martes, 31 de mayo de 2011

Lo que Apesta es el Humo de la Pólvora


Corrían los noventa. Yo llevaba el pelo batido, demasiado rimel y demasiada pintura de labios y zarcillos desproporcionadamente grandes. Igual de desproporcionadas eran algunas de mis medidas que hacían que me viera mucho mayor de catorce. A lo mejor aquí se van mis chances de renovar mi visa de turista a los Estados Unidos, pero a esa edad yo compré cigarros en una bomba de gasolina del conservador estado de Virginia.

Eran Marlboro Lights. Éramos tres amigas. Como siempre, hubo una que no quiso hacerlo, pero nos acompañó fielmente mientras sentadas en un patio trasero cubierto de hojas marrones se nos pusieron los dedos morados con el frío otoñal, y a diferencia de todo lo que nos habían prometido, no se nos pusieron amarillos de nicotina.

Cada fumada era trascendental. Cada aspiración te hacía sentir que llegabas a un lugar inalcanzable, poderoso, que tenías en la mano todas las razones que el resto del mundo no tenía.

Yo viví la rebeldía de la adolescencia fumando. No como un camionero. Simplemente como alguien rebelde. Y cuando le puse fin a mi matrimonio de cuatro años, con tan sólo veinticinco en mi haber, también me rebelé con unos Marlboro. Era una forma de decir “ven y dime y que no puedo.” Y eso, por más viejo que estés o más maduro que te creas, siempre te una sensación de poder. No hay nada como sentirse en libertad.

No puedo negarlo. He pasado momentos, grandes momentos cigarro en mano. He escondido la pantalla de mi computadora tras una inmensa nube de humo, mientras pienso si será prudente desnudarme de una forma tan ruda en una historia.

He pasado despechos y momentos de angustia. Hay una ventana, de esas ventanas olvidadas que tiene toda casa y que está justo afuera de mi baño, a la que no llega ni escoba, ni lluvia, que está llena de colillas que durante años fueron parte de cigarros que me fumé frente al espejo cuando quería decirme alguna verdad.

También he fumado alegre, contenta, bailando, celebrando algo, e incluso fumé para marcar mi retorno al mundo oscuro del vicio, cuando mi hija cumplió seis meses, y pude salir de la cárcel de la vida sana que le debía al ser la responsable por traerla al mundo.

Claro, que como toda la relación he tenido momentos de odio con el cigarro. Durante mi época de “arrepentimiento” en la que fui un brócoli, miraba con censura a los fumadores. Fustigaba a mis hermanas por fumar. Las exhortaba a vivir bajo otro esquema que no permitiera esa clase de vicios, porque según mi supuesta doctrina de vida en ese momento, fumar era malo en todo sentido para el ser humano.

Hoy en día, después de haber trabajando en el MD Anderson y haber visto a gente morir ahogada de cáncer de pulmón entiendo que no se puede defender el cigarro a capa y espada.

Sí. Lamentablemente los científicos tienen razón. No es refutable, ni depende de nada, no es relativo, el cigarro sí que es nocivo. La excusa de “mi mamá fumó cuando estaba en estado y yo salí bien.” Simplemente no es válida. Se entiende que los estados estén haciendo un esfuerzo, en primer lugar por ahorrarse una gran cantidad de dinero en el cuidado de enfermos, porque hay que ver lo que les pesa a ciertos organismos de salud una enfermedad grave. En segundo, porque están tratando de cumplir con ese mandato intrínseco de cuidar a los ciudadanos de todo mal.

Ahora en Venezuela, en un país en que lo que apesta es el humo de la pólvora que sale de las pistolas que van asesinando gente, que nos van volviendo una sociedad sumida en el miedo, en la angustia, en la desconfianza, no dejo de pensar en la terrible ironía que supone colgar carteles por todos lados que nos digan, que nos recuerden, que estamos libres de humo.

No creo que este sea el momento para luchar por el derecho del fumador, como tampoco habrá un momento para luchar por ningún vicio. En cuanto al cigarro, creo que prudente, que como muchas cosas a fin de mantener el orden en la sociedad, apegarse a una suerte de doble moral. Después de todo, prefiero que mi hija, al igual que yo, se disfrace de adulto a los quince años para comprar cigarros y no para hacer otra cosa.

Sin embargo, creo que este énfasis en obligarnos a pensar constantemente en que estamos libres de humo, es perfecto para ayudarnos a reconocer que no somos, ni estamos libres de nada. Al contrario, estamos cada vez más presos, más confinados a los límites que nos impone, irónicamente, el vivir en una sociedad en la que no hay reglas, en la que todo está escrito, pero no significa nada.

Lo que realmente estamos por comprobar es si el viento se lleva más rápido las palabras que el humo.

lunes, 30 de mayo de 2011

Entrevista de: La Foto de la Semana

Sí, creo que ya se los conté vía redes sociales. Pero se los vuelvo a contar. Manu es la Foto de la Semana en el Taller de Roberto Mata. Estoy muy contenta. Empecé en el taller hace dos años y a pesar de la profecía de "esa cámara se va a quedar ahí agarrando polvo" he seguido.

Vale decir que cada vez que uno aprende algo nuevo, que uno descubre un mundo, la mente se abre y te cambia el horizonte.

