lunes, 30 de mayo de 2011

Ficciones IV- Stops (Adela: 2da historia)


Esa mañana la cola era peor que nunca. Ella intentó en vano levantar la mirada por encima de los carros que tenía adelante y que ya bloqueaban la intersección, comenzando a generar un caos. Las cornetas de vez en cuando sonaban, rabiosas y desesperadas, como si el conductor que depositaba su furia en el centro del volante, haciendo aquel ruido, estuviese lanzando algún rayo poderoso, maligno, capaz de resolver aquel enjambre de metal, vidrio y cauchos.

Un policía con sombrero y chaleco blanco caminó lentamente por la acera del Centro Comercial. Iba tranquilo, sin preocuparse por el caos que tenía a su lado. Antes de cruzar la calle un viejo lo paró y el policía le contestó algo apuntando hacia el final de la calle, y luego siguió su camino. Adela lo miraba, y justo en ese momento el teléfono vibró sobre sus piernas.

- Aló –

- ¿Adela de Battistella? – Ella odiaba la ridícula rima entre su nombre y el apellido de su marido.

- Sí. Ella habla. –

- Tú marido es tremendo mamaguevo. –

- ¿Quién es? – Adela miró rápidamente la pantalla del blackberry, tal vez reconocería el número, era un 0412, pero nada más. Palabras sueltas comenzaron a flotar por su cabeza: secuestro, broma, amigos, dinero, peligro, pregunta.

- ¿Quién soy? Pues mami, el marido de la mujer que el chulo ese con que estás casada se ha estado cogiendo durante cinco años. O al menos eso es lo que ella dice.

- Joaquín. Eres tú.

- ¿Quién coño es Joaquín? ¿Tú piensas que esto es un chiste? Pendeja. Soy Evaristo Galindo, y me da la impresión que eres da las que no tiene ni la menor idea dónde están paradas. ¿Cuántos años tienes tú? ¿Tú eres una chamita también? Coño no, seguro eres mayor, porque mi mujer me dijo que el tipo tenía hijos grandes. Así que tú eres de las que no revisa teléfonos y se creen el cuento de la conferencia en Maracay. Mira mami, yo no sé qué vas a hacer tú, pero yo te recomiendo que te pongas las pilas y que se las pongas al mariquito ese con que estás casada, porque yo no me voy a ir así como así, a mi no me van a dejar de la noche a la mañana con el cuento de “papi es que me enamoré de un tipo.” Así que ve a ver cómo arreglas tu peo. Cuida a tu marido.

- Señor, de verdad no sé de lo que está hablando. Voy a trancar. – Dijo Adela con la respiración entre cortada.

- Ah ¿no sabes? Bueno, vete al hotel Gilmar, el que queda en El Rosal, tu joya y mi mujer se ven ahí todos los días. Y la próxima vez que te llame, si es que hay próxima vez, me dices si sabes o no de qué te estoy hablando. ¡Abre los ojos coño! No seas pendeja…o sí chica, perdónalo, has lo que quieras. Pero que le quede bien claro que con mi mujer el que se queda soy yo.

Adela gritó aló varias veces pero no sonó nada más. Lo único que escuchó fue la corneta del carro de atrás que se quedó pegada varios segundos, le tocaba avanzar y se había quedado en neutro. Soltó el celular y pisó el acelerador, midiendo cada uno de sus actos, como cuando estaba aprendiendo a manejar. ¿Qué coño había sido aquella llamada? Tenía que ser una broma. Una broma pesada de sus amigos, de Joaquín y el mismo Antonio. Si Antonio Battistella tenía algo era su sentido del humor negro y pesado. Pero qué broma tan pesada Dios mío, pensó Adela.

Avanzó hasta el otro lado de la calle y de nuevo el tráfico la detuvo. El policía no se veía por ninguna parte. Los locales del Centro Comercial que daban hacia la avenida Blandín estaban cerrados. La acera tenía un aire triste a pesar de que el día estaba soleado.

No, se dijo Adela. Esto como que no era una broma. La llamada le fue asentando como se va asentando una torta cuando sale del horno. Poco a poco, moviéndose, acomodándose, cambiando de estructura por culpa del cambio de temperatura. Adela comenzó a pensar.

Otra mujer. Otra mujer tenía mucho sentido. Muchísimo sentido. La cantidad de viajes, los almuerzos largos, las cenas “sin esposa,” esa repentina inclinación por correr y hacer deporte, por repetir constantemente “estoy viejo Adi.” O “estoy gordo Adi” “Adi, ¿te parece que me debería pintar las canas?” De hecho se lo había preguntado varias veces. A ella, le legítima, el muy perro le había preguntado y era para lucírselas a otra.

No, se repitió Adela. No. Antonio podía ser muchas cosas y como cualquier hombre podía montar cachos, pero llegar a ese nivel de descaro no. Si él se hubiera enamorado de otra se lo hubiera dicho. Él no era el tipo de mantener una amante, y menos en un tiradero por ahí. Ella tenía veintiocho años casada con él. Si alguien lo conocía era ella. El jamás haría eso. Jamás lo haría. Jamás.

1 comentario:

Ira Vergani dijo...

Y tu me piensas dejar así sin decirme cómo termina esta ficción??? eso no se le hace a los fieles lectores!