jueves, 13 de enero de 2011

Lo Que Nos Trajo el Niño Jesús


Esto sucedió hace ya varias semanas. Entro al baño para cambiarme de ropa, me miro al espejo y digo ¿te conozco? La respuesta no se hace esperar: sí, claro que me conoces. Nos conocimos hace dos años exactamente. En ese momento me pasó por la mente el futuro como si fuera una de esas películas independientes y locas. La gordura, el trasnocho, el no poder tomar, el cansancio, las estrías, el dolor, los primeros días, los dos meses sin vida propia, y la espera. La espera. La espera. Dios, para un ser impaciente como yo cómo pesa la espera.

Un par de exámenes y una visita al médico más tarde estaba confirmado. El Niño Jesús vino antes este año y le trae a la pioja nada más y nada menos que un herminto/a. Me sentí feliz. Pero es curioso. Enterarte de que vas a tener un segundo chamo no es lo mismo que cuando viene el primero. Al menos en mi caso. No es igual cuando sabes todo lo que te espera. Al final, como cualquier cosa que vale la pena en la vida todo tiene su precio. La maternidad es una de las más maravillosas que uno puede vivir, y tengas a tu hijo como lo tengas no es fácil. No es fácil para nadie, ni la que tiene el parto natural, ni la que tiene a su hijo por cesárea, ni la que adopta, ni la que se encariña con sus sobrinos porque decidió que la barriga no iba con ella.

Me sentí culpable. Me dije. ¡Qué horror! Y luego pensé, no tiene sentido que te sientas culpable. Después de todo eres un ser humano, tienes derecho a sentir que algo que cambia tu cuerpo de manera tan radical y te cambia la vida en tantos aspectos te cause sentimientos encontrados. A veces pienso que la culpabilidad se debe a que la gran mayoría de la literatura sobre maternidad es rosada. Libros de mamás con barriguitas redondas y lisitas, ombligos preciosos, cutis perfectos y nalgas sin celulitis, mientras que la de uno es más bien como una patilla, el ombligo es como de Alien el Octavo Pasajero, el cutis no es como para que te contrate Oil of Olay y el culo es del tamaño de un aeropuerto. Eso sin contar todo el paquete hormonal.

La verdad es que me provoca mentarle la madre al libro que te hace una lista que roza la Paranoia Clínica sobre todo lo que no puedes comer, hacer, casi ni pensar. De verdad hay algunos que si uno los sigue al pie de la letra de milagro y te paras de tu cama. Eso sin contar la cantidad de "consejos" que uno recibe de toda la comunidad. No comas queso, no comas pan, no tomes sol, no pases calor, no pases frío, no te le acerques a gente con gripe, no te le acerques a borrachos, a choros, a hippies mala vibra, no tomes leche, sabes que la vecina de una amiga de mi prima probó una tartaleta de espinaca y fue el acabose, terapia intensiva, transfusión de sangre, horror.

Y peor porque a los consejos de lo que "no puedes hacer" (ojo no es NO DEBES es NO PUEDES, gran diferencia) están los "consejos" sobre lo que tienes que hacer. Tienes que nadar, tomar Omega 3, Omega 6 y Omega 9, comer huevo, comer carne, comer vegetales, tomar muchos productos altos en calcio (y tú toda confundida ¿no y que no podía tomar leche?), tomar vitaminas, frutas de todos colores menos las demasiado amarillas, además está toda la estimulación, tienes que ponerle música a la barriga, Mozart sobre todo, Beethoven también, nada de Stravisnky, Wagner ni hablar, tienes que prenderle linternas, ponerle hielo y después una lámpara bien caliente (¿no y que no debo pasar frío?) tienes que hablarle, leerle cuentos, pero no la Biblia, tampoco Baby Einstein, porque a ellos los demandaron porque resulta ser que un niño de Nebraska no entró a Harvard y eso que le habían puesto el dichoso disquito desde feto y nada, así que bota esa basura capitalista.

Después está lo mejor, el tema del peso. Hasta el señor del estacionamiento tiene que ver con tu peso. Ahora que está de moda no engordarse, Dios te libre que la hija de la vecina te vea con un Toronto en la mano, porque, eres el colmo mija, cómo se ve que no has escuchado hablar de la diabetes gestacional, de la pre-clamsia, la eclamsia, de la obesidad infantil, además de que todas sus amigas que han tenido hijos salen de la clínica con la misma ropa que usaban antes del embarazo, en cambio tú cariño, no vas a poder meter ese culo ni en una bolsa negra extra grande de basura. Si no está la gente que te mira y dice que esa barriga es un botón, que si no comes, que cómo se te ocurre hacer dieta cuando estás en estado porque tuviste la mala suerte de pedir una ensalada de frutas cuando saliste a comer con tus amigas, pues resulta que te mueres de la acidez, tienes sed y sientes que nada más con oler algo salado te vas de boca.