Mi papá y mi mamá siempre han insistido en que pase lo que pase uno siempre tiene que ejercitar el cerebro, aprender cosas nuevas, leer, explorar. Cómo les agradezco esa enseñanza.

Y RMTF gracias por publicar la foto. Y a Juan (Toto Aguerrevere) gracias por ser mi modelo estrella.

Para ver la foto: http://robertomata.com.ve/rmtf_public/

Foto de la semana - Clara Machado

1. Nombre: Clara Luisa Machado

2. Profesión: Estudié Historia del Arte, pero todavía quiero ser muchas cosas cuando sea grande. 
3. Equipo: Nikon D700 y una blackbird que todavía saben más que yo.

4. Lugar y fecha de nacimiento: Caracas, 12 de marzo de 1979. Antiguo día de la bandera, ahora es el 3 de agosto, fecha de nacimiento de mi hija. 

6. Digital o película: Digital…por ahora. 

7. Una foto de la semana: Hay varias, pero siempre recuerdo la de Silvia Himiob no recuerdo el título pero era una bailarina hermosísima. 

8. Sobre la foto de la semana: Parte de la experiencia fue probarnos los sombreros el día antes, morirnos de la alergia y la negociación de la pintada de la uña. Hasta ahora ha sido uno de los ejercicios más duros de todos los cursos que he hecho, y además fundamental, el tema de la iluminación no es nada fácil y siento que todavía me queda un mundo por aprender. Fue la media hora más corta de mi vida, eso sí, la gocé, que es también importante. 

9. Cómo influye la fotografía en tu vida?: Me ha enseñado a observar y a poner atención a los detalles. Me ha impulsado a perder el miedo a lo que dicen los demás. Me ha hecho comprender muchas cosas sobre la vida, sobre la maternidad, sobre mi pareja, sobre mis amigos, sobre mi país, sobre mí misma. Aunque sin duda lo más importante es que me ha dado la oportunidad de conocer gente maravillosa y de hacer amistades invaluables. 

10. Cuándo comenzaste en la fotografía?: Mayo 2009

11. Visión de país: La de Séneca “Ninguno ama a su patria porque es grande, sino porque es suya.” El día que nos demos cuenta de el potencial que tenemos no nos para nadie.
12. Si tuvieras que emigrar, te irías a: En este momento no quiero ni pensarlo. Este es mi hogar, aquí nací, aquí está mi familia, mis amigos. Amo a mi país y quiero que mis hijos crezcan aquí.

13. Sin qué no puedes vivir: Sin mis principios. 

14. Asignatura pendiente: Una cesárea para finales de julio, en principio el 25.
15. Mayor riesgo que has tomado: Haber llamado al chamo que me gustaba para preguntarle “¿Quieres ir a comerte algo conmigo esta noche?” (Me dijo que NOOOO!) Aunque también está el haberle confesado al mundo que quiero ser escritora, pero la otra es más divertida. 

16. Un consejo para dar: No hagas lo que no te gusta que te hagan, y haz por los demás lo que desearías que hagan por ti, sean príncipes o mendigos. 

17. Una imagen: La cabecita de mi hija recostada contra mi pecho.

18. Un libro: ¿Un libro? Imposible.
19. A qué no renunciarías: A dormir con la conciencia tranquila.

20. Un postre: Nutella sola, solita. 

22. Un rito: Desayuno de proporciones gargantuescas.
23. Un objeto: El lápiz número 2. 

24. Un amigo: Todavía no entiendo bien por qué, pero tengo más de uno. Y de las que entran contigo a tu cesárea y te agarran la mano, hasta los que se dejan pintar una uña de morado para una tarea del taller de Roberto Mata. 



Clara Machado por Odonto© 2011

25. Un invento: El tira-leche eléctrico.
26. Un sueño: Llegar a ser quien soy (Píndaro) 

27. Un recuerdo: La cama de mi mamá después del colegio.

28. Una imprudencia: No haberle dicho a tiempo a mi esposo que mis sobrinas me habían pegado los piojos. En mi defensa: jamás pensé que él terminaría con liendras.
29. Un personaje de la historia: Juan Pablo II 

30. Un héroe de la vida real: Mi primo que me salvó de ahogarme a los tres años. 

31. En qué crees: En zapatos “todo terreno” para enfrentar lo que la vida mande. 

32. Un motivo para celebrar: Cuando alguien querido llega. 

33. Talento extraordinario que quisieras tener: Me gustaría pintar.
34. Sentido que no sacrificarías: Ese que no sé que nombre tiene pero que hace que se te arrugue el alma cuando alguien en la calle te pide plata, o cuando sale en las noticias que una gente perdió su casa o a un ser querido.

35. Un valor: La honestidad. 

36. Un remedio casero: Helado de mantecado para la gripe. 

37. Un verbo: Sonreír

38. El día más feliz de tu vida: El día que comprendí la diferencia entre un vaso de agua y un océano. 

39. El día más infeliz de tu vida: El día que conocí lo que es la humillación.
40. Una película: Vete y Vive (va, vis et deviens) de Radu Mihaileanu. 

41. Qué personaje de alguna película, te habría gustado ser: Scarlett O´Harah de Lo que El Viento Se Llevó.

42. Un defecto: No sé como enfrentar el dolor, ni decir adiós, soy muy terca, no entiendo lo que la palabra NO significa. 

