jueves, 9 de junio de 2011

Los Libros: El agua de ese planeta que llamamos Alma.

Foto: Un amor platónico. Trabajo para concurso Una Foto x Día x 28 días

En tercer año de bachillerato nos mandaron a leer El General en su Laberinto de Gabriel García Márquez. Para ese entonces yo ya era un ratón de biblioteca, no porque haya nacido con ningún don en especial o como dirían por ahí “tocada por la barita” sino porque desde que tengo uso de razón me acostumbraron a que los libros eran algo divertido, maravilloso.

De hecho no puedo decir que esa edad agarraba grandes clásicos de la literatura. García Márquez fue mi primer autor serio, y amé ese Bolívar “humano, demasiado humano” delirando por la traición de “Casandro” mientras atravesaba el Magdalena para ir a morir.

Pero no fue siempre así. Llegar allí fue un viaje. Eso sí, jamás me presentaron los libros como algo aburrido o como una tarea, ni nada relacionado con el colegio o con la presión de sacar buenas notas, de hecho, no fui buena alumna sino hasta bien entrado el bachillerato cuando me fui a vivir al exterior.

Recuerdo la enciclopedia El Mundo de los Niños, una belleza de nueve tomos, cada tomo relacionado con un tema y cada tema identificado con un color. Recuerdo el tomo del cuerpo humano y el de los animales.

También amaba mis libros de cuentos clásicos, y desde chiquita también me impulsaron a amar los libros raros, como por ejemplo la versión que La Sirenita se llama Pescadosía, y cuyas ilustraciones oscilaban entre lo monstruoso, lo surrealista y lo bello.

El cuento oral también fue gran parte de mi vida. Mi papá y mi mamá jamás limitaron su imaginación. Cuando me fracturé un brazo a los siete años mi papá llegó a la emergencia y lo primero que hizo fue contarme uno de sus cuentos, de una familia inventada que vivía en el Amazonas. Por supuesto esa familia éramos nosotros, con nombres inventados pero adjudicados coherentemente. Y así, yo me pintaba en mi cabeza a través de su relato cazando tigres con un arco y flecha.

Una vez se fue a un viaje de trabajo a Guayana y me trajo una cesta con flechas. Y aunque por esas cosas que uno no entiende o porque es la ley de la vida más adelante la perdí, pero la guardo en mi memoria, un tubo que no tendría más de sesenta centímetros de largo, decorado con rayas negras y anaranjadas y que olía a algo que me hacía sentir como la del cuento. Como si tuviera otro yo. Tal vez esa fue la raíz de todo. Tal vez esa fue la primera vez en que jugué a ser otro. En que sentí en carne propia lo que era vivir la historia que me estaban contando.

Yo mi viví mi adolescencia literaria, Los 7 Secretos, los Hollister, VC Andrews y Barbara Taylor Bradford, mi mamá arrancaba las páginas que contenían las escenas explícitas de sexo, porque decía que aún no estaba lista. Ya después me cansé y me fui cambiando de género, hasta que un día no me quedó más remedio que caer en manos de la literatura seria.

De allí en adelante me ha pasado más de una vez que vivo mis libros o mis libros me viven a mí. Me ha pasado que los repito, o los cito, o les temo, me han mantenido despierta, me han hecho llorar, me han enfurecido, me han hecho cambiar de opinión o ver las cosas de una forma que jamás me plantee, me han hecho viajar, me han acompañado o me han empujado hacia la soledad y la melancolía.

No puedo pasar frente a una librería sin sentirme atraída como por un imán, por una fuerza superior, como una especie de gravedad, como si entre los libros y yo hubiese un compromiso ineludible de por vida.

Sí. Más de uno a lo mejor al escucharme hablar o al leer estas líneas pensará que peco de arrogante, porque después de todo el tema de la cultura muchos lo usan para atizar el ego y montarse en el Parnaso al que supuestamente sólo entran unos pocos, esos que hacen llamar “intelectuales.”

Para nada. Mientras más libros leo más pequeña me siento, pero no de esa pequeñez de autoestima baja, sino de una que tiene que ver con sentirse humano, falible, capaz de errar y lleno de defectos, pero a la vez infinitamente poderoso. Es una sensación muy extraña, pero un éxtasis comparado con pocos. Como si en el fondo del alma se removiera un fuego que arde con una llama incolora, inodora, con la potencia de generar un nuevo “Big Bang.”

Así de poderosa y de apasionante es la lectura. Así son los libros para mí, y cada día que pasa me convenzo más que vine aquí con un trabajo que tiene que ver entre otras cosas con promover la lectura. Con animar a la gente a leer. A leer cosas maravillosas. A distinguir entre los mensajes vacíos y manidos, y aquellos que como escribió Octavio Paz, nos obligan a hacernos las preguntas que todo ser humano debe hacerse. Lo que él llama los libros necesarios.

De repente entiendo que uno no nace humano. Uno se hace y se hace a través de la lectura. Y sí, a medida que el ser humano haga más contacto con la cultura, a medida que viaje y aprenda a preguntarse y a ver las cosas con ojo crítico (algo muy distinto criticarlo todo) el mundo será mejor. No hay otra forma.

Y el que no quiera creerme, lea y después hablamos. Sé que hablaremos de cómo los libros son el agua de ese planeta interno que llamamos alma. Y ya sabemos que para el hombre sin agua no hay vida.

3 comentarios:

Ora dijo...

¡Lindo Manu!
Los libros son lo máximo.

Bibi dijo...

!Hermosura de texto!

Manuela Zárate dijo...

Grazie! Sí, los libros..ah! Los libros.