miércoles, 29 de diciembre de 2010

All You Need is Love

En estos días estuve pensando en la capacidad que tienen algunas películas para emocionarme, como esas en las que Meg Ryan llora cuando por fin Tom Hanks le confiesa que está perdidamente enamorado de ella, o en las que Keira Kneightly escucha las palabras “I love you, most ardently.” Yo sin poder evitarlo me pongo a llorar.

No lloro a moco tendido. Son sólo unas cuantas lágrimas, las mismas que se me salen al final de Love Actually cuando el escritor le pide a la portuguesa que se case con él. Ahí sí hay moco y sí es tendido. Me provoca salir corriendo para la calle y parar los carros para decirle a los conductores “¡La portuguesa le dijo que sí al escritor!”

Tal vez este sea el género de película que hace a los entendidos arrugar la nariz, torcer los ojos y decir “¡Por Dios!” Un poco como hago yo (cero uno en la boleta lo reconozco) cuando alguien me habla de un Best Seller como uno de los libros que más detesto El Código Da Vinci. Suelo respirar profundo y decir algo como “es que en realidad no leo muchos best sellers” o me lanzo en una de “por favor, tramas mal trabajadas, totalmente inverosímiles y llenas, plagadas de tópicos.”

Me imagino que lo mismo dirán los amantes del celuloide de mi patético gusto en lo que se refiere al séptimo arte. Sí. Yo me desmayo con Sense and Sensibility, me hago pipí de la risa con Tommy Boy y reconozco que me sé de memoria los parlamentos de Steel Magnolias y de lo que El Viento se Llevó.

Ya dije hace un par de posts que no quería ver más sufrimiento en el cine, que me gusta la cosa “light and fluffly,” como decía mi gran amiga Dani. Y sí, la verdad es que no puedo evitarlo. No puedo evitar llorar cuando en mujercitas le regalan el piano a Beth, y peor aún cuando ella se muere y le dice a Jo, la escritora dicho sea de paso, que no es valiente como ella, y que aunque esté en el cielo, va a ser difícil no extrañarla. Siempre me dio como rabia que Jo no quedara con Laurie, no sólo en la película porque Christian Bale es tan bello, sino en el libro también, pero la verdad es que el escritor alemán es un sueño.

Ciertamente que muchas de estas películas son malazas y como diría mi papá, uno puede sentir las neuronas muriéndose mientras las ve, como Legally Blonde. Aún así, hay algo de la pareja, del final feliz, de ver a la gente conociéndose y resolviendo obstáculos para unirse. Quizás es porque la realidad es tan abyecta y tan distinta. Quizás es porque el guión se acaba con la musiquita animada justo cuando se unen y no llegamos a la parte en la que Tom Hanks le dice a Meg que está harto de que le reclame todo el tiempo que no la ayuda lo suficiente, que él lo que quiere es salir una noche con sus amigos, y Meg le dice que es ella la que está harta, que dónde quedó todo el romanticismo de aquellos días en que le mandaba emails y tal y qué sé yo, que si no se los estará mandando a otra.

No. Eso no te lo enseñan. Es más, ni siquiera hacen la parte dos. Meg y Tom se separan, entonces no ves como sale Tom con su maletica del apartamento dejando a Meg con los dos carajitos, sólo para que cuando le toque su viernes la llame y le diga “Meg, mira es que podría ir mañana, porque es que esta noche se me complicó.” Se me complicó es código para: tengo un culo que me dijo que quiere salir conmigo hoy y la verdad le quiero echar plomo, total hoy no iba a hacer gran cosa con los chamos.

Nada de eso se ve. Por eso me gustan las películas malas. Tal vez por eso me hacen llorar, quizás es algo de melancolía, de saber lo alejadas que están de la realidad, de lo imposible, del sueño de esta generación Disney que está teniendo que enfrentar una cantidad de cosas para las que no nos prepararon.