43. Una canción: The Show Must Go On – Queen

44. Una fortaleza: Mi sentido del humor. 

45. Qué borrarías de la historia: En realidad nada, no creo en ver el pasado intentando borrar, los errores y horrores hay que asumirlos, digerirlos y procesarlos para que no se repitan. 

46. Un lugar de Venezuela: San Antonio de los Altos.

47. Un sonido: El silbido con que mi papá anuncia que llegó a la casa. 

48. Qué amas: La vida. Los Fockers (no la película, me refiero a mi familia) El Chocolate. Los libros. La sencillez y las sorpresas. Los perros y los domingos en pijama hasta después del mediodía. “Empanizarme” en la playa.

49. Qué odias: Las sonrisas forzadas, el perejil y el cilantro, la echonería, esperar, los egos desproporcionados, los adioses y la turbulencia en los aviones. El “noesculpanuestrismos” y el “esimposibleismo.”

50. Un logro: Haber entrado a una antología de jóvenes autores latinoamericanos.
51. La mejor hora del día: 5:46 am. A esa hora el café recién huele y sabe distinto. 

52. Un rasgo infantil: Me encanta pintar con creyones de cera, colores de madera, jugar con plastilina y perseguir el carrito gritando ¡Heladero!

53. Qué cursos has tomado y cuáles han sido tus profesores: Digital 1 y 2 con Cristina Matos-Albers. Digital 3 con Roberto Mata. Iluminación con Ricardo Peña. Retrato con Ricardo Peña. Retrato en Familia con Ricardo Peña. Documentalismo con Ernesto Constante. Visión Personal con Ana María Ferris aunque por motivos personales no lo pude terminar. Actualmente Retrato 2 con Ricardo Peña. 

54. De qué color ves el futuro: Como Elmer el elefante, parches de todos colores. Vendrá lo negro, lo rosa, lo gris, lo blanco, lo morado, lo verde, lo rojo, lo amarillo, lo azul…

55. Una santa palabra: Más bien la Santísima Trinidad: Por Favor, Gracias y Perdón.

56. Un fotógrafo: Nicholas Nixon



Ficciones IV- Stops (Adela: 2da historia)


Esa mañana la cola era peor que nunca. Ella intentó en vano levantar la mirada por encima de los carros que tenía adelante y que ya bloqueaban la intersección, comenzando a generar un caos. Las cornetas de vez en cuando sonaban, rabiosas y desesperadas, como si el conductor que depositaba su furia en el centro del volante, haciendo aquel ruido, estuviese lanzando algún rayo poderoso, maligno, capaz de resolver aquel enjambre de metal, vidrio y cauchos.

Un policía con sombrero y chaleco blanco caminó lentamente por la acera del Centro Comercial. Iba tranquilo, sin preocuparse por el caos que tenía a su lado. Antes de cruzar la calle un viejo lo paró y el policía le contestó algo apuntando hacia el final de la calle, y luego siguió su camino. Adela lo miraba, y justo en ese momento el teléfono vibró sobre sus piernas.

- Aló –

- ¿Adela de Battistella? – Ella odiaba la ridícula rima entre su nombre y el apellido de su marido.

- Sí. Ella habla. –

- Tú marido es tremendo mamaguevo. –

- ¿Quién es? – Adela miró rápidamente la pantalla del blackberry, tal vez reconocería el número, era un 0412, pero nada más. Palabras sueltas comenzaron a flotar por su cabeza: secuestro, broma, amigos, dinero, peligro, pregunta.

- ¿Quién soy? Pues mami, el marido de la mujer que el chulo ese con que estás casada se ha estado cogiendo durante cinco años. O al menos eso es lo que ella dice.

- Joaquín. Eres tú.

- ¿Quién coño es Joaquín? ¿Tú piensas que esto es un chiste? Pendeja. Soy Evaristo Galindo, y me da la impresión que eres da las que no tiene ni la menor idea dónde están paradas. ¿Cuántos años tienes tú? ¿Tú eres una chamita también? Coño no, seguro eres mayor, porque mi mujer me dijo que el tipo tenía hijos grandes. Así que tú eres de las que no revisa teléfonos y se creen el cuento de la conferencia en Maracay. Mira mami, yo no sé qué vas a hacer tú, pero yo te recomiendo que te pongas las pilas y que se las pongas al mariquito ese con que estás casada, porque yo no me voy a ir así como así, a mi no me van a dejar de la noche a la mañana con el cuento de “papi es que me enamoré de un tipo.” Así que ve a ver cómo arreglas tu peo. Cuida a tu marido.

- Señor, de verdad no sé de lo que está hablando. Voy a trancar. – Dijo Adela con la respiración entre cortada.

- Ah ¿no sabes? Bueno, vete al hotel Gilmar, el que queda en El Rosal, tu joya y mi mujer se ven ahí todos los días. Y la próxima vez que te llame, si es que hay próxima vez, me dices si sabes o no de qué te estoy hablando. ¡Abre los ojos coño! No seas pendeja…o sí chica, perdónalo, has lo que quieras. Pero que le quede bien claro que con mi mujer el que se queda soy yo.

