliguen, pero reconozco que a veces hay cosas que me cuesta entender porque otras personas las piensan, o las hacen. Como las mujeres que andan por el mundo con el pelo tapado. Sé que es una creencia y una tradición, pero aún así. No me gustan los rasgos que se acercan a ningún tipo de totalitarismo.

Yo creo en imposibles. Yo me comí el cuento completo de Disney. Me gusta la literatura infantil. No renuncio a ser niña por nada del mundo. Me choca la extrema seriedad, la solemnidad, las ceremonias, y las poses. Si no sé algo lo pregunto. Si no entiendo algo lo digo. Adoro la compañía de mi perro. Pero con el tiempo he llegado a entender que al gato también hay que quererlo. El perro lo busqué, el gato llegó a mí.

No me gusta esperar a que las cosas me lleguen. Soy sumamente atorada y no tengo mucha paciencia. Aunque para ciertas cosas dejo el tiempo pasar. De repente me salen, no sé de dónde, unas filosofías que le dan espacio a las cosas. Yo entiendo que todo tiene su tiempo y su momento. Que hay cosas que no son de la noche a la mañana. Simplemente hay que dejar que las aguas tomen su curso.

Amo lo libros. No concibo la vida sin ellos. Así como no puedo vivir sin mi cuaderno. No se lo enseño a nadie y me da mucho miedo pensar que alguien lo vea. Así como me dan miedo las cucarachas o los adioses. Así como me da miedo la oscuridad. No paso de los seis años cuando de truenos se trata. Hago una mueca de susto. Las únicas veces que me he montado en montañas rusas he gritado a todo pulmón ¿para qué me monté? Aunque admito que me bajé muerta de risa.

Creo que si vas por la vida con el corazón abierto, y eres sincero, al final, todo sale bien. Aunque estoy Clara que bien y perfecto no son lo mismo. Creo que la paz está dentro de uno mismo, y sólo tienes que mirar en tu interior y encontrarla. Sólo que hay a veces que se requiere de cierta valentía para mirar dentro de uno mismo, porque allí pueden haber cosas que no queremos ver.

Lloro por todo. Aunque no derramo lágrimas por las cosas importantes. Me marcó el día que me dijeron que las sonrisas son un escudo. Porque yo siempre me río. Pero sé que estoy guardando cosas adentro que me cuesta mucho mostrar, aunque nada más este blog parezca precisamente la prueba de lo contrario. Suelo llegar tarde a todos lados, y es por eso que debo parar de escribir, porque ya estoy tarde.

jueves, 8 de julio de 2010

Concurso Miradas a Europa


Estos seis días que me agarré fueron como yo me imagino el cielo. Mar. Chinchorro. Comer. Dormir. Beber. Mi bebé. Con pocos mosquitos. No mucho calor. Y un sol clemente.

No revisé correos. Leí mucho. Bastante. No escribí casi. Me dediqué sobre todo a leer. Y curiosamente a pensar en mi proyecto fotográfico, en el que quiero trabajar este verano. Un proyecto que no sirva sólo para expresarme, sino sobre todo para aprender, para descubrir. Para ir creciendo poco a poco.

El cierre fue con broche de oro, pues anoche, al abrir mi correo después de casi una semana, me encontré con esto:

Por el presente escrito le comunicamos que su propuesta fotográfica ha sido una de las 16 seleccionadas para participar en la muestra colectiva "Miradas a Europa", organizada por la presente Embajada de España en Venezuela. Próximamente los encargados de la exposición se pondrán en contacto con usted para concretar detalles relacionados con el montaje de la muestra en el Centro Cultural Chacao.

Sin otro particular, reciba nuestras más sinceras felicitaciones,


Un concurso organizado por la Embajada de España, al que decidí entrar a última hora. Además entré en un tono totalmente relajado. Lo hice más por disciplina. Pensando. Me gusta mi foto. No se trata de que la escojan o no. Se trata de tomarse el tiempo de verla. Trabajarla. Imprimirla. Llevarla. Y disfrutar el proceso.

