viernes, 3 de junio de 2011

Ficciones IV - Stops (¿quién era?)

Hola, D. ¿cómo has estado?, sonó su voz al otro lado del teléfono. Me pareció increíble su capacidad para hacer de mi nombre un sin sentido. Bien. No sé que le contesté. Cosas casuales. Hubiese podido contarle sobre el cadáver pero no lo hice. Simplemente estaba tratando de no ahogarme, de no atropellarme, de no sonar demasiado infantil, ni ridícula, ni desesperada, ni feliz, ni distante, ni sola, ni acompañada. Estaba tratando de sonar como él, para él, pero a la vez sin serlo. Un asco total.

Me invitó a almorzar y yo dije que sí. Otra vez la misma historia. La última vez habíamos terminado en la playa un miércoles a las cuatro de la tarde. Yo había dejado todo. Trabajo, diligencias, la cena con las amigas, el lavado que le había dado al carro, la agenda repleta que tenía la mañana siguiente, por irme con ese ser a pasar una noche en la playa. Una noche a la que siguió un fin de semana en el que yo juraba que por fin las cosas habían quedado en el lugar en que tenían que quedar, porque siempre estoy buscando el final de las cosas. El paso definitivo. El letrero de FIN. La calle ciega de la incertidumbre.

A ese fin de semana le siguió el silencio. Sin llamadas. Sin mensajes. Incumplida quedó la promesa de vamos a ir a juntos a tal o cual restaurante y te voy a llevar a casa de no sé quién para que veas un cuadro que quiero que veas. Yo me lo había tragado todo. Como quien traga un puño de pastillas para dormir. Yo me había querido suicidar con esas píldoras infectas, putrefactas, nocivas. Y una vez más tuve que lavarme el estómago yo sola a punta de alcohol, noches largas, libros de autoayuda y obras de teatro en las que destruyen a los hombres. En las que alguien se lanza un monólogo en el que trata de convencerte de que no los necesitas, cuando tú sabes que eso es mentira.

Ahí estaba yo. Diciéndole que sí una vez más, mientras cambiaba de tercera a cuarta para llegar a tiempo al trabajo. Quedamos en vernos y trancamos. Sólo había tomado unos cuatro minutos para que él volviese a mi vida y me desarmara por dentro.

Me había afectado tanto que ya no me importaba ni el tráfico, ni la portada del periódico que agitaba una mujer en pleno semáforo, ni siquiera me di cuenta de que un motorizado estaba asaltando al conductor del carro que tenía adelante. No me di cuenta, sino cuando el tipo arrancó y del Sentra blanco se bajó una mujer llorosa con las manos en la cabeza y los demás carros comenzaron a tocar corneta desesperados porque estaba trancando el tráfico.

Ya nada tenía que ver conmigo. Ni el número de barriles de petróleo que vendíamos al año, ni el último reporte de casos de dengue. Pobres los afectados. Yo no era uno de ellos, yo estaba perfecta, bien, a salvo. Yo era la interlocutora, la elegida, la que lo vería llegar a la hora convenida a un restaurante de esos que a él le gustaban, en los que servían pescado crudo en platos cuadrados.

Y así llegó él. Puntual. Regio. La corbata clásica, el flux combinado, el pelo perfecto, las manos limpias y la mirada turbia y penetrante. Un contrincante impecable. Y yo, convencida de que por fin en esta partida le iba a ganar.

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