viernes, 23 de diciembre de 2011

El Borrador


*En un rato publico la foto de las primeras copias de mi primer borrador.

Hoy mi esposo fue a un centro de copiado a imprimir un borrador de lo que espero sea mi primer libro. Esa novela que hace ya varios meses les dije que iba a escribir. Me tomé un año, pero en realidad la historia salió en tres meses. Después la engaveté porque el pájaro que tengo en mi cabeza, como el de la propaganda de Twistos me decía, “esto es una mierda. Esto es una mierda. Esto es una mierda. Qué historia tan chimba. Que historia tan chimba. El lector se va a aburrir. El lector se va a aburrir. Los diálogos son cursis. Los diálogos son cursis. Los diálogos son cursis.”

Es que me salió una historia diferente. No sé por qué, pero fue lo que salió. Algo de otra época, centrado en un mundo creado por mí, pero que tiene como núcleo lo que vivimos hoy en día. Tiene fantasía, no todo es real, pero de nuevo, tiene como núcleo muchas de las cosas que percibo en la sociedad hoy en día. Y cada personaje tiene un valor. Pues, si algo me ha pegado últimamente es la crisis de valores que estamos viviendo.

Me pareció muy raro ese tema. Yo que siempre pensé que iba a escribir cosas más reales que nada, que ni Harry Potter me había leído y ahora estoy fajada con ellos, me sale escribir algo así. Pensé, es una locura. Un absurdo.

Así que le dije está bien pájaro. Tú ganas y guardé los papeles. No volví a abrir el archivo de Word y dije, mejor me pongo a escribir otra cosa. Efectivamente, tengo otra historia por ahí gestándose, esa la escribí de otra forma. No fue que me “senté a escribir” sino que hice como una especie de esquema, de maqueta. Y andaba en eso cuando me salió otra vez el pájaro y empezó: “desempolva la novela terminada. Desempolva la novela terminada. A lo mejor tiene arreglo. A lo mejor tiene arreglo.”

Una vez más le hice caso. Pero ya no lo escuché más. Me puse a pensar lo siguiente. Soy una persona bastante inconsistente. Lo único que ha sido una verdadera constante en mi vida son los libros. La lectura. Y estas ganas irreprimibles de escribir. Hasta la gente con la que intercambio emails me lo dice, yo tengo cosas adentro que necesito expresar. Es una necesidad casi fisiológica.

Así que me dije, a lo mejor el primer pájaro tiene razón y la historia es una porquería. Una verdadera basura. Pero sabes qué niña, vamos a terminarla, vamos a pulirla, a encuadernarla, a mandarla a algunos amigos y vemos qué pasa.

A veces leo algunos pedazos y siento unas ganas enorme de ir a meterme en mi cama, taparme con las cobijas y no salir de ahí nunca más. Son terribles. Pero otras leo y digo, jolín, ¿Yo solita escribí esto? Sí. Creo que así son las cosas, hay de todo, bueno, malo, regular, fantástico y pésimo.

Suena fácil escribir un libro. Y es muy fácil lo que me dice mucha gente, mándalo, suéltalo, déjalo ir, pero la verdad les confieso, no es nada fácil y requiere unas “bolas de acero” que a veces no sé si tengo. También debo confesar que he publicado algunos parrafillos o frases en Facebook, como para ver qué pasa. Sí es patético. Es como querer ver si sale la manito del bebé antes del parto y comprobar qué tanto duele. A ver si uno aguanta que salga el resto del cuerpo.

En fin. No he tenido malos comentarios. Pero eso es irreal, pues una frase no hace una novela. Y puede que la frase sea magistral, pero si el resto es una porquería, no sirve de nada.

En todo caso, me pareció que hoy era el momento de compartir esto con ustedes. Muchos de los que leen este blog me han apoyado y han creído en mí., y aunque sé que lo más importante es que yo crea en mí misma, me cuesta horrores. A lo largo de el camino que me ha tocado recorrer he encontrado innumerables razones para no creer. He encontrado gente que me ha convencido que no tengo talento, que no sirvo, que mis ganas de escribir son un despropósito. Sí, mi gran tara es que sufro de baja autoestima y miedo crónicos.

En fin. No puedo comentar mucho más sobre el libro porque lo estoy enviando a un concurso, como para no dejar. Creo que no voy a llegar ni detrás de la vieja que se fue persiguiendo a la ambulancia. Entre otras cosas el manuscrito todavía tiene muchas cosas que corregirle, revisiones pendientes, hasta errores ortográficos, que mi esposo ya empezó a ver apenas llevó el documento al centro de copiado.

Igual lo voy a mandar. Y el año que viene veremos que pasa. Seguiré puliendo y comenzaré a trabajar en otra historia. Les seguiré contando. Porque la verdad es que esto me gusta y mucho. Mi esposo me dijo hace tiempo tienes que buscar algo que te guste y “echarle bolas.” Y aquí estoy.