Cabe destacar que para llevarla di vueltas por toda la castellana y estuve a punto de desistir. Entre otras cosas porque lo que yo siempre había jurado que era la Embajada de España resultó ser el Consulado de Italia, y lo que tenía como segunda opción en la mente era la Emabajada de Portugal. Vaya pesadilla Europea. Al final logré entregar mi foto, y aunque todavía estoy esperando un mail de aclaratoria que diga :

- Disculpa Manu nos confundimos, esa mierda que mandaste no la podemos publicar.

Creo que esta vez, la cosa sí va para el baile. Así que cuando tenga una fecha les aviso, para que se pasen a ver la exposición.

Me hubiera encantado ganar, estaban regalando Ipads de diferentes capacidades a los tres ganadores. Pero no me quejo. Para nada. Estoy feliz. Es más, cuando leí el correo, empecé a gritar al punto que mi papá, señalando a mi hija empezó a gritar :

- ¡La estás asustando!-

Me provocó salir corriendo a la calle desnuda. Pero Maradona me arruinó la rutina. Quizás el desnudo es mejor guardarlo para algo más grande. Que sé que está por venir.

En todo caso no puedo estar más contenta. Hace ya unas semanas me eligierion para el taller de Isarael Centeno. Y ahora esto.

Y ojo. No es que se me vaya a subir el ego. Mi ego cuando viaja, lo hace en un DC-9 de esos de Laser. Tiene asientos de cuero, pero si te fijas del techo cae agua, y te da miedo bajar el baño porques sientes que al hacerlo a lo mejor se desprende un pedazo de fuselaje. Son vuelos cortos. A mí me dan un poco de miedo. El aterrizaje siempre es duro.

Pero como gozo esos viajes. Porque generalmente me llevan a lugares que nunca creí visitar.

Nos vemos en noviembre en el Centro Cultural Chacao. Esta noche voy a celebrar.

Es curioso, porque ayer no sólo ganó España, sino que yo me di cuenta y grité gol apenas aterrizó el avión. Y además, siempre dije que si publicaba un libro lo publicaba en España, porque este blog lo siguen algunos Españoles, y otros que me han escrito a mi correo. Así que España, gracias. Como dice el dicho Be careful what you wish for, you may get it.

jueves, 1 de julio de 2010

Días de Playa



No voy a parar por aquí por unos días. Es una cuestión cultural. Un día feriado. Un feriado implica dejar de trabajar una semana. Este país es así. Así que por primera vez en mucho tiempo, dije, sabes qué, si la masa se va, pues yo también me voy. Busca las alitas, desempolva el trajebaño, arrum-bam-baya, porque mañana nos vamos para la playa.

Lo que pasa es que antes, ir para la playa era lentes, sombrero, libro o revista farandulera, algo que te ayudara a quemarte y birra. De repente algún tipo de menjurge con al menos tres tipos distintos de alcohol, que sirviera de excusa para explicar por qué la canción de Hombres G que decía “tengo la espalda como el culo de un mandril” era tú canción, a pesar de que la barriga se te había quedado como la de la rana platanera.

Cuando tienes un chamo. Ya las cosas no son tan fáciles. Tienes que mentalizarte. Respirar hondo. Visualizar el mar, las olas, la belleza, el viento. Todo lo bueno que vas a conseguir cuando llegues a la playa. Una quemadita. Cremita. Una piña colada. Un bañito en el mar, mientras el retoño está haciendo una siestica debajo del corral que durante un segundo parto lograste poner debajo de una uva de playa.

Y es allí donde empieza la otra mentalización. El segundo parto. Entonces tienes que mentalizarte que vas a pasar una semana haciendo maletas. Traje de baños, pijamas, alitas, paños, shorts, zapatos, mudas, franelas, sombrero, protector. Y después pañales, cremita, talco, shampoo, jabón, juguetes para el baño, alitas, colonia, aceite por si se mete agua en el oído, más protector, otro sombrero, medias, otra pijama, bolso de playa adulto, bolso de playa bebé, piscinita inflable, pelota de playa, tobito, palita, rastrillo.

