jueves, 26 de mayo de 2011

Ficciones IV - Stops

Esta ficción no está terminada...no sé a dónde va. Para los que me habían pedido ficciones lo único que les puedo decir es que los fantasmas han vuelto. Espero la disfruten. Esta es muy Caracas, y creo que es parte de una historia que desde hace ya varios meses tengo ganas de contar. Ojalá haya llegado para quedarse.

No hay peor cosa que los stops de los carros. Esas luces rojas que te anuncian que tienes que frenar. ¿Qué tal vivir en una ciudad en la que ves a diario cientos de stops rojos? Salgo de mi casa por la mañana, y ahí están los stops rojos. Salgo del trabajo por la noche y pareciera que se han duplicado. Salgo a un almuerzo fuera de la oficina y me agarra la tarde en la calle por culpa de los stops rojos. Pareciera que los stops rojos no se movieran nunca. Pareciera que Caracas no hubiese existido nunca sin stops rojos.

Yo venía en paz por la cota mil. De eso hace dos días. Venía a velocidad media. Vidrios arriba. Aire prendido. Idiota en la radio.

Llegando a Terrazas del Ávila me agarró una cola. No era una cola realmente. Eran cuatro o cino stops rojos pasando lentamente al lado de una moto estacionada en el borde de la calle.

Sobre la maleza seca estaban parados dos policías, de esos de tránsito, con su uniforme café con leche. Al lado de sus botas había un cadáver. Sé que era un cadáver. Nadie me tiene que confirmar lo que es un cadáver. Los he visto en fotos. Los he visto tirados al lado de sus motos. Los he visto en funerales, bien vestidos y arreglados con sus manitos juntas, preparados para no salir nunca más de su última morada tres metros bajo tierra, a menos que algún profanador, sea un ladrón de tumbas o un dictador sádico les de algún día por perturbar su eterno descanso.

Se le veían las piernas como rayadas de negro. Seguramente sangre seca, rasguños o los arañazos o las mordidas de algún animal salvaje. Pero los policías nos ahorraron lo peor. No le vimos la cara. No estaba tapada con una sábana, sino con un pedazo de plástico. Seguramente un pedazo de plástico que encontraron en el monte, mientras alguien les trae algo más apropiado. Una bolsa negra. Aunque lo dudo, la bolsa negra se usa en lugares donde la muerte es digna.

En esta ciudad vivimos rodeados de muerte. Hablamos de muerte. De la violenta, de la trágica, de la inevitable, de la natural. La muerte no es algo raro, pero ese cadáver me pegó.

Tengo treinta años, una carrera. Soy una niña de buena familia. No es que seamos ricos, somos normales. Somos gente que trabaja, que duerme con sábanas, cobija y almohada. Gente que se cepilla los dientes, y que pide queso parmesano rayado cuando sale a comer comida italiana golpe de dos de la tarde los domingos.

Gente que toma agua de noche, que lee el periódico, que va al cine de vez en cuando, que cada cierto tiempo tiene un matrimonio o un bautizo. Gente. Somos gente. Más nada.

Y yo. Un pedazo de gente más. Ocho números de una cédula que concuerda con mi nombre, soy capaz de decir "yo reconozco un cadáver cuando lo veo."

Llegué al trabajo y lo conté. No pasó nada. No fue ni siquiera un cuento. Nadie se asustó, ni se paralizó el día. Nadie me preguntó si había llamado a las autoridades competentes. ¿A quién iba a llamar? ¿Quién puede hacer algo? Los cadáveres somos nosotros. Somos nosotros los que estamos muertos.

Prendí la computadora, esperando a que algo me sacara de mi ataque de sentido común, de repentina crisis de humanidad. Lo que vino fue peor, más sórdido todavía ahora que lo pienso. Más detestable.

Sonó el celular. La pantalla desplegó un nombre. Ese nombre. Ese maldito y desafortunado nombre, que me removió mucho más de lo que removió aquel cadáver. Ahora que lo pienso soy peor que los muertos. Soy peor que el asesino.

Aguanté la respiración unos segundos, como cuando metes la cabeza debajo del agua. Dándole tiempo, jugando al “no-desespero”, fingiendo guardar calma, tomarme las cosas con aplomo, con algo de dignidad.

Después hice lo que siempre hago y lo que siempre juro que no voy a hacer. Le atendí.

…continuará…

4 comentarios:

Ora dijo...

¡Volvieron las ficciones!

Espero la continuación...

Kela dijo...

Me encantó esta historia... ansiosa por leer lo que sigue :)

Ira Vergani dijo...

quien era????

Manuela Zárate dijo...

Gracias chicuelas! Síii...esto va a seguir, pero me temo que viene primero otra historia con la que esta se va a entrelazar, antes de yo decirles quién atendió.

Ira...la semana que viene está la parte en la que dice quién era... no es maldad pura, estoy puliendo.