Claro que uno utiliza todos el sentido común, pero parte de ti durante el embarazo se piensa las cosas dos veces. Después de todo, te dice tu cerebro, ¿y si es verdad que las vacas venezolanas en el 2007 se cruzaron con una vaca importada del Reino Unido llamada Sue y resulta ser que pronto se verá la vaca loca en nuestra carne?, es aquí cuando te escuchas diciéndole al mesonero, señor sabe qué, en vez del centro de lomito me trae el churrasco de mero, y claro está, la chama que está en el amigo de tu esposo (que no tiene chamos) te empieza a decir que NINGUNA de sus amigas que ha tenido chamos es capaz de comer pescado y menos mero, porque resulta ser que se ha comprobado que el mero nada en corrientes que están cargadas de mercurio, y además hoy en día no se consigue pescado fresco en ninguna parte. Acto seguido dices, pues mija, como ninguna de esas AMIGAS, ni de la gente que te da esos "consejos" estudió medicina o ginecología y obstetricia, pues que escriban a una columna de amor y dolor, porque ya pedi el mero y me lo voy a comer.

Todas esas escenas me pasaron por la cabeza los primeros días. Hasta que recordé el consejo más importante que me dio mi adorado médico obstetra, tanto para el embarazo como para la maternidad, no puedes pararle a las pendejadas que te dice la gente, eso es LO ÚNICO que no puedes hacer durante el embarazo. Y con la gente están muchos libros. Una cosa es información y otra el programa de Martha Colomina, es decir, la histeria colectiva. Después de todo, el embarazo es algo muy personal, con sus cosas maravillosas, indescriptibles, fascinantes y con su lado duro, cuesta arriba, incomprensible.

Me dije. Con todo el paquete, la verdad es que no cambio esta experiencia por nada en el mundo. Y como todo en la vida, hay que sacarle el máximo provecho. Vivirla intensamente. Disfrutarla. Después de todo, es algo que pasa y sólo queda el recuerdo. Me di cuenta que tenía mucho que decir sobre el embarazo, y que no era la única que se sentía igual. Así que me inventé un proyecto hermoso, que algún día compartiré con ustedes, y que poco a poco va tomando cuerpo. Además, como nada en esta vida viene solo, mi bebé (digo que fue él o ella) me trajo una oportunidad de trabajo hermosísima. Ya les contaré también de qué se trata.

Así que bueno, si he estado perdida estas semanas blogosfera, no era por abandono, era porque las hormonas hicieron que se me hiciera muy cuesta arriba escribir. Tenía ganas de estar acostada, leyendo, corriendo a vomitar, pasé diciembre casi sin pararme de la cama. Espero no ser boca de chivo, pero creo que lo peor ya está pasando, y poco a poco vuelvo a ser yo otra vez. Una vez más la vida, Dios y un bebé me dan la lección fundamental de la maternidad: ser paciente. Y sin embargo hay otra que la apliqué cuando nació mi pioja pero la comprendí cuando me enteré de la llegada de este nuevo piojito/a: aceptarte como eres, quererte como eres, aceptar lo bueno, pero también lo malo de cualquier realidad. Sólo así puedes llegar a ser libre.

Le doy gracias a mis hijos, pues considero que no hay mejor regalo que el de aprender a amar en libertad.

Les iré contando cómo va creciendo.

lunes, 10 de enero de 2011

Locuras Dice La Voz

Ya te lo he dicho mil veces, no puedo escribir con hambre. ¿Por qué? No sé. En realidad no puedo hacer nada cuando tengo hambre. Yo necesito mi combustible para seguir. Además tengo que comer con calma. Comer es un ritual. No me gusta que me interrumpan cuando estoy comiendo. Me gusta comer sola. ¿Eso habla muy mal de mí? No sé. La mayoría de la gente se traumatiza por comer sola. Yo no.

Aunque no es lo mismo comer sola en tu casa que comer sola en la calle. Pero a mí no me importa comer sola en la calle. Me ayuda a pensar. Me ayuda a no pensar. Yo me consiento a mí misma. ¿Por qué no? Porque siempre esperar a que sean los demás quienes lo hagan. A veces digo, ¿sabes qué chica? Te mereces un masaje. Y llamo y me lo doy. Otras digo, te mereces un chocolate. También digo, no te mereces nada y eso te pasa.