Además de eso uno tiene que llevar teteros, coche, corral, babero, galletas, pastica, cucharitas de plástico, cobija, medias, sweater, pañalera, colonia, ya dije colonia. Hay que llevar las medicinas, el termómetro, el antibiótico, las goticas para la nariz, las goticas para los ojos. El mono que adora, el perro de emergencia, lo animalitos que hacen que pare de llorar.

Una vez que has logrado hacer un mapa mental de todo lo “esencial” viene la guardadera. Que se ve interrumpida cuando te preguntas ¿será que metí la cobija de Barney? (Hoy en día cada vez que pienso en Barney pienso, gracias a Romina, en la frase, es un impostor que me mintió por años. Y pensar que mi hija lo dirá después de todo el trauma de cargar con cosas alusivas al puto dinosaurio.)

Cuando ya todo está listo, los hombres de la casa empezarán con el discurso que jamás falta:

- No puede ser que esto sea lo que tú piensas llevar. ¿Quién coño va así para la playa? Dime tú en qué momento de los cinco días que vamos a estar fuera tú piensas usar todas estas cosas. Yo me resisto a creer que todo esto sea necesario. Es imposible que un ser humano necesite tantas cosas. Un bebé que no llega a los 80 centímetros, que usa ropa mínima, lleva más maletas que un hombre adulto. Es imposible. Esto es lo que llamo pésimas aptitudes de gerencia. Eso sin contar que no vamos a caber en el carro. Va a ser imposible. No sé cómo vamos a hacer. ¡Qué bolas!

Y mientras tanto mi cabeza pensando: “mierda ¿será que meto otro protector?” pero lo que digo es:
- ¡Coño! Se me olvidaron los lentes, el sombrero y la laptop.

A lo que siempre sigue el clásico:

- ¿Tú vas a llevar la laptop?
- Sí. Voy a llevar la laptop.
- Y se puede saber, ¿Cómo para qué?
- Para usarla.
- No. Es que esto es increíble. – Con torcida de ojos y batida de brazos incluida.

Conversación que jurarán jamás tuvo lugar cuando horas más tarde te estén preguntando: ¿no trajiste alguna película para verla en la laptop? Es que son unos coños de verdad. Porque te arman todo ese escándalo, pero no has terminado de pisar la arena cuando empiezan:

- No veo el protector en la cartera. Se te quedó.
- Está allí.
- No. El que está allí es el 30, no trajiste el que me gusta el 15.

Claro. Tú. El ropavejero que no sabe gerenciar una maleta de playa no trajiste el 15SPF. Y juste ese el que quieren usar. Lo peor es que sí lo trajiste, y lo que pasa es que no lo saben buscar.

Así como los pañales y la muda extra salvarán la vida cuando la mega-cagada que no viste venir haga de las suyas en el avión. Cuando el chamo empiece a llorar porque se siente extraño te van a decir

- ¿y si le damos un tetero? - Y tú te callarás el “no y que traíamos pura mierda innecesaria.”

Y encima, cuando ya todo esté listo, cuando ya el chamo esté jugando con la arena y con la pelota de playa, en su piscinita, que en ese momento será el objeto de comentarios como “qué buena inversión haber comprado esta piscina.”

Justo allí, tú por fin te vas a relajar, vas abrir tu libro y te van a decir:

- ¿No trajiste algo para mí?

El tiempo libre no existe. De hecho a veces, uno trabaja más en vacaciones. Con la sacadera, y el “tráeme-y-busca”, y “revisa si no se está quedando nada”, y “corre que vamos a llegar tarde.”

Así que durante estos días no voy a escribir. Al menos no aquí. Pero ya saben en qué andaré. Y si en estos días salen y ven a una pobre con coche, niñito, gritando ¡Fulaaanoooo, Dije NOOOO! De pana, no la miren feo. Yo andaré más o meno, así.

Aunque la verdad es que las playas venezolanas bien valen todo ese peo.

Feliz 5 de Julio.

Pd.: Me acabo de acordar tres cosas que no había metido, cámara, cargador, cargador de teléfono. ¿será que llevo el trípode?