Ahora falta ver si el mundo escucha.

Antes de terminar hay alguien por ahí que ya se la leyó. Y le tengo que dar las gracias, no me había dado cuenta de que el favor era titánico hasta que vi que en Word, a doble espacio eran unas 300 páginas de texto. De verdad gracias. Por el empuje, el tiempo, el "manda más" y los comentarios, que han sido de gran, gran valor. Definitivamente solo, uno no puede hacer nada. Y la verdad, es que un escritor necesita sus lectores. El lector es creador.

Gracias amigo por leerme. Y gracias a la vida por esta posibilidad. Hoy se abre una puerta para mí, es un día especial, veremos hacia dónde nos lleva este pasillo que empiezo a recorrer.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Ficciones: Gordo sin salida.

Es un gordo de esos que desayunan hamburguesas. El pan se hunde un poco con la presión de sus dedos, la carne, el tomate y la lechuga aplastados por el calor y las salsas hasta ser casi una pasta irreconocible, se rodando hacia el fondo del pan, con cada mordisco. Del emparedado caen gotas de salsa que salpican todo. Sus dedos están enchumbados de grasa y de salsa, pareciera que alguien los hubiese pintado de amarillo y rojo. Mientras tanto el va pensando, ¿qué voy a almorzar?


Él sabe que la gente que lo ve por la calle no para de pensar. ¿Cómo este gordo se dejó poner así? Como si no hubiera sido gordo toda la vida. Siempre fue gordo. Si no de contextura. De corazón. Si se se infló fue casi sin darse cuenta, entre el tercer plato de pasta y la coca-cola que se tenía que tomar antes de acostarse a dormir. No es que la comida sustituya nada en su vida. No es que en el plato busque el amor que no tiene, la compañía que le hace falta o que busque masticar para evitar decir lo que no quiere decir.


No. No es que la gordura sea una excusa. Un problema visible e inmediato para evitar los otros que hay en su vida. La dureza de la madre. La frialdad del padre. Las indiscreciones sexuales de su hermana. La gordura es la gordura. Es parte de él. Un rasgo. Hasta un atributo. La gordura es él. No en vano todos lo llaman "el gordo." Si dejara de ser gordo entonces qué lo llamarían. El nada. Además de la gordura no hay nada.


A veces se acuesta en su cama. Y mira al techo. Recuerda aquella frase de Kafka, "una mañana Gregorio Samsa despertó convertido en un monstruoso insecto." Si ese insecto lo hubiera encontrado, se lo hubiera llevado, lo hubiera carcomido, abriéndole huecos por todo lados. A lo mejor, algún día él despertaría luego de una extraña metamorfosis, sólo que no sería un insecto, sería un pedazo de comida, que por culpa del estado avanzado de putrefacción tendría gusanos blancos saliendo de numerosos orificio, carcomiendo todo lo que encuentran a su paso. Babosos. Amenazante.


Despediría un olor grotesco. Su madre peinada y encopetada abría la puerta y al verlo le diría:


- Yo sabía que este día llegaría. ¿Qué más le íbamos a pedir a un gordo como tú? Tienes la mañana de hoy para hacer algo con el olor. Luego hablaremos con tu padre sobre los gusanos.


Ella cerraría la puerta y el intentaría moverse para verla salir desde la ventana. Pero no podría. Es un trozo de comida. No tiene patas, ni armazón, no se puede impulsar de nada. Tendría que transar con los gusanos para que estos lo movieran. De ahora en adelante los gusanos son el medio de vida. Y lo irónico es que a la vez son su verdugo. El día que se lo coman, dejará de existir. Da igual que se lo coman o lo abandonen. Un poco como ha sido la relación con sus padres. Sus padres ya se lo comieron. Le tocará esperar a que se lo coman los gusanos.


Los gusanos lo complacen y el gordo se asomará por la ventana y ve a la madre salir. La mañana es gris. Nubes de techo bajo. Ella camina con el culo respingón, viste de gris, como si quisiera combinar con el día. Su pelo amarillo está recogido en un moño que se ve muy pasado de moda, sus zapatos rojos son el único punto que brilla en toda la calle.


Falta poco para que se pierda de vista entre las casas y la calle que hacen una curva hacia la izquierda. Pero la mujer no desaparece del cuadro. Se detiene al lado de una furgoneta blanca. Un hombre con una bata azul está sacando cajas y metiéndolas hacia el local que tiene en frente. La mujer está parada, cada vez que se acerca le habla. El hombre no pareciera reparar en su presencia, como si quisiera ignorarla.