Adela gritó aló varias veces pero no sonó nada más. Lo único que escuchó fue la corneta del carro de atrás que se quedó pegada varios segundos, le tocaba avanzar y se había quedado en neutro. Soltó el celular y pisó el acelerador, midiendo cada uno de sus actos, como cuando estaba aprendiendo a manejar. ¿Qué coño había sido aquella llamada? Tenía que ser una broma. Una broma pesada de sus amigos, de Joaquín y el mismo Antonio. Si Antonio Battistella tenía algo era su sentido del humor negro y pesado. Pero qué broma tan pesada Dios mío, pensó Adela.

Avanzó hasta el otro lado de la calle y de nuevo el tráfico la detuvo. El policía no se veía por ninguna parte. Los locales del Centro Comercial que daban hacia la avenida Blandín estaban cerrados. La acera tenía un aire triste a pesar de que el día estaba soleado.

No, se dijo Adela. Esto como que no era una broma. La llamada le fue asentando como se va asentando una torta cuando sale del horno. Poco a poco, moviéndose, acomodándose, cambiando de estructura por culpa del cambio de temperatura. Adela comenzó a pensar.

Otra mujer. Otra mujer tenía mucho sentido. Muchísimo sentido. La cantidad de viajes, los almuerzos largos, las cenas “sin esposa,” esa repentina inclinación por correr y hacer deporte, por repetir constantemente “estoy viejo Adi.” O “estoy gordo Adi” “Adi, ¿te parece que me debería pintar las canas?” De hecho se lo había preguntado varias veces. A ella, le legítima, el muy perro le había preguntado y era para lucírselas a otra.

No, se repitió Adela. No. Antonio podía ser muchas cosas y como cualquier hombre podía montar cachos, pero llegar a ese nivel de descaro no. Si él se hubiera enamorado de otra se lo hubiera dicho. Él no era el tipo de mantener una amante, y menos en un tiradero por ahí. Ella tenía veintiocho años casada con él. Si alguien lo conocía era ella. El jamás haría eso. Jamás lo haría. Jamás.

jueves, 26 de mayo de 2011

Ficciones IV - Stops

Esta ficción no está terminada...no sé a dónde va. Para los que me habían pedido ficciones lo único que les puedo decir es que los fantasmas han vuelto. Espero la disfruten. Esta es muy Caracas, y creo que es parte de una historia que desde hace ya varios meses tengo ganas de contar. Ojalá haya llegado para quedarse.

No hay peor cosa que los stops de los carros. Esas luces rojas que te anuncian que tienes que frenar. ¿Qué tal vivir en una ciudad en la que ves a diario cientos de stops rojos? Salgo de mi casa por la mañana, y ahí están los stops rojos. Salgo del trabajo por la noche y pareciera que se han duplicado. Salgo a un almuerzo fuera de la oficina y me agarra la tarde en la calle por culpa de los stops rojos. Pareciera que los stops rojos no se movieran nunca. Pareciera que Caracas no hubiese existido nunca sin stops rojos.

Yo venía en paz por la cota mil. De eso hace dos días. Venía a velocidad media. Vidrios arriba. Aire prendido. Idiota en la radio.

Llegando a Terrazas del Ávila me agarró una cola. No era una cola realmente. Eran cuatro o cino stops rojos pasando lentamente al lado de una moto estacionada en el borde de la calle.

Sobre la maleza seca estaban parados dos policías, de esos de tránsito, con su uniforme café con leche. Al lado de sus botas había un cadáver. Sé que era un cadáver. Nadie me tiene que confirmar lo que es un cadáver. Los he visto en fotos. Los he visto tirados al lado de sus motos. Los he visto en funerales, bien vestidos y arreglados con sus manitos juntas, preparados para no salir nunca más de su última morada tres metros bajo tierra, a menos que algún profanador, sea un ladrón de tumbas o un dictador sádico les de algún día por perturbar su eterno descanso.

Se le veían las piernas como rayadas de negro. Seguramente sangre seca, rasguños o los arañazos o las mordidas de algún animal salvaje. Pero los policías nos ahorraron lo peor. No le vimos la cara. No estaba tapada con una sábana, sino con un pedazo de plástico. Seguramente un pedazo de plástico que encontraron en el monte, mientras alguien les trae algo más apropiado. Una bolsa negra. Aunque lo dudo, la bolsa negra se usa en lugares donde la muerte es digna.

En esta ciudad vivimos rodeados de muerte. Hablamos de muerte. De la violenta, de la trágica, de la inevitable, de la natural. La muerte no es algo raro, pero ese cadáver me pegó.

Tengo treinta años, una carrera. Soy una niña de buena familia. No es que seamos ricos, somos normales. Somos gente que trabaja, que duerme con sábanas, cobija y almohada. Gente que se cepilla los dientes, y que pide queso parmesano rayado cuando sale a comer comida italiana golpe de dos de la tarde los domingos.

Gente que toma agua de noche, que lee el periódico, que va al cine de vez en cuando, que cada cierto tiempo tiene un matrimonio o un bautizo. Gente. Somos gente. Más nada.

Y yo. Un pedazo de gente más. Ocho números de una cédula que concuerda con mi nombre, soy capaz de decir "yo reconozco un cadáver cuando lo veo."

