lunes, 20 de junio de 2011

Del Fiasco del Literato, al chico que no lee, al chico que me lee.


Después del fiasco del literato. Después de aquella noche en que entré llorando a mi casa. Los zapatos en la mano, el sonido del motor de su carro arrancando a toda velocidad, me dije “me voy lo voy a buscar bien básico. Me lo voy a buscar que no lea.”

Y no tardé mucho en encontrarlo. Una noche en un bar acompañando a una amiga en un despecho, (el mío era top secret, no se lo había dicho a nadie, tal vez porque en esa época no tenía blog, tal vez porque me costaba reconocer que había perdido la jugada con otro lector) apareció mi chico iletrado.

El pobre tampoco merece ese apodo. Analfabeta no era. Sólo que no tenía ni idea quién era Sandor Marai, las palabras La Educación Sentimental no le decían nada, Crimen y Castigo era una primera plana de periódico, y le había encantado La Letra Escarlata, la película (una de las versiones cinematográficas que yo más odio en esta Tierra).

Fue peligroso para mí salir con el chico que no lee. En primer lugar porque empecé a sentir que mi calibre cultural era más elevado de lo que realmente es. Nada peor que un ego que empieza a estirar sus propios límites. Es mejor verse siempre dos escalones por debajo de donde uno está, que pasarse de la raya, que escalar más alto del pico personal, de allí uno salta a las nubes y después no hay quien te pare. Cuando vienes a ver tus pies están lejos de la tierra, te has convertido en un cabrón y pierdes todo sentido de la objetividad. Te vuelves incapaz de mejorar.

Lo peor de todo es que al chico que no lee no le interesaba para nada mi mundo de lectura. Le aburría enormemente si comenzaba a contarle que después de un quinto o sexto intento con un cuento de Borges había comenzado a verle un sentido, nunca entendió por qué aquel carnaval él se fue con unos amigos y yo no salí de mi casa y me quedé tres días completos encerrada leyendo unas novelas británicas. El libro de Middlemarch le parecía más bien algo que debía ser utilizado para sostener las puertas abiertas. ¿Quién coño se lee un libro de mil páginas en una misma vida?

Jamás me acompañó a una librería y en cambio me arrastró domingo tras domingo a ver películas de perseguideras de carros, tiros, bombas, hombres que se convertían en no sé qué animales, algunas muy buenas por cierto, pero que a mí me resultaban tan desabridas como a él mis comentarios de “siente qué divino el olor a papel.”

Aún así. Intenté luchar por el chico que no lee, porque después de todo, me agarraba la mano en el cine, me abría la puerta, bailaba merengue muy sabroso y era un tipo inteligente. Que no supiera quién era Ciorán o que no se hubiera leído el Ulises no lo hacía tampoco un deficiente mental. Después de todo, yo todavía no he leído el Ulises, no porque no haya querido, sino porque reconozco con toda humildad que no he pasado de diez páginas. Hay cosas con las que uno no puede. ¿Entonces? ¿Quién era yo para reclamar nada?

Este chico hacía deporte, me invitaba a lugares bonitos, me llamaba con regularidad, parecía preocuparse por mí. Era una buena persona.

Un día simplemente nos dimos cuenta que ambos éramos muy buenos, pero que nos aburríamos juntos. No nos entendíamos. Éramos avestruz y ballena tratando de hablar el mismo idioma. Uno estaba en AM y otro en FM. No era la misma frecuencia, ni nuestras palabras querían decir lo mismo. Nos dimos cuenta que si bien nuestra mirada apuntaba hacia el mismo lugar, no estábamos viendo lo mismo.

Mi chico que no leía quería una mujer que se quedara en su casa. Le parecía que mi hábito de escritura era perfecto pues me mantendría suficientemente ocupada como para no molestarlo, pero con tiempo libre para hacerle la comida, lavarle la ropa y remendarle las medias. Veía en la literatura una especie de “vida propia femenina… de la que no estorba.”

Lo mismo sucedía con las clases que daba a menudo para redondearme. “Es el trabajo perfecto para una esposa.” Me dijo la última vez que lo vi.

No sé si fue la palabra esposa lo que me espantó, pues en ese entonces yo apenas tenía unos meses de haberme separado. No me veía como la esposa de nadie. Después de todo había intentado ese modelo y no me había gustado. Yo estaba buscando un papel más protagónico en la vida del objeto de mi afecto. Algo estilo compañera, amiga, algo que implicara una sociedad a partes iguales, en la que nos repartimos los costos y las ganancias.