La tercera vez que el hombre carga en sus brazo cajas rectangulares que bien pueden tener peras o cervezas, la mujer abre su bolso negro y saca algo. Debe ser un cigarro, pues se lleva las manos a la boca, y luego estira el brazo, y el dedo medio y el corazón. El hombre regresa y la mujer se lleva otra vez las manos a la boca. La mano que tiene libre la apoya en la cintura. No para de cambiar de posición. Pareciera nerviosa, como si estuviera reclamando algo. El hombre como que no la escucha. No repara en ella. Absorto en su trabajo la ignora. Como si lo que tuviese enfrente no fuese más que la neblina, la mañana pesada y triste de un día laborable que apenas empieza y anuncia que se tardará en terminar.


Esa mañana el gordo había despertado y antes de ir a comprar su hamburguesa habitual recordó que su madre había muerto acuchillada. Que para proteger su memoria la habían trasladado en un furgoneta blanca hasta su casa y habían fingido un atraco que la policía no tardaría en descubrir. Esa mañana el gordo se sintió un gusano, un gusano de los que moviliza cadáveres. Esa mañana el gordo, abrió los ojos, y quiso con todas sus fuerzas ser un asqueroso insecto, pero para su pesar seguía siendo humano.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Te Odio Blackberry


Mi Blackberry no sirve. No sirve para nada. Hace unas semanas decidió volverse loco. A lo mejor fue a causa del escaso contenido de cordura en algunas de mis conversaciones. No sé. El caso es que no marca la E, no marca el dos, me obliga a escribir mensajes como: “Como t fu anoch.” “Dsd cuando stas así?” “ya voy llgando” “t mando un corro” “vins sta noch?” “qu tal ls fu n l fin d smana.”

No puedo marcar números locales que no tengo grabados, pues es imposible marcar el 212. Entonces tengo que pedirle a alguien que me los mande vía SMS, para yo darle al botón y que se marque solo. Si quiero llamar a algún Eduardo tengo que buscarlo por el apellido, siempre que no empiece con E.

Además la batería casi no dura y a veces sencillamente no quiere hacer llamadas. Me sale un mensaje de error. Y no. No se resuelve quitando y poniendo la pila. Ya lo he intentado mil veces.

Creo que la histeria de dicho aparatico viene de la manipulación de mi hija. Siempre sale alguien, más sabio, más inteligente a decir “¿para qué se lo das?” es la clase de pregunta del ser inferior que se cree superior. Es obvio que si hubiese una solución más inteligente a darle el aparato la hubiera tomado hace años.

Lo cierto es que la gran mayoría de mamás que conozco, buenas mamás de paso, tienen un teléfono que ha sido manipulado por sus hijos y ha sufrido las consecuencias. En el camino de la maternidad aprendes una máxima, a veces no te queda de otra. No puedes ser rígida. Y tarde o temprano habrá algo que en principio fue un punto de honor y en lo que te viste obligada a ceder.

La maternidad es así, si no te la tomas con soda. Te sale por la nariz e incluso, se te puede ir por el camino viejo y hasta puedes terminar ahogándote.

El hecho es que en estos días he estado pensando mucho en mi Blackberry. He llegado hasta a agarrarle miedo. A veces, no salgo con él por miedo a que me vengan a asaltar para quitármelo. Sí. En esta ciudad no es que los roban, matan por ellos.

Todo me lleva a pensar en el absurdo poder que han adquirido esos aparatos sobre nosotros. Es común entrar a un lugar de comida y ver varias cabezas inclinadas sobre el aparatico. Es una escena corriente estar con un familiar que dice estar escuchándote pero que en realidad está pendiente del chisme que le está entrando en el Messenger, o el email de trabajo que acaba de entrar para amargar el fin de semana de relax. Yo a veces lo uso para evitar situaciones incómodas, esperas largas.

Un blackberry es capaz de acabar con la paz, de fungir como catalizador para el fin de una relación, de ponerlo a uno en peligro, de revelar verdades sobre uno que forman parte del espectro de cosas que no quieres compartir con nadie. Hay gente que mete sus claves de todo en el bendito teléfono inteligente, y como ya sabemos, la inteligencia ya no es algo plano, ahora tiene muchísimas dimensiones y si te pones a ver hay momentos en los que el teléfono es todo menos inteligente. Y su uso ni hablar.

Me he dado cuenta que odio el Blackberry. Es útil, sí. Tampoco quiero sonar como una de esas personas que ven en la tecnología y su desarrollo el apocalipsis, pero la verdad es que a veces siento que ese aparato en particular me trae más problemas que soluciones, pues todas su utilidad la puedo solucionar de otra forma.