Llegué al trabajo y lo conté. No pasó nada. No fue ni siquiera un cuento. Nadie se asustó, ni se paralizó el día. Nadie me preguntó si había llamado a las autoridades competentes. ¿A quién iba a llamar? ¿Quién puede hacer algo? Los cadáveres somos nosotros. Somos nosotros los que estamos muertos.

Prendí la computadora, esperando a que algo me sacara de mi ataque de sentido común, de repentina crisis de humanidad. Lo que vino fue peor, más sórdido todavía ahora que lo pienso. Más detestable.

Sonó el celular. La pantalla desplegó un nombre. Ese nombre. Ese maldito y desafortunado nombre, que me removió mucho más de lo que removió aquel cadáver. Ahora que lo pienso soy peor que los muertos. Soy peor que el asesino.

Aguanté la respiración unos segundos, como cuando metes la cabeza debajo del agua. Dándole tiempo, jugando al “no-desespero”, fingiendo guardar calma, tomarme las cosas con aplomo, con algo de dignidad.

Después hice lo que siempre hago y lo que siempre juro que no voy a hacer. Le atendí.

…continuará…

miércoles, 25 de mayo de 2011

Cenicienta, Diana, Camila, Schwarzenegger, María y "la Otra"


Érase en una vez, en una tierra muy lejana, una hermosa doncella, huérfana de padre que pasaba sus días atendiendo a sus dos horrendas hermanastras. La muchacha aunque no perdía jamás su hermosura, ni su aire digno y elegante, siempre estaba sucia y por eso los adefesios que tenía como hermanastras comenzaron a llamarla: Cenicienta.

Cuento corto: La Cenicienta se aguantó su chubasco, un día un príncipe hizo una fiesta, un hada madrina se apiadó de ella, le consiguió vestido, chofer, hasta guachimán privado, y colorín colorado la doncella pobre y humillada con el príncipe se ha casado.

Crecimos con esa paja mental en la cabeza. La bella es la buena. La bella es la pobrecita. La bella es la que gana al final. Y la fea. La fea es la mala. La podrida. La maluca. La que al final tiene que perder. La que no tiene ningún chance de quedarse con el príncipe, porque vamos a estar claros, ¿Qué va a hacer un príncipe con una patona, narizona, regordeta, que tiene los dientes amarillos y celulitis en las piernas, cuando puede estar con una catirota repotenciada, nalgas firmes, pechuga Premium 100% libre de grasa, abdominales que bien podrían decir Savoy, y una boca que ni Angelina Jolie? No. Tradicionalmente la felicidad es de las bellas y si no pregúntenle a Andersen y a los hermanos Grimm.

Es por eso que todas nos enamoramos de la princesa Diana de Gales. Aquella tiara, aquel vestido, la carroza de Cristal, el pelo amarillo, la sonrisa inocente, el padre orgulloso y el príncipe. Sí, no era ningún Brad Pitt, pero bueno, con ese uniforme lleno de cuerdas y condecoraciones que evocaban esa gallardía que uno busca en el que viene a rescatar a la desvalida doncella en su caballo blanco, que importa una calvicie prematura o una nariz a la que no le vendría nada mal el cuchillo de Roger Galindo. Príncipe es príncipe, eso no se discute, el tipo se llamaba “Charming” no “Handsome” que ni es lo mismo, ni es igual.

Nos enamoramos tanto de Diana que cuando nos enteramos que había “otra” muchas terminamos de psicólogo. ¿Cómo que otra? Ya va. Un momentico. Salimos corriendo a buscar entre los tomos de Cuentos para Dormir, Cuentos de los Hermanos Grimm, revisamos aquel viejo betamax de Walt Disney en el que salía aquella catira con un moño enorme amarrado con una cinta negra. Teníamos todo: hermanastras, check. Madrastra, check. Ratones, check. Declaración de amor cursi, check. Carroza, check. Zapatilla, check. Baile, check. Príncipe que rescata a princesa, check. Cara de ponchada de la fea, check (con un “Tukití” incluido para que negarlo) y Boda, Check. Y lo más importante el “y vivieron felices para siempre FIN”. Check. No…no decía nada de “otra.”

Muchos menos iba a decir que la otra era Camila Parker Bowles, que (la pobre) se parece más al dibujo de la madrastra que al de la princesa. Ni siquiera parece una versión post Dr. 90210 de las hermanastras. Como decimos en criollo: “Es fea la coño e´madre.” Arrugada, avejentada, con esos dientes de caballo que mascó demasiado freno. Que se ponga lo que se ponga parece una especie de escoba mal vestida, camina con las piernas abiertas, no tiene gracia, nada. Y así, le ganó y le reganó y le volvió a ganar a la princesa. Hasta el punto que este final es más bien de película independiente argentina, la princesa se muere y el galán se queda con la fea. Se casa con la fea. Es feliz para siempre con la fea.

El último caso es el Arnold Schwarzenegger y María Schriver. María no sólo es bonita, inteligente, trabajadora, exitosa, además abierta de mente, y para más remate una Kennedy. Es el colmo del cuento de hadas, pero al revés. Ella era charming y el era Ceniciento.

Y qué tal, que el apellido y la mansión de gobernador y los vestidos de marca no fueron suficiente. El tipo estaba buscando algo que encontró en una mujer que no tiene nada que ver con el estereotipo, con la idea, con la plasta mental que tenemos metida muchas mujeres adentro, en un rincón del cerebro que nos carcome y nos fastidia la existencia.

