jueves, 14 de julio de 2011

El "Vete Mamá"y el Dejarlos Ir


“From the moment I could talk I was ordered to listen.

Now there's a way and I know that I have to go away.” Cat Stevens Father and Son

No puedo dejar de pensar que la fotógrafa Sally Mann tiene razón. Luchas, preparas, sacrificas todo por otro ser que en esencia es tuyo, y lo haces por una sola razón, porque lo tienes que dejar ir. Esa es la parte más dura de este lío en el que uno se mete cuando trae al mundo un hijo.

El otro día una amiga me estaba diciendo que una de sus mayores frustraciones había sido cuando a menos de los tres años de edad escuchó a su hijo decir las palabras: “vete mamá.” Yo la entiendo. En su primer día de colegio la Pioja no lloró.

Me fui pensando egoístamente “¿yo no me merezco ni una lagrimita?” Fueron dos semanas en las que me dedicó miradas de desinterés mientras yo peregrinaba lentamente hacia la salida, y los demás padres luchaban con los gritos de los niños que no se querían quedar. Lo normal.

Debí imaginar que digna hija mía todo en la vida lo hace a su tiempo, a su ritmo, cuando se siente segura y convencida, y como digna hija de su padre, hace las cosas no porque se las exigen, sino porque siente que ese es su deber. Dos semanas más tarde al dejarla junto a su mesita de trabajo comenzaban los gritos y los abrazos desesperados a mi pierna.

Me di cuenta que dentro de todo era mucho más fácil el adiós indiferente. Cómo se desgarra uno cuando ve a un hijo llorar, así sea por cosas banales, fútiles, baladí, por sin razones. Es por eso que uno ve a padres en centros comerciales ceder ante la presión del grito “¡papá helado!” o “¡mamá muñeco!”

Mientras uno no tiene hijos uno les lanza esa mirada que yo llamo, “La mirada: ¿Qué clase de padre?” Te ven así con cara de “¿Qué clase de padre no sabe poner carácter? ¿Qué clase de padre no sabe decir que no? ¿Qué clase de padre cede ante el tormento de esos gritos? ¿Qué clase de padre saca a la calle a un hijo así? ¿Qué clase de padre está engendrando una futura amenaza para la sociedad?”

Después tienes hijos y no sabes realmente qué te paso. Es un tren. Es un avión. Es el Correcaminos que te pasó por delante Bip-Bip, y tú quedaste como el Coyote. Es el pasado. Es el futuro. Eres tú.

Al ser padre te sientes poco preparado, bruto y de vez en cuando grande, porque la capacidad de amar que se despierta en ti es absurda. ¿Cómo puedes querer a algo hasta el punto de que tu mismo a veces te importes tan poco? Hasta el punto en que a veces te das cuenta de que por tu hijo serías capaz de cualquier cosa.

Lo más curioso de todo esto, es que la capacidad de amar a tu hijos no es automática. No es hormonal. Ni animal. Ni es instinto. Sí. Uno quiere creer que es así. Uno quiere pensar que es como la foto de la propaganda de compota, la mamá mira a su bebé extasiada. No existe más nada en el mundo. Ciertamente hay momentos parecidos, pero nada en esta vida es así de rosado.

Los hijos se aprenden a querer. Se sufren. Van creciendo dentro de ti. Van dejando raíces en tu alma a medida que te van demostrando que eras un tremendo arrogante, que por más título universitario no sabes nada de la vida. Y los amas por eso. Porque el amor nace en el momento en que otra persona te hace sentir que te estás convirtiendo en una mejor persona, que vale la pena luchar, que en lo pequeño está lo realmente grande.

Claro, que la satisfacción de saberte padre o madre no es suficiente para hacerte infalible. Te equivocas una y mil veces. Vas guiándolo pero como un ciego en plena selva amazónica. A veces atraviesas zonas peligrosas y esquivas sin darte cuenta el nido de la culebra, la planta carnívora y llegas al claro de los loritos que es tan divertido escuchar.

Otras pisas el nido de arañas y pasas un mal rato. Los demás “exploradores” pasan a tu lado y te ven con cara de “¿Qué poco preparado?” o te dan un consejo que no sabe a consejo sino más bien sabe a juicio, y te tienes que tragar las ganas de tirarle la brújula que estás aprendiendo a usar por la cabeza.

En medio de todo aquello. En medio de todo ese esfuerzo escuchas “mamá vete.” “papá no.” Y a medida que van creciendo ellos mismos van comenzando a trazar su propio camino. No es algo que empieza en la universidad, ni en bachillerato, ni en esa primera fiesta o la primera dormida casa de un amigo. Es algo que empieza antes. Muchísimo antes.

Me doy cuenta que poco a poco mi esposo y yo vamos comenzando a hablar ese lenguaje de los padres. Ese que pareciera estar compuesto de oraciones de tres o menos palabras.

-Ponte un sweater. Come más. Camina con cuidado. Estás comiendo demasiado. Llega temprano. Maneja con cuidado. Dices demasiadas groserías. Saluda. Dónde estás. Cuando vienes. Recoge tu desorden. No me contestes. No te escondas.–

Algunas son atemporales. No tienen edad. Sirven de los 0 a los 99 años. Y las respuestas son casi siempre las mismas: torcidas de ojos, pucheros, suspiros, llanto, pataleo, portazo, “no” “Ok ¡ya!” “vale papá, ya me lo dijiste,” “mamá no te pongas intensa” “aja” “me has llamado cien veces para decirme lo mismo, te dije que síiiiiii.” “Mamá, de pana no es normal una gente que repite lo mismo sesenta veces.”

Tal vez somos los hijos quienes tenemos la razón. No es normal que te repitan lo mismo sesenta veces. Ni que te llamen a cada rato a ver dónde estás. Ni que te pongan un sweater en la playa. No se trata de normal o no, se trata de que los padres, desde el momento en que los vemos descubriendo el mundo ya los estamos dejando ir, pero siempre hay un pedazo que se queda. Y a ese nos aferramos con todas nuestras fuerzas.

3 comentarios:

Ira Vergani dijo...

me hiciste llorar...ayer empaqué para el camp de dos semanas...

LeonaCaraquista dijo...

"¿Cómo puedes querer a algo hasta el punto de que tu mismo a veces te importes tan poco?"

La diferencia con la leona es que los cachorros se van y ella sigue su camino sin voltear hacia atrás.

Nosotras estaremos pendientes de nuestros cachorros for ever and ever.

Qué jodido es la maternidad. A la vez, es lo mejor que me ha pasado en la vida.

Rose

Patricia (Odio que me digan así) dijo...

Precioso, me reí muchísimo. No soy madre, estoy lejana a serlo. Pero me encanta leer a una madre que se atreve a hablar honestamente, y sin demasiadas cursilerias.