Eso sin contar que a veces es sano, justo y necesario que no te encuentren. A veces a uno le hace falta que un remitente no tenga una D a su alcance para saber que te llegó el mensaje y una R que le de la seguridad de “ya lo leyó.” En tal caso debería haber un DT, una fórmula para uno poder ejercer el derecho de tomarse un tiempo para responder, a no hacerlo si el caso es que sencillamente no quieres hablar con nadie, sin que eso implique estás hiriendo sentimientos.

La verdad es que a veces me asusta todo lo que ese aparato tiene de mí. Si fuese un transformer podría arruinar mi vida. Tiene desde mis últimas ideas sobre proyectos literarios, pasando por mi agenda, por los teléfonos de mis amigos, por fotos de momentos entrañables, hasta el chiste privado que tengo con mi hermana sobre un actor de Hollywood que me cae mal. Hace rato le quité el mail porque me molestaba pensar que todo estaba allí. Y porque no quiero que me anuncie con vibraciones y pitos que alguien me escribió.

A veces odio esa luz roja, que de vez en cuando se prende de madrugada cuando algún insomne, que no ha descubierto el placer de leer de madrugada o de escribir en un cuaderno los pesares de no poder conciliar el sueño, le da por decir una estupidez que podría haber esperado la mañana siguiente o hasta el año entrante.

Odio que a veces un OK puede sonar como una parquedad, o un Tranqui como algo agresivo, o un Te Quiero Mucho como algo más amoroso que fraternal. Odio que ya mucha gente no me llame porque prefiere mandarme un mensaje por ahí, tal vez porque hablo mucho, tal vez porque con escribir tres palabras sales del asunto y te sientes bien contigo mismo. Odio sentir que si el bicho colapsa voy a perder información valiosa y que dependo del bienestar del amasijo de tornillitos, chip y batería.

Odio, sobre todo, darme cuenta de que en el fondo no lo necesito. Odio que otra gente me ignore por estar pendiente de ese aparato, que interrumpa en el cine, en la clase de música, en la cena, en el desayuno, mientras está manejando (cosa que hago yo misma, Dios!)

En fin. Que le quiero poner coto al asunto y esperar a que cumpla su ciclo de vida para comprarme el aparato más barato del mercado, porque encima de todo tiene costo desproporcionado.


En fin BlackBerry, que sé que estás aquí para quedarte, pero no sabes cuánto te odio.

domingo, 30 de octubre de 2011

Reto: La Montaña Mágica


Este post es parte de mi nuevo proyecto: El Perro Naranja. Lo pueden encontrar en la siguiente dirección: http://elperronaranja.tumblr.com/

Hace un año más o menos mi papá me preguntó algo sobre la Montaña Mágica de Thomas Mann. Lo siento. Fue mi respuesta. No sé. No lo he leído. Me salió regaño. ¿Cómo es posible que no hayas leído la Montaña Mágica de Thomas Mann? No sé. No sé cómo pasó. Pero la verdad es que ni siquiera la tenía en una lista, ni sabía muy bien por qué era un libro tan importante.

De ahí en adelante he empezado a preguntar a mis amigos lectores sobre el libro. Quienes no lo hemos leído le tenemos algo de miedo, porque quienes lo han leído hablan la experiencia de forma contradictoria. Es maravilloso a la vez terrible, no lo puedes soltar, pero tampoco lo puedes terminar. Es decir, es placer puro y duro. Te lleva de un lado al otro. Te atrapa.

Confieso que le tengo miedo a la Montaña Mágica. Lo he tenido durante año y medio allí esperándome. Reprochándome la cobardía de haberlo sacado de la librería para dejarlo ahí esperando, como queriéndome decir, ¿qué esperas? Mi paciencia no es infinita.

En Twitter varias personas me han hablado del libro y estos días un compañero twittero me instó a leerlo. Llegó la hora. Invité a los compañeros del club de lectura a unirse al reto, los que quieran y en Abril del año que viene organizaremos un encuentro para discutirlo.

A partir del 1 de noviembre empieza el reto. A ver quién llega vivo. Quien llega muerto. Quien cae en la mitad. Quien descifra el secreto. Quien lo ama. Quien lo odia. Quien lo recomienda. Quien se pierde. Quien se enamora. Quien cambia. Quien sigue igual. Quien se desmorona. Quien muda la piel. Quien enloquece. Quien tira la toalla.

El reto culmina el 15 de abril.

¿Quién se anota?

1. El Perro Naranja

lunes, 17 de octubre de 2011

¡Vamos Maickel!


Nunca he hecho este experimento por miedo al resultado que pueda encontrar, pero me gustaría hacer un conteo de cuántas noticias buenas trae la prensa en un día cualquiera. No me extrañaría que si uno deja de lado la cartelera de cine y las demás noticias culturales, seguramente hay muy poco de bueno en la prensa tanto nacional como internacional.