Schwarzenegger se la buscó peculiar, y lo dejo de ese tamaño, me da remordimiento de conciencia darle más duro a una mujer que las debe haber visto negras en estos días. Merecido o no, el tema de si “la amante” tiene la culpa lo tocamos otro día.

Creo que al final del día era mi mamá y no los Hermanos Grimm quien tenía la razón. No basta con ser bonita. No basta con ser un adorno de sala, algo más que una lámpara de diseño o una alfombra persa. No es suficiente la mesa puesta, ni la vajilla impecable, ni dominar la receta del pato a la no sé qué. Ni si quiera se trata de mantenerte con una apariencia que la gente te alaba. Porque como dice mi mamá, la realidad es que si tienes las uñas hechas o no, poco le importa al hombre inteligente. Al hombre inteligente le gusta la seguridad, la inteligencia, la mujer que lo reta y sobre todo que lo divierte, porque prefieren agarrar un poquito más de carne en la cama, que quedarse viendo la expresión de terror e inseguridad de la tipa que considera una máxima de vida “las mujeres flacas no comen pan.”

Así que efectivamente hay una parte de la historia, que está en tinta invisible. Una parte del cuento que no nos contaron, en la que el príncipe rompe la zapatilla de cristal y decide irse por algo menos glamoroso, pero que por alguna razón le llamó la atención. Y el cuento no termina en FIN, sino en Cenicienta ponte las pilas, porque con ser bonita, no basta.

PD: María, en estos casos sólo hay una cosa que hacer…”Bailaremos un vals. Tomaremos después una copa de más, y hasta que salga el sol, cantaremos al son de una vieja guitarra, brindaremos por ti. Brindaremos por él, porque le vaya bien y mañana verás que es mejor olvidar que llorar por amor.” (y bueno sí…desear que se le ponga verde y chiquitico)

martes, 24 de mayo de 2011

¿La Culpa es de la Hamburguesa?



Esta mañana leí en un artículo que hay un grupo de gente en Estados Unidos, mejor dicho 550 organizaciones, pidiendo a Mc Donald´s el fin de la famosa Cajita Feliz. Alegan que hay una epidemia de obesidad infantil y que el juguete dentro de la caja promueve dicha enfermedad. La compañía por supuesto se defiende, diciendo que sus alimentos son de buena calidad, las porciones adecuadas y que trabaja en campañas de publicidad responsable

Dicho sea de paso estas organizaciones se han puesto en contacto con otras empresas como Pepsi-Cola y Coca-Cola, según ellas otras grandes culpables del contagio que ha habido en los últimos años de culos enormes, brazos que podrían ser piernas, barrigas colgantes y todo lo demás, diabetes, enfermedades del corazón, cáncer.

Veo todo esto y la verdad es que no dejo de pensar en la pobre Cajita Feliz, en si es la pobre hamburguesa, quien tiene la culpa. Claro que hay que reconocer que la comida de Mc Donalds puede ser cualquier cosa menos sana. Puede ser que la calidad sea buena, cosa que también es discutible, pero nadie que esté pensando en adelgazar puede decir razonablemente, “voy a hacer la dieta Mc Donalds.”Yo personalmente tengo casi siete años sin pedir mi combo favorito, el de pollitos, porque la última vez que lo hice a finales del 2004 pasé 48 horas sin poder probar bocado.

Recuerdo el famoso documental aquel de Super Size Me, y la verdad es que he visto pocas cosas más idiotas en mi vida. Era para decirle al hombre, “dale, ahora vamos a hacer un documental en el que sólo comes lechuga y tomates hidropónicos durante un mes y vamos a ver qué te pasa.” Se iría al otro extremo de la balanza, se le volvería mierda todo el cuerpo igualito, la hemoglobina por el suelo, pérdida de masa muscular, y para de contar, porque al final del día si no se mantiene un equilibrio en la comida, uno se hace daño.

El punto es que la dieta es algo personal. Comer o no comer es una decisión que uno toma. Si no he ido a McDonald´s en todo este tiempo es porque no he querido. Es más una vez fui y como quería perder el peso del embarazo mi esposo comió y yo no. Punto. Y eso que me moría de ganas y me costó una tragedia griega aguantar el olor de las papas.

Pero era una decisión mía, no de la foto tentadora de la hamburguesa. Eso sería como demandar a Polar porque la foto de Norelis Rodriguez con las pechuga que explota y el culo imposible hicieron que el majerete que te invitó a cenar tratara de manosearte los cocos con demasiada insistencia (dejemos el tema violación de lado).

Es decir, no se trata de concientizar a la gente, de que las personas entiendan que no pueden comer McDonalds todos los días, como el idiota del documental, sino se trata de echarle la culpa a cualquier cosa, a quién sea, menos aceptar que uno tiene la responsabilidad.

Y sí, como mamá sé lo que es un chamo llorando por un juguete, o por una galleta, eso no quiere decir que no puedas decir que NO, y establecer un límite. Yo ahora que soy mamá me trato de hacer lo posible porque la pioja coma cosas buenas, que tenga un balance en lo que come y no meterle ideas en la cabeza como “qué asco los vegetales.” Pero tampoco es que entonces voy a dar de gritos cuando hay una papita frita cerca, ni a ver con cara de odio a la mamá que deja que sus hijos coman galletas.

