lunes, 17 de octubre de 2011

¡Vamos Maickel!


Nunca he hecho este experimento por miedo al resultado que pueda encontrar, pero me gustaría hacer un conteo de cuántas noticias buenas trae la prensa en un día cualquiera. No me extrañaría que si uno deja de lado la cartelera de cine y las demás noticias culturales, seguramente hay muy poco de bueno en la prensa tanto nacional como internacional.

No sé si será el agujero en la capa de ozono, si será la predicción del fin del mundo según los Mayas o si tenga que ver el hecho de que se hace más investigación en el área de cirugía plástica que en la búsqueda de la cura del cáncer. El hecho es que es a veces uno siente que el ser humano no puede ser más egoísta, más cínico, más inhumano que cualquier villano de historia fantástica.

Uno ve tanta crueldad o peor, tanta indiferencia, que es imposible no sentirse desesperanzado y cuestionarse todo. No seré la única que se ha preguntado antes de dar a luz, “¿A qué clase de mundo voy a traer a mi hijo?” Pero uno, con su naturaleza siempre optimista, termina por retomar la confianza, termina por volver a creer o por dejarse llevar. Por esperar a que mañana realmente sea otro día. Tal vez el genio de la botella, la barita mágica de algún hada protectora o los rezos diarios a ese Santo tan querido, terminen por caer sobre la humanidad y todo cambie, y se haga realidad ese final de toda historia que nos leyeron de pequeños. El final feliz.

Pero bien me ha repetido mi mamá, que a su vez le dijo tantas veces mi abuela, que a Dios rogando y con el mazo dando. Dicho popular que no es tan popular como debería serlo. Que la magia no existe y si existe está en ejecutar tus deseos, en hacer realidad tu sueño tú mismo. En ir para adelante como el elefante, no pensar en el vaso medio vacío, o para ponerlo en términos que están más de moda según los psiquiatras, no autosabotearte, no ser tú mismo tu peor enemigo.


Todo suena muy fácil. Cree en ti. Tú puedes. YES WE CAN. Lucha. Cree. Sueña. Persevera. Como dijo Steve Jobs, no dejes que el ruido de las opiniones de los demás te lleven a vivir la vida de otro, te impidan escuchar la voz de tu corazón. Y tiene toda la razón. Yo enmarqué hace años ese discurso y lo colgué en mi closet para verlo todos los días. Mientras me visto y empiezo a pensar tonterías como ¿será que este zapato se ve bien con este pantalón? Termino diciéndome, al garete con todo eso, lo que tengo que hacer es luchar. Trabajar duro. En coloquial: echarle bola. Hoy amanece y tengo un ayer más de vida y un mañana menos de tiempo.

Apuro. Uno vive con una sensación total de apuro. Hoy en día hay quien gana el Pulitzer antes de los 30, y hay mujeres que a los 40 parecen de 20, están los que a los 50 tienen acumuladas más de 100 vidas. Los números están totalmente locos, reducidos, dicen por ahí que el eje de la tierra cambió de inclinación y ahora el tiempo es más corto. ¿Has visto cuánto dura una mañana? Nada. La puedes medir en algo así como: dos diligencias y una reunión de trabajo que termina con “me tengo que ir, ya no me queda más tiempo.”

Pienso en eso y me siento como un vulgar libro de autoayuda. Digo vulgar porque para no caer en generalizaciones diré que casi ningún libro de autoayuda da verdaderas respuestas. La gran mayoría se queda en ideas vagas, tú puedes. Sí. Tú puedes, pero ¿puedes qué?

La realidad es que la gran mayoría de las veces el que sabe lo que quiere, a menos de que esté un poco loco, tenga padres obsesivos o mucho dinero se queda a la mitad de sus sueños. Siempre hay una parte del sistema que te quiere probar lo que el libro de autoayuda te vende, que no puedes. Que no sirves. Que si tienes talento no tienes tiempo. Que si tienes tiempo entonces no vas a vender lo suficiente. Que un buen corazón no hace curriculum. Que una cosa es Teresa de Calcuta y otra es Harvard. Que un blog no hace a un Vargas Llosa.

Es por eso que a veces me siento como el personaje de El Árbol Rojo de Shaun Tan. “A veces la oscuridad te supera.” Sí. A veces siento que la oscuridad me supera. Me siento como una gallina cuyo corral acaba de ser sacudido por la patada del granjero. Corro para todos lados, cacareando desesperada. Tengo de todo menos tiempo. Me lleno de problemas. El vaso de agua en el que vivo se desborda como una represa y yo salgo volando, surfeando esas olas sin tabla, ni salvavidas, solo con una cuerda muy fina de un bote que se va alejando y siento que si no me agarro duro se va a perder y yo voy a morir ahogada en la oscuridad.


Entonces viene el destino y de una forma que sólo él entiende mete la mano. Paso una noche cualquiera, de un día que ya no recuerdo y veo una sombra que va corriendo delante de las luces encendidas de un carro. La sombra corre con mucho esfuerzo. El carro va despacio. Todo tiene un aire muy extraño. En una ciudad como esta puede ser cualquier cosa. Uno teme pararse y se siente culpable de seguir. No queda más remedio, me detengo y observo un segundo.

