lunes, 19 de diciembre de 2011

Ficciones: Gordo sin salida.

Es un gordo de esos que desayunan hamburguesas. El pan se hunde un poco con la presión de sus dedos, la carne, el tomate y la lechuga aplastados por el calor y las salsas hasta ser casi una pasta irreconocible, se rodando hacia el fondo del pan, con cada mordisco. Del emparedado caen gotas de salsa que salpican todo. Sus dedos están enchumbados de grasa y de salsa, pareciera que alguien los hubiese pintado de amarillo y rojo. Mientras tanto el va pensando, ¿qué voy a almorzar?


Él sabe que la gente que lo ve por la calle no para de pensar. ¿Cómo este gordo se dejó poner así? Como si no hubiera sido gordo toda la vida. Siempre fue gordo. Si no de contextura. De corazón. Si se se infló fue casi sin darse cuenta, entre el tercer plato de pasta y la coca-cola que se tenía que tomar antes de acostarse a dormir. No es que la comida sustituya nada en su vida. No es que en el plato busque el amor que no tiene, la compañía que le hace falta o que busque masticar para evitar decir lo que no quiere decir.


No. No es que la gordura sea una excusa. Un problema visible e inmediato para evitar los otros que hay en su vida. La dureza de la madre. La frialdad del padre. Las indiscreciones sexuales de su hermana. La gordura es la gordura. Es parte de él. Un rasgo. Hasta un atributo. La gordura es él. No en vano todos lo llaman "el gordo." Si dejara de ser gordo entonces qué lo llamarían. El nada. Además de la gordura no hay nada.


A veces se acuesta en su cama. Y mira al techo. Recuerda aquella frase de Kafka, "una mañana Gregorio Samsa despertó convertido en un monstruoso insecto." Si ese insecto lo hubiera encontrado, se lo hubiera llevado, lo hubiera carcomido, abriéndole huecos por todo lados. A lo mejor, algún día él despertaría luego de una extraña metamorfosis, sólo que no sería un insecto, sería un pedazo de comida, que por culpa del estado avanzado de putrefacción tendría gusanos blancos saliendo de numerosos orificio, carcomiendo todo lo que encuentran a su paso. Babosos. Amenazante.


Despediría un olor grotesco. Su madre peinada y encopetada abría la puerta y al verlo le diría:


- Yo sabía que este día llegaría. ¿Qué más le íbamos a pedir a un gordo como tú? Tienes la mañana de hoy para hacer algo con el olor. Luego hablaremos con tu padre sobre los gusanos.


Ella cerraría la puerta y el intentaría moverse para verla salir desde la ventana. Pero no podría. Es un trozo de comida. No tiene patas, ni armazón, no se puede impulsar de nada. Tendría que transar con los gusanos para que estos lo movieran. De ahora en adelante los gusanos son el medio de vida. Y lo irónico es que a la vez son su verdugo. El día que se lo coman, dejará de existir. Da igual que se lo coman o lo abandonen. Un poco como ha sido la relación con sus padres. Sus padres ya se lo comieron. Le tocará esperar a que se lo coman los gusanos.


Los gusanos lo complacen y el gordo se asomará por la ventana y ve a la madre salir. La mañana es gris. Nubes de techo bajo. Ella camina con el culo respingón, viste de gris, como si quisiera combinar con el día. Su pelo amarillo está recogido en un moño que se ve muy pasado de moda, sus zapatos rojos son el único punto que brilla en toda la calle.


Falta poco para que se pierda de vista entre las casas y la calle que hacen una curva hacia la izquierda. Pero la mujer no desaparece del cuadro. Se detiene al lado de una furgoneta blanca. Un hombre con una bata azul está sacando cajas y metiéndolas hacia el local que tiene en frente. La mujer está parada, cada vez que se acerca le habla. El hombre no pareciera reparar en su presencia, como si quisiera ignorarla.


La tercera vez que el hombre carga en sus brazo cajas rectangulares que bien pueden tener peras o cervezas, la mujer abre su bolso negro y saca algo. Debe ser un cigarro, pues se lleva las manos a la boca, y luego estira el brazo, y el dedo medio y el corazón. El hombre regresa y la mujer se lleva otra vez las manos a la boca. La mano que tiene libre la apoya en la cintura. No para de cambiar de posición. Pareciera nerviosa, como si estuviera reclamando algo. El hombre como que no la escucha. No repara en ella. Absorto en su trabajo la ignora. Como si lo que tuviese enfrente no fuese más que la neblina, la mañana pesada y triste de un día laborable que apenas empieza y anuncia que se tardará en terminar.


Esa mañana el gordo había despertado y antes de ir a comprar su hamburguesa habitual recordó que su madre había muerto acuchillada. Que para proteger su memoria la habían trasladado en un furgoneta blanca hasta su casa y habían fingido un atraco que la policía no tardaría en descubrir. Esa mañana el gordo se sintió un gusano, un gusano de los que moviliza cadáveres. Esa mañana el gordo, abrió los ojos, y quiso con todas sus fuerzas ser un asqueroso insecto, pero para su pesar seguía siendo humano.

1 comentario:

royery dijo...

Inserte música de Gringo Latin Funck o de Jhon, el esquzofrenico de Calle 13 y la voz de René y tenemos una joya de canción. LOL