Recuerdo perfectamente que estábamos en Café Olé y después de aquella conversación no hizo falta decir nada. No hizo falta terminar, fue como una especie de epifanía. Él supo que sus comentarios no habían calado bien, que yo no me iba a quedar con eso y supe que él jamás iba a tolerar alguien que le peleara una convicción tan profunda.

No hubo drama. Simplemente no nos volvimos a llamar y allí murió todo. A las dos semanas una amiga que vivía afuera me preguntó si había salido con alguien, y cuando le dije el nombre del personaje su comentario fue “mira, ¿para qué te pones a salir con ese tipo? Si no pega nada contigo, ese chamo no lee.”

Ella me presentó otro que supuestamente si leía. Con ese estuve un tiempo más, pero al final me di cuenta que era del tipo lector tóxico. Porque era de uno de estos lectores que lee, pero no lee. Es decir, acumula libros y recopila autores, pero no piensa en lo que lee. No digiere. No evoluciona.

A ese sí le terminé con verbo, sujeto y predicado. Me aburrió la olimpíada del saber. La especie de competencia. Ese tampoco me regaló libros, ¿para qué? ¿Para que yo los leyera y estuviéramos como en tenis, “30 all.”? Él no se arriesgaba a eso. Era de estos que necesitan que tú estés clara que él sabe más. Además, esa barajita de la pareja que compite contigo también la tenía. Y de verdad que las barajitas sentimentales repetidas son una pérdida de tiempo.

Más adelante me conseguí a mi chico que lee, a mi chico que le gusta que yo lea, a mi chico que respeta mi mundo literario, a mi chico que no es intruso en mis textos, sino que cuando entra ellos lo hace como un cordial invitado, pero uno de esos invitados que te dice con toda sinceridad si a la sopa le falta sal.

Sí era importante encontrarme al chico que lee. Porque es el que tiene la inteligencia de dejarme ser yo misma, de quererme como soy, de respetar mi espacio y dejarme soñar. Y ese nivel de inteligencia sólo te lo dan los libros.

Yo soy feliz con mi chico que lee. Mi chico que me deja leer. Un día se apareció con El Último Encuentro de Sandor Marai y me dijo: no lo he leído, pero cuando le describí al librero cómo eras tú, me dijo que seguramente te iba a gustar. Ahí me cayó de golpe, lo más importante es que el chico que lee, te lea a ti.

De vez en cuando nos consigues boca arriba, luces prendidas, libros en mano. Es en esos momentos en que yo siempre hago una pausa y pienso: la vida a veces es una mierda, pero a veces, es sencillamente perfecta.


7 comentarios:

Ora dijo...

“Es el trabajo perfecto para una esposa.” Terrible frase.

Es así: “...la vida a veces es una mierda, pero a veces, es sencillamente perfecta.“ Hay momentos que hacen la diferencia.

Manuela Zárate dijo...

Sí. Esa frase de verdad que fue de terror. Y de verdad el pobre no era mala gente.

Es tal cual. Son esos momentos los que hacen todo.

Cariños mi Ora. :D

Doña Mar dijo...

Hola Manu! Me encantó tu escrito. No es solo lo acertado del tema sino tu escrito tan sabroso... Eso se agradece. Saludos

Doña Mar dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Saul Rojas Blonval dijo...

He salido con la "filósofa/wünderkind" hasta la "cotufa/casi analfabeta", que como tú bien dices, existen de parte y parte. Pero en mi corto recorrido por el largo camino entre la "gente que lee" y la "gente que no lee" cada vez me doy más cuenta de que las cosas no funcionan por mi culpa. Mientras más leo más quiero que lo que leo, o escribo, se haga realidad.
¡Excelente manera de descubrir tu blog!
Saludos.

★✰SaYu✰★ dijo...

Primera vez que me paso por aqui y dejame decirte que me ha encantado tue scrito, es tal cual lo describes, creo que al final a todos nos sucede algo parecido alguna vez, quedè en shock cuando leì la horrorosa frase del trabajo perfecto. Seguirè paseando por tu blog. Saludos.

Nina dijo...

AMAZING post.