“Ese es Maickel Melamed.” Le digo a mi esposo. Me emociono. “¡Joder! Ese es Maickel Melamed.” Ya se aleja y yo. Estúpida yo, reprimo el deseo de abrir la ventana y gritarle “¡Vamos Maickel! ¡Vamos!” Reprimo el deseo de gritarle “Maickel, tú eres todos nosotros. Tú eres todo aquel que aún no encuentra su árbol rojo. Tú eres todo aquel que ha dudado, que se ha perdido, que no se encuentra, tú eres todo aquel que está confuso en el laberinto de las cosas que no importan, de las depresiones fútiles, de las desesperanzas vacías, de los amores vanos. Tú eres la humanidad que le falta a la gran mayoría de los seres que aspiran a serlo porque nadie les enseñó de pequeños. Finalmente, Maickel tú eres He Man, no tendrás el mismo corte de pelo, pero eres He Man, tienes el poder. Tú sabes lo que quieres y enfrentas los obstáculos. Tú sabes que el sueño no vale nada sin el hecho. Más nada.”

Me declaro fan número uno de Maickel Melamed. Me declaro su admiradora. Su seguidora. Su groupie. Cuento con emoción que un día se sentó a mi lado en Arábica y nos pusimos a hablar. Clarissa jugó con él. Y sé que era él porque cuando nos íbamos y le dije “dile chao a tu amigo, ¿cómo te llamas?” El respondió Maickel, y la verdad yo salí de allí sintiéndome mejor. Como tocada por una barita. Esa barita que te hace entender por un momento que no hay imposibles.

Gracias Maickel, porque tú me devuelves la fe en el ser humano. Porque cuando te escucho me calmo. Porque entiendo que hay gente que no cree nada más en la fama, el dinero, la venta. Porque me doy cuenta que hay quien entiende que el sueño de uno llega corriendo un maratón, luchando, con el cuerpo y con el corazón. Porque al final uno tiene su momento, y sólo el corazón lo sabe. Porque has inspirado a muchísima gente. Porque el mundo no es tan vacío, ni tan cruel como las noticias nos llevan a pensar.

Gracias Maickel porque tu sombra esa noche me recordó que no es la meta, es el camino, y por ende no existe tal cosa como “un pequeño paso.” Todos son grandes. Que al final del día, como diría mi esposo, la clave es conseguir algo que uno quiere y echarle pichón: más nada.

Al final Maickel, desde ya el maratón lo ganaste. Y aunque yo no esté en Nueva York, sólo te puedo decir que desde mis sueños corro contigo. ¡Vamos Maickel!

11 comentarios:

Ora dijo...

Yo estoy saliendo de una crisis existencial en la que no creía en nada ni en nadie. No entendía cómo es que la gente era feliz con lo que le tocaba y ya, cómo son tan conformistas, cómo pueden creer que es suficiente con lo poco (o nada) que hacen. Y pensé exactamente lo mismo que dices, ¿para qué voy a traer yo a un niño a este mundo? ¿Para que sufra igual que yo al no poder entender nada?
Ya estoy mejor, ya soy optimista otra vez, ya sé que no puedo hacer nada para cambiar la mentalidad de los que no quieren hacer nada, pero que yo sí puedo hacer lo que quiera.

El mundo es raro, muy raro. Pero rodeándonos de gente que inspire podemos seguir adelante.

Un abrazo Manu, y gracias por hacerme entender que no soy sólo yo quien se hace esas preguntas y se siente desubicada.

Manuela Zárate dijo...

Orisss! Te había respondido larguísimo y se me borró. Qué desesperación. Nada. Resumo: que alivio da saber que uno no está solo.

Te recomiendo El Árbol Rojo de Shaun Tan. Para cuando uno se siente así. Increíble.

Besosos.
C.

Bibi dijo...

Yo he pasado varias veces por esa sensación de perder la fe en la humanidad.

Desde que nació mi sobrino me cuestiono más mis actitudes y las actitudes de los demás en especial con el medioambiente.

No entiendo como destruimos y destruimos. A veces me entra el pensamiento de lo horrible que es el mundo.

Pero sé que hay gente y proyectos en los que vale la pena creer, lo he visto con mis propios ojos, entonces respiro y recupero la fe :)

Nancy Omaira dijo...

Hola Manu:
Ya somos dos las fans número uno de este super He Man llamado Maickel Melamed; y copio tu frase de que el 06 de Noviembre en mis sueños estaré corriendo con El en NY. Gracias a El veo el mundo mejor, estoy segura que El es un Angel que Dios nos ha enviado a la tierra para hacer este mundo un mejor lugar para vivir.

Un abrazo

Anónimo dijo...

Excelente post, aquí me tienes llorando en la oficina!

Opino igual de Maickel...que orgullo

Este sera el maraton de NY mas seguido por los venezolanos!

Ira Vergani dijo...

Ay chica yo también lloré con este post. Somos afortunados a más no poder y nos olvidamos de ello constantemente.

Manuela Zárate dijo...

Gracias por sus comentarios. Yo confieso que lloré escribiéndolo. Qué emoción vale. Indescriptible.

Ira Vergani dijo...

El domingo mientras mentaba madre por todas las calles trancadas en Caracas por una carrera, tuve mi momento bueno: vi a Maickel caminar :)

Manuela Zárate dijo...

Chaaamaaa! ¿Y le gritaste? ¿Verdad que es emocionante?

Ira Vergani dijo...

jajaja no le grité, esas cosas me dan pena, acuerdate que tu eres la que le habló a Roque! jajajaja

Manuela Zárate dijo...

Jajajaajajaaj...aaaaa...Roque Valerooo...jajajaa...officially red.