No sé si será el agujero en la capa de ozono, si será la predicción del fin del mundo según los Mayas o si tenga que ver el hecho de que se hace más investigación en el área de cirugía plástica que en la búsqueda de la cura del cáncer. El hecho es que es a veces uno siente que el ser humano no puede ser más egoísta, más cínico, más inhumano que cualquier villano de historia fantástica.

Uno ve tanta crueldad o peor, tanta indiferencia, que es imposible no sentirse desesperanzado y cuestionarse todo. No seré la única que se ha preguntado antes de dar a luz, “¿A qué clase de mundo voy a traer a mi hijo?” Pero uno, con su naturaleza siempre optimista, termina por retomar la confianza, termina por volver a creer o por dejarse llevar. Por esperar a que mañana realmente sea otro día. Tal vez el genio de la botella, la barita mágica de algún hada protectora o los rezos diarios a ese Santo tan querido, terminen por caer sobre la humanidad y todo cambie, y se haga realidad ese final de toda historia que nos leyeron de pequeños. El final feliz.

Pero bien me ha repetido mi mamá, que a su vez le dijo tantas veces mi abuela, que a Dios rogando y con el mazo dando. Dicho popular que no es tan popular como debería serlo. Que la magia no existe y si existe está en ejecutar tus deseos, en hacer realidad tu sueño tú mismo. En ir para adelante como el elefante, no pensar en el vaso medio vacío, o para ponerlo en términos que están más de moda según los psiquiatras, no autosabotearte, no ser tú mismo tu peor enemigo.


Todo suena muy fácil. Cree en ti. Tú puedes. YES WE CAN. Lucha. Cree. Sueña. Persevera. Como dijo Steve Jobs, no dejes que el ruido de las opiniones de los demás te lleven a vivir la vida de otro, te impidan escuchar la voz de tu corazón. Y tiene toda la razón. Yo enmarqué hace años ese discurso y lo colgué en mi closet para verlo todos los días. Mientras me visto y empiezo a pensar tonterías como ¿será que este zapato se ve bien con este pantalón? Termino diciéndome, al garete con todo eso, lo que tengo que hacer es luchar. Trabajar duro. En coloquial: echarle bola. Hoy amanece y tengo un ayer más de vida y un mañana menos de tiempo.

Apuro. Uno vive con una sensación total de apuro. Hoy en día hay quien gana el Pulitzer antes de los 30, y hay mujeres que a los 40 parecen de 20, están los que a los 50 tienen acumuladas más de 100 vidas. Los números están totalmente locos, reducidos, dicen por ahí que el eje de la tierra cambió de inclinación y ahora el tiempo es más corto. ¿Has visto cuánto dura una mañana? Nada. La puedes medir en algo así como: dos diligencias y una reunión de trabajo que termina con “me tengo que ir, ya no me queda más tiempo.”

Pienso en eso y me siento como un vulgar libro de autoayuda. Digo vulgar porque para no caer en generalizaciones diré que casi ningún libro de autoayuda da verdaderas respuestas. La gran mayoría se queda en ideas vagas, tú puedes. Sí. Tú puedes, pero ¿puedes qué?

La realidad es que la gran mayoría de las veces el que sabe lo que quiere, a menos de que esté un poco loco, tenga padres obsesivos o mucho dinero se queda a la mitad de sus sueños. Siempre hay una parte del sistema que te quiere probar lo que el libro de autoayuda te vende, que no puedes. Que no sirves. Que si tienes talento no tienes tiempo. Que si tienes tiempo entonces no vas a vender lo suficiente. Que un buen corazón no hace curriculum. Que una cosa es Teresa de Calcuta y otra es Harvard. Que un blog no hace a un Vargas Llosa.

Es por eso que a veces me siento como el personaje de El Árbol Rojo de Shaun Tan. “A veces la oscuridad te supera.” Sí. A veces siento que la oscuridad me supera. Me siento como una gallina cuyo corral acaba de ser sacudido por la patada del granjero. Corro para todos lados, cacareando desesperada. Tengo de todo menos tiempo. Me lleno de problemas. El vaso de agua en el que vivo se desborda como una represa y yo salgo volando, surfeando esas olas sin tabla, ni salvavidas, solo con una cuerda muy fina de un bote que se va alejando y siento que si no me agarro duro se va a perder y yo voy a morir ahogada en la oscuridad.


Entonces viene el destino y de una forma que sólo él entiende mete la mano. Paso una noche cualquiera, de un día que ya no recuerdo y veo una sombra que va corriendo delante de las luces encendidas de un carro. La sombra corre con mucho esfuerzo. El carro va despacio. Todo tiene un aire muy extraño. En una ciudad como esta puede ser cualquier cosa. Uno teme pararse y se siente culpable de seguir. No queda más remedio, me detengo y observo un segundo.

