sábado, 16 de julio de 2011

La Koto, la piñata de palomas y el remedio asqueroso


En sexto grado teníamos una profesora de inglés, una religiosa, que se llamaba Sister Katherine. Una pobre mujer recién llegada de Inglaterra a este verdadero valle de lágrimas y desorientación mental llamado Venezuela. Resulta ser que un día la Katherine regañó a una de las alumnas, ya ni recuerdo por qué. Molesta, la niña escribió en un hoja de papel bond SISTER KOTO y se lo dejó en su escritorio. Saliendo para el recreo conseguimos el papel, y nos dio una profunda lástima.

El sufrimiento en los ojos de aquella monja que tenía pinta de haber escogido esa vida más por su fealdad física que por su amor a Dios era palpable, incluso para unas niñas de menos doce años. Hacerla sentir de manera tan directa que no la queríamos, era como mucho.

Además, queríamos ahorrarnos el típico drama que generan las acciones anónimas en los salones de clase. La llamada de la sub-directora, el sermón, la amenaza de castigo colectivo, la circular a los padres, de nuevo un sermón en la casa.

Así que hicimos algo que sentimos que sería justo. Destruimos el papel pero dijimos “a partir de hoy la bautizamos “Sister Koto.” Extraño sentido de la justicia, ciertamente, el nombre caló y pronto todo el salón la llamaba Sister Koto. La inventora oficial se sentía bastante orgullosa.

Yo llegaba a la casa y le decía a mi mamá, la Sister Koto esto. La Koto aquello. La Koto. La Koto. La Koto. Y por supuesto, llegó el día de la reunión de padres y mi mamá, sintiéndose una señora educada, simpática, intentando ganarse a la profesora de su hija se le acercó y le dijo “Hola Koto. ¿Cómo está?”

No. No saqué muy buenas notas en esa materia y a los ojos de la monja mi familia era la cucaracha del universo Kafkiano de su nuevo hogar tropical. Por eso dicen que no hay buena acción que se quede sin su debido castigo.

Así son las metidas de patas de las mamás. Como la maravillosa idea que tuvo mi bisabuela de llenar de palomas la piñata de su hija. En su mente era algo ganar-ganar. No sólo no estaría cayendo sobre los pequeños esa lluvia de chucherías y juguetes innecesarios, sino que además sería algo bello de ver, memorable. Todas las palomas volando, un inequívoco mensaje de paz y amor.

No pensó en la falta de oxígeno. En el hacinamiento asesino de los animales. Mucho menos en la parte en que las lesiones provocadas por los golpes de los palazos infantiles causarían múltiples lesiones a los pájaros. A la hora de abrir la piñata cayó la fosa común de lo que mi esposo llama ratas con alas. El trauma insuperable. Mi abuela se lo contaba a mi mamá con horror, en plan de “ni se te ocurra,” cuando la respuesta es más bien ¿a quién se le ocurre?

Otro de esos momentos maternales gloriosos le sucedió a un primo de Charles. Tenía un problema en la piel y le mandaron un remedio. Diligentemente la madre comenzó el tratamiento. Le daba una cucharada de una cosa bastante extraña, que el niño rechazaba con vehemencia. Gritando. Pataleando. “¡Maaamáaaaa! Es que sabe horrible.” “Sí, sabe horrible. Pero te lo tomas.”

La mamá intentó hacer todo lo posible por aliviar el sabor de aquel remedio. Lo diluyó, lo mezclo con pancito, pero igual sabía terrible. A una semana de haber comenzado con la toma de la medicina no aguantó más y llamó al pediatra. “Doctor. ¿No habrá otro remedio que podamos darle al niño? Es que se queja de que sabe horrible y de verdad es un infierno cada vez que le toca tomarlo.”

“¡Señora! El remedio es una pomada. ¡No se debe ingerir!”

Al rato llamaron del colegio que el niño tenía unos dolores de estómago insoportables. Resultado: Hospitalización. Lavado estomacal. Nada como estar cerca de envenenar a tu propio hijo. Por eso es que no hay llamada idiota al pediatra. Puede ser que el idiota sea uno, pero la llamada no lo es.

Así hay miles. Como cuando te llevan a la fiesta el día que no es. O te disfrazan cuando la fiesta no es de disfraces. O echan ese cuento que les parece tan cómico que te deja como tremendo imbécil. Ni hablar de ese remedio casero espantoso que te llevó del dolor de barriga al vómito. La tarea que te hicieron mal. O ese vestido que te pusieron que te hacía ver como un híbrido entre Alicia en el País de las Maravillas y Pablo el de Backyardigans.

Claro que no lo hacen por mal, pero a veces los padres son humanos, demasiado humanos.

3 comentarios:

Francesca dijo...

demasiado humanos, jajaja excelente relato

Bibi dijo...

Increíble lo de las palomas, de pana

Manuela Zárate dijo...

Gracias amigas! Jajaja. Sí, lo de las palomas es del más allá. Qué cosa tan espantosa!

Siempre digo que a uno le cambia la vida el día que se da cuenta que los padres son humanos!