Entonces estoy aquí, tengo varios días sin escribir en la computadora. Nos hemos distanciado. Todas las relaciones son así. Me cansé un poco. Me dio dolor de cuello, de espalda, ansiedad, necesidad de aire. Ni modo. Empecé a pensar que tal vez era mejor escribir a mano. Un tiempo al menos. ¿Qué quieres que te diga? Me gusta mi letra, aunque no es bonita y es como yo. Chiquita. Casi ni la vez. Y casi ni se entiende. Igual me gusta. Me gustan la tinta y el papel. Me gustan mis cuadernos. Me gusta releer mis cuadernos.

También me he sentido mal físicamente. Tengo una cosa ahí que no me deja sentarme aquí en paz. Es un poco de apatía tal vez, es como un estado general del cuerpo. Sí. Está bien, hay mucha duda, confusión. ¿Te he dicho que necesito un tutor? ¿Debería buscármelo verdad? Yo sé que tú no opinas lo mismo, pero que quieres que te diga, yo a veces pienso que no puedo sola. Sí, tengo que hacerlo sola.

No me gustan las predicciones del futuro. No me gusta sentirme apurada. No me gusta escribir con hambre. No me gusta esperar. Ya vengo. Voy a comer. Después te cuento algo que tengo que contarte. Después.

miércoles, 5 de enero de 2011

Avanzando en la Cola Literaria


Sigo avanzando en la Cola Literaria. Después de Mal de Escuela de Pennac tomé entre mis manos un libro de esos que van a ser difíciles de olvidar. Suite Francesa de Irene Nemirovski. Es una novela que trata sobre la ocupación alemana de Francia en 1940. Empieza con el éxodo de los parisinos, que asustados por la inminente llegada del ejército Nazi a su ciudad huyen dejando atrás sus vidas, buscando un lugar seguro.

Lo brillante es que Nemirovski se centra en varios personajes, todos de distintas clases sociales, pero con una misma visión, la angustia por salvar la vida, la incertidumbre frente al futuro, la melancolía por un pasado de paz y las huellas aún frescas de la Primera Guerra Mundial en la que se habían supuesto vencedores, pero sin saber realmente qué significaba ganar una guerra.

La autora hace un retrato casi perfecto de la naturaleza humana, su forma de reaccionar frente a un escenario tan adverso, se puede ver desde la franca solidaridad, el patriotismo desenfrenado casi infantil, hasta la frialdad y la mezquindad.

No es sino hasta mucho más adelante que entran en juego los alemanes como personajes. Quizás es uno de los rasgos que más me gustó de la novela, que a diferencia de lo que suelen ser este tipo de relatos en los que siempre hay un vencedor y vencido, un malo y un bueno, Nemirovski los retrata como lo que son. Seres humanos. Uno casi olvida que eran aquel espantoso ejército nazi que cometió las atrocidades más terribles. Incluso contra la propia autora, quien murió en el campo de concentración de Auswitch, por ser una rusa emparentada con un judío.

Es un libro verdaderamente hermoso sobre la condición humana, que sirve más que nada para reflexionar sobre la paz, la guerra y su verdadero alcance, las cosas que destruye y las otras que no puede tocar jamás, esas partes del ser humano que no tienen precio, ni siquiera ante la vida misma, y como hay cosas tan poderosas que son capaces de trascender hasta el conflicto bélico más grave. Al final del día nos recuerda que seamos lo que seamos, somos una sola cosa: hombres.

Luego de terminar Suite Francesa pasé a leer El Elefante (número 65) de Slawomir Mrozek, un libro de relatos de un polaco muy crítico e irónico hacia el comunismo. Me recordó mucho la situación que estamos viviendo, pues el autor hace burla sobre burla sobre el gobierno regional y nacional, sobre las incoherencias de los socialistas, sobre su ineficacia y su capacidad de disfrazar cualquier cosa con palabras como “bienestar popular.” El libro es interesante y divertido, pues es denuncia con mucho humor, sin embargo al final las historias pasan a ser tan surrealistas que la última confieso que no la terminé.

Entonces pasé a lo que estoy leyendo ahora, el número 56 la Trilogía de Nueva York de Paul Auster. Son tres novelas digamos que de detectives, a cada cual más emocionante, sobre todo desde el punto de vista psicológico. Estoy terminando la segunda, al terminar les cuento.