Al final, el truco en la vida es buscar un equilibrio. Darte permiso para disfrutar de vez en cuando y establecer tus propios límites. Pero culpar a otro de los excesos que cometes me parece francamente peligroso. No digo que estoy de acuerdo en la publicidad que dice que la ensalada que tiene 33 gramos de grasa es buena, eso es otra cosa.

Si te parece que Mc Donalds no es bueno. No vayas. Hazle publicidad en contra si quieres. No lo recomiendes. Pero si engordas comiendo Cuarto de Libra con Queso, o si tu chamo se engulle tres cajitas de Chicken McNuggets, al menos reconoce que la culpa no es del payaso, ni del juguete, ni de la cajita, ni mucho menos de la hamburguesa.

lunes, 23 de mayo de 2011

Una Foto X Día x 28 Días - 4 y 5 Zapatos de Bowling y Perro Salchicha


Como ya les había contado mi tema era libros, papel, literatura. Aquí van estas dos. La de perro es de un autor en específico...será que alguien lo adivina?

miércoles, 18 de mayo de 2011

El Avión, El Borracho y El Angel de la Guarda


No me gustan los aviones. No sé desde cuándo, pero en algún momento me volví una de esas personas que constantemente chequea la expresión de aeromozas o sobrecargos, que escucha con desconfianza el tintineo de los envases de vidrio que están montados sobre el carrito del refrigerio, como si su inestabilidad tuviese la clave del fatal destino que nos espera. Soy de las que mira las alas a ver si están derechas y con sus tornillos bien puestos (como si yo supiera realmente cuántos tornillos lleva un ala o cómo se vería “mal puesta”). Busco humo en los motores y me desespero, literalmente me desespero cuando hacen ese molesto, antipático, corto y desganado anuncio de: estamos atravesando una zona de turbulencia.

En estos días estuve en un avión que hizo una maniobra rara a los pocos minutos de despegar. Miré a mi esposo con mi cara usual de pánico y me respondió con la mirada de costumbre de “tranquila, esto es normal.” Pero no era. Rápidamente el piloto anunció que teníamos que regresar a Caracas por “un problema técnico nada grave.”

En primer lugar me gustaría sentarme a conversar con este señor. Porque amigo, para el pasajero como yo, el idioma piloto es muy complicado, tiene una fonética muy especial y las palabras “problema técnico nada grave” se traducen inmediatamente en algo como “saca tu celular y despídete porque al bombero se le olvidó enroscar la tapa del tanque de gasolina y esto no es precisamente una Vespa.”

Reconozco que cuando escuché esas palabras sentí un primer impulso de pararme y pegar gritos por los pasillos. Pero después de cierta edad las reglas sociales son más fuertes que uno y me quedé en mi silla, además tenía a mi pioja amarrada a la cintura, y al otro bebé adentro.

Acto seguido apareció una aeromoza con “el chisme,” lo que todos necesitábamos escuchar. Con la misma sonrisa que te pone la desgraciada de la taquilla del banco cuando te dice que no te puede cambiar el cheque, nos dijo que el tren de aterrizaje no entraba, pero que cero rollo, que eso estaba más visto que el tururú de Larissa Riquelme. Que íbamos a pasar varias horas dando vueltas botando la gasolina al mar, para poder aterrizar.

Es gracioso lo que a uno le pasa por la cabeza cuando escucha cosas así. Lo primero que yo pensé fue: pobres pescados. Tan tranquilos en su nota y del cielo les va a caer toda esta porquería por culpa nuestra. No es justo.

Acto seguido empecé a buscar miradas y reacciones entre mis compañeros de fila. Una estaba histérica, y otro con cara de resignación adivinó mi pánico: “tú ves mucho Catástrofes Aéreas, ¿verdad?” Y así comenzamos a hablar y me di cuenta de que este ser era el ángel de la guarda, ni más, ni menos. Un piloto que nos dio una clase de aeronáutica, que nos explicó todo, que mantuvo la calma, la filosofía, y no nos dejó pensar cosas como “esto puede ser mucho más grave de lo que imaginamos.” Como en efecto era.

Sin embargo, lo más destacado de la experiencia fueron los personajes que recibieron con gusto el alcohol que el personal de cabina sirvió, no sé si en plan de “si me muero rajo caña primero” o más bien “ráscalos a ver si se duermen.” Después de cuatro copas un viejo en particular decidió que era el momento de darle un discurso al mundo que empezó “yo ya viví mi vida, pero ustedes están jodidos.”

Claro que el ser hablaba arrastrando las palabras, como borracho de esquina. Agitando sus brazos enclenques debajo de una camisa Hawainna bastante fea. Mientras su esposa (que todos jurábamos que era su hija) enterraba las narices en la revista de la aerolínea, como si eso la fuese a salvar. El hombre contó toda su vida, desde el trabajo de su padre, hasta su primer trabajo, su primer matrimonio y su segundo.

No se quiso callar cuando el piloto hizo nuevos anuncios porque según él, “nadie lo está escuchando.” Luego, procedió a agradecer al ron venezolano por tan bella experiencia, a decirle a los demás pasajeros que aunque no recordaba sus nombres le hubiera gustado terminar la travesía con ellos y que esta era la segunda vez que hacía un aterrizaje de emergencia en Maiquetía y quién sabía, tal vez la primera había sido de ñapa y esta “edddsttta sí es daa que eeessddd” acto seguido emocionado con las luces de la montaña procedió a gritar “miiiideeenn, edsa que edstá allá eddss la gran planta de Tacoa.”