“Ese es Maickel Melamed.” Le digo a mi esposo. Me emociono. “¡Joder! Ese es Maickel Melamed.” Ya se aleja y yo. Estúpida yo, reprimo el deseo de abrir la ventana y gritarle “¡Vamos Maickel! ¡Vamos!” Reprimo el deseo de gritarle “Maickel, tú eres todos nosotros. Tú eres todo aquel que aún no encuentra su árbol rojo. Tú eres todo aquel que ha dudado, que se ha perdido, que no se encuentra, tú eres todo aquel que está confuso en el laberinto de las cosas que no importan, de las depresiones fútiles, de las desesperanzas vacías, de los amores vanos. Tú eres la humanidad que le falta a la gran mayoría de los seres que aspiran a serlo porque nadie les enseñó de pequeños. Finalmente, Maickel tú eres He Man, no tendrás el mismo corte de pelo, pero eres He Man, tienes el poder. Tú sabes lo que quieres y enfrentas los obstáculos. Tú sabes que el sueño no vale nada sin el hecho. Más nada.”

Me declaro fan número uno de Maickel Melamed. Me declaro su admiradora. Su seguidora. Su groupie. Cuento con emoción que un día se sentó a mi lado en Arábica y nos pusimos a hablar. Clarissa jugó con él. Y sé que era él porque cuando nos íbamos y le dije “dile chao a tu amigo, ¿cómo te llamas?” El respondió Maickel, y la verdad yo salí de allí sintiéndome mejor. Como tocada por una barita. Esa barita que te hace entender por un momento que no hay imposibles.

Gracias Maickel, porque tú me devuelves la fe en el ser humano. Porque cuando te escucho me calmo. Porque entiendo que hay gente que no cree nada más en la fama, el dinero, la venta. Porque me doy cuenta que hay quien entiende que el sueño de uno llega corriendo un maratón, luchando, con el cuerpo y con el corazón. Porque al final uno tiene su momento, y sólo el corazón lo sabe. Porque has inspirado a muchísima gente. Porque el mundo no es tan vacío, ni tan cruel como las noticias nos llevan a pensar.

Gracias Maickel porque tu sombra esa noche me recordó que no es la meta, es el camino, y por ende no existe tal cosa como “un pequeño paso.” Todos son grandes. Que al final del día, como diría mi esposo, la clave es conseguir algo que uno quiere y echarle pichón: más nada.

Al final Maickel, desde ya el maratón lo ganaste. Y aunque yo no esté en Nueva York, sólo te puedo decir que desde mis sueños corro contigo. ¡Vamos Maickel!

miércoles, 5 de octubre de 2011

El Alter Ego de Lupita Ferrer


Ella se monta en el metro con la cartera, una carpeta en la mano, el niño casi arrastrado con su lonchera que es más grande que él y una bolsa en la mano. Le dice “apúrate hijo, que ya estamos tarde. Camina bien por favor.” En la mente lleva un mapa mental de todo lo que tiene que hacer. Desde peluquería hasta la planificación del día de trabajo. La reunión con el jefe. Las llamadas a los clientes. Y el mercado. Siempre falta algo del mercado.

Ella se monta en el carro. Amarra el niño a la silla. Le suena el teléfono. Hace un paneo de la calle como si la hubiera entrenado el mismísimo FBI. La leona de hoy en día protege a sus cachorros del depredador urbano por excelencia, el motorizado. Pasa el peligro. Prende el carro. Ajusta la radio. Estira la mano, alcanza la cartera y mientras esquiva a un loco en una camioneta que le tira su camastrón a todo el mundo, consigue una pintura de labios y se empieza a pintar. Recuerda el celular. Devuelve la llamada. El niño le pide que ponga un canción que le gusta y mientras va cuadrando una reunión hace lo que le piden. Y recuerda que antes de que se acabe que el día tiene que pasar por el mercado.

Quedarán pendientes para el fin de semana. La peluquería. El corte de pelo. El servicio del carro. La ferretería. La cosmetóloga. La compra de esos regalos que siempre estorban, el de la piñata que ya está encima, el del día de la madre, del padre o la navidad inminente que amenaza con sembrar el caos en la ciudad y dejarlo a uno más pobre y más cansado que cualquier otro mes del año.

Cuando se acuesta a dormir recuerda que la semana va por miércoles y no ha cumplido la promesa que hizo el sábado pasado en la noche de comenzar a hacer ejercicio ese lunes. Es que había escuchado en la radio a una mujer que dice que “siempre hay tiempo para todo. Siempre se puede hacer un huequito para hacer ejercicio.” Además había añadido que es importante para las mujeres hacer ejercicio, no sólo hay que estar en forma, no sólo que cuidarse de llegar a la vejez antes de tiempo y en un temible estado de decrepitud, sino que además hay que ponerse buenota. Porque para los hombres las cosas no son como antes, ellos ahora quieren tener la torta, comérsela, venderla, hipotecarla, prestarla, congelarla, dejársela a las siguientes generaciones.

Ahora quieren que su ama de casa esté buena. Autosuficiente. Segura. Pero no demasiado. Que se queme las pestañas, pero que se las pinte también. Que sean falsas, pero que no parezca. Tome nota de eso último, que sean falsas, pero que no lo parezca. Esa es la parte más importante.

Esta generación le dijo a adiós a las mujeres florero. No más conversaciones sobre muchachas de servicio, recetas de cocina que no sean gourmet o marcas de coche infantil. O corrección, esos temas se siguen admitiendo, pero también hay que hablar de los pormenores del trabajo, de lo insoportable que es el jefe, de las manías kafkianas de los clientes.

Y mientras tanto una se pregunta. ¿A dónde coño se fue Lupita Ferrer? Se nos fue. La señora. La doña que teníamos que ser. Se nos perdió. Nos la robaron. La dejamos en algún lugar del manifiesto de la liberación femenina que nunca nos consultaron, que ni nos dejaron leer. Nos dieron derecho al voto, a heredar de nuestros padres, a solicitar el divorcio y a no tolerar cachos, ni golpes, abrieron la puerta y nos dijeron que teníamos que celebrar la libertad.

Corrimos desnudas por el bosque un rato y nos divertimos. Nos sentimos superiores a la mujer que todavía está encerrada porque en su cultura todavía no consiguen la llave de la jaula. No nos paramos a pensar en lo duro que es ser libre. En las responsabilidades. En el trabajo extra.

Andamos con una especie de crisis de adolescencia prolongada. No sabemos quiénes somos todavía. Tal vez somos marcianas. O mejor, somos Superman con la ropa interior por dentro, de encaje y combinada por supuesto. Quizás somos unas criaturas fantásticas, somos la pedrada que le cayó a un Tolikien por ahí y brotamos de su cabeza. Hablamos un idioma propio que tiene muy poco de humano.

Pero lo más probable es que no seamos nada de eso, sino simplemente el resultado de la siguiente receta:

Mezcle todos los ingredientes y lleve a ebullición: Hormonas. Lolas. Zapatos de goma y tacones. Rimel. Pintura de labios. Peluquería. Mechas. Computadora. Trabajo. Impresión. Tarjeta de crédito. Débito. Depósito. Cheque. Motorizado. Pediatra. Costurera. Fashionista. Cocinera. Artista. Filósofo. Psicóloga. Arquitecto. Electricista. Decorador. Cura. Piedra, papel y tijera, pare y none. Y colores de pintura de uña al gusto.

Metes en el horno y sales tú.

En mi caso. Fui al espejo. Me puse mi crema antiarrugas. Los bluejeans que siempre me hacen sentir gorda. Me di cuenta que un día más estaba saliendo tarde. Y dije, a partir de hoy me declaro: el Alter Ego de Lupita Ferrer.

Mujer de hierro llorona.

¿Y la costilla de Adán? Se me fue por el triturador de alimentos. Sorry.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Para ser bella...hay que remover al canario de mi pelo

Nunca dejará de asombrarme el sufrimiento que las mujeres somos capaces de soportar cuando de belleza se trata. Que aún en esta era de operaciones de corazón por laparoscopia, las mujeres estemos poniéndonos cera caliente en el cuerpo para después arrancar el pelo, me hace llegar a la conclusión de que somos unos salvajes.

Sin embargo, no es nada más la depilación lo que constituye una tortura para muchas de las que pertenecemos al sexo femenino. La celulitis, por ejemplo, es otra de esas pesadillas que nos ponen locas y nos hacen llegar a los extremos. Una amiga me llevó una vez a un centro de belleza. Me quitaron la ropa y me hicieron un examen. No lo pasé.

“Tienes celulitis.” Me dijeron. Fue en tono de gravedad. Como cuando se da un diagnóstico fatal o se declara algo preocupante. “Pero se puede hacer algo.” Es decir, tienes salvación. No tienes por qué vivir con ese defecto encima.

Me mandaron un tratamiento que al menos al principio no sonaba tan mal. Por supuesto me mandaron a tomar agua, cosa que hago en abundancia. Cero problema. Me quitaron cosas como el café. El refresco. Yo no soy refresquera, así la Coca-Cola no tiene la culpa. La culpa la tengo yo. Y eso de dejar de tomar café será en otra vida, porque en esta soy adicta y a mucha honra. Luego me mandaron una especie de rutina de tratamientos. Masajes. Y otra cosa que no supe lo que era hasta que me montaron en una camilla.

Los masajes sonaban bastante bien. A ¿quién no le gusta un masaje? Me encaramé en la camilla y me dispuse a recuperar algo de sueño perdido. Cuando vine a ver me estaban dando en las piernas con una máquina que parecía un guante de Rocky Balboa. Era como si estuvieran tratando de meterme en un triturador de basura. Era un cuadrado con cuatro bolas redondas.

Yo sentía hasta los huesos aquel aparato y la cara de la mujer que le daba con todas sus fuerzas, imaginando en mis piernas la cara del ex que la jodió o de la suegra que le hace la vida imposible. Pero ¿yo qué culpa tenía? A los cinco minutos le dije “amiga, ¡Ya! Yo no nací para esto. Si esto es lo que hay que hacer para no tener celulitis, pues yo no estoy dispuesta a hacerlo.”

Me trató de convencer. Pero fue inútil. Entonces me dijo que no me preocupara, que con el otro tratamiento solamente podía mejorar mucho. Así que me cambiaron de camilla. En menos de treinta segundos tenía cables por todas las piernas, como si fuese un tratamiento psiquiátrico de los años veinte. Yo estaba en negación. “No” me decía a mí misma. “Esto no puede ser con electricidad. Es imposible. Esas cosas no se usan.” Qué equivocada estaba. La mujer apretó un botón y me empezaron a recorrer las piernas unas olas de tensión. “Yo me voy a parar de aquí y voy a ser Herman Monster.” Me dije.

Me quejé del dolor, pero la mujer sentenció muy segura “eso no duele.” No le dolería a ella. Yo sentía que me estaba vomitando encima algo como Godzilla. Me costó. Pero logré que apagara la máquina.

Sí, soy una paria del mundo de la belleza. No merezco llamarme mujer. No soporto ese tipo de tratamientos. Es más, los odio. Miré a mi alrededor. En el salón habían varias camillas. Varias mujeres estaban tiradas ahí con los cables encima. Aguantando algo se parece mucho a lo que la policía usa en las dictaduras para torturar a los delincuentes cuando quieren que confiesen.

Y uno ahí. De gratis. Montado por voluntad propia. Y todo ¿para qué?

Cada quien le saca partido a cómo se ve en el espejo. Para muchas es un amuleto. Para otras un protocolo inevitable. Y está la que de verdad no le para. Para mí es confuso. No es que no me importe cómo me veo. Me importa y mucho. Después de todo soy una mujer de occidente. Crecí en occidente. Y nos importa muchísimo cómo lucimos. Pero tengo un umbral del dolor bajo y no estoy dispuesta a sacrificar el bienestar de mi cuerpo para lucirme en una playa.

Ayer hice uno de los rituales de toda mujer que se respete. La pintada del pelo. Las famosas mechitas. Casi cinco horas sentada en una silla. Me recordé por qué odio tanto las peluquerías. Porque por más que uno no puede ir por la calle dando pena, siempre siento que es una monumental pérdida de tiempo. No. No lo disfruto.

Menos lo disfruto cuando al final de aquella tortura. De que me jalaron el pelo como si yo fuese un pura sangre del hipódromo tras pleno grito de ¡Paaartida! Al verme al espejo no pude decir ni una sola palabra. Es como si un canario se hubiese estrellado contra mi cabeza. Las plumas amarillas están por un lado. La sangre roja por otra. La coagulada más allá. Y las vísceras marrones en otra parte. El corte es como si me lo hubiese hecho mi hija, no con tijeras, sino con un cuchillo mal afilado de cocina.

En fin. Que durante unos meses mi pelo no va a ser un atributo. A menos que me quieren dar el papel de La Chole en una novela mexicana. Todas las novelas mexicanas tienen una chole, que es la muchacha de servicio de casa del protagonista, que se pone de parte de la protagonista pobre y maltratada por la madrastra del tipo que los quiere separar.

En dos días volveré a otra peluquería llorando a ver si me pueden extirpar el cadáver del canario de la cabeza. Al menos así en términos de color no me dará tanta pena. Lo del corte se soluciona nada más con el tiempo. Ya el pelo volverá a crecer, al menos lo suficiente para emparejármelo. Serán unos cuatro meses largos.

Ayer quería llorar. Me decía a mí misma ¿cómo voy a salir así a la calle? Después pensé, qué carajo. Si hay una edad para hacerse loqueras con el pelo es esta. De viejo si es más grave. Por ahora me voy a convencer a mí misma de que esto era lo que yo quería. Porque después de todo, hay una cosa trillada, repetida, gastada, que a uno le cuesta creerse pero que es una verdad absoluta, la belleza no es algo que se tiene, sino algo que se proyecta. Es 100%. Totalmente. Pura y completica. ACTITUD. Más nada.