A veces me pregunto ¿qué hubiese escrito Jane Austen si hubiese estado vivita y coleando en pleno 2010? Me gustaría meterme en esos zapatos. Dicho sea de paso, la película Clueless es un vulgar plagio del argumento de Emma, no sé si alguna vez lo admitieron, pero deberían, porque es grotesco como se copiaron todo.

En todo caso…yo me tripeo mis historias de amor baratas, y las no tanto, porque hay películas gloriosas como Casablanca, en las que no te queda otro remedio que enamorarte de Humphrey Bogart. Siempre me pregunto, ¿será que Ingrid fue feliz con Víctor? ¿Será que algún día Rick la volvió a encontrar? Hubiese sido espectacular, que la buscara cuando los nazis ya se hubiesen ido de Paris y la encontrara en un café vestida de azul. Claro que…a veces hay amores que para no derrumbarse tienen que ser imposibles.

viernes, 17 de diciembre de 2010

De Vuelta

Una de las cosas que amo de la fotografía es de las más obvias. Ver una cosa desde distintos puntos de vista. Nunca sabes realmente cuál es el que más te acerca a la verdad. A veces pareciera que acercándote a las cosas las ves mejor, pero basta con que te llegues al cine y te quede como única opción sentarte en la primera fila para que entiendas que a veces cuando tienes las cosas encima no ves nada.

A veces hay que alejarse, perderse en otros mundos, darse espacios. Yo creo que sobre todo si uno necesita algo en la vida, es espacio. A veces cuando te alejas ves todo más claro, incorporas más elementos al cuadro y pones las cosas en su contexto.

Eso fue lo que hice estos días. Han pasado varias cosas en mi vida que iré contando poco a poco y que quizás hicieron que en un momento dado me sintiera un tanto agobiada, cansada, presionada, hasta el punto que sentarme frente a esta pantalla me generaba la misma taquicardia que me generan más de tres cafés en un solo día.

Así que me alejé, tomé mi cola de libros, taché el número 20, Daniel Pennac, Mal de Escuela, bellísimo sobre todo para los que no fuimos excelentes estudiantes, luego tomé algunos libros que no estaban allí, unos por el club de lectura, como el de Álvaro Mutis, Las Nieves del Almirante y el de Stefan Sweig Los Ojos del Hermano Eterno, y otro más de Sweig que me prestó un amigo La Novela del Ajedrez, bellísimos los tres y muy emocionante el último.

Empecé con el número 14, Suite Francesa de Irène Nemirosvsky, y tomé los libros de mis amigos Toto Aguerrevere y Eva Ekvall. Sabrosísimo uno, divertido y fresco, y el otro un libro que considero contundente, y que quisiera comentar en un post aparte, cuando encuentre las palabras adecuadas.

Me fui de librerías, recibí un regalo y añadí unos cuantos libros más a la cola literaria:

73. Traiciones a la Memoria de Héctor Abad Faciolince

74. Cuadernos de un Viejo Indecente de Charles Bukowski

75. Trilogía Sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez

Y encontré la copia que creía haber perdido de La Maravillosa Vida Breve de Oscar Wao de Junot Díaz, para retomar y terminar un libro que me estaba envolviendo.

Recordé que tenía tiempo sin dejarme envolver por libros, tan concentrada estaba en mi propia escritura, eso me recuerda que no se puede escribir si no se lee. Bueno, es como todo, de poder se puede, pero realmente el que escribe del alma y del corazón lo entiende, al final no se puede, no se llega a dónde uno tiene que llegar, sería como fotografiar un cuarto totalmente oscuro.

Volví a la fotografía con par de proyectos hermosos, que me tienen muy entusiasmada. En fin, sigo andando en este camino. Un camino al que cada día le tengo más apego y el que disfruto más, un camino que se ha vuelto no sólo una razón, sino un refugio. La verdad es que me siento una persona afortunada pues vivo y la llama, el motor de mi vida es una gran pasión por escribir y fotografia, aventuras a las que me entrego con gran dedicación.

La verdad no hay nada en esta vida como hacer lo que uno ama.