Acto seguido una aeromoza le gritó y lo obligó a sentarse, y en segundos hicimos un aterrizaje muy extraño, pero al final, el avión no pasó del suelo e hizo lo que tenía que hacer, frenó.

Por supuesto nuestro amigo pegó gritos y aplaudió. Nosotros nos desabrochamos los cinturones y llamamos a nuestros familiares, todavía un poco en neutro, y mientras caminábamos a la salida nos encontramos con un viejo arropado hasta el cuello, con un tapa-ojos puesto y la boca abierta que se le veía la glotis. “Este fue el que ganó.” Me dijo una señora.

“Sí.” Pensé yo. Y mientras me bajaba del avión pensaba, como me gustaría ser él. ¿Y qué pasó con el angel del a guarda? Lo que tenía que pasar. Nos dejó a los cuatro sanos y salvos en la puerta de la casa. Literalmente. Y para más remate la camioneta en la que nos dio la cola, estaba blindada.

domingo, 8 de mayo de 2011

Madres y el Síndrome de Múltiples Vidas

Hoy en día las madres padecemos de algo que se llama: Síndrome de Múltiple Vidas. Suena a algo parecido al de Personalidad Múltiple, sólo que no encarnas a otra, ni dejas de ser tú, consciente o inconscientemente. Muy al contrario, sigues siendo tú, sólo que vives distintas vidas a la vez.

La principal es la de la madre. La que no duerme si el niño está tosiendo, aunque no te pares de la cama, por no querer ser esa mujer sobre protectora y paranoica que hace de sus hijos gente que no se puede valer por sí misma, pero pasas toda la noche con un ojo abierto. Esperando la señal indicada para pararte y tomar acción.

Eres la que viste, la que prepara la lonchera mientras a duras penas se come algo para poder decir con toda la autoridad del mundo “yo desayuno.” Eres la que lleva al colegio y se baja, con un ojo puesto en la calle por si viene un ladrón, otro ojo en el niño para bajarlo con cuidado y un tercer ojo puesto en la cantidad de cosas que llevas encima. Lonchera, llaves y teléfono como mínimo y algún juguete que el chamo decidió que era imprescindible llevar al colegio.

Eres la que se desmorona cuando ve la carita que se queda en el colegio. Siempre te pasa. Por más que se quede contento y adore su colegio, hay algo que se rompe al separarnos de ellos. Como si estuviésemos cometiendo un acto anti-natura y cruel, como si al dejarlos, por más que nuestro intelecto se empeñe en convencernos de que estamos haciendo lo correcto, algo muy profundo nos diga que madre e hijo son uno solo y deberían estar todo el tiempo.

Quizás lo que sucede es que como madre sabes que nadie lo va a cuidar igual que tú. Nadie lo va a defender igual que tú. Nadie lo va a limpiar, ni le va a dar la comida igual que tú. Nadie va a interpretar su llanto igual que tú. Nadie lo va a mirar a los ojos igual que tú. Nadie le va a ofrecer un hombro como el tuyo para que llore, ni a aparentar una orgullosa calma cuando se caiga para enseñarle que la vida está llena de goles, aunque por dentro estés quebrándote de angustia.

La madre además tiene otras vidas. Porque no basta quedarse en la casa, no basta con los pañales y los chupones. Hoy en día las madres tenemos que tener esas otras vidas. La de la pareja amorosa y comprensiva, esa que está física e intelectualmente activa. Seas soltera o casada, seas la novia de turno, la amante perfecta o la mujer confundida, las mujeres hemos aprendido que nuestro lado afectivo toma trabajo.

Además tienes que tener una vida propia. Un motivo. Una razón. Algo que te convierta en ejemplo. Cierto, algunas mujeres hacen de su casa un ejemplo, pero pareciera que ese modelo es cada vez más un atavismo. Ahora tienes que tener una vida profesional. Un trabajo en el que eres impecable, porque no te puedes dar el lujo de decirles a tus hijos que en el trabajo eres mediocre, que no das la talla. Con qué moral los impulsas a ser mejores cada día, si no haces tu mejor esfuerzo.

En esa vida te toca ser la ejecutiva, puntual, que llega impecable, sin rastros de compota en la camisa, oliendo a perfume de alguna casa francesa y no a colonia Chicco o peor aún, al pañal que cambiaste a toda carrera cuando ya tenías todo listo para salir. Eres la que siempre le atiende el teléfono al jefe, la que por un lado resuelve una crisis de personal y por otro prepara un baño o recoge juguetes. Eres las que tiene la presentación lista y la que no tiene más remedio que trabajar proyectos mentalmente bajo la ducha porque es el único momento que queda libre para dar rienda suelta a la creatividad.

Y como dice Ira, y encima tienes que estar buena.

La verdad inexpugnable es que los hijos y las alegrías que nos dan valen cada una de esas vidas y muchas más. No hay experiencia más intensa que la de ser madre. Felicitaciones a todas, las que son, las que están por serlo, las que lo serán.