martes, 5 de julio de 2011

Bicentenario de 200 Razones


Hubiese querido dar rienda suelta a toda la cursilería que hay dentro de mí para expresar mi amor por este país. Hubiese querido enumerar las doscientas razones por las que a pesar de lo que dicta la razón, la lógica, la prudencia y el sentido de la oportunidad yo sigo viviendo en Venezuela y no contemplo hacerlo en otro país.

Me hubiese gustado contarles como me emociono, estilo Betulio Medina “cuando canto una gaita con orgullo y sentimiento,” o como me pongo pavosa cuando en ciertos momentos suena el Alma Llanera, porque ¡carajo yo nací en esta rivera del Arauca vibrador y a muchísima honra!

También me habría gustado dejar un párrafo para decir lo mucho que me hiere cuando leo comentarios despectivos sobre Venezuela en portales como Facebook, sobre todo de gente que ya no vive aquí. Me lo tomo a pecho, me lo tomo personal y no me gusta, porque este país es mío y si te metes con él, te metes conmigo. Porque además me parece que golpear la patria es golpearse uno mismo, golpear a la familia, es como escribir en el estatus “mi mamá es una tal por cual, que no sirve para nada, vieja hortera, inútil…” entonces, ¿por qué hacerlo con tu país?

Luego hubiese retomado el estilo cursi para decir que yo me tomo dos tragos, escucho a Ilan Chester cantar Cerro Ávila y me transporto, y le canto al monte. Desafinado, pero con mucho sentimiento.

Hubiese elaborado sobre el tequeño, la hallaca, la ensalada de gallina y el pan de jamón. La cachapa con queso, el na´guará, el na´gueboná, el qué molleja, la mandoca, la conservita de guayaba, de coco, la panelita de San Joaquín, los diablos de Yare, los tostones con salsa rosada y queso blanco rallado a orillas de la playa. Hubiese descrito el color del mar desde Los Caracas hasta más allá de Caruao. Y los fantasmas de Carmen de Uria, que cada vez que paso por ahí pienso que con ellos hay un país entero que tiene una deuda pendiente.

Pero no puedo. Tengo las palabras atracadas. Tengo la emoción encadenada, como si estuviera metida en un baúl, cerrada por un candado enorme que le impide salir.

¿Cómo celebrar la independencia?

Si fuésemos libres, si fuésemos independientes podríamos celebrar.

Sucede que como ciudadanos dependemos cada vez más de los caprichos de una persona. Depende hasta nuestra tranquilidad mental de la ambigüedad de sus palabras, de su cuadro clínico, de su estado emocional. Si un día se le ocurre que para gastar nuestro dinero tenemos que fajarnos a hacer carpetas, pues tenemos que hacerlo y no nos queda más remedio. ¿Es eso libertad?

Ir a un automercado y que te digan que no puedes llevarte sino tanto aceite, que en tal página de internet no puedes comprar, que no tienes permitido hablar sobre un tipo de cambio, que si quieres importar un producto alguien te tiene que dar permiso, tantas cosas de nuestra vida diaria que no dependen de nosotros. Tanto de nuestra vida que debería determinarse por nuestro grado de lucha, de inteligencia, de trabajo o de potencial para crecer y que más bien depende de los planes políticos de un sector que se niega a aceptar un planteamiento tan sencillo como “existen distintas formas de ver la vida.” ¿Eso es independencia?

Las garantías que tenemos hoy en día se reducen a: quédate callado, no te metas con nadie, has tu trabajo, aguanta, no salgas hasta tarde. Entonces no podemos celebrar con fuegos artificiales algo que no tenemos.

Sin embargo, el día de hoy no es del todo inútil. Ha de servirnos para entender que dos siglos atrás existió una generación de venezolanos que se sintió con la misma desesperanza, con la misma angustia, con el mismo miedo que nosotros. Que arriesgó vida, propiedad y futuro por el ideal de libertad, por un país en que cada ciudadano tuviese la construcción de su destino en sus propias manos.

No. Hoy no es un día para celebrar. Es un día para inspirarse. Para aprender. Para darse cuenta que la lucha no es nueva, que ya muchos antes que nosotros han pasado por esto y han salido adelante. Que tenemos que luchar más duro para que nuestros hijos hereden un país en el que al menos haya futuro.

No da el día de hoy para enumerar las doscientas razones por las que adoro este país. Simplemente me viene una que hay que repetirse doscientas veces hasta que no aceptemos otra: Venezuela de venezolanos libres e independientes.

4 comentarios:

LeonaCaraquista dijo...

Por culpa del cambio de horario bicentenario (dormir de dia, rumbear de noche) me dediqué a leer el blog de mi comadre y el tuyo.
Como este post en sencillamente cierto, inspirador, directo, arrechamente venezolano y 100% bicentenario, no lo voy a comentar sino a recomendar.
Desde ya, pido autógrafo personalizado de tu futuro libro!!!
Eres una dura!
Besos
LC

Manuela Zárate dijo...

Hola amiga! Mil gracias de verdad. Me alegro. Esa es la idea. De verdad me costó horrores escribir sobre este tema ayer. Pero bueno..se hace lo que se puede.
Cariños y gracias por lo de dura... :D
Pendientes de conocernos en el mundo tridimensional. Jajaj.
Cariños.

Redox dijo...

No puedo creer que después de todo este tiempo ustedes dos no se conozcan...

Clara: like Toto´s, nice and real for many of us...

Isa dijo...

Bueno, fíjate: yo acabo de escribir un post y me vine a leer blogs y me encuentro este post tuyo. Estoy en desacuerdo contigo en varias cosas. Quizá es que me cuido mucho de no hacer ciertas exageraciones.
A pesar de que no me atrevo en lo absoluto a igualar la situación actual con la del momento de la independencia, sí hay unas cuantas verdades aquí (la de las "garantías" que mencionaste, por ejemplo)

Pero, sobre todo, hay muchas cosas bonitas en tu post. Venezuela es una joya, de pana. Yo me siento igual cuando la insultan, la gente tiende a olvidarse de las pequeñas maravillas que abundan aquí.
Tampoco me voy a ir en cursilerías.
All in all, me gustó mucho el post.

Te mando un abrazo, por ser gente que no ignora lo bonito